30 mar. 2015

17 de diciembre del 2014...


No sé si la vida se le escapa por el rabillo de la mirada, pero esos 12 años que se le sienten en el alma le dibujan perezosas canas en la cara y le desdibujan con suavidad aquellos ojos que antaño brillaron como perlas. Umi, la pequeña nómada perruna nacida de las entrañas de mi tierra, aun tiene fuerzas para posar como centinela en el porche de la casa envejecida para esperar el regreso de su dueña. Cuántos años de fidelidad se le escurren por el cuerpo.

Nunca encontré alma más pura dentro de una coraza caoba tan pequeña. No sé si será el tiempo o la experiencia la que la ha dotado de un aura servilismo que encuentro sumamente conmovedor. Umi no me debe nada, ni la última noche de desvelo, ni la melancólica sonrisa que se le escapa de su cansado hocico. Su nobleza va más allá del abstracto ideario del mejor amigo del hombre; la imagen grabada en nuestra memoria a base de relatos de perros cuyo heroísmo especial fue la paciencia eterna.

De vez en cuando le cuento historias tristes, réquiem para colegas de cuatro patas que de una u otra manera evocan su misma esencia. Le digo que se puede ir por la puerta grande cuando quiera, que eso de retozarse en el pasto celestial y correr con viejos conocidos no pinta ningún destino trágico, sino gozosamente esperanzador. Pero mi pequeña nómada se queda, a mi lado, entre los trapos enmarañados repletos de su pelaje canoso y el viejo plato amarillo que, al igual que ella, conoció mejores días. Nada vale para quitarle los años a mi perrita. Su sola presencia sirve para ver por la comisura del pasado que guarda la esencia de lo que ha sido y siempre será: el más gentil de todos los seres que me rodean.

¡Larga vida a mi incansable centinela! 

16 mar. 2015

La mexicanidad: fiesta y rito de Leonardo Da Jandra.

¡Gracia a Red de Libros
Escuinapa por prestarme este
ejemplar! (HACE UN AÑO)
Soy malísima leyendo ensayos, y si son ensayos filosóficos mucho peor. Quizá por eso no he leído tantos a lo largo de mi vida, y probablemente la mitad han sido de mi autoría sin más pretensiones que saciar mi curiosidad e indagar con mis propios pensamientos un tema que me interesaba. Por otro lado, esos que hice en mis tiempos de estudiante, no cuentan. Fueron redactados con el cansancio reflejado en la flojera acumulada de aquellos días. Así que, cuando llegó a mis manos La mexicanidad: fiesta y rito de Leonardo Da Jandra vi una oportunidad para leer un poco de eso que se me da tan mal: los ensayos y la Filosofía.

El resultado creo que no fue muy bueno.

Para empezar, me cuesta muchísimo opinar de una manera objetiva el trabajo de un tercero. Sobre todo cuando esa obra contiene la esencia misma de su autor; sus ideologías y su postura respecto a ciertas cosas. Es difícil separar entonces mi opinión general respecto a mis propios pensamientos. El nivel personal es casi una obligación, y cuando nuestras ideas colisionan entre los párrafos deriva en lo que yo llamo una indigestión literaria. Un atiborramiento de información que generan un tsunami mental ahí donde convergen nuestras contrariedades. Y eso fue más o menos lo que sucedió en esta ocasión.

Ese no fue el único problema con el que me encontré: la Filosofía y yo nunca nos hemos llevado bien. Ni la clásica ni la contemporánea. Hay algo en ella que —junto con las matemáticas— consigue producirme un corto circuito neuronal que termina por provocar un colapso mental que fácilmente podría derivar en un aneurisma. Somos como el agua y aceite. Mi mediocridad con este conocimiento deriva en algo tan absurdo como ser incapaz de leer a mis 26 años El mundo de Sofía del noruego Jostein Gaarder, libro cuya lectura es obligatoria en la escuela secundaria y a mí lo único que se me ocurrió en aquel entonces fue regalar el ejemplar que tenía. Ya ni hablemos de Nietzsche o Jean-Paul Sartre que para mí ya son otro nivel (eso no evita que sus libros se vean muy bonitos en mi biblioteca personal xD).

Y si dejamos todo eso a un ladito, me topo con un tercer problema: no sé si la filosofía contemporánea tiene cabida en nuestro mundo; y me refiero como objeto de estudio. Entiendo perfectamente que la de hace siglos cimentó las bases de lo que tiempo después derivaría en el método científico. A su manera, provocó el nacimiento de la ciencia misma. Ya no era necesario especular sobre ciertas cosas que rayaba lo metafísico porque existía un método para descartar todo aquello que no pudiera ser corroborado por medio de análisis a prueba y error; estudios replicados en los que los resultados eran contrastados para dar con el motivo real de algo. Pero mi pregunta es ¿para qué sirve la Filosofía moderna? ¿Cuál es su función? ¿Aun se siguen preguntando cuál es el sentido de la vida? ¿No habrá acaso cinco filósofos en una misma habitación que piensen distinto? ¿Bajo qué método (si no es el suyo propio) contrastan sus propias afirmaciones?

Así que un ensayo filosófico sobre la mexicanidad, como el del señor Leonardo, sólo sirve para dar su opinión sobre el tema, y seguramente por ahí habrá otro filósofo que piense distinto a él y también dará sus motivos. Muy parecido a El laberinto de la soledad de Octavio Paz. ¿Y por qué? Porque no hay un método irrefutable para dar con la respuesta definitiva. Para ellos nunca lo ha habido. Como objeto de estudio, la mexicanidad puede cambiar de perspectiva.

Da Jandra expone en su ensayo los vértices sobre lo que se levanta nuestra esencia: la fiesta y el rito en un sentido amplio y profundo de ambas palabras. Esto implica remontarse a los orígenes mismos del ser mexicano, y no me refiero al Virreinato sino más allá; al indígena y al español como la piedra angular donde se yergue nuestra pirámide existencial. Pero Da Jandra —al igual que José Vasconcelos con su raza cósmica—, le otorga al mexicano un reconocimiento supremo sobre todo lo demás; en éste caso la Hispanidad. Explora y entreteje la esencia misma que nos define como seres peculiares, con características propias que ensalzan nuestras propias costumbres de rituales y barullos varios. Señala nuestros errores, por supuesto, pero estos quedan enterrados entre toneladas de terminología propia de filósofos y ensayistas.

Me parece justo reconocer que probablemente no lo entendí. Quizá hubo una nula comprensión entre la lectura y el autor que bloqueó cualquier línea de razonamiento. A su favor puedo decir que me enseño más de 36 nuevas palabras que me hicieron desempolvar el diccionario de la RAE sólo para corroborar que existían. Procuraré usarlas a menudo, porque la verdad impresiona y te hacen ver como intelectual (aun siendo una niña ñoña como yo xD). Y pues bueno, aquí me tienen tres días después de terminar su lectura tratando de descubrir qué diablos es eso de la religión universal del Estado Planetario, que raya más en una novela distópica que un ensayo, y por qué tiene la idea tradicional de la familia que consiste en un papá y una mamá. Hombre, mujer. Equilibro y todo eso. En fin, me declaro incompetente honorífica para opinar de este trabajo y me retiro con el fracaso enmarcado en el rostro. No soy buena para esto. 

10 mar. 2015

¡Siempre serás mi héroe!

Mi papá y yo (1989)

Podría comenzar diciendo que tengo al mejor papá del mundo, pero creo que a estas alturas y a esta edad no dejaría de sonar trillado y absurdo, e incluso un poco ofensivo para aquellos que también han tenido la suerte de tener a un padre extraordinario.

No tengo al mejor papá del mundo. Mi padre es un hombre común que siempre ha cargado en sus espaldas el bienestar de los suyos. Lleno de virtudes que generalmente opacan todos sus defectos. A su manera, sobresale de su entorno, tal y como lo hacen otros millones de personas alrededor del mundo que acarrean consigo el cansancio laboral para transfórmalo en felicidad para su familia. No es fácil; es un camino lleno de sorpresas y dificultades, de preocupaciones y metas, de incertidumbre y de visiones claras. De salud y de enfermedad... Como la vida misma.

De alguna u otra manera, tanto mi mamá como mi papá, se las han ingeniado para educar a sus hijos en un hogar amoroso y cálido, donde no les lastimara el mundo. Se esforzaron por instruirnos e inculcarnos los valores más nobles de la vida, ¡les debo tanto! No ser ambiciosos, no ser egoístas, no ser indiferentes al dolor ajeno. Lo reconozco, nunca hubo viajes a Disneyland, ni vacaciones paradisíacas en las playas cristalinas de Cancún, ni un safari en África, ni un recorrido por museos europeos. De hecho, de vez en cuando trato de visualizar cuándo fue la última vez que fuimos en familia a descansar de todos. La rutina no se detiene, la vida tampoco.

Pero sabes papá, no necesito nada de eso. Me quedo con los recuerdos de nuestros mejores días: las noches más estrelladas platicando en la acera de nuestra casa en un remoto poblado pesquero de Angostura, me quedo con los viajes al Llano y al Bonete cada fin de semana (¡Cuántas aventuras vivimos en el Principito), me quedo con esa rutina vespertina de recorridos en bicicleta para perseguir al último tren que atravesaba la ciudad de Escuinapa antes de morir el día. Se me graban en la memoria las charlas familiares después del desayuno, la comida y la cena. O aquellas mañanas invernales en que tú nos llevabas a la escuela sincronizado con la luz verde de los semáforos de Guasave. El día en que nos enseñaste a patinar o aquellas madrugadas de neblina en que salías valeroso a cazar al Chupacabras. Para mí, nadie pateaba el balón de fútbol mejor que tú; Maradona y Pelé te mirarán asombrados desde la banca. ¿Cuántos recuerdos dejamos grabados en las paredes de la pequeña ciudad del Parque Villafañe y cuántos otros quedaron tecleados a golpe de maquinas de escribir para traernos una historia original de nuestra serie favorita? ¿Recuerdas cuando volamos cometas en la escuela Gutiérrez? ¿Y cuando te detuviste en mitad de la carretera para salvar a una tortuga varada en mitad del asfalto? Me quedo con el recuerdo del primer perrito que me regalaste y aquella noche que nos sorprendiste con boletos para el concierto de nuestro grupo favorito cuando apenas éramos unas niñas.

(Y más recientemente nuestra manía de ir a caminar a las seis de la mañana a unidades deportivas congeladas.)

Ya perseguimos al sol. Ya nos subimos al faro. Nos falta conquistar las tres islas y hacer una lunada familiar a la orilla de la playa.

Tú y mamá nos enseñaron a explorar el mundo. Tú me confiaste por primera vez una computadora y me mostraste la palabra escrita. Si aun continuó escribiendo es por ti. Por ti y por toda esa diversidad de libros que ustedes siempre pusieron a mi altura.

¡Gracias por estar siempre aquí (incluso estando lejos) y gracias por ser mi padre!

Siempre serás mi héroe.

¡Feliz cumpleaños!