21 ago. 2014

Will you still play when all the rest of us are dead?

No, esta no es la versión que yo tengo.
De aquel otoño del año 2005 recuerdo muy poquitas cosas. De hecho, sólo recuerdo dos en este momento: una era que aun soñaba con estudiar Medicina Veterinaria algún día, y la otra era aquella obsesión desmedida que mi abuela materna y yo teníamos hacia The Phantom of the Opera (Joel Schumacher, 2004), la adaptación a la pantalla grande del musical inspirado en el clásico de la Literatura. Nuestra obsesión por este film era ridícula, sólo comparable a atascarse una cubeta de helado napolitano a escondidas de la gente para evitar la molestia de tener que invitarles, escuchar al grupo Mercurio con los audífonos puesto para evadir explicaciones de todo tipo o llorar a lágrima tendida cada vez que veíamos Titanic (James Cameron, 1997). Pero mi abuela y yo éramos muy hardcore en estas cosas y podría jurar que nos atragantamos viendo este film más de ocho veces el mismo mes, lo cual implicaba dormirse después de la media noche, achuchadas únicamente por las frazadas que nos rodeaban, nuestros sentimientos a flor de piel y la música de la noche brotando de la TV. El día que mi abuelita abandonó nuestra casa para trasladarse a vivir con mi tía —donde un par de años después moriría— tomé el DVD de la película y me negué a volver a verlo en un futuro cercano. Terminó siendo vendido en aquella venta de garaje de la cual jamás escribí una segunda parte y en la que también logré deshacerme de dos versiones que tenía del libro (aun hoy me acurruco en mi cama llorando por eso, lo juro) quedando el Fantasma olvidado y relegado de mi memoria por más de un lustro, hasta que fangirlié como se fangirlean las cosas bellas al ver la edición especial del 25° aniversario del musical y me felicité a mí misma por aun tener las canciones muy guardaditas en mi corazón.   

Vale, retrocedamos un instante: sé que esa no fue la mejor manera de acercarme por primera vez a la obra de Gastón Leroux; que algo mejor hubiera sido leerme el libro o ya de perdida ver la puesta en escena que en México dejó de existir cuatro años antes de aquel momento, pero oye, algo peor que eso hubiera sido leerme la versión condensada hasta niveles irrisorios que descansaba en la estantería de mi casa (una edición viejísima de bolsillo que no superaba las 100 páginas) o fumarme a mis 17 años el librito infantil que me regalaron a los 10 con la portada más adorable ever. Pero en aquel entonces eso no iba conmigo, así que ni siquiera lo intenté mínimamente. Además, yo siempre he tenido mis pegas fuertes con los clásicos, a los que miro a la distancia con el respeto que se merecen por derecho propio y con toda la rigurosidad que me permite mi mediocridad a la hora de leerlos. Es algo que ya expliqué antes, cuando opiné sobre Un mundo feliz, la perturbadora obra distópica de Aldous Huxley que hasta el día de hoy me produce pesadillas estando despierta. De hecho, poniéndome en plan serio diría que los libros de peso antiguo que he leído se limitan a cinco o seis, contando éste, del que hoy les vengo a hablar.

Hace una semana encendí la TV después de meses, literalmente, de no hacerlo y me topé con la película del musical haciendo que un torrente enorme de nostalgia y recuerdos cruzara por mi mente. Un sentimiento bonito que no experimenté cuando vi el concierto del 25° aniversario, a pesar de la exaltación que sentí en aquella ocasión en la que me pareció tener el corazón en un puño durante más de dos horas continúas. Recordé entonces aquel otoño en el que mi abuela tarareaba “Masquerade” mientras contestaba su crucigrama por las mañanas y yo limpiaba la habitación que compartíamos con la tonada del tema principal en la cabeza. Fue más o menos en el cuarto o quinto visionado cuando mi abuela pudo recordar por fin la letra completa en español de “Music of the Night” que ella conocía como “Música en la oscuridad” de la cual nunca me supo dar explicaciones de cómo la aprendió y dónde, siendo junto con “Memories” de Cats dos temas castellanizados que me grabé en la mente a base de tanto escucharlos a diario de su boca. Pero eso fue una década atrás. La cosa cambia al ver la película desde la perspectiva del que ya conoce el musical y el trasfondo de los personajes, por lo que los peros comienzan a tener el sentido que diez años atrás los dejé pasar por mera ignorancia. Igualmente el film se lo recomendaría a cualquiera que le gusten las versiones cinematográficas de musicales pero que no necesariamente pretendan que los superen, comprendiendo que son universos totalmente distintos. Sí la recomendaría, por ejemplo, como una mera introducción a la obra de Webber que, dicho sea de paso, podrían pasar por mis ojos trescientas veces y dudo muchísimo que me canse. Pero en el caso del film de Joel Schumacher se da exactamente el mismo caso que con la obra de James Cameron, la nostalgia de épocas pasadas supera mi más acérrima crítica contra ellas (si es que existen) y fácilmente podrían caer una y otra vez en cada ocasión que la oportunidad de verlas se asoma por mi ventana, sencillamente porque me remontan a aquellos tiempos en los que las cosas eran más fáciles y disfrutables y todo me parecía jodidamente maravilloso; ¿para qué mentir?

La personificación de Lon Chaney como
el Fantasma logró aterrorizarme
de pequeña.
Mi problema con los musicales no es que me gusten, sino que me hipnotizan y por lo tanto me embrutecen a niveles alarmantes. Tengo carpetas en mi laptop con los OST de obras que jamás veré arriba de un escenario pero que adoro escuchar a tope cada vez que me llega la oportunidad de hacerlo: Evita, Jesucristo Superestrella, El violinista en el tejado, Sweeney Todd, Chicago, La bella y la bestia, El fantasma de la ópera, Matilde, El Rey León, Los miserables, Cats, etcétera. Es decir, lo mío es grave, siempre lo ha sido. Sin embargo, ya sabemos que la mayoría de los musicales suelen tener un trasfondo; aquello que les dio origen. Es eso mismo lo que me llevó a leer Los Miserables de Víctor Hugo años antes de ver la adaptación cinematográfica del musical o sentarme en mi ordenador para leerme la historia de Leroux después que la película de Schumacher desplegara sus créditos finales la semana pasada, casi diez años después de rencontrarme con ella. Para aquel entonces, el Fantasma se limitaba a ser para mí la imagen que vi a los seis años de edad de un terrorífico hombre que tiraba más a vampiro putrefacto que a ser humano, impreso en una página de un viejo libro llamado Los poderes desconocidos (Reader's Digest, 1982) donde se hablaba largo y tendido de los personajes más terroríficos del cine antiguo. La interpretación de Lon Chaney como el Fantasma lograba erizarme tanto la piel como aquella fotografía del Nosferatu de Max Schreck plasmado a su lado. Drácula (1931) y la criatura de Frankestein (1931), que también tenían su cabida en ese artículo, eran una broma mal contada al lado de ellos.

Pero leerme la novela en mi laptop jamás terminó de convencerme, ni siquiera cuando ya iba por la centena de páginas. Y es que el formato de libro electrónico aun no consigue enamorarme. Vamos, ni siquiera me gusta. A favor de los ebook puedo decir que nunca los he leído como debe de ser, es decir, en un dispositivo diseñado para eso, por lo que es entendible que leer en una tablet, celular o laptop se convierte en algo cercano a una tortura para mi retina más que un tiempo provechoso (o por lo menos disfrutable). Un segundo intento —fallido— consistió en descargarme el audiolibro de la novela en cuestión. Admito que lo disfruté un poquito más: la voz del narrador lograba con sus tonos y su estilo agregarle ese halo misterioso pero entrañable a una obra que ya por su nombre provocaba escalofríos. Desafortunadamente el problema recayó donde mismo: la vista se cansa más rápido que el oído. Al final, terminé debatiéndome entre las ganas de saber más de una historia que comenzaba a tomar un vuelo apasionante y mi renuencia para continuarla únicamente por medio del audio, así que decidió pausarla y buscar el libro físico en el centro comercial de mi ciudad con la posibilidad de no encontrarlo porque jamás en la vida lo había visto ahí. Por cosas maravillosas de no sé cuántos dioses de universos alternos encontré dos versiones de la obra de Leroux escondidas en el último anaquel de la sección de libros. Uno de ellos era un libro juvenil (bastante delgado, para mi gusto) con una portada terrible editada con Paint que no me convencía ni regalado y por otro lado estaba otra edición con un mayor grosor que, como portada, utilizaba una pintura preciosa de @EvangelineDrawing basado en los personajes de la película de Schumacher (de hecho, es calcada de una imagen promocional real) con un precio absurdo si nos ponemos a sopesar la idea de que estamos hablando de un clásico.

Vale, nunca he sido muy fan de los libros que usan imágenes de sus adaptaciones televisivas o cinematográficas para decorar sus portadas, ni aquellas donde una persona física aparece en ella para darte más o menos una idea de cómo será el o la protagonista de la historia. Siempre he sentido que te obligan a crearte una idea restrictiva respecto a cómo podrías imaginártelo tú, lo cual no creo que sea muy correcto. Hay excepciones, claro: la portada del libro Cometas en el cielo (Khaled Hosseini, 2003) me sigue pareciendo una joyita muy tierna. En el caso de El fantasma de la ópera no voy a negar que ésta sea preciosa, pero tampoco ignoraré que el personaje de Webber difiere físicamente del que Leroux nos narra; así que, conociendo que hay gente que compra libros por su portada (¡hola!) no está demás mencionar que el verdadero Fantasma es más grotesco y descarnado que la peor versión que se haya hecho algún día de la obra musical. En lo que a mí respecta ésta es la mejor portada con la que me he topado en español (en inglés hay algunas rescatables) por lo que no la cambiaría por nada; pero eso sí, seguiré esperando una edición digna de coleccionistas, ¿eh? Que quede constancia, xD.

Ésta es la versión que yo tengo. 
¡El libro me encantó! Ya sé que ésta es la frase más trillada que puedo decir en estos casos pero no puedo evitarlo. Una vez que superé esa aversión inherente al dialogo políticamente correcto (los clásicos tienen esas frases que parecen calcadas de un libro de buena conducta que a mí me repelen de manera alarmante xD) comencé a apreciar cada vez más la historia que se me estaba narrando. El primer acierto de Leroux —como periodista antes que literato— es presentarnos su obra como si ésta fuera una investigación, logrando con ello darle una profundidad y un realismo que de otra manera hubiera resultado forzado, quizá un poco falso. Entonces, no está de más aplaudir que comenzara el prefacio, no sólo en primera persona, sino con una certeza contundente: el fantasma de la ópera existió. Develando con bastante antelación el resultado del misterioso caso que deseaba mostrarnos con todo lujo de detalle en las siguientes páginas, y añadiendo un peso mayor a la creciente incertidumbre de no saber a quién se está refiriendo pero que, sin embargo, su sola mención hace que un escalofrío nos recorra el cuerpo.

Es también aquí, al principio, donde podríamos percatarnos de lo que para mí es su mayor defecto: su lentitud para tomar vuelo. Las primeras páginas se sienten pesadas, a pesar del esfuerzo que hace Leroux para mantener la intriga con apariciones crípticas y fugaces de ese ente de ultratumba que no se deja ver y cuyo vacío termina por desaparecer durante el baile de mascaras, donde el Fantasma aparece ataviado como la Muerte Roja, en uno de los pasajes más reconocidos de toda la novela. Lo anterior es comprensible por la narrativa que nos presenta la historia, al contarnos una investigación que, como todas las de su tipo, tarda en avanzar. Entre anécdotas, cartas, y testimonios, tal inicio se hace llevadero y logra superarse sin mayor dificultad. Leroux tampoco logra darles profundidad significativa a varios individuos, a los que por momentos sentí secos y superficiales, casi robóticos. También resulta evidente cómo la calidad de la narración aumenta cuando Christine Daaé o el Persa—uno de los personajes más enigmáticos de la obra— toman la palabra. Algo que no me extraña, pues es gracias a ellos que logramos conocer al extraño personaje que se esconde en las cámaras acorazadas de la Ópera Garnier, un edificio que consigue un protagonismo que muy pocas veces he visto en otro libros.

Pero es precisamente en Erik donde recae todo el peso de la historia y es su carga emocional la que logra eclipsar cualquier defecto que se pueda colar en el libro, haciendo que la desabrida personalidad de los viejos y los nuevos directores del edificio quede relegada a un segundo término, junto con la falta de relevancia de Madame Giry (de la que me esperaba muchísimo más) y de la pequeña Meg, de quien apenas noté su presencia. Erik, por sí solo, despierta en el lector una serie de ambiguos sentimientos que van desde la más inocente ternura hasta el más profundo de los desprecios, logrando con ello una versatilidad de emociones que no sentí ni siquiera por la criatura de Mary Shelley, convirtiéndose en una de las figuras más memorables de los que he leído alguna vez. Y es que su historia, de por sí trágica y dolorosa, está cimentada en la humanidad misma que se cuela a pesar de su deformidad. Su carácter guarda dentro de sí una deformidad mayor que la de su cuerpo, misma que utiliza para caminar por los recónditos pasillos de la Ópera de París con un aire despótico más acorde con un tirano histórico que con un genio de la arquitectura y la música.

Su obsesión desmedida por Christine Daaé únicamente logra crear en él una aversión que el lector rápidamente es capaz de interpretar como una incapacidad de amar y ser amado, un concepto que él parece distorsionar de tal forma que la soprano le tome tanto que lo repele; a pesar de ser él quien la instruyó en el canto desde la más absoluta oscuridad con una prodigiosidad asombrosa. Aquí es donde Raoul, el vizconde de Chagny, logra tomar la relevancia necesaria para que Christine se sienta segura a su lado, siendo Erik quien los hostiga y persigue a la primera oportunidad que se le presenta, como un espectro celoso merodeando en el palacio donde habitó mientras vivía. Hay quienes critican la terquedad desmedida de Raoul o la indecisión de Christine (por momentos dudé más de su cordura que la del Fantasma), sin embargo, no olvidemos que son bastante jóvenes (no tendrían más de 22 años) y su férrea o tambaleante actitud sólo refleja su propia inexperiencia y sus miedos, que no son pocos ni son comunes. En contrapunto, la actitud misma de Erik ante ese panorama desolador consigue erizarnos la piel y volcarnos en un abanico emocional que alcanza su punto álgido al final —quizá previsible desde el principio pero no por ello menos conmovedor—, que consigue conjugar una tragedia moderna parisiense y una historia de amor que quizá nunca sucedió en realidad porque la obsesiva personalidad de su piedra angular opacó cualquier acto de raciocinio sentimental que pudiera colarse entre las páginas.  

La deformidad física de Erik desembocó en un terror general que él reinterpretó como poder. La capacidad de hacer y deshacer a su antojo todo aquello que le apeteciera manipular con su condición de horrible prodigio de las artes (el ventrilocuismo, la prestidigitación, la arquitectura y la música). No es de extrañar esa fama legendaria de un personaje tan corrosivo que ha trascendido más de un siglo, y del que se han escrito más libros de los que Laroux jamás hubiera imaginado. Quizá su popularidad se deba en gran medida a su desgraciada vida. Al final es demasiado obvio que la guerra mental del misterioso genio podría resumirse por un lado en el desprecio que la sociedad le tuvo, junto con el aislamiento al que fue impuesto por su condición de monstruo desde niño —belleza rara que jamás recibió un beso de su madre pero sí una máscara— y por otro, su necesidad de sentirse aceptado y querido por alguien aunque fuera por obligación o agradecimiento, no por nada Christine se refería a él como el ángel de la música; quizá el mayor halago que alguien le había dedicado en la vida.  

A pesar de su carácter posesivo y enfermo he logrado simpatizar con el marginado genio del Garnier como poco lo he hecho con otros personajes clásicos, entendiendo de sobremanera que esa actitud que rayaba la locura era más productos de las personas que lo despreciaron que por una maldad inherente en él. Sus crímenes pasan a un segundo plano cuando se conoce un poquito su pasado y las penurias que sufrió desde pequeño; sin embargo, Laroux no hurgar más de lo debido, temiendo con ello humanizar a un personaje cuyo virtuosismo debería parecernos excepcional  y lejano. Son otros autores, quienes, con la libertad que se los otorga en la Literatura, se han atrevido a inventarse nuevas vidas para un ser tan complejo como el que se nos presenta en esta historia, siendo dos libros los que más trascienden en este ámbito: Fantasma de Susan Kay y El fantasma de Manhattan de Frederick Forsyth. El primero nos enseña los primeros años de Erik, abarcando desde su nacimiento hasta el tiempo de libro original; el segundo, por el contrario refleja un final alternativo a la obra de Laroux dando a entender que Erik consigue huir de la turba enfurecida que desea verlo muerto y huye rumbo a Manhattan donde se establece en el parque de atracciones de Coney Island. Mientras que la novela de Kay logra el importante objetivo de desvirtuar una leyenda, logrando aportarle destellos de humanidad a alguien que parecía no serlo, el libro de Forsyth falla en su mediocridad argumental que gira desde el principio en un amor intenso pero imposible. La novela de Susan Kay la disfruté más por el pragmatismo de su protagonista, visto a través de los ojos de diversas personas, que por su narrativa (que nunca me terminó de enamorar) y el trabajo de Forsyth lo terminé por mero respeto al autor, aunque no consiguió despertar en mí un interés más del necesario. Bastante olvidable, para ser sincera, que en ningún momento parece rendirle homenaje a la mayor creación de Gastón Leroux, por lo que la decepción es aún mayor. La adaptación musical de esta última novela, “Love never dies”, también deja muchísimo que desear, pues salvo tres o cuatro canciones, el resto de la obra resulta olvidable, incluso para mí, que he adorado al reparto original desde el principio.

La conocida caja musical, tan importante en el show, no es mencionada jamás en el libro,
pero su simbolismo es mayor del que aparenta en un principio.
La adaptación de la obra El fantasma de la ópera al teatro musical es una joya innegable y ahí sí rindo mis más sinceros respetos a los responsables de su creación. Desde la puesta en escena hasta la música y la letra de sus canciones, logra evocar de manera maravillosa la esencia misma de la novela gótica que resuenan entre un número y otro, y que he aprendido a apreciar aun más ahora que la obra de Leroux ha pasado por mis ojos. Salvo la omisión de ciertos personajes de poca relevancias (o el de mayor peso, como el Persa) y un final que difiere del que aparece en papel, el acto musical sí que le hace un homenaje a la historia que le dio origen, manteniendo casi intacta la trama y añadiendo una curiosidad mayor al mítico Fantasma otorgándole el permiso de vincularse con la audiencia en temas que logran abrir una ventana a su portentosa mente con temas tan arraigados en la memoria colectiva como “Music of the Night” o “The point of no return”. Más conmovedor aun resulta el circulo que se cierra desde el principio con la caja musical del pequeño mono que tintinea la melodía de “Masquerade”, cuya letra adquiere un distorsionado significado muy alejado del colorido baile que aparece después del primer acto, cuando brota con melancólica tristeza de la boca de un humano tan dañado como él: Masquerade! Hide your face so the world will never find you. Pero, como lo mencioné anteriormente, el aspecto físico del personaje creado por Andrew Lloyd Webber difiere de aquel que Leroux imaginó cien años atrás, más cercano a la soberbia personificación de Lon Chaney que cualquier otro que se haya hecho jamás. El Fantasma del musical (del que jamás se menciona su nombre) se yergue en una galantería que logra cubrir con maquillaje, peluca y una preciosa media máscara, ocultando sus imperfecciones ahí donde nadie pueda verlas pero mostrando su misma distorsión de la realidad que hace obsesionarse con la soprano estrella recién descubierta en la ópera, y a la cual él se encargó de instruir.

Ésta suprema novela de Gáston Leroux la recomendaría una y otra vez; nunca creí que lo disfrutaría tanto como lo hice. Siempre tuve la idea de que este libro guardaba cierta semejanza con Nuestra Señora de París de Víctor Hugo (obra del autor francés que leí en mi infancia en una versión condensada), quizá por la deformidad de ambos personajes y el devastador desenlace de las dos historias, pero mirándolo desde esta perspectiva, la novela de Víctor Hugo termina siendo más cruel que la de Leroux pero no por ello menos importante. Los clásicos me seguirán dando tanto miedo como siempre lo han hecho, pero obras como esta me invitan a darles una oportunidad y a no juzgarlos tan precipitadamente, dejando que marchen a su ritmo, dándoles su tiempo para develar la trama. Algo parecido me sucedió con Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Shelley, una novela que adoré desde la primera lectura, algo que no sucedió con Drácula de Bram Stoker, un trabajo que encontré demasiado pesado para mi gusto y que sin duda algún día haré el esfuerzo de terminar. Mi verdadero problema con los clásicos literarios es la necesitad inquebrantable de querer que me gusten, y es un pensamiento con el que estoy luchando, pues sé que no debería ser así, pero en fin.

Aplaudo muchísimo al abanico de emociones que esta historia a vertido en mí y poder cerrar por fin este arco que comenzó hace 10 años cuando aquella película musical se asomó por la pantalla de mi TV mientras mi abuela y yo buscábamos una y mil formas de divertirnos una fría noche otoñal. Por mi parte, siempre recordaré al fantasma de la Ópera de París, que deambuló como alma en pena por aquellos inacabables pasillos, guaridas y pasadizos subterráneos, añorando un poco del respeto que siempre le fue negado por aquellos que sólo le temieron, mirándole con asco. Don Juan Triunfante, dañado y herido, que logró con su música y arte acaparar los más finos sentidos de la alta sociedad francesa, gracias a la agraciada voz de la soprano que le robó el corazón, la voz, la vida y el aliento mismo. Esa misma mujer que al final terminó por arrebatarle el último centímetro de cordura que su inteligencia le permitía, desembocando en el trágico final que, mirándolo con frivolidad, logró darle la libertad que la vida jamás le pudo otorgar.      

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