1/11/2014

All that was good, all that was fair, all that was me is gone...

Fanposter de la serie de Starz.
Outlander nos trae como protagonista a Claire Beauchamp (Caitriona Balfe), una enfermera inglesa de combate que, una vez concluida la Segunda Guerra Mundial, decide realizar una segunda luna de miel con su esposo Frank Randall (Tobias Menzies), miembro del servicio secreto británico, con el objetivo de recobrar el vínculo que se truncó debido al conflicto. El destino de su viaje es Escocia, guiados por la curiosidad que Frank tiene sobre un antepasado en concreto: Black Jack (Tobias Menzies), un sádico soldado que jugó un papel importante en la rebelión de los jacobitas. La noche del 31 de octubre ambos se cuelan de incognito a Craigh na Dun, un monolito situado cerca de la ciudad de Inverness, para ser testigos de un ritual que las druidas de la localidad realizan justo antes del amanecer en esa época del año. Horas después, Claire regresa a ese mismo sitio con el objetivo de reconocer una flor que en su primera visita desconoció. En un momento dado de su estancia escucha un misterioso sonido proveniente de la estructura central del conjunto de piedras y, al acercarse y tocarla, recibe un choque de energía que la deja inconsciente y aturdida por un momento. Al reaccionar se da cuenta que está exactamente en el mismo lugar pero en la época equivocada… Ha viajado 200 años en el pasado.

A veces uno tiene ganas de ceñirse sobre una serie de televisión que no pueda ser encasquetada a la fuerza en un específico género. Outlander viene para romper ese esquema en mi mente que estipula que todo puede ser englobado en una única palabra. Claire Beauchamp, en cuyo personaje recae la historia central y la existencia misma de este absurdo accidente del espacio-tiempo, se introduce con agilidad y elegancia —no más de la que le permite el momento— a una escena bizarra que incluye a escoses desaseados, un joven herido y una chimenea que consume trozos de madera ardiente que crujen tanto como la hostilidad de la mitad de los hombres que le rodean. Una mujer inglesa, pensarán; y quizás un tanto arrogante para variar. Sin embargo, no es aquí donde ella nos es introducida. Sobre Claire recae la voz en off del programa en su primera etapa; la misma que nos guía con cadencia desde el principio, evocando esa narrativa críptica que Diana Gabaldon ya se había empeñado en escribir en papel hace más de 20 años: “La gente desaparece todo el tiempo…” sentencia la frase que lo inicia todo. Sassanach (01.01) entra de lleno al enigma de lo indómito y abre un paréntesis que amenaza con no cerrarse jamás; guardando la incógnita de los viajes en el tiempo para adueñarse de toda explicación inverosímil que pueda surgir al respecto. Pero basta decir que, apenas aparecen en la pantalla las Tierras Altas de Escocia con ese insondable monólogo de la mujer desaparecida, ya empiezas a creerte cualquier idea de nigromantes, duendes y desfases que te venga a meter en la cabeza cualquier juglar tradicional. Tres estrellas en la frente se merece el bastardo de Ronald D. Moore sólo por esto.

Paisajes inhóspitos que nos recuerdan a las mejores obras de Tolkien o Stevenson, con una fotografía que acojonan un poquito el alma y otro tanto las entrañas, no sin olvidarnos de la música, protagonista misma que corre a cargo del buen Bear McCreary. Y es que McCreary reinventa la icónica Skye Boat Song para regalarnos el opening del año. Con una secuencia de imágenes que se tragan el alma apenas acaparan los pixeles de la pantalla. Que confunden, que nutren, que alientan la curiosidad del producto final, de la incógnita pesquisable de no saber qué está pasando ni dónde. El baile de las druidas mezclado con retazos del pasado tan pasado y del pasado del siglo XX hipnotiza con grosería mientras las gaitas lloran con el eco de tambores y de sangre. Sublime hasta rozar la perfección.

Estas cosas generalmente no suceden. Amar a una serie suele tomar un puñado de episodios; meterte de lleno en la trama quizá una temporada entera, pero de vez en cuando te encuentras con estas joyitas personales y agradeces en silencio por eso. Volví a rencontrarme con ese exótico amor a primera vista seriefila que sólo experimenté a los dos minutos de ver el primer episodio de Sherlock (BBC) un par de años atrás.

Black Jack
Está de más decir que Claire cumple con creces con el papel que trae a cuestas, y lo hace en gran parte porque Sassanach (01.01) embelesa con su historia una trama que no logra despejar sino hasta el arco final del episodio, donde el giro argumental la ubica en un terreno que ella cree familiar pero equívoco. Resulta por un lado especial y por otro aberrante el primer encuentro que la mujer tiene con Black Jack a las orillas del riachuelo, confundiéndolo con su entrañable Frank, antes de que todo nos provoque una catarata de emociones repulsivas al comprobar que, lejos de dureza, el viejo casaca roja destila un visceral odio. Pero la monstruosa personalidad de Jonathan Wolverton Randall no alcanza su perversión máxima sino hasta que The Garrison Commander (01.06) le da la oportunidad de confesar su apología al sadismo extremo. Mismo que lo llevó años atrás a aporrar con creciente excitación la espalda de un joven escocés una semana después de haber sido castigado de la misma forma por otro soldado inexperto que lo despellejo por su inexperiencia con la condena física. Heridas sobre heridas que Claire trata de no visualizar —a pesar de que conoce las cicatrices que pueblan ese cuerpo— para no vomitar sobre la mesa tanto como nosotros frente a la pantalla (en uno de los flashback más perturbadores que no le pide nada a La Pasión de Gibson) por la empatía establecida con el protagonista a lo largo de los seis episodios anteriores. Y es aquí donde Randall esgrime su manifiesto, y lo hace de una manera tan aterradora que resulta anormal sentir un poco de simpatía por un opresor tan veleidoso. Claire ingenuamente lo intenta, seguramente guida por la necesidad de descubrir una migaja de Frank en lo profundo del subconsciente de su antepasado sin conseguirlo; tratando de destapar capas invisibles que no cederán ni un ápice y que desembocarán en un golpe en el estómago que la sofocará casi hasta la inconsciencia. Randall entonces se cataloga por sí solo como uno de los villanos más infames con lo que me he topado alguna vez. Psicológicamente hablando volatiza la depravación a tal grado que ridiculiza todo lo bueno y minimiza la redención hasta hacerla parecer imposible, mientras deja en el aire la incógnita de su aborrecible personalidad y promete convertirse en algo más que un simple demoledor de cuerpos o conciencias. Estoy segura que Black Jack dará muchísimo de que hablar en la segunda mitad de la temporada, y terminará de estallar en los últimos episodios de la misma con una apática elegancia… Que dios nos agarre confesados.

Por muy inglesa que Claire sea está de más decir que, en el siglo XVIII, su lugar está muy en Escocia, rodeada de su gente, sus bizarras costumbres y sus exóticas tradiciones; y este contraste no se hace notorio hasta que la vemos interactuar con soldados de su patria y el representante de un clan escocés. Si bien la protagonista y el villano se retuercen en un mismo engranaje emparentado con su esposo es aquí donde ella se siente más débil, eclipsada por la amargura de Randall a pesar de que intenta no perder la compostura y mostrarse a la altura de las circunstancias. Pero moviéndola de escenario Claire brilla con luz propia, ya sin sentirse opacada por la oscuridad que destila el soldado inglés.

Sam Heughan & Caitriona Balfe.
El highlander James Fraser (Sam Heughan) aparece para contrarrestar el nepotismo de Randall y para solventar con inocencia la personalidad de un protagonista que en un principio debería no serlo. Y es que el adorable de Jamie —prototipo en peligro de extinción de lo que debería ser un ser humano— acarrea consigo un pasado un tanto oscuro que lo llevó a ser prófugo de la justicia, ya sea por intentar salvar a su hermana de una violación o por robar un pedazo de pan para poder comer. La obsesión enfermiza que Black Jack siente hacia él desemboca en otro sentimiento nauseabundo que, como espectadores, sólo consigue erizarnos la piel entre confesión y confesión. Jamie viene a romper el esquema del soldado duro y asintomático que cuela su estoicismo entre la educación marcial y la de su casa, dotándolo de un carisma abrazador sin caer en el infantilismo, que a su vez fusiona con dulzura el vínculo que crea casi al instante cuando se topa con Claire por primera vez. Es entonces aquí donde nos remontamos de nuevo a la escena de la cabaña, la chimenea, los montañeses sucios y el hombro dislocado del joven. La enfermera Claire, que debería de quedarse callada, no lo hace. Clama por congelar el tiempo antes que la imprudente inexperiencia de los hombres escoceses termine por destrozarle el brazo al muchacho que se traga el dolor a base de alcohol mezclado con su propia adrenalina. Admito que nunca había visto tanta tensión sexual en el reacomodo de un hueso dislocado.

Es quizá esta relación forjada a base de dolor, incógnita y simpatía mutua lo que se lleva gran parte del reconocimiento en Outlander, consiguiendo con ello un interés que, por experiencia sabemos, resulta ser una bomba de tiempo que al final nos puede gustar o no. Y es que la primicia de esta primera parte de la temporada recae en el matrimonio forzado que éstas dos personas deben realizar para evitar que Claire sea entregada a los ingleses y por lo tanto a la tiranía de Randall. El suceso en cuestión no es que exprima la imaginación, sino que da lugar a una situación que bien podría encasquetarse en el género del fanfiction si la tensión sexual no-resuelta se hubiera alargado temporadas enteras, tal y como suele suceder entre los protagónicos de otras series. No, Outlander nos ofrece la premisa de ver primero un matrimonio y paso a paso el enamoramiento, lo que da como resultado una cantidad de escenas que van desde la diversión más inocua hasta el más dolorosos de los castigos (espero con ansias los próximos episodios para ver cómo llevarán a la pantalla un momento que en el libro resultó polémico). Está de más estipular sobre lo desconocido, pero hasta la fecha resulta fascinante cómo han mostrado la evolución de esta pareja en particular y la de todos en general. Los primeros episodios se enfocaban tanto en Claire y su adaptación al extraño entorno que le rodea que por momentos nos olvidamos que Jamie también anda merodeando por el castillo. Sin embargo, cuando se topan por casualidad o comparten una escena juntos eclipsan todo lo demás, robando la atención de medio mundo. La particular escena de la enfermería o la de la Iglesia Negra, ambas en The Way Out (01.03), nos ayudan a entablar un vínculo hacia ellos que se crea a base de sonrisas y miradas desde el primer episodio y que continúan cayendo en los posteriores: la huida frustrada por los establos del castillo, el joven caballero durmiendo a las puertas de la dama para evitar que un malintencionado irrumpa en la habitación, o la breve conversación que mantienen al final de The Garrison Commander poco después de que se ha establecido el convenio para casarlos y que confluye con naturalidad a The Wedding (01.07) donde la intimidad sexual entre dos personas nunca se había guiado por el suspense con tanta cotidianidad, respeto y dulzura en los tres actos que componen uno de los momentos cumbres del libro, ayudando con ello a envolvernos en una agónica incertidumbre que nos acompaña en el sobrecogedor final de mitad de temporada, siendo Both Sides Now (01.08) el encargado de dejarnos un sabor amargo en la boca por los próximos seis meses (¡vaya parón, eh!).   

Imagen promocional de la serie: Jamie & Claire. 

Hablemos de los secundarios, que ignorarlos sería una grosería: Colum MacKenzie (Gary Lewis), líder de su clan y tío materno de Jamie, prodiga una presencia neutral al entorno que Claire encuentra desde que arriba al castillo de Leoch, no sin olvidarnos de su aspecto cansado por culpa de su malgastado cuerpo castigado por la picnodisostosis que le ha encorvado las piernas de manera grotesca, sumiéndolo en episodios de dolor que se traga a base de orgullo y silencios. Pero Colum no necesita de palabras cuando se trata de expresar un sentimiento; somos testigos de esto en la magnífica escena que comparte con Jamie cuando este va a presentar sus votos en nombre de su clan en The Gathering (01.04) donde su rostro fue un abanico emocional tan fuerte y contundente que la tensión se podía masticar. Está demás decir que en este programa las miradas hablan toneladas. Para cuando ese mismo episodio llega a su punto cumbre tenemos a un hombre agonizando a los pies de Claire y en los brazos de Dougal MacKenzie (Graham McTavish), hermano menor de Colum, que envuelve la escena con una atmósfera angustiante que nos acompaña hasta el último respiro del herido. Dougal es otro personaje cuya ambigüedad no me permite crearme una imagen sobre su posición o condición. Parece ser que cuando está ebrio la moralidad se le retuerce tanto que se convierte en otro. Han existido dos específicas ocasiones que me causa tanta repulsión como persona y ambas incluyen a una Claire que se queda tan anonadada como nosotros. Por otro lado, Murtagh Fraser (Duncan Lacroix), padrino de Jamie, deja al lado el aspecto andrajoso atiburrado de tierra lodosa para presentarse como un hombre de pocas palabras pero mucho sentimiento. Un tipo que se hace el duro, pero ablandado por los nobles ideales que le mueven y el cariño que le tiene a su ahijado. Rupert (Grant O'Rourke) y Anghus (Stephen Walters) forman el dúo gracioso de las tierras altas y aunque en un principio Claire los traía odiados hasta la coronilla es de admirarse lo bien que se han acoplado con el paso del tiempo. La profesión de Geillis Duncan (Lotte Verbeek), que va entre la herbolaría y la brujería, la dota de una incertidumbre que no podría definir como malicia pero consigue el efecto suficiente para entender que sabe más cosas de las que nosotros conocemos y eso incomoda un poco. Pregúntenle a Claire. Personajes como la señora Fitz,  Willie, Alec, Ned etc. también han su momento para aparecer y jugar su papel con bastante dignidad.

SEIS MESES Una eternidad es lo que nos separa del lejano 4 de abril del 2015, fecha en la que levantará de nuevo el vuelo ésta serie que viene a romper moldes e incluso trasmuta con pasión la sexualidad que otros show muestran sólo para despertar la polémica. Outlander se posiciona por derecho propio como la mejor serie de televisión que he visto a lo largo del 2014 y digo esto cuando sólo he visto la mitad de temporada y faltan tres meses para terminar el año. Como show televisivo, toma con gentil respeto una saga de libros reconocida dentro de la literatura contemporánea desde hace un par de décadas y recrea con digna justicia la Escocia del siglo XVIII sin reparos de por medio. Si Outlander nos regala con constancia episodios a la altura de The Garrison Commander (arquetipo que trasmuta con cadencia un mismo escenario con una pluralidad de sensación que recae casi en su totalidad en sólo dos actores) o The Wedding (cuya línea de tiempo es estructurada de tal manera que resulte todo lo contrario al episodio anterior, y no nos asfixie, sino que nos transporte al exterior para no sentir la opresión de la intimidad que se respira en esa habitación) entonces está de más decir que esta serie me tendrá a sus pies hasta el fin de los tiempos.  

OTROS DETALLES:
—Un trabajo impecable el que realiza Tobias Menzies con ambos papeles. Frank tiene carácter, pero Black Jack se lleva las palmas a tal grado que con sólo verlo me resulta aberrante.

—He estado leyendo el primer libro de la saga Forastera de Diana Gabaldon en PDF porque al parecer jamás han sido comercializados en México (¡vaya truño, oye!) y mira que me está gustando mucho. Es bastante curiosa la facilidad con la que te introduce a la historia con tanta naturalidad y elegancia explicándote todo conforme la trama avanza. Influye mucho el punto de vista de Claire, pero también resulta agradable ver cómo Escocia se convierte en una protagonista más sin darte cuenta de en qué momento el paisaje te llegó a importar tanto. Vale, aun no termino el libro y realmente no sé si quiero terminarlo. He visto primero los ocho episodios de la serie y después he leído hasta donde se han quedado en el episodio 8 y he disfrutado a rabiar la adaptación tan extraordinaria que han hecho al contrastarla con el mundo de Gabaldon. Por el momento he detenido la lectura porque me niego a sufrir en el mundo de las comparaciones sobre qué producto es mejor o cuál escena me hubiera gustado ver en TV. 

—El fantasma de Jamie en el primer episodio me conmovió al instante y sentí cómo se me quebraba el corazón al verlo. Yo no sabía que muchos ignoraban que el joven escocés que Frank ve en la calle mirando hacia la ventana del hotel era Jamie. Sinceramente pensé que todos lo sabían. Resultaba algo obvio para mí como espectadora porque una de las primeras imágenes promocionales que vi fue esta y bueno, lleva exactamente la misma ropa que el fantasma así que… De cualquier forma me intriga saber por qué está ahí ¿Está viendo a Claire? ¿Por qué? ¿Si no muere a los 24 años entonces por qué esa es la edad que tienen en ese momento? ¿De verdad Gabaldon no se dignará a darnos esta explicación hasta que concluya toda la saga?   
—Sí, me parece correcto lo mucho que han incluido a Frank en la serie de TV y también el punto y aparte que están poniendo sutilmente entre el punto de vista de Claire y el resto del mundo. Ya lo vimos durante el episodio de la boda, donde Jamie le relata a ella las tres condiciones que puso para que el evento se llevara a cabo. En Both Sides Now (01.08) fue justo mostrar cómo fue la vida de Frank días después de la desaparición de su esposa, porque sí, quizá el tipo pecaba un poquito de egoísta pero no es malo y tampoco se merecía tanta incertidumbre.

—Una mención especial a Hugh Munro (Simon Meacock) un personaje que con cinco minutos en pantalla y sin decir un solo dialogo logró ganarse la simpatía de todo el fandom. Posee una de las miradas más trasparentes y expresivas que he visto alguna vez. Sencillamente estremecedor. Mis respetos. Fabuloso... Podría escribir una saga sobre él.  ^_^

28/10/2014

Book Tag: ¿Esto o esto?

JOYITAS. :)
1. Audio libro o libro físico.
Libro físico, totalmente. Pero también me parece justo señalar que sólo he escuchado dos audio libros en mi vida y uno de ellos era narrado por una misma persona, así que tampoco es que le haya dado una oportunidad justa para brillar por sí mismo. Aun así, el libro físico me enamora; poder palparlo, hojearlo, tocarlo, olerlo, ufff… ¡Insuperable! ¿Acaso hay algo más placentero que oler un libro antes de leerlo? :’)

2. Tapa dura o tapa blanca.
Eh, vaya dilema ¿no? Por comodidad, la tapa blanda es más fácil de sostener en alguna de las mil quinientas poses del kamasutra literario que usamos al leer. Pero por estética, la tapa dura es toda una joyita; más cara eso sí, pero más firmes y visualmente más atrayentes. Me quedaría con la tapa dura sólo por eso.

3. Ficción o no ficción.
Tomando en cuenta que desde pequeña he utilizado los libros para huir del mundo que me rodea está de más decir que el género de ficción me atrae mucho más que otra categoría. La literatura para mí siempre ha significado una válvula de escape insustituible y aunque también leo literatura de no ficción ésta suele afectarme más de lo que debería. Me resulta demasiado realista y por lo tanto más moldeable a la vida real por inercia propia. Eligio la ficción.  

4. Fantasía o real.
Lo mismo que lo anterior: fantasía. Aun así, el género policial y detectivesco siempre me han atraído, por poner un ejemplo... A saber si eso entrará dentro de lo real pero fantasía no es, ¿verdad? xD Creo que la fantasía añade una pizca de irrealidad a la historia que, como mencioné anteriormente, siempre me ayuda a zafarme de la rutina del mundo real que muchas veces me resulta cancina y agobiante.

5. Harry Potter o Crepúsculo.
Jamás en la vida he leído Crepúsculo (leer las primeras 30 páginas no cuentan como lectura en sí) y no pienso leer esa saga ni mañana ni nunca, así que elegiré Harry Potter. No me he considerado una pottermaniaca de corazón, pero es un personaje que me ha acompañado desde que tenía 12 o 13 años y crecí con sus libros y películas, a pesar de que no he leído todas las novelas ni visto todas las películas. #OLAKEASE

6. Kindel o iPad.
No tengo ninguno de los dos pero escogería el Kindel, más que nada por el precio. Me parece innecesario comprar un iPad para leer libros.  

7. Libro prestado o comprado.
Comprado, siempre. No me gusta prestar libros ni que me los presten. Si me los prestan me los quiero quedar para siempre y eso, hasta donde yo sé, es robar. Así que evito pedir prestado libros y cuando lo hago me pesa muchísimo regresarlos… pero si no los regreso a tiempo también me carcome la conciencia por dentro, ¿quién me entiende?

8. Librerías u online.
Me parece una elección fuertísima, ¿eh? En las librerías físicas es extraordinario poder toparte con el libro en sí; lo ves, lo puedes tocar, palpar, checar su textura y dimensiones. Eso es algo que no puedes hacer en la tienda online, además que la entrega es inmediata. Por otro lado, por Internet puedes buscar un libro a todas horas, en todo momento e incluso buscar una variedad de preciosos en otras webs sin que se te despeine la cabellera ni sudar un poco. Incluso, a veces, son más económicos en Internet (para solventar el envío por paquetería, creo yo xD). Tienen sus pros y sus contras pero como en mi ciudad no hay ni una sola librería, así que únicamente me queda la segunda opción.

9. Sagas o libros autoconclusivos.
Cuando la saga es muy buena y la trama está perfectamente equilibrada en todos sus libros (una hazaña titánica) no tengo problemas al leerlas, pero por lo general agradezco infinitamente los libros autoconclusivos. Mis respetos para el autor que es capaz de contarte una historia extraordinaria en sólo 300 páginas.

10. Largos o cortos.
También depende muchísimo del autor y yo me acoplo perfectamente a ello. Clásicos como 1984 o Un mundo feliz tienen tanta densidad argumental que no necesitan más que una centena de páginas para revolverte las entrañas. He leído libros de 700 páginas más vacios que Chernóbil.  

11. Románticos o de ficción.
Ficción. Hasta el sol de hoy los románticos no me pasan xD. Cuando eso cambie yo les aviso.

12. En la manta o tomando el sol.
¿Nunca he mencionado que detesto que me dé el sol? Me da mucha comezón, me requemo de una manera horrible y me doy mucha penita xD. Elijo la manta, de noche, en invierno, con las luces del árbol navideño encendidas y un chocolate caliente en mi taza térmica de Sherlock :)

13. Chocolate o café.
CHOCOLATE, aunque el café también me parece maravilloso… y si es mocachino mucho mejor. La perfecta fusión de ambos mundos :)

14. ¿Lees opiniones o decides por ti?
Suelo leer opiniones, generalmente de blogger que tienen más o menos los mismos gustos que yo. Aunque cuando veo un libro interesante a un precio absurdamente barato no pierdo la oportunidad de comprarlo sin importar si he leído sobre él o no. 

22/10/2014

—¿Subimos al faro? —Sí, ¿qué tan difícil puede ser?

No, si desde aquí hasta chiquito se ve.
—¿Compramos agua antes de subir?
—No ¿para qué?, ¿tienes sed?
—Yo no.
—Yo tampoco. Subamos así.
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Esta conversación se dio entre dos personas inexpertas que un día, así de golpe, por cosas del destino que ni ellas mismas saben explicarse por qué, decidieron subir a uno de los faros naturales más grandes del mundo para intentar ver la ciudad que lo alberga desde allí, desde la cima misma; intuyendo, claro que una vista paradisíaca los esperara en los confines del mundo, en el fin de la tierra. Digamos que estas dos personas eran familiares. Digamos que eran padre e hija. Incluso cometamos la grosería de revelar sus identidades: ella se llamaba Linda Murúa y el José Ramón. Y entre los dos no se hace ni uno.

Pongámonos a pensar un momento (porque eso es precisamente lo que nosotros no hicimos aquel día): los otoños en Mazatlán son calurosos; llámalos como quiera pero eso es lo que son, pegajosos y calurosos. Ante la disyuntiva de ver cómo matar las 4 horas que faltaban para que a mi padre le entregaran los resultados de sus análisis de rutina tuvimos que elegir entre dos opciones: 1) ir a la Gran Plaza y recorrerla de palmo a palmo, perdiéndonos entre sus pasillos con el aire acondicionado a tope y tragando cuanta chuchería se nos pusiera enfrente mientras veíamos cómo la vida era demasiado generosa con nosotros o 2) subir al faro de Mazatlán sin el equipo mínimo necesario y sintiéndonos eternos sabiendo que no lo éramos. Adivinen cuál de las dos cosas fue la que escogimos. Ajá.

No habían pasado ni 30 minutos de habernos zampado un desayuno de campeones y tragarnos medio litro de jugo de naranja cuando ya estábamos al pie del cerro del Crestón orgullosos de nuestra magistral iniciativa que iba entre el carpe diem y el YOLO. La conversación que encabeza este post nació allí, a las faldas de la montaña que con sus 152 metros de altura no le envidiaba nada, pero nada, al Everest (digo, por lo menos el Everest está nevado). El puesto de comidas y bebidas estaba a menos de 10 metros de donde nosotros estábamos pero como no teníamos sed pues vale, aventémonos del avión sin paracaídas y bravo. GRAVÍSIMO ERROR. De hecho, el primer grave error fue tragarnos bien y bonito la placa que nos daba la bienvenida al lugar donde se señalaba que llegar hasta la cima te tomaba únicamente 25 escasísimos minutos. Darte una ducha te toma más tiempo, ¿verdad? Y nosotros, saltándonos todo los parámetros de lo saludablemente lógico decidimos subir esos 152 metros con zapatos de vestir, camisa negra, pantalón, una mochila que pesaba más que nuestra moralidad Y SIN UNA GOTA DE AGUA PARA TOMAR, a plena 10:30 de la mañana, con el sol a tope y sin una ráfaga de viento que nos protegiera del golpe de calor ¿A QUIÉN EN SU SANO JUICIO SE LE OCURRE HACER ESO? ¿Quién puede creer que algo así pueda salir bien? De hecho, yo me arrepentí de emprender esa misión a los 20 segundos de empezar a caminar, cuando mis muslos se tensaron y ya no respondieron. Ni siquiera sé cómo continué caminando hasta la cima entre tanta miseria. Mi padre incluso tuvo ánimos de tomarse fotos conforme iba subiendo, ¿HOLA? Yo me negué a tomarme fotos, sería como fotografiar a Jesús de Nazaret durante el Vía Crucis y me dio mucha pena propia. Si las imágenes salieron poco decentes no fue por culpa de la cámara sino por mi pulso de maraquero agonizante a punto de sufrir un infarto.

Mega zoom al caminito (fotos tomadas el día que perseguí al sol)

Nos detuvimos como 10 veces de subida mientras veíamos con impotencia cómo otros se nos adelantaban en el camino o peor aún, bajaba de allá con una sonrisa en los labios de orgullosa satisfacción. Y aquí incluyo a señoras que probablemente tenían más años que mi abuela. En un momento dado vimos pasar a una pareja de estadounidenses que amablemente nos saludarnos mientras nosotros olvidábamos todos los idiomas del mundo, incluyendo el español, y sólo nos enfocábamos en respirar al ras del camino, tirados junto a nuestra ancha dignidad. Creo que lo único que brotó de nuestras bocas fue un sonido intangible entre el respiro del que agoniza y un Good morning! que sonó más a francés que a inglés.

Llegó un punto en el que de verdad creí que me iba a morir. Conforme más subíamos veíamos con impotencia cómo el cerro no tenía fin, avanzaba más y más, crecía (¡jodido cerro grosero!), salían rocas de donde antes no las había. Lo super mega pesado del camino ocurre cuando comienzan las escaleras. Conté hasta 58 pero perdí la cuenta cuando me di cuenta que eran exageradamente demasiadas ¡Cómo carajo te aferras a eso! Por un lado hay un acantilado y por otro un ramerío del que podrían salir serpientes, drogadictos y poetas. Cuando solté la mochila que traía colgando fue cuando en verdad pensé que la palmaria allí, a cien metros encima de la ciudad donde nací. Debajo del sol implacable y ninguna sombra que nos protegiera. No podíamos caminar más porque las piernas ni siquiera nos respondían y sentíamos que el corazón se nos iba a salir ¿Cómo pides ayuda allí, en medio de la nada? ¿Hay algo más impotente que estar rodeado de un océano entero, con toneladas y toneladas de más agua y no tener al alcance aunque sea un litro para echártelo en la cara? Cuando necesitas ayuda médica qué haces ¿subes o bajas? ò____ó En ese justo trayecto incluso hay una desviación de tierra que no conduce a ninguna parte salvo a una caída libre de cientos de metros hasta llegar al mar. Ya saben, el camino más fácil siempre es el suicidio. Es como abandonarte en una isla desierta con una pistola cargada y una bala. Una generosa invitación.

Por allí cerca, ya casi en la cima, nos rebaso un pitbull y su dueño, ni siquiera se despeinaron cuando pasaron a nuestro lado. No habían pasado ni siquiera cinco minutos cuando ya venían de regreso como si fuera la cosa más absurda y fácil de mundo. No lo es, lo juro. Los últimos 20 escalones hasta los contamos y al dar la última vuelta todas las ideas de morir sin dignidad se esfumaron cuando vimos el letrero celestial que señalaba la diferencia entre la vida y la muerte: “SE VENDE AGUA, REFRESCOS Y GATORADE” ¡Dios bendito! Juro que incluso vi a San Pedro dándonos la bienvenida y los arcángeles entonando ¡Aleluya! Mientras Beethoven escuchaba y el aíre corría generoso mientras un perrito mestizo se acerca moviendo el rabo. De todo esto creo que sólo el perrito era verdad.

El agua de 500ml en el fin de la tierra cuesta $10 por si estaban con el pendiente. Le dije a mi padre que me despidiera de mi familia cuando bajara por yo me negaba a salir de allí. Me quedaría a vivir en ese lugar hasta que construyeran una tirolesa, un elevador o lo que llegara primero. Le ayudaría al velador a encender el faro y caminaría alrededor del edificio hasta la segunda venida de Jesús o cuando el foco gigante se fundiera; lo que llegara primero. Después él me recordó que allá en la cima no hay internet y fui la primera que puso un escalón en el camino de regreso. Lo cierto es que duramos unos 40 minutos allí y consumimos el 80% del agua potable que tenían de reserva en la nevera. La vista, eso sí, es PRECIOSA y ninguna fotografía logra hacerle la justicia que se merece. Frente a nosotros estaba un señor de unos 75 años que se sentó cinco minutos y pum otra vez de regreso. WHAT?!!!

El regreso fue más sencillo pero no por ello más bonito. A esas alturas las piernas nos temblaban como pototito masticado pero por lo menos el corazón ya no amenazó con detenerse. Más curioso fue ver cómo a lo largo de la tarde nos topamos con varias personas del faro en distintos puntos del centro de Mazatlán… Tal vez no eran personas, tal vez eran ángeles \(.__.)/

¡Juro solemnemente que no lo volveremos a hacer (por lo menos no así, a lo bruto)!   

¡Sobrevivimos pero estamos muertos!

15/10/2014

"¿Un héroe del espacio? Un criminal de guerra..."

Título: El viento en la luna 
Autor: Antonio Muñoz Molina
Editorial: Seix Barral
Año: 2006
Páginas: 320
ISBN: 9788432212277

Existen libros que me gustaría que jamás terminaran. El viento de la Luna de Antonio Muñoz Molina es uno de ellos. No es que sea extraordinario, ni una obra contemporánea sin precedentes, sino precisamente todo lo contrario. Es la cotidianidad que empapan sus páginas la que me enamoró desde el principio. Y es que Muñoz Molina tiene una narrativa encantadora e hipnótica; nada fácil de conseguir si nos hacemos a la idea de que está contado desde el punto de vista de un joven y en primera persona.

La historia se sitúa en el memorable julio de 1969, mes en el que la nave Apolo XI se posó sobre el Mar de la Tranquilidad en la Luna. Pero este épico momento, que quedó grabado en la memoria de tantos millones de personas, es únicamente un referente a la novela misma, que nos adentra de lleno en la ciudad de Mágina donde vive nuestro protagonista, un niño que dejó de serlo no hace mucho tiempo y que vive entre libros, folletos, recortes, revistas y obsesiones ante ese alunizaje que parecía provenir de las mismísimas páginas de los relatos de Verne.

El libro me conmovió por su ternura, pero sobre todo por su realismo, retratando con ello una de las etapas más difíciles de la España de la dictadura, vivida a través de los ojos de una familia rural promedio; una de aquellas que aun se resistían al cambio: de lo antigüedad a la tecnología, del pozo de agua a la nevera, de la radio a la televisión. La prosa de Molina juega con el lector de una manera tan maravillosa que tardé un buen rato en darme cuenta que después de leer un tercio de la novela aun no pasaba nada que considerara un parte aguas en la trama. No sería sino hasta la mitad del libro cuando repararía en el hecho de algo que debió de ser obvio para mí desde un principio: El viento en la Luna no pretendía mostrarme una trama enmarañada sino una cotidianidad palpable y genuina que evocaba un año decisivo visto a través de los ojos de un joven. Me pregunto si será una especie de autobiografía. El remolino de emociones que experimenta el chico sobre cómo enfrentarse a la rutina de los días en el campo, o el mundo hostil con el que se topa cuando va al colegio me ha calado bastante hondo. Me identifico con él, aunque ni siquiera sabría decir por qué. Quizá por su mente brutalmente racional y tajante, por su ímpetu de poner la razón sobre la superstición. Quizá por esa obsesión desmedida de huir de ese entorno que lo abruma, o porque a lo largo de las páginas sólo piensa en perderse lejos, en la Luna, o entre párrafos de libros que le han regalado mientras su padre mira preocupado el hecho de pensar que su hijo no quiera cuidar las huertas donde crece, aquellas que le corresponden por derecho más que por amor a ellas.  

Un libro chiquito que me llevó tres meses leerlo y ha sido todo un acierto maravilloso a tal grado que pienso hacer una relectura pronto porque lo vale y sobre todo porque en ningún momento lo sentí pesado ni cansino y eso se agradece eternamente. Duró tres años empotrado en mi librero sin atreverme a tomarlo. Ahora me arrepiento que me haya tomado tanto tiempo darle una oportunidad que en verdad se merecía.

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Títulos: La noche en que Frankenstein leyó el Quijote
Autor: Santiago Posteguillo
Editorial: Planeta
Año: 2014 (México)
Paginas: 230
ISBN: 978-607-07-2056-7

Cuando me enteré que Santiago Posteguillo había publicado un ensayo sobre la vida secreta de los libros, sólo rogué que tuviera la mitad de grosor que el tocho de 1200 páginas de su autoría que pueblan las librerías de mi país desde hace un tiempo. Por suerte La noche en que Frankenstein leyó el Quijote únicamente tiene 200 páginas y se lee en no más de tres días; algo imposible de hacer si nos enfocáramos en Los asesinos del emperador. De hecho, la letra es grandísima y las historias que narra suelen ser cortas, lo cual siempre se agradece. Y es que, si hay algo que me fascina hacer después de zamparme una novela con una densidad argumental considerable, es leer un libro de transición. Algo sencillito que sólo sirva para despabilarme un poco y recordar lo divertido que es disfrutar de una lectura sin tener a mis neuronas divididas por función respecto a la trama, el ambiente, los personajes y sus giros argumentales.

Me gusta la prosa del señor Posteguillo por su sencillez; la transparencia de su narrativa es una constante a lo largo de estas anécdotas literarias que algunas pecan de conocidas y otras engullen el recelo de no formar parte de la memoria colectiva y teorías conspiranoicas pero que resultan igual de disfrutables. Guardan dentro de sí la vocación de las letras y las palabras; la anécdota irrevocable del momento que les dio vida, desde Dickens, hasta Austen, pasando por Cervantes, cruzando por Tolkien, mencionando a Rowling, evocando a Dumas, retando a Shakespeare, exhibiendo los pecados de Dostoievski y la incomodidad ridiculizada de la KGB, todo tiene cabida aquí, en doscientas páginas que saben a la nostalgia más pura.

¿Recomendado? Sí. Un libro ligero que no ofrece más de lo que nos dice, empapado con diálogos inventados y párrafos existentes, que personalizan y le añaden ese aire novelesco a historias que en un principio sólo guardan la veracidad de las fuentes que así lo afirman y la fe de creer que fue así como ocurrió para adentrarnos como intrusos pasivos a la creación de los clásicos que, aunque muchos no los hemos leídos, nos miran pacientes desde nuestras estanterías sabiendo que tarde o temprano los tomaremos y los invitaremos a habitar para siempre en nuestra mente.         

20/9/2014

Sleepy Hollow (Primera Temporada)

La segunda temporada se estrena este lunes.
Cuando supe que harían una adaptación libre del relato de Washington Irving fui la primera que me apunté a verlo (lo mencioné brevemente por aquí, antes de que se estrenara la serie). Pero seré sincera al decir que no estaba preparada en lo absoluto para lo que me ofrecieron: un placer culposo que hasta el día de hoy no atino a saber exactamente por qué me llamó tanto la atención. Y es que la serie Sleepy Hallow no es una adaptación a secas de un cuento, es una serie variopinta que no giran únicamente al compas de la obra de Irving sino que va más allá y se empapa a su vez de pasajes bíblicos, historia americana, profecías de todo tipo, magia y fantasía desembocando en una especie de encrucijada difícil de asimilar, pero no de entender. Es fácil meterse en la trama porque al principio es sencilla, aunque se complica allá por la mitad y al finalizar la temporada tienes que hacer un breve visionado por aquí y por allá para que la cosa no quede demasiado confusa en la cabeza.

Lo curioso aquí es que Sleepy Hollow tenía todos los elementos para no brillar, y sin embargo lo hizo. La trama post apocalíptica de seres demoniacos y folclóricos se mezcla con temas bíblicos. Es una mescolanza rara que raya en el crossover más bizarro. Tenemos al reconocido Jinete Sin Cabeza pero no es cualquier alma en pena vagando por las calles tratando de recuperar su cráneo, es uno de los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, más específicamente La Muerte, con su caballo blanco de ojos rojos.

Para quien llegue aquí y no sepa nada de la serie vale la pena explicar que Sleepy Hollow comienza con la muerte de Ichabod Crane durante una misión encomendada por el mismísimo George Washington, padre de la patria estadounidense y pilar incuestionable de la masonería americana que cobrará mayor relevancia conforme la trama avanza. Antes de morir, Crane decapita a un misterioso soldado que lo hiere de muerte en el pecho pereciendo ambos en el campo de batalla y uniendo su sangre por accidente, lo que a su vez los vinculó de por vida. Cuando Ichabod despierta de su muerte se da cuenta de que ciertas cosas han cambiado y tarda un poquito de tiempo para darse cuenta que está 200 años en el futuro, donde conoce a Abbie Mills una policía local que, junto con él, se revelaran como testigos de una catastrófica profecía del Apocalipsis mismo. ¿Ven a lo que me refiero? Sleepy Hollow huele a todo y a nada en particular.

La primera temporada concluyó hace más seis meses, pero yo vi la season finale hace apenas dos horas xD Y lo cierto es que mirando todo de manera general me ha quedando un sabor amargo en la boca que tampoco veía venir. Será algo difícil de explicar pero lo intentaré: El primer arco de la serie fue fabuloso; al ser un show con una breve temporada ayudó a no alargar la trama como si fuera un chicle voluminoso y por lo tanto no metieron un relleno más del necesario. Historia justa y dramas entendibles. Pero desde mi punto de vista la trama de la serie decayó estrepitosamente después de la mitad de temporada, alcanzando su punto más bajo en The Golem (Ep. 10) —donde los efectos especiales y la dirección estaban para llorar—, y repuntó un poquitín en sus tres últimos episodios, que se sintieron acelerados a pesar de todo el tiempo disponible para frenar un poco ante tanta información.

Los personajes principales atraen bastante, eso sí. La teniente Abbie Mills se lleva un papelazo difícil de debatir. Fuerte y franca sin llegar a ser tosca. Bastante flexible y simpática, que se ríe a la primera cuando está en confianza y que posee toda la fortaleza del mundo a pesar de la infancia tan difícil que tuvo. Me hubiera gustado ver más su interacción con el sheriff Corbin, que fungió como su figura paterna, mentor y colega. También habría sido maravilloso explorar más su relación con su hermana Jenny, con quien mantenía una relación más complicada a raíz del misterioso encuentro que tuvieron en el bosque cuando eran niñas. Espero ver más de eso en la segunda temporada; es lo mínimo que Abbie se merece. Ichabod Crane también tiene lo suyo. No hay algo más divertido en el mundo que verlo pasarla verdaderamente mal en pleno siglo XXI, criticando cuanto aparato tecnológico, idea política, crisis financiera y museo se le ponga enfrente. Y no se le puede reprochar tampoco el acento inglés que le sale del alma. De Crane si sabemos bastante de su vida, dado que la primera temporada se ha desvivido contándonos de dónde viene y cómo llegó vivo a la actualidad sin olvidar claro al amor de su vida: Katrina Crane con quien tuvo un hijo llamado Jeremy, a quien no llegó a conocer.  

Para mí, la cosa se puso bastante interesante en el episodio seis y ya empezó a decaer en el ocho. Necromancer nos llegó justo después de dos extraordinarios episodios: The Sin Eater y The Midnight Ride y obviamente el hype estaba a tope, sobre todo porque en este particular momento de la serie se nos revelaría la identidad del Jinete y algunos, por alguna razón que aún no logro comprender, esperaban que esto fuera la revelación del año, a pesar de que en el relato ya se intuye quién es. Quizá por eso entiendo un poco su decepción. Vale, incluso yo me decepcioné tantito.

Vayamos directo al grano, en Necromancer se nos dice que este miembro de los Shadow Warriors al que Ichabod decapitó antes de morir —y cuya sangre su fusionó con la de él dejándolos ligados incluso después de renacer— es Abraham Van Brunt, el mejor amigo de Crane, quien tenía una posición acomodada y era el prometido formal de Katrina Van Tassel. El tipo no busca tanto su cabeza sino venganza, pues murió asesinado por los Hessian cuando se enfrentaba a Crane en un duelo con espadas al saber que Katrina no aceptó casarse con él porque prefería a Ichabod.

Al parecer en este específico episodio la trama principal es el problema. A mí me gustó, así a secas, pero hay quienes aún escupen víboras por la boca pues se les hace una revelación demasiado simple y absurda. Mirando todo de manera general puedo entenderlos, porque en el fondo, es verdad. La línea argumental es, efectivamente, simple: Crane hace confesar al Jinete sólo para enterarse que no es únicamente la Muerte sino su mejor amigo, que quiere matarlo para vengar lo de Katrina. Una especie de duelo por el amor de una mujer pero 200 años en el futuro. Abraham vendió su alma a Moloch sólo con ese motivo. Y ese motivo no tiene profundidad ni nada.

Es una especie de triángulo amoroso pero mal contado desde el principio: Abraham es un desabrido y Katrina también; es más, hacen buena pareja juntos. Por otro lado, Ichabod tiene carisma y personalidad, por lo que resulta ser el único que no cuadra en ese específico triangulo. No hablaré mucho de Abraham porque aparece escasamente pero sólo diré que sus delirios de grandeza y arrogancia son demasiados y decide cargarse la independencia de un país por pelear por una mujer que no lo quería. Esas son idioteces de verdad, hijo.

Ahora hablemos de Katrina Van Tassel. El problema que tengo con Katrina es que es un personaje plano, plano en su totalidad. Tan plano que no lo podrías diferenciar de una pared. Cuando la serie comenzó pensé que el problema con ella era sólo mío. Rara vez me han calado los personajes de época tanto como me gustaría. Así que cuando vi por primera vez a Katrina con Ichabod sentí que no funcionaban como pareja en lo más mínimo y culpé a mi absurdo estigma antes mencionado. Pero los episodios han pasado, la hemos visto varias veces, sola o con Crane, y ya veo que no soy la única que piensa que su personaje está mal hecho desde la misma base.

¿Saben? El problema no es Katia Winter (la actriz que la interpreta), ella se vale de todo lo que han dado para personificar a alguien cuyo trasfondo apenas se conoce. Y el problema es ese, lo desconocida y distante que nos resulta del resto. Fue creada para convertirla en una especie de piedra angular de la trama principal pero queda sepultada sobre toneladas de personajes que brillan mucho más. Podrían justificar diciendo que Sleepy Hollow es una serie de temporadas cortas por lo que su personaje es el sacrifica para desconocerlo por completo y que nos vayan dando pequeñas dosis de información entre episodio y episodio, pero algunos se están cansando de ese juego. Y los entiendo.

Tenemos a esta pareja conformada por ella y por Ichabod Crane que no me inspira nada en lo absoluto, o por lo menos no amor. Respeto y cariño sí, pero amor no. Que sí, que en aquella época todo era muy formal y a la inglesa y amor a la antigua y etcétera, pero es que estos dos seres aparecen en escena y no sientes nada; no ves el amor escurriéndose por los pixeles de la pantalla, ni sientes ese hormigueo cuando vez a dos personas que se quieren interactuando. Se ve tan teatral que resulta absurdo. Y allí es donde falla su personaje. No tiene matices, ni pasado, está como en un limbo de perpetuo estancamiento, sin profundidad ni nada que logre crear en el espectador un vínculo de afecto. Como la conocemos poco, no nos atrae. Miren a Andy Brooks, el tipo comenzó siendo bastante dimensional para adquirir un protagonismo que no se esperaba para nada.

Ese es mi problema con Katrina. No la odio porque ni siquiera tengo motivos para hacerlo, es sólo que, de todos los personajes que hay en la serie, ella es la que, para mí, logra destacar menos porque todos los demás la eclipsan con diferencia. Al eclipsarla no existe fuerza suficiente para saber por qué razón Abraham e Ichabod la quieren tanto. Y luego tenemos el tema de la confianza, ¿cuántos secretos le habrá ocultado Katrina a Crane además, claro, de ser una bruja? Él parece desconocerla y ahí es donde los espectadores contrarrestan la relación de él con ella y la comparan con Abbie. Crane parece conocer y entender más a Abbie que a su propia esposa. Parece leerle el pensamiento, entender sus palabras antes de decirlas, porque Abbie es transparente para Crane, es como ver una pizarra llena de información. Encuentra en ella el entendimiento que posiblemente jamás pudo encontrar en Katrina.


En contraste, la unidad que formaron Crane y Abbie se solventó desde el principio y quedó totalmente establecida a lo largo del sexto episodio, regalándonos el momento más conmovedor que hemos visto hasta la fecha, cuando él ingiere el líquido que lo inmolaría para evitar que asunto con aquellas fuerzas oscuras que combaten se pusiera más desastroso de lo que ya estaba. Ese arco final de The Sin Eater no tendría tanto peso si el vínculo creado por ellos no se hubiera fortalecido desde el principio. Es una escena conmovedora, repleta de desesperanza y desolación por parte de Abbie, al grado de negarse a abandonar la habitación y dejar a Crane sólo durante el proceso. Es por mucho el momento más potente que experimenté durante toda la primera temporada y sin duda fue montado de manera tierna, triste y soberbia.

Los personajes secundarios también tienen la oportunidad de brillar, el capitán Frank Irving se lleva las palmas en muchos aspectos, pero  cuando la badass de Jenny Mills llegó para ponerse de su lado ambos ganaron diez puntos en simpatía y otros diez en trabajo en equipo. No por nada me gustaría verlos en un spin-off matando a cuanto demonio se les ponga enfrente a lo largo y ancho de Sleepy Hollow. xD El entrañable Andy Books también jugó un papel importante en esta primera temporada, el pobre la está pasando mal desde… bueno, desde el principio pero no espero que en su segunda temporada mejore su suerte 8D. Al que me gustaría ver más es a Luke Morales, quien me dejó con bastante intriga respecto a su postura desde la última vez que apareció y si aparece de nuevo sé que será para complicar las cosas, lo cual me parece fenomenal. Henry Parrish sí que será bastante recurrente, creo yo. Después del shock me dejó en el último episodio ya no puedo verlo con el viejito amable que me conmovía, a pesar de que dudé de él desde el principio.

En fin, la segunda temporada se estrena el próximo lunes y tengo las expectativas muy elevadas aunque no debería, así evito decepcionarme más de la cuenta. Lo cierto es que de corazón espero que el asunto mejore, sobre todo la calidad de los episodios que fueron bastante respetables en el primer arco y después parecían cualquier cosa, lo que le restaba credibilidad a ciertas escenas por lo plastificadas y falsas que se veían. Ahora que Katrina ha pasado de este lado del charco me pregunto si se quedará en este mundo o tendrá que regresar a la miseria de purgatorio en la que ha vivido encerrada tanto tiempo. No sé; por una parte me gustaría que se quedara, así tendríamos tiempo de verla actuar en un terreno no sólo desconocido, sino más peligroso que en aquel que vivió. Probablemente incluso seamos capaces de simpatizar más con ella aquí, que como lo hicimos allá. Por todo lo demás, espero más momentos aterradores, intrépidos, absurdos y divertidos. ¡No me decepciones, Sleepy Hollow! :D

5/9/2014

Despiértame cuando septiembre termine...

De verdad, estoy intentando entrar a la recta final del verano con el mejor de todos los rostros pero oye, este calor me pone difícil el buen humor y la sonrisa, ¿eh? xD Además, quiera uno o no, el trabajo cansa y si se trata de madrugar el cansancio es doble y después no me quedan ganas ni de barrer la banqueta de mi casa. Pero vale, es lo que hay y lo acepto. Ahora que nos ha caído el mes patrio me está dando una flojera indescriptible todo septiembre en general. Si no fuera porque dos de mis tres series favoritas estrenan temporadas estas próximas semanas apagaría de una vez lo que resta del año y nos vemos en enero del 2015 y tal; cuando el caos decembrino se disipe en mi ciudad.

Respondiendo a la pregunta que me hicieron en el post pasado: Síp, ya he visto la película “Bajo la misma estrella” y me ha servido para entender por qué razón el libro no me resultó demasiado extraordinario (aunque más o menos ya lo intuía). La adaptación al cine me gustó definitivamente más que el libro por el simple de hecho de que ahí vi lo que sentí que John Green no me pudo trasmitir con su novela por la perspectiva que me estaba mostrando. Es extraño de explicar, pero podría decirse que la sencilla narrativa impresa en esas sus páginas no profundiza demasiado en sus protagonistas a pesar de que es uno de ellos quien nos narra la historia; y eso le resta algo de empatía a la hora de conocerlos. Esto es previsible, lo sé, por el mismo motivo de ver todo desde el punto de vista de Hazel; pero si bien la película también se mueve por ese lado y es ella quien nos lleva de la mano por esta tragedia épica moderna que le tocó vivir, es el desbordante carisma que le imprime Ansel Elgort a su personaje, junto con la obstinación que demuestra el personaje de Shailene Woodley ante lo que le ha tocado pasar, lo que da como resultado una combinación maravillosa y una química perfecta que sin lugar a dudas termina derramándose por la pantalla y aplaudo mucho eso. Así que si me dieran a elegir entre ambas cosas elegiría la película sin pensarlo demasiado y no me molestaría en lo absoluto verla tres o cuatro veces más para llenarme de esa cursilería juvenil y melosa por puro placer absurdo :D. Así que, por una vez en la vida, agradezco haber comprado la edición con la portada de la película y no la original (¿pero quién me entiende? 8D).

Y sí, ya mencioné que este mes se estrenan temporadas de Sleepy Hollow y Castle pero ¡OLA KE ASE! Yo aun no termino las temporadas anteriores y me loleo mucho de mí misma xD. Adoro las series pero me da una flojeeera ponerme al corriente… y el calor no ayuda. Mejor me quedo aquí hasta que la situación se regularice. Mientras tanto seguiré procrastinando como dios manda y navegando por la deepweb hasta que se me cierren los ojitos de sueño. ;) 

31/8/2014

La culpa no la tuvieron las estrellas... mis gustos son otra cosa.

Ni siquiera tengo ganas de escribir esto porque hasta me da un poquito de pena el asunto, pero ahí va.

A veces, cuando llego a la última página de un libro súper-mega-recomendadísimo por una cantidad inmensa de seres humanos que pululan por la red miro al horizonte durante largos minutos preguntándome muy en el fondo si hay algo malo en mi forma de leer o en mi manera de entender ciertas lecturas. A veces me pregunto si no soy demasiado fría, indiferente o ciega a las emociones humanas. Pero luego llegan esas novelas que me demuestran que no, que no soy una insensible asocial que repele todo aquello que enternezca a las personas. Que mi desolación autoimpuesta por decisión propia, junto con mi aberración a los abrazos, a los besos y a las frases cursis nacida de mentes enamoradas, puede derrumbarse sin miramientos ni objeciones cuando cierto autor se desvive entregándome una historia conmovedora y tierna sin que ésta raye en la absoluta oscuridad del inverosímil romanticismo. Por desgracia, Bajo la misma estrella no es una de esas novelas y John Green no es uno de esos autores. Y digo “por desgracia” porque para mí sí es una desgracia.

Quería tanto que me gustara este libro que estoy empezando a creer que mis gustos literarios son tan bizarros y torcidos a tal grado que ya no sé qué pensar de la novela romántica/juvenil como género (que nunca me ha llamado la atención). Como mencioné anteriormente, Bajo la misma estrella me la recomendaron hace ya un par de años junto con La ladrona de libros y Las ventajas de ser invisible; una triada de historias que ya cuentan con sus respectivos largometrajes. La primera decepción llegó de la mano de Las ventajas de ser invisible, la única novela epistolar que he leído en la vida y la única también que me quitó las ganas de leer otra. Además, a lo largo de todo el libro tuve ganas de abofetear al protagonista para sacarlo del transe en el que yo creía que estaba metido, lo cual no creo que sea muy saludable. Tiempo después, cuando llegué a la última página y miré todo desde una perspectiva general, tuve ganas de abofetearme a mí porque tardé 48 horas (sí, las conté) en entender que tal vez el problema no era la novela sino yo, como lectora. Lo expliqué por acá. Sin embargo, después llegó La ladrona de libros, que ni siquiera sé en qué maldito género meterlo, pero infantil no era, eso lo puedo asegurar. Pensé que con la novela de Markus Zusak sentiría la misma mezcla de ternura y ansiedad que me guió a lo largo de las páginas de El niño con el pijama de rayas, escrito con una prosa fresca y clara; entendible para niños, dura para adultos. Pero no, La ladrona de libros fue diferente. Conmovedora hasta decir basta, pero diferente. Preciosa, sublime y diferente. Si eso era literatura juvenil quería probar más. Así que Bajo la misma estrella llegó a mis manos y la leí en menos de 8 horas. He terminado hace unos minutos, pero duré un buen rato mirando la pared y preguntándole a mi cabeza por qué razón había dejado a un lado El viento de la Luna para leer esto. Y miren que seré sincera: este libro que acabo de mencionar —que también está narrado en primera persona, como el de Green— ha rebasado ya la centena de páginas leídas por mis ojos y hasta el sol de hoy parece que no ha pasado nada (o no va a pasar nada, yo qué sé) pero la narrativa de Antonio Muñoz Molina me ha atrapado tanto en la cotidianidad del paisaje rural español suspendido en un tiempo histórico a mediados de julio de 1969 que no me había dado cuenta que 115 páginas después SIGUE SIN PASAR NADA, salvo un tipo anciano y arrogante que, valga la redundancia, está muriéndose de cáncer.  

La novela de John Green no me pareció mala, ni mucho menos aburrida, claro que no. Si ese hubiera sido el caso, créanme que no hubiera tardado 8 horas en leerla. Sin embargo, no puedo ver aquello que la hizo tan especial; no encuentro el toque mágico, la esencia misma que me encogería las entrañas o dispararía una docena de mariposas en mi estómago. El lápiz con el que, con todo mi optimismo a cuestas, pensé señalar una que otra frase que se me clavaría en el cerebro como un taladro jamás fue usado. Trescientas páginas encima y no señalé ninguna frase. Ni una sola. ¡No sé qué carajos estaba esperando, sinceramente! xD Pero me quedé como novia de rancho, y ahora cuando miro el libro de reojo es como si estuviera a punto de gritarle que me diera aquello que nunca vi llegar ¿Pero qué esperaba? Sigo sin saberlo ¿Será acaso que jamás en mi vida he estado enamorada? ¿Tendrá algo qué ver eso? ¿Será que cuando busco amor en la ficción (ya sea manga, película, libro, anime, TV Show) siempre deseo que sea sutil, sin frases cursis de por medio, con una madurez que en la juventud no se puede aparentar? ¡Joder! Me frustra no saberlo porque siento que me estoy perdiendo de algo importante. Algo que todos captan, menos yo, y eso jode un poquito por dentro. ¿Seré ciega a las emociones humanas? ¿A las que se demuestran, se sientes, se dicen? Aunado a eso viene el hecho de pensar que un clásico romántico tampoco me gustaría y recuerdo mis ganas inmensas de leer Orgullo y prejuicio, y el terror que me produce pensar que quizá también me podría decepcionar sólo consigue darme escalofríos y DRAMA: eso evita que compre el libro.  

¿Por qué quería que me gustara el libro? Porque conozco a John Green desde antes de saber que él era John Green. Tengo años siguiendo sus vlogs en el canal de YouTube que comparte con su hermano y he aprendido tonelada de cosas con sus videos, sobre todo donde trata temas contemporáneos e históricos (sí, sí, yo soy de las que sigue fielmente canales en YouTube cuya vida laboral de sus autores ignora por completo). Así que cuando muchos blogs literarios comenzaron a hablar de la magnífica y conmovedora historia que había nacido de la mente de Green sentí una necesidad latente de leerla, sobre todo por el cariño que le tenía al tipo de los videos entretenidos que veía algunas noches antes de dormir. Mi decepción a la hora de leer el libro sólo es equiparable a aquella que sentí cuando leí El código da Vinci de Dan Brown, que fue, no una decepción del libro en sí, pues no ofrecía más de lo que decía, sino de las grandes expectativas, alabanzas y polémicas que se originaron a su alrededor cuando su popularidad estaba en pleno auge.

Ni las metáforas, ni el Okay, ni el viaje a Ámsterdam, ni la visita a la casa de Ana Frank, ni la muerte de aquel que se tenía que morir, me conmovieron en lo más mínimo. No sentí una punzada en el corazón cuando llegué al capítulo 21, y no lloré a lágrima tendida cuando me topé con la última página de la novela… ¿seré una insensible sinvergüenza? ¿Por qué no sentí la necesidad de verter en palabras y post larguísimos (como me ha sucedido antes) una historia que debería resultarme conmovedora? ¿Podría ser posible que existan canciones de cuatro minutos que me conmuevan más que este libro de trescientas páginas? ¿Episodios que logren erizarme tanto la piel que me olvido de ser persona por cinco días? A favor de la historia puedo decir que aun no veo la película (ya la vi; actualización abajo). Quizá, al igual que con Las ventajas de ser invisible, resulte que el largometraje logre llegarme allá donde en páginas no funcionó. Si pienso en La tumba de las luciérnagas o en The Plague Dogs siento que me mareo por el simple hecho de evocarlas, y me niego a verlas con renuencia pues sé que me conmoveré hasta las lágrimas apenas comiencen sus primeras escenas. Third Star (hablando de jóvenes que están muriendo de cáncer) consigue hacerme llorar océanos y aun no me decido si es porque el protagonista está muriendo o por la valiente decisión de quitarse la vida con la ayuda de sus amigos después de viajar hasta su lugar favorito que queda por donde Cristo se olvidó que era el Mesías. Eso me comprueba que no soy una despreciable persona ¿verdad? o___o

Vale, como estoy viendo que este post no tiene ni pies ni cabeza ni nada, mejor trato de ir al grano aunque sea un ratito: El libro no me desagradó en lo absoluto, simplemente no era lo que yo esperaba. La narrativa de John Green es dinámica, ágil, fresca, sencilla, franca. Juvenil. El tipo lanza una pluma al aire y a ti sólo te queda seguirla, por eso sus libros se leen rápidamente. Leer uno de sus trabajos es como ver alguno de sus videos: se disfrutan porque son breves y los entiendes. Me gusta la actitud de los personajes. No santificar a las personas con cáncer fue uno de los mayores aciertos del libro. Los enfermos terminales siguen siendo humanos, así que gracias por reafirmarlo. John Green no ahonda en explicaciones, no gasta tinta en describirte a viva voz un lugar o la esencia misma que envuelve un personaje más allá de lo estrictamente necesario (para mi uno de sus mayores fallos, pero esto es meramente personal), simplemente te cuenta una historia y a ti sólo te queda escucharla hasta el final… y creo que no hay nada de malo en ello. Por eso entiendo por qué a la gente le conmovió, lo que no entiendo es por qué no me conmovió a mí en lo absoluto. Punto y aparte: eso de traducir el dude por güey y bullshit por pendejadas, me pareció horroroso, querida editorial. No me quedaron ganas de volver a leerlo en un futuro cercano, ni siquiera sabiendo la cantidad de guiños que pueden encontrarse a lo largo de toda la novela (gracias por ese video Fa, una joyita :). 

Así que, si esta es la mejor novela que tiene John Green creo que mejor seguiré viendo sus videos. No es nada personal, es sólo un punto de vista. Respeto a aquellas personas que se sintieron profundamente conmovidas por la historia y seguiré preguntándome por qué a mí estas novelas me resultan extremadamente empalagosas y sencillas. Seguramente debe de existir una palabra para describir la aversión a todo lo romántico, ¿no? ._. ¡Y ahora, a leer Donde los arboles cantan! ¡Miedo me da todo! :D
EDITADO: He visto la película y opinado un poquito de ella en el blog. Me ha gustado a tal grado de atreverme a leer el libro en algún momento de mi vida otra vez pero ahora desvirtuando a los personajes, que en la película me han parecido monisimos y todo xD.

(credits).

21/8/2014

Will you still play when all the rest of us are dead?

No, esta no es la versión que yo tengo.
De aquel otoño del año 2005 recuerdo muy poquitas cosas. De hecho, sólo recuerdo dos en este momento: una era que aun soñaba con estudiar Medicina Veterinaria algún día, y la otra era aquella obsesión desmedida que mi abuela materna y yo teníamos hacia The Phantom of the Opera (Joel Schumacher, 2004), la adaptación a la pantalla grande del musical inspirado en el clásico de la Literatura. Nuestra obsesión por este film era ridícula, sólo comparable a atascarse una cubeta de helado napolitano a escondidas de la gente para evitar la molestia de tener que invitarles, escuchar al grupo Mercurio con los audífonos puesto para evadir explicaciones de todo tipo o llorar a lágrima tendida cada vez que veíamos Titanic (James Cameron, 1997). Pero mi abuela y yo éramos muy hardcore en estas cosas y podría jurar que nos atragantamos viendo este film más de ocho veces el mismo mes, lo cual implicaba dormirse después de la media noche, achuchadas únicamente por las frazadas que nos rodeaban, nuestros sentimientos a flor de piel y la música de la noche brotando de la TV. El día que mi abuelita abandonó nuestra casa para trasladarse a vivir con mi tía —donde un par de años después moriría— tomé el DVD de la película y me negué a volver a verlo en un futuro cercano. Terminó siendo vendido en aquella venta de garaje de la cual jamás escribí una segunda parte y en la que también logré deshacerme de dos versiones que tenía del libro (aun hoy me acurruco en mi cama llorando por eso, lo juro) quedando el Fantasma olvidado y relegado de mi memoria por más de un lustro, hasta que fangirlié como se fangirlean las cosas bellas al ver la edición especial del 25° aniversario del musical y me felicité a mí misma por aun tener las canciones muy guardaditas en mi corazón.   

Vale, retrocedamos un instante: sé que esa no fue la mejor manera de acercarme por primera vez a la obra de Gastón Leroux; que algo mejor hubiera sido leerme el libro o ya de perdida ver la puesta en escena que en México dejó de existir cuatro años antes de aquel momento, pero oye, algo peor que eso hubiera sido leerme la versión condensada hasta niveles irrisorios que descansaba en la estantería de mi casa (una edición viejísima de bolsillo que no superaba las 100 páginas) o fumarme a mis 17 años el librito infantil que me regalaron a los 10 con la portada más adorable ever. Pero en aquel entonces eso no iba conmigo, así que ni siquiera lo intenté mínimamente. Además, yo siempre he tenido mis pegas fuertes con los clásicos, a los que miro a la distancia con el respeto que se merecen por derecho propio y con toda la rigurosidad que me permite mi mediocridad a la hora de leerlos. Es algo que ya expliqué antes, cuando opiné sobre Un mundo feliz, la perturbadora obra distópica de Aldous Huxley que hasta el día de hoy me produce pesadillas estando despierta. De hecho, poniéndome en plan serio diría que los libros de peso antiguo que he leído se limitan a cinco o seis, contando éste, del que hoy les vengo a hablar.

Hace una semana encendí la TV después de meses, literalmente, de no hacerlo y me topé con la película del musical haciendo que un torrente enorme de nostalgia y recuerdos cruzara por mi mente. Un sentimiento bonito que no experimenté cuando vi el concierto del 25° aniversario, a pesar de la exaltación que sentí en aquella ocasión en la que me pareció tener el corazón en un puño durante más de dos horas continúas. Recordé entonces aquel otoño en el que mi abuela tarareaba “Masquerade” mientras contestaba su crucigrama por las mañanas y yo limpiaba la habitación que compartíamos con la tonada del tema principal en la cabeza. Fue más o menos en el cuarto o quinto visionado cuando mi abuela pudo recordar por fin la letra completa en español de “Music of the Night” que ella conocía como “Música en la oscuridad” de la cual nunca me supo dar explicaciones de cómo la aprendió y dónde, siendo junto con “Memories” de Cats dos temas castellanizados que me grabé en la mente a base de tanto escucharlos a diario de su boca. Pero eso fue una década atrás. La cosa cambia al ver la película desde la perspectiva del que ya conoce el musical y el trasfondo de los personajes, por lo que los peros comienzan a tener el sentido que diez años atrás los dejé pasar por mera ignorancia. Igualmente el film se lo recomendaría a cualquiera que le gusten las versiones cinematográficas de musicales pero que no necesariamente pretendan que los superen, comprendiendo que son universos totalmente distintos. Sí la recomendaría, por ejemplo, como una mera introducción a la obra de Webber que, dicho sea de paso, podrían pasar por mis ojos trescientas veces y dudo muchísimo que me canse. Pero en el caso del film de Joel Schumacher se da exactamente el mismo caso que con la obra de James Cameron, la nostalgia de épocas pasadas supera mi más acérrima crítica contra ellas (si es que existen) y fácilmente podrían caer una y otra vez en cada ocasión que la oportunidad de verlas se asoma por mi ventana, sencillamente porque me remontan a aquellos tiempos en los que las cosas eran más fáciles y disfrutables y todo me parecía jodidamente maravilloso; ¿para qué mentir?

La personificación de Lon Chaney como
el Fantasma logró aterrorizarme
de pequeña.
Mi problema con los musicales no es que me gusten, sino que me hipnotizan y por lo tanto me embrutecen a niveles alarmantes. Tengo carpetas en mi laptop con los OST de obras que jamás veré arriba de un escenario pero que adoro escuchar a tope cada vez que me llega la oportunidad de hacerlo: Evita, Jesucristo Superestrella, El violinista en el tejado, Sweeney Todd, Chicago, La bella y la bestia, El fantasma de la ópera, Matilde, El Rey León, Los miserables, Cats, etcétera. Es decir, lo mío es grave, siempre lo ha sido. Sin embargo, ya sabemos que la mayoría de los musicales suelen tener un trasfondo; aquello que les dio origen. Es eso mismo lo que me llevó a leer Los Miserables de Víctor Hugo años antes de ver la adaptación cinematográfica del musical o sentarme en mi ordenador para leerme la historia de Leroux después que la película de Schumacher desplegara sus créditos finales la semana pasada, casi diez años después de rencontrarme con ella. Para aquel entonces, el Fantasma se limitaba a ser para mí la imagen que vi a los seis años de edad de un terrorífico hombre que tiraba más a vampiro putrefacto que a ser humano, impreso en una página de un viejo libro llamado Los poderes desconocidos (Reader's Digest, 1982) donde se hablaba largo y tendido de los personajes más terroríficos del cine antiguo. La interpretación de Lon Chaney como el Fantasma lograba erizarme tanto la piel como aquella fotografía del Nosferatu de Max Schreck plasmado a su lado. Drácula (1931) y la criatura de Frankestein (1931), que también tenían su cabida en ese artículo, eran una broma mal contada al lado de ellos.

Pero leerme la novela en mi laptop jamás terminó de convencerme, ni siquiera cuando ya iba por la centena de páginas. Y es que el formato de libro electrónico aun no consigue enamorarme. Vamos, ni siquiera me gusta. A favor de los ebook puedo decir que nunca los he leído como debe de ser, es decir, en un dispositivo diseñado para eso, por lo que es entendible que leer en una tablet, celular o laptop se convierte en algo cercano a una tortura para mi retina más que un tiempo provechoso (o por lo menos disfrutable). Un segundo intento —fallido— consistió en descargarme el audiolibro de la novela en cuestión. Admito que lo disfruté un poquito más: la voz del narrador lograba con sus tonos y su estilo agregarle ese halo misterioso pero entrañable a una obra que ya por su nombre provocaba escalofríos. Desafortunadamente el problema recayó donde mismo: la vista se cansa más rápido que el oído. Al final, terminé debatiéndome entre las ganas de saber más de una historia que comenzaba a tomar un vuelo apasionante y mi renuencia para continuarla únicamente por medio del audio, así que decidió pausarla y buscar el libro físico en el centro comercial de mi ciudad con la posibilidad de no encontrarlo porque jamás en la vida lo había visto ahí. Por cosas maravillosas de no sé cuántos dioses de universos alternos encontré dos versiones de la obra de Leroux escondidas en el último anaquel de la sección de libros. Uno de ellos era un libro juvenil (bastante delgado, para mi gusto) con una portada terrible editada con Paint que no me convencía ni regalado y por otro lado estaba otra edición con un mayor grosor que, como portada, utilizaba una pintura preciosa de @EvangelineDrawing basado en los personajes de la película de Schumacher (de hecho, es calcada de una imagen promocional real) con un precio absurdo si nos ponemos a sopesar la idea de que estamos hablando de un clásico.

Vale, nunca he sido muy fan de los libros que usan imágenes de sus adaptaciones televisivas o cinematográficas para decorar sus portadas, ni aquellas donde una persona física aparece en ella para darte más o menos una idea de cómo será el o la protagonista de la historia. Siempre he sentido que te obligan a crearte una idea restrictiva respecto a cómo podrías imaginártelo tú, lo cual no creo que sea muy correcto. Hay excepciones, claro: la portada del libro Cometas en el cielo (Khaled Hosseini, 2003) me sigue pareciendo una joyita muy tierna. En el caso de El fantasma de la ópera no voy a negar que ésta sea preciosa, pero tampoco ignoraré que el personaje de Webber difiere físicamente del que Leroux nos narra; así que, conociendo que hay gente que compra libros por su portada (¡hola!) no está demás mencionar que el verdadero Fantasma es más grotesco y descarnado que la peor versión que se haya hecho algún día de la obra musical. En lo que a mí respecta ésta es la mejor portada con la que me he topado en español (en inglés hay algunas rescatables) por lo que no la cambiaría por nada; pero eso sí, seguiré esperando una edición digna de coleccionistas, ¿eh? Que quede constancia, xD.

Ésta es la versión que yo tengo. 
¡El libro me encantó! Ya sé que ésta es la frase más trillada que puedo decir en estos casos pero no puedo evitarlo. Una vez que superé esa aversión inherente al dialogo políticamente correcto (los clásicos tienen esas frases que parecen calcadas de un libro de buena conducta que a mí me repelen de manera alarmante xD) comencé a apreciar cada vez más la historia que se me estaba narrando. El primer acierto de Leroux —como periodista antes que literato— es presentarnos su obra como si ésta fuera una investigación, logrando con ello darle una profundidad y un realismo que de otra manera hubiera resultado forzado, quizá un poco falso. Entonces, no está de más aplaudir que comenzara el prefacio, no sólo en primera persona, sino con una certeza contundente: el fantasma de la ópera existió. Develando con bastante antelación el resultado del misterioso caso que deseaba mostrarnos con todo lujo de detalle en las siguientes páginas, y añadiendo un peso mayor a la creciente incertidumbre de no saber a quién se está refiriendo pero que, sin embargo, su sola mención hace que un escalofrío nos recorra el cuerpo.

Es también aquí, al principio, donde podríamos percatarnos de lo que para mí es su mayor defecto: su lentitud para tomar vuelo. Las primeras páginas se sienten pesadas, a pesar del esfuerzo que hace Leroux para mantener la intriga con apariciones crípticas y fugaces de ese ente de ultratumba que no se deja ver y cuyo vacío termina por desaparecer durante el baile de mascaras, donde el Fantasma aparece ataviado como la Muerte Roja, en uno de los pasajes más reconocidos de toda la novela. Lo anterior es comprensible por la narrativa que nos presenta la historia, al contarnos una investigación que, como todas las de su tipo, tarda en avanzar. Entre anécdotas, cartas, y testimonios, tal inicio se hace llevadero y logra superarse sin mayor dificultad. Leroux tampoco logra darles profundidad significativa a varios individuos, a los que por momentos sentí secos y superficiales, casi robóticos. También resulta evidente cómo la calidad de la narración aumenta cuando Christine Daaé o el Persa—uno de los personajes más enigmáticos de la obra— toman la palabra. Algo que no me extraña, pues es gracias a ellos que logramos conocer al extraño personaje que se esconde en las cámaras acorazadas de la Ópera Garnier, un edificio que consigue un protagonismo que muy pocas veces he visto en otro libros.

Pero es precisamente en Erik donde recae todo el peso de la historia y es su carga emocional la que logra eclipsar cualquier defecto que se pueda colar en el libro, haciendo que la desabrida personalidad de los viejos y los nuevos directores del edificio quede relegada a un segundo término, junto con la falta de relevancia de Madame Giry (de la que me esperaba muchísimo más) y de la pequeña Meg, de quien apenas noté su presencia. Erik, por sí solo, despierta en el lector una serie de ambiguos sentimientos que van desde la más inocente ternura hasta el más profundo de los desprecios, logrando con ello una versatilidad de emociones que no sentí ni siquiera por la criatura de Mary Shelley, convirtiéndose en una de las figuras más memorables de los que he leído alguna vez. Y es que su historia, de por sí trágica y dolorosa, está cimentada en la humanidad misma que se cuela a pesar de su deformidad. Su carácter guarda dentro de sí una deformidad mayor que la de su cuerpo, misma que utiliza para caminar por los recónditos pasillos de la Ópera de París con un aire despótico más acorde con un tirano histórico que con un genio de la arquitectura y la música.

Su obsesión desmedida por Christine Daaé únicamente logra crear en él una aversión que el lector rápidamente es capaz de interpretar como una incapacidad de amar y ser amado, un concepto que él parece distorsionar de tal forma que la soprano le tome tanto que lo repele; a pesar de ser él quien la instruyó en el canto desde la más absoluta oscuridad con una prodigiosidad asombrosa. Aquí es donde Raoul, el vizconde de Chagny, logra tomar la relevancia necesaria para que Christine se sienta segura a su lado, siendo Erik quien los hostiga y persigue a la primera oportunidad que se le presenta, como un espectro celoso merodeando en el palacio donde habitó mientras vivía. Hay quienes critican la terquedad desmedida de Raoul o la indecisión de Christine (por momentos dudé más de su cordura que la del Fantasma), sin embargo, no olvidemos que son bastante jóvenes (no tendrían más de 22 años) y su férrea o tambaleante actitud sólo refleja su propia inexperiencia y sus miedos, que no son pocos ni son comunes. En contrapunto, la actitud misma de Erik ante ese panorama desolador consigue erizarnos la piel y volcarnos en un abanico emocional que alcanza su punto álgido al final —quizá previsible desde el principio pero no por ello menos conmovedor—, que consigue conjugar una tragedia moderna parisiense y una historia de amor que quizá nunca sucedió en realidad porque la obsesiva personalidad de su piedra angular opacó cualquier acto de raciocinio sentimental que pudiera colarse entre las páginas.  

La deformidad física de Erik desembocó en un terror general que él reinterpretó como poder. La capacidad de hacer y deshacer a su antojo todo aquello que le apeteciera manipular con su condición de horrible prodigio de las artes (el ventrilocuismo, la prestidigitación, la arquitectura y la música). No es de extrañar esa fama legendaria de un personaje tan corrosivo que ha trascendido más de un siglo, y del que se han escrito más libros de los que Laroux jamás hubiera imaginado. Quizá su popularidad se deba en gran medida a su desgraciada vida. Al final es demasiado obvio que la guerra mental del misterioso genio podría resumirse por un lado en el desprecio que la sociedad le tuvo, junto con el aislamiento al que fue impuesto por su condición de monstruo desde niño —belleza rara que jamás recibió un beso de su madre pero sí una máscara— y por otro, su necesidad de sentirse aceptado y querido por alguien aunque fuera por obligación o agradecimiento, no por nada Christine se refería a él como el ángel de la música; quizá el mayor halago que alguien le había dedicado en la vida.  

A pesar de su carácter posesivo y enfermo he logrado simpatizar con el marginado genio del Garnier como poco lo he hecho con otros personajes clásicos, entendiendo de sobremanera que esa actitud que rayaba la locura era más productos de las personas que lo despreciaron que por una maldad inherente en él. Sus crímenes pasan a un segundo plano cuando se conoce un poquito su pasado y las penurias que sufrió desde pequeño; sin embargo, Laroux no hurgar más de lo debido, temiendo con ello humanizar a un personaje cuyo virtuosismo debería parecernos excepcional  y lejano. Son otros autores, quienes, con la libertad que se los otorga en la Literatura, se han atrevido a inventarse nuevas vidas para un ser tan complejo como el que se nos presenta en esta historia, siendo dos libros los que más trascienden en este ámbito: Fantasma de Susan Kay y El fantasma de Manhattan de Frederick Forsyth. El primero nos enseña los primeros años de Erik, abarcando desde su nacimiento hasta el tiempo de libro original; el segundo, por el contrario refleja un final alternativo a la obra de Laroux dando a entender que Erik consigue huir de la turba enfurecida que desea verlo muerto y huye rumbo a Manhattan donde se establece en el parque de atracciones de Coney Island. Mientras que la novela de Kay logra el importante objetivo de desvirtuar una leyenda, logrando aportarle destellos de humanidad a alguien que parecía no serlo, el libro de Forsyth falla en su mediocridad argumental que gira desde el principio en un amor intenso pero imposible. La novela de Susan Kay la disfruté más por el pragmatismo de su protagonista, visto a través de los ojos de diversas personas, que por su narrativa (que nunca me terminó de enamorar) y el trabajo de Forsyth lo terminé por mero respeto al autor, aunque no consiguió despertar en mí un interés más del necesario. Bastante olvidable, para ser sincera, que en ningún momento parece rendirle homenaje a la mayor creación de Gastón Leroux, por lo que la decepción es aún mayor. La adaptación musical de esta última novela, “Love never dies”, también deja muchísimo que desear, pues salvo tres o cuatro canciones, el resto de la obra resulta olvidable, incluso para mí, que he adorado al reparto original desde el principio.

La conocida caja musical, tan importante en el show, no es mencionada jamás en el libro,
pero su simbolismo es mayor del que aparenta en un principio.
La adaptación de la obra El fantasma de la ópera al teatro musical es una joya innegable y ahí sí rindo mis más sinceros respetos a los responsables de su creación. Desde la puesta en escena hasta la música y la letra de sus canciones, logra evocar de manera maravillosa la esencia misma de la novela gótica que resuenan entre un número y otro, y que he aprendido a apreciar aun más ahora que la obra de Leroux ha pasado por mis ojos. Salvo la omisión de ciertos personajes de poca relevancias (o el de mayor peso, como el Persa) y un final que difiere del que aparece en papel, el acto musical sí que le hace un homenaje a la historia que le dio origen, manteniendo casi intacta la trama y añadiendo una curiosidad mayor al mítico Fantasma otorgándole el permiso de vincularse con la audiencia en temas que logran abrir una ventana a su portentosa mente con temas tan arraigados en la memoria colectiva como “Music of the Night” o “The point of no return”. Más conmovedor aun resulta el circulo que se cierra desde el principio con la caja musical del pequeño mono que tintinea la melodía de “Masquerade”, cuya letra adquiere un distorsionado significado muy alejado del colorido baile que aparece después del primer acto, cuando brota con melancólica tristeza de la boca de un humano tan dañado como él: Masquerade! Hide your face so the world will never find you. Pero, como lo mencioné anteriormente, el aspecto físico del personaje creado por Andrew Lloyd Webber difiere de aquel que Leroux imaginó cien años atrás, más cercano a la soberbia personificación de Lon Chaney que cualquier otro que se haya hecho jamás. El Fantasma del musical (del que jamás se menciona su nombre) se yergue en una galantería que logra cubrir con maquillaje, peluca y una preciosa media máscara, ocultando sus imperfecciones ahí donde nadie pueda verlas pero mostrando su misma distorsión de la realidad que hace obsesionarse con la soprano estrella recién descubierta en la ópera, y a la cual él se encargó de instruir.

Ésta suprema novela de Gáston Leroux la recomendaría una y otra vez; nunca creí que lo disfrutaría tanto como lo hice. Siempre tuve la idea de que este libro guardaba cierta semejanza con Nuestra Señora de París de Víctor Hugo (obra del autor francés que leí en mi infancia en una versión condensada), quizá por la deformidad de ambos personajes y el devastador desenlace de las dos historias, pero mirándolo desde esta perspectiva, la novela de Víctor Hugo termina siendo más cruel que la de Leroux pero no por ello menos importante. Los clásicos me seguirán dando tanto miedo como siempre lo han hecho, pero obras como esta me invitan a darles una oportunidad y a no juzgarlos tan precipitadamente, dejando que marchen a su ritmo, dándoles su tiempo para develar la trama. Algo parecido me sucedió con Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley, una novela que adoré desde la primera lectura, algo que no sucedió con Drácula de Bram Stoker, un trabajo que encontré demasiado pesado para mi gusto y que sin duda algún día haré el esfuerzo de terminar. Mi verdadero problema con los clásicos literarios es la necesitad inquebrantable de querer que me gusten, y es un pensamiento con el que estoy luchando, pues sé que no debería ser así, pero en fin.

Aplaudo muchísimo al abanico de emociones que esta historia a vertido en mí y poder cerrar por fin este arco que comenzó hace 10 años cuando aquella película musical se asomó por la pantalla de mi TV mientras mi abuela y yo buscábamos una y mil formas de divertirnos una fría noche otoñal. Por mi parte, siempre recordaré al fantasma de la Ópera de París, que deambuló como alma en pena por aquellos inacabables pasillos, guaridas y pasadizos subterráneos, añorando un poco del respeto que siempre le fue negado por aquellos que sólo le temieron, mirándole con asco. Don Juan Triunfante, dañado y herido, que logró con su música y arte acaparar los más finos sentidos de la alta sociedad francesa, gracias a la agraciada voz de la soprano que le robó el corazón, la voz, la vida y el aliento mismo. Esa misma mujer que al final terminó por arrebatarle el último centímetro de cordura que su inteligencia le permitía, desembocando en el trágico final que, mirándolo con frivolidad, logró darle la libertad que la vida jamás le pudo otorgar.