30 mar. 2015

17 de diciembre del 2014...


No sé si la vida se le escapa por el rabillo de la mirada, pero esos 12 años que se le sienten en el alma le dibujan perezosas canas en la cara y le desdibujan con suavidad aquellos ojos que antaño brillaron como perlas. Umi, la pequeña nómada perruna nacida de las entrañas de mi tierra, aun tiene fuerzas para posar como centinela en el porche de la casa envejecida para esperar el regreso de su dueña. Cuántos años de fidelidad se le escurren por el cuerpo.

Nunca encontré alma más pura dentro de una coraza caoba tan pequeña. No sé si será el tiempo o la experiencia la que la ha dotado de un aura servilismo que encuentro sumamente conmovedor. Umi no me debe nada, ni la última noche de desvelo, ni la melancólica sonrisa que se le escapa de su cansado hocico. Su nobleza va más allá del abstracto ideario del mejor amigo del hombre; la imagen grabada en nuestra memoria a base de relatos de perros cuyo heroísmo especial fue la paciencia eterna.

De vez en cuando le cuento historias tristes, réquiem para colegas de cuatro patas que de una u otra manera evocan su misma esencia. Le digo que se puede ir por la puerta grande cuando quiera, que eso de retozarse en el pasto celestial y correr con viejos conocidos no pinta ningún destino trágico, sino gozosamente esperanzador. Pero mi pequeña nómada se queda, a mi lado, entre los trapos enmarañados repletos de su pelaje canoso y el viejo plato amarillo que, al igual que ella, conoció mejores días. Nada vale para quitarle los años a mi perrita. Su sola presencia sirve para ver por la comisura del pasado que guarda la esencia de lo que ha sido y siempre será: el más gentil de todos los seres que me rodean.

¡Larga vida a mi incansable centinela! 

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