30 de mar. de 2015

17 de diciembre del 2014...


No sé si la vida se le escapa por el rabillo de la mirada, pero esos 12 años que se le sienten en el alma le dibujan perezosas canas en la cara y le desdibujan con suavidad aquellos ojos que antaño brillaron como perlas. Umi, la pequeña nómada perruna nacida de las entrañas de mi tierra, aun tiene fuerzas para posar como centinela en el porche de la casa envejecida para esperar el regreso de su dueña. Cuántos años de fidelidad se le escurren por el cuerpo.

Nunca encontré alma más pura dentro de una coraza caoba tan pequeña. No sé si será el tiempo o la experiencia la que la ha dotado de un aura servilismo que encuentro sumamente conmovedor. Umi no me debe nada, ni la última noche de desvelo, ni la melancólica sonrisa que se le escapa de su cansado hocico. Su nobleza va más allá del abstracto ideario del mejor amigo del hombre; la imagen grabada en nuestra memoria a base de relatos de perros cuyo heroísmo especial fue la paciencia eterna.

De vez en cuando le cuento historias tristes, réquiem para colegas de cuatro patas que de una u otra manera evocan su misma esencia. Le digo que se puede ir por la puerta grande cuando quiera, que eso de retozarse en el pasto celestial y correr con viejos conocidos no pinta ningún destino trágico, sino gozosamente esperanzador. Pero mi pequeña nómada se queda, a mi lado, entre los trapos enmarañados repletos de su pelaje canoso y el viejo plato amarillo que, al igual que ella, conoció mejores días. Nada vale para quitarle los años a mi perrita. Su sola presencia sirve para ver por la comisura del pasado que guarda la esencia de lo que ha sido y siempre será: el más gentil de todos los seres que me rodean.

¡Larga vida a mi centinela! 

16 de mar. de 2015

La mexicanidad: fiesta y rito de Leonardo Da Jandra.

¡Gracia a Red de Libros
Escuinapa por prestarme este
ejemplar! (HACE UN AÑO)
Soy malísima leyendo ensayos, y si son ensayos filosóficos mucho peor. Quizá por eso no he leído tantos a lo largo de mi vida, y probablemente la mitad han sido de mi autoría sin más pretensiones que saciar mi curiosidad e indagar con mis propios pensamientos un tema que me interesaba. Por otro lado, esos que hice en mis tiempos de estudiante, no cuentan. Fueron redactados con el cansancio reflejado en la flojera acumulada de aquellos días. Así que, cuando llegó a mis manos La mexicanidad: fiesta y rito de Leonardo Da Jandra vi una oportunidad para leer un poco de eso que se me da tan mal: los ensayos y la Filosofía.

El resultado creo que no fue muy bueno.

Para empezar, me cuesta muchísimo opinar de una manera objetiva el trabajo de un tercero. Sobre todo cuando esa obra contiene la esencia misma de su autor; sus ideologías y su postura respecto a ciertas cosas. Es difícil separar entonces mi opinión general respecto a mis propios pensamientos. El nivel personal es casi una obligación, y cuando nuestras ideas colisionan entre los párrafos deriva en lo que yo llamo una indigestión literaria. Un atiborramiento de información que generan un tsunami mental ahí donde convergen nuestras contrariedades. Y eso fue más o menos lo que sucedió en esta ocasión.

Ese no fue el único problema con el que me encontré: la Filosofía y yo nunca nos hemos llevado bien. Ni la clásica ni la contemporánea. Hay algo en ella que —junto con las matemáticas— consigue producirme un corto circuito neuronal que termina por provocar un colapso mental que fácilmente podría derivar en un aneurisma. Somos como el agua y aceite. Mi mediocridad con este conocimiento deriva en algo tan absurdo como ser incapaz de leer a mis 26 años El mundo de Sofía del noruego Jostein Gaarder, libro cuya lectura es obligatoria en la escuela secundaria y a mí lo único que se me ocurrió en aquel entonces fue regalar el ejemplar que tenía. Ya ni hablemos de Nietzsche o Jean-Paul Sartre que para mí ya son otro nivel (eso no evita que sus libros se vean muy bonitos en mi biblioteca personal xD).

Y si dejamos todo eso a un ladito, me topo con un tercer problema: no sé si la filosofía contemporánea tiene cabida en nuestro mundo; y me refiero como objeto de estudio. Entiendo perfectamente que la de hace siglos cimentó las bases de lo que tiempo después derivaría en el método científico. A su manera, provocó el nacimiento de la ciencia misma. Ya no era necesario especular sobre ciertas cosas que rayaba lo metafísico porque existía un método para descartar todo aquello que no pudiera ser corroborado por medio de análisis a prueba y error; estudios replicados en los que los resultados eran contrastados para dar con el motivo real de algo. Pero mi pregunta es ¿para qué sirve la Filosofía moderna? ¿Cuál es su función? ¿Aun se siguen preguntando cuál es el sentido de la vida? ¿No habrá acaso cinco filósofos en una misma habitación que piensen distinto? ¿Bajo qué método (si no es el suyo propio) contrastan sus propias afirmaciones?

Así que un ensayo filosófico sobre la mexicanidad, como el del señor Leonardo, sólo sirve para dar su opinión sobre el tema, y seguramente por ahí habrá otro filósofo que piense distinto a él y también dará sus motivos. Muy parecido a El laberinto de la soledad de Octavio Paz. ¿Y por qué? Porque no hay un método irrefutable para dar con la respuesta definitiva. Para ellos nunca lo ha habido. Como objeto de estudio, la mexicanidad puede cambiar de perspectiva.

Da Jandra expone en su ensayo los vértices sobre lo que se levanta nuestra esencia: la fiesta y el rito en un sentido amplio y profundo de ambas palabras. Esto implica remontarse a los orígenes mismos del ser mexicano, y no me refiero al Virreinato sino más allá; al indígena y al español como la piedra angular donde se yergue nuestra pirámide existencial. Pero Da Jandra —al igual que José Vasconcelos con su raza cósmica—, le otorga al mexicano un reconocimiento supremo sobre todo lo demás; en éste caso la Hispanidad. Explora y entreteje la esencia misma que nos define como seres peculiares, con características propias que ensalzan nuestras propias costumbres de rituales y barullos varios. Señala nuestros errores, por supuesto, pero estos quedan enterrados entre toneladas de terminología propia de filósofos y ensayistas.

Me parece justo reconocer que probablemente no lo entendí. Quizá hubo una nula comprensión entre la lectura y el autor que bloqueó cualquier línea de razonamiento. A su favor puedo decir que me enseño más de 36 nuevas palabras que me hicieron desempolvar el diccionario de la RAE sólo para corroborar que existían. Procuraré usarlas a menudo, porque la verdad impresiona y te hacen ver como intelectual (aun siendo una niña ñoña como yo xD). Y pues bueno, aquí me tienen tres días después de terminar su lectura tratando de descubrir qué diablos es eso de la religión universal del Estado Planetario, que raya más en una novela distópica que un ensayo, y por qué tiene la idea tradicional de la familia que consiste en un papá y una mamá. Hombre, mujer. Equilibro y todo eso. En fin, me declaro incompetente honorífica para opinar de este trabajo y me retiro con el fracaso enmarcado en el rostro. No soy buena para esto. 

10 de mar. de 2015

¡Siempre serás mi héroe!

Mi papá y yo (1989)

Podría comenzar diciendo que tengo al mejor papá del mundo, pero creo que a estas alturas y a esta edad no dejaría de sonar trillado y absurdo, e incluso un poco ofensivo para aquellos que también han tenido la suerte de tener a un padre extraordinario.

No tengo al mejor papá del mundo. Mi padre es un hombre común que siempre ha cargado en sus espaldas el bienestar de los suyos. Lleno de virtudes que generalmente opacan todos sus defectos. A su manera, sobresale de su entorno, tal y como lo hacen otros millones de personas alrededor del mundo que acarrean consigo el cansancio laboral para transfórmalo en felicidad para su familia. No es fácil; es un camino lleno de sorpresas y dificultades, de preocupaciones y metas, de incertidumbre y de visiones claras. De salud y de enfermedad... Como la vida misma.

De alguna u otra manera, tanto mi mamá como mi papá, se las han ingeniado para educar a sus hijos en un hogar amoroso y cálido, donde no les lastimara el mundo. Se esforzaron por instruirnos e inculcarnos los valores más nobles de la vida, ¡les debo tanto! No ser ambiciosos, no ser egoístas, no ser indiferentes al dolor ajeno. Lo reconozco, nunca hubo viajes a Disneyland, ni vacaciones paradisíacas en las playas cristalinas de Cancún, ni un safari en África, ni un recorrido por museos europeos. De hecho, de vez en cuando trato de visualizar cuándo fue la última vez que fuimos en familia a descansar de todos. La rutina no se detiene, la vida tampoco.

Pero sabes papá, no necesito nada de eso. Me quedo con los recuerdos de nuestros mejores días: las noches más estrelladas platicando en la acera de nuestra casa en un remoto poblado pesquero de Angostura, me quedo con los viajes al Llano y al Bonete cada fin de semana (¡Cuántas aventuras vivimos en el Principito), me quedo con esa rutina vespertina de recorridos en bicicleta para perseguir al último tren que atravesaba la ciudad de Escuinapa antes de morir el día. Se me graban en la memoria las charlas familiares después del desayuno, la comida y la cena. O aquellas mañanas invernales en que tú nos llevabas a la escuela sincronizado con la luz verde de los semáforos de Guasave. El día en que nos enseñaste a patinar o aquellas madrugadas de neblina en que salías valeroso a cazar al Chupacabras. Para mí, nadie pateaba el balón de fútbol mejor que tú; Maradona y Pelé te mirarán asombrados desde la banca. ¿Cuántos recuerdos dejamos grabados en las paredes de la pequeña ciudad del Parque Villafañe y cuántos otros quedaron tecleados a golpe de maquinas de escribir para traernos una historia original de nuestra serie favorita? ¿Recuerdas cuando volamos cometas en la escuela Gutiérrez? ¿Y cuando te detuviste en mitad de la carretera para salvar a una tortuga varada en mitad del asfalto? Me quedo con el recuerdo del primer perrito que me regalaste y aquella noche que nos sorprendiste con boletos para el concierto de nuestro grupo favorito cuando apenas éramos unas niñas.

(Y más recientemente nuestra manía de ir a caminar a las seis de la mañana a unidades deportivas congeladas.)

Ya perseguimos al sol. Ya nos subimos al faro. Nos falta conquistar las tres islas y hacer una lunada familiar a la orilla de la playa.

Tú y mamá nos enseñaron a explorar el mundo. Tú me confiaste por primera vez una computadora y me mostraste la palabra escrita. Si aun continuó escribiendo es por ti. Por ti y por toda esa diversidad de libros que ustedes siempre pusieron a mi altura.

¡Gracias por estar siempre aquí (incluso estando lejos) y gracias por ser mi padre!

Siempre serás mi héroe.

¡Feliz cumpleaños!

25 de feb. de 2015

Farewell, The Mentalist! (2008-2015)

Robin Tunney & Simon Backer
(Vía @SnappyToes)
No creo que The Mentalist, a golpe de guión y de trama, haya pretendido alguna vez ser grande. Hace más de siete años logró abrirse un rincón sólido en la franja televisiva norteamericana y ya no se movió. Sentó una base de telespectadores que se deslizaba fácilmente entre la gente joven y la adulta con un rango amplio de edades que pocos shows podrían poseer. Es precisamente ahí donde brilló, fue precisamente a ellos a quienes le rindió cuentas cuando la trama principal llegó a su punto máximo la temporada pasada y fue ahí mismo donde el 18 de febrero asentó su despidida definitiva. The Mentalist se va dando todo lo que podía ofrecer (incluso más) y deja tras de sí una estela dulzona pero sincera y repleta de honestidad.

Este show no vino a ser un parte aguas en la estructura o en la forma de las series procedimentales. Cuando mucho, tenía la peculiaridad de que sus episodios poseían como títulos palabras que evocaban un específico color. Una simple curiosidad que no iba más allá de la mitología de la propia serie. A partir de ahí se podía perder fácilmente entre tantos otros programas que ofrecían, en mayor o menor medida, lo mismo que éste nos ofrecía, salvo ciertas variaciones en la trama (Castle, CSI, Elementary, Criminal Minds, Forever, Perception).

Ahora que la serie ha concluido vale la pena hacer un ejercicio de honestidad y mirar a atrás para señalar los fallos: Bruno Heller y compañía se olvidaron totalmente de la Asociación Blake, lo cual resulta un poco imperdonable. La organización criminal de un asesino sin escrúpulos queda atascada y coronada entre la corrupción de las fuerzas del orden y el gobierno norteamericano… O eso es lo que nos dan a entender. Heller le da un carpetazo definitivo al caso donde se cimentó la caída y redención de Patrick Jane; olvidándose que como espectadores merecíamos saber más. No me resulta creíble que la muerte de Thomas McAllister haya cavado la tumba donde la sociedad impunemente se movía. No es así como se esfuman estas cosas. Si muere el líder, entonces es sustituido por otro.

Ahora, si evocamos el egocentrismo del propio protagonista podríamos asimilar la indiferencia. El mentalista no era un heroico personaje que quisiera redimir a los delincuentes más peligrosos de California y eso lo supimos desde el principio. Su inclusión como consultor para el CBI fue únicamente para tener acceso a los expedientes de los casos donde el famoso asesino plasmó sus pasos. Cuando lo tuvo —literalmente— en sus manos se deshizo de él y continuó con su vida. Ese era verdaderamente su objetivo. No desarticular la asociación creada por el multihomicida ni desentrañar los secretos de la misma y sus integrantes. Él sólo quería justicia por el crimen cometido; para honrar, hasta los límites de la venganza, a su esposa e hija. El otro desliz en la trama ocurrió con Michelle Vega. La joven agente marcial se paró con firmeza ante un elenco que ya se había solidificado desde la temporada anterior y llegó con tanto temple como educación y carisma hasta tal punto que su muerte fue considerada tan dolorosa como innecesaria. Vega no tenía que morir, no había motivo para ella. Su deceso únicamente sirvió para poner a Jane en la disyuntiva de no saber qué hacer con su vida laborar y cómo afectaba el hecho de que Lisbon tampoco quería abandonar su trabajo. Sin embargo, el destino de la chica no tenía por qué ser así. La muerte sorprende porque The Mentalist no era un show que se caracterizara por asesinar a personajes innecesariamente. El atentado contra Michelle fue una salida fácil ante el escaso tiempo de la temporada para llevar Jane hasta el límite de sus nervios (que eso de perder a su familia también tiene su duelo) y marcar un ultimátum más para sí mismo que para la propia Lisbon.     

El triduo de episodios finales que comenzó con Byzantium (07.11) y alcanzó su desarrollo total en Brown Shag Carpet (07.12) para concluir con un entrañable White Orchids (07.13) homenajeó con loable honor lo que mejor hizo la serie en sus años dorados, cuando la trama de Red John aun se evaporaba en el aire: evocar el ocaso de un asesino en serie. Lazarusel que se levantó de entre los muertos— sirve como réquiem a la memoria del despreciable antagonista, ese mismo que opacó con perversidad las últimas temporadas tiñéndolas de rojo sangre, mientras un rostro sonriente brillaba como firma con dedicatoria en cada uno de sus trabajos realizados. Una sombra en la que la poesía de William Blake se transpiraba con escalofriante ligereza y que se desbordó sin reparo en The Great Red Dragon (06.07) para dar una última despedida magistral en Red John (6.08). Los últimos dos episodios incluso se dan la oportunidad de plantar guiños fácilmente reconocibles para quienes siguieron la serie desde el principio, cerrando de esa manera un círculo  casi perfecto y saciable para la mayoría, donde las fans tenían pocos fallos por señalar.

Byzantium (7.11) se encarga de inaugurar esta triada enfocada en el caso de Joe Keller, quien retrata la personalidad de Red John sin atiborrarse de ella; simplemente como fidelidad al crimen. Al final, Keller es más la reminiscencia misma de su padre (un asesino jamás capturado) que el alter ego del sheriff McAllister; pero resulta inevitable apreciar las similitudes entre ambos. Entre ellas, la necesidad irrevocable de contactar con Patrick Jane cuando éste los expone como seres dañados frente al público y la manía de marcar a los charlatanes asesinados. A los fans más acérrimos de The Mentalist la resolución del caso final les habrá parecido sosa, por no decir ridícula y no es que estén muy equivocados, eh. Por una parte, es de admirar que se las hayan arreglado para traernos una trama cíclica, circular, con su principio tan interesante y un final cerrado, pero la captura de Lazarus no deje de ser simplona y hasta graciosa. Personalmente a mi no me extrañó. La séptima temporada se enmarcó más en el desarrollo de los personajes que en los casos en sí, pasando estos últimos a un segundo plano, para dar cabida a la vida personal de quienes nos habían resultado ajenos durante tanto tiempo (una mención especial a Abbott).

El pasado de Patrick Jane se cuela apenas comienza el episodio, cuando le muestra a Teresa Lisbon el terreno que compró para construir su nuevo hogar. ¿Vas a quitarte tu alianza de bodas? Probablemente ninguna pregunta había calado tan hondo en la mente de Jane como ésta lo hizo. Quizá nos pegó tan fuerte como espectadores porque tampoco la esperábamos (aunque teníamos meses deseándola) y la desolación que impregna la música de fondo dota de esta escena con una densidad incómoda cuando en realidad era una invitación ciega a la esperanza. Y es que a estas alturas es bastante obvio que la mente de Patrick está lejísimos de la nuestra. La barrera invisible que él mismo ha levantado sobre su pasado impide ver más allá de escasísimos flashback a lo largo de los años. Es algo tan personal que ni siquiera Lisbon se había atrevido a hacer esa pregunta. Y de hecho, no tardó en arrepentirse: Apenas hizo su segunda aparición Rick Tork (Little Red Book 04.02) —con la misma ineptitud verbal que la primera vez— cuando ya había arrastrado sus pies hasta Jane para ofrecerle disculpas.

Los dos últimos episodios transcurren con la estructura narrativa típica del show pero siempre remarcando con protagonismo la evolución de Jane y Lisbon como pareja sin olvidarse tampoco de la aportación del resto del equipo (o la aparición festiva de la familia de Lisbon, que acapara la atención apenas se muestra en escena XD). Todavía más memorable resulta la ayuda que Cho aporta en la elección del vestido de novias; o la firma de papeles para la boda y el primer vistazo que Lisbon le da a su anillo y se muere de la risa. La fortaleza de Wayle en el arco final también merece su mención o la aparición de Rigsby y Van Pelt evocando con nostalgia los tiempos en que la vida era un poco más dura y tenían que rendirle cuentas a una organización sin tanto rango como el FBI.

En fin, que The Mentalist se nos ha ido en un pestañeo y éste es sólo un pedacito de gratitud por los mejores tiempos. Hubiera deseado tener más cabeza para poder dedicarle el post que se merece pero vale la pena levantar la copa y recordar aquellos gloriosos años de asesinos sin rostro, con posdatas macabras y la eterna carita que te sonreía sangrienta desde la pared desteñida en el palacio en ruinas de un reconocido charlatán.

Eso sí, sigo manteniendo la postura de que el momento cumbre en la mitología de Red John siempre será el final de Strawberries and Cream II (03.24).

Salud. Y gracias por el té. 
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Más sobre The Mentalist en el blog.

18 de feb. de 2015

¡Buenos días a la vidaaaaa, buenos días al amoooor! Turururú.

Umi Murúa. 
Hablé de un inminente colapso mental en mi publicación pasada. La he leído ayer por primera vez desde que la publiqué y hasta me he dado el permiso de sentir cierta ternura. El colapso mental inevitablemente llegó y vino acompañado del peor ataque de ansiedad que he sufrido alguna vez en la vida.

Ocurrió el viernes pasado y no se detuvo sino hasta el sábado a medio día. No sólo fue horrendo, sino desagradablemente humillante. Para ese entonces ya tenía dos problemas encima: vértigo y dolor en las encías por las muelas del juicio —que a su vez provocaban cierto dolor de cabeza— así que técnicamente yo era una bomba de tiempo a la que sólo le faltaba el ajuste necesario para estallar. Ya me había notado media rarona días antes: mientras veía algún video en el celular sentía un bajón tremendo, como esa especie de vacío que sientes en el estómago cuando vas en autobús y bajas de repente por un desnivel en la autopista, o al sentir cómo el elevador en el que vas se pone en marcha. Pero, a diferencia de estos dos ejemplos, después del bajón llegaba la taquicardia, las piernas flácidas, las manos heladas, la tensión en el cuello y esa sensación inminente de que pronto iba a morir… Así, de repente; de un infarto fulminante, una embolia y yo qué sé.

Ahora que lo pienso suena absurdo pero no mentiré al decir que en ese instante la pasé FATAL.

La crisis fuerte llegó después de estar un rato usando la laptop y de un apagón que hubo en el barrio de no más de dos minutos. El detonante fue probablemente el hecho de saberme sola en casa. No es que me da miedo la oscuridad —hace muchos ayeres dejé de temerle— sino el hecho de sentir el bajón ESTÁNDO sola en casa. Para los que no lo sepan, los ataques de pánico llegan de repente, sin aviso, y sus síntomas son muy parecidos a los de un infarto. Mi ritmo cardíaco cambió y yo sentí el golpe. Fue tremendo. El cuerpo entra en alerta máxima y esa sensación ya no te abandona: te sientes en peligro, pero miras alrededor buscando ese mal y no lo encuentras, entonces piensas que tu cuerpo está en alerta porque algo te va a pasar y lo único que se te viene a la cabeza es un infarto... Lógico ¿no? XD  

No sé si ya lo mencioné anteriormente por aquí pero no tengo miedo a morirme. No creo que vaya a dejar algo en este mundo que valga la pena, no más de lo que hay en este diario, por ejemplo. El miedo está en no saber cómo voy a morir y si va a doler mucho o no (de verdad espero que no). En esta crisis pasada estaba tan jodida, tan mareada, tan asqueada de todo, que me preguntaba muy en mis adentros por qué mi corazón aun seguía latiendo ¿En qué momento se tiene que detener? ¿Cómo será en el instante mismo que deje de latir? ¿Será mientras duermo? ¿Será en el consultorio? ¿Primero me desmayaré y luego moriré? Seguro sería un buen post.

Así que me dieron vacaciones en el trabajo ¡YEY! Pero no era así como me hubiera gustado pasarlas.

La verdad es que estaba llevando una vida muy bestia y sedentaria los últimos meses, que junto con el estrés y las preocupaciones pasaron factura y los resultados de los análisis sanguíneos hablaron: vértigo, triglicéridos elevados y anemia ferropenica. A la cama, dieta, ejercicio diario y vacaciones obligadas. Mis días de descanso me supieron a medicinas caras, consultorios médicos, lentejas, betabel y diarrea (porque para rematar me dio diarrea xD).

Estaba pendiente la operación de Umi. Mi perrita de 12 años cargaba un tumor de cinco centímetros en las ubres y había que operar porque ya estaba empezando a dar problemas dérmicos. El drama no fue que la operaran sino las idas a curar, tomando en cuenta que no tenemos auto y ya no podía caminar. Me las arreglé como pude. Pero un día, mi querido gatito que tanto amo, quiero y aprecio (¡bastardo malagradecido!) decidió que era muy buena idea pelearse con otro gatito del vecindario. El problema no es que se haya peleado, el problema es que el otro gato le clavó la uña en la frente y pues a los dos días tenía un absceso de pus que olía tan mal como se veía. Sí, mi gato se estaba pudriendo. EL.DRAMA. Al final conseguí llevarlo con el veterinario minutos antes de llevar a Umi, para que lo sedaran y pudieran sacarle tanta miseria acumulada.

A Umi tocará llevarla a retirar los puntos quizá este fin de semana y al parecer todo salió bien. ¿Yo me quité todo el estrés o descansé en estas vacaciones? No, ni de chiste. Lo bueno de todo esto es que me dieron un anti-depresivo por dos meses y aquí estoy repartiendo magdalenas y gardenias desde mi habitación hasta el ciberespacio.  Besitos vitaminados. :* 

2 de feb. de 2015

¿Pero éste drama de qué va y por qué yo no sabía nada?

Ehm, creo que necesito vacaciones. Así, como con urgencia.

¿Alguna vez han sentido esa terrible sensación de ahogo que se produce cuando aguantan la respiración por mucho tiempo? De pequeña me pasaba a menudo, casi siempre antes de dormir, cuando las luces se apagaban y la casa se quedaba a oscuras. Trataba de llenar mis pulmones de aire, pero no importaba cuánto inhalara, la sensación de insuficiencia se quedaba hasta que lograba dormirme. Tiempo después descubrí que eso que experimentaba era un ataque de ansiedad y aprendí a controlarlo (nunca totalmente). En aquel entonces el ataque se producía por miedo a morir dormida, por el terror que me producía la oscuridad o por el temor que me daba tener una pesadilla y mojar la cama (me pasaba muy rara vez y era horrible). Mi manera de evitarlo era dormir cerca de alguien —casi siempre con mi madre o mi hermana— y rozar con mis dedos parte de su ropa o su piel. Sólo ligeramente. Un poquito. Sentir que estaba tocando algo vivo me daba la seguridad de pensar que la vida no se me iría mientras dormía. Sí, suena estúpido, pero a los seis años eso evitaba que me sudaran las manos, me faltara el aíre y provocara que el corazón me latiera a mil por hora cada vez que era la hora de dormir. Otra opción era irme a la cama antes que todos, cuando las luces aun estaban encendidas y mis padres despiertos, pero casi nunca tenía sueño.

Con el paso del tiempo esos ataques de ansiedad se redujeron bastante; era extraño tenerlos salvo específicas ocasiones: exponer un tema frente a mis compañeros de escuela, realizar un trabajo en equipo, la entrega de calificaciones o cualquier cosa que implicara presentarme sola frente a una persona de mayor edad y autoridad. Sin embargo, sigo teniendo muy presente ese agobio, esa figurativa falta de aire que se produce cuando la ansiedad me supera (sin necesidad de que sea un ataque en sí) y se apodera de mi rutina durante semanas o incluso meses. Como una persona con Trastorno de la Personalidad por Evitación (TPE) y además asocial, es muy fácil distinguir cuando lo primero se antepone a lo segundo. No es siempre, no es todo el tiempo, no es todo el año, pero cuando sucede lo reconozco. Trato de llevarlo lo mejor que pueda, trato de superarlo sabiendo que vendrán días más despejados e intento continuar con mi rutina. Es algo personal; siempre lo ha sido. Algo que se sufre en silencio. No es fácil; de hecho, ya se me había olvidado lo que es vivir estresada todos los días. Este blog nació una noche de asfixia y desolación; nació adolorido y dañado (lo expliqué por aquí). Nació por la necesidad de expresarme ante un medio que sentía mío, desde que lo conocí, siendo sólo una niña, cuando el Internet era un sonido imposible que nacía de las entrañas de un teléfono conectado a la computadora. Este blog vio la luz en aquellos días universitarios que hoy, al pensar en ellos, me acarrean sólo sentimientos de frustración tan profunda que no me apetece traerlos al presente.   

Está de más decir que estoy feliz en mi trabajo. Es un trabajo chiquito, de mi propia familia paterna. Un trabajo que aprecio, valoro y quiero mucho, y que me ha permitido soportar más bullicio social del que jamás me hubiera podido imaginar en las tres décadas que están a punto de caerme encima. He interactuado con gente buena, jóvenes educados y niños a los que quisiera congelar en el tiempo para que no se esfume esa ternura que se les derrocha por la cara. (También me he topado con gente grosera, prepotente y mimada, pero no me apetece recordarlos). El asunto es que, cuando te haces mayor —dejas de ser estudiante y te convierte en trabajador— los días más preciados de tu infancia se convierte en tu peor pesadilla. Sobre todo cuando trabajas en un lugar donde las vacaciones son algo así como ¡LA MEJOR ÉPOCA DEL AÑO PARA VENDER! En ese caso mi felicidad se anula donde comienza la tuya. Y el estrés se apodera de mí. En realidad, hace muchísimos inviernos que la Navidad ya no tiene para mí el significado que tenía antes. Cuando era pequeña, esos días se convertían en la época de las semanas sin escuela, primos en la casa de la abuela y pijamadas interminables. No creo que sea una queja, sino una confesión. Tampoco me provoca depresión. Sino estrés. Agobio. Ansiedad.

Éste último mes de diciembre fue el rey de todos los meses ansiosos que he tenido en mi vida. Todo comenzó una semana antes de Navidad (supongamos que aquí fue donde empecé a aguantar la respiración; eso que mencioné al principio), cuando mi mamá fue internada de urgencia por un dolor que tenía en el vientre, al lado de la vesícula. El asunto en cuestión nos abordó a las dos solas. Mi papá estaba fuera de la ciudad y mis hermanos en Culiacán. ¿Saben el peso que eso puso sobre mis espaldas? ¡Joder! ¿Yo en una situación así? Ahí estaba, la más cobarde de la familia, con TPE, el colón irritable a full y el Síndrome de la Bata Blanca que me acompaña desde niña. Ahí, en un hospital que está donde da la vuelta el aire y empieza el estado de Nayarit. A las doce de la madruga, con mi madre y su dolor a cuestas. Fui valiente. Con mi adrenalina hasta el límite y mi mamá gritando que se moría, pues bueno, ahí me tenías maldiciendo a todas las ciencias médicas y sus ilustres declamadores del juramento hipocrático. Esa específica semana fue una mierda total (perdonen la expresión): ya habían pasado otro par de cositas que pusieron en jaque mis neuronas sicóticas, incluyendo una invasión de escorpiones en la casa que habitamos y la decepción tremenda que me dejó Marco Polo. Lo de mi mamá fue sólo la cereza sobre el pastel. Bueno, más bien fue la decoración que rodea el pastel de la desgracia. La cereza la puso nuestro vecino anciano que falleció justo cuando llegamos del hospital y escuchamos a las magdalenas del barrio llorar hasta el arroyo de nuestro pueblo. El anciano me caía bien. Era esa clase de persona que inclinaba su cabeza como gesto de cortesía cuando pasabas a su lado. Ese mismo día; sí, ese maravilloso día de otoño navideño, mi gato tuvo la esplendorosa idea de poseer gingivitis por el resto del año (¡Pero hay que tener pantalones para hacer eso, Maru!). Maru es el aguafiestas más reputado de mi nación. Tiene tres años y me ha amargado precisamente TRES navidades. HIJO DE PERRA (literalmente). En la primera Navidad que pasó con nosotros le dio diarrea, en la segunda lo atropelló un auto y en la tercera se le pudrió la boca. De hecho, este 2015 he empezado ahorrar para que en diciembre no se atasque todo mi aguinaldo en medicamentos para el niño mimado de la casa, porque eso ya no lo toleraría, ¡EH! XD

El veredicto final para mi madre aquella fatídica noche en el hospital era que tenía la vesícula llena de piedras y había que operar lo más pronto posible. No en plan de Emergencia pero vale, ese dolor que sintió ella no le apetecería sentirlo de nuevo y pues bueno ¡a operar!... Mi papá pidió las vacaciones antes de tiempo y a él le tocó viajar a Mazatlán y acompañarla durante los días de la operación. Mientras tanto, en mi casa seguían apareciendo alacranes como si estuviéramos frente a alguna plaga del Viejo Testamento. De hecho, le he dicho a Jesús que le diga a su papá que hay formas más bonitas de decirme que no me quiere.
[No contaré de aquella vez que me cayó aceite hirviendo en el labio, ni aquella otra en la que un pedazo de tortilla dura se incrustó en mi ojo, porque hay un límite para la vergüenza propia y estoy a punto de superarlo.]
El asunto en cuestión es que todo ese tiempo estuve trabajando. Y en vacaciones decembrinas mucho más. El día que mi madre fue dada de alta (a las 7h de la mañana), mi hora de entrada era a las 8h lo cual me jodió mucho por dentro y por fuera porque no dormí ni un segundo en toda la madrugada que mi madre estuvo hospitalizada. Ese mismo día tenía que volver al trabajo de 20h a 22h pero me caí rendida sobre la cama y desperté hasta el año 2035 después de Cristo, llegando tarde y quedando en ridículo con medio mundo, el cual no es mi pasatiempo favorito.

Ha pasado ya un mes de aquello, y dos o tres días de descanso semanal, y sigo sosteniendo el aire. La ansiedad está a tope. Siento que no he descansado desde aquel absurdo diciembre. No me haré la sufrida pero frustra un poquito, oye. Sobre todo porque los días no me saben a nada. Ni aquellos en los que trabajo, ni aquellos en los que descanso. Y al parecer será así hasta medidas de febrero, lo cual agobia un poquito más. Estoy intentado lidiar con ello lo mejor que pueda pero ¡Pfff! Incluso eso cansa. Y es aquí donde he llegado a la conclusión de que NECESITO VACACIONES. Y como no quiero pedirlas sino hasta marzo pues me vengo a desahogar aquí porque este blog está para eso y mucho más ¿no? XD Sí.

Hace un par de años, cuando descubrí que mi drama social tenía nombre y estaba catalogado dentro de los trastornos de la personalidad que llevan inquietando a los psicólogos desde que se dedican a sus labores, intenté buscar un refugio cibernético donde pudiera encontrar a otros como yo. Por ahí alguien mencionó que conocer a gente que pasa por el mismo problema que tú te ayuda a expulsar esa sensación de desolación cuando sientes que nadie te entiende. Encontré un foro privado (en el cual nunca fui aceptada) y mandé una solicitud de amistad a un grupo de Facebook que iba directo al grano y se llamaba así, Fobia Social. Nunca he publicado nada ahí, jamás me he presentado, no doy deditos arriba, ni comentado nada porque aquí es donde mi asocialidad se asoma: estas personas no me interesan en lo absoluto. No me apetece interactuar con ellas, ni ofrecerles mi experiencia y sobre todo los post son tan erráticos y diversos que me aterran tanto como me confunden. Eso sí, gracias a ese grupo he aprendido a apreciar infinitamente a mis padres: los pilares que sostienen lo que soy; lo que siempre he sido. Es depresivo hasta límites irrisorios pasear por el Muro de este espacio para atestiguar la amargura de quienes desahogan ahí sus penas. Una válvula de escape que jode más al lector que al que publica (y quizá más a los moderadores). Chicos y chicas que tienen su autoestima embarrada en el suelo y pulida con tristeza. Entes miserables que escupen cuánto dolor traen a cuestas: desde la indiferencia de sus familias, hasta hostigamientos estudiantiles o laborales, e ideas suicidas. Entonces pienso en quienes me rodean y la vida tan maravillosa que he tenido desde pequeña. Incluso, en mis peores días en la escuela, siempre podía dar la media vuelta y regresar a casa, donde sabía que jamás me sentiría rechazada. Mis padres, esos seres maravillosos que seguramente han acumulado más decepciones conmigo que con cualquiera de sus otros dos hijos, jamás me han exigido algo que roce los límites de mis capacidades. Siempre me han dado la libertad de elegir. Además, han respetado mi personalidad como muy pocos lo harían. Jamás terminaré de agradecerles tanto.

El problema es ese, teniendo TPE no ha sido suficiente para que mi asocialidad me permita identificarme con quienes lo sufren día a día. Lo cual me provoca un poco de pena propia (poquito nada más), porque es complicado confabular dos toques tan peculiares como la fobia social y la asocialidad para desembocar en el combo break! que soy yo. Veo a estas personas en ese grupo de Facebook, ansiosos por encontrar amigos, novios o una cura para su trastorno y simplemente no puedo comprender por qué querrían hacerlo.

Vale, basta de melodramas. El asunto es que necesito vacaciones lo más pronto posible o tendré un colapso mental mega épico que para qué les cuento. Luego les hablaré de mi dolor de encías, el vértigo que traigo encima y la operación de Umi para removerle un tumor la próxima semana. 

15 de ene. de 2015

"Solo Dios sabe cuánto te quise"

A veces me gustaría conocer por qué motivo las historias de Gabriel García Márquez me despiertan tanta ternura. Es un sentimiento espontaneo, inocente, incluso diría que injustificable. Y no habla en mí la voz de la experiencia, sino mi lado primigenio con las obras del autor. Sólo he leído Cien años de soledad, y hace unos minutos concluí El amor en los tiempos del cólera, pero a estas alturas estoy empezando a creer que todos sus trabajos me inundarán en mayor o menor medida con ese absurdo sentimiento tierno, como lo han hecho los dos que ya pasaron por mis manos. No es una molestia, faltaba más, porque pensándolo bien es precisamente eso —y no el Nobel de Literatura que carga a sus espaldas desde el ’82 o sus ideologías sociales y políticas—, lo que consigue adéntrame a sus novelas con tanta facilidad como muy pocos autores lo han conseguido alguna vez. Y es que el bueno de Gabo desliza su narrativa con una cotidianidad que se gana a pulso con tanta simplicidad entre cada párrafo que termina por derramarse sin demasiado escollo antes que el primer capítulo marque el punto y aparte.  

El amor en los tiempos del cólera empuña con orgullo los restos de una Cartagena de Indias que se niega a olvidarse del fantasma del virreinato español con tanto ahínco como Florentino Ariza pone en el amor jamás materializado de Fermina Daza. En las obras de García Márquez el tiempo se congela aunque pasa, y entre página y página uno no termina de entender cómo es posible que cincuenta y tres años, siete meses y once días se hayan diluido en el espacio con suma rapidez y a la vez con tantas gotitas de dulzura. Esta es la clase de amor febril que probablemente no podría digerir en una novela romántica, pero el realismo del autor colombiano consigue atiborrar en una crónica gentil que podríamos encontrar fácilmente en nuestros propios ancestros. Florentino Ariza rompe moldes desde el principio, y lo hace sin un gramo de belleza ni juventud. Para cuando se cuela en la historia aparece como un cuervo calvo evocado por la muerte en medio de un salón enlutado frente a la viuda reciente que amó sin reciprocidad alguna. Ariza está ahí, en la escena, como el viejo decrépito que se marchitó esperando una rancia gratitud. Un Romeo jubilado en una Venecia apestosa y latinoamericana. Sin embargo, el comienzo de la historia corre a cargo del prominente doctor Juvenal Urbino; ese rival en amores que nunca supo que lo fue (y que partió de esta vida sin intuirlo jamás). Urbino se asoma al escenario con una cautela desmedida, filtrándose a la casita de un antiguo y místico amigo exiliado que planeó minuciosamente su suicidio durante décadas para no sucumbir a los caprichos más humillantes de la vejez. Un santo ateo. A raíz de eso, y en las primeras cincuenta páginas del libro, vemos discurrir las últimas horas del honorable médico que, entre sus proezas profesionales y de caché, estuvo la de erradicar el cólera en su entrañable asentamiento porteño, castigado por mil maldiciones distintas. Las virtudes del hijo pródigo del pueblo, de apellido largo y reputación intachable, chocan de manera estrepitosa al darnos cuenta del accidente estúpido que lo llevó a perder la vida. Cuando uno se topa con la narración en cuestión, nuestras emociones erráticas se bifurcan extrañamente entre la carcajada más honesta y ese dolor tan álgido que sólo podría percibirse a la luz de la muerte de un personaje que ya a esas alturas nos resultaba entrañable.

A partir de ahí el tiempo corre para atrás, rebobina la historia hasta que chocamos con la versión joven de la viuda adolorida que intenta encontrar una razón para continuar viviendo. No sólo nos habla de esa versión de la pubertad aniñada sino también del primer amor, rancio y jodido, de serenatas en el panteón de los pobres y cartas perfumadas con la inocencia de parejas imposibles. El amor en los tiempos de cólera nos trae un peculiar triangulo amorosos que jamás fue, y que el primero de los tres en palmarla fue el que no se enteró de nada. Para ser justos, el triangulo en sí nunca existió (quizá en la mente del pobre Florentino, pero nada más): Fermina Daza no le amó después de aquel romance juvenil, que ni por un pelo fue más allá de una propuesta de matrimonio absurda y del enorme muro que el padre de ella forjó entre ambos para que no se volvieran a querer en la vida. Sin embargo, el patriarca de los Daza no consiguió con su sentido estricto lo que el tiempo y la distancia resquebrajó hasta oxidarlo desde los cimientos. Cuando el padre y la hija huyen erráticos de pueblo en pueblo y no regresan sino mucho tiempo después, Fermina se topa con una realidad que la supera hasta el grado de la amargura: lo único que pudo sentir por el chico de la eterna correspondencia fue lástima; y lo esfumó de su vida casi por inercia. Después llegaría el doctor Juvenal Urbino con su altanería, guapura y perfección, que la chica encontró despreciable en muchísimos sentidos pero que aprendió a querer hasta conseguir amarlo. Sin embargo, ella nunca lo engañó. Ni con el pobre Florentino Ariza ni con nadie. Una proeza que el pulcro doctor no pudo cumplir, engañando a su virtuosa esposa con una mulata que de lejos provocó la peor crisis matrimonial de la pareja.

La peculiar prosa de Márquez se huele por toda la novela como un espectro que Cien años de Soledad ya había dejado rondar en mi memoria hace algunos años. Páginas y capítulos enteros repletos de anécdotas para dar tridimensionalidad a personajes que jamás nos resultan ajenos, y que se contraponen con una obviedad exquisita a los escasísimos diálogos que fácilmente podríamos guardar en una hoja garabateada por los dos lados. Es una habilidad que muchísimos autores desearían tener: enamorar sin hablar. Anécdota contra dialogo. Un aluvión de párrafos interminables sobre los sentimientos de algún personaje siempre conmueven más que un sequísimo “Te amo”, o una frase cursi nacida de un enamorado. Gabo consigue arrastrarnos a un torrente emocional tremendo apenas da comienzo la novela, cuando al doctor Juvenal Urbino se le va la vida en un parpadeo, y al verse ido suelta aquella epifanía que le da título a este artículo y que resuena con un dolor indescriptible en las lágrimas que se nos apañan en los ojos. Para ese entonces ya le queremos. Más o menos hemos entendido la mitad de su rutina, ideas, prejuicios y decepciones, para que en el momento de su muerte la tristeza nos conduzca sin remedio a la desolación que dejó en la propia existencia de la mujer a la que más amó en la vida.

Por otro lado, Fermina Daza siempre fue un enigma; y de los buenos. Podríamos tacharla de mil cosas, pero jamás de imprudente. Si algo la hizo sobresalir como la envidia de todo un pueblo fue por su inteligencia, testarudez y valor. La honorable Fermina mantuvo su dignidad en alto siempre que le fue posible. Incluso cuando aquel chico de vestimenta de anciano y manías voyeristas le extendió la carta con caca de pájaro que le marcaría la existencia por siempre. La chica del eterno uniforme colegial tuvo suerte y ésta la seguiría incluso hasta la última página, cuando su amor contrariado dio la orden de mantener un buque en marcha con la bandera del cólera en alto hasta el fin de los tiempos. Si bien es verdad que a Florentino la vida le pareció una fracción de segundo, es Fermina la encargada de plantarle la bofetada al tiempo. Atreves de ella atestiguamos las cinco décadas que Ariza dejó pasar embelesado con la idea de conquistarla. Para cuando éste se da cuenta de que las primaveras mueren sin pedir permiso, los días ya habían oxidados los engranajes de su propia rutina. La historia no resultaría tan entrañable si el carácter de Daza no pecara de orgulloso; de alguna manera es precisamente eso lo que Florentino Ariza y Juvenal Urbino encontraron tan atractivo. La altiva personalidad de ella se exterioriza de manera dramática en sus frases directas, toscas y contundentes. Con el cuello en alto y la espalda recta aprendió los gajes de la vida en pareja con una maestría excelsa y prodigiosa que, conforme la hazaña de sus años pasan, ella reforma con fina elegancia hasta volver exquisita la aburrida rutina matrimonial, con un habito que consigue enraizarnos el corazón en un comienzo tan afectuosos como senil (y que alcanzaría su máximo esplendor en ese último capítulo que saboreamos con destellos de eternidad).

En fin, una novela preciosa, con un escenario aldeano y porteño, que despierta en nosotros la necesidad del recuerdo primitivo de entender a aquellos que nos antecedieron en esas antiguas décadas que se asemejan a los siglos. Lo mejor de García Márquez siempre viene repleto de grandes dosis de soledad dolida, de personajes tan comunes cuya peculiaridad les otorgan el brillo de los héroes cotidianos: parejas de amores imposibles en pueblos innombrables, narrando cuentos bañados de nostalgia que agrietan la memoria con heridas que destilan enormes cantidades de ternura íntima; esa ternura que se sabe tan pecaminosa como inocente.  

9 de ene. de 2015

Scrapbook 2014

Esto es meramente decorativo y poco productivo. Es sólo para verificar que durante el año 2014 perdí el tiempo en algo entretenido xD. Me lo he visto en el blog Road To Xing de teniente_ross y lo he encontrado precioso. :)  

EDITADO Viernes, 09 enero 2015: Publico esto como post y edito la página del blog del apartado superior para trasmutarlo en el Scrapbook 2015 y comenzar desde cero :) Al final no he leído tantos libros como me hubiera gustado, EH (leer 15 libros en un año me parece una grosería imperdonable XD) pero bueno, aquí está un nuevo año para mejorar mucho más. :D
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☂: Justifica suicidios colectivos.
☂☂: Nada mal pero podría ser mejor.
☂☂☂: Valió la pena el tiempo invertido.
☂☂☂☂: Me mantuvo pegada al asiento sin parpadear.
☂☂☂☂☂: HAZTE FAN.
☂☂☂☂☂☂: Mientras veo unicornios azules y arcoiris en el cielo pienso que mi vida jamás volverá a ser la misma. 

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[R]: Rewatch/replay/relectura.
[E]: En español.
[VOS]: En versión original con subtítulos.
[I]: En inglés.

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PELÍCULAS
01. Beasts of the Southern Wild (Benh Zeitlin, 2012) [R][VOS] 
02. Life of Pi (Ang Lee, 2012) [R][VOS] 
03. No se aceptan devoluciones (Eugenio Derbez, 2013) [E] 
04. Sherlock Holmes (Guy Ritchie, 2009) [R][VOS] 
05. Holmes & Watson. Madrid Days (Jose Luis Garci, 2012) [E] 
06. Les Misérables (Tom Hooper, 2012) [R][E] 
07. Thr3e (Robby Henson, 2006) [VOS] 
08. The Little Prince (Stanley Donen, 1974) → [R][VOS] 
09. Gravity (Alfonso Cuarón, 2013) → [VOS] ☂☂☂☂☂☂
10. Pacific Rim (Guillermo del Toro, 2013)  [VOS] ☂☂☂☂☂
11. Nosotros los nobles (Gary Alazraki, 2013) → [E] ☂☂☂
12. Frozen (Chris Buck, Jennifer Lee, 2013) → [VOS] ☂☂☂☂☂
13. August: Osage County (John Wells, 2013) → [VOS] ☂☂☂☂
14. Third Star (Hattie Dalton, 2010)  [VOS] [R] ☂☂☂☂☂☂
15. Star Trek (J.J. Abrams, 2009) → ☂☂☂☂
16. The Lego Movie (Phil Lord, Christopher Miller, 2014)  ☂☂☂☂☂
17. The Perks of Being a Wallflawer (Stephen Chbosky, 2012)→ [R][VOS] ☂☂☂☂☂
18. The Book Thief (Brian Percival, 2013)→ [R][VOS] ☂☂☂☂
19. The Boxtrolls (Anthony Stacchi, Graham Annable, 2014) ☂☂☂
20. Camino (Javier Fesser, 2008) → [E] ☂☂☂
21. The Fault in our Stars (Josh Boone, 2014) ☂☂☂☂
22. The Phantom of the Opera (Joel Schumacher ,2004) [VOS] [R] ☂☂☂
23. Pride & Prejudice (Joe Wright, 2005) [VOS] ☂☂☂☂☂☂
24. Iron Man (Jon Favreau, 2008) [VOS] ☂☂☂☂☂
25. Iron Man 2 (Jon Favreau, 2010) [VOS] ☂☂☂☂☂
26. Tangled (Nathan Greno, Bryon Howard, 2010) [VOS] ☂☂☂☂☂

LIBROS
01. Tr3s (Ted Dekker) [E] 
02. Canción de Hielo y Fuego: Tormenta de Espadas (George R. R. Martin)  [E] 
03. El Principito (Antoine de Saint-Exupéry) [R][E] 
04. La cabeza de los italianos (Beppe Severgnini) [R] ☂☂☂☂☂
05. El legado de Siberia (Ann Halam) → [R][E] ☂☂☂
06. El mundo y sus demonios (Carl Sagan) → [R][E] 
07. El océano al final del camino (Neil Gaiman) → [R][E] 
08. El Güilo Mentiras (Dámaso Murúa) → [R] 
09. Un Mundo Feliz (Aldous Huxley) → 
10. El fantasma de la ópera (Gaston Leroux) 
11. La ladrona de libros (Markus Zusak) 
12. Bajo la misma estrella (John Green) 
13. El viento en la Luna (Antonio Muñóz Molina) 
14. La noche en que Frankeinstein leyó El Quijote (Santiago Posteguillo) 
15. Orgullo & Prejuicio (Jane Austen) 

SERIES DE TV & ANIME
01. Hannibal (S01) [VOS] 
02. Castle (S06) [VOS] 
03. The Mentalist (S06) [VOS] 
04. Sleepy Hollow (S01) [VOS] 
05. Sherlock (S01,02,03) [VOS] 
06. Silver Spoon – Gin No Saji (S01) [VOS] 
07. Attack On Titans – Shingeki no Kyojin (S01) [VOS] 
08. Yamishibai: Japanese Ghost Stories → [R][VOS]  
09. Breaking Bad → [VOS] → 
10. Game of Thrones → [VOS] → 
11. Outlander [VOS] → 
12. The Following [VOS] → 
13. The Mentalist (Season 7) [VOS] → 
14. Ripper Street (Season 1, 2, 3) → 

CÓMIC & MANGA
01. Silver Spoon – Gin No Saji (Hiromu Arakawa) → 
02. The Heroic Legend of Arslan → 
03. Firefly: Leaves on the Wind → 

OTROS
01. The Phantom of the Opera at the Royal Albert Hall (2011) [R] [VOS] → 
02. Les Misérables: 25th Anniversary Concert (2010) [R] [VOS] → 
03. Cosmos: A Personal Voyage [R] [VOS] → 
04. COSMOS: A Spacetime Odysee [VOS] →