25 de feb. de 2015

Farewell, The Mentalist! (2008-2015)

Robin Tunney & Simon Backer
(Vía @SnappyToes)
No creo que The Mentalist, a golpe de guión y de trama, haya pretendido alguna vez ser grande. Hace más de siete años logró abrirse un rincón sólido en la franja televisiva norteamericana y ya no se movió. Sentó una base de telespectadores que se deslizaba fácilmente entre la gente joven y la adulta con un rango amplio de edades que pocos shows podrían poseer. Es precisamente ahí donde brilló, fue precisamente a ellos a quienes le rindió cuentas cuando la trama principal llegó a su punto máximo la temporada pasada y fue ahí mismo donde el 18 de febrero asentó su despidida definitiva. The Mentalist se va dando todo lo que podía ofrecer (incluso más) y deja tras de sí una estela dulzona pero sincera y repleta de honestidad.

Este show no vino a ser un parte aguas en la estructura o en la forma de las series procedimentales. Cuando mucho, tenía la peculiaridad de que sus episodios poseían como títulos palabras que evocaban un específico color. Una simple curiosidad que no iba más allá de la mitología de la propia serie. A partir de ahí se podía perder fácilmente entre tantos otros programas que ofrecían, en mayor o menor medida, lo mismo que éste nos ofrecía, salvo ciertas variaciones en la trama (Castle, CSI, Elementary, Criminal Minds, Forever, Perception).

Ahora que la serie ha concluido vale la pena hacer un ejercicio de honestidad y mirar a atrás para señalar los fallos: Bruno Heller y compañía se olvidaron totalmente de la Asociación Blake, lo cual resulta un poco imperdonable. La organización criminal de un asesino sin escrúpulos queda atascada y coronada entre la corrupción de las fuerzas del orden y el gobierno norteamericano… O eso es lo que nos dan a entender. Heller le da un carpetazo definitivo al caso donde se cimentó la caída y redención de Patrick Jane; olvidándose que como espectadores merecíamos saber más. No me resulta creíble que la muerte de Thomas McAllister haya cavado la tumba donde la sociedad impunemente se movía. No es así como se esfuman estas cosas. Si muere el líder, entonces es sustituido por otro.

Ahora, si evocamos el egocentrismo del propio protagonista podríamos asimilar la indiferencia. El mentalista no era un heroico personaje que quisiera redimir a los delincuentes más peligrosos de California y eso lo supimos desde el principio. Su inclusión como consultor para el CBI fue únicamente para tener acceso a los expedientes de los casos donde el famoso asesino plasmó sus pasos. Cuando lo tuvo —literalmente— en sus manos se deshizo de él y continuó con su vida. Ese era verdaderamente su objetivo. No desarticular la asociación creada por el multihomicida ni desentrañar los secretos de la misma y sus integrantes. Él sólo quería justicia por el crimen cometido; para honrar, hasta los límites de la venganza, a su esposa e hija. El otro desliz en la trama ocurrió con Michelle Vega. La joven agente marcial se paró con firmeza ante un elenco que ya se había solidificado desde la temporada anterior y llegó con tanto temple como educación y carisma hasta tal punto que su muerte fue considerada tan dolorosa como innecesaria. Vega no tenía que morir, no había motivo para ella. Su deceso únicamente sirvió para poner a Jane en la disyuntiva de no saber qué hacer con su vida laborar y cómo afectaba el hecho de que Lisbon tampoco quería abandonar su trabajo. Sin embargo, el destino de la chica no tenía por qué ser así. La muerte sorprende porque The Mentalist no era un show que se caracterizara por asesinar a personajes innecesariamente. El atentado contra Michelle fue una salida fácil ante el escaso tiempo de la temporada para llevar Jane hasta el límite de sus nervios (que eso de perder a su familia también tiene su duelo) y marcar un ultimátum más para sí mismo que para la propia Lisbon.     

El triduo de episodios finales que comenzó con Byzantium (07.11) y alcanzó su desarrollo total en Brown Shag Carpet (07.12) para concluir con un entrañable White Orchids (07.13) homenajeó con loable honor lo que mejor hizo la serie en sus años dorados, cuando la trama de Red John aun se evaporaba en el aire: evocar el ocaso de un asesino en serie. Lazarusel que se levantó de entre los muertos— sirve como réquiem a la memoria del despreciable antagonista, ese mismo que opacó con perversidad las últimas temporadas tiñéndolas de rojo sangre, mientras un rostro sonriente brillaba como firma con dedicatoria en cada uno de sus trabajos realizados. Una sombra en la que la poesía de William Blake se transpiraba con escalofriante ligereza y que se desbordó sin reparo en The Great Red Dragon (06.07) para dar una última despedida magistral en Red John (6.08). Los últimos dos episodios incluso se dan la oportunidad de plantar guiños fácilmente reconocibles para quienes siguieron la serie desde el principio, cerrando de esa manera un círculo  casi perfecto y saciable para la mayoría, donde las fans tenían pocos fallos por señalar.

Byzantium (7.11) se encarga de inaugurar esta triada enfocada en el caso de Joe Keller, quien retrata la personalidad de Red John sin atiborrarse de ella; simplemente como fidelidad al crimen. Al final, Keller es más la reminiscencia misma de su padre (un asesino jamás capturado) que el alter ego del sheriff McAllister; pero resulta inevitable apreciar las similitudes entre ambos. Entre ellas, la necesidad irrevocable de contactar con Patrick Jane cuando éste los expone como seres dañados frente al público y la manía de marcar a los charlatanes asesinados. A los fans más acérrimos de The Mentalist la resolución del caso final les habrá parecido sosa, por no decir ridícula y no es que estén muy equivocados, eh. Por una parte, es de admirar que se las hayan arreglado para traernos una trama cíclica, circular, con su principio tan interesante y un final cerrado, pero la captura de Lazarus no deje de ser simplona y hasta graciosa. Personalmente a mi no me extrañó. La séptima temporada se enmarcó más en el desarrollo de los personajes que en los casos en sí, pasando estos últimos a un segundo plano, para dar cabida a la vida personal de quienes nos habían resultado ajenos durante tanto tiempo (una mención especial a Abbott).

El pasado de Patrick Jane se cuela apenas comienza el episodio, cuando le muestra a Teresa Lisbon el terreno que compró para construir su nuevo hogar. ¿Vas a quitarte tu alianza de bodas? Probablemente ninguna pregunta había calado tan hondo en la mente de Jane como ésta lo hizo. Quizá nos pegó tan fuerte como espectadores porque tampoco la esperábamos (aunque teníamos meses deseándola) y la desolación que impregna la música de fondo dota de esta escena con una densidad incómoda cuando en realidad era una invitación ciega a la esperanza. Y es que a estas alturas es bastante obvio que la mente de Patrick está lejísimos de la nuestra. La barrera invisible que él mismo ha levantado sobre su pasado impide ver más allá de escasísimos flashback a lo largo de los años. Es algo tan personal que ni siquiera Lisbon se había atrevido a hacer esa pregunta. Y de hecho, no tardó en arrepentirse: Apenas hizo su segunda aparición Rick Tork (Little Red Book 04.02) —con la misma ineptitud verbal que la primera vez— cuando ya había arrastrado sus pies hasta Jane para ofrecerle disculpas.

Los dos últimos episodios transcurren con la estructura narrativa típica del show pero siempre remarcando con protagonismo la evolución de Jane y Lisbon como pareja sin olvidarse tampoco de la aportación del resto del equipo (o la aparición festiva de la familia de Lisbon, que acapara la atención apenas se muestra en escena XD). Todavía más memorable resulta la ayuda que Cho aporta en la elección del vestido de novias; o la firma de papeles para la boda y el primer vistazo que Lisbon le da a su anillo y se muere de la risa. La fortaleza de Wayle en el arco final también merece su mención o la aparición de Rigsby y Van Pelt evocando con nostalgia los tiempos en que la vida era un poco más dura y tenían que rendirle cuentas a una organización sin tanto rango como el FBI.

En fin, que The Mentalist se nos ha ido en un pestañeo y éste es sólo un pedacito de gratitud por los mejores tiempos. Hubiera deseado tener más cabeza para poder dedicarle el post que se merece pero vale la pena levantar la copa y recordar aquellos gloriosos años de asesinos sin rostro, con posdatas macabras y la eterna carita que te sonreía sangrienta desde la pared desteñida en el palacio en ruinas de un reconocido charlatán.

Eso sí, sigo manteniendo la postura de que el momento cumbre en la mitología de Red John siempre será el final de Strawberries and Cream II (03.24).

Salud. Y gracias por el té. 
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Más sobre The Mentalist en el blog.

18 de feb. de 2015

¡Buenos días a la vidaaaaa, buenos días al amoooor! Turururú.

Umi Murúa. 
Hablé de un inminente colapso mental en mi publicación pasada. La he leído ayer por primera vez desde que la publiqué y hasta me he dado el permiso de sentir cierta ternura. El colapso mental inevitablemente llegó y vino acompañado del peor ataque de ansiedad que he sufrido alguna vez en la vida.

Ocurrió el viernes pasado y no se detuvo sino hasta el sábado a medio día. No sólo fue horrendo, sino desagradablemente humillante. Para ese entonces ya tenía dos problemas encima: vértigo y dolor en las encías por las muelas del juicio —que a su vez provocaban cierto dolor de cabeza— así que técnicamente yo era una bomba de tiempo a la que sólo le faltaba el ajuste necesario para estallar. Ya me había notado media rarona días antes: mientras veía algún video en el celular sentía un bajón tremendo, como esa especie de vacío que sientes en el estómago cuando vas en autobús y bajas de repente por un desnivel en la autopista, o al sentir cómo el elevador en el que vas se pone en marcha. Pero, a diferencia de estos dos ejemplos, después del bajón llegaba la taquicardia, las piernas flácidas, las manos heladas, la tensión en el cuello y esa sensación inminente de que pronto iba a morir… Así, de repente; de un infarto fulminante, una embolia y yo qué sé.

Ahora que lo pienso suena absurdo pero no mentiré al decir que en ese instante la pasé FATAL.

La crisis fuerte llegó después de estar un rato usando la laptop y de un apagón que hubo en el barrio de no más de dos minutos. El detonante fue probablemente el hecho de saberme sola en casa. No es que me da miedo la oscuridad —hace muchos ayeres dejé de temerle— sino el hecho de sentir el bajón ESTÁNDO sola en casa. Para los que no lo sepan, los ataques de pánico llegan de repente, sin aviso, y sus síntomas son muy parecidos a los de un infarto. Mi ritmo cardíaco cambió y yo sentí el golpe. Fue tremendo. El cuerpo entra en alerta máxima y esa sensación ya no te abandona: te sientes en peligro, pero miras alrededor buscando ese mal y no lo encuentras, entonces piensas que tu cuerpo está en alerta porque algo te va a pasar y lo único que se te viene a la cabeza es un infarto... Lógico ¿no? XD  

No sé si ya lo mencioné anteriormente por aquí pero no tengo miedo a morirme. No creo que vaya a dejar algo en este mundo que valga la pena, no más de lo que hay en este diario, por ejemplo. El miedo está en no saber cómo voy a morir y si va a doler mucho o no (de verdad espero que no). En esta crisis pasada estaba tan jodida, tan mareada, tan asqueada de todo, que me preguntaba muy en mis adentros por qué mi corazón aun seguía latiendo ¿En qué momento se tiene que detener? ¿Cómo será en el instante mismo que deje de latir? ¿Será mientras duermo? ¿Será en el consultorio? ¿Primero me desmayaré y luego moriré? Seguro sería un buen post.

Así que me dieron vacaciones en el trabajo ¡YEY! Pero no era así como me hubiera gustado pasarlas.

La verdad es que estaba llevando una vida muy bestia y sedentaria los últimos meses, que junto con el estrés y las preocupaciones pasaron factura y los resultados de los análisis sanguíneos hablaron: vértigo, triglicéridos elevados y anemia ferropenica. A la cama, dieta, ejercicio diario y vacaciones obligadas. Mis días de descanso me supieron a medicinas caras, consultorios médicos, lentejas, betabel y diarrea (porque para rematar me dio diarrea xD).

Estaba pendiente la operación de Umi. Mi perrita de 12 años cargaba un tumor de cinco centímetros en las ubres y había que operar porque ya estaba empezando a dar problemas dérmicos. El drama no fue que la operaran sino las idas a curar, tomando en cuenta que no tenemos auto y ya no podía caminar. Me las arreglé como pude. Pero un día, mi querido gatito que tanto amo, quiero y aprecio (¡bastardo malagradecido!) decidió que era muy buena idea pelearse con otro gatito del vecindario. El problema no es que se haya peleado, el problema es que el otro gato le clavó la uña en la frente y pues a los dos días tenía un absceso de pus que olía tan mal como se veía. Sí, mi gato se estaba pudriendo. EL.DRAMA. Al final conseguí llevarlo con el veterinario minutos antes de llevar a Umi, para que lo sedaran y pudieran sacarle tanta miseria acumulada.

A Umi tocará llevarla a retirar los puntos quizá este fin de semana y al parecer todo salió bien. ¿Yo me quité todo el estrés o descansé en estas vacaciones? No, ni de chiste. Lo bueno de todo esto es que me dieron un anti-depresivo por dos meses y aquí estoy repartiendo magdalenas y gardenias desde mi habitación hasta el ciberespacio.  Besitos vitaminados. :* 

2 de feb. de 2015

¿Pero éste drama de qué va y por qué yo no sabía nada?

Ehm, creo que necesito vacaciones. Así, como con urgencia.

¿Alguna vez han sentido esa terrible sensación de ahogo que se produce cuando aguantan la respiración por mucho tiempo? De pequeña me pasaba a menudo, casi siempre antes de dormir, cuando las luces se apagaban y la casa se quedaba a oscuras. Trataba de llenar mis pulmones de aire, pero no importaba cuánto inhalara, la sensación de insuficiencia se quedaba hasta que lograba dormirme. Tiempo después descubrí que eso que experimentaba era un ataque de ansiedad y aprendí a controlarlo (nunca totalmente). En aquel entonces el ataque se producía por miedo a morir dormida, por el terror que me producía la oscuridad o por el temor que me daba tener una pesadilla y mojar la cama (me pasaba muy rara vez y era horrible). Mi manera de evitarlo era dormir cerca de alguien —casi siempre con mi madre o mi hermana— y rozar con mis dedos parte de su ropa o su piel. Sólo ligeramente. Un poquito. Sentir que estaba tocando algo vivo me daba la seguridad de pensar que la vida no se me iría mientras dormía. Sí, suena estúpido, pero a los seis años eso evitaba que me sudaran las manos, me faltara el aíre y provocara que el corazón me latiera a mil por hora cada vez que era la hora de dormir. Otra opción era irme a la cama antes que todos, cuando las luces aun estaban encendidas y mis padres despiertos, pero casi nunca tenía sueño.

Con el paso del tiempo esos ataques de ansiedad se redujeron bastante; era extraño tenerlos salvo específicas ocasiones: exponer un tema frente a mis compañeros de escuela, realizar un trabajo en equipo, la entrega de calificaciones o cualquier cosa que implicara presentarme sola frente a una persona de mayor edad y autoridad. Sin embargo, sigo teniendo muy presente ese agobio, esa figurativa falta de aire que se produce cuando la ansiedad me supera (sin necesidad de que sea un ataque en sí) y se apodera de mi rutina durante semanas o incluso meses. Como una persona con Trastorno de la Personalidad por Evitación (TPE) y además asocial, es muy fácil distinguir cuando lo primero se antepone a lo segundo. No es siempre, no es todo el tiempo, no es todo el año, pero cuando sucede lo reconozco. Trato de llevarlo lo mejor que pueda, trato de superarlo sabiendo que vendrán días más despejados e intento continuar con mi rutina. Es algo personal; siempre lo ha sido. Algo que se sufre en silencio. No es fácil; de hecho, ya se me había olvidado lo que es vivir estresada todos los días. Este blog nació una noche de asfixia y desolación; nació adolorido y dañado (lo expliqué por aquí). Nació por la necesidad de expresarme ante un medio que sentía mío, desde que lo conocí, siendo sólo una niña, cuando el Internet era un sonido imposible que nacía de las entrañas de un teléfono conectado a la computadora. Este blog vio la luz en aquellos días universitarios que hoy, al pensar en ellos, me acarrean sólo sentimientos de frustración tan profunda que no me apetece traerlos al presente.   

Está de más decir que estoy feliz en mi trabajo. Es un trabajo chiquito, de mi propia familia paterna. Un trabajo que aprecio, valoro y quiero mucho, y que me ha permitido soportar más bullicio social del que jamás me hubiera podido imaginar en las tres décadas que están a punto de caerme encima. He interactuado con gente buena, jóvenes educados y niños a los que quisiera congelar en el tiempo para que no se esfume esa ternura que se les derrocha por la cara. (También me he topado con gente grosera, prepotente y mimada, pero no me apetece recordarlos). El asunto es que, cuando te haces mayor —dejas de ser estudiante y te convierte en trabajador— los días más preciados de tu infancia se convierte en tu peor pesadilla. Sobre todo cuando trabajas en un lugar donde las vacaciones son algo así como ¡LA MEJOR ÉPOCA DEL AÑO PARA VENDER! En ese caso mi felicidad se anula donde comienza la tuya. Y el estrés se apodera de mí. En realidad, hace muchísimos inviernos que la Navidad ya no tiene para mí el significado que tenía antes. Cuando era pequeña, esos días se convertían en la época de las semanas sin escuela, primos en la casa de la abuela y pijamadas interminables. No creo que sea una queja, sino una confesión. Tampoco me provoca depresión. Sino estrés. Agobio. Ansiedad.

Éste último mes de diciembre fue el rey de todos los meses ansiosos que he tenido en mi vida. Todo comenzó una semana antes de Navidad (supongamos que aquí fue donde empecé a aguantar la respiración; eso que mencioné al principio), cuando mi mamá fue internada de urgencia por un dolor que tenía en el vientre, al lado de la vesícula. El asunto en cuestión nos abordó a las dos solas. Mi papá estaba fuera de la ciudad y mis hermanos en Culiacán. ¿Saben el peso que eso puso sobre mis espaldas? ¡Joder! ¿Yo en una situación así? Ahí estaba, la más cobarde de la familia, con TPE, el colón irritable a full y el Síndrome de la Bata Blanca que me acompaña desde niña. Ahí, en un hospital que está donde da la vuelta el aire y empieza el estado de Nayarit. A las doce de la madruga, con mi madre y su dolor a cuestas. Fui valiente. Con mi adrenalina hasta el límite y mi mamá gritando que se moría, pues bueno, ahí me tenías maldiciendo a todas las ciencias médicas y sus ilustres declamadores del juramento hipocrático. Esa específica semana fue una mierda total (perdonen la expresión): ya habían pasado otro par de cositas que pusieron en jaque mis neuronas sicóticas, incluyendo una invasión de escorpiones en la casa que habitamos y la decepción tremenda que me dejó Marco Polo. Lo de mi mamá fue sólo la cereza sobre el pastel. Bueno, más bien fue la decoración que rodea el pastel de la desgracia. La cereza la puso nuestro vecino anciano que falleció justo cuando llegamos del hospital y escuchamos a las magdalenas del barrio llorar hasta el arroyo de nuestro pueblo. El anciano me caía bien. Era esa clase de persona que inclinaba su cabeza como gesto de cortesía cuando pasabas a su lado. Ese mismo día; sí, ese maravilloso día de otoño navideño, mi gato tuvo la esplendorosa idea de poseer gingivitis por el resto del año (¡Pero hay que tener pantalones para hacer eso, Maru!). Maru es el aguafiestas más reputado de mi nación. Tiene tres años y me ha amargado precisamente TRES navidades. HIJO DE PERRA (literalmente). En la primera Navidad que pasó con nosotros le dio diarrea, en la segunda lo atropelló un auto y en la tercera se le pudrió la boca. De hecho, este 2015 he empezado ahorrar para que en diciembre no se atasque todo mi aguinaldo en medicamentos para el niño mimado de la casa, porque eso ya no lo toleraría, ¡EH! XD

El veredicto final para mi madre aquella fatídica noche en el hospital era que tenía la vesícula llena de piedras y había que operar lo más pronto posible. No en plan de Emergencia pero vale, ese dolor que sintió ella no le apetecería sentirlo de nuevo y pues bueno ¡a operar!... Mi papá pidió las vacaciones antes de tiempo y a él le tocó viajar a Mazatlán y acompañarla durante los días de la operación. Mientras tanto, en mi casa seguían apareciendo alacranes como si estuviéramos frente a alguna plaga del Viejo Testamento. De hecho, le he dicho a Jesús que le diga a su papá que hay formas más bonitas de decirme que no me quiere.
[No contaré de aquella vez que me cayó aceite hirviendo en el labio, ni aquella otra en la que un pedazo de tortilla dura se incrustó en mi ojo, porque hay un límite para la vergüenza propia y estoy a punto de superarlo.]
El asunto en cuestión es que todo ese tiempo estuve trabajando. Y en vacaciones decembrinas mucho más. El día que mi madre fue dada de alta (a las 7h de la mañana), mi hora de entrada era a las 8h lo cual me jodió mucho por dentro y por fuera porque no dormí ni un segundo en toda la madrugada que mi madre estuvo hospitalizada. Ese mismo día tenía que volver al trabajo de 20h a 22h pero me caí rendida sobre la cama y desperté hasta el año 2035 después de Cristo, llegando tarde y quedando en ridículo con medio mundo, el cual no es mi pasatiempo favorito.

Ha pasado ya un mes de aquello, y dos o tres días de descanso semanal, y sigo sosteniendo el aire. La ansiedad está a tope. Siento que no he descansado desde aquel absurdo diciembre. No me haré la sufrida pero frustra un poquito, oye. Sobre todo porque los días no me saben a nada. Ni aquellos en los que trabajo, ni aquellos en los que descanso. Y al parecer será así hasta medidas de febrero, lo cual agobia un poquito más. Estoy intentado lidiar con ello lo mejor que pueda pero ¡Pfff! Incluso eso cansa. Y es aquí donde he llegado a la conclusión de que NECESITO VACACIONES. Y como no quiero pedirlas sino hasta marzo pues me vengo a desahogar aquí porque este blog está para eso y mucho más ¿no? XD Sí.

Hace un par de años, cuando descubrí que mi drama social tenía nombre y estaba catalogado dentro de los trastornos de la personalidad que llevan inquietando a los psicólogos desde que se dedican a sus labores, intenté buscar un refugio cibernético donde pudiera encontrar a otros como yo. Por ahí alguien mencionó que conocer a gente que pasa por el mismo problema que tú te ayuda a expulsar esa sensación de desolación cuando sientes que nadie te entiende. Encontré un foro privado (en el cual nunca fui aceptada) y mandé una solicitud de amistad a un grupo de Facebook que iba directo al grano y se llamaba así, Fobia Social. Nunca he publicado nada ahí, jamás me he presentado, no doy deditos arriba, ni comentado nada porque aquí es donde mi asocialidad se asoma: estas personas no me interesan en lo absoluto. No me apetece interactuar con ellas, ni ofrecerles mi experiencia y sobre todo los post son tan erráticos y diversos que me aterran tanto como me confunden. Eso sí, gracias a ese grupo he aprendido a apreciar infinitamente a mis padres: los pilares que sostienen lo que soy; lo que siempre he sido. Es depresivo hasta límites irrisorios pasear por el Muro de este espacio para atestiguar la amargura de quienes desahogan ahí sus penas. Una válvula de escape que jode más al lector que al que publica (y quizá más a los moderadores). Chicos y chicas que tienen su autoestima embarrada en el suelo y pulida con tristeza. Entes miserables que escupen cuánto dolor traen a cuestas: desde la indiferencia de sus familias, hasta hostigamientos estudiantiles o laborales, e ideas suicidas. Entonces pienso en quienes me rodean y la vida tan maravillosa que he tenido desde pequeña. Incluso, en mis peores días en la escuela, siempre podía dar la media vuelta y regresar a casa, donde sabía que jamás me sentiría rechazada. Mis padres, esos seres maravillosos que seguramente han acumulado más decepciones conmigo que con cualquiera de sus otros dos hijos, jamás me han exigido algo que roce los límites de mis capacidades. Siempre me han dado la libertad de elegir. Además, han respetado mi personalidad como muy pocos lo harían. Jamás terminaré de agradecerles tanto.

El problema es ese, teniendo TPE no ha sido suficiente para que mi asocialidad me permita identificarme con quienes lo sufren día a día. Lo cual me provoca un poco de pena propia (poquito nada más), porque es complicado confabular dos toques tan peculiares como la fobia social y la asocialidad para desembocar en el combo break! que soy yo. Veo a estas personas en ese grupo de Facebook, ansiosos por encontrar amigos, novios o una cura para su trastorno y simplemente no puedo comprender por qué querrían hacerlo.

Vale, basta de melodramas. El asunto es que necesito vacaciones lo más pronto posible o tendré un colapso mental mega épico que para qué les cuento. Luego les hablaré de mi dolor de encías, el vértigo que traigo encima y la operación de Umi para removerle un tumor la próxima semana. 

15 de ene. de 2015

"Solo Dios sabe cuánto te quise"

A veces me gustaría conocer por qué motivo las historias de Gabriel García Márquez me despiertan tanta ternura. Es un sentimiento espontaneo, inocente, incluso diría que injustificable. Y no habla en mí la voz de la experiencia, sino mi lado primigenio con las obras del autor. Sólo he leído Cien años de soledad, y hace unos minutos concluí El amor en los tiempos del cólera, pero a estas alturas estoy empezando a creer que todos sus trabajos me inundarán en mayor o menor medida con ese absurdo sentimiento tierno, como lo han hecho los dos que ya pasaron por mis manos. No es una molestia, faltaba más, porque pensándolo bien es precisamente eso —y no el Nobel de Literatura que carga a sus espaldas desde el ’82 o sus ideologías sociales y políticas—, lo que consigue adéntrame a sus novelas con tanta facilidad como muy pocos autores lo han conseguido alguna vez. Y es que el bueno de Gabo desliza su narrativa con una cotidianidad que se gana a pulso con tanta simplicidad entre cada párrafo que termina por derramarse sin demasiado escollo antes que el primer capítulo marque el punto y aparte.  

El amor en los tiempos del cólera empuña con orgullo los restos de una Cartagena de Indias que se niega a olvidarse del fantasma del virreinato español con tanto ahínco como Florentino Ariza pone en el amor jamás materializado de Fermina Daza. En las obras de García Márquez el tiempo se congela aunque pasa, y entre página y página uno no termina de entender cómo es posible que cincuenta y tres años, siete meses y once días se hayan diluido en el espacio con suma rapidez y a la vez con tantas gotitas de dulzura. Esta es la clase de amor febril que probablemente no podría digerir en una novela romántica, pero el realismo del autor colombiano consigue atiborrar en una crónica gentil que podríamos encontrar fácilmente en nuestros propios ancestros. Florentino Ariza rompe moldes desde el principio, y lo hace sin un gramo de belleza ni juventud. Para cuando se cuela en la historia aparece como un cuervo calvo evocado por la muerte en medio de un salón enlutado frente a la viuda reciente que amó sin reciprocidad alguna. Ariza está ahí, en la escena, como el viejo decrépito que se marchitó esperando una rancia gratitud. Un Romeo jubilado en una Venecia apestosa y latinoamericana. Sin embargo, el comienzo de la historia corre a cargo del prominente doctor Juvenal Urbino; ese rival en amores que nunca supo que lo fue (y que partió de esta vida sin intuirlo jamás). Urbino se asoma al escenario con una cautela desmedida, filtrándose a la casita de un antiguo y místico amigo exiliado que planeó minuciosamente su suicidio durante décadas para no sucumbir a los caprichos más humillantes de la vejez. Un santo ateo. A raíz de eso, y en las primeras cincuenta páginas del libro, vemos discurrir las últimas horas del honorable médico que, entre sus proezas profesionales y de caché, estuvo la de erradicar el cólera en su entrañable asentamiento porteño, castigado por mil maldiciones distintas. Las virtudes del hijo pródigo del pueblo, de apellido largo y reputación intachable, chocan de manera estrepitosa al darnos cuenta del accidente estúpido que lo llevó a perder la vida. Cuando uno se topa con la narración en cuestión, nuestras emociones erráticas se bifurcan extrañamente entre la carcajada más honesta y ese dolor tan álgido que sólo podría percibirse a la luz de la muerte de un personaje que ya a esas alturas nos resultaba entrañable.

A partir de ahí el tiempo corre para atrás, rebobina la historia hasta que chocamos con la versión joven de la viuda adolorida que intenta encontrar una razón para continuar viviendo. No sólo nos habla de esa versión de la pubertad aniñada sino también del primer amor, rancio y jodido, de serenatas en el panteón de los pobres y cartas perfumadas con la inocencia de parejas imposibles. El amor en los tiempos de cólera nos trae un peculiar triangulo amorosos que jamás fue, y que el primero de los tres en palmarla fue el que no se enteró de nada. Para ser justos, el triangulo en sí nunca existió (quizá en la mente del pobre Florentino, pero nada más): Fermina Daza no le amó después de aquel romance juvenil, que ni por un pelo fue más allá de una propuesta de matrimonio absurda y del enorme muro que el padre de ella forjó entre ambos para que no se volvieran a querer en la vida. Sin embargo, el patriarca de los Daza no consiguió con su sentido estricto lo que el tiempo y la distancia resquebrajó hasta oxidarlo desde los cimientos. Cuando el padre y la hija huyen erráticos de pueblo en pueblo y no regresan sino mucho tiempo después, Fermina se topa con una realidad que la supera hasta el grado de la amargura: lo único que pudo sentir por el chico de la eterna correspondencia fue lástima; y lo esfumó de su vida casi por inercia. Después llegaría el doctor Juvenal Urbino con su altanería, guapura y perfección, que la chica encontró despreciable en muchísimos sentidos pero que aprendió a querer hasta conseguir amarlo. Sin embargo, ella nunca lo engañó. Ni con el pobre Florentino Ariza ni con nadie. Una proeza que el pulcro doctor no pudo cumplir, engañando a su virtuosa esposa con una mulata que de lejos provocó la peor crisis matrimonial de la pareja.

La peculiar prosa de Márquez se huele por toda la novela como un espectro que Cien años de Soledad ya había dejado rondar en mi memoria hace algunos años. Páginas y capítulos enteros repletos de anécdotas para dar tridimensionalidad a personajes que jamás nos resultan ajenos, y que se contraponen con una obviedad exquisita a los escasísimos diálogos que fácilmente podríamos guardar en una hoja garabateada por los dos lados. Es una habilidad que muchísimos autores desearían tener: enamorar sin hablar. Anécdota contra dialogo. Un aluvión de párrafos interminables sobre los sentimientos de algún personaje siempre conmueven más que un sequísimo “Te amo”, o una frase cursi nacida de un enamorado. Gabo consigue arrastrarnos a un torrente emocional tremendo apenas da comienzo la novela, cuando al doctor Juvenal Urbino se le va la vida en un parpadeo, y al verse ido suelta aquella epifanía que le da título a este artículo y que resuena con un dolor indescriptible en las lágrimas que se nos apañan en los ojos. Para ese entonces ya le queremos. Más o menos hemos entendido la mitad de su rutina, ideas, prejuicios y decepciones, para que en el momento de su muerte la tristeza nos conduzca sin remedio a la desolación que dejó en la propia existencia de la mujer a la que más amó en la vida.

Por otro lado, Fermina Daza siempre fue un enigma; y de los buenos. Podríamos tacharla de mil cosas, pero jamás de imprudente. Si algo la hizo sobresalir como la envidia de todo un pueblo fue por su inteligencia, testarudez y valor. La honorable Fermina mantuvo su dignidad en alto siempre que le fue posible. Incluso cuando aquel chico de vestimenta de anciano y manías voyeristas le extendió la carta con caca de pájaro que le marcaría la existencia por siempre. La chica del eterno uniforme colegial tuvo suerte y ésta la seguiría incluso hasta la última página, cuando su amor contrariado dio la orden de mantener un buque en marcha con la bandera del cólera en alto hasta el fin de los tiempos. Si bien es verdad que a Florentino la vida le pareció una fracción de segundo, es Fermina la encargada de plantarle la bofetada al tiempo. Atreves de ella atestiguamos las cinco décadas que Ariza dejó pasar embelesado con la idea de conquistarla. Para cuando éste se da cuenta de que las primaveras mueren sin pedir permiso, los días ya habían oxidados los engranajes de su propia rutina. La historia no resultaría tan entrañable si el carácter de Daza no pecara de orgulloso; de alguna manera es precisamente eso lo que Florentino Ariza y Juvenal Urbino encontraron tan atractivo. La altiva personalidad de ella se exterioriza de manera dramática en sus frases directas, toscas y contundentes. Con el cuello en alto y la espalda recta aprendió los gajes de la vida en pareja con una maestría excelsa y prodigiosa que, conforme la hazaña de sus años pasan, ella reforma con fina elegancia hasta volver exquisita la aburrida rutina matrimonial, con un habito que consigue enraizarnos el corazón en un comienzo tan afectuosos como senil (y que alcanzaría su máximo esplendor en ese último capítulo que saboreamos con destellos de eternidad).

En fin, una novela preciosa, con un escenario aldeano y porteño, que despierta en nosotros la necesidad del recuerdo primitivo de entender a aquellos que nos antecedieron en esas antiguas décadas que se asemejan a los siglos. Lo mejor de García Márquez siempre viene repleto de grandes dosis de soledad dolida, de personajes tan comunes cuya peculiaridad les otorgan el brillo de los héroes cotidianos: parejas de amores imposibles en pueblos innombrables, narrando cuentos bañados de nostalgia que agrietan la memoria con heridas que destilan enormes cantidades de ternura íntima; esa ternura que se sabe tan pecaminosa como inocente.  

9 de ene. de 2015

Scrapbook 2014

Esto es meramente decorativo y poco productivo. Es sólo para verificar que durante el año 2014 perdí el tiempo en algo entretenido xD. Me lo he visto en el blog Road To Xing de teniente_ross y lo he encontrado precioso. :)  

EDITADO Viernes, 09 enero 2015: Publico esto como post y edito la página del blog del apartado superior para trasmutarlo en el Scrapbook 2015 y comenzar desde cero :) Al final no he leído tantos libros como me hubiera gustado, EH (leer 15 libros en un año me parece una grosería imperdonable XD) pero bueno, aquí está un nuevo año para mejorar mucho más. :D
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☂: Justifica suicidios colectivos.
☂☂: Nada mal pero podría ser mejor.
☂☂☂: Valió la pena el tiempo invertido.
☂☂☂☂: Me mantuvo pegada al asiento sin parpadear.
☂☂☂☂☂: HAZTE FAN.
☂☂☂☂☂☂: Mientras veo unicornios azules y arcoiris en el cielo pienso que mi vida jamás volverá a ser la misma. 

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[R]: Rewatch/replay/relectura.
[E]: En español.
[VOS]: En versión original con subtítulos.
[I]: En inglés.

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PELÍCULAS
01. Beasts of the Southern Wild (Benh Zeitlin, 2012) [R][VOS] 
02. Life of Pi (Ang Lee, 2012) [R][VOS] 
03. No se aceptan devoluciones (Eugenio Derbez, 2013) [E] 
04. Sherlock Holmes (Guy Ritchie, 2009) [R][VOS] 
05. Holmes & Watson. Madrid Days (Jose Luis Garci, 2012) [E] 
06. Les Misérables (Tom Hooper, 2012) [R][E] 
07. Thr3e (Robby Henson, 2006) [VOS] 
08. The Little Prince (Stanley Donen, 1974) → [R][VOS] 
09. Gravity (Alfonso Cuarón, 2013) → [VOS] ☂☂☂☂☂☂
10. Pacific Rim (Guillermo del Toro, 2013)  [VOS] ☂☂☂☂☂
11. Nosotros los nobles (Gary Alazraki, 2013) → [E] ☂☂☂
12. Frozen (Chris Buck, Jennifer Lee, 2013) → [VOS] ☂☂☂☂☂
13. August: Osage County (John Wells, 2013) → [VOS] ☂☂☂☂
14. Third Star (Hattie Dalton, 2010)  [VOS] [R] ☂☂☂☂☂☂
15. Star Trek (J.J. Abrams, 2009) → ☂☂☂☂
16. The Lego Movie (Phil Lord, Christopher Miller, 2014)  ☂☂☂☂☂
17. The Perks of Being a Wallflawer (Stephen Chbosky, 2012)→ [R][VOS] ☂☂☂☂☂
18. The Book Thief (Brian Percival, 2013)→ [R][VOS] ☂☂☂☂
19. The Boxtrolls (Anthony Stacchi, Graham Annable, 2014) ☂☂☂
20. Camino (Javier Fesser, 2008) → [E] ☂☂☂
21. The Fault in our Stars (Josh Boone, 2014) ☂☂☂☂
22. The Phantom of the Opera (Joel Schumacher ,2004) [VOS] [R] ☂☂☂
23. Pride & Prejudice (Joe Wright, 2005) [VOS] ☂☂☂☂☂☂
24. Iron Man (Jon Favreau, 2008) [VOS] ☂☂☂☂☂
25. Iron Man 2 (Jon Favreau, 2010) [VOS] ☂☂☂☂☂
26. Tangled (Nathan Greno, Bryon Howard, 2010) [VOS] ☂☂☂☂☂

LIBROS
01. Tr3s (Ted Dekker) [E] 
02. Canción de Hielo y Fuego: Tormenta de Espadas (George R. R. Martin)  [E] 
03. El Principito (Antoine de Saint-Exupéry) [R][E] 
04. La cabeza de los italianos (Beppe Severgnini) [R] ☂☂☂☂☂
05. El legado de Siberia (Ann Halam) → [R][E] ☂☂☂
06. El mundo y sus demonios (Carl Sagan) → [R][E] 
07. El océano al final del camino (Neil Gaiman) → [R][E] 
08. El Güilo Mentiras (Dámaso Murúa) → [R] 
09. Un Mundo Feliz (Aldous Huxley) → 
10. El fantasma de la ópera (Gaston Leroux) 
11. La ladrona de libros (Markus Zusak) 
12. Bajo la misma estrella (John Green) 
13. El viento en la Luna (Antonio Muñóz Molina) 
14. La noche en que Frankeinstein leyó El Quijote (Santiago Posteguillo) 
15. Orgullo & Prejuicio (Jane Austen) 

SERIES DE TV & ANIME
01. Hannibal (S01) [VOS] 
02. Castle (S06) [VOS] 
03. The Mentalist (S06) [VOS] 
04. Sleepy Hollow (S01) [VOS] 
05. Sherlock (S01,02,03) [VOS] 
06. Silver Spoon – Gin No Saji (S01) [VOS] 
07. Attack On Titans – Shingeki no Kyojin (S01) [VOS] 
08. Yamishibai: Japanese Ghost Stories → [R][VOS]  
09. Breaking Bad → [VOS] → 
10. Game of Thrones → [VOS] → 
11. Outlander [VOS] → 
12. The Following [VOS] → 
13. The Mentalist (Season 7) [VOS] → 
14. Ripper Street (Season 1, 2, 3) → 

CÓMIC & MANGA
01. Silver Spoon – Gin No Saji (Hiromu Arakawa) → 
02. The Heroic Legend of Arslan → 
03. Firefly: Leaves on the Wind → 

OTROS
01. The Phantom of the Opera at the Royal Albert Hall (2011) [R] [VOS] → 
02. Les Misérables: 25th Anniversary Concert (2010) [R] [VOS] → 
03. Cosmos: A Personal Voyage [R] [VOS] → 
04. COSMOS: A Spacetime Odysee [VOS] → 

20 de dic. de 2014

"There is hell to be raised. I am to raise it" (¡Spoiler!)


Si las circunstancias fueran distintas, podría considerar The Beating of her Wings (3.02) uno de los más soberbios finales de una serie de televisión dramática de los últimos años (quitando el hecho de ser el segundo episodio de una temporada de ocho). Sin embargo, nuestra arraiga visión occidental de la justicia siempre nos ha inculcado la imagen del héroe caído que aspira a la redención. Es un panorama que se ha explorado hasta el cansancio y Ripper Street no fue la excepción. Si la primera temporada sirvió como mera introducción a las peripecias de la policía metropolitana en las barriadas de Whitechapel y la segunda ahondó en personajes secundarios como el sargento Drake o el capitán Jackson, la tercera viene a rematar con quien debió de haber empezado. En este episodio hay algo en la trasformación del inspector Edmund Reid que como espectadores sólo consigue erizarnos todas las capas de la piel hasta provocarnos un escalofrío que nos recorre el cuerpo. Es a su vez una consecuencia de lo que nos parece ajeno. Una errata en el guión. Mirándolo con detenimiento no debería ser difícil entenderlo; lo que pasa es que nos negamos a creerlo.

La historia de Reid nos fue mostrada a pedazos; pequeños indicios de aquí y de allá que uniéndolos todos revelaban un suceso trágico en el pasado que involucraba la desaparición de su hija pequeña y el resquebrajo total de su frágil matrimonio. In My Protaction (1.03) nos trae a un inspector afligido, exigiéndole fortaleza a su esposa moribunda a cambio de una promesa: contarle por qué motivo no puede aceptar la muerte de su hija y las circunstancias que orillaron a su desaparición. En esa época, al idealista de Edmund le pesa la ingenuidad a toneladas; era esa clase de personajes cuya actitud ante su propio trabajo no puede tacharse sino de perfeccionista, pero a su manera. Sin embargo, conforme la trama avanza esto cambia poco a poco hasta desembocar en el asesinato a sangre fría de quien le arrebató a la niña. La escena en sí es horrorosa y está tan carga de sentimiento que revierte la imagen que teníamos de él hasta transformarlo en otro ser. Algo como eso habíamos captado cuatro años antes, cuando a los pies del ring, le pide al sargento Drake matar a golpes a su íntimo enemigo. No se le puede culpar de frivolidad, sino de una excesiva ceguera vengativa que lo debilita tanto que él mismo se desconoce. Existen tales y cuales dialogo donde sus palabras nos taladran la conciencia. Generalmente es Bennet Drake quien está ahí para expiar sus pecados, para taparle los fallos, señalar sus errores y perdonarle todo al conocer sus imperfecciones. Hay una dinámica en ambos que funciona, una salvación mutua entre el veterano y el policía que siempre consigue sobreponerse a cualquier decepción. Los cinco minutos que Bennet le da para dejarle huir cuando cometió su transgresión de la justicia nos demuestra lo que uno es capaz de hacer por el otro. Favor con favor se paga.

Y es que las confesiones de Reid siempre consiguen acaparar la imagen y el sonido. Son pequeños trocitos de nada, proclamaciones mínimas a ciertas personas, gritos silenciosos ahogados en frías sepulturas que cuando brotan logran conmover. Aun así, raramente fue su esposa la oyente de tales palabras, propias de una relación donde ambas partes se asfixiaban en sus reclamos. Am I Not Monstrous? (2.02) dio indicios de que algo deplorable había pasado con el matrimonio y Emily no fue vista desde entonces (probablemente recluida en algún hospital psiquiátrico para curar la locura provocada por la actitud del propio Reid). Y es que el inspector no estaba obsesionado con la búsqueda de su hija, a pesar de la certeza de sentirla viva, sino con su trabajo. Una actitud desmedida donde imperó su descuido al hogar para equilibrar la balanza a favor de una justicia cuestionable que menguaba mucho en el Londres victoriano. El inspector Jedediah Shine se presenta como el contrincante corrupto, la fuerza de la ley debilitada por sus propias ambiciones y podredumbre. Un hombre despiadado y feroz. Un opresor orgulloso de su desobediencia autoritaria que pone la bala allá donde le plazca; que asesina a sangre fría sabiendo del amparo que le brindan los poderosos, vulnerados por los propios ases que esconde bajo la manga. Puñaladas duras que saborea con placer cuando se siente protegido por la impunidad imperante en una sociedad que se rasga las vestiduras por un gramo más de dignidad. Es entendible el desprecio que Edmund tiene hacia él, es comprensible la rabia que brotó en ese grito imperioso cuando Bennet escuchó estupefacto aquel desgarrador “¡Mátalo!” en la esquina del ring. El lamento del animal herido, el réquiem del que pensó que la rectitud de su trabajo jamás podría caer a un nivel más bajo. Pero el inspector Edmund Reid cayó y no dejó de caer hasta que esta tercera temporada le dio la oportunidad de arremeter contra quienes lo merecían. Shine queda pendiente, pero otros no corrieron con la misma suerte y será exquisito (aunque no por ello correcto) ver cómo culminaran estos dos últimos episodios. En el arco pasado no fueron los casos los que brillaron en sí sino la vida privada del sargento, el doctor y el inspector Shine, dejando de lado casi por completo a Reid. El círculo se cerraría bien con esta temporada. Y lo interesante sería ver cómo quedarán ubicados Bennet Drake y Homer Jackson, porque Rose y Susan también tienen cabida aquí.


La historia de Bennet la saboreamos como pocas, la sufrimos a rabiar y ahora nos queda ver al boxeador que se levanta con el rostro cubierto de sangre, pero vivo. Porque Bennet siempre ha sido un personaje de peso, con una actitud que sobrepasa el corte militar para subyacer en el deber que siente como custodio de la ley. Hay algo en sus ideales que esconden las viejas enseñanzas del propio Reid. Las antiguas, añejas y entrañable obras del policía exacerbado y herido. El rebelde de Bennet absorbe más de ternura en su postura que el mismo inspector (por muchas torturas que le corran por sus puños cerrados). Sus principios jamás han colapsado a pesar de lo cerca que ha estado de verse degenerado por camaradas con los que antes había compartido banderas y vinos. The Weight of One Man's Heart (1.05) expone el peso de sus glorias pasadas dándole la oportunidad de reivindicar sus principios militares, anteponiéndolos a los que imperan en las calles. Un acto que raya en lo terrorista, que lo sacude por dentro y le planta una bofetada que de otra manera jamás habría sido capaz de percibir. Madoc Faulkner sólo consiguió con su actitud echar por tierra la idea romántica del leal marino convertido en pirata que proclamaba a los cuatro vientos la ingratitud de un gobierno que olvidó a él y a los suyos apenas la guerra se dio por acabada. Esto era algo atroz que Bennet necesitaba ver con sus propios ojos, atestiguar a punta de pistola un escenario que Reid jamás podría mostrar desde las oficinas de la policía, ni tampoco arriba de un ring. Esas cosas se ven, se tienen que sentir para que se conviertan en algo; ya sea una enseñanza o una decepción a largo plazo. Porque el camino empedrado del sargento jamás terminó allí, logró extenderse hasta verle felizmente casado con una mujer que le ofrecía cinco minutos de paz en un burdel donde no conocían ese concepto. Si el hombre saboreó la fortuna en sus manos esta no se aplazaría demasiado al descubrir quién era en realidad la esposa detrás de la máscara. El culto fanático expuesto en A Stronger Loving World (2.06) logra derrocar hasta las cenizas la fortaleza de un estoico personaje, no tan estricto como su propio jefe, pero sí competente y sagaz. El declive del sargento llega aquí, cuando su entrañable Bella se auto inmola frente a sus ojos matando a parte de él en el proceso. Nunca le habíamos visto tan perdido, ennegrecido por su propia conciencia, bañado entre tanto remordimiento y espanto. Su agonía mental fue peor de lo esperado, su descenso se confundió con una derrota aplastante donde los mismos demonios que le persiguieron antes amenazaban con aprovecharse de sí sin darle tiempo a reconocer sus fallos. Si Rose Erskine regresa a su vida es sólo para convencerle de que él es más que una maraña de sentimientos contradictorios anidados en su mente. Sin embargo, no es ella a secas quien lo despabila de su agónico trance, sino el cuerpo de una persona asesinada. Algo nacido dentro de él lo devuelve a la realidad a base de dolor y misterio. Renace como un ser distinto, más realista que antes y quizá un poco más entregado a la rectitud que impera en su nuevo cargo. De más peso. De más responsabilidad. Pero sobre todo de más posibilidades para mostrar su verdadero rostro. 

      
La historia de Homer Jackson es distinta. El norteamericano cirujano cowboy perdido en las calles del Destripador trata de buscar su absolución viviendo al margen de la ley mientras colabora con ella. Es el anti héroe con bata blanca, olor a cigarrillo y vino en la mano; tronco común de lo que tiempo después sería la ciencia forense. El tipo podrá ser un alcohólico mujeriego sin vergüenza pero entre toda esa pestilencia se esconde el joven que soñó con explorar el mundo. El matrimonio que durante dos arcos vimos compartir con Long Susan se hace añicos rumbo a la tercera temporada. Pero hablar de él es hablar de ella y para comprender a uno tendríamos que vincularlo con el otro, independientemente del rumbo distinto que tomaron apenas inició esta nueva etapa. El médico de la armada estadounidense formó una extraña relación con la hija de un magnate que terminó viviendo en Inglaterra dirigiendo un burdel en el cual habitaban cada uno a su manera. El panorama ya de por sí se presta para exponerse como la cumbre de lo bizarro, pero al parecer el truco les funcionaba (y más de una vez vimos a la policía pasear entre prostitutas para arrastrar a Jackson hasta los pies de un nuevo cadáver). Tachar la relación de Jackson y Susan de disfuncional sería cortar demasiado hilo de una tela que se entreteje demasiado como para ser definida en una sola palabra. El matrimonio se mantuvo unido a pesar de que por cada ilusión que tenían les llovía una docena de desgracias. De alguna manera eso les otorgó la fortaleza que de otra manera no habrían conocido. Cuántas veces no les vimos discutiendo su idílico sueño a la luz de una chimenea. Huir muy lejos donde nadie nunca les juzgaría por sus decisiones. De hecho, las conversaciones a puerta cerrada siempre fueron las más significativas; eran aquellas charlas donde botaban todas sus máscaras, mismas que guardaban toneladas de amarga sinceridad y que generalmente terminaban en utensilios y portazos resonando hasta los cimientos del peculiar hogar. Es verdad que Jackson siempre necesito unos milímetros de vino en sus venas para sincerarse ante Susan pero no podría negarse el amor que se le derrochaba en la mirada cuando la tenía enfrente. Ella también pudo aspirar a algo mejor (basta con escucharle cinco minutos frente a su padre para entender de qué estoy hablando), su testarudez y gallardía la ubican por encima de cuanta mujer del siglo XIX se le ponga enfrente. Existe algo de cínico en su carácter que fusiona con elegancia y altanería, algo innato que atrae a quienes la tratan, y resulta bastante chocante darse cuenta que alguien pudo aprovecharse de ello para su propio beneficio. El bastardo de Silas Dugan sabía dónde encontrar la vulnerabilidad de Susan, sabía cómo escocer cada herida recibida en el pasado o de qué manera podría doblegar a una fiera innata; porque la madame siempre defendió lo suyo: el territorio arcano en los barrios bajos, la elegancia e independencia de su propio negocio, la integridad de las chicas que estaban bajo su amparo (por muy cuestionable que esto pudiera resultar). Susan hacía su trabajo y lo hacía bien; también ocultaba secretos, dolores, angustias y deudas endemoniadas, y se sentía acaparada por un feminismo que la superó en Become Man (2.03). La actitud de ella en el reciente camino me resulta ajena; la desconozco. Su poderío no sólo opacó esa destreza gentil que atravesaba la pantalla bajo la protección de su burdel, sino que terminó por aniquilar cualquier rastro de la mujer que una vez amó al capitán Jackson.
[Aun me faltan ver un par de episodios de esta última temporada y probablemente hay alguna especie de a lost in traslation que se me escapa de las manos porque no he podido encontrar subtítulos en inglés ni mucho menos en español desde que Amazon tomó el timón de la serie. Si a eso le agregamos los slang que se cuelan entre los diálogos, ufff… Vamos, que no es como para montar un dramón pero de que me pierdo un poco pues sí, lo normal.]
El futuro que le depara a la pareja será digno de ver sólo al observar lo bien que se la estaban pasando en “Your Father, My Friend” (3.04). Mismo en el que la misma Susan parece reivindicar la esencia de sus principios con ese cardiaco final que nos deja petrificados. La mujer debilitada por el poder se desvanece ante el crimen cometido. Resulta estremecedora la escena final de este específico capítulo. La rabia contenida, la culpa por las decisiones tomadas y el odio creciente frente al imbécil que le ayudó a olvidar quién era en verdad le llevó a volarle los sesos sin pensarlo demasiado, justo después de preguntarle “¿Tú sabes qué es eso? ¿Tú sabes lo que es ser un hombre bueno?”; preguntas directas que también sirven como melancólica elegía al inspector Reid, herido por ella, que agonizaba en un charco de sangre a escasos centímetros de donde taladraron las palabras.


Ripper Street acarrea con el peso de las series cortas e incomprendidas por la multitud. Un camino antes recorrido por Hannibal, The Fall o The Killing, quienes también estuvieron en el umbral de la cancelación, aunque ésta serie no posee la densidad argumental de las otras mencionadas. Hace apenas unos días escribí un poquito sobre ella. Hace apenas nada, mencioné que si la dinámica del trío protagonista seguía intacta, ahí estaría yo para verla brillar. Pero esta tercera temporada apuntó el cañón hacia la posición contraria. La dinámica se ha resquebrajado y las partes implicadas siguieron sus propios caminos en direcciones que estaban lejos de estar cercanas. Era algo que ya me esperaba; si hubo algo que brilló en Our Betrayal (2.07.08) fue precisamente esa rotura en la confianza de los tres. Dejando eso de lado, vale destacar la fortaleza con la que Ripper Street resurgió de las cenizas. Cancelada por la BBC hace unos meses fue acogida por Amazon para traernos ocho episodios que estuvieran a la altura de los que les antecedieron. Pero lo que hicieron fue más allá: revitalizaron una serie agónica, no por su trama sino por las circunstancias, y le inyectaron la fortaleza necesaria para culminar una tercera temporada que apunta a ser la más épica de todas sin olvidarse de sus principios. La esencia de los primeros casos, la base de la criminalística como ciencia forense y el nacimiento de una nueva era siguen ahí, intactos y eso es quizá lo que más atrae de ella. Esa diversidad de asesinatos y conspiraciones pequeñitas en el barrio de Whitechapel, que sin querer, remueven los altos estándares hasta llegar a los poderosos. El trío de camaradas encabezado por Reid sigue funcionando a pesar de los cambios por los que han pasado en los cuatro años que vivieron separados. También vale la pena destacar que la obsesión desmedida del inspector por el peso que recae sobre sus hombros nos llevan a atestiguar la creación de la base de datos de criminales y reincidentes a golpe de maquinas de escribir, tinta y opacas fotografías; rarísimo de ver en una serie de televisión, donde nos tienen acostumbrados a la tecnología de punta de los centros de investigación ficticios que superan con creces a la realidad. (Sobra decir que la inclusión del entrañable Joseph Merrick a la trama es tan conmovedora como trágica.)   

Ripper Street no es sólo una serie recomendada sino necesaria. Un show que apostó a lo diferente, a lo antiguo versus lo moderno. Que logró captar con exquisita maestría una etapa decisiva en el sistema policíaco contemporáneo, tiempo que fue un parte aguas en los métodos investigativos o el despertar de la energía eléctrica en la vida cotidiana, el avance de la ciencia y la medicina o la creciente popularidad de la fotografía o huellas dactilares como insuperable recabador de evidencias. Sin olvidarnos de la vida personal de los protagonistas que, conforme las temporadas avanzan, engullen con facilidad el crimen cometido para anteponer la subtrama al primer plano. Imposible ignorarla, y sobre todo imposible de olvidar. Si esta temporada es la despedida, la están haciendo a lo grande; si es un nuevo comienzo, están poniendo el listón demasiado alto.