25 feb. 2015

Farewell, The Mentalist! (2008-2015)

Robin Tunney & Simon Backer
(Vía @SnappyToes)
No creo que The Mentalist, a golpe de guión y de trama, haya pretendido alguna vez ser grande. Hace más de siete años logró abrirse un rincón sólido en la franja televisiva norteamericana y ya no se movió. Sentó una base de telespectadores que se deslizaba fácilmente entre la gente joven y la adulta con un rango amplio de edades que pocos shows podrían poseer. Es precisamente ahí donde brilló, fue precisamente a ellos a quienes le rindió cuentas cuando la trama principal llegó a su punto máximo la temporada pasada y fue ahí mismo donde el 18 de febrero asentó su despidida definitiva. The Mentalist se va dando todo lo que podía ofrecer (incluso más) y deja tras de sí una estela dulzona pero sincera y repleta de honestidad.

Este show no vino a ser un parte aguas en la estructura o en la forma de las series procedimentales. Cuando mucho, tenía la peculiaridad de que sus episodios poseían como títulos palabras que evocaban un específico color. Una simple curiosidad que no iba más allá de la mitología de la propia serie. A partir de ahí se podía perder fácilmente entre tantos otros programas que ofrecían, en mayor o menor medida, lo mismo que éste nos ofrecía, salvo ciertas variaciones en la trama (Castle, CSI, Elementary, Criminal Minds, Forever, Perception).

Ahora que la serie ha concluido vale la pena hacer un ejercicio de honestidad y mirar a atrás para señalar los fallos: Bruno Heller y compañía se olvidaron totalmente de la Asociación Blake, lo cual resulta un poco imperdonable. La organización criminal de un asesino sin escrúpulos queda atascada y coronada entre la corrupción de las fuerzas del orden y el gobierno norteamericano… O eso es lo que nos dan a entender. Heller le da un carpetazo definitivo al caso donde se cimentó la caída y redención de Patrick Jane; olvidándose que como espectadores merecíamos saber más. No me resulta creíble que la muerte de Thomas McAllister haya cavado la tumba donde la sociedad impunemente se movía. No es así como se esfuman estas cosas. Si muere el líder, entonces es sustituido por otro.

Ahora, si evocamos el egocentrismo del propio protagonista podríamos asimilar la indiferencia. El mentalista no era un heroico personaje que quisiera redimir a los delincuentes más peligrosos de California y eso lo supimos desde el principio. Su inclusión como consultor para el CBI fue únicamente para tener acceso a los expedientes de los casos donde el famoso asesino plasmó sus pasos. Cuando lo tuvo —literalmente— en sus manos se deshizo de él y continuó con su vida. Ese era verdaderamente su objetivo. No desarticular la asociación creada por el multihomicida ni desentrañar los secretos de la misma y sus integrantes. Él sólo quería justicia por el crimen cometido; para honrar, hasta los límites de la venganza, a su esposa e hija. El otro desliz en la trama ocurrió con Michelle Vega. La joven agente marcial se paró con firmeza ante un elenco que ya se había solidificado desde la temporada anterior y llegó con tanto temple como educación y carisma hasta tal punto que su muerte fue considerada tan dolorosa como innecesaria. Vega no tenía que morir, no había motivo para ella. Su deceso únicamente sirvió para poner a Jane en la disyuntiva de no saber qué hacer con su vida laborar y cómo afectaba el hecho de que Lisbon tampoco quería abandonar su trabajo. Sin embargo, el destino de la chica no tenía por qué ser así. La muerte sorprende porque The Mentalist no era un show que se caracterizara por asesinar a personajes innecesariamente. El atentado contra Michelle fue una salida fácil ante el escaso tiempo de la temporada para llevar Jane hasta el límite de sus nervios (que eso de perder a su familia también tiene su duelo) y marcar un ultimátum más para sí mismo que para la propia Lisbon.     

El triduo de episodios finales que comenzó con Byzantium (07.11) y alcanzó su desarrollo total en Brown Shag Carpet (07.12) para concluir con un entrañable White Orchids (07.13) homenajeó con loable honor lo que mejor hizo la serie en sus años dorados, cuando la trama de Red John aun se evaporaba en el aire: evocar el ocaso de un asesino en serie. Lazarusel que se levantó de entre los muertos— sirve como réquiem a la memoria del despreciable antagonista, ese mismo que opacó con perversidad las últimas temporadas tiñéndolas de rojo sangre, mientras un rostro sonriente brillaba como firma con dedicatoria en cada uno de sus trabajos realizados. Una sombra en la que la poesía de William Blake se transpiraba con escalofriante ligereza y que se desbordó sin reparo en The Great Red Dragon (06.07) para dar una última despedida magistral en Red John (6.08). Los últimos dos episodios incluso se dan la oportunidad de plantar guiños fácilmente reconocibles para quienes siguieron la serie desde el principio, cerrando de esa manera un círculo  casi perfecto y saciable para la mayoría, donde las fans tenían pocos fallos por señalar.

Byzantium (7.11) se encarga de inaugurar esta triada enfocada en el caso de Joe Keller, quien retrata la personalidad de Red John sin atiborrarse de ella; simplemente como fidelidad al crimen. Al final, Keller es más la reminiscencia misma de su padre (un asesino jamás capturado) que el alter ego del sheriff McAllister; pero resulta inevitable apreciar las similitudes entre ambos. Entre ellas, la necesidad irrevocable de contactar con Patrick Jane cuando éste los expone como seres dañados frente al público y la manía de marcar a los charlatanes asesinados. A los fans más acérrimos de The Mentalist la resolución del caso final les habrá parecido sosa, por no decir ridícula y no es que estén muy equivocados, eh. Por una parte, es de admirar que se las hayan arreglado para traernos una trama cíclica, circular, con su principio tan interesante y un final cerrado, pero la captura de Lazarus no deje de ser simplona y hasta graciosa. Personalmente a mi no me extrañó. La séptima temporada se enmarcó más en el desarrollo de los personajes que en los casos en sí, pasando estos últimos a un segundo plano, para dar cabida a la vida personal de quienes nos habían resultado ajenos durante tanto tiempo (una mención especial a Abbott).

El pasado de Patrick Jane se cuela apenas comienza el episodio, cuando le muestra a Teresa Lisbon el terreno que compró para construir su nuevo hogar. ¿Vas a quitarte tu alianza de bodas? Probablemente ninguna pregunta había calado tan hondo en la mente de Jane como ésta lo hizo. Quizá nos pegó tan fuerte como espectadores porque tampoco la esperábamos (aunque teníamos meses deseándola) y la desolación que impregna la música de fondo dota de esta escena con una densidad incómoda cuando en realidad era una invitación ciega a la esperanza. Y es que a estas alturas es bastante obvio que la mente de Patrick está lejísimos de la nuestra. La barrera invisible que él mismo ha levantado sobre su pasado impide ver más allá de escasísimos flashback a lo largo de los años. Es algo tan personal que ni siquiera Lisbon se había atrevido a hacer esa pregunta. Y de hecho, no tardó en arrepentirse: Apenas hizo su segunda aparición Rick Tork (Little Red Book 04.02) —con la misma ineptitud verbal que la primera vez— cuando ya había arrastrado sus pies hasta Jane para ofrecerle disculpas.

Los dos últimos episodios transcurren con la estructura narrativa típica del show pero siempre remarcando con protagonismo la evolución de Jane y Lisbon como pareja sin olvidarse tampoco de la aportación del resto del equipo (o la aparición festiva de la familia de Lisbon, que acapara la atención apenas se muestra en escena XD). Todavía más memorable resulta la ayuda que Cho aporta en la elección del vestido de novias; o la firma de papeles para la boda y el primer vistazo que Lisbon le da a su anillo y se muere de la risa. La fortaleza de Wayle en el arco final también merece su mención o la aparición de Rigsby y Van Pelt evocando con nostalgia los tiempos en que la vida era un poco más dura y tenían que rendirle cuentas a una organización sin tanto rango como el FBI.

En fin, que The Mentalist se nos ha ido en un pestañeo y éste es sólo un pedacito de gratitud por los mejores tiempos. Hubiera deseado tener más cabeza para poder dedicarle el post que se merece pero vale la pena levantar la copa y recordar aquellos gloriosos años de asesinos sin rostro, con posdatas macabras y la eterna carita que te sonreía sangrienta desde la pared desteñida en el palacio en ruinas de un reconocido charlatán.

Eso sí, sigo manteniendo la postura de que el momento cumbre en la mitología de Red John siempre será el final de Strawberries and Cream II (03.24).

Salud. Y gracias por el té. 
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Más sobre The Mentalist en el blog.

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