13 jun. 2016

06. Kdrama: Signal (2015)

Título: Signal
Año: 2016
Género: Drama policiaco, thriller.
Episodios: 16
Cadena: tvN
País: Corea del Sur
Trailer || Online: Drama Fever || Viki (no disponible para México).
Advertencia: Sin spoiler hasta que lo mencione.

Sinopsis: Park Hae Young es un joven perfilador criminal que se convierte en miembro de una unidad especial de casos sin resolver. El equipo es liderado por la detective Cha Soo Hyun, una policía inteligente y sagaz con bastante experiencia en el campo que no duda en mantener en línea al novato del grupo. Poco antes de su adición a ese nuevo departamento, un secuestro que lo involucró de manera indirecta en la infancia brota en el presente para reivindicar sus ideales de custodio de la ley y la ambigua idea que tiene de los policías. Por circunstancias inexplicables se encuentra con un viejo radio de comunicación sin baterías que, de vez en cuando y a la misma hora, emite una extraña señal proveniente de un detective del pasado llamado Lee Jae Han. En un intrincado camino lleno de obstáculos una serie de crímenes cerrados son reabiertos en el presente para intentar encontrar a los culpables y otorgarle a las víctimas el descanso que les fue negado, antes de que el tiempo les dé la absolución legal a los responsables. Pero, ¿qué podría salir mal si cambiamos el pasado o el presente?   
Opinión personal: Los dramas de Corea del Sur se han convertido en el refugio perfecto y maravilloso que ayuda a exprimir mi estrés y frustración al terminar el día. Tienen de todo en su pequeñez e incluyen de todo en su brevedad. No poseen temporadas interminables de tramas que se entretejen como un estambre que después resulta imposible desenredar. Generalmente son lineales y concisos, siguen un mismo argumento, rara vez pierden el rumbo y puedes sentarte a disfrutarlos de un jalón en un puñado de días sin sentir una indigestión argumental. Son visualmente atrayentes, coloridos, graciosos, humanos, idealistas, complicados y hasta tiernos. Géneros hay tantos como piruletas en una tienda de dulces: un contenido efervescente que cambia cada tres meses y mueve la industria televisiva del país asiático con una ebullición pasmosa que logra cruzar fronteras hasta llegar frente a nuestras pantallas al otro lado del mundo gracias a Internet. Hay muchísimo que ver y poco tiempo para disfrutar... Así que disculpen de antemano que últimamente sólo hable de eso porque ¿cómo podría hablar de otra cosa si esto es tan adictivo?

"El mundo no necesariamente gira en torno a hacer tu vida más fácil."

"¿Serías capaz de olvidar esos crímenes? ¿Como si nada hubiera pasado? ¿Podrías reír, hablar, comer y dormir? ¿Podrías vivir fácilmente? Por mero respeto creo que alguien ahí afuera debería recordarlos."

Signal es una joyita en bruto de la televisión coreana; una piedra preciosa que no debería pasar desapercibida para nadie, ni mucho menos quedar reducida a una más del montón ahora que su emisión ha concluido. No merece habituarse a la indiferencia que le otorgara el paso de los años, ni que se le deje a un lado, enterrada en el alud de series que le sucederán en los próximos meses. Obras como éstas no brotan todas las temporadas, y cuando lo hacen no son capaces de producir los frutos del esfuerzo realizado durante su creación. Por suerte, esta serie fue la excepción. Siendo transmitida en un canal de pago sus limitaciones eran varias y de hecho, al igual que Descendientes del Sol, corrió el riesgo de ser cancelada durante su producción por poseer una trama que podría gustar o no, y eso de mezclar el pasado con el presente de manera simultánea —a priori de desconocer si esto atraería a la audiencia— fue lo que llevó a que las tres grandes televisoras del país le dieran la espalda sin debatirlo mucho. tvN (quien ya había apostado por Gap Dong dos años antes) se lanzó a un mar embravecido repleto de tiburones donde al final venció, ¡y qué manera de hacerlo!

Por otro lado, el género de suspenso es de mis favoritos de toda la vida, tanto en series de televisión como películas, pero sobre todo en libros. Irónicamente es también el que más suelo evitar porque no cualquiera puede escribir o crear un buen thriller, y la fina línea entre caer en el cliché y tratar de revolucionar el medio es lo que también lo convierte en un género rebuscado y frágil a pesar de ser un recurso literario versátil que puede adaptarse a un sinnúmero de tramas. Añadamos el hecho de que yo soy una persona muy ansiosa y eso de andar por la vida metida en éste mundo resulta FATAL para mis nervioso por lo que también debería ser prohibido tajantemente por mi médico de cabecera y por el psiquiatra en turno. El súmmum de todo esto es que el objetivo de cualquier thriller consiste precisamente en mantenerte en vilo a cada momento, en producirte ansiedad y ahogó; su trabajo es enviarte señales de alerta para decirte que algo va a pasar en el siguiente capítulo y al terminar ese, y que continuará después de ese, y que rematará en el que sigue de ese; y así hasta llegar al final. Es una bofetada tras otra que cuando menos lo esperas te da el golpe definitivo, el knockout que te deja inconsciente en el cuadrilátero mientras tu cerebro llora el último embate (y si tienes suerte lograrás asimilarlo). Quizá por eso es un género que tomo con pinzas, porque basta una errata en el guión, un poco más de información, una pista aquí y allá para que la trama se desinfle y el interés quede carcomido por el moho del aburrimiento. He lanzado novelas a la pared por ese motivo y he dejado sin terminar una docena más. En otras palabras: un thriller predecible es aburrido de ver o leer. Matas la magia, asfixias la incertidumbre y asesinas la historia.

Por suerte, Signal está lejísimos de nadar por esas aguas; y así como me he comido libros de una sentada hasta las seis de la madrugada, pude haber hecho lo mismo con ésta serie si no fuera por la terrible carga emocional que arrastra desde el principio, añadiendo a esto su densidad argumental que resulta tan sofocante como extraordinaria. El punto fuerte es que basa sus casos en un par de hechos reales, y quizá esa sea la razón principal por la cual la audiencia respondió tan bien a pesar de ser transmitida en un canal privado, además del dinamismo en ambas líneas de tiempo y esa angustia que se agranda acorde al avance de la historia. Como referencia toma con dignidad una narrativa criminal que ya había portado la película Memories of Murder (2003) trece años atrás o la ya mencionada serie Gap Dong (2014) un par de temporadas antes; los asesinatos de Hwaseong siguen tan presentes en el colectivo de la nación tanto como lo fueron hace dos décadas, cuando estaban en pleno auge y Signal apuesta lo suyo para exponer su propia versión sobre una herida que a estas alturas amenaza con no cerrarse jamás. Mi ignorancia cinematográfica me impide encontrarle una occidentalización a eso pero se me vienen a la cabeza una combinación de Desafío al tiempo (Gregory Hoblit, 2000) y El efecto mariposa (Eric Bress, 2004) con un toque de Cold Case (Meredith Stiehm, 2003-2010) por aquello del drama policíaco. Pero dejemos a parte tanto barullo y vayamos directo al punto.

Los detectives Lee Jae Han, Cha Soo Hyun y el teniente Park Hae Young.
El argumento de Signal es sencillo aunque se complica a cada capítulo, y lo de la corrupción dentro de la policía es tan predecible como el sol que saldrá mañana en el horizonte, aun así el verdadero peso de la historia recae en la comunicación del pasado y el presente que mantienen estas dos personas; pero para adentrarnos a ello primero tendríamos que presentar a esa piedra angular y a los pilares de este bizarro juego: Park Hae Young (Lee Je Hoon) está como para plantarle una buena zarandeada apenas aparece en pantalla porque rebosa una soberbia y un inconformismo que en un principio podríamos no entender, sin embargo no pasa mucho para que nos asomamos a ese nebuloso pasado que a simple vista resulta superficial. El primer caso que se nos presenta lo involucra sólo de manera indirecta (una niña fue secuestrada al poco tiempo de que él la ve en la puerta de su escuela cuando era pequeño) pero, durante el giro final del drama, el segundo caso lo compromete a un nivel más personal y consigue remover las fibras más sensibles de nuestra empatía. Es ahí cuando entablamos por fin una conexión estrecha con el chico y entendemos el motivo detrás de esa aberrante idea que tiene de los policías como entes frívolos ahogados en su propia podredumbre. Quizá al comienzo le notemos desenfadado o terco, pero lo cierto es que el muchacho también es ambicioso laboralmente —aunque nos cueste un pelín entenderlo— y puede defenderse en el ámbito profesional por su inteligencia empírica y la capacidad que tiene para leer la mente de un criminal o de un famoso sin necesidad de tenerlo enfrente (al fin y al cabo ese es su trabajo como perfilador).

Esta curiosidad espontánea es lo que lo lleva a hurgar entre la basura de la comisaría para terminar con un viejo radio de transmisión, que curiosamente es el mismo radio con el que el detective Lee Jae Han se comunica con él desde el pasado. [No hay respuesta satisfactoria para ese accidente del tiempo; no intenten buscarla, no la van a encontrar, sólo disfruten el misterio]. Pero lo que no se le puede negar al teniente Park es cuestionarse el motivo de esas señales, ¿por qué él y no otro? ¿por qué todos los casos del pasado llegan a sus manos? ¿puede salvar a su hermano, aparentemente suicida, y volver a reunir a su familia? ¿Puede salvar a otras personas de los crímenes que acabaron con sus vidas? Es verdad que la idea de una familia humilde destrozada por la corrupción es algo más masticado que un chicle, pero valiéndose de un poco de imaginación y un guión a la altura se puede sacar una historia bien contada. Y la historia de Park es así; termina siendo el último eslabón en una serie de casos que al parecer, por caprichos del destino, terminan hilvanados unos con otros en una telaraña atemporal debido a su estatus sin resolución. Siendo el personaje central, su historia tardó lo suyo en ser contada, y la única referencia que nos queda son esos tristes recuerdos de tiempos oscuros en los que se sentía solo, y que remarcaban más la ausencia de un hermano que para sus ojos era el ser más ejemplar. Si de algo sirvió ponerle como líder inmediato a la detective Cha Soo Hyun es para expulsarle ese resentimiento hacia sus colegas y a su propia profesión. Ella le enseña que hay policías que están muy lejos de su limitada e insulsa visión resentida de víctima.

Cha Soo Hyun, interpretada por la icónica actriz Kim Hye Soo, no puede pasar desapercibida. Es un personaje extraordinario que se ha convertido en uno de mis favoritos en cualquier ámbito y en cualquier medio. Los silencios de Soo Hyun valen toneladas, pero lo verdaderamente maravilloso es atestiguar su increíble evolución: desde los tiempos de policía novata a la experimentada líder de un equipo de cuatro que apenas puede darse abasto con la cantidad inmensa de casos que les caen encima. La vemos ingenua e inocente en su juventud, tan domada por la academia y excesivamente sumisa ante sus superiores para después verla en un presente que nos parece imposible: ahí mismo donde golpea la mesa de interrogatorios para exigir una declaración o allí donde no duda en elevar la voz ante sus jefes para señalar el punto donde convergen sus problemas. La detective Cha porta la placa policial con orgullo desmedido porque aprendió a valorar su profesión gracias a la inquebrantable voluntad de un hombre bueno que conoció en el pasado. Quizá eso de seguir soltera después de los cuarenta le de una buena jaqueca a la anticuada de su madre, con la típica actitud pueril de una señora que ve con desagrado cómo su retoño pierde el brillo de sus años, pero Cha no desiste a su extenuante trabajo de escritorios diminutos repletos de carpetas apiladas, café barato, cubículos bulliciosos como leal vigilante de la ley. Le gusta su profesión y sufrió lo suyo para estar parada ahí con una dignidad envidiable, y no deshojando margaritas ataviada con una pijama rosa, mientras sus sobrinos brincan en la cama y la necia de su madre le consigue la vigésima sexta cita a ciegas con un abogado calvo y cincuentón. Porque Soo Hyun no tiene ojos para nadie, sólo para el héroe vencido (y perpetuamente malhumorado) de carne y hueso, sin capa ni superpoderes, que conoció precisamente en el brillo de sus mejores días. Maestro y amigo de corazón gigante desaparecido sin dejar rastro quince años atrás.    

"¿Es igual allá, en el futuro, teniente Park? ¿Si tienes dinero y poder puedes vivir felizmente sin importar las cosas horribles que hagas? Han pasado 20 años, algo debió de haber cambiado ¿cierto? (Lee Jae Han Ep. 06)

"Cada par de manos esposadas
viene con 2.5 litros de lágrimas"
Lee Jae Han es el alma más pura del vecindario. Y mira que no es un personaje complejo; de hecho, si el bueno de Lee brilla tanto es por su transparencia. Es imposible no amarlo. Es un churrete de honestidad, de bondad y una ejemplificación digna del genuino sacrificio. No es que sea perfecto, sino que son precisamente sus defectos los que le añaden mil puntos a su nobleza. Es un individuo nacido en la época equivocada, con una postura infranqueable donde confluyen de manera desmedida el amor a la verdad, la justicia y el valor. Un policía hecho y derecho en peligro de extinción por culpa de aquellos colegas que sucumbieron ante el capricho de la impunidad a cambio de un puñado de migajas de pan tiradas en el suelo. Está demás decir que él se lleva la serie con una diferencia abismal sólo porque la actuación de Cho Jin Woong vale cada minuto y cada jodida escena donde aparece; desde su torpeza al hablar, hasta su testarudez para conseguir lo mismo una confesión que una pista. Lloré con él; sufrí, reí y me emocioné cuando lo hizo y se me partía el alma en pedacitos chiquitos cuando le veía gritar sus frustraciones y derramar océanos de lágrimas de impotencia al no tener el poder de cambiar las cosas tanto como quisiera por culpa de esos soberbios hipócritas que le destrozaban la vida a su antojo. Pero lo más extraordinario es ver esa evolución que presenciamos también en los otros dos personajes. De hecho, Jae Han puso los cimientos de temple y visión policial que años después vemos palpables en la detective Cha, y que a su manera insiste —a vuelta de tuerca y guión— en enseñarle a Park. Es un sincretismo que se entiende por sí sólo, un ciclo que se renueva y renace en cada caso, cada cambio de camino, cada distorsión de tiempo; y eso lo continuamos viendo hasta el final.

Mal acostumbrada a la televisión estadounidense realmente creí que Signal tiraba directamente al estilo procedimental que tanto gusta en occidente: un episodio, un caso. Por suerte me equivoqué, y ya para el caso de la niña desaparecida en la puerta de su escuela nos dan a entender que aquello será más complejo de lo que parece. De hecho, la estructura de la serie fácilmente podrían convertirse en un puñado de minipelículas porque el formato se presta para eso: como obra dramática cada crimen a investigar posee su propio planteamiento, nudo y desenlace con una duración mínima de 90 minutos, aunque a la larga podríamos unirlos en un todo ya que la trama de los personajes principales corre en río; hasta cierto punto, ajena a los hechos a tratar. Ése primer episodio no apunta únicamente a la mera introducción de los protagonistas y las transmisiones, debido a que se sostiene por sí solo gracias en parte a una carrera contra el tiempo para buscar a la autora intelectual del crimen, siendo eso lo que convierte la historia en un viaje trepidante que consigue enganchar desde el primer momento. El nivel personal todavía no es muy palpable aquí salvo por Park y su remordimiento de conciencia; de ahí que —aun siendo del futuro (2000)— sea utilizado como introductorio para desatar incógnitas que nos remolcaran como máquina del tiempo al pasado donde todo comenzó (1989). La línea temporal se altera por primera vez justo ahí, y la primera trasmisión que recibe Park es una de las últimas que realiza Lee. Después de eso, todo vuelve a comenzar.

[SPOILER DE LA TRAMA Y LOS EPISODIOS]     
Episodio 1 (El caso de la niña desaparecida)
El caso de la niña asesinada no alcanza su resolución sino hasta el segundo episodio y, aunque lo hace, la realidad de la jurisdicción coreana resulta triste y desoladora: no habrá castigo legal para la mujer que la mató (quien al final pagará por otro crimen). De hecho, éste es el punto decisivo del teniente Park cuando ingenuamente piensa en cambiar el pasado con la ayuda del detective Lee. ¿Qué podría salir mal? Todo, evidentemente. Por desgracia, tarda lo suyo en darse cuenta y cuando lo hace resulta devastador para ambas partes. Una vez que la unidad especial de casos sin resolver es creada las cosas fluyen con mayor naturalidad, pero no por ello más acordes con la lógica. Los asesinatos seriales de Hwaseong (Ep. 02, 03, 04) serán un prefacio de lo desastroso que resulta cambiar el destino, alterar el orden y tratar de revertir la maldad humana. Ni Park ni Lee, como unión ambigua de dos épocas distintas, estaban listos para aquel enigmático primer golpe donde salvar una vida inocente terminaría por liquidar otra que también lo era; una broma macabra de la distorsión del tiempo. Lee no sólo es tratado con la punta del pie por colegas de otro bando después de su error, sino que su existencia le tira un jaque mate siniestro cuando la chica que le robó la razón siendo aún un inexperto policía es maniatada y asesinada en esas calles oscuras donde tantas veces custodió su caminar. Jae Han jamás vuelve a ser el mismo desde ese día; no se le amarga la existencia por el crimen, pero a nivel personal se cubre el rostro y el alma con una fachada dura, desenfadada y burocrática, evitando crear vínculos tan fuertes con la gente, y adopta un porte férreo pero frágil que se resquebraja más de una vez por culpa de su innata bondad. De hecho, parte de la culpa de que éste thriller joda tanto e impida visionarlo en un maratón de 20 horas es por lo mal que la pasa el pobre de Lee en todo momento. A veces castigar a un personaje más de la cuenta resulta contraproducente (el efecto Precious Jones me pasó con Remember, por ejemplo) porque se inhibe la empatía que sientes hacia él para dar paso a la incredulidad absoluta. Aquí juegan un papel importante tanto el libreto como la actuación dado que el objetivo es que tú, como espectador, no llegues a un punto que desemboque en una falta de interés por alguien que la pasa terriblemente mal día tras día. El caso de las casas robadas del ‘95 (Ep. 05, 06, 07) que intenta resolver le vuelve a despedazar el espíritu curioso. La muerte de la hija de su amigo ex-convicto termina convirtiéndose en el punto sin retorno que lo invita a abandonar todo, incluso las transmisiones, corroído por la culpa de saber que esa tragedia pudo evitarse. Irónicamente en el presente las cosas no terminan mejor: cuando el padre de la niña sale de prisión busca venganza por la prematura muerte de la nena y sin proponérselo termina con la vida de la detective Cha Soo Hyun en una fracción de segundos. Un desastre total. Para ese entonces Park ya había tenido más de un roce con Soo Hyun por los métodos tan distintos con los que procedían por su cuenta, pero eso no evitó que entre los dos se forjara al poco tiempo una tierna tendencia de respeto profesional en la que ambos se apoyaban entre conversaciones silenciosa y diálogos pétreos. Existía un vínculo forjado en plomo para cuando aquel auto de refrigeración estalla la noche más fría de la ciudad, por lo que el teniente no titubea ni un segundo para enmendar el daño que ocasionó al osar manipular el tiempo. Guiados por motivos propios, tanto él como Lee, se las ingenian para corregir el escenario caótico que han creado y consiguen, contra todo pronóstico, poner en orden el universo una vez más.

—Encuentra las debilidades de las personas y las explota. Debe estar bajo presión para venir hasta aquí ¿no?  
—Deja de pensar que estás por encima de los demás. Ya sea justicia o sentido del deber, ¿crees que no sé nada de esas cosas? Nada cambiará incluso si intento proteger todo eso, ¿sabes? El mundo se seguirá moviendo igual. No seas así y toma esta oportunidad mientras puedas, Jae Han; todavía eres joven.  
—Si me dejo llevar por el dinero poco a poco me convertiré en alguien como usted: un perro de caza que los poderosos usan y tiran; un objeto consumible que se desecha cuando es viejo e inútil. En vez de convertirme en eso prefiero aceptar que las cosas sean un poco... no, muy difíciles; pero vivir de esa manera es mucho mejor que la porquería que usted me ofrece en este momento.

Kim Bum Joo, el actual director de la policía metropolitana, lo vemos en el pasado como un hombre de bajo perfil que escala posiciones con una rapidez absurda y gobierna desde su fortaleza de impunidad con la tiranía de un déspota; en el presente sus rangos han cambiado pero sus tácticas deshonestas y chantajistas siguen siendo las mismas. Le he odiado por su desfachatez, su poca vergüenza y su falta de ética profesional. Es el discrepante en turno que expulsa su veneno tóxico hasta donde alcance sus hebras de poder (aunque irónicamente subyugado cuando su jefe mayor le da un buen adoctrinamiento sobre el hampa que rige su supremacía sin que al bastardo se le forme una sola arruga en la corbata). Ciertas conversaciones que tiene con Lee Jae Han a lo largo de toda la serie se saborean con un gusto bárbaro a pesar de su brevedad, porque como contrincante, éste último destila una actitud altiva y madura cuando defiende sus ideales utópicos; esos mismos ideales que el cascarrabia lamebotas tanto se obstina en destrozar. Pero no, Lee no es débil de corazón; es un guerrero valiente, un adalid invencible que no jugará a Judas para apostatar a favor de sus viles oponentes. No pierde el tiempo en escupirle el insulto con la misma rapidez con la que su jefe le ofrece el primer soborno. No hay nada que debatir, porque como defensor de la ley no tiene tiempo para rebajarse al nivel de los animales carroñeros que lo acorralan; lástima que el cohibido de Ahn Chi Soo, jefe de Cha en crímenes violentos, y otros más del veterano escuadrón que compartieron investigaciones y desvelos junto a Lee hayan caído en las garras de la barata codicia que con tanto énfasis les ofrecía el director cada mañana.

—Si estas niñas fueran hijas de un congresista rico estoy seguro que correría con sus brazos abiertos a investigar.  
—Si fueran personas así, no serían víctimas de esos crímenes en primer lugar. Vivirían en mundos diferentes.  
—¿Disculpe?  
—Nadie quiere a un asesino serial, detective Lee, ni el capitán ni el superintendente. Así que no menciones esa tontería de nuevo.  
—Ah, ahora lo entiendo. Usted ha estado viviendo ya un buen tiempo en ese mundo diferente ¿no es así?  
—¿Qué?  
—Yo vivo en un mundo diferente al de usted, señor, así que voy a atrapar a este asesino sin importar qué. Es verdad que gente muere sin razón cada año, pero a diferencia de usted yo no perdonaré nunca a alguien que mata a personas frente a mí precisamente porque este es el mundo en el que elegí vivir.  (Ep. 09)

Ya a la mitad de la serie le toca el turno a la detective Cha Soo Hyun sufrir una sacudida existencial cuando es encontrado el cadáver de una mujer con el sello innegable de un aparente asesino serial que estuvo a punto de convertirla en víctima en sus tiempos de aprendiz. En éste arco vemos cómo se crea un monstruo, dijera Park, a sabiendas de que el chico no nació siéndolo. El criminal que nos atañe (Ep, 09, 10, 11, 12) podría pasar desapercibido para cualquiera: tímido, joven, obsesivo compulsivo y silencioso; es gracias a escasos flashbacks de su infancia que comprendemos su calvario. Nos adentramos a su psique más profunda para encontrar los restos traumáticos donde se asentaron sus complejos. La visión de la madre carcomida por la depresión es una imagen tan fuerte como desoladora, pero necesaria para tropezar con los indicios donde la mente del chico se dañó; ahí donde la percepción de la realidad se quebró hasta hacerle perder cualquier trozo de benevolencia que pudo haber retenido hasta entonces (le vemos de niño salvar a un cachorrito y justo después a su madre desechando su cuerpecito en una bolsa negra de plástico). Si alguien, cualquier persona, le hubiera tendido una mano, se lamente Park, quizá todo sería distinto; porque como estudioso de la mente no puede evitar sentir un grado de condescendencia frente a esos parias de la sociedad que sólo fueron víctimas de la circunstancias, y sabe que el asesino de Hongwong fue uno de ellos. Pero para la detective Soo Hyun aquello es muy distinto: no puede darse el lujo de compadecer a un monstruo que, si dependiera de su decisión, ella misma lo mataría. Estuvo a nada de ser una de sus muertas en el ‘97, cuando se aventuró sola a buscarlo por los callejones oscuros donde se fundía con el entorno. Fue una decisión estúpida nacida de la firme convicción de intentar ayudar a sus camaradas, pero el desenlace casi termina en tragedia y en la comisaría había alguien que jamás se hubiera perdonado eso.

Los actores Kim Hye Soo
y Cho Jin Woong
detrás de cámaras. 
La relación tan peculiar entre Soo Hyun y Jae Han está como para escribir un informe bonito, de esos largos, toscos, repleto de metáforas, simbolismos y confesiones dichas entre líneas. Son una pareja única y dispar, ridiculizada más por la actitud tan ingenua de él y la admiración tan desmedida de ella, pero enternecida también por una perseverancia, una tozudez y una gallardía que se les escurre a los dos de una manera tan natural que me resultó imposible no caer rendida a sus pies. Los crímenes de Hongwong se convierten en un parteaguas en su carrera al enseñarles de nueva cuenta lo frágil que puede ser la vida. Si para Cha el traumatismo del momento fue tremendo, para Lee su deficiencia profesional cargó con una doble decepción. Esa última escena entre ambos en el noveno episodio, cuando él la encuentra maniatada e inconsciente en la banqueta, es soberbia como pocas (pedazo de actuaciones, eh). Se me ha erizado la piel apenas ella reacciona e intenta zafarse de los brazos de Lee y emprender la huida, para después dejar de forcejear: cae en cuenta que si él está ahí es porque el horror ha terminado. Resulta desgarrador ver cómo Jae Han se quiebra mientras la abraza con impotencia y le pide perdón por llegar tarde, trayendo a su memoria aquella noche en la cual en verdad llegó tarde sólo para encontrar el cuerpo ultrajado de la chica que le gustaba tirado en el piso como un pedazo de basura. Y es que ya en este punto de la historia sabemos el detective Lee no es muy verbal, no suele ir por la vida dando una homilía de valores éticos, ni compartiendo experiencias de trabajo a cuanta persona se le ponga enfrente; el tipo es más de acciones que de palabras. Sin embargo —y no deja de ser una tremenda ironía— Soo Hyun con su sola presencia y su mera actitud llena de indecisiones y torpeza logra atravesar todas esas capas de oso indomable para escucharle expiar sus frustraciones y de paso para enseñarle que los policías sí se desmoronan, también tienen temores e incluso huyen, pero siempre están ahí en pie de guerra para acudir al primer llamado. “¿Sabes? A mi también me dan miedo a los criminales, pero ¿qué hago? Es un trabajo que alguien tiene que realizar ¿no? Y nosotros estamos ahí para hacerlo, aunque nos de miedo”. (Ep.10) La relación posee un nivel de confianza muy peculiar porque se supone que Lee apenas la tolera y Cha lo admira tanto que podría limpiar hasta los pasillos por donde él camina (de ahí que él diga que no la tolera; tanta atención le agobia) y aun así Jae Han le enseña a ser una detective con amor a la verdad mientras ella le enseña a ser una mejor persona, a devolverle sin saberlo un poco de la confianza que se le murió cuando le falló a la joven secretaria de impecable falda plisada, linda sonrisa y timidez desbordante que murió en Hwaseong. Lee le inyecta valor cuando ella ve su primer cadáver, cuando le ayuda a recordar las pocas sensaciones durante sus horas de secuestro y también cuando estuvo a punto de renunciar a su trabajo debido al trauma derivado del cautiverio. Él, con su fuerte personalidad fungió como el piso firme donde Soo Hyun forjó su caminar; la evolución de su carrera y la palpable capacidad de sus métodos de investigación tienen la firma de Lee por todos lados. No hubo en toda la serie una relación más pura y legítima que la de ellos.
Lo siento, no hay algo como "romance" en este drama.
Tampoco es que sea necesario; la relación
de estos dos es más preciosa que cualquier
romance que me quieran mostrar.

El último caso —basado en otro hecho ocurrido en la vida real— no sólo es el más extenso; también es el idóneo por exponer toda la farsa policial sobre la que nuestros protagonistas caminan. A la par de eso, vemos como las transmisiones se complican y dos personas más les escuchan. Esto fue un alivio total porque viví con el miedo a que todo ocurriera sólo en la mente de Park y el tipo tuviera alguna especie de enfermedad mental o disociación de la realidad que le llevara a escuchar cosas donde no se escuchaba nada y para tratar de arreglar a su manera la trágica vida de su hermano, que fue juzgado siendo inocente. De hecho, el verdadero peso de este drama recae en ese crimen final que resulta turbio y oscuro; desde la manera tan burda en la que se plantaron a testigos, hasta los señalamientos prefabricados y la desaparición de evidencias. Me ha parecido nefasta la actitud tan engreída de Kim Bum Joo, tanto como lo fue para el bueno de Lee, que ve con impotencia cómo la familia del chico con el que ha compartido sus transmisiones se va desmoronando a pedazos por culpa de las güarrerías de Kim y él no puede hacer nada para evitarlo, a pesar de que Park desde el presente le suplica que haga todo lo posible. Lee intenta —y vaya que lo hace— hasta lo imposible para limpiar toda la inmundicia creada desde la comisaría más pequeña hasta las altas cúpulas del poder pero no sin derramar hasta la última gota de su sangre en el proceso; y como en una broma macabra del destino lo mismo le pasa a Park en el 2015. Lee y Park jamás compartieron una escena juntos en nuestro tiempo, y sin embargo no la necesitaron, a través del anticuado radio de transmisión fuimos testigos mudos de una amistad que nació de la incertidumbre más pura hasta entablarse en un compañerismo obsesivo que los llevaba a cargar con el pesado artilugio allá a donde fueran, como un amuleto de la buena suerte, como un escudo inquebrantable con el que pensaban que podían mejorar las cosas; donde compartieron ideas, frustraciones y 2.5 litros de lágrimas entre casos torcidos por el paso de los años y sepultados por el polvo acumulado, esos mismos que se habían mantenido sin posibilidad de solución hasta que ellos llegaron. El episodio 13 es un noble homenaje a esa relación fraternal, y aporta un dejo de paternidad por parte de Lee cuando conoce en su realidad al niño del radio, a un pequeño Park, triste y solitario, que añoraba una buena torta de arroz cuando creía que la vida se le caía a pedazos. No, no fue necesaria ninguna conversación, ningún dialogo trillado, ninguna llamada de atención por salir ahí afuera a altar horas de la noche. Como lo dije antes, el entrañable Lee siempre fue más de acciones que de palabras. Acciones calladas y sin presunciones; honestas, como pagar la comida del pequeño esa amarga noche y de todas las que vendrían después de esa.

El episodio final fue bestial y la montaña rusa en la que te subes esos 90 minutos de gloria y frenesí te dejan la cabeza un poco hundida entre la confusión y la angustia. Se podría decir que la serie termina en un cliffhanger que de plano yo no me esperaba (porque ni sabía que los dramas coreanos tenían segundas temporadas), así que estuve a punto de infartarme. Con Signal al parecer están abiertos a esa posibilidad y sinceramente yo no soy nadie para negarme; de hecho ya tengo las palomitas en la alacena, los pañuelos para el llanto y tres tarros de helado de chocolate amargo en la nevera para cuando el momento definitivo llegue. Quiero ver más de Lee, y de Park y de Cha en mi pantalla. Quiero verlos sentados a los tres en el presente, con una sonrisa en sus labios, compartiendo unos tragos de soju y brindando por burlarse de la muerte, del pasado, del tiempo, y de la peste corrupta que los quiso desaparecer como si fueran desechos. Quiero verles luchar contra las alimañas que siguen ocupando cubículos y escritorios en las comisarías y acabar con los criminales oxidados que se esconden de sus propios crímenes. Porque en el fondo queremos creer que sí, que ahí afuera hay policías honestos que se dejan el alma y el cuerpo en su trabajo; que no ignorarán jamás el clamor de alguien que pide justicia; que van de puerta en puerta hablando con testigos; analizando pistas; contando casquillos; perfilando culpables; encontrado cadáveres de desaparecidos veteranos olvidados por el tiempo y carcomidos por la tierra. Pero sobre todo quiero saber por qué ese viejo radio continúa emitiendo señales. Adelante tvN, ya estoy lista para el trepidante viaje.