22 oct. 2012

Arcoíris reflejados en el cielo y tesoros invisibles esperandonos en la tierra

Los protagonistas de esta historia. Sólo faltó la abuela y Rodrigo. 
Relato dedicado con cariño a mis pequeños sobrinos Dilan Andree, Danna Valeria y Melany (más los que lleguen después), para perpetua memoria. 

ARCOÍRIS REFLEJADOS EN EL CIELO... 

—¡Dios guarde una neumonía! —gritó la anciana desde la cocina. Su voz tronó en las tejas del techo y atravesó el área del comedor hasta llegar a la salita donde todos sus nietos nos arremolinábamos indignados y vencidos en los sillones de madera que rechinaban con cada leve movimiento que hacíamos con desgana.

Mi abuela Librada ya rozaba los setenta años cuando la tarde más calurosa de 1995 nos negó a mis primos y a mí el sagrado derecho de bañarnos bajo la lluvia. Todos los niños del mundo saben que es una obligación de toda abuela permitir a sus nietos bañarse en los chorros de agua que brotan de los techos, pero aquella tarde la nuestra se negó rotundamente. Una orden que esperábamos de nuestros padres pero jamás de ella; cómplice de nuestras travesuras y nuestros juegos. 

—¡Abue, otras veces sí nos ha dejado bañarnos! —El grito de Tito, mi primo de 10 años, retumbó tanto como el de ella justo en el momento en que el sonido de un trueno irrumpía estrepitosamente por toda la casa. 

—¡¿Y si los parte un rayo, Juanito?! ¡Dios nos libre! 

Desde la sala yo no podía ver la cara de mi abuela, pero me la imaginaba con ese gesto de preocupación que ya viene por defecto en la cara de todas las ancianas; persignándose infinidad de veces con una mano mientras con la otra removía energéticamente la cazuela donde se estaba calentando la comida de mi abuelo Nicolás, quien no tardaría en volver del trabajo exhausto, hambriento y probablemente mojado. 

La abuela Librada y yo en casa de mi abuela paterna.
A los siete años de edad, cuando yo escuchaba la frase “Que te parta un rayo” o cualquiera de sus variantes me imaginaba, literalmente, un rayo partiendo en dos a un ser humano desde la cabeza hasta los pies. Un pedazo de él caía hacía la derecha y el otro hacia la izquierda. El humano en cuestión debía de estar arriba de una montaña, porque obviamente los rayos sólo caen en los lugares altos… y en los árboles, claro. Entre más alto fueras más probabilidades había de morir cortado por la mitad. Así que si no eras alto, ni estabas arriba de una montaña ni tampoco debajo de un árbol era casi imposible que un rayo acabara con tu vida. En pocas palabras: el argumento de mi abuela era refutable porque nosotros sólo éramos un puñado de niños que soñaban con bañarse bajo la lluvia, no bajo un árbol. Lo cierto era qué mucha gente alrededor del mundo moría partida por rayos, y además —decían— el mismo rayo las quemaba por dentro. A mi aquel escenario me parecía dantesco sobre todo porque los rayos venían del cielo y en el cielo vivía Dios. ¿Cómo era posible, entonces, que aquel anciano de barbas largas, túnica blanca como la seda y con un aro dorado en la cabeza fuera capaz de crear algo tan monstruoso que, no solo partía a la gente en dos, sino que la quemaba por dentro? Mientras mis primos berreaban sobre la firme decisión de mi abuela yo me cuestionaba la autoridad divina y sus incongruencias. Después pensé que, si era verdad aquello de que Dios había creado al ser humano a su imagen y semejanza entonces, también, había incluido sus defectos. Para empezar Dios no tenía mamá. Jesús, su único hijo tenía una mamá, María; e incluso tenía otro papá además de Dios, José. Es decir que no sólo tenía a un papá creador del universo sino que tenía un papá que era carpintero, ¡¿qué tan genial es eso?! El asunto de la Santísima Trinidad no lo entendí hasta que me mandaron a Catecismo, un año después. Pero el asunto era ese, que Dios no tenía mamá ni papá. Ese pequeño dato que al aparecer omitían en la Biblia (y del que nadie hablaba) explicaba ahora el motivo de los rayos, de la gente partida en dos y la humareda que había una vez que el rayo los partía. ¿Qué tal si a Dios se le caían los rayos de las manos mientras corría por el Paraíso? ¿Qué tal si los rayos eran los cuchillos de Dios? Era omnipotente, sí, pero si a los humanos se les caen las cosas de las manos por qué a Dios no se le caerían también, al fin y al cabo nunca tuvo una mamá que le dijera que jamás debía de correr con cuchillos, tijeras o alfileres en las manos. Era verdad que entonces serían muchos cuchillos caídos en tierra pero habría que recordar que Dios es gigante y su tamaño justificaría todo. A los siete años y muy católica, apostólica y romana creía en la reencarnación. Sobre todo en casos como ese en el que el culpable de la gente partida en dos era Dios y no el hombre. Me imaginaba que él, arrepentido por su descuido, tomaba a la persona quemada y la regresaba a la vida, pero ya no en esa ciudad y con esa familia sino con otra, en otro país, con otro nombre, y con un poco de suerte en un desierto perdido de África o Asia, haya donde jamás llovía y no había cuchillos divinos cayendo del cielo. 

Francamente ahora todo tenía sentido. 

—¿Sabes? Creo que los rayos que parten en dos a las personas y las queman por dentro son cuchillos filosos que a Dios se le caen desde el Cielo. 

La expresión de mi primo Carlos Alberto, hermano de Tito y a quien de cariño (o quién sabe por qué) decíamos Chingily, iba entre la incomprensión y el aburrimiento pero no me dijo nada. Después de dedicarme ese gesto durante unos segundos volvió su rostro hacía el televisor que emitía alguna caricatura irreconocible en el Canal 5 de Televisa. Ambos compartíamos un sillón individual en aquella salita. Teníamos la costumbre de tomar el cojín del respaldo y ponerlo en un pasamanos mientras que en el otro poníamos nuestros pies que quedaban colgando en el aire y que al levantarnos provocaban un ardor tremendo pero del que rara vez nos quejábamos. 

Miré a mí alrededor sólo para ver a mi pandilla de primos derrotados. Soldados vestidos de civiles que no habían obtenido permiso de la Adelita anciana que preparaba la comida al viejo Pancho Villa para ir al campo de batalla a enfrentar al dios del trueno. Una vez escuché en la televisión que Estados Unidos, nuestro país vecino, sólo perdió una guerra en su vida y fue la Guerra de Vietnam. Sus soldados se pusieron tan tristes pero tan tristes que algunos perdieron las ganas de vivir. Temía que mis camaradas de juegos; mis primos, mis amigos, mis héroes de carne y hueso y estatura pequeña, corrieran con la misma suerte. No se merecían eso. Cualquiera de ellos estaría dispuesto a morir de pulmonía o partido por un rayo antes de perderse un sólo baño bajo la lluvia. Todos excepto, quizá, mi hermana Carolina

Mi hermana de 10 años, Carolina, estaba sentada en el sillón grande junto a Hilse y Honofre de 8 años, Juan Manuel (Juanito o Tito) y Rodrigo Simental quien no era nuestro primo pero siempre lo consideramos como uno de los nuestros. En el otro sillón individual estaba Hiriam y a su lado el pequeño Aarón, hermano de Honofre y Roberto (hermano de Rodrigo).

Durante muchos años mi hermana Carolina le tuvo bastante miedo a los rayos. Supongo que temía que la partieran en dos y la quemaran por dentro; un temor, que supongo, todos teníamos en mayor o menor medida. Pero en su caso era un miedo bastante inmenso, difícil de describir. Ahora sé que aquel miedo era una fobia y que inclusive tiene un nombre: Astrapofobia. Aquel terror lo había superado recientemente gracias a la ciencia. Sí, a la ciencia. Y a una calculadora. Pero sobre todo a la ciencia. Ella siempre soñó con ser científica ¿saben? Ella también es la prueba de que los sueños se hacen realidad porque actualmente ella es eso, una científica. Y bastante buena, sinceramente. Pero volvamos a su fobia: un par de meses antes ambas habíamos empezado a ver un programa infantil de temática científica llamado El Mundo de Beakman. Beakman era un científico loco de bata verde chillante y cabellos parados; tenía a una joven y a una rata de gran tamaño (que además de ese pequeño detalle también hablaba); ambos ayudaban a Beakman con sus experimentos. Beakman recibía correspondencia de diversas ciudades de Estados Unidos. Niños que, como Carolina y como yo nos preguntábamos cómo funcionaba el mundo. Uno de aquellos niños aventó la pregunta del millón: Beakman, ¿cómo puedo saber a qué distancia cae un rayo?” Su respuesta fue bastante sencilla: Mira al cielo y cuando veas el relámpago (la luz que emite el rayo) empieza a contar los segundos que transcurren hasta que se escucha el trueno (el sonido que emite); una vez que tengas los segundos transcurridos toma una calculadora (o hazlo mentalmente si eres bueno con las matemáticas) y divídelo entre 3. El resultado que obtengas indicará la distancia a la que el rayo cayó en kilómetros. No recuerdo si fue en ese episodio o en otro cuando invitó al difunto Benjamin Franklin y éste explicó cómo funcionaban el pararrayos, su gran invento, y para qué servía. Con aquellas explicaciones Carolina superó poco a poco su terrible fobia y ya no tenía temor alguno de bañarse bajo la lluvia de vez en cuando, sobre todo los días calurosos como aquel. 

En aquel momento vimos un relámpago seguido rápidamente de un trueno. Al parecer la tormenta estaba sobre nuestras cabezas. La corriente eléctrica bajó, pero la luz no se fue y el viejo televisor sólo emitió un sonido seco proveniente probablemente del bulbo añejo que con cada tormenta amenaza con fundirse o explotar. 

—¡Apaguen la tele! ¡Se nos va a descomponer! —gritó la abuela desde la cocina. 

Hiriam y Tito estuvieron a punto de reclamar pero no había motivo, el bajón de energía había hecho que la frágil señal de la antena se perdiera en una lluvia grisácea que inundaba la pantalla y en un chillido estático que resonaba en la sala más que la lluvia. Probablemente ustedes no lo sepan pero en aquel entonces sólo había 3 ó 4 canales de televisión y no había nada remotamente parecido a Internet o teléfonos celulares. Así que lo único que brotó en el momento de apagar la TV era el agua golpeando el techo, los rayos que provenían de todas partes, el sartén de la cocina, el crujir de los sillones, la cancioncilla que la abuela tarareaba con entusiasmo y las risitas de los niños que tenían abuelas que sí les permitía jugar en la lluvia. ¡Vaya suerte la de ellos! 

La razón por la que mi abuela nos negaba bañarnos en la lluvia nos intrigaba, sobre todo a mí. Ahora, francamente, no recuerdo dónde estaban nuestras madres y por qué mi abuela se encontraba sola con nosotros, pero aquel motivo no creo que justificara su negación a permitirnos bañar afuera. 

—A lo mejor su hijo chiquito se murió de eso; de pulmonía y por eso no nos quiere dejar a nosotros mojarnos —mi primo Carlos Alberto habló bajito, para que su voz no llegara hasta la cocina y mi abuela lo escuchara. 

—Eso. O tal vez lo partió un rayo— señalé. 

Para nosotros Alejandro, el hijo mayor de mi abuela y de su primer esposo, era un niño de piel morena y cabello lacio cuya altura le hacía sobresalir de todos los demás niños en una vieja fotografía de una fiesta infantil. Venía acompañado de Ramona y Rosa, sus hermanas y una veintena de pequeños más. Alejandro estaba en la última fila de aquella formación y estiraba su cabeza para ver con curiosidad al fotógrafo o a la cámara. Era una fotografía triste, no sólo por el eterno niño muerto que nos miraba desde el pasado, sino porque nadie —excepto la piñata en forma de payaso que estaba a punto de ser vapuleada hasta quedar destrozada—, sonreía. Como ya lo dije, era una fotografía bastante antigua, tomada en una época en la que los niños no entendían por qué tenían que sonreír a una misteriosa caja que inmortalizaba instantes para siempre. Sus gestos evocaban curiosidad, asombro, desconcierto, indiferencia y hasta temor; excepto el rostro de Alejandro sumido en un gesto de desafío y eterna curiosidad. Para mi abuela Alejandro era ‘Jandito’, un niño frágil y enfermizo, como todos los niños pobres de antaño. Era de carácter fuerte y antes de morir, a los 8 años, ya había amenazado de muerte a su propio padrastro. Mi abuela nunca nos dijo de qué murió, sólo sabíamos que ella solía encenderle una veladora cada 1° de noviembre, Día de los Angelitos, y de vez en cuando acariciaba con ternura aquella fotografía en blanco y negro, vieja y manchada donde los niños aun no sabían cómo sonreír a la cámara mientras Alejandro, su ‘Jandito’, le dedicaba una eterna cara infantil con esos ojos vivaces de infinita curiosidad. 

No supimos en qué momento exacto mi abuela apareció en el umbral de la puerta de la sala, pero allí estaba ella con su rostro contemplativo, atraída tal vez por nuestra leve mención de su angelito… aunque en verdad dudo que haya escuchado algo de nuestros susurros. Miró brevemente la puerta principal donde se veía la calle empapada con la fuerte lluvia que azotaba la ciudad. Era un espectáculo precioso pero, según ella, peligroso. Miró brevemente a sus nietos, agazapados todavía en los sillones con nuestras cabezas agachadas y una mueca franca de terrible derrota. 

—Les voy a preparar una limonada —espetó la anciana con suavidad—, ahí tengo un montón de limones que corté el otro día y hay agua helada en el congelador. 

A esas alturas ya no había señal de enojo en la voz de mi abuela. Así era ella. Así son todas las abuelas del mundo; capaces de trasmutar dos minutos de enojo por tres de ternura y curar una decepción con un vaso de limonada recién hecha. La abuela Librada era de estatura pequeña y cuerpo robusto. Su piel morena curtida por el sol contrastaba con su canosa cabellera que siempre peinada cuidadosamente antes de hacerse una cola pequeña. Su cara era redonda y tenía unos ojos cafés que eran capaces de expresar infinidad de emociones a la vez. Su cuerpo estaba lleno de arrugas y, quizá, bajo esas arrugas había cicatrices. Heridas ya sanadas de tiempos pasados más difíciles. Se preocupaba por todo y por todos, y cuando lloraba, lo hacía en silencio; nosotros no sabíamos si lo hacía de felicidad o de tristeza. Sufría con el noticiero del mediodía y también con la novela de las 8, y con la novela de las 9… y con el noticiero de la noche. A mis siete años jamás pensé que un puñado de años después la vería a ella, en aquella misma sala frente a aquella misma televisión, mirando con desaliento e impotencia la caída de las Torres Gemelas en Nueva York y dos años más tarde llorando una noche triste por la invasión de Estados Unidos a Irak. Así era la abuela. Siempre lo fue. Nunca entendí por qué lloraba por casos lejanos, ajenos por completo a su realidad, pero su compasión era infinita y jamás pondría en duda la calidad moral de sus acciones. Después de rebuscar un par de cosas en el viejo refrigerador café que se ubicaba entre la sala y el comedor (muy lejos de la cocina) se dio la vuelta y se dispuso a partir limones y exprimirlos. Al cabo de varios minutos la vimos metiendo una garra al congelador, diciendo que esperáramos un tiempecito a que el agua absorbiera bien el limón y el azúcar. Algo que, al parecer, tomaba entre 15 minutos y media hora. Para ese entonces la lluvia había menguado bastante y nuestra decepción también. Aun se escuchan niños chapoteando en los charcos cercanos pero de nuestra parte ya no había envida. Al menos nosotros tendríamos limonada helada y ellos no. 

Cuando los rayos del sol empezaron a golpear las calles ya eran las cinco de la tarde. De la tormenta sólo quedó el recuerdo y las lagunas de agua que típicamente se formaban en aquellas calles donde el alcantarillado raramente servía. La abuela tomó una vieja silla negra de mimbre y una revista repleta de Sopas de Letras que mi abuelo compraba semanalmente junto con su revista Crucigramas y se dispuso a salir a la calle. Salir a la calle era terapéutico para ella; el agobio de los quehaceres del hogar quedaba relegado y guardado hasta el día siguiente y se entretenía viendo pasar a conocidos y desconocidos por la banqueta. De vez en cuando alargaba una conversación hasta que anochecía. O usualmente algunas vecinas, ancianas como ella, le regalaban pláticas de achaques de la edad y otras cosas. Pláticas triviales y un tanto incongruentes para nosotros, siendo tan pequeños. Mi mamá o mis tíos también se paseaban por ahí una tarde sí y la otra también. De todos los recuerdos que mantengo de aquella vieja casa esas tardes de sillas y convivio aun me llenan de rebosante nostalgia. Sólo había dos motivos que obligaban a la abuela a meter su silla de mimbre e incluso a cerrar la puerta. Uno de esos motivos era la lluvia y el otro motivo era algún difunto. 

La casa de mi abuela estaba ubicada en la calle Gabriel Leyva #41; “rumbo al panteón” decía ella orgullosa cuando alguien le preguntaba su domicilio. Era (y sigue siendo) la ruta que las carrosas fúnebres suelen tomar cuando llevan a sepultar a alguien; rara vez usan caminos alternos. Aquellos días de duelo y dolor para otras familias también lo eran para la abuela. Apenas divisaba el auto de la funeraria a lo lejos y rápidamente metía su silla, apagaba la televisión y secaba su rosario mientras veía pasar el cortejo fúnebre. A nosotros nos mandaba callar o a ponernos seriecitos. Algunas veces entendíamos aquello; otras veces no, sobre todo cuando el muertito iba con música de banda y todo el alboroto. “La música es sinónimo de fiesta, no de duelo”, pensábamos.


No pasó mucho tiempo desde que mi abuela decidió salir a la calle cuando rápidamente nos mandó llamar. 

—¡Chiquillos! —gritó con entusiasmo— ¡CHIQUILLOS, VENGAN! 

Todos corrimos hasta la entrada principal sólo para darnos cuenta de que la mirada de mi abuela se perdía en el cielo, al lado izquierdo… rumbo al panteón. Al principio no atinábamos a ver qué era lo que ella veía hasta que nos detuvimos un momento a contemplar muy bien el cielo… ¡Y ALLÍ ESTABA! Un inmenso y brillante arcoíris que cruzaba casi toda la calle a lo ancho. Era precioso. 

La abuela acomodó su silla cerca de la pared de la casa pero jamás dejó de mirar aquella hermosura; le brillaban los ojos de alegría. Se sentó en la silla y abrió el crucigrama. 

—¿Ustedes saben qué es lo que hay justo en el lugar donde termina el arcoíris? 

Todos volteamos a ver a la abuela quien pasaba su mirada entre el cielo y su Sopa de Letras

—¿Tierra? —contestó mi primo Tito mientras se acercaba al lado de ella. 

—Estás tonto —sentenció mi abuela con dulzura—. ¡Hay oro, vasijas y más vasijas llenas de oro! Monedas, lingotes, lámparas mágicas… 

—¿Con genios adentro que cumplen deseos? —preguntó Hilse con un destello en los ojos. 

—Sí, sí. Con genios que cumplen tres deseos. Y duendes que custodian ese oro. 

—¿También hay monedas de chocolate con envolturas de oro? —cuestionó Chingily

—¡También! —añadió mi abuela. 

La voz de la anciana se notaba tan sincera que cada palabra que salía de su boca era, sin lugar a dudas, una verdad tras otra. 

—¿Pero ese oro es de los duendes o de quién? —preguntó Carolina

—Miren, acérquense —nos indicó la anciana. Todos nos arremolinamos alrededor de su silla y prestamos atención a lo que nos quería decir—. Cuenta la leyenda que aquellos valientes que consigan llegar hasta el final del arcoíris podrán encontrar a sus pies oro y más oro en hoyas negras custodiada por duendes con vestimenta verde y sombrero gracioso. Ellos serán los encargados de ofrecerles ese oro y conducirlos de camino a casa a cambio de un poco de comida pero… tienen que llegar hasta el final del arcoíris antes de que desaparezca porque si no lo hacen el oro y los duendes desaparecerán. 

La abuela había narrado aquello en un murmullo y nosotros habíamos captado cada uno de sus gestos y palabras. Había, más allá de esas casas, de esos techos y de ese cementerio, el final de un arcoíris que esperaba por nosotros. ¿Cómo creen que íbamos a dejar pasar una oportunidad como aquella? 

—¡¿Podemos ir abuela?! ¡¿Podemos?! ¡¿PODEMOS?! —rogó Hiriam

Era nuestra ilusión contra su autoridad pero la sonrisa que se dibujó en aquella anciana era sin duda un gesto inconfundible de complicidad y un permiso expreso para ir rumbo a nuestra aventura. 

—¡Rápido, plebes! —gritó Tito mientras se metía corriendo a la casa para ir hasta el patio y nosotros íbamos entusiasmados detrás de él—. ¡Hiriam, Caro, ustedes tomen las palas de mi abuelo! ¡Hilse y Linda las cubetas! ¡Honofre y Aarón ayúdenme a quitar esto de aquí! ¡Chingily y Roberto agarren nanchis y mangos para los duendes… y abran el zaguán también! ¡Yo voy por la carreta, Rodrigo ayúdame! 

Para cuando Tito logró acomodar la pequeña carreta del abuelo y limpiarla un poco nosotros ya traíamos en nuestras manos todo lo que nos pidió. Chingily y Roberto abrieron el viejo zaguán azul e incluso Wuatusi —el perro mestizo que mi abuela siempre vio como un Pastor Alemán de raza pura— se unió a nuestra carrera contra el tiempo. 

Apenas mi abuela nos vio salir por el zaguán nos gritó una última advertencia. 

—¡EN CUANTO EMPIECE A OSCURECER SE REGRESAN, ¿EH?! 

Escuchamos su orden pero estábamos tan sumidos en nuestros pensamientos que creo que ninguno de nosotros contestamos. 

Y corrimos. Corrimos como jamás en la vida habíamos corrido. 

¡Ojalá ustedes hubieran visto aquella escena! Ojalá ustedes hubieran sido testigos fieles de aquella tierna inocencia. No éramos un puñado de niños corriendo por oro. Éramos más que eso. Éramos la infancia misma persiguiendo sus sueños más ingenuos. Éramos la ternura personificada en una mentira dulce de una anciana que quizá, muchos años atrás, también soñó con perseguir arcoíris, aviones y cometas. 

Y allí íbamos; nosotros contra el mundo. Nosotros contra la lógica. Nosotros contra la razón. Hiriam, Carolina, Rodrigo, Tito, Chingily, Hilse, Roberto, Honofre, Aarón, yo y Watusi. Todos contra el viento. Siempre contracorriente. Esquivando banquetas, carros, bicicletas perros del barrio, señoras sentadas en las aceras, chismes baratos, sillas, árboles y niños mojados de la lluvia pasada. Ignorándolos a todos; ignorando sus gestos confundidos al ver pasar a los nietos de doña Librada corriendo como gacelas por la calle Gabriel Leyva; persiguiendo arcoíris más allá de un cementerio que cada vez se divisaba más cercano; llevando en las manos carretas de albañilería, palas, cubetas, nanchis y mangos. Recipientes vacíos para el oro que rebosaría en ellos en un par de minutos; comidas para los duendes irlandeses que aparecerían a nuestros pies mientras nos entregarían nuestra lotería perfecta y que, seguramente, nos pondrían una corona de tréboles de cuatro hojas en la cabeza. 

—¡Con lo que junte… —gritó Chingily asoleado— me voy a comprar la tienda de Don Daniel! ¡TODA! 

—¡Y yo la de La Pachita! —le respondió Roberto

—¡Yo la guardaré para comprarme un perrito en navidad! 

—¡Y yo ropa! 

—¡Y yo un robot! 

—¡Me voy a comprar todos los tazos del mundo! 

—¡Y libros! ¡Y casetes! 

—¡ME VOY A COMPRAR TODO EL VIDEOFOX! ¡ASÍ TENDRÉ PELÍCULAS PARA TODA LA VIDA! 

—¡YO CREO QUE ME VOY A COMPRAR EL BANCO! ¡MI PAPÁ VA A SER MI EMPLEADO  Eso es raro ¿verdad? 

Para cuando expresamos todo lo que pudimos expresar ya habíamos llegado a una de las calles laterales que rodeaban el panteón y nos topamos de golpe con una realidad más dolorosa que cualquiera de nuestras peores pesadillas: el arcoíris estaba desapareciendo y junto con él se esfumaban todos nuestros sueños.

¿Qué tanto se puede decepcionar un niño de la vida? ¿En qué momento captas que todo el esfuerzo del camino recorrido ha sido en vano? ¿Dónde puedes meter tú tanta vergüenza y tanta derrota? 

Nos detuvimos de golpe al ver cómo aquel arcoíris pasaba ha ser el más descolorido de todos los arcoíris del mundo y se nos fue la voz cuando ya no fuimos capaces de distinguir sus siete colores. El oro se había ido… y seguramente los duendes también. 

—Se fue, —señaló Tito con tristeza— ya ni se ve que toque la tierra. Vamos. 

Regresamos a casa con las cabezas gachas, tristes, llenas de desaliento, aunque al poco tiempo el abuelo nos quitó la congoja con una moneda de cinco pesos para cada uno. Al final, Chingily no pudo comprar la tienda de Don Daniel pero se conformó con unas frituras y una tarde viendo caricaturas en la televisión. 
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Aquella, queridos familiares y amigos, fue la peor guerra que habíamos perdido. Mentiría si dijera que allí murió nuestra infancia porque hubo momentos tan mágicos después de aquel fracaso que jamás pasaría por mi cabeza decir que desde aquel entonces aprendimos sobre las mentiras de los mayores. Nos tragamos esa y muchas otras mentiras más después de aquel momento. Éramos tan niños que aun queríamos creer que existían los ratoncitos de los dientes y reyes de oriente que dejaban regalos a los pies del árbol de Navidad cada enero. Muchas Noches Buenas miramos al cielo jurando por todos los santos que veíamos pasar un trineo de renos surcando los cielos de Escuinapa y jamás nos arrepentimos de aquello. 

Éramos tan niños como lo son o lo fueron ustedes. Niños que creían en los cuentos de hadas y en los viejos fantasmas que merodeaban por aquella casa vieja donde la abuela hacía sus quehaceres y escondía sus tristezas. 

Me gustaría ser egoístas ¿saben? Tan egoístas como los que me han antecedido. Como aquellos que insisten en que su infancia fue mil veces mejor que la infancia de los niños de ahora. Hay quienes piensan que los niños de hoy tienen la mente podrida por culpa de la televisión, los videojuegos y el Internet. A estas alturas aquello me resulta un anacronismo de proporciones épicas. Los niños son niños y no importa cuánta tecnología exista a su alrededor aun tendrán tiempo y ganas de formarse sus paraísos imaginaros y sus aventuras en un mundo real que evoluciona a pasos agigantados. 

Aun recuerdo a la abuela Librada viéndonos jugar con el Super Nintendo en la habitación del abuelo; con las luces apagadas y las ventanas cerradas. Amábamos ese lugar. Ella llegaba, nos encendía la luz de golpe nos obligaba ha abrir las ventanas y terminaba su acto con un discurso de cómo nuestra infancia estaba arruinada por culpa de ese aparato; y nos contaba su niñez y sus juegos y la bondad de aquellos años difíciles que procedieron después de la terrible Guerra Cristera; presumiendo, además, de haber tenido una infancia verdadera. Y ahora, mirando en retrospectiva, me atrevo a admitir que por nada del mundo cambiaría a la generación que me tocó por suerte, ni las condiciones económicas en las que crecí. Fue mi infancia, fue especial, fue única e irrepetible y jamás dejaría que otro la viviera por mí. 

Todos deberían tener un pensamiento así. Todos deberían dejar que cada niño forje su universo infantil a su manera, que cree sus propios recuerdos con otros niños para que en las próximas décadas sean capaces de mirar atrás y ver con cariño el tiempo pasado; perfecto e inocente que se asomará desde el más recóndito recuerdo. 

Así que aquí lo tienen, pequeños. Dilan, Danna y Melany; sólo quería enseñarles esta anécdota del pasado. Sólo quería mostrarles un poco de aquellos días borrosos de lluvias, truenos, abuelas con mentiras bondadosas y arcoíris que desaparecían ante nuestros ojos. Vivan su infancia, vívanla como quieran vivírla, pero nunca pierdan la inocencia detrás de cada aventura. 

Sean niños antes de pretender ser adultos. Cuestionen todo, resuelven cada duda que tengan. Si ustedes creen que hay oro al final del arcoíris ¡vayan hasta el final y descúbranlo! Si creen que a Dios se le caen los cuchillos de las manos ¡trepen hasta el cielo para averiguarlo! ¿Les gustaría llegar a China escavando en la tierra? ¡Inténtenlo! ¿Quieren saber a qué distancia cae un rayo? ¡Cuenten los segundos entre relámpago y trueno y divídanlo entre 3! ¿No saben qué significa una palabra? ¡Abran un diccionario y búsquenla! Nunca dejen de aprender, nunca dejen de soñar y nunca pierdan su curiosidad. Pueden llegar muy lejos. :)

4 comentarios:

  1. Bien Guerita, buena ancdota, felicidades

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  2. Saludos, nada mas venia a decirte que estaba buscando la traduccion de Cuanto matan los gatos realmente y que la voy a postear en un foro, en un momento te envio el enlace

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  3. Listo, he aqui el link

    http://ba-k.com/showthread.php?t=3289296&p=20138358#post20138358

    Se te agradece la traduccion ya que estaba pensando hacerla yo mismo pero me has ahorrado el trabajo

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    1. ¿En el foro de ba-k.com? ADORO ESE FORO así que no hay ningún problema. n___n

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