28 ene. 2014

Dramas míos que no son tuyos...

El Bonete, Angostura, Sinaloa.
A veces me gustaría dedicarme a escribir novelas, pero luego recuerdo la patética pereza que me da escribir en sí y luego se me quita.

De verdad, es hasta ridículo.

Mi inspiración suele durar uno o dos días y luego se sale por la ventana y no regresa los siguientes cuatro o cinco meses (incluso más) y eso me enerva profundamente la sangre. Conozco usuarios de la web que se desviven escribiendo y les quedan historias cortas pero preciosas que ya quisiera yo sentarme un día frente a la laptop y poder teclearlas así sin más.

Ya escribí anteriormente que me fascina crear fanfiction, tengo miles de ideas rondándome en la cabeza con unas ganas inmensas de ser vertidas en páginas y más páginas digitales pero la inspiración sencillamente no viene. Me he quedado las últimas doce horas mirando la pantalla de la computadora esperando el momento de ser capaz de materializar la historia que tengo en mi cabeza y simplemente esta no sale. Se queda sólo como una idea y no se convierte en lo que quiero formular, en la trama que quiero narrar. Es algo que me sucede muy a menudo y sobre todo es algo que me frustra demasiado, ¿qué hace uno cuando la inspiración sencillamente no llega? ¿Dejas pasar la idea? ¿La guardas en tu mente para un momento mejor? ¿Qué haces entonces cuando no haces nada?

Lo que jode muchísimo es sentir que tu cabeza está llena de ideas y de ganas de escribir pero la inspiración no sale. Sencillamente no está ahí y no sabes dónde encontrarla. No me gusta escribir por escribir (más o menos puede notarse por la narrativa absurda de este post, por ejemplo) y he notado que hay escritores de fics que dicen: escribe algo, lo que sea, cualquier cosa. Sin embargo, yo no quiero escribir cualquier cosa, sobre todo cuando no tengo ganas de hacerlo pero quisiera hacerlo, porque entonces narraría una historia que quería crear pero cuya fórmula narrativa no ha quedado como quería. ¿Sí me entienden?

Vamos, sólo son dramas. Dramas absurdos y cotidianos.

Quiero unas vacaciones. Necesito unas vacaciones. Cerca de la playa, con la arena y la brisa golpeándome por todos lados y un atardecer paradisíaco junto a una laptop y un vaso de Coca-Cola. Sólo eso.

¿Es mucho pedir? Sí, es mucho pedir. :D 

21 ene. 2014

No se me ocurre nada, sinceramente.

Qué bonito es empezar un año sin propósitos definidos. Ir a la deriva con los ojos vendados sin saber exactamente qué hacer con los siguientes doce meses que se antojan interminables. El invierno ésta temporada ha sido un asco, todo hay que decirlo. Es el más insípido, caluroso y desabrido que recuerdo en la vida; y escribo esto mientras los abanicos están encendidos, mi abrigo acumulando polvo y un vaso de agua helada descansa al lado de la laptop. Debería titular este post El suicidio del invierno; así, un título dramático para una temporada que no supo estar a la altura. Las navidades calurosas no saben a navidades. Saben a monotonía matutina y debates mañaneros sobre decisiones importantísimas como con qué bebida acompañar el desayuno: café con leche o un jugo con cubitos de hielo. Decisiones importantísimas, dije.

Últimamente he tenido una pereza cibernética que le triplica el tamaño al Burj Khalifa. En serio, a veces uno se cansa de procrastinar en lo mismo. A veces trasmuto la pérdida de tiempo en Tumblr por un par de hojas físicas de un libro. Lo encuentro atrayente y hasta tentador. Lo cierto es que tampoco he leído mucho, ¿eh? Thrillers cortitos pero entretenidos, baratos, literalmente hablando (tanto precio como trama, vamos), y del mismo autor. Uno de esos autores morales que tratan de insistir en cada página que existe el bien y que existe el mal mientras, de vez en cuando, se le va lo gore entre párrafo y párrafo. Lo estás haciendo bien, campeón.

Leyendo el tercer libro de la saga Canción de Hielo y Fuego he llegado a la conclusión que despacio se disfruta más. Es la clase de novelas que sueñas con devorar como animal hambriento pero que al final terminas con una indigestión descomunal y absurda, y así, la literatura pierde todo matiz y sentido. Esta vez me estoy leyendo un par de capítulos por día de Tormenta de Espadas, sin estar muy segura de cómo resultará el proceso, pero voy por la vida viviendo al límite.

También me he pasado la mitad del mes limpiando las escenas criminales que mi gato deja en el baño. Maru va por la vida cazando animales que después mete ahí para torturarlos y asesinarlos al Tarantino style. Cuerpos destazados, órganos regados por el piso, regurgitaciones gatunas de huesos no digeridos y sangre manchando las final baldosas que recubren la sala del trono. A él también le va lo gore. Hace poco se escaseó en toda la ciudad el alimento enlatado que a él le gusta. La cara de asco que me dedicó cuando le puse en su plato anti deslizante (o sea, bitch, please) aquella comida en cuadritos y no molida era un poema a la vida. En realidad temí por la mía cuando se me acercó con mirada asesina y me exigió otra cosa para comer, porque eso, en la época de la supremacía gatuna me habría llevado directo a la cámara de gas. ¡Cómo tienes cara para exigirme algo a mí!, le digo al muy sin vergüenza. Lo cierto es que ese específico alimento molido enlatado es el que más se escasea en la ciudad —porque obviamente vivo en una metrópolis— sobre todo porque es el que más se venden. Así que cuando reabastecen ese producto en el único centro comercial que lo vende, la horda de dueños de gatos corremos como mamás y papás leones a conseguir el sagrado alimento de los dioses egipcios como si fuéramos estadounidenses en WalMart un Black Friday. He visto escenas épicas de eso, lo juro.

El caso es que mis propósitos de año nuevo no existen. Son propósitos fantasmas que se irán materializando conforme los días pasen y probablemente serán sencillos y facilones, simples en su cumplir y en su mera existencia (y estoy casi segura que tampoco los cumpliré). Mientras tales propósitos se materializan necesito adaptarme a la rutina post-navideña; a recordar cómo era la vida antes del caos decembrino, porque curiosamente no lo recuerdo.

Veamos qué nos depara la existencia el día de mañana.    

2 ene. 2014

The Empty Hearse, primeras reacciones. (¡SPOILER!)


He visto The Empty Hearse. Y sobreviví. De hecho, me siento drogada. O en el nirvana (cualquier cosa que eso sea). Estoy echando purpurina por la boca y brillantina por los ojos y mil cursilerías más que aquí no puedo nombrar porque probablemente me confundirían con una loca desquiciada. Tengo una sonrisa idiota en la cara desde hace ya 24 horas y no hay poder humano o sobrenatural que pueda hacerla desaparecer. Espero que eso continué por los próximos 12 días. Además, quiero firmar tratados de paz con todo el mundo, darle la mano a Mubarak y besarle los pies al Papa Francisco mientras tarareo una canción de Justin Bieber. Vamos, esa clase de cosas que no hace gente como yo. Tengo el hype a tope y fácilmente me podrían confundir con una jovencita con revolución hormonal en plenos quince años gritando histérica por su boyband favorita después de haber asistido a uno de sus conciertos.