19 jul. 2016

07. Kdrama: The King 2Hearts (2012)

Título: The King 2Hearts
Año: 2012
Género: Drama
Episodios: 20
Cadena: MBC
País: Corea del Sur
Trailer || Online: Drama Fever - Viki
Advertencia del post: SPOILER DE PRINCIPIO A FIN.

Sinopsis: Un poco cansado y decepcionado de su pequeño hermano, el rey regente de Corea del Sur Lee Jae Kang, decide enviarlo a un intenso entrenamiento junto con soldados de Corea del Norte para participar en el Campeonato Mundial de Oficiales (WOC) que se llevará a cabo en los próximos meses en Japón y al cual asistirán ambos bandos hermanados en un mismo grupo. Resignado a que su hermano menor no piensa sacar demasiado provecho su vida, el rey también decide concertar un matrimonio de conveniencia con una norcoreana para que el acuerdo de paz permanente entre las dos naciones se convierta en una realidad, mandando así un mensaje simbólico de unidad ante el mundo y terminando de una vez por todas con el periodo de cese al fuego que durante sesenta años ha hecho sombra en la vida cotidiana de sus habitantes. Pero el infantilismo y el egoísmo del jóven príncipe será un problema a corto plazo, además, la imagen persistente de una organización llamada Club M, junto con su líder, el psicótico John Mayer/Kim Bong Goo pondrá sus trabas para evitar que tal tratado de paz sea firmado, pues su negocio se basa precisamente en el comercio de armas para la guerra: una Corea unificada sería el holocausto total para su empresa.

“Con la mente abierta trata de abrir también tu corazón. De esa manera las puertas de los cielos se abrirán para ti y todos los problemas en el mundo se resolverán.”

Opinión personal: No les voy a mentir: The King 2Hearts (K2H) es el drama con el que más complicaciones he tenido para adentrarme a su trama. Esto me ha resultado un poco absurdo y un tanto vergonzoso porque, no es que el comienzo sea malo, sino que yo soy una desesperada de primera que lo último que le apetece es sentarse a esperar seis episodios a que la historia despegue de golpe y por fin nos muestre de qué va el asunto que trae a cuestas. Porque K2H decide desde el comienzo que su primer arco se lo llevará con una singular tranquilidad, donde sólo nos muestra las cartas sobre la mesa para después hacer cualquier movimiento que amerite una respuesta inmediata del contrincante en turno. Y fue algo muy arriesgado. Este es un beneficio que yo le otorgaría a una serie de varias temporadas, pero no a un kdrama del que sólo tenemos una tanda única de episodios donde un mal manejo del guión y del tiempo podrían dar como resultado una historia a medias, atascada entre el poco avance y un ritmo errante. Pero K2H no corrió con esa suerte, y de hecho, una de las cosas que más me han gustado (además de un OST que está como para escucharlo en bucle hasta que estalle la Tercera Guerra Mundial) ha sido precisamente el guión. La dirección, a cargo de Lee Jae Gyoo y Jung Dae Yoon, me ha mareado un poco, y ha sido lo que menos me ha convencido de manera general, pero el guión de Hong Jung Eun y Hong Mi Ran cumple cabalmente su función haciendo que los diálogos contengan verdades que se claven como ponzoñas y frases aplastantes que mengüen la fuerza del villano con más contundencia que un disparo proyectado a la cabeza.

Por eso no está demás volver a recalcar esto, para aquellos tan desesperados como yo: los primeros seis episodios de K2H son mera introducción. Son un bosquejo en bruto de lo que vendrá después; un folleto extenso de los personajes centrales de este espectáculo, un mapa detallado para ubicarnos en este universo que nos parece ajeno. No me extraña entonces que el rating de la serie se haya desmoronado un par de puntos precisamente aquí, cuando su inicio había sido tan bueno. Podríamos recurrir a la versión general y decir que la última crisis entre el Norte y el Sur a mediados del 2012 enfrió el entusiasmo de los televidentes por ver, aunque sea en la ficción, un intento alentador de pacificación entre una nación dividida medio siglo atrás, pero yo me inclino a pensar que no, que la falta de interés de ese porcentaje se debió a un arranque de desesperación propia de aquellos que no veían que este cuento de hadas pos-moderno avanzara algo, y se cansaron tanto que no quisieron continuar. Lástima, porque lo mejor estaba por comenzar justo cuando ellos dejaron de mirar.  

En esta variopinta lluvia de personajes nos encontramos primero con el rey Lee Jae Kang, de una Corea del Sur ficticia regida por una monarquía constitucional; un soberano idílico y apropiado para los tiempos modernos. Tiene un carácter suave, atento y confiado que le permite realizar con diligencia las labores que como monarca recae sobre sus hombros; pero siempre apoyado en su esposa, en la Reina Madre y en su secretario personal Eun Kyu Tae, quien ha ofrecido sus servicios a la Familia Real durante más de treinta años. Justo al lado del rey, como una herida que no duele pero molesta un poco, se encuentra su hermano menor, el príncipe Jae Ha, un muchacho tan arrogante como cínico; malcriado por las circunstancias de haber nacido en cuna de oro, con una galantería innata de sentirse superior al resto de los mortales por el simple hecho de merodear entre palacios, sirvientes y guardaespaldas, ajeno por completo a los dolores de cabeza que provoca en el rey esa actitud tan infantil que salpica allá por donde vaya. No muy lejos de ellos está la princesa Jae Shin, otra chica rebelde que le saca canas verdes a sus custodios y se les escapa a la primera oportunidad que tiene para subirse al escenario de algún club nocturno y echar a andar su faceta de cantante de rock sin báculo ni corona. Alguien importante para los dos jóvenes príncipes será Eun Shi Kyung —hijo del secretario personal del rey— miembro de la Guardia Real que fungirá como mano derecha de Jae Ha y tendrá un interés calcado por Jae Shin.

Por parte de Corea del Norte no vemos ni vestigios ni retazos de Kim Jong Un, ni de su padre ni de su abuelo, salvo por las imágenes obligatorias colgadas de las paredes de edificios públicos y hogares, con sonrisas tétricas enmarcada en sus rostros y miradas penetrantes para remarcar su autoridad sobre todas las cosas en una nación bizarra, distópica, orwelliana y aparentemente democrática donde se yergue el imperio de los Kim como sultanes de ese reino que juran no ser. Pero ahí están los representantes del Partido para personificarlos con la dignidad de los suyos; altos mandos que hablan siguiendo las enseñanzas del Amado Líder y la ideología Juche; militares y políticos con puños de hierro; con sus ideales de socialistas tatuados en el alma y el cuerpo. En medio de este gris hormigón que empapa la ciudad se encuentra Kim Hang Ah, una chica cuya falta de feminidad, reforzada por ser miembro de las Fuerzas Especiales de la República Popular (una máquina de matar con todas las de la ley), le ha impedido entablar una relación prolongada con alguien. En el umbral de los 30’s siente la presión de su propio padre, Kim Nam Il, jefe adjunto del departamento de unificación del Norte quien, un poco agobiado por el futuro de su hija incluso accede de la petición de casarla con el príncipe del Sur, ya que ese acto serviría para fumar la pipa de la paz entre ambos bandos después de tantos años de amenazas e incertidumbres, una iniciativa en la que el rey Jae Kang ha estado trabajando desde hace un buen tiempo. En este escenario de lo absurdo se levanta el enemigo principal, el villano supremo de ésta fábula esperanzadora: John Mayer/Kim Bong Goo, recientemente ascendido a presidente del Club M, un amplio monopolio empresarial que abastece de armamento a ejércitos del mundo (además de realizar otros trabajos turbios que, de ser revelados, harían temblar a naciones poderosas). Lo último que le apetece a Mayer es perder al único país dividido, que después de tantas décadas de conflicto, no necesite sus servicios.  

Esta larguísima introducción de seis episodios nos otorga la posibilidad de conocer un poco más la historia de sus personajes. A diferencia de recurrir al pasado, tal y como lo hacen otros dramas, K2H opta por aferrarse al presente, y basándose en experiencias actuales somos capaces de entender un poco más la actitud de nuestros protagonistas. De hecho, en esta primera parte sólo se nos muestran unos pequeños flashback a las infancia de los príncipes, entre ellos la caída del Muro de Berlín, (que a su vez marcaría el principio del fin de la segunda Guerra Fría) y a un breve encuentro con un joven Kim Bong Goo, que desde las aulas del colegio destilaba tanto aire de grandeza como en nuestros días. Fuera de eso, es el presente el que nos muestra todo lo demás. John Mayer necesitaba la muerte de su padre para lograr ser aquello que siempre soñó: amo y señor de ejércitos y gobiernos, oculto bajo las sombras del anonimato; un prestidigitador terrorista, un traficante de armas con una mente criminal capaz de estremecer a las masas. Esos trucos de magia en su mansión, rodeado de sus aliados, tan curiosos como domados por el miedo, son un prefacio de la imagen que veremos de él más adelante. Su dramatismo absurdo, esa sobreactuación exagerada y ridícula ante situaciones serias, sin olvidar los constantes cambios de humor cuando algo, por ínfimo que sea, le obstaculiza sus metas, son sólo una pequeña muestra de la distorsión de su mente. Kim Bong Goo es horrible en esencia, un engendro endemoniado absorbido por una ambición ciega de poseer todo cuanto abarque con la mirada. Su objetivo es uno, y lo tiene en mente desde que era un niño dispuesto pelear lo suyo: ser Rey. Soberano de su propio imperio. Ese requiem disparatado en el lecho de su agonizante padre, se convierte en una sinfonía tétrica que vaticinaba la hecatombe que estaba a punto de desatar.

Irónicamente, el príncipe Jae Ha guarda cierto paralelismo con John Mayer aunque en un principio no podamos percatarnos de eso; él mismo se encargaría de decirlo más adelante. Pero antes de eso, el rey, desesperado, intenta componer al engreído muchacho reclutandolo para participar en el Campeonato Mundial de Oficiales (WOC), donde tenía la vaga esperanza de componer algo de su errático comportamiento; curando un poco el materialismo que se le resbalaba por la cara y cambiando esa actitud cínica por una más acorde al compañerismo que parece no conocer. No es de extrañar que Corea del Norte lo tome como partidario del mal ejemplo y no tenga reparos en llamarlo con agriedad archienemigo del estado socialista y de la gente, porque Jae Ha es tan superficial como una hoja sobre el agua. Y esa actitud se pone a prueba durante los entrenamientos para el WOC, donde sus colegas del Sur le respetan por su título nobiliario pero los del Norte le reventarian los sesos apenas tuvieran la oportunidad de hacerlo. Sobre todo ella, Kim Hang Ah, una mujer de acero, revestida y protegida por el uniforme militar. Una soldado con temple intrépido y mirada de halcón. De hecho, si nos detenemos a pensarlo un momento Jae Ha y Hang Ah son una representación antropomórfica de sus propias naciones, una especie de sátira cómica entre defectos y virtudes, porque, aunque en un principio no lo parezca, el príncipe es inteligente y ya sabemos que ella no es idiota. Sin embargo, es palpable también la ecuanimidad de Hang Ah, su marcialidad, su palpable patriotismo que golpea duramente con la poca seriedad que el príncipe pone ante todo: desde las novatadas a los muchachos del otro bando, los berrinches absurdos por no ser invitado a un juego en la nieve o los constantes choques que mantienen entre ellos en la habitación que ambos comparten en el Norte.  

La primera prueba de fuego entre ambos la puso —sin querer— el mismo Mayer en las caminadoras del gimnasio militar. Quería mandar un mensaje saboteador al evento, pero sólo logró que la fuerza de ambos diera por primera vez sus frutos, marcando ahí un momento decisivo para ellos y su equipo, mismo que se resquebrajaría un poco más adelante, cuando el simulacro de guerra ordenado por mismo rey se convirtió en un fracaso rotundo que evidenció una vez más la incompetencia absurda que envolvía la presuntuosa actitud del príncipe. No le tembló la mano para disparar la bala que golpearía el pecho de Hang Ah, a pesar de entender la repercusión que aquello tendría en ambos lados de la frontera si eso fuera real (a su favor podríamos decir que él en verdad pensó que todo era real). Y la decepción de su hermano fue aplastante. Quizá fue la primera vez que Jae Kang se percató de la ineptitud del muchacho para lidiar con asuntos importantes bajo presión; una virtud que él creía que se debía tener de nacimiento, heredada por las generaciones pasadas, como el título, o el destino escrito en los pliegos de la remota dinastía elegida por un poder divino para gobernar en la península. Pedir disculpas en su nombre y sacar a Corea del campeonato fue lo más sensato que como dirigente y miembro activo de la organización merecía hacer. Pero la terquedad es quizá uno de los puntos más fuertes de Jae Ha y a eso se aferró junto con el orgullo herido carcomiendo su corazón para zamparse un maratón monumental que en un principio tendría que haber hecho solo pero que al final contó con el apoyo presencial de sus compañeros de equipo, incluida Hang Ah, que le dio su tiempo para que, aun mal herido y a punto de colapsar mentalmente, fuera capaz de llegar a la meta después de un breve descanso a orillas de un lago donde expondría todas sus frustraciones.  

Y el rey no cabía en su orgullo. Una de las cosas más preciosas de ver ha sido esa actitud paternal que Jae Kang jamás se molestaba en ocultar, tanto para su hermano como para la princesa. Sabía cuándo llamar la atención, cuándo gratificar una tarea exitosa o cuándo reprimir un comportamiento inadecuado en el momento oportuno. Es verdad, el pobre se atragantaba con frustraciones inocuas, pero siempre trataba de controlar sus pensamientos y darle consejos a los pequeños mimados de la familia y hacerles ser personas de bien, como dignos representantes de la nación. De ahí que se le fuera el sueño pensando en el futuro del descarriado de su hermano y sus vecinos del Norte, o en la seguridad de su hermana perdida en los antros de Seúl. De ahí que tuviera el valor de adentrarse a la vieja escuela y buscar a una chica del otro lado de la frontera que tuviera la dignidad de pararse al lado de Jae Ha y enseñarle a ser un hombre de provecho (a la par de cerrar viejos rencores con los veteranos del régimen). Como gobernante, el bienestar de su país era una prioridad que no estaba para ponerse en la mesa de debate; quería la paz y la quería ya, por eso no le tembló la voz cuando se encontró con John Mayer después de tanto tiempo para mandar a la pocilga de los cerdos todo sus comercios junto con su desfachatez y su poca vergüenza. Y no pasó mucho tiempo para que los diálogos de paz firmados por las dos coreas en el Paralelo 38 consiguiera remover a Mayer de su asiento al ver el impacto que aquello tendría en el tráfico de armas.   

“¿Le gustaría que yo soportara parte de su carga? Sólo hasta que se acostumbre a este lugar. Puede refugiarse detrás de mi por ahora… Siendo el rey creo que soy un escudo muy adecuado ¿no es así?”

Lo que vendría después sería uno de los puntos más frustrantes de la serie: los primeros días después del anuncio del matrimonio de conveniencia fueron nefastos; cobijados horriblemente por la actitud tan prepotente del príncipe y reforzados por la terquedad de la Reina Madre que dieron cabida a diálogos incómodos y palabras puntiagudas. Porque lo que más abundaba ahí era la falta de sinceridad, o más bien, el ignorar qué es sincero y qué no. Jae Ha gritando a los cuatro vientos que amaba a la agente norcoreana en aquel estadio de fútbol no deja de verse como un montaje romántico pero acartonado que se reforzaba aún más cada vez que él se burlaba de los sentimientos sinceros de ella en privado. Por eso Hang Ah le tira con una puntería deliciosa la misma piedra: acepta el matrimonio por mera rabia contenida, para ser esa carga que él tanto se empeña en no tener. Quiere ser su pesadilla más sincera, su remordimiento de conciencia al despertar y su silbato de adiestramiento ante cualquier oportunidad que se le presente. Pero ninguno de los dos contaba con que esos sentimientos que tanto rencor envolvían se transformaría en un cariño tierno que nacería poco a poco. Incluso la Reina Madre comenzó a tomarle un aprecio enternecedor a la chica venida de tierras enemigas y compartió con ella una receta secreta de la Familia Real como firmando un acuerdo de paz imaginario, pero sincero y leal. De hecho, a la princesa Jae Shin le costó mucho menos aceptar el compromiso que a su propia madre, y absorbida por el curioso acuerdo nupcial no dudó en aceptar a Hang Ah apenas la tuvo enfrente. Jae Shin, como cantante y hermana del rey, tiene su encanto, a pesar de ser testaruda y poseer un carácter errante, dispuesta a poner al mundo de cabeza con su coquetería de diva y conquistando sin proponérselo a Shi Kyung, el hijo del secretario Eun, que después de los entrenamientos en el Norte regresa a su nación revestido con el uniforme de la Guardia Real para estar a disposición del príncipe. La de éste par de tórtolos sería la relación más peculiar de todas, porque tuvieron sus roces desde el primer encuentro formal y ella estaba con esa actitud altiva dispuesta a picarle las costillas a la primera oportunidad que tuviera. Además, nunca tuvo reparo en llamarlo aburrido y artificioso, incapaz de salirse del protocolo. Se lo expone de manera tajante en las murallas de la ciudad y se burla con vulgaridad cuando le invita a pedir un deseo a una estrella fugaz tildandolo de hipócrita. “¿Es muy hipócrita que un soldado se preocupe por la paz de su país?” le responde sin vacilación, porque tampoco está él ahí para que una niña malcriada le diga en lo que tiene que creer. Shi Kyung es un romántico de cajón, pero sin darse cuenta, con una solemnidad prodigiosa y absurda. Su idealismo y su amor por lo que hace jamás se pone en tela de juicio, ni siquiera en los días más oscuros que vendrían durante el próximo reinado, y aunque en un principio a la princesa le costó lo suyo tomarlo en serio, con un poco de paciencia y generosidad —además de grandes dosis de jocosos malentendidos— tuvieron la oportunidad de darse su tiempo, de aprender a respetar esas diferencias abismales que les separaban para defender cada uno el estatus otorgado.

Secretario Eun Kyu Tae.
Pero el padre de Shi Kyung sería la llaga dolorosa por la que correría la sangre del último monarca de la dinastía Joseon. La traición a la dignidad de la familia no se vería tan empequeñecida si no fuera por aquel preciado elemento de los grandes de Liverpool que recibió como obsequio a cambio de recomendar un lugar ideal para vacacionar justo cuando el rey también lo haría. Y después de una vacilación anómala confiesa sin titubeo que las puestas de sol desde la isla de Anmyeondo eran preciosas, ofreciendo con ello la vida del cordero sagrado a cambio de un regalo soberbio. Sigo sin entender muy bien ese comportamiento disfuncional del secretario. Como consejero, guía y partidario fiel de la corona tenía una entereza digna de su puesto; el rey confiaba ciegamente en su persona, tanto como lo hizo su padre y su madre desde que él era un niño. Le admiraba y respetaba hasta un grado prominente y honesto. También es verdad que la presión era mucha: que eso de lidiar con organizaciones con pintas terroristas tiene sus pegas fuertes y sus noches de insomnio meditado, sin embargo, la traición no deja de ser una burla estúpida para salir por la tangente, ¿acaso no había una mejor manera de pugnar el temperamento de Mayer? La muerte de Lee Jae Kang y de su esposa se convirtió en el primer movimiento del adversario en ese lúgubre tablero enmarañado de política anticuada y añejas riñas, pero fue un movimiento precipitado y muy en el fondo el Club M no esperaba para nada la maniobra que el joven Jae Ha les daría como respuesta al crimen.

Porque si hay algo que vemos desde el inicio es que el príncipe Jae Ha jamás se visualizó como soberano del reino. Eso era algo para lo que no vivió, no estudió, no se preparó, ni le apetecía imaginar como una remota posibilidad. No estaba preparado ni física ni mentalmente para cargar a sus espaldas la diplomacia de la nación, ya sea de manera simbólica o como mera estrategia política, por eso cuando se entera de la muerte de su hermano y su esposa (además del misterioso accidente de la princesa) la noticia le cae como un balde de agua fría, porque fue un escenario que no visualizó ni en sus peores pesadillas. Es curioso y bizarro ver cómo la terrible noticia lo abofetea más al darse cuenta de las responsabilidades que ahora tendrá que enfrentar a largo plazo que por la muerte en sí de sus familiares. La tristeza vendría después, claro está, pero en un principio es el saberse solo en un momento de crisis lo que consigue aterrarrizarlo hasta el agobio. Asqueado de protocolos y vestimentas, es en el trayecto al hospital donde se percata de la profundidad de la situación, donde pone en perspectiva el escenario absoluto y donde cae en cuenta, por primera vez, que no estará ahí su hermano para guiarlo por ese descomunal camino que le espera más adelante. No sabes lo fuerte que eres, hasta que ser fuerte es la única opción que tienes; y de hecho, por el apremio del tiempo y los seguimientos al código real, vemos fortuitamente que Jae Ha sí tiene la astucia de mandatario. Fue en estos momentos de tensión y duelo cuando supo exponer su temple como cabeza visible de la realeza. El muchacho es astuto, aunque se esconda tras una fachada absurda de poca seriedad, y no tarda mucho en atar los cabos sueltos para cuestionarse qué sucedió aquella noche en la cabaña, aunque su misma conciencia se niega a sopesar la idea más ilógica de todas: que algún cercano colaborador lo traicionó.

Cuando el secretario Eun reconoce —parcialmente— su responsabilidad y negligencia en la inspección de la casa vacacional y acepta cualquier tipo de castigo que Su Majestad quiera imponerle, no es de extrañar que Jae Ha, en un arranque de finísima hipocresía, decida mantenerlo a su lado para confiarle con descomunal soberbia una última misión: “Vamos, convierte a este rey basura en un ser humano”, le espeta el jóven a la cara. Porque una cosa siempre supo: el secretario, al igual que él, jamás lo imaginó como rey, y no es que la idea del anciano sea errada. Apenas se sumerge entre papeles desordenados y carpetas apiladas sobre el escritorio salta a la vista que Jae Ha ignora gran parte de los temas que aquejan nación, y eso le enerva al grado de obsesionarse por entenderlo todo. Se desvela hasta altas horas de la noche preparando un discurso, investigando un concepto, captando los detalles del último encuentro con la prensa. Ésto sin dejar de lado el hecho de que el luto de la patria aún no mengua y apenas sale del despacho tiene que revestirse con el traje de gala para despedir con la marcialidad de rigor el cuerpo de su hermano y su cuñada. Y en medio de este ruido ensordecedor e infernal, de disparos al aire, deslealtad, papeles interminables, incógnitas absurdas llenas de futuros tambaleantes e inciertos, se encontraba ella como centinela, la norcoreana de acento extraño sin aparente feminidad alguna que a él le encantaba joderle la existencia cada vez que la tenía enfrente. Ella se convierte en la estrella polar de su desorbitada realidad; un salvavidas limpio y veraz de la que él sabía que no nacería mentira alguna. Es con ella con quien llora la muerte de su hermano; es ella la que escucha con impotencia la disculpa que él le suplica por haberle colgado el teléfono la última vez, sin saber lo que horas después sucedería. Por eso —porque la conoce como la palma de su mano— Jae Ha sabe que el rumor que comienza a circular entre los muros del palacio es falso. A pesar de ese misterioso paquete con cenizas de carbón y un móvil procedente Norte que es encontrado en los cimientos de la casa donde la pareja falleció. Al otro lado de la frontera, allá donde el caqui del uniforme marcial se compenetra con el paisaje, Hang Ah será una asesina amaestrada, una fría agente especial, una entrenadora que guía a los novatos sin titubeo alguno en el complicado mundo de la defensa personal, pero el nuevo rey sabe que esa es su otra realidad, una muy lejana a la de las pacificas olas que golpean las playas del Sur. Siendo sincera, Hang Ah atentaría contra la mitad del mundo, pero no contra el más sabio, honesto y comprensivo soberano que ha tenido el pueblo; el primero que le tendió una mano amiga y le ofreció su espalda como protección mientras las aguas se calmaban. Y la Reina Madre tampoco tiene complejo alguno para ofrecerle un pilar en el cual apoyarse. Cuando los bramidos de los altos mandos apuntaban sus reflectores ante una Hang Ah que no daba crédito al absurdo panorama que aparecía ante sus ojos, su futura suegra resume su bondad en aquel “no te abandonaré” que retumba en el elegante salón cuando la pobre chica se comienza a desmoronar por dentro.

“Es el orgullo lo que los llevó a mentir”. La plantación de evidencias en la escena del crimen pone al descubierto hilos incómodos en el Norte y el Sur y nos da una visión general de cómo funciona la política de relaciones exteriores en casos tan puntiagudos como este. Corea del Norte no tiene la tecnología para crear el móvil EP-070, mismo que apareció en la casa vacacional; y aunque son vistos como principales sospechoso por la muerte de la pareja real, tampoco pueden admitir globalmente que tal tecnología no existe (o más bien, que no la tienen a su alcance), pues la humillación internacional sería mucha y la presión por reconocer otras mentira caerían como lluvia ácida sobre el suelo socialista. Así que prefieran continuar con la pantomima y utilizar como títere a Hang Ah ante la prensa para que responda públicamente, en dos ocasiones, por las acusaciones que se le aquejan, importandoles un bledo la guerra mental que ella estaba padeciendo por dentro. Pero la bofetada final de este irónico proscenio vendría de la mano del secretario Eun y terminaría por colapsar la paciencia de ella, dando como resultado ese nefasto enfrentamiento con Jae Ha. Después de recibir ideas distorsionadas de la voz del secretario, las recriminaciones mutuas de parte de ambos estallan como grandas provocando letales heridas en su frágil relación. El poco avance que habían tenido como una pareja que tenía que aprender a amarse termina por desaparecer en aquel malentendido donde Hang Ah es, literalmente, expulsada del país ante la ceguera absurda de Jae Ha. “¿Una simple y horrible norcoreana se atreve a reírse del rey de Corea del Sur?” La confusión es mucha, pero una vez más entra en escena la Reina Madre (personaje entrañable, a decir verdad) para poner en orden el caos; para decirle al ignorante de su hijo que las parejas tienen derecho a tener sus discusiones, sus malentendidos y riñas; que incluso ella y su esposo cargaron también con el peso de sus acciones; pero que eso, sobre todas las cosas (con títulos incluídos), no le otorgaba el derecho de hacerse la víctima y mandar al destierro a la única mujer que había entendido su calvario.

—Madre, lo que usted me dijo antes era verdad. No debería confiar en la gente con tanta facilidad.
—¿Por qué? ¿Confiaste en ella? ¿Le dijiste cuál era tu punto más débil y te atacó con eso? Las personas somos así, hijo. No hay límite para el infantilismo. Si una persona comienza a atacar a otra, ésta, en defensa, sólo devuelven el golpe, ya sea con el punto débil de su pareja o con su secreto más profundo. No desperdician ninguna información, por el contrario, tratan de hacerse daño con eso y, de esa manera, la razón principal por la que se estaban peleando se pierde entre los insultos. Sólo pensarán en cómo hacer más daño hasta el punto de gritar de dolor(...) Pero ninguno de los dos mencionará jamás la ruptura. ¿Por qué? Por que eso significa que es el fin de la relación. Es la Línea Maginot y no debe ser cruzada. ¿Quién lo mencionó por primera vez en ésta ocasión? ¿Hang Ah? Si fue ella, jamás podría perdonarla. Pero si fuiste tú, entonces eres una persona horrible. En verdad eres una basura... ¡Ah, así que eso fue! ¿Te molestó que te llama basura? Hijo, todo el mundo sabe que eres una basura, ¿creíste que ese era tu secreto más profundo? Se lo dijiste hace tiempo y ella te insultó de esa manera. ¿Y sólo por eso la obligaste a irse?(...) ¡Hijo, el agua sucia que gotea de los restos de comida es incluso menos basura que tú! (Ep. 10)   
  
Ante eso, el nuevo rey y John Mayer sostienen su segundo encuentro y así, con todo el descaro de su pedantería, el empresario confiesa el crimen con una soltura grotesca y enferma, propia más de un psicópata que de un magnate. Lo peculiar de este enfrentamiento psicológico recae en la tuerca de guión que Jae Ha maneja con una elegancia adquirida y un refinado autocontrol y que Bong Goo no esperaba en lo absoluto, a pesar de ser un gran lector de mentes y personalidad. Es ahí, en esa una oficina vacía donde cuelga de la pared central el retrato del difunto hermano, donde el opulento lunático confiesa su crimen con tanta tranquilidad como si estuviera recitando el clima en el noticiero matutino. Es una escena soberbia engrandecida aún más por esa respuesta del chico ante la confesión de él. No sólo se controla para no estallar en furia y matarlo con sus propias manos, sino que además lo reta, con un metódico atrevimiento, a una guerra sin cuartel donde el más débil de los dos caería desde lo más alto de sus puestos. No creo que haya sido una decisión muy pensada, porque la impulsividad de Jae Ha no le permitió darse cuenta del infierno que se desataría por haber osado tentar a un demonio. El remordimiento de conciencia y el peso de sus acciones vendría después, cuando el mundo comenzó a caerse a pedazos frente a sus ojos; cuando entendió que no poseía tanto poder como creía en un principio. De hecho, si hay algo que se le puede reconocer al bastardo de Mayer es anticiparse a los hechos y planear una estrategia ante cada traba que se le presente en el camino. Tendrá un complejo de Peter Pan apabullante y un culto a su personalidad bastante distorsionado y enfermo, pero también es verdad que su facilidad de manipulación y el poder que el Club M le da, le ofrece los medios necesarios para ir por la vida moviendo los hilos del poderío global. Es por eso que su empresa es intocable, y él se refugia en esa inmunidad para hacer sus fechorías por cuanto país se tope con sus ojos inyectados en sangre. John Meyer/Kim Bong Goo es el Gollum del siglo XXI, un exhibicionista suntuoso, el Napoleón asiático del crimen de este disparatado cuento de hadas: “Un gobierno a la sombra, eso soy yo” y se regodea con alegría cuando su estrategia a largo plazo es tan grande como para ignorarla.   



—¿Qué? ¿A ti también te parezco decepcionante? ¿Vas a llamarme la atención como lo hizo tu padre? ¿De tal palo tal astilla?
—No debería estar preocupado por lo que digan los demás, Su Majestad. Crea en usted mismo. Usted ya es lo suficientemente fuerte.
—¿Qué te pasa? Estás jugando a algun juego de estrategia o...
—Desde mi punto de vista usted es sensible respecto a muchas cosas. Sé que odia la sinceridad, pero también sé que conoce el mundo bastante bien y que ha sido lastimado por otros en el pasado. Es por eso que no ha podido demostrar jamás su verdadera personalidad. Y es por eso también que se esconde detrás de ese alegre exterior aparentando no tener preocupación alguna. Pero ya es tiempo de que abandone ese método porque, quizá puede tener complejos e inseguridades, y también hay muchos que lo culpan de todo lo malo que sucede alrededor, pero para mí, Su Majestad, usted ya es el rey más poderoso que existe en el planeta. Así que, por favor, compórtese como tal y tenga más confianza en sí mismo. (Ep. 10)

Después de haber sido hostigado por John Mayer, reprendido por su secretario, sermoneado por su madre y alentado por su guardia personal, al pobre de Jae Ha sólo le faltaba recibir el impacto final, ese que noqueara su frágil equilibrio e hiciera temblar su breve reinado: Hang Ah no sólo quedó embarazada de él fuera del matrimonio, sino que además tuvo un aborto involuntario en Corea del Norte debido al inmenso agobio en el que estuvo inmersa bajo el escrutinio del Sur. Al caer la noticia, los dimes y diretes entre ambos bandos son invisibles hasta que la tensión política amenaza con estallar. El bando socialista tacha públicamente de violador y asesino al rey perro que secuestró a una de los suyos para tenerla retenida entre paredes de oro e imperialismo capitalista. Mientras que en el lado monárquico las aguas son más tranquilas y la prensa calla más por falta de información que por ganas de guardar silencio. Tampoco vamos a negar que el chico hace un esfuerzo sobrehumano para revertir toda la porquería precipitada que hizo por ignorancia, pero al otro lado de la frontera, muy lejos de ver lo que Jae Ha está haciendo para remendar sus fallos, Hang Ah pone de su parte y guarda silencio ante la presión del Partido para revelar una mentira disfrazada de verdad ante la televisión de su nación. Una cosa es que el hombre que ama le haya fallado de una manera tan deplorable, pero otra muy distinta es apuñalarlo por la espalda y echarle más leña a un fuego que parece no menguar. En este aluvión de decisiones agobiantes Jae Ha toma la más arriesgada (pero también la más cabal de todas): decide hacer caso omiso de cuanta persona de confianza le de consejos y se arma de un valor desmesurado para cruzar el límite de ambos territorios e ir a buscar a esa mujer que merece de él mucho más que una simple disculpa. Lleva unos regalos hechos por él mismo, la determinación de un león y el arrepentimiento de un pecador, pero no consigue llegar hasta ella sin antes provocar un caos apocalíptico que en otros tiempos habría desatado una guerra bestial por la osadía de su atrevimiento. Entrar al Norte sin el permiso de nadie fue visto por los monigotes del régimen como un insulto y por los militares custodios como una burla.

“Es muy irónico que exista un sendero natural tan bello justo donde las armas del Norte y del Sur han decidido apuntarse” (Lee Jae Ha, Ep. 10).

Dejemos de lado que el padre dolido de Hang Ah dejó Jae Ha con la mano estirada (en el fondo sabemos muy bien que se lo merecía) y que la primera reunión que mantuvo con ella en su casa fuera un funesto fracaso con regalo incluído (se veía venir de lejos), lo que resulta realmente perturbador en este montaje, es ver cómo incluso aquí John Mayer asoma sus narices para poner todo aún más de cabeza, como si no fuera suficiente con el enredo que se traen ambos gobiernos por el incidente del embarazo. Se apoya precisamente de éste tema tan delicado para que el mequetrefe de Rhee Sang Ryul tenga la oportunidad de brillar con luz propia, y para que decida que el rey de Corea debe morir en su territorio. Y el otro imbécil, al que no le faltan nunca alas para atreverse a volar, pone a su disposición al Club M para que se manche las manos por honor al político, además de un par de incautos que no conocen mucho eso del terrorismo nacional (¿acaso existe eso en la tierra de los Kim?). Muy poco importa que el padre de Hang Ah interceda por el rey, porque los altos mandos lo tildan de loco y les parece un tanto ridículo que un grupo de personas intente quitarle la vida al líder del país vecino frente a cámaras de televisión y en un lugar atestado de gente. Ajá, como si el terror tuviera un límite. La falsa escolta que sería los custodios del antiguo príncipe es la encargada de quitarle la vida, y el lugar elegido sería el carrusel del Parque de la Juventud de Gaeseon. Mientras las agencias de inteligencia profundizan la búsqueda de Rhee Sang Ryul para que les explique de una vez por todas qué diablos es lo que pretende. Aquí el más ingenuo ha sido el papá de Hang Ah, que pensó que poner a su hija en arresto domiciliario sería como poner a un cordero en su corral y ella se quedaría ahí sentadita viendo cómo se perpetraba un magnicidio que a todas luces se podía evitar. Si otra hubiera sido la persona y otra las circunstancias quizá no le hubiera puesto tanto empeño en amagar a las guardias que las cuidaban durante esas horas críticas, enfundarse su traje militar, contactar a sus colegas del WOC y tomar cuantas municiones podía abarcar con sus brazos para ir a rescatar al idiota que le había robado el corazón meses atrás. Le costó lo suyo ordenar sus pensamientos y decidirse a hacerlo, y de hecho sino hubiera encontrado aquella carta de disculpa abajo de la caja de lociones habría pasado de largo todo el asunto del presunto asesinato y hubiera vivido bien su vida, pero no, la carta le hizo recordar que el Jae Ha que conoció en los tiempos de entrenamiento era alguien que aparentaba una falsa superficialidad que sólo podía deberse a su condición de miembro de la realeza. Más tarde lo comprobaría en tu totalidad, pero era algo que ella ya intuía. Esa niñería que demostrada algunas veces o esa falsa fortaleza que portaba con orgullo, sólo podía deberse a alguien que había sufrido mucho debido a la hipocresía de los que lo rodeaban. Jae Ha siempre fue alguien que no podía confiar en la gente, su condición privilegiada no se lo permitía, rodeandose de individuos que se inclinaban frente a él y tres minutos después le señalaban por la espalda. Por eso Hang Ah entendió que, ese pedazo de papel escondido entre tanta botella, simbolizaba una tregua permanente que ella rechazó en su momento.

“¿Tratas de anunciarle al mundo qué clase de tonto eres?” (Lee Jae Ah a John Mayer).   

Mirando todo desde una perspectiva más crítica sería justo señalar que Jae Ha es más astuto a la hora de lidiar con Mayer de lo que fue su hermano en el pasado, siempre refugiado en la diplomacia que su puesto le otorgaba y marcándole un límite al empresario que no debía cruzarse jamás. Pero este mismo motivo es lo que convierte su método en uno muy peligroso, mismo que lo dejó en esa situación tan delicada en el parque de diversiones. A Jae Ha le fascina retar a Mayer, burlarse de él, decirle todas aquellas verdades que tanto le ofenden, acusarlo de ser un bastardo con complejo de inferioridad frente a la televisión mientras un pasmado criminal escondido en su fortaleza de lujo está decidido a provocar un conflicto sin precedentes usando como pretexto el aborto de Hang Ah para su propio beneficio, sin imaginar que en ese mismo instante ella y sus camaradas están a nada de darle una zarandeada muy bien merecida a la obra surrealista que se ha montado. Y ella entra en escena con una elegancia absurda para recalcarle que hay verdades que jamás podrá poseer.

La propuesta de matrimonio. 
No sé qué fue lo que más me gustó de la escena de la proposición. Quizá el momento se prestaba para ello, quizá fue la ausencia de individuos después de estar saturados de todos hace unos momentos, o el contraste marcado entre la vestimenta civil de él y el uniforme marcial de ella, o las hojas de cerezo que caían como una fina lluvia de primavera sobre ambos; o quizá el silencio total de música hasta la mitad del discurso. Tal vez fue esa confesión empalagosa y tierna que en voz de otro habría resultado pretenciosa hasta la coronilla pero que aquí Lee Seung Gi le pone un encanto divino que lo convierte en algo sincero e inocente, a pesar de ese «te seguiré como un acosador» que habría conseguido subirle la presión al suegro hasta ponerle una orden de restricción al rey o ese «te compraré todo lo que desees» que seguramente mataría de otro infarto al Amado Líder antes de que termine el día. También algo tuvieron que ver las lágrimas que se le escaparon a Hang Ah justo cuando él le dice que jamás la hará llorar. ¡Ja, maldito bastardo! Sólo por hacer eso, por tener ese poder sobre ella, merece irse al infierno. Es decir, acaba de ver cómo se bajó del carrusel de la muerte como una reina de hielo, con una entereza envidiable y un gesto indescriptible en el rostro pero, apenas se puso frente a él, todas sus máscaras cayeron una a una sin que ella pudiera evitarlo. Y algo de rabia sí le da, porque ella es una militar hecha y derecha, y no debe ir por la vida soltándose a llorar a lágrima viva como si hubiera perdido la última batalla de esa guerra. Y sucede así porque acaba de aprender que no hay máscara alguna para el amor. Entiende en ese preciso momento que, el camarada Lee Jae Ha que nunca había visto, el verdadero, el que no se escondía detrás de su inmadurez y de su poca vergüenza, era el jóven que tenía arrodillado justo en frente de ella. Y eso la conmueve hasta el alma.

Cansado de esta pantomima ridícula que Mayer sólo agranda hasta niveles absurdos, el rey continúa con sus estrategias arriesgadas. Ese encuentro que tiene a propósito con la novia de mago es la antesala de este nuevo conflicto. Si hay algo que el incidente del Norte le demostró es el poco interés internacional que hay para descubrir quién es en realidad el líder del Club M. No es que los políticos no lo sepan, sino que no deben exponerse al público, precisamente porque hay demasiada mugre de gobernantes y naciones que se reducirían a cenizas apenas salieran a la luz. Si bien, atraparon a Rhee Sang Ryul al intentar huir a Suiza y el padre de Hang Ah no tuvo reparo en colgar el teléfono al asistente personal de Mayer, también hay que ver que todo es cuestión de política y así es como se debe de manejar en la versión oficial, en esa que todos escucharan. Ni la República Popular China ni mucho menos Estados Unidos se atreven a luchar contra el monopolio de Mayer, en parte porque no les conviene y en parte porque el chantaje de éste no está como para ponerlo explícitamente en la mesa de diálogo. Temen que una guerra mundial estalle si jalan los hilos equivocados. Y Corea del Norte asume la responsabilidad por el intento de asesinato del rey por miedo a que el bastardo psicópata corte la ayuda monetaria que les envía China como aliado permanente de la nación. Porque para él, para su frívola ideología y su absurda manera de pensar, «poder y dinero es igual a justicia» y su objetivo final sigue siendo el mismo, «que el Sur y el Norte continuen peleando hasta desangrarse».


¿Puede acaso el dinero comprarte dignidad e inteligencia?
La filmación del encuentro con la novia le llega en forma de caja encriptada que él tendrá que descifrar para ver el contenido a pesar de que Jae Ah, al más puro estilo de la psicología inversa, le dice que no lo haga, que no vea nada de lo que está ahí dentro, para evitar que el poco grado de cordura que aún guarda dentro de él se pierda en un arrebato de ira incontrolable.

—No has matado a esa mujer ¿verdad? Estoy seguro que ya sabías lo que ella sentía por ti. Así son las personas. Engañan, ocultan y mienten. Al principio yo también fui así con Hang Ah. También le disparé, pero afortunadamente fallé. Mi hermano me salvó en aquella ocasión, y sólo porque ella confió en mí yo volví a vivir. Así que, me gustaría que la perdones, porque si no lo haces vas a terminar muy solo. Yo pude volver a comenzar por el apoyo de la gente que tuvo fe en mí; pero tú no tienes a nadie. Ni siquiera a uno. Si cruzas esa delgada línea, si realmente la matas, te convertirás en un desahuciado; en la personificación misma de la desesperación. Porque eso es lo más importante para sobrevivir, la gente. Así que mi arma es la gente. Toda esa gente que cree en mí. Incluso aquellos a los que desprecié, a los que alguna vez fallé, todavía me apoyan. Aunque les disparé en el pasado, todavía me aman. Así que Kim Bong Goo, trata de pisotearme, sólo me convertiré en alguien más fuerte. ¿Por qué? Porque voy a proteger a toda esa gente que a pesar de todo continúa creyendo en mí.

Siendo Mayer un ente al que no le gusta que le critiquen, aquello fue un golpe tan bajo que le hizo tener una amarga rabieta y su siguiente movimiento en este juego fue meter sus manos en la vida pública y hacer presión —psicológica— ante las otras figuras reales (sobre todo en la princesa y en la Reina Madre) mientras se acerca la fecha para el WOC; y se las ingenia, quizá de manera no tan directa, en que el equipo de Corea la pase fatal en el concurso, a pesar de que Jae Ah no da su brazo a torcer y se empeña en que el grupo vaya integrado tal y como el antiguo rey quería, con integrantes de ambas naciones hermanados bajo un solo escudo. “Vamos a demostrar qué tan sinérgicos somos cuando el Norte y el Sur van de la mano”. Sin embargo, poner a su hermana como soberana regente durante su participación en el campeonato no sería tan fácil como pensó. El traumatismo de la princesa Jae Shin es tan evidente para sus allegados que la Reina Madre no duda en reprender a su hijo por el atrevimiento. La pobre señora también está cansada de esta guerra declarada en la que parece que nadie esté ganando nada. Aún dolida por el asesinato de su primogénito y su esposa, aun lastimada mentalmente por ver a la más pequeña consumida por la desesperación, aun asustada por ver a su otro hijo apostando al peligro para ponerse voluntariamente en la línea de fuego, lo único que le queda como tregua es el silencio. No quiere vengar la muerte de su familia, ni la lesión de su hija, ni dirigirle la palabra al bastardo que ha convertido a su niño en carne de cañón en esa riña, sólo quiere gozar de esa paz que le ofrece su silencio. Por eso recrimina a Jae Ah desde el poder que le otorga su puesto; para que pare de una vez por todas esa batalla campal que la ahoga en un mar de impotencia y lágrimas. Ya no le quedan fuerzas para eso.

Ese juego mental que a Mayer le gusta tanto jugar lo vemos desplegarse durante la cena a donde la princesa asistiría. Este sería también el primer evento público donde haría acto de presencia después de su secuestro y accidente, y el empresario ve aquí una oportunidad extraordinaria para mover a sus peones al antojo que más le plazca. Por eso utilizó al secretario Eun para que cambiara el tema de apertura y mandó llamar a Mia Taylor (Bon Bon) para que sirviera como una remembranza del terror vivido durante el acantilado. Es una escena llena de impotencia, mientras la música de Wagner se asoma como telón de fondo, pues el peso del recuerdo traumático consigue eclipsar incluso la presencia de Shi Kyung, que dejó de lado su participación en el WOC para servirle de apoyo moral durante la ausencia de su hermano.

—¿Lo sigues sólo porque es el rey? ¿Para poder recoger las migajas de sus galletas? ¿Es por eso? Él no tiene poder. Ven conmigo y yo te daré la fuerza que con él no tienes. Tengo muchas galletas.
—Lo siento, pero yo no como galletas podridas.

Si hay algo que Eun Shi Kyung se toma muy en serio es el valor de la lealtad. A pesar de que su primer encuentro con el príncipe durante la época de entrenamiento fue muy peculiar, como guardia real siempre le fue fiel. Abogó por subirle la moral cuando todos le señalaban con el dedo, se mantuvo a su lado incluso cuando su padre le prohibió hacerlo, le dijo las verdades que el secretario tanto se empeñaba en ocultar cuando todos acusaban a Hang Ah de conspirar contra la monarquía y se quedó al lado de la princesa aun cuando sentía que le estaba fallando al fallecido rey por no asistir al campeonato en el que tanto esfuerzo hizo para convertirlo en realidad. El joven posee una idílica idea como caballero que no deja de ser una visión bastante perfeccionista de su propio trabajo, por eso contiene sus emociones cuando Bom Bon lo incitó a golpearla. En este encuentro monumental donde una mente sin razón ni corazón se enfrente cara a cara con el honor, Mayer también tuvo todas las de perder y se retira del ruedo con una arrogante mirada, pero también con una sed de venganza imposible de olvidar.  
Y por otro lado, lo absurdo del WOC es ver cómo incluso aquí las relaciones entre países aliados y enemigos exhiben sus estrategias vulgarmente. Da un poco de zaña ver la desfachatez con la que el Primer Ministro del Sur les pide al equipo de Corea que pierda contra Estados Unidos. Y también todo se va un poco al carajo cuando el camarada Ri Kang Suk pierde los estribos y se agarra a golpes con soldados de Irán y EUA para defender el honor pisoteado. Estuvieron a nada de ser expulsados desde el primer momento. Y volvieron a estar de nuevo en la mira cuando decidieron de qué manera pensaban hacerse de las dos llaves y salir huyendo de la isla donde los dejaron para pelear el puesto en el concurso. Hang Ah miró con cobardía las estrategia de Jae Ha porque le parecían absurdas, más acordes con un grupo guerrillero que con soldados entrenados para enfrentar los peores escenarios, siempre siguiendo las reglas que la guerra imponía, con honor, gallardía y todas esas cosas. Sin embargo, cuando los estadounidenses los amenazan hasta hacerlos caer, entonces sí comienzan a tomar las cosas bastante en serio. En un principio podríamos tachar de cínica la motivación de Hang Ah para ganar el enfrentamiento (si pierden en la primera ronda el acuerdo nupcial se rompería) pero en el fondo hay que recordar que ellos de verdad se quieren, y la única oportunidad que tienen para permanecer unidos es hacer que el Norte y el Sur hagan las paces y decidan llevarse bien. El WOC no es algo para tomarse a la ligera, a pesar de que los soldados de EUA tratan de calmar las aguas y decirle a sus colegas de la península asiática que no se tomen el asunto tan a pecho, que es sólo un juego, que eso de volar todo el cuartel del contrincante, junto con todos los víveres y municiones parecía una acción sumamente desesperada y totalmente fuera de lugar. Pero para ellos no es sólo un juego, carajo, y Hang Ah lo sabe muy bien, ella y los otros cinco chicos que pelean hombro a hombro para demostrarle al mundo que no siempre se llevan como perros y gatos debatiendo ideologías políticas y estilos de vida; para demostrarles que sí es posible que una nación en conflicto ponga el esfuerzo y la dedicación al dar un mensaje de unión al mundo; porque no todo se trate de diferencias y odios, y familias separadas, o carencias sociales y económicas. No se trata sólo de un juego, ni de un matrimonio. Por eso se le resquebraja el alma cuando les dice a los militares de América que para ellos, como pueblos divididos, siempre fue una situación desesperada. Porque esa era la última oportunidad; la última opción. Y si fallaba eso todo lo demás estaría perdido.

El WOC fue bastante generosos con ellos y, aunque no regresaron victoriosos, por lo menos a EUA le dieron una lección que les sería difícil olvidar. Pero una vez que aterrizan en Corea las cosas se complican. De hecho, pienso que uno de los puntos más fuertes de la serie ha sido el momento en el que el secretario Eun se reviste con esa dignidad que había almacenado en el baúl de la nostalgia y al verse acorralado (y con la mente carcomida por la culpa) decide confesar su crimen ante el rey, así tal cual. Le habla sobre las constantes reuniones que mantuvo con Mayer, el regalo que recibió, el momento en el que reveló el lugar donde su hermano se hospedaría y hasta el asunto de la cena donde la princesa tuvo un ataque de pánico. Ya para ese momento sabemos cuáles son las condiciones que el Club M quiere de parte de Jae Ha; y a decir verdad, no dejan de ser ridículas: quieren que renuncie voluntariamente a la corona. Si lo hace pacíficamente todo estará bien, pero si opone resistencia habrá sangre. Quizá por eso a Jae Ha le dolió tanto saber que durante años el secretario le fue más fiel al Club M y al chantajista de John Mayer que a su familia. A estas alturas había muy poco por perdonar, pero el viejo Eun hace un esfuerzo sobrehumano para pedir disculpas, no en nombre de él, sino de su hijo, el último vestigio de honestidad que le quedaba en vida. Porque el peso de 30 años de servir a la realeza, darle sentido a su caótico itinerario y deambular por los pasillos limpiando la mugre donde Su Alteza caminaría, le habían servido para formar a un hijo ejemplar, inocente y estrictamente firme en su labor como custodio de la soberanía nacional. Era algo de lo que siempre se sentiría orgulloso. Tanto que decidió callar un tiempo más su infidelidad para evitar el amargo acto de mirarlo a los ojos.

—Entonces, ¿por qué mejor no me conviertes en un hombre decente? Quédate a mi lado, como un amigo,para que me des consejos. Como un hermano mayor. Me desharé de mi gente si no te agrada, empezando por el más apestoso. Así me convertirás en un hombre correcto, ¿vale?
—¿Acaso no es usted el principal culpable? ¿El mayor culpable de esa pestilencia?  (conversación entre John Mayer y Eun Shi Kyung - Ep. 18)   

La revelación vendría después y llegaría con un propósito suicida que en un principio el mismo Jae Ha se negaría a aceptar. Cuando Shi Kyung le pide de favor que lo mande a la guarida del lobo para obtener información que más tarde podría ayudarle para conocer el paradero de Mayer y sus secuaces. Shi Kyung ve los errores de su padre como propios y él, a su vez, intenta enmendarlos para evitar sentir esa vergüenza que le carcome las entrañas. Quizá por eso estuvo dispuesto a poner las manos al fuego y aceptar cuanta tortura viniera de parte de la organización. Fue fácil para él aparentar un lavado mental porque técnicamente los entrenan para eso, pero el tarado de Mayer cayó redondito en el cuento y el error sería gravísimo para ambas partes. El secuestro de la Reina Madre y Hang Ah en Somalia sería sólo preámbulo agonizante repleto de incertidumbre que nos conduciría al encuentro final entre John Mayer y el rey Jae Ha en el acantilado donde volvió a insistir sobre la abdicación al trono para que él tomara el poder. Durante el secuestro, el rey ya se había topado con la negativa de China (de hecho, el país asiático buscaba a Hang Ah como desertora de Corea del Norte) y es cuando Jae Ha saca el último as bajo la manga y demanda al magnate ante la Corte Criminal Internacional por magnicidio y crímenes de lesa humanidad. Es en esos momentos de desesperación y agobio cuando el muchacho le pide al secretario Eun volver, ansioso por un consejo sabio en medio de tanta mentira. Pero el joven rey no es el único que se tambalea en esos momentos de incertidumbre, poco antes de eso el asistente de Mayer pretende matarlo en una emboscada, pero falla caprichosamente y es ahí donde el antiguo príncipe vuela hasta China en busca de la mujer que ama (su madre fue encontrada poco antes).

—Así que, siendo rey, ¿cómo te sientes al ver que uno de los tuyos se ha pasado a mi bando? No lo odies demasiado ¿eh? puse mucho esfuerzo en eso. ¿En realidad te esforzaste alguna vez por mantenerlo a tu lado? Sólo vino con el título ¿verdad? Comprar a la gente con dinero, como yo, o usar tu título, ¿cuál es la diferencia?
—¿Es verdad lo que él dice, Shi Kyung?
—¿Qué es lo grandioso de un rey sin poder? Es cierto, tuve mis momentos de duda. Cuando accedió a abdicar fue uno ellos, y también cuando me dijo que no podía enviarme aquí... Pero esa fue la última vez. Porque usted nunca se dejó revolcar por el dolor.  Incluso cuando la realidad apuntaba a una probabilidad casi total de fracaso se aferró a esa fracción de incertidumbre y sin fallar siempre encontró una solución. No soy fiel a usted porque es el Rey. Le soy fiel porque, aun sin esperanza, nunca se dio por vencido.

Detengamos un momento para hablar de este personaje un momento —y de paso también de la mujer que más lo amó en la vida— porque ya no habrá oportunidad para ello. Eun Shi Kyung fue una persona extraordinaria. Su sola presencia contrastaba bruscamente con la volatilidad de Lee Jae Shin, que fue una niña mimada y un poco malcriada por las circunstancias, pero ambos aprendieron a complementarse y lo hicieron con una maestría inimaginable. Me ha parecido una relación franca, a pesar de esos deslices que tuvieron y ciertos malentendidos que tal vez se les salieron de las manos con menos elegancia de la que deberían. No hay que olvidar que en un principio ella le criticó hasta el gesto de su rostro y él reconoció más adelante algo que muy en el fondo ella sabía que era verdad: la princesa lo veía como un juguete fascinante. Como si pudiera darle cuerda y usarlo a su antojo. De ahí que lo obligó a pedir un deseo ante una estrella que él no vió o a cantar para recordar la canción que le entonó en el muro de la ciudad. Había límites entre ambos y Jae Shin se la pasó bomba saltándose todos, riéndose de él en su cara cada vez que podía. Le costó lo suyo madurar un poco y apreciar todo el esfuerzo que él hacía para no tartamudear en su presencia o sostener una mirada que creía no merecer. Algo cambia, por supuesto, cuando La cabalgata de las Valquirias la regresa al traumático momento donde ella puso en la chimenea las cenizas que matarían a su hermano. Un momento tenso que él aboga por borrar a base de consejos honestos y confesiones en jardines desolados durante la última conversación que mantuvieron. Merecían el final más hermoso de todos, y sin embargo la amargura que empapó el último arco casi eclipsa en su totalidad la historia que vivieron juntos. Por suerte, el cariñoso recuerdo que la princesa tiene de él nos sirve para elevarlo a la categoría de caballero custodio permanente y otorgarle una armadura dorada, más acorde con su espíritu y su dedicación, que dejó su huella eterna en la Guardia Real y en la memoria de todos los que le conocieron.

El golpe final del Club M sería la hecatombe de la guerra, tal y como lo prometieron. El atentado terrorista en Michigan supuestamente por parte de Corea del Norte fue el pretexto clave para que la nación estadounidense decidiera apuntar a matar. Ya sabemos que el país de las barras y las estrellas ve un peligro en cada esquina y a un terrorista en cada opinión contraria a sus sensatos ideales. Y Mayer se aprovecharía de eso como último recurso para lograr su objetivo final: separ a Hang Ah y Jae Ha y de paso dejar un reguero de sangre entre Norte y Sur para demostrar incluso en esas pésimas circunstancias su poderío. Por fortuna, el tiro le salió por la culta y al final se quedó sin trono ni nada, pero antes de eso tuvimos que atestiguar las tensiones asfixiantes entre ambos bandos además del encuentro definitivo cara a cara entre nuestra pareja protagonista, mismos que estuvieron a nada de inmolarse ahí frente a todos, en medio de ese escenario surrealista donde la falta de acuerdos podría haber teñido de rojo sangre la alfombra del despacho de manera permanente. Una última bofetada a un Mayer que no daba crédito a su fracaso absoluto.

El lugar elegido para la boda no podía apostar a ser más simbólico. Panmunjom es una aldea ubicada en la frontera de facto entre ambas naciones. Fue ahí donde se firmó el tratado de armisticio en 1953 y aún hoy se levanta su fortaleza de concreto como un melancólico y cansado vestigio de la Guerra Fría. La zona desmilitarizada de Corea sería el testigo presencial de una boda que en nuestros días (con la realidad de este mundo) aún nos suena imposible y ajena; impensable ante los tiempos que corren. El Norte y el Sur riñen con más frecuencia de la que nos gustaría y de vez en cuando las sirenas de guerra se escucha retumbar en los noticieros y periódicos para recordarnos que aún hay un larguísimo camino por recorrer, y que no será fácil llegar hasta el final. Quizá algún día seamos capaces de ver las fronteras abrirse y a familiares separados durante décadas encontrarse de nueva cuenta para rescatar, aunque sea un poco, el tiempo perdido durante tanta ausencia. Mientras tantos siempre nos quedará la ficción; ahí donde podemos refugiarnos para imaginar otros mundos posibles, mundos increíbles de príncipes en reinos de fantasía y guerreras valientes que se alimentan de la gallardía que les otorga su astucia e inteligencia.

NOTAS ADICIONALES:
  • El príncipe heredero es un amor de niño, aun con sus deslices en público. ❤
  • He dejado el título así tal cual lo he visto en la mayoría de los lugares: The King 2Hearts. Aunque en Drama Fever aparece simplemente como King 2 Hearts.
  • Disculpen por cualquier error ortográfico que pueda haber en toda la reseña. Eso de poner títulos nobiliarios, que si en mayúscula o en minúscula, se me da fatal.
  • Este se convirtió en uno de los post más extensos que he publicado en el blog. Y definitivamente el más largo de todos los que he escrito sobre el reto de los 10Kdramas.  
  • De hecho, esta serie iba a ser la segunda que vería, justo después de Healer, pero la boté tres veces porque no me estaba gustando el ritmo que llevaba (hasta el episodio 6). A juzgar por el titánico post que me acabo de aventar supongo que queda claro que al final me gustó muchísimo, ¿no? xD
  • Así que iba a ser el segundo en la lista, pero terminó siendo el noveno. He adelantado su publicación, dándole preferencia sobre otros kdramas que ya tienen sus reseñas programadas desde hace tiempo, porque creo que se lo merecía. Así que aquí aparece numerado como el 07.
  • Por lo tanto, mis opiniones personales de la película A Werewolf Boy y de los dramas 08. Pinocchio y 09. You Are All Surrounded (vistos antes que The King 2Hearts) serán publicados en las próximas semanas.  
  • Aún no sé cuál será mi próximo drama coreano. Curiosamente los que más me pican son los que no están terminados, jaja; estoy hecha un lío total y lo mío con este mundo ya es adicción. Wanted apunta a ser una bestialidad y Doctor Crush me llama mucho la atención, al igual que Uncontrollaby Fond, que sigo desde que era una simple lectura de guión, ains. Quiero que avancen aunque sea una par de semanas más para tener la posibilidad de zamparme un episodio al día y no morir de desesperación mientras espero los siguientes. Mientras tanto…
  • Tengo que ponerme al día con Outlander, ahora que su segunda temporada ha terminado, pero no tengo los episodios a la mano y no está siendo tarea sencilla conseguirlos. Tocará mover el universo entero para conseguirlos, qué se le va a hacer xD.