21/8/2014

Will you still play when all the rest of us are dead?

No, esta no es la versión que yo tengo.
De aquel otoño del año 2005 recuerdo muy poquitas cosas. De hecho, sólo recuerdo dos en este momento: una era que aun soñaba con estudiar Medicina Veterinaria algún día, y la otra era aquella obsesión desmedida que mi abuela materna y yo teníamos hacia The Phantom of the Opera (Joel Schumacher, 2004), la adaptación a la pantalla grande del musical inspirado en el clásico de la Literatura. Nuestra obsesión por este film era ridícula, sólo comparable a atascarse una cubeta de helado napolitano a escondidas de la gente para evitar la molestia de tener que invitarles, escuchar al grupo Mercurio con los audífonos puesto para evadir explicaciones de todo tipo o llorar a lágrima tendida cada vez que veíamos Titanic (James Cameron, 1997). Pero mi abuela y yo éramos muy hardcore en estas cosas y podría jurar que nos atragantamos viendo este film más de ocho veces el mismo mes, lo cual implicaba dormirse después de la media noche, achuchadas únicamente por las frazadas que nos rodeaban, nuestros sentimientos a flor de piel y la música de la noche brotando de la TV. El día que mi abuelita abandonó nuestra casa para trasladarse a vivir con mi tía —donde un par de años después moriría— tomé el DVD de la película y me negué a volver a verlo en un futuro cercano. Terminó siendo vendido en aquella venta de garaje de la cual jamás escribí una segunda parte y en la que también logré deshacerme de dos versiones que tenía del libro (aun hoy me acurruco en mi cama llorando por eso, lo juro) quedando el Fantasma olvidado y relegado de mi memoria por más de un lustro, hasta que fangirlié como se fangirlean las cosas bellas al ver la edición especial del 25° aniversario del musical y me felicité a mí misma por aun tener las canciones muy guardaditas en mi corazón.   

Vale, retrocedamos un instante: sé que esa no fue la mejor manera de acercarme por primera vez a la obra de Gastón Leroux; que algo mejor hubiera sido leerme el libro o ya de perdida ver la puesta en escena que en México dejó de existir cuatro años antes de aquel momento, pero oye, algo peor que eso hubiera sido leerme la versión condensada hasta niveles irrisorios que descansaba en la estantería de mi casa (una edición viejísima de bolsillo que no superaba las 100 páginas) o fumarme a mis 17 años el librito infantil que me regalaron a los 10 con la portada más adorable ever. Pero en aquel entonces eso no iba conmigo, así que ni siquiera lo intenté mínimamente. Además, yo siempre he tenido mis pegas fuertes con los clásicos, a los que miro a la distancia con el respeto que se merecen por derecho propio y con toda la rigurosidad que me permite mi mediocridad a la hora de leerlos. Es algo que ya expliqué antes, cuando opiné sobre Un mundo feliz, la perturbadora obra distópica de Aldous Huxley que hasta el día de hoy me produce pesadillas estando despierta. De hecho, poniéndome en plan serio diría que los libros de peso antiguo que he leído se limitan a cinco o seis, contando éste, del que hoy les vengo a hablar.

Hace una semana encendí la TV después de meses, literalmente, de no hacerlo y me topé con la película del musical haciendo que un torrente enorme de nostalgia y recuerdos cruzara por mi mente. Un sentimiento bonito que no experimenté cuando vi el concierto del 25° aniversario, a pesar de la exaltación que sentí en aquella ocasión en la que me pareció tener el corazón en un puño durante más de dos horas continúas. Recordé entonces aquel otoño en el que mi abuela tarareaba “Masquerade” mientras contestaba su crucigrama por las mañanas y yo limpiaba la habitación que compartíamos con la tonada del tema principal en la cabeza. Fue más o menos en el cuarto o quinto visionado cuando mi abuela pudo recordar por fin la letra completa en español de “Music of the Night” que ella conocía como “Música en la oscuridad” de la cual nunca me supo dar explicaciones de cómo la aprendió y dónde, siendo junto con “Memories” de Cats dos temas castellanizados que me grabé en la mente a base de tanto escucharlos a diario de su boca. Pero eso fue una década atrás. La cosa cambia al ver la película desde la perspectiva del que ya conoce el musical y el trasfondo de los personajes, por lo que los peros comienzan a tener el sentido que diez años atrás los dejé pasar por mera ignorancia. Igualmente el film se lo recomendaría a cualquiera que le gusten las versiones cinematográficas de musicales pero que no necesariamente pretendan que los superen, comprendiendo que son universos totalmente distintos. Sí la recomendaría, por ejemplo, como una mera introducción a la obra de Webber que, dicho sea de paso, podrían pasar por mis ojos trescientas veces y dudo muchísimo que me canse. Pero en el caso del film de Joel Schumacher se da exactamente el mismo caso que con la obra de James Cameron, la nostalgia de épocas pasadas supera mi más acérrima crítica contra ellas (si es que existen) y fácilmente podrían caer una y otra vez en cada ocasión que la oportunidad de verlas se asoma por mi ventana, sencillamente porque me remontan a aquellos tiempos en los que las cosas eran más fáciles y disfrutables y todo me parecía jodidamente maravilloso; ¿para qué mentir?

La personificación de Lon Chaney como
el Fantasma logró aterrorizarme
de pequeña.
Mi problema con los musicales no es que me gusten, sino que me hipnotizan y por lo tanto me embrutecen a niveles alarmantes. Tengo carpetas en mi laptop con los OST de obras que jamás veré arriba de un escenario pero que adoro escuchar a tope cada vez que me llega la oportunidad de hacerlo: Evita, Jesucristo Superestrella, El violinista en el tejado, Sweeney Todd, Chicago, La bella y la bestia, El fantasma de la ópera, Matilde, El Rey León, Los miserables, Cats, etcétera. Es decir, lo mío es grave, siempre lo ha sido. Sin embargo, ya sabemos que la mayoría de los musicales suelen tener un trasfondo; aquello que les dio origen. Es eso mismo lo que me llevó a leer Los Miserables de Víctor Hugo años antes de ver la adaptación cinematográfica del musical o sentarme en mi ordenador para leerme la historia de Leroux después que la película de Schumacher desplegara sus créditos finales la semana pasada, casi diez años después de rencontrarme con ella. Para aquel entonces, el Fantasma se limitaba a ser para mí la imagen que vi a los seis años de edad de un terrorífico hombre que tiraba más a vampiro putrefacto que a ser humano, impreso en una página de un viejo libro llamado Los poderes desconocidos (Reader's Digest, 1982) donde se hablaba largo y tendido de los personajes más terroríficos del cine antiguo. La interpretación de Lon Chaney como el Fantasma lograba erizarme tanto la piel como aquella fotografía del Nosferatu de Max Schreck plasmado a su lado. Drácula (1931) y la criatura de Frankestein (1931), que también tenían su cabida en ese artículo, eran una broma mal contada al lado de ellos.

Pero leerme la novela en mi laptop jamás terminó de convencerme, ni siquiera cuando ya iba por la centena de páginas. Y es que el formato de libro electrónico aun no consigue enamorarme. Vamos, ni siquiera me gusta. A favor de los ebook puedo decir que nunca los he leído como debe de ser, es decir, en un dispositivo diseño para eso, por lo que es entendible que leer en una tablet, celular o laptop se convierte en algo cercano a una tortura para mi retina más que un tiempo provechoso (o por lo menos disfrutable). Un segundo intento —fallido— consistió en descargarme el audiolibro de la novela en cuestión. Admito que lo disfruté un poquito más: la voz del narrador lograba con sus tonos y su estilo agregarle ese halo misterioso pero entrañable a una obra que ya por su nombre provocaba escalofríos. Desafortunadamente el problema recayó donde mismo: la vista se cansa más rápido que el oído. Al final, terminé debatiéndome entre las ganas de saber más de una historia que comenzaba a tomar un vuelo apasionante y mi renuencia para continuarla únicamente por medio del audio, así que decidió pausarla y buscar el libro físico en el centro comercial de mi ciudad con la posibilidad de no encontrarlo porque jamás en la vida lo había visto ahí. Por cosas maravillosas de no sé cuántos dioses de universos alternos encontré dos versiones de la obra de Leroux escondidas en el último anaquel de la sección de libros. Uno de ellos era un libro juvenil (bastante delgado, para mi gusto) con una portada terrible editada con Paint que no me convencía ni regalado y por otro lado estaba otra edición con un mayor grosor que, como portada, utilizaba una pintura preciosa de @EvangelineDrawing basado en los personajes de la película de Schumacher (de hecho, es calcada de una imagen promocional real) con un precio absurdo si nos ponemos a sopesar la idea de que estamos hablando de un clásico.

Vale, nunca he sido muy fan de los libros que usan imágenes de sus adaptaciones televisivas o cinematográficas para decorar sus portadas, ni aquellas donde una persona física aparece en ella para darte más o menos una idea de cómo será el o la protagonista de la historia. Siempre he sentido que te obligan a crearte una idea restrictiva respecto a cómo podrías imaginártelo tú, lo cual no creo que sea muy correcto. Hay excepciones, claro: la portada del libro Cometas en el cielo (Khaled Hosseini, 2003) me sigue pareciendo una joyita muy tierna. En el caso de El fantasma de la ópera no voy a negar que ésta sea preciosa, pero tampoco ignoraré que el personaje de Webber difiere físicamente del que Leroux nos narra; así que, conociendo que hay gente que compra libros por su portada (¡hola!) no está demás mencionar que el verdadero Fantasma es más grotesco y descarnado que la peor versión que se haya hecho algún día de la obra musical. En lo que a mí respecta ésta es la mejor portada con la que me he topado en español (en inglés hay algunas rescatables) por lo que no la cambiaría por nada; pero eso sí, seguiré esperando una edición digna de coleccionistas, ¿eh? Que quede constancia, xD.

Ésta es la versión que yo tengo. 
¡El libro me encantó! Ya sé que ésta es la frase más trillada que puedo decir en estos casos pero no puedo evitarlo. Una vez que superé esa aversión inherente al dialogo políticamente correcto (los clásicos tienen esas frases que parecen calcadas de un libro de buena conducta que a mí me repelen de manera alarmante xD) comencé a apreciar cada vez más la historia que se me estaba narrando. El primer acierto de Leroux —como periodista antes que literato— es presentarnos su obra como si ésta fuera una investigación, logrando con ello darle una profundidad y un realismo que de otra manera hubiera resultado forzado, quizá un poco falso. Entonces, no está de más aplaudir que comenzara el prefacio, no sólo en primera persona, sino con una certeza contundente: el fantasma de la ópera existió. Develando con bastante antelación el resultado del misterioso caso que deseaba mostrarnos con todo lujo de detalle en las siguientes páginas, y añadiendo un peso mayor a la creciente incertidumbre de no saber a quién se está refiriendo pero que, sin embargo, su sola mención hace que un escalofrío nos recorra el cuerpo.

Es también aquí, al principio, donde podríamos percatarnos de lo que para mí es su mayor defecto: su lentitud para tomar vuelo. Las primeras páginas se sienten pesadas, a pesar del esfuerzo que hace Leroux para mantener la intriga con apariciones crípticas y fugaces de ese ente de ultratumba que no se deja ver y cuyo vacío termina por desaparecer durante el baile de mascaras, donde el Fantasma aparece ataviado como la Muerte Roja, en uno de los pasajes más reconocidos de toda la novela. Lo anterior es comprensible por la narrativa que nos presenta la historia, al contarnos una investigación que, como todas las de su tipo, tarda en avanzar. Entre anécdotas, cartas, y testimonios, tal inicio se hace llevadero y logra superarse sin mayor dificultad. Leroux tampoco logra darles profundidad significativa a varios individuos, a los que por momentos sentí secos y superficiales, casi robóticos. También resulta evidente cómo la calidad de la narración aumenta cuando Christine Daaé o el Persa—uno de los personajes más enigmáticos de la obra— toman la palabra. Algo que no me extraña, pues es gracias a ellos que logramos conocer al extraño personaje que se esconde en las cámaras acorazadas de la Ópera Garnier, un edificio que consigue un protagonismo que muy pocas veces he visto en otro libros.

Pero es precisamente en Erik donde recae todo el peso de la historia y es su carga emocional la que logra eclipsar cualquier defecto que se pueda colar en el libro, haciendo que la desabrida personalidad de los viejos y los nuevos directores del edificio quede relegada a un segundo término, junto con la falta de relevancia de Madame Giry (de la que me esperaba muchísimo más) y de la pequeña Meg, de quien apenas noté su presencia. Erik, por sí solo, despierta en el lector una serie de ambiguos sentimientos que van desde la más inocente ternura hasta el más profundo de los desprecios, logrando con ello una versatilidad de emociones que no sentí ni siquiera por la criatura de Mary Shelley, convirtiéndose en una de las figuras más memorables de los que he leído alguna vez. Y es que su historia, de por sí trágica y dolorosa, está cimentada en la humanidad misma que se cuela a pesar de su deformidad. Su carácter guarda dentro de sí una deformidad mayor que la de su cuerpo, misma que utiliza para caminar por los recónditos pasillos de la Ópera de París con un aire despótico más acorde con un tirano histórico que con un genio de la arquitectura y la música.

Su obsesión desmedida por Christine Daaé únicamente logra crear en él una aversión que el lector rápidamente es capaz de interpretar como una incapacidad de amar y ser amado, un concepto que él parece distorsionar de tal forma que la soprano le tome tanto que lo repele; a pesar de ser él quien la instruyó en el canto desde la más absoluta oscuridad con una prodigiosidad asombrosa. Aquí es donde Raoul, el vizconde de Chagny, logra tomar la relevancia necesaria para que Christine se sienta segura a su lado, siendo Erik quien los hostiga y persigue a la primera oportunidad que se le presenta, como un espectro celoso merodeando en el palacio donde habitó mientras vivía. Hay quienes critican la terquedad desmedida de Raoul o la indecisión de Christine (por momentos dudé más de su cordura que la del Fantasma), sin embargo, no olvidemos que son bastante jóvenes (no tendrían más de 22 años) y su férrea o tambaleante actitud sólo refleja su propia inexperiencia y sus miedos, que no son pocos ni son comunes. En contrapunto, la actitud misma de Erik ante ese panorama desolador consigue erizarnos la piel y volcarnos en un abanico emocional que alcanza su punto álgido al final —quizá previsible desde el principio pero no por ello menos conmovedor—, que consigue conjugar una tragedia moderna parisiense y una historia de amor que quizá nunca sucedió en realidad porque la obsesiva personalidad de su piedra angular opacó cualquier acto de raciocinio sentimental que pudiera colarse entre las páginas.  

La deformidad física de Erik desembocó en un terror general que él reinterpretó como poder. La capacidad de hacer y deshacer a su antojo todo aquello que le apeteciera manipular con su condición de horrible prodigio de las artes (el ventrilocuismo, la prestidigitación, la arquitectura y la música). No es de extrañar esa fama legendaria de un personaje tan corrosivo que ha trascendido más de un siglo, y del que se han escrito más libros de los que Laroux jamás hubiera imaginado. Quizá su popularidad se deba en gran medida a su desgraciada vida. Al final es demasiado obvio que la guerra mental del misterioso genio podría resumirse por un lado en el desprecio que la sociedad le tuvo, junto con el aislamiento al que fue impuesto por su condición de monstruo desde niño —belleza rara que jamás recibió un beso de su madre pero sí una máscara— y por otro, su necesidad de sentirse aceptado y querido por alguien aunque fuera por obligación o agradecimiento, no por nada Christine se refería a él como el ángel de la música; quizá el mayor halago que alguien le había dedicado en la vida.  

A pesar de su carácter posesivo y enfermo he logrado simpatizar con el marginado genio del Garnier como poco lo he hecho con otros personajes clásicos, entendiendo de sobremanera que esa actitud que rayaba la locura era más productos de las personas que lo despreciaron que por una maldad inherente en él. Sus crímenes pasan a un segundo plano cuando se conoce un poquito su pasado y las penurias que sufrió desde pequeño; sin embargo, Laroux no hurgar más de lo debido, temiendo con ello humanizar a un personaje cuyo virtuosismo debería parecernos excepcional  y lejano. Son otros autores, quienes, con la libertad que se los otorga en la Literatura, se han atrevido a inventarse nuevas vidas para un ser tan complejo como el que se nos presenta en esta historia, siendo dos libros los que más trascienden en este ámbito: Fantasma de Susan Kay y El fantasma de Manhattan de Frederick Forsyth. El primero nos enseña los primeros años de Erik, abarcando desde su nacimiento hasta el tiempo de libro original; el segundo, por el contrario refleja un final alternativo a la obra de Laroux dando a entender que Erik consigue huir de la turba enfurecida que desea verlo muerto y huye rumbo a Manhattan donde se establece en el parque de atracciones de Coney Island. Mientras que la novela de Kay logra el importante objetivo de desvirtuar una leyenda, logrando aportarle destellos de humanidad a alguien que parecía no serlo, el libro de Forsyth falla en su mediocridad argumental que gira desde el principio en un amor intenso pero imposible. La novela de Susan Kay la disfruté más por el pragmatismo de su protagonista, visto a través de los ojos de diversas personas, que por su narrativa (que nunca me terminó de enamorar) y el trabajo de Forsyth lo terminé por mero respeto al autor, aunque no consiguió despertar en mí un interés más del necesario. Bastante olvidable, para ser sincera, que en ningún momento parece rendirle homenaje a la mayor creación de Gastón Leroux, por lo que la decepción es aún mayor. La adaptación musical de esta última novela, “Love never dies”, también deja muchísimo que desear, pues salvo tres o cuatro canciones, el resto de la obra resulta olvidable, incluso para mí, que he adorado al reparto original desde el principio.

La conocida caja musical, tan importante en el show, no es mencionada jamás en el libro,
pero su simbolismo es mayor del que aparenta en un principio.
La adaptación de la obra El fantasma de la ópera al teatro musical es una joya innegable y ahí sí rindo mis más sinceros respetos a los responsables de su creación. Desde la puesta en escena hasta la música y la letra de sus canciones, logra evocar de manera maravillosa la esencia misma de la novela gótica que resuenan entre un número y otro, y que he aprendido a apreciar aun más ahora que la obra de Leroux ha pasado por mis ojos. Salvo la omisión de ciertos personajes de poca relevancias (o el de mayor peso, como el Persa) y un final que difiere del que aparece en papel, el acto musical sí que le hace un homenaje a la historia que le dio origen, manteniendo casi intacta la trama y añadiendo una curiosidad mayor al mítico Fantasma otorgándole el permiso de vincularse con la audiencia en temas que logran abrir una ventana a su portentosa mente con temas tan arraigados en la memoria colectiva como “Music of the Night” o “The point of no return”. Más conmovedor aun resulta el circulo que se cierra desde el principio con la caja musical del pequeño mono que tintinea la melodía de “Masquerade”, cuya letra adquiere un distorsionado significado muy alejado del colorido baile que aparece después del primer acto, cuando brota con melancólica tristeza de la boca de un humano tan dañado como él: Masquerade! Hide your face so the world will never find you. Pero, como lo mencioné anteriormente, el aspecto físico del personaje creado por Andrew Lloyd Webber difiere de aquel que Leroux imaginó cien años atrás, más cercano a la soberbia personificación de Lon Chaney que cualquier otro que se haya hecho jamás. El Fantasma del musical (del que jamás se menciona su nombre) se yergue en una galantería que logra cubrir con maquillaje, peluca y una preciosa media máscara, ocultando sus imperfecciones ahí donde nadie pueda verlas pero mostrando su misma distorsión de la realidad que hace obsesionarse con la soprano estrella recién descubierta en la ópera, y a la cual él se encargó de instruir.

Ésta suprema novela de Gáston Leroux la recomendaría una y otra vez; nunca creí que lo disfrutaría tanto como lo hice. Siempre tuve la idea de que este libro guardaba cierta semejanza con Nuestra Señora de París de Víctor Hugo (obra del autor francés que leí en mi infancia en una versión condensada), quizá por la deformidad de ambos personajes y el devastador desenlace de las dos historias, pero mirándolo desde esta perspectiva, la novela de Víctor Hugo termina siendo más cruel que la de Leroux pero no por ello menos importante. Los clásicos me seguirán dando tanto miedo como siempre lo han hecho, pero obras como esta me invitan a darles una oportunidad y a no juzgarlos tan precipitadamente, dejando que marchen a su ritmo, dándoles su tiempo para develar la trama. Algo parecido me sucedió con Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley, una novela que adoré desde la primera lectura, algo que no sucedió con Drácula de Bram Stoker, un trabajo que encontré demasiado pesado para mi gusto y que sin duda algún día haré el esfuerzo de terminar. Mi verdadero problema con los clásicos literarios es la necesitad inquebrantable de querer que me gusten, y es un pensamiento con el que estoy luchando, pues sé que no debería ser así, pero en fin.

Aplaudo muchísimo al abanico de emociones que esta historia a vertido en mí y poder cerrar por fin este arco que comenzó hace 10 años cuando aquella película musical se asomó por la pantalla de mi TV mientras mi abuela y yo buscábamos una y mil formas de divertirnos una fría noche otoñal. Por mi parte, siempre recordaré al fantasma de la Ópera de París, que deambuló como alma en pena por aquellos inacabables pasillos, guaridas y pasadizos subterráneos, añorando un poco del respeto que siempre le fue negado por aquellos que sólo le temieron, mirándole con asco. Don Juan Triunfante, dañado y herido, que logró con su música y arte acaparar los más finos sentidos de la alta sociedad francesa, gracias a la agraciada voz de la soprano que le robó el corazón, la voz, la vida y el aliento mismo. Esa misma mujer que al final terminó por arrebatarle el último centímetro de cordura que su inteligencia le permitía, desembocando en el trágico final que, mirándolo con frivolidad, logró darle la libertad que la vida jamás le pudo otorgar.      

5/8/2014

La vida es una tómbola, tó, tó, tómbola...

¿Hola?
¡Por fin he regresado! Julio ha sido un mes olvidable. Hay mil motivos para ello pero ninguno digno de mención; pero los mencionaré igualmente xD.

A veces me convenzo a mí misma de que soy normal, ¿vale? De que no tengo ningún problema para salir ahí afuera y enfrentar al mundo. Lo cierto es que no es así y cuando todos los problemas se alinean uno a uno para darme una bofetada en la cara así tal cuál, es cuando termino con un colapso mental memorable, épico e inolvidable.

Las vacaciones del resto de los mortales no son mis vacaciones, así que es en esa época cuando más me toca trabajar. No es un trabajo extenuante; es cansado, eso sí. Agotador para mí hasta decir basta. Si a eso le añadimos mi intolerancia al calor, la ranciedad de la gente, la ausencia de la paciencia en mi querido pueblo camaronero, junto con la presión, el agobio y la jodida gripe que nunca falla pues básicamente yo era una bomba de tiempo a punto de estallar. Eso fue tooooodo julio. Un mes que me ha parecido asqueroso y pegajoso hasta decir basta y al que me apetece enterrar a diez metros bajo tierra y muy fuera de mi vista para toda la eternidad.

Aunque en Camarolandia City hace calor hasta muy entrado noviembre, agosto es el mes en el que los días más ardientes se despiden y poco a poquito el horror va menguando. Además, técnicamente es en esta época del año en la que comienzan las lluvias en este rinconcito del mundo y todo me parece maravilloso aunque sea mentira. Una ilusión. Un sueño. Pero yo vivo muy pancha creyéndolo, déjenme. :D Y de pilón, es en este mes cuando se terminan las vacaciones para muchos y… everything is awesome! Volvemos a la rutina de siempre. Las rutinas me gustan, son perfectas y seguras. Siempre lo mismo, una y otra vez.

Y lo triste de esto es que terminé exhausta de julio y mirando en retrospectiva creo que no hice nada que lo justifique, por eso comencé a tope con agosto. Una vez que las visitas se fueron y la casa quedó semi vacía, sacrifiqué estos últimos tres días para darle una limpieza memorable que no pienso volver a realizar hasta diciembre del año que viene, justo antes de poner el pino navideño. Para bautizar el momento una abeja moribunda decidió picarme la planta del pié derecho (y le pido a cualquier supersticioso que se dé la media vuelta y se vaya por donde vino porque no lo necesito). Ahora la herida en cuestión me da unos piquetes que para qué les cuento. Mejor dejémosle ahí.

Hace 30 días tenía pensado escribirle una opinión personal muy digna al libro de Markus Zusak que me compré hace dos meses pero toda la inspiración se desbordó por mi cabeza por el estrés que traía a cuestas y al final he decidido postergarlo para una segunda lectura que seguro caerá antes de que termine este año porque la historia me ha parecido preciosa. :3 El estrés de estas semanas pasadas también provocaron que se me quitaran las ganas de leer Los viajes de tuf y que votara al cajón El viento de la Luna, un libro que me estaba pareciendo una ternura en su cotidianidad. Ya lo retomaré los próximos días. Ponerme al orden que las series que he dejado relegadas hasta nuevo aviso es una de mis prioridades también, que ya se están acumulando y me parece fatal. Así que, mientras trato de acoplarme otra vez a la rutina me dedicaré a perder el tiempo las últimas horas de el día de descanso que me quedan. Adiós :D 

1/7/2014

Yo, mis libros y mis dramitas dentales (no en ese orden).

Ay, el olor de libros nuevos. 
La dentista me ha dicho que deje de montar mis dramas monumentales porque así, a bote pronto, no se me ven caries y concluye que lo más probable sea que 1) las mulas del juicio me estén modificando la dentadura (lo que no es bueno, por supuesto que no) y que de ahí provenga el dolor que siento en las encías inferiores y/o 2) que tenga caries pero estén por debajo del esmalte del diente (la capa que está ahí para protegerlos) o 3) mi esmalte dental está deteriorado. Así que volveré a ir el lunes para continuar con la segunda fase de la limpieza dental y después ya veremos. Sinceramente no me molestaría en lo absoluto que me quitaran las muelas. Quince días con este dolorcito tonto en las encías que a veces se extiende a los ojos y la cabeza pues ya está empezando a joderme los ánimos de tratar bien a la gente y creo que mi vida no puede funcionar de esa manera. Ando en plan grummpy person y miren no, no me gusta, así que me he pedido unos días de descanso en el trabajo porque además vale señalar que ha sido la PEOR SEMANA EVER en lo que va del año; que sí, lo sé, podría ser mucho peor, que para quejas monumentales estoy yo xD. Pero, exceptuando el nacimiento de mi primita Miranda, todo lo demás se va directo a la basura del divino olvido, ¿ok? Soy una sufrida exagerada, lo sé. Entre el hecho de que mi madre estuviera internada por una fuerte gastroenteritis un par de días, el calor que se sintió grotesco la segunda quincena de junio y no dejar de sudar ni un minuto durante más de medio día, más la actitud prepotente de ciertos clientes pues mira, apaga y vámonos ¿eh? Estaba a punto de tener un colapso mental muy fuerte.

Pasando a cosas más bonitas y viendo la imagen que acompaña este post: ¡Han llegado los libros que pedí! OMS!!! *____* Y ya terminé uno de ellos. El único lugar de esta ciudad de 60,000 habitantes que vende libros, es el centro comercial más grande que tenemos, y la variedad no es muy respetable que digamos. No puedo quejarme tampoco, he visitado otras sucursales de esta misma tienda en varias ciudades distintas y su sección de libros es deprimente por no decir que en algunas ocasiones inexistentes. Pero, a pesar de sus dos grandes hileras repletas de libros, es muy raro encontrar best sellers o incluso clásicos. Abundan libros del Dr. Abel Cruz y otras tantas novelas bonitas vendidas a precios absurdos, como estas. Muchas de ellas adornan mi librero personal, pero hay otras que me gustaría tener y es lógico pensar que nunca llegaran aquí. Esa clase de libros que tanto quiero y aquí no llegan son los que suelo comprar por Internet. 

Aunque hay diversos lugares donde venden libros al mismo precio que cualquier centro comercial o librería promedio, existen dos webs a las que recurro siempre: Sanborns y Gandhi, pero más a la primera que a la segunda por su facilidad de pagos. Sanborns cuenta con extraordinario surtido de libros. Visitar su tienda física es una joyita, pero andar por su web implica perder el tiempo durante varios minutos, lo que francamente no me molesta en lo absoluto. La peculiaridad de Sanborns reside en ofrecer envío gratuito los miércoles y jueves por medio de la compañía DHL y cuyo paquete llega a las puertas de tu casa a los días de haber realizado el pago. Nunca me han fallado, ni siquiera en las semanas más fuertes de navidad lo cual se agradece profundamente porque mi ciudad queda en una zona que no es visitada a diario por los servicio de mensajería, sino una o dos veces por semana. Pero Sanborns no es una librería, así que, aunque cuenta con una inmensa variedad de libros no siempre tienen todos los que quiero, ahí es donde entra Gandhi, al lugar al que recurro cuando mi primera opción falla. El problema que tengo con esta librería es que, pagar por el pedido, implica ciertas opciones restrictivas, por ejemplo, no se permite el depósito bancario y para comprar con tarjeta sólo se aceptan de crédito, no de débito. Hay una opción de pago muy fácil llamada Paynet, la cual consiste en imprimir el código de barras del pedido y acudir a sucursales de ciertas tiendas para realizar el pago, por desgracia ninguna de esas tiendas está en Camarolandia City, cuna del progreso en el sur de Sinaloa (NO). Y además, tengo que pagar por el envío cuando éste es menor de $500, lo cual implica desembolsar otros $150 más por la ubicación perdida y recóndita de Escuinapa, y porque Estafeta así maneja su tabla de precios. Las pocas ocasiones en las que he comprado en su web aprovecho para adquirir varias obras o esperar a que el envío sea gratuito, lo que ocurre cada cierto tiempo y casi siempre cerca de una festividad (día de las madres, día del padre, del niño, primavera, verano, Navidad, etc).

Comprar estos dos libros en cuestión fue un dolor de cabeza bonito que disfruté y sufrí como pocas cosas, sobre todo porque cinco minutos antes no tenía pensado comprar nada y luego tenía menos de un día para decidir qué adquirir y poder mandar el dinero hasta Culiacán para que Sarai me hiciera el favor de ir a una tienda permitida por Paynet para que el pago fuera depositado. Sí, todo un proceso insufrible y empalagoso como mencioné antes, pero Sanborns no tenía el libro que yo deseada y Gandhi acababa de reponerlo en sus estanterías después de haberlo agotado cuatro veces desde que yo lo quise por primera vez.

Los viajes de Tuf de George R. R. Martin era un libro que quería desde hace ya bastante tiempo e incluso lo mencioné en este post para no andar con rodeos, así que era fijo que compraría ese pero tambaleé y dudé mucho con el segundo. Fue un drama. Mi primera opción fue comprar alguno de Isaac Asimov pero uno de ellos estaba agotado y el otro se escapaba de mi presupuesto. Luego rebusqué alguna novela de Brandon Sanderson, autor de ciencia ficción que me han recomendado muchísimo, pero el primer libro de la trilogía Nacidos de la Bruma sólo estaba en ebook y no, paso todavía de eso. Anduve de aquí para ya, entre libros y libros, y dejé pasar algunos por su exorbitante precio y otros tantos porque sus primeras páginas no me convencieron. Después me topé con la lista de los libros más vendidos entre los que me llamaron la atención dos: Bajo la misma estrella de John Green y La ladrona de libros de Markus Zusak. Lo interesante de estas obras, junto con Las ventajas de ser invisible de Stephen Chbosky, es que fueron recomendadas al mismo tiempo por varios bloggers literarios en inglés y en español desde hace ya un buen rato. Estoy hablando de dos o tres años atrás; sí, antes de que las tres se convirtieran en películas. Ésta misma triada de libros fue la que busqué en Jalisco cuando fui al concierto de The Killers, pero al final en Gonvill sólo tenían disponible el libro de Chbosky que mi tío me regaló junto con Tormenta de Espadas, del cual ya he hablado por acá.

La decepción absurda que tuve con Las ventajas de ser invisible (un problema mío, no un problema de la novela) fue lo que me impidió comprar las otras dos recomendaciones porque temí que tampoco serían de mi estilo. Bueno, ni siquiera sé cuál es mi estilo xD. Ya lo mencioné anteriormente: las novelas juveniles o románticas no van conmigo. Aun no me pasan. Es esto mismo lo que me impide comprarme las obras completas de Jane Austen o leer alguna novela rosa y empalagosa de Danielle Steele; porque más o menos siento que vomitaré purpurina allá por la página quince. Es ridículo, lo sé; y tarde o temprano tendré que dejarme de tanta estupidez y ponerme con ello. Por lo tanto puedo concluir que, más adelante, Bajo la misma estrella caerá en mis manos y entonces hablaré y podré otorgarle la opinión justa que se merece de mi parte, aunque sea por mero respeto, porque si he opinado del libro más aburrido que he leído ever definitivamente debo tener palabras para esta novela, y de paso para su película. Tal y como antes lo hice con Las ventajas… y muy pronto lo haré con La ladrona de libros (libro leído, pero película por visualizar) y así me libraré plenamente de estos tres eternos trabajos recomendados que tanto me persiguen, ¿vale? Además no me apetece postérgalos hasta la eternidad.  

Mientras tanto me dejo de dramitas y disfruto los tres días libres que me quedan mientras leo Los viajes de Tuf, termino los tres últimos episodios de Cosmos para verter mi opinión aquí, programo algunos post desde cero y le doy su justa reseña a La ladrona de libros que, para ser sincera, es una de las obras más tiernas que he leído en la vida. :)
ADIÓS.

24/6/2014

El día en que naciste... (Para la pequeña Miranda Penélope)

Podría decirte que las constelaciones se alinearon el día en que naciste; que los seres humanos nos otorgamos 24 horas de pacifica tregua para recibirte; que las campanas de los palacios de oro retumbaron en un crepitar intermitente para anunciar tu primer respiro. Podría contarte una mentira piadosa, decirte por ejemplo, que ese día floreció la rosa más hermosa y las aves surcaron el cielo con una felicidad que les empapaba las alas. Que hasta los mariachis de tu patria se sacudieron el polvo, la pólvora y la tristeza que embriagaban sus canciones para regalarte la nana de los acordes perfectos y un millar de banderas hondearon por todo lo alto en señal de respeto.

Pero para qué mentirte, pequeña, si ya estamos rodeados de suficientes mentiras. Para ti no valen las verdades a medias; tú no mereces eso. Tú mereces un mundo lleno de realidades, porque llegaste un día como cualquier otro. Cálido y veraniego; gentil e imperfecto. No cantaron más pájaros hoy de los que cantaron ayer, y el sol no brilló con más esplendor de lo que lo hizo la semana anterior. La diferencia está, pequeña, en que hoy naciste tú. Y claro, sólo por eso, el Universo entero nos sabe distinto aunque no lo sea. Incluso podría jurar que hoy los soles brillan más en el firmamento, y vemos esas flores de aquel viejo jardín como nunca antes las habíamos visto… quizá con un color que hace unos días no percibimos por la cotidianidad que teñía su existencia. Eso es lo que hace el amor incorrupto, nuevo, limpio, puro. El amor inocente. Pero así es la vida, princesa de mil reinos, volátil y rebelde, como una estrella acabada de nacer. 

Así que ¡bienvenida al mundo, bebita! Disculpa el desorden que hemos montado antes de tu llegada. Quisiera decirte que no fue intencional pero estaría mintiendo. Aun así, olvida las lluvias de fuego y las ínfimas riñas que nos separan y enfócate en tenderle una mano a aquel que te pide una fuerza de apoyo. No seas indiferente al dolor y planta un árbol en la tierra y un beso en la mejilla de aquel que fue despreciado por otros. Si alguna vez te sientes desorientada dale la mano a papá y a mamá, ellos sabrán cómo orientarte para que no pierdas el norte. Confía en ambos, ellos saben lo que hacen, tú eres la prueba de ello. Y nunca olvides que ahí, a tu lado, con la armadura invisible, la energía a tope, y la etiqueta de superhéroe enmarcada en el rostro estará tu hermanito, vencedor de una decena de batallas ficticias que estará al pie del cañón para que no te lastime ni el viento.

Sí, princesa, el día me supo distinto cuando naciste, quizá menos caliente, quizá menos problemático, quizá no tan cansado, tan distinto, tan guerrero, tan indiferente como siempre. A tantos kilómetros de distancia, no se interrumpió la rutina que nos mueve cuando brotó tu primer llanto, pero el aire se sintió más transparente y la gente me pareció más sencilla. Y sólo por eso (sólo por ti) valió la pena cada segundo. Te deseo un millón de días imperfectos como este, pequeña. Tómalos como quieras, úsalos como te plazca, píntalos del color que te apetezca. Imprime tus ideas y grábalas en piedra. Construye castillos de arena eternos e inmortales, plasma caritas sonrientes en las dunas de tierra seca y en las montañas nevadas a las que vayas. Escribe tu nombre en la memoria de los que te conozcan. Sonríe a quien te ofrezca un buenos días. Desata mil revoluciones. Corre por los campos, tírate en el pasto de las praderas. Canta canciones a todo pulmón, baila alocadamente en la sala de tu casa. Mira las estrellas y los atardeceres. Los días de lluvia y las noches de tormenta. Grábate en el paladar el sabor de la comida de tus abuelitas (algún día extrañarás eso, créeme); y en tu mente sus voces, sus aromas, y sus anhelos. Y siempre (pero siempre) recuerda que tú no has venido a resolver nada, sólo has venido aquí para cantar, jugar, bailar, vivir y sobre todo, a soñar y a convertir esos sueños en realidad, porque has nacido en el mejor momento para hacerlo.  

Atte.
Tu prima, una de las mayores, la de 26 años. 
La que vive en Escuinapa. 
La que te quiere sin siquiera conocerte. :) 
L.K.M.L.

19/6/2014

Pero mira cómo beben los peces en el río...

A ver, ando muy tarada últimamente. Pensé que lo del clima no podía empeorar pero empeoró y yo no estoy aquí para llorar ni ustedes para escucharme pero miren, en algún lugar tengo que verter todo me sarpullido, mi sudor y mi deshidratación ¿verdad? Así que este es el lugar elegido xD.

Mi Twitter generalmente lo actualizo cada pocas horas durante todo el día y tecleo como si mañana se fuera a acabar el mundo y yo misma soy la encargada de anunciarlo, pero en esta temporada de temperaturas elevada hoy luce abandonado. Una o dos actualizaciones al día y con eso me basta para terminar asqueada de todo y de todos (incluyéndome yo, claro). De Facebook no diré nada porque mi Facebook siempre está semi abandonado y ciertamente poco me importa actualizarlo, porque sinceramente nunca he sido muy fan de esa red social. Eso sí, de vez en cuando me apetece echar un vistazo a mi muro porque oye, seré asocial y todo lo que yo diga pero mis familiares y conocidos me importan, aunque tenga (casi) un nulo contacto con ellos.

Pasemos a cosas más dolorosa: me duelen los dientes, dramita. Tocará visita con el dentista la próxima semana sí o sí; y más o menos ya sé lo que me dirá, lo cual sólo consigue darme una pereza del tamaño del Everest. Me dirá que mi dentadura está sucia porque no me he hecho una limpieza dental desde los tiempos en los que Jesucristo caminó sobre la Tierra; que tengo las muelas del juicio estorbando a los demás dientes, lo cual está generando un daño irreversible a los dientes vecinos. De paso dirá que todas mis muelas están llenas de caries y que eso se debe a la pésima higiene bucal que tuve en mi infancia por lo que ahora me toca pagar las consecuencias (eso me pasa por mensa y estoy dispuesta a reconocer esos errores). Probablemente también me llamará la atención por rechinar los dientes y morderme las mejillas interiores cuando estoy nerviosa (que es siempre y a todas horas), y me dirá que mi dentadura está débil como las conchitas descalcificadas que aparecen en los anuncios de Colgate, además aconsejará que tendrá que hacerme alguna endodoncia y en dos semanas tendré las mejillas inflamadas y no podré comer ni beber nada para sobrevivir. DRAMA, DOLOR, SOLEDAD, CALVARIO, ANSIEDAD ANTICIPATORIA. ó_____ó

Ahí dejo mi berrinche.

Por otro lado, tengo que confesar que he sido débil y he matado a Lord Cerdi antes de tiempo. No sólo eso, también me he comprado dos libros con el dinero que le saqué de la barriga. Soy débil xD. Por suerte mi mamá me ha comprado otro cerdito, más grandecito que Lord Cerdi y seguiré con mis ahorros. Eso sí, nada de monedas de $1 y $2, es un horror de proporciones épicas contarlas y llevarlas al banco. Ya en otro post mencionaré los libros que he comprado. Supuestamente el paquete llega este sábado pero no me lo creo hasta que lo tenga en mis manos. Uno de esos libros (el de George R. R. Martin) es muy difícil de conseguir y mueroooo por leerlo. Habla de un anciano bebedor de cerveza, vegetariano que viaja en una nave espacial de 30 kilómetros acompañado de un montón de gatitos a los que adora. Ciencia ficción pura y dura, dicen por ahí, ¿a dónde firmo para leer eso? :). 

3/6/2014

Entonces yo daré la media vuelta y me iré con el sol...

Umi y Maru.
Hay de dramas a dramas, los míos generalmente son superfluos y no tienen nombre. En uno de mis últimos post mencioné a Lord Cerdi. Lord Cerdi es una alcancía puerquito, de esas muy coloridas, conocidas y económicas que venden en los mercados locales. Su objetivo era almacenar la mayor cantidad de dinero para comprar el pack de libros de la saga Canción de Hielo y Fuego para, de esa manera, terminar con el dolor mental que me produce no tener las dos últimas novelas que han sido publicadas hasta el día de hoy. Pero Lord Cerdi sólo tenía que almacenar el dinero, no mantener la incógnita de no saber cuánto hay ahí dentro. Y yo, que tengo el coeficiente intelectual más elevado de la colonia donde vivo, estuve metiendo moneda tras moneda sin llevar el registro de la cantidad que estaba poniendo cada día y HOLA, aquí estoy, tres semanas después, preguntándome cuánto tendrá en la barriga el cerdito. Ahora mismo tengo un debate moral muy fuerte sobre qué hacer al respecto. Aun está a la mitad de su capacidad así que para evitarme el drama probablemente dejaré que se llene en un par de quincenas más antes de decidir hacerlo añicos y ver la cantidad final que fui capaz de recolectar. :|

Pasando a otros dramas más importantes y fuertes: JODIDO CALOR. En serio, por un momento tuve la idea que este verano se pasaría de generoso en este pedacito bonito del mundo que no queda en ningún lado pero ahora estamos en junio y ya sueño con un exilio a la Antártida la semana que viene. No puedo con el verano, ¿vale? Me considero enemiga íntima de él. Es que es enfermizo y asqueroso. Probablemente sea cosa mía o qué sé yo. Soy una persona que suda mucho así que a los 30 minutos de levantarme ya deseo que se termine el día y es un DRAMA tener esa sensación en el cuerpo de sentirse pegajosa, apestosa y malhumorada desde que sale el sol hasta que se oculta. Lo de malhumorada lo puedo ocultar (que más o menos llevo toda la vida haciendo eso) pero las otras dos cosas no y llevo encima toda esta temporada una sensación de asquito en general que puedo jurar se me nota en la cara a cien leguas. El problema es seguramente la humedad en el ambiente… Pero al parecer hay más humedad en el ambiente que agua almacenada en el tinaco de mi casa y miren no, así no juego. Básicamente me paso todo el día tomando agua muy a lo bestia y tratando de no moverme mucho para sudar lo menos posible, pero ahora mismo estoy siendo vapuleada por tres abanicos distintos al mismo tiempo (de escritorio, de pedestal y de techo) y ninguno de los tres hace honor a su nombre… Bueno, aire sí avientan, eso sí, pero caliente. ¿PARA QUÉ QUIERO YO AIRE CALIENTE? Y luego está el sarpullido. Mi sarpullido dura todo el verano y va desde la espalda hasta el cuello... así que asco general.

Probablemente ahora sí habrá un bajón tremendo en las actualizaciones del blog, porque con este clima ni siquiera tengo ganas de hablarle a mi gato. Lo cual es reciproco, porque el calor también lo agobia a él y vamos en plan de grumpy cat allá a donde requieran nuestra presencia. Aun no sé si los días de lluvia me pondré a teclear como lagarta por todas las veces que no lo hice o simplemente me sentaré en el porche a ver cómo mi ciudad se inunda y yo me tomo un chocolatito caliente al lado de mis mascotas. Ya lo contaré por aquí, fijo.

No he tomado un libro en, no sé, como quince días tal vez. Y tampoco es que tenga muchas ganas de hacerlo, eh. Yo necesito que las constelaciones se alineen para que me apetezca fundirme bonito en la lectura. Además de eso, el otro día me quedé mirando veinte minutos mi librero sólo para concluir que me apetecía leer otra cosa y esa otra cosa no estaba ahí porque ni siquiera la he comprado xD. Ahora lo que me apetece es quedarme aquí por el resto del día y moverme lo menos posible tanto por el calor como por el sarpullido que está empezando a asquearme de manera alarmante y hoy es mi día de descanso y no me apetece pasármela en plan rancio (¡ni siquiera tengo ánimos de actualizar Twitter!). Creo que me pasaré el rato en YouTube y Tumblr hasta que el sol se oculte y la gente se meta a sus casas para hibernar hasta mañana. Cambio y fuera.  


28/5/2014

THE LEGO MOVIE (2014)

He sido fan de LEGO toda la vida y no tengo motivos especiales para serlo. Es decir, nunca he tenido un set original de la compañía danesa y ni siquiera he experimentado armar algo con las piezas de construcción que se venden por separado. Además, estoy muy segura que los DUPLO con los que jugué en mi infancia ni siquiera eran originales. Eso no me impide confesar que, desde que abrí mi cuenta en YouTube tenga, mínimo, unos 20 canales relacionados con LEGO que veo casi a diario. Canales de personas de todo el mundo que ven esto como hobby o un estilo de vida. Gente que tiene una ciudad entera construida con los sets preciosos que están a la venta en cualquier lado. Es genial ver los time-lapse donde construyen la Estrella de la Muerte o el Empire State y darse cuenta que es posible que sean disfrutados tanto por niños como por adultos. Si a mí me sobrara el dinero a borbotones y tuviera un lugar dónde guardar joyitas como estas pues miren, me atiborraría hasta el clóset de tanto monito amarillo, lo juro.

Así que, cuando me enteré que se iba a estrenar una película basada en las series de LEGO, le dije sí al instante. Muy poquito me importó de qué trataría, cómo se manejaría la trama o quienes serían los protagonistas; si me ofrecían algo bonito y gracioso para mí seria interesante. Pero claro, para los verdaderos amantes de LEGO las exigencias serían un poquito más elevadas; es lo justo.

Apenas hace tres día me puse a ver la película y EHM, QUIERO DARLE UN SÍ TOTAL Y BENDECIRLA. EVERYTHING IS AWESOME! Sé que esta es la frase más trillada sobre la película y probablemente ha aparecido en cada review positivo que han hecho de ella, pero qué maravillosa forma de definirla, ¿eh? Se lo merece. El personaje principal, Emmet, no podría ser más perfecto (y original), pero también es una mediocridad andante y eso también se agrade, sobre todo porque resulta a veces bastante cansadito que el héroe infantil siempre se lleve unos aires de perfección difíciles de creer. Emmet, en su condición de constructor, logra confundirse con esa multitud que le rodea y no necesariamente lo acepta, cosa que parece no entender al principio porque vive en una sociedad orwelliana donde todo es perfección y alegría pero también es monitoreada y vigilada extenuantemente por Lord Business, un tirano perverso cuyo único motivo en la vida es abolir la diversidad, la originalidad y el individualismo para que todo sea tal y cómo él lo deseé. Y los ciudadanos lo aceptan, así sin más. Wyldstyle, por otro lado, le da el toque femenino post moderno, alejado de toda princesa con uñas pintadas que se asome por cualquier cuento de hadas, y le da mil patadas giratorias sin apenas despeinarse el cabello. Mientras que Bad Cop/Good Cop se burla con ternura de la dupolaridad absurda de que ciertas figuras de LEGO vienen en realidad con dos cabezas para darle gestos diferentes a un personaje en particular, más acorde con lo que se quiera jugar en su momento. Vitruvius, por otro lado, se lleva muchísimas palmas porque su papel igual te hace reír, reflexionar o llorar y tiene también sus momentos de gloriosa divinidad, tal y como Morgan Freeman ya nos tiene acostumbrados. Para cerrar el círculo también tenemos a Unikitty, una rareza animal que al parecer es un unicornio mezclado con un gatito a la que el mundo le parece de colores, arcoíris y purpurina. Todo un contraste tremendo frente a Batman, un trollazo-clásico personaje que sólo acentúa dos milímetros la oscuridad de su pasado y la vierte allá donde va (cuando construye sólo utiliza piezas negras… y algunas veces gris oscuro). Benny, 1980-something space guy mantiene orgulloso todo el optimismo desbordante de la época a la que pertenece y su sonrisa absurda, junto con su sueño frustrado de construir una nave espacial, logran hacer que simpatice con un público que se atiborra de cuento personaje es posible colar entre escena y escena (Superman, Linterna Verde, La Mujer Maravilla, Metal Beard, Abraham Lincoln, Gandalf, y un laaaargo etcétera).

Lo que más me ha gustado de la película es que no te la pasas riendo como imbécil de principio a fin, y no es que eso te importe demasiado. A veces no se trata de cuántos veces te ríes del chiste sino cómo te lo están contando y The Lego Movie logra ese interesante balance entre la risa y la historia; un equilibrio que prevalece hasta el último minuto. Porque eso sí, lo mejor sucede al final (SI NO QUIEREN SPOILER DEJAR DE LEER AQUÍ): el mensaje de la compañía llega ahí, cuando se desvirtualiza la historia y se revela que todo lo que hemos visto ha nacido de la mente de un niño. ¿Cuántos de nosotros no vimos nuestra infancia proyectada ahí? ¿Cuántos de nosotros no soñamos de pequeños con construir un universo entero de fantasía con aquellos bloques de colores? Sin embargo, no es sólo inventar la historia, sino darle sentido a cada personaje. La adaptación del entorno del pequeño y su forma de proyectarla a la fantasía. Llama a Maestros Constructores y superhéroes para que le ayuden a asimilar su realidad. Una realidad absurda que se cuela entre la incomprensión de no saber por qué su padre no le permite jugar con… juguetes. Irónico y absurdo, el final logra sacar una lágrima cuando Emmet, en su mundo y el niño en el suyo, logran recapacitar a esas mentes adultas prodigiosas para traerles al presente aquello que tanto amaron de pequeños: la capacidad infinita de crear lo que sea, cualquier cosa, con aquellas icónicas piezas de colores sin la necesidad de seguir las reglas o siempre mirar el manual. ¡Mil aplausos a The Lego Movie! :)        

25/5/2014

THE MENTALIST: final de temporada (opinión personal)

Simon Baker, Owain Yeoman, Rubin Tunney, Tim Kang y Amanda Righetti. 
Si alguien me hubiera preguntado hace siete meses cuál era el futuro que le veía a The Mentalist después de la captura de Red John habría dicho que ninguno. Pongámonos un poco rigurosos y vayamos más allá: también habría protestado un poco, negado con la cabeza reiteradamente, suspirado hondo y tragado saliva con renuencia al ver que en realidad la captura del asesino sería a mitad de temporada, rompiendo con ello todos los códigos establecidos anteriormente por otras series de televisión que absurdamente nos acostumbraron a lanzarnos lo mejor para el final. The Mentalist estaba jugando a todo o nada, y las consecuencias podían ser desastrosas. Una ruleta rusa en la que sólo se tenía una oportunidad de participar y un solo disparo por hacer; por suerte, para Bruno Heller y compañía, la bala sencillamente no estaba ahí.   

Hace ya algún tiempo, llegué a pensar que el show habría alcanzado un clímax insuperable allá por la tercera o cuarta temporada, y que a partir de ahí todo se inmolaría por un precipicio donde, más tarde que temprano, terminaría disolviéndose en nada. En honor a la verdad puedo decir que no me equivoqué del todo. Después del épico final ofrecido en el episodio Strawberries and Cream II (03.24) las cosas se torcieron de tal manera que todo se complicó; pero no sólo eso, la serie cambió de matices y el entorno se transformó en algo oscuro (muy oscuro). Para la cuarta y quinta temporada, esa pesadez en el ambiente se coló con saña sobre cada caso que aparecía en pantalla, y la antipatía creciente de su personaje principal opacaba todo lo que se nos ofrecía para contrarrestar eso. No es de extrañar entonces las razones que yo tenía para creer que The Mentalist estaba cavando su propia tumba e inevitablemente enterrándose lentamente hasta asfixiarse a sí misma.

Aquello fue algo triste de ver, porque si la serie brilló por tanto tiempo fue por el carisma desbordante del protagonista y esa doble moral que envolvía su propia esencia. Patrick Jane nos acostumbró a verlo siempre con una sonrisa en el rostro, una taza de té en las manos, y el chaleco de su traje siempre puesto sobre su camisa. Cuando la sonrisa se fue y sólo nos quedó el té, el personaje quedó incompleto. Independientemente que ese haya sido el destino que él siempre buscó, el shock para el público no sería por eso menos evidente. Conforme la quinta temporada avanzaba, la trama se oscurecía, y Red John se salía con la suya una y otra vez frente a los ojos de una autoridad incompetente y corrupta, comencé a preguntarme si valía la pena continuar viendo una serie que posiblemente jamás podría encontrar la brillante esencia de sus primeros años. Los casos del inicio rozaban una luminosidad absurda, no porque fueran bonitos (faltaba más), sino porque sabíamos con quién nos toparíamos al final del escenario: con el carismático —pero castigado— consultor del CBI que hacía hasta lo imposible por sacarte una sonrisa después de resolver un crimen.


La oscuridad de Patrick Jane se fue estableciendo de forma permanente conforme su cercanía con Red John comenzó a marcarse. Fue algo que jamás pasó desapercibido para quienes le rodeaban. Teresa Lisbon, líder del equipo donde él trabaja (y probablemente la única amiga que tuvo después del asesinato de su familia), siempre se mostró bastante preocupada por ese camino sin retorno que el mentalista estaba tomado, pero poco podía hacer al respecto; la decisión de él fue decidida mucho años atrás. Sólo era cuestión de tiempo antes de que todo estallara. También merecen una mención especial la condescendencia de Grace Van Pelt, la empatía de Wayne Rigsby y la rigurosidad de Kimball Cho porque, a pesar del giro vertiginoso que se respiraba en el ambiente, jamás abandonaron a su colega. Incluso al final, terminaron manchándose las manos de sangre enemiga. Pero nunca lo dejaron solo. Aunque en el proceso pusieron en riesgo su vida, su carrera profesional y su cordura mental, siempre procuraron cubrirle las espaldas ante cada tropezón que daba y cada fallo que cometía, que fueron muchos y a todas horas.  

Esto nos lleva de lleno a la sexta temporada, dividida en dos partes y con matices diferentes. Antes y después de Red John. Antes rojo y hoy azul. La premisa que The Mentalist siempre nos ofreció fue sencilla: un ilusionista que durante muchos años ejerció como psíquico decide ir tras un asesino serial después de que éste asesinara a su esposa y a su hija para develar la farsa en la que se sustentaba su jugoso negocio. Esta última temporada conjuga todos esos detalles desperdigados a lo largo de toda la serie y por fin hoy pueden dar sus frutos. No es de extrañar entonces que los ocho primeros episodios de esta última entrega nos hayan llevado por un camino trépidamente y críptico (más por la incógnita y el factor sorpresa, que por otra cosa) que nos dejaron sin aliento en The Great Red Dragon (06.07) y llegaron a su máximo esplendor con Red John (06.08), dejándonos pegados a la pantalla hasta el último minuto. Ambos episodios, que podrían verse como un todo, consiguen estremecer más que algunas de las temporadas pasadas completas, renovando con ello una serie que parecía sumirse en un agujero negro del que jamás podría brotar de nuevo la luz. Pero nos equivocamos. O me equivoqué. The Mentalist renació, y lo hizo de una manera esplendorosa, muy acorde con el personaje que busca eximirse de su propio pasado.

Al final, Patrick Jane consiguió lo que quería. Al final, estuvimos de acuerdo con eso. Porque si hay algo que siempre estuvo presente desde el principio fue la perversidad de un asesino a sangre fría. Metódico y narcisista. Frívolo hasta erizarnos la piel. Con esa grotesca vocecilla entre la que se colaba de vez en cuando algún verso de Blake, y cuyo rostro sonriente hecho con sangre de sus víctimas evocaba de forma horrorosa la imagen del rostro feliz con las que Hunter Jesperson concluía sus misivas criminales unas décadas atrás. La venganza de Jane nos supo dulzona gracias en parte a los hechos tan perversos que tuvieron lugar en episodios anteriores y que terminaron por crear un atiborramiento intolerable cuando Red John se metió con Teresa Lisbon. Los espectadores no fuimos suficientemente insensibles como para no percibir aquel dolor que brotaba del rostro del consultor al ver la marca del asesino sobre el rostro inconsciente de su compañera. Hay cosas que sencillamente jamás se deben hacer, querido John.  

La cacería emprendida por Patrick Jane concluyó la temporada anterior con una disminución considerable en el número de sospechosos —todos aquellos a los que alguna vez les estrechó la mano— y el número icónico se asomó como conejo en el sombrero de un mago: siete. Número peculiar y decisivo, dejando de lado algo demasiado obvio, como le hecho que el episodio donde los candidatos son acorralados en el antiguo hogar de él sea precisamente el número siete y se titule The Great Red Dragon, esto en realidad es una remembranza específica a un pasaje bíblico del Apocalipsis que señala la presencia de un gran dragón rojizo que tenía siete cabezas (Ap. 12:3-4) y que, a su vez, inspiró el lado creativo de William Blake en el ámbito de la pintura, dejando un legado de cuatro imponentes y estremecedoras obras nombradas exactamente igual que el episodio en cuestión.

Serie de pinturas del Gran Dragón Rojo de William Blake.
La develación de la identidad del criminal no podía suceder en un mejor lugar. A su manera, el mutismo atronador que se respiró dentro de esa iglesia sirvió para crear un escenario asfixiante, donde la revelación del detestable asesino golpeó más fuerte al espectador de lo que en un principio se previó, exigiendo con ello una atención total al entorno por el giro argumental que se retuerce sin piedad cuando Gale Bertram cobardemente niega ser Red Jonn (tampoco es que su mediocridad haya estado a la altura, ¿verdad? Lo mencioné antes por aquí). Es aquí donde Thomas McAllister se lleva una ronda de aplausos tremenda, por llevar su papelazo de sheriff despistado hasta el último minuto, sólo para regurgitar sin piedad su doble personalidad junto a esa vocecilla hostigadora y arrogante. Red John es todo lo que Patrick Jane señaló; eso y más. Por eso estremece tanto, quitándonos el aire por unos segundos que se sienten eternos, sobre todo cuando uno recuerda cada instante en el que el jodido McAllister asomó su cabeza y ofreció sus servicios entre episodios que hoy resultan asquerosos, específicamente por todo lo que ese hombre representa.   

Al final, nuestra empatía gira en torno al bueno de Jane, que a estas alturas sólo quería un poco de justicia por su propia cuenta, ¿y saben qué? Se lo merecía. Sí. Porque ya muchísimo había soportado de parte de los plastas incompetentes del CBI y su corrupción, junto con los miembros de la Asociación Blake, como para que además tuviera que dejar en las manos de la deficiente ley californiana la vida del asesino de su familia. Red John muere asfixiado por Patrick Jane en una muerte que supo a gloria. Y a partir de ahí todo se iluminó. The Mentalist renació cuando Red John salió del radar. Era algo que simplemente no me esperaba. Pensé que al obtener el resultado deseado, Jane seguiría con su vida fuera de cualquier grupo policial que se le pusiera encima pero oye, después de dos años vagando como perro por Sudamérica y descubrir muy en el fondo que eso de resolver crímenes se le da de maravilla, decide escalar quince centímetros más y pasar directamente al FBI  como si fuera la cosa más fácil del mundo. Bueno, para él lo fue... Hay gente que siempre tendrá ciertos privilegios.

Es a partir de My Blue Heaven (06.09) donde el cambio se percibe, pero no es tan notorio sino hasta que Green Thumb (06.10) se cuela con una confiada soltura, como si el giro de 180° que acabara de dar la serie fuera poca cosa o hubiera sido algo que siempre estuvo planeado. De esa manera, algo que pensé que no funcionaría resulta enriquecedor y entretenido, agregando con ello una nueva dosis de personajes regulares cuya personalidad logró cubrir cualquier hueco que la entrañable presencia de Van Pelt y Rigsby inspiraba antes de su salida definitiva. Kimball Cho se queda para mantener el equilibro entre el nuevo equipo y el viejo sin que nos parezca demasiado extraña la trasformación del entorno de trabajo. Dennis Abbott, el primero odiado y después amado agente especial del FBI, sirve como supervisor y guía en la nueva travesía del protagonista, y es quien, al final, logra reclutarlo con mil condiciones especificadas en una servilleta sucia que tarde que temprano tuvo que cumplir a regañadientes. Kim Fischer, por otro lado fue el anzuelo que logró sacar del anonimato a Patrick Jane después de que ni siquiera Lisbon accediera a dar la ubicación exacta de su auto exilio. Y luego tenemos al simpático de Jason Wylie, el nerd de la familia, capaz de derretirse al primer Tamagochi que le pongan enfrente.


La formula funciona no porque hayan sustituido a aquellos que salieron, sino porque la trama avanza. No se quedó atascada en un limbo infinito ante la ausencia del antagonista principal. Seguramente sabremos de la Asociación Blake más adelante, pero por el momento el rumbo que ha tomado el programa en general resulta atractivo para aquello que pensábamos que el callejón sin salida en el que se había metido ­—al matar al enemigo a mitad de temporada—, estaba a punto de eliminarlo de la parrilla televisiva. Por suerte los productores apostaron por lo diferente, y eso le ha otorgado a The Mentalist la renovación por una temporada más (aun no sé si estamos hablando de una monstruosidad de 23 episodios o simplemente media temporada). Renovarse o morir. Por suerte eligieron lo primero y su destino a corto plazo ya ha sido marcado, porque la audiencia ha respondido aun a pesar de la montaña rusa que ha sido toda la sexta temporada en general.

Y ahora hablemos de Patrick Jane y Teresa Lisbon. Decir que esto no lo veía venir desde lejos sería decirles una mentira. No estoy yo aquí para decirlo ni ustedes para escucharlo, pero la decisión que tomaron los productores de la serie ha sido ENORME, y debe de quedar muy en claro la situación en la que han posicionado a ambos personajes porque es un viaje sin retorno, y a su vez tan delicado, que cualquier decisión mal tomada mandaría por la borda una relación que promete muchísimo por las circunstancias que la llevaron a materializarse definitivamente después de tantos años.  

La opinión popular señala que los amores platónicos y las tensiones sexuales son positivas mientras existan. Una vez que esta frágil pero resistente barrera se desmorona, haciendo que desemboque en un romanticismo oficial, el interés que representa el show se esfuma, como una pompa de jabón que revienta en el aire al primer contacto con una superficie. Hay un origen específico de este fenómeno y decenas de ejemplos para corroborarlo: se le conoce como el efecto Moonlighting y sus consecuencias son perfectamente conocidas entre los amantes de las series de televisión. El título hace referencia al show de los 80’s creado por Glenn Gordon Caron cuyo éxito se disolvió apenas decidió unir a sus personajes principales sin limitaciones de por medio. La calidad de los episodios decayeron estrepitosamente junto con su audiencia y, un par de temporadas después, el show fue cancelado sin remordimiento alguno (tampoco es que haya podido dar más de lo que ya había ofrecido). La formula se repitió de manera desastrosa con otro show de tintes detectivesco que también se asomó por la parilla televisiva hace treinta años, gozando de cierta popularidad entre el público estadounidense: Remington Steele. De hecho, la serie protagonizada por Pierce Brosnan y Stephanie Zimbalist se estrenó tres años antes que Moonlighting, sin embargo, no sería sino hasta la cuarta temporada cuando los protagonistas consumarían su relación, dándole tiempo a Bruce Willis y Cybill Shepherd de bautizar la maldición.

Teresa Lisbon y Patrick Jane.
Esto me recuerda a un video que ronda desde hace algunos años en YouTube. En un panel del 2009 dedicado a The Mentalist, se le pregunta a Simon Baker (Patrick Jane) y Robin Tunney (Teresa Lisbon) si sus personajes algún día terminarían juntos. A su manera ellos se niegan a creerlo, en parte porque es ese su trabajo. Afirmar que probablemente sí se materializaría su relación de manera oficial o el simple hecho de especular positivamente sobre el tema, dejaría al descubierto cierto interés en ello y la audiencia obtendría una respuesta que saciaría sus ideas. Nunca es bueno saciar ideas, pero llevar la incógnita hasta el final sí; y ellos lo hicieron de maravilla. Sin embargo, no es el video en sí lo que me llamó la atención, sino ciertos comentarios que tratan de refutar la argumentación de Simon Baker sobre el efecto Moonlighting, anteponiendo ejemplos específicos de series que se salvaron del fracaso televisivo después que sus protagonistas se juntaron. Mencionan mayoritariamente dos casos en especial: Bones y Castle, señalando que estos show han continuado con un éxito establecido a pesar del rumbo de sus personajes. Pero cuidado, estamos hablando de casos totalmente diferentes y resultaría a todas luces absurdo pretender que, si eso funcionó con Bones y Castle, la jugada también funcionará con The Mentalist.    

The Mentalist es un drama policiaco, así a secas. Podrás reírte en uno que otro episodio pero en general es una serie oscura que se sostienen bajo el argumento de un personaje cuya familia fue brutalmente asesina por un criminal sin escrúpulos. Por otro lado, Bones y Castle se mueven por caminos muy parecidos y entran dentro de lo que se conoce como comedia dramática, el primero de tintes criminalísticos y el segundo de tintes policíacos. Sin embargo, la pesada carga emocional del show de la CBS no aparece ni en el programa de la FOX ni en el de la ABC y por lo tanto no complica tanto la actitud de los protagonistas.

No hablaré de Bones ya que dejé de verla cuando iba en su tercera temporada, así que desconozco cómo Booth y Brennan terminaron juntos, pero llegué a conocerlos lo suficiente como para saber que no son en lo absoluto como Jane y Lisbon por lo que cualquier punto de comparación se pierde. Por otro lado, visualice Castle (ya hablaré de su season finale cuando vea los 13 episodios que me faltan) casi a la par que The Mentalist, así que nadie me va a venir a decir a mí que, si la formula perfecta de Rick y Kate funcionó en el show, también lo haría la de Jane y Lisbon. Castle es una historia de amor, así nos la han vendido desde el principio, así es como hemos sido premeditados a creerlo. La tensión sexual no resuelta estuvo ahí desde el piloto y todos sabíamos que era cuestión de tiempo antes que terminaran unidos en besos y abrazos. Richard Castle y Kate Beckett han sido una pareja permanente desde siempre, los productores lograron crear un balance entre sus vidas profesionales y privadas para que supiéramos justo lo necesario sin que su relación nos pareciera cansina. Además, cabe mencionar la labor titánica entre cada temporada para lograr que ambos personajes encajaran a la perfección; desde el vestuario de ambos que rayaba la uniformidad, hasta la sincronía absurda de sus movimientos entre escena y escena, sin contar la desbordante personalidad de los dos (tan distintos entre ellos) y lo preciosos que se ven juntos cuando aparecen en el mismo frame. Fue eso, precisamente, lo que nos llevó de la mano a uno de los finales de temporada más perfecto y romántico que he visto últimamente con el maravilloso episodio Always (04.23) y que continúa aun en la actualidad, después de ver que la química entre el escritor y la detective evoluciona de manera maravillosa a pesar de su compromiso.

@snappytoes
Pero The Mentalist es muy diferente; con unas tonalidades de grises imposibles de visualizar en un solo episodio de Bones o Castle, ya ni hablar del protagonista mismo, que roza todos los límites de la moralidad establecida. Patrick Jane es un personaje psicológicamente dañado hasta límites inimaginables que trata de esconder su dolor bajo un optimismo hipnótico y una personalidad embriagadora, pero eso no cambia lo que es en realidad: un hombre obsesionado por vengar a su familia, cegado por el dolor que, de una u otra manera, lo llevará a tocar fondo para quedarse hundido en él o para transformarse totalmente hasta renacer en una nueva persona. Todo esto inunda y desborda las primeras cinco temporadas sólo para culminar en la primera parte de la sexta, cuando él mismo asesina a Red John con sus propias manos, en una actitud vengativa que resulta aterradora incluso para quienes creíamos que era una buena idea. Quizá la oscura personalidad de Jane sólo fue equiparable a la de su propio némesis, otorgándole a ambos la terrible simetría que mencionaba Blake en sus poemas.

Notando una constante a lo largo de todo el show nos daremos cuenta que la vida personal del mentalista estaba sumida en un limbo eterno en el que no se avanzó absolutamente nada durante una década entera. Si, hubo mujeres por aquí y por allá, quizá sólo tres dignas de mención, pero jamás hubo una relación oficial que le orillara a reflexionar sobre su vida y, de paso, diera un giro al obsesivo entorno que lo estaba consumiendo para mal. Para él era importante clausurar de forma definitiva el caso de Red John, de esa manera podría continuar adelante sin sentir la presión del fracaso acosándolo desde su conciencia. Una vez retornado del exilio autoimpuesto, buscó descubrir quién era y qué podía hacer con los trozos que quedaron de lo que fue. En este nuevo panorama, Teresa Lisbon es la única que pudo presumir de mantenerlo a raya, tal y como lo había hecho durante diez años y Jane lo sabe (de hecho, si ella no podía trabajar para el FBI, él tampoco lo haría). Es también ella quien conoce lo mejor y lo peor de él, quien lo ha defendido de tantos conflictos y procesos legales que resultarían absurdos recordarlos todos. Fue Lisbon quien estuvo a su lado durante sus días más oscuros y no se movió ni un centímetro cuando otros no dudaron en abandonarlo. Al final, fue sólo ella quien lo aceptó tal y como era, con su actitud infantil, su arrogancia, sus pretensiones, sus boberías, sus absurdos trucos que rozaban cualquier límite legal y su capacidad de usar a la gente para evadir la realidad. Fue eso también lo que provocó el conflicto final entre los dos. Ella se sintió usada y humillada, preguntándose a sí misma si algún día él podría ser un hombre decente.

¿Lo amaba desde hace tiempo? Por supuesto que lo amaba (y él la amaba a ella), eso era demasiado obvio, incluso para mí, que temí por un futuro en el que no estuvieran juntos, pero Lisbon tenía sus motivos para no expresar en palabras lo mucho que lo quería, porque ¿qué clase de persona es en realidad Patrick Jane si siempre está escondiendo su personalidad de todo aquel que se acerque a él? Aquí estamos hablando de dos personajes peculiares que se apoyaron mutuamente durante demasiado tiempo, pero ninguno de los dos se atrevió a dar el paso definitivo sino hasta éste final de temporada, que se la jugó a todo o nada en las últimas escenas, y terminó con un cierre perfecto entre una pareja que ya merecía un poco de justicia propia. Hay que tomar en cuenta el nuevo panorama ahora que el camino ha sido trazado. El final que nos otorgaron hace una semana iba a servir como clausura definitiva de la serie, pues la producción no sabía si serían renovados para una temporada más, decidiendo con ello darle a los fans lo que sentía que merecían por mera fidelidad durante tantos años. Sin embargo, este mayo se anunció que la CBS renovó para una séptima entrega y es aquí donde la cosa se pone interesante. Es aquí también donde otros show han perdido el encanto (Moonlighting, Remington Steele) y otros se reivindican para mantener una audiencia sólida mientras la calidad argumental de sus episodios no disminuya, porque al final el asunto es así: no existe ninguna maldición, ninguna fórmula para el caos. El rompimiento del amor platónico para transformarlo en romanticismo no es necesariamente sinónimo de mediocridad cuando es mostrado de una forma equilibrada con una producción inteligente. Y los responsables de The Mentalist han demostrado que son capaces de virar de rumbo sin perder la esencia misma de su personaje principal, que al final es quien mantiene a flote este barco que por momentos parecía hundirse sin remedio. La clausura de esta sexta temporada nos otorga el privilegio de ver el camino que se inicia justo donde Blue Bird (06.22) termina. Será bastante interesante ver la evolución de la relación entre Jane y Lisbon a partir de los nuevos casos, y cómo afectara esto su propio trabajo porque créanme, no será lo mismo. Mientras eso sucede nos quedamos con un descanso de, mínimo, siete meses, así que saquen sus camas de dormir e hibernemos hasta final de año soñando con ese beso que supo al azul más intenso, ¿no? ;)