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No, esta no es la versión que yo tengo. |
De aquel otoño
del año 2005 recuerdo muy poquitas cosas. De hecho, sólo recuerdo dos en este
momento: una era que aun soñaba con estudiar
Medicina Veterinaria algún día, y la
otra era aquella obsesión desmedida que mi abuela materna y yo teníamos hacia
The
Phantom of the Opera (Joel Schumacher, 2004), la adaptación a la pantalla
grande del musical inspirado en el clásico de la Literatura. Nuestra obsesión
por este film era ridícula, sólo comparable a atascarse una cubeta de helado napolitano a
escondidas de la gente para evitar la molestia de tener que invitarles,
escuchar al grupo
Mercurio con los audífonos puesto para evadir explicaciones de
todo tipo o llorar a lágrima tendida cada vez que veíamos
Titanic (James
Cameron, 1997). Pero mi abuela y yo éramos muy
hardcore en estas cosas y podría jurar que nos atragantamos viendo
este film más de ocho veces el mismo mes, lo cual implicaba dormirse después de
la media noche, achuchadas únicamente por las frazadas que nos rodeaban,
nuestros sentimientos a flor de piel y la música de la noche brotando de la TV.
El día que mi abuelita abandonó nuestra casa para trasladarse a vivir con mi
tía —donde un par de años después moriría— tomé el DVD de la película y me
negué a volver a verlo en un futuro cercano. Terminó siendo vendido en
aquella venta de garaje de la cual jamás escribí una segunda parte y en la que también
logré deshacerme de dos versiones que tenía del libro (aun hoy me acurruco en
mi cama llorando por eso, lo juro) quedando el
Fantasma olvidado y relegado de
mi memoria por más de un lustro, hasta que
fangirlié
como se
fangirlean las cosas bellas
al ver la edición especial del 25° aniversario del musical y me felicité a mí
misma por aun tener las canciones muy guardaditas en mi corazón.
Vale,
retrocedamos un instante: sé que esa no fue la mejor manera de acercarme por
primera vez a la obra de
Gastón Leroux; que algo mejor hubiera sido leerme el
libro o ya de perdida ver la puesta en escena que en
México dejó de existir
cuatro años antes de aquel momento, pero oye, algo peor que eso hubiera sido
leerme la versión condensada hasta niveles irrisorios que descansaba en la
estantería de mi casa (una edición viejísima de bolsillo que no superaba las
100 páginas) o fumarme a mis 17 años el librito infantil que me regalaron a los
10 con la portada más adorable
ever. Pero
en aquel entonces eso no iba conmigo, así que ni siquiera lo intenté
mínimamente. Además, yo siempre he tenido mis pegas fuertes con los clásicos, a
los que miro a la distancia con el respeto que se merecen por derecho propio y
con toda la rigurosidad que me permite mi mediocridad a la hora de leerlos. Es
algo que ya expliqué antes,
cuando opiné sobre Un mundo feliz, la perturbadora
obra distópica de
Aldous Huxley que hasta el día de hoy me produce pesadillas
estando despierta. De hecho, poniéndome en plan serio diría que los libros de
peso antiguo que he leído se limitan a cinco o seis, contando éste, del que hoy
les vengo a hablar.
Hace una semana
encendí la TV después de meses, literalmente, de no hacerlo y me topé con la
película del musical haciendo que un torrente enorme de nostalgia y recuerdos
cruzara por mi mente. Un sentimiento bonito que no experimenté cuando vi el
concierto del 25° aniversario, a pesar de la exaltación que sentí en aquella ocasión
en la que me pareció tener el corazón en un puño durante más de dos horas continúas.
Recordé entonces aquel otoño en el que mi abuela tarareaba “Masquerade”
mientras contestaba su crucigrama por las mañanas y yo limpiaba la habitación
que compartíamos con la tonada del tema principal en la cabeza. Fue más o menos
en el cuarto o quinto visionado cuando mi abuela pudo recordar por fin la letra
completa en español de “Music of the Night” que ella conocía como “Música en la oscuridad” de la cual nunca me supo
dar explicaciones de cómo la aprendió y dónde, siendo junto con “Memories” de Cats
dos temas castellanizados que me grabé en la mente a base de tanto escucharlos
a diario de su boca. Pero eso fue una década atrás. La cosa cambia al ver la
película desde la perspectiva del que ya conoce el musical y el trasfondo de
los personajes, por lo que los peros
comienzan a tener el sentido que diez años atrás los dejé pasar por mera
ignorancia. Igualmente el film se lo recomendaría a cualquiera que le gusten las
versiones cinematográficas de musicales pero que no necesariamente pretendan que
los superen, comprendiendo que son universos totalmente distintos. Sí la
recomendaría, por ejemplo, como una mera introducción a la obra de Webber que,
dicho sea de paso, podrían pasar por mis ojos trescientas veces y dudo
muchísimo que me canse. Pero en el caso del film de Joel Schumacher se da
exactamente el mismo caso que con la obra de James Cameron, la nostalgia de
épocas pasadas supera mi más acérrima crítica contra ellas (si es que existen) y
fácilmente podrían caer una y otra vez en cada ocasión que la oportunidad de
verlas se asoma por mi ventana, sencillamente porque me remontan a aquellos
tiempos en los que las cosas eran más fáciles y disfrutables y todo me parecía
jodidamente maravilloso; ¿para qué mentir?
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La personificación de Lon Chaney como el Fantasma logró aterrorizarme de pequeña. |
Mi
problema con los musicales no es que me
gusten, sino que me hipnotizan y por lo tanto me embrutecen a niveles
alarmantes. Tengo carpetas en mi laptop con los OST de obras que jamás veré arriba
de un escenario pero que adoro escuchar a tope cada vez que me llega la
oportunidad de hacerlo:
Evita,
Jesucristo Superestrella,
El violinista en el tejado,
Sweeney Todd,
Chicago,
La bella y la bestia,
El fantasma de la ópera,
Matilde,
El
Rey León,
Los miserables,
Cats, etcétera. Es decir, lo mío es grave, siempre lo
ha sido. Sin embargo, ya sabemos que la mayoría de los musicales suelen tener
un trasfondo; aquello que les dio origen. Es eso mismo lo que me llevó a leer
Los
Miserables de
Víctor Hugo años antes
de ver la adaptación cinematográfica del musical o sentarme en mi ordenador para leerme la historia
de
Leroux después que la película de
Schumacher desplegara sus créditos finales
la semana pasada, casi diez años después de rencontrarme con ella. Para aquel
entonces, el
Fantasma se limitaba a ser para mí la imagen que vi a los seis
años de edad de un terrorífico hombre que tiraba más a vampiro putrefacto que a
ser humano, impreso en una página de un viejo libro llamado
Los poderes desconocidos
(Reader's Digest, 1982) donde se hablaba largo y tendido de los personajes más
terroríficos del cine antiguo. La interpretación de
Lon Chaney como el
Fantasma
lograba erizarme tanto la piel como aquella fotografía del
Nosferatu de
Max
Schreck plasmado a su lado.
Drácula (1931) y la criatura de
Frankestein (1931),
que también tenían su cabida en ese artículo, eran una broma mal contada al
lado de ellos.
Pero leerme la
novela en mi laptop jamás terminó de convencerme, ni siquiera cuando ya iba por
la centena de páginas. Y es que el formato de libro electrónico aun no consigue enamorarme. Vamos, ni siquiera me gusta. A favor de los ebook puedo decir
que nunca los he leído como
debe de ser,
es decir, en un dispositivo
diseñado para eso, por lo que es entendible que leer
en una tablet, celular o laptop se convierte en algo cercano a una tortura para
mi retina más que un tiempo provechoso (o por lo menos disfrutable). Un segundo
intento —fallido— consistió en descargarme el audiolibro de la novela en
cuestión. Admito que lo disfruté un poquito más: la voz del narrador lograba
con sus tonos y su estilo agregarle ese halo misterioso pero entrañable a una
obra que ya por su nombre provocaba escalofríos. Desafortunadamente el problema
recayó donde mismo: la vista se cansa más rápido que el oído. Al final, terminé
debatiéndome entre las ganas de saber más de una historia que comenzaba a tomar un vuelo apasionante y mi renuencia para continuarla únicamente por medio del audio,
así que decidió pausarla y buscar el libro físico en el centro comercial de mi
ciudad con la posibilidad de no encontrarlo
porque jamás en la vida lo había
visto ahí. Por cosas maravillosas de no sé cuántos dioses de universos
alternos encontré dos versiones de la obra de
Leroux escondidas en el último
anaquel de la sección de libros. Uno de ellos era un libro juvenil (bastante
delgado, para mi gusto) con una portada terrible
editada con Paint que
no me convencía ni regalado y por otro lado estaba otra edición con un mayor
grosor que, como portada, utilizaba
una pintura preciosa de @EvangelineDrawing
basado en los personajes de la película de
Schumacher (de hecho, es calcada de
una imagen promocional real) con un precio absurdo si nos ponemos a sopesar la
idea de que estamos hablando de un clásico.
Vale, nunca he
sido muy fan de los libros que usan imágenes de sus adaptaciones televisivas o
cinematográficas para decorar sus portadas, ni aquellas donde una persona
física aparece en ella para darte más o menos una idea de cómo será el o la
protagonista de la historia. Siempre he sentido que te obligan a crearte una
idea restrictiva respecto a cómo podrías imaginártelo tú, lo cual no creo que
sea muy correcto. Hay excepciones, claro: la portada del libro Cometas en el cielo (Khaled Hosseini, 2003) me sigue pareciendo una joyita muy tierna. En el
caso de El fantasma de la ópera no voy a negar que ésta sea preciosa, pero
tampoco ignoraré que el personaje de Webber difiere físicamente del que Leroux
nos narra; así que, conociendo que hay gente que compra libros por su portada
(¡hola!) no está demás mencionar que el verdadero Fantasma es más grotesco y
descarnado que la peor versión que se haya hecho algún día de la obra musical. En
lo que a mí respecta ésta es la mejor portada con la que me he topado en
español (en inglés hay algunas rescatables) por lo que no la cambiaría por nada;
pero eso sí, seguiré esperando una edición digna de coleccionistas, ¿eh? Que
quede constancia, xD.
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Ésta es la versión que yo tengo. |
¡El libro me
encantó! Ya sé que ésta es la frase más trillada que puedo decir en estos casos
pero no puedo evitarlo. Una
vez que superé esa aversión inherente al dialogo políticamente correcto (los
clásicos tienen esas frases que parecen calcadas de un libro de buena conducta
que a mí me repelen de manera alarmante xD) comencé a apreciar cada vez más la
historia que se me estaba narrando. El primer acierto de Leroux —como
periodista antes que literato— es presentarnos su obra como si ésta fuera una
investigación, logrando con ello darle una profundidad y un realismo que de
otra manera hubiera resultado forzado, quizá un poco falso. Entonces, no está
de más aplaudir que comenzara el prefacio, no sólo en primera persona, sino con
una certeza contundente: el fantasma de
la ópera existió. Develando con bastante antelación el resultado del misterioso caso que deseaba mostrarnos con todo lujo de detalle en las siguientes
páginas, y añadiendo un peso mayor a la creciente incertidumbre de no saber a
quién se está refiriendo pero que, sin embargo, su sola mención hace que un
escalofrío nos recorra el cuerpo.
Es también aquí,
al principio, donde podríamos percatarnos de lo que para mí es su mayor
defecto: su lentitud para tomar vuelo. Las primeras páginas se sienten pesadas,
a pesar del esfuerzo que hace Leroux para mantener la intriga con apariciones
crípticas y fugaces de ese ente de ultratumba que no se deja ver y cuyo vacío
termina por desaparecer durante el baile de mascaras, donde el Fantasma aparece
ataviado como la Muerte Roja, en uno de los pasajes más reconocidos de toda la
novela. Lo anterior es comprensible por la narrativa que nos presenta la
historia, al contarnos una investigación que, como todas las de su tipo, tarda
en avanzar. Entre anécdotas, cartas, y testimonios, tal inicio se hace
llevadero y logra superarse sin mayor dificultad. Leroux tampoco logra darles
profundidad significativa a varios individuos, a los que por momentos sentí
secos y superficiales, casi robóticos. También resulta evidente cómo la calidad
de la narración aumenta cuando Christine Daaé o el Persa—uno de los personajes
más enigmáticos de la obra— toman la palabra. Algo que no me extraña, pues es
gracias a ellos que logramos conocer al extraño personaje que se esconde en las
cámaras acorazadas de la Ópera Garnier, un edificio que consigue un
protagonismo que muy pocas veces he visto en otro libros.
Pero es
precisamente en Erik donde recae todo el peso de la historia y es su carga
emocional la que logra eclipsar cualquier defecto que se pueda colar en el
libro, haciendo que la desabrida personalidad de los viejos y los nuevos
directores del edificio quede relegada a un segundo término, junto con
la falta de relevancia de Madame Giry (de la que me esperaba muchísimo más) y
de la pequeña Meg, de quien apenas noté su presencia. Erik, por sí solo,
despierta en el lector una serie de ambiguos sentimientos que van desde la más
inocente ternura hasta el más profundo de los desprecios, logrando con ello una
versatilidad de emociones que no sentí ni siquiera por la criatura de Mary
Shelley, convirtiéndose en una de las figuras más memorables de los que he leído
alguna vez. Y es que su historia, de por sí trágica y dolorosa, está cimentada
en la humanidad misma que se cuela a pesar de su deformidad. Su carácter guarda dentro de sí una deformidad mayor que la de su cuerpo, misma que utiliza
para caminar por los recónditos pasillos de la Ópera de París con un aire
despótico más acorde con un tirano histórico que con un genio de la
arquitectura y la música.
Su
obsesión desmedida por Christine Daaé únicamente logra crear en él una aversión
que el lector rápidamente es capaz de interpretar como una incapacidad de amar
y ser amado, un concepto que él parece distorsionar de tal forma que la soprano
le tome tanto que lo repele; a pesar de ser él quien la instruyó en el canto
desde la más absoluta oscuridad con una prodigiosidad asombrosa. Aquí es donde Raoul,
el vizconde de Chagny, logra tomar la relevancia necesaria para que Christine
se sienta segura a su lado, siendo Erik quien los hostiga y persigue a la
primera oportunidad que se le presenta, como un espectro celoso merodeando en
el palacio donde habitó mientras vivía. Hay quienes critican la terquedad
desmedida de Raoul o la indecisión de Christine (por momentos dudé más de su
cordura que la del Fantasma), sin embargo, no olvidemos que son bastante jóvenes
(no tendrían más de 22 años) y su férrea o tambaleante actitud sólo refleja su
propia inexperiencia y sus miedos, que no son pocos ni son comunes. En
contrapunto, la actitud misma de Erik ante ese panorama desolador consigue
erizarnos la piel y volcarnos en un abanico emocional que alcanza su punto álgido
al final —quizá previsible desde el principio pero no por ello menos conmovedor—,
que consigue conjugar una tragedia moderna parisiense y una historia de amor que
quizá nunca sucedió en realidad porque la obsesiva personalidad de su piedra
angular opacó cualquier acto de raciocinio sentimental que pudiera colarse
entre las páginas.
La
deformidad física de Erik desembocó en un terror general que él reinterpretó
como poder. La capacidad de hacer y
deshacer a su antojo todo aquello que le apeteciera manipular con su condición
de horrible prodigio de las artes (el ventrilocuismo, la prestidigitación, la arquitectura
y la música). No es de extrañar esa fama legendaria de un personaje tan
corrosivo que ha trascendido más de un siglo, y del que se han escrito más libros
de los que Laroux jamás hubiera imaginado. Quizá su popularidad se deba en gran
medida a su desgraciada vida. Al final es demasiado obvio que la guerra mental
del misterioso genio podría resumirse por un lado en el desprecio que la
sociedad le tuvo, junto con el aislamiento al que fue impuesto por su condición
de monstruo desde niño —belleza rara que jamás recibió un beso de su madre pero
sí una máscara— y por otro, su
necesidad de sentirse aceptado y querido por alguien aunque fuera por
obligación o agradecimiento, no por nada Christine se refería a él como el ángel de la música; quizá el mayor
halago que alguien le había dedicado en la vida.
A
pesar de su carácter posesivo y enfermo he logrado simpatizar con el marginado
genio del Garnier como poco lo he hecho con otros personajes clásicos,
entendiendo de sobremanera que esa actitud que rayaba la locura era más
productos de las personas que lo despreciaron que por una maldad inherente en
él. Sus crímenes pasan a un segundo plano cuando se conoce un poquito su pasado
y las penurias que sufrió desde pequeño; sin embargo, Laroux no hurgar más de lo
debido, temiendo con ello humanizar a un personaje cuyo virtuosismo debería
parecernos excepcional y lejano. Son
otros autores, quienes, con la libertad que se los otorga en la Literatura, se
han atrevido a inventarse nuevas vidas para un ser tan complejo como el que se
nos presenta en esta historia, siendo dos libros los que más trascienden en
este ámbito: Fantasma de Susan Kay y El fantasma de Manhattan de Frederick
Forsyth. El primero nos enseña los primeros años de Erik, abarcando desde su
nacimiento hasta el tiempo de libro original; el segundo, por el contrario refleja un final
alternativo a la obra de Laroux dando a entender que Erik consigue huir de la
turba enfurecida que desea verlo muerto y huye rumbo a Manhattan donde se
establece en el parque de atracciones de Coney Island. Mientras que la novela
de Kay logra el importante objetivo de desvirtuar una leyenda, logrando
aportarle destellos de humanidad a alguien que parecía no serlo, el libro de Forsyth
falla en su mediocridad argumental que gira desde el principio en un amor
intenso pero imposible. La novela de Susan Kay la disfruté más por el
pragmatismo de su protagonista, visto a través de los ojos de diversas personas,
que por su narrativa (que nunca me terminó de enamorar) y el trabajo de Forsyth
lo terminé por mero respeto al autor, aunque no consiguió despertar en mí un interés
más del necesario. Bastante olvidable, para ser sincera, que en ningún momento
parece rendirle homenaje a la mayor creación de Gastón Leroux, por lo que la
decepción es aún mayor. La adaptación musical de esta última novela, “Love never
dies”, también deja muchísimo que desear, pues salvo tres o cuatro canciones, el
resto de la obra resulta olvidable, incluso para mí, que he adorado al reparto
original desde el principio.
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La conocida caja musical, tan importante en el show, no es mencionada jamás en el libro,
pero su simbolismo es mayor del que aparenta en un principio. |
La
adaptación de la obra El fantasma de la ópera al teatro musical es una joya
innegable y ahí sí rindo mis más sinceros respetos a los responsables de su
creación. Desde la puesta en escena hasta la música y la letra de sus
canciones, logra evocar de manera maravillosa la esencia misma de la novela gótica
que resuenan entre un número y otro, y que he aprendido a apreciar aun más ahora
que la obra de Leroux ha pasado por mis ojos. Salvo la omisión de ciertos
personajes de poca relevancias (o el de mayor peso, como el Persa) y un final
que difiere del que aparece en papel, el acto musical sí que le hace un homenaje a la
historia que le dio origen, manteniendo casi intacta la trama y añadiendo una
curiosidad mayor al mítico Fantasma otorgándole el permiso de vincularse con la
audiencia en temas que logran abrir una ventana a su portentosa mente con temas
tan arraigados en la memoria colectiva como “Music of the Night” o “The point
of no return”. Más conmovedor aun resulta el circulo que se cierra desde el
principio con la caja musical del pequeño mono que tintinea la melodía de “Masquerade”, cuya letra adquiere un distorsionado significado muy alejado del colorido baile que aparece después del primer acto, cuando brota con melancólica
tristeza de la boca de un humano tan dañado como él: Masquerade! Hide your face so the world will never find you. Pero, como lo mencioné
anteriormente, el aspecto físico del personaje creado por Andrew Lloyd Webber
difiere de aquel que Leroux imaginó cien años atrás, más cercano a la soberbia personificación
de Lon Chaney que cualquier otro que se haya hecho jamás. El Fantasma del
musical (del que jamás se menciona su nombre) se yergue en una galantería que
logra cubrir con maquillaje, peluca y una preciosa media máscara, ocultando sus
imperfecciones ahí donde nadie pueda verlas pero mostrando su misma distorsión de
la realidad que hace obsesionarse con la soprano estrella recién descubierta en
la ópera, y a la cual él se encargó de instruir.
Ésta suprema novela de Gáston Leroux la recomendaría una y otra vez; nunca
creí que lo disfrutaría tanto como lo hice. Siempre tuve la idea de que este libro guardaba
cierta semejanza con Nuestra Señora de París de Víctor Hugo (obra del autor francés
que leí en mi infancia en una versión condensada), quizá por la deformidad de
ambos personajes y el devastador desenlace de las dos historias, pero mirándolo
desde esta perspectiva, la novela de Víctor Hugo termina siendo más cruel que la
de Leroux pero no por ello menos importante. Los clásicos me seguirán dando
tanto miedo como siempre lo han hecho, pero obras como esta me invitan a darles
una oportunidad y a no juzgarlos tan precipitadamente, dejando que marchen a su
ritmo, dándoles su tiempo para develar la trama. Algo parecido me sucedió con Frankenstein
o el moderno Prometeo de Mary Shelley, una novela que adoré desde la primera
lectura, algo que no sucedió con Drácula de Bram Stoker, un trabajo que encontré
demasiado pesado para mi gusto y que sin duda algún día haré el esfuerzo de
terminar. Mi verdadero problema con los clásicos literarios es la necesitad
inquebrantable de querer que me
gusten, y es un pensamiento con el que estoy luchando, pues sé que no debería
ser así, pero en fin.
Aplaudo muchísimo al abanico de emociones que esta
historia a vertido en mí y poder cerrar por fin este arco que comenzó hace 10
años cuando aquella película musical se asomó por la pantalla de mi TV mientras
mi abuela y yo buscábamos una y mil formas de divertirnos una fría noche
otoñal. Por mi parte,
siempre recordaré al fantasma de la Ópera de París, que deambuló como alma en
pena por aquellos inacabables pasillos, guaridas y pasadizos subterráneos,
añorando un poco del respeto que siempre le fue negado por aquellos que sólo le
temieron, mirándole con asco. Don Juan Triunfante, dañado y herido, que logró
con su música y arte acaparar los más finos sentidos de la alta sociedad francesa, gracias a
la agraciada voz de la soprano que le robó el corazón, la voz, la vida y el
aliento mismo. Esa misma mujer que al final terminó por arrebatarle el último
centímetro de cordura que su inteligencia le permitía, desembocando en el
trágico final que, mirándolo con frivolidad, logró darle la libertad que la vida
jamás le pudo otorgar.