12 ago. 2007

FANFICTION: Que nadie sepa nunca dónde estuvimos (FMA) 3/3


No pasó mucho tiempo para que decidieran dormir; se turnarían cada dos horas para vigilar la entrada de la cueva. Roy Mustang se ofreció ser el primero en custodiar aquel lugar, argumentó que no tenía sueño y que eso le serviría para pensar en una estrategia para salir de allí.

La primera hora de guardia la pasó en relativa calma, sólo escuchó un par de ruidos en la oscuridad del bosque que posiblemente provenían de animales nocturnos que se escondían entre la maleza para cazar. Aunque habían pasado varios minutos aun no se le había ocurrido alguna estrategia para el problema que enfrentaban. Sacó el mapa que guardó en sus bolsillos horas atrás y lo volvió a ver con detenimiento. Nunca antes se topó con un mapa así, tan borroso, tan superficial, tan ¿infantil? Se preguntó quién lo habría hecho. ¿Un militar? Imposible; los detalles del terreno eran ínfimos. La tinta con la que fue pintado estaba a punto de desaparecer y aquel pedazo de hoja amarillento amenazaba con romperse por la mitad en cualquier momento. Pensó en aquel tipo misterioso que aparentemente vivió en el subsuelo de Amestris casi desde su fundación, aquel al que los extintos homúnculos llamaban Padre. ¿Qué hizo durante todos esos años allí abajo? Jugar a las naciones, sí, pero ¿qué más? ¿Quién delimitó las fronteras de ese país? Hasta ese momento Amestris era una nación circular, bastante peculiar a decir verdad, pero dejaría de serlo cuando ese pedazo de bosque se anexara a Aurego. Aquel hombre misterioso, inmortal, soñaba con más inmortalidad, tanta que estaba dispuesto a sacrificar a 50 millones por el beneficio de uno solo. Ahora que lo pensaba, King Bradley parecía inofensivo comparado con aquel monstruo.

Black Hayate se acercó junto a Roy, quien estaba sentado en el suelo, justo en la entrada de la cueva, y una pequeña fogata lo calentaba.

—¿Qué tal amigo? ¿No puedes dormir tú tampoco?

El perro lanzó un leve gemido, como si entendiera que aquella situación era algo delicada, Roy le acarició el lomo un momento.

—Te entiendo Hayate. ¿La inmortalidad no te parece aburrida? —Hayate le miró extrañado pero rápidamente se echó a un lado de él, apoyando su cabecita en la pierna izquierda del General—¿Qué haces en medio de ese eterno aburrimiento? ¿Declararle la guerra a aquel que tenga la osadía de mirarte distinto o pintar mapas estúpidos de bosques olvidados?

—¿Mapas estúpidos?

Roy reconoció que la voz detrás de él era la de la teniente Hawkeye así que no se molestó en voltear. Sabía que si Black Hayate se había separado de su dueña era sencillamente porque ella ya no estaba dormida.

—¿Usted tampoco puede dormir, teniente? —Roy trató de dejar atrás el tema de los mapas.

—Ese mapa no es estúpido, general. Fue dibujado por aborígenes de la zona. Personas que habitaron aquí mucho antes de que aquel homúnculo tuviera la idea de soñar con piedras filosofales y vidas eternas. Si hubo seres humanos que conocieron el terreno de este bosque más que nadie en este mundo fueron precisamente ellos.

—¿Y dónde están ahora? —Roy no pudo evitar soltar una leve sonrisa al escuchar esa pregunta tan irónica. Aquel lugar parecía no haber conocido vida humana en mucho tiempo.

Riza salió de la cueva mientras se abrochaba bien su chaqueta. A pesar de la fogata que estaba tan cerca de ellos el frío allí fuera era mucho más que en el interior. Se sentó enseguida de Black Hayate, cerca de Roy.

—Están muertos.

A Roy no le sorprendió escuchar aquellas palabras, pero la mueca que se dibujó en su rostro daba a entender que no le gustó nada la respuesta.

—¿El tipo que jugaba a las naciones los mató?

Ella asintió.

—La última guerra ocurrió hace 80 años, ese mapa se encontró en aquel entonces y se archivó en un expediente militar.

—Creí que los aborígenes que aquí vivían habían sido trasladados a Aurego —confesó el militar.

—El informe oficial así lo dice, y así es como se nos enseño a nosotros; pero lo cierto es que Aurego nunca los aceptó; las fuerzas armadas argumentaron que si Amestris quería el territorio boscoso también debía quedarse con quienes lo habitaban. Levantaron una frontera física que separa el bosque en dos y de este lado quedó la pequeña tribu que habitaba el bosque. El gobierno nunca quiso hacerse cargo de ellos así que mandó una unidad de soldados para que acabaran con sus vidas. El trabajo sucio que ellos hicieron aquí es lo que nosotros venimos a destruir, toda la evidencia de aquella masacre. Si tal información llega a la mano de las autoridades de Aurego ser armaría un escándalo internacional de proporciones épicas, a pesar de que el gobierno amestriano de aquel entonces no es el mismo de hoy.

—Qué asco —sentenció Roy con desgana. Nunca fue partidario de esa diplomacia basada en secretos y mentiras. Sabía que el viejo Grumman actuaba de esa manera porque en ese momento era lo mejor para el país, aun así se le revolvía el estómago sólo de imaginarse en el lugar de Führer y tener que mentir sobre algo demasiado delicado como aquello—. ¿Y usted cómo sabe todo esto?

Riza acarició la cabeza de Black Hayate que para ese momento ya estaba profundamente dormido.

—El Führer me lo dijo.

—¿Dónde estaba yo cuando eso ocurrió?

Roy le miró de una manera tan interrogativa que Riza no pudo evitar sonreír.

—Cuando usted fue al bar de Madame Christmas y yo le dije que me encontraría con Rebecca en el cuartel de Ciudad Central para ir a comer.

—Oh, ya lo recuerdo.

—Cuando llegué al cuartel me encontré con el Führer mientras arribaba al edificio, le acompañé a su oficina y fue allí donde me comentó la verdad detrás de la misión.

—¿Por qué no me comentó nada a mí sobre esto? —admitía que sentía decepcionado. Siempre pensó que Grumman confiaba tanto en él como para revelarle tales secretos, por muy oscuros que estos fueran.

—Porque sabía que no aceptaría —agregó ella seriamente.

Era verdad, Grumman lo conocía bastante bien, lo suficiente como para saber que un encubrimiento tan vergonzoso como aquel no era motivo de orgullo y mucho menos de mérito; que era lo que él pretendía ganar con aquella misión.

—Le diré algo, teniente —Roy bajó la mirada para ver una vez más aquel antiguo mapa. Ahora lo miraba de manera diferente, quizá con un poco de lástima—. No tengo la menor idea de cómo solucionar este problema.

Riza no dijo nada, él tampoco esperaba una respuesta, sólo quería que ella lo supiera. Aunque seguramente ya lo intuía. Un par de minutos después Riza sacó algo del bolsillo de su chaqueta y se lo extendió a Roy; era una brújula.

—¿Dónde consiguió esto? —ella no respondió pero sacó un papel que tenía guardado en el otro bolsillo; él lo miró con curiosidad mientras lo desdoblaba— ¿Un mapa?

—Después de que terminé de hablar con el Führer me encontré con Falman, Fuery, Havoc y Breda, acababan de llegar a Ciudad Central y dejaron sus cosas en una oficina desocupada antes de ir a comer un poco. Pude ver que, más allá de lo indispensable, no llevaban el material que ocuparíamos en la misión. Tomé un mapa de la biblioteca y le pedí a Rebecca que consiguiera una brújula...

—¿Ella sabe de la brújula?

—Así es.

—¡¿Y un así me amenazó con levantar un reporte por haberla extraviado en medio del bosque?!

La teniente Hawkeye sonrió.

—Supongo que sólo lo estaba asustando, general.

Roy Mustang ahora miraba ambos mapas, el antiguo y el moderno. No importa en qué dirección lo girara, el primero parecía no tener pies ni cabeza. Eran totalmente destinitos. El segundo, por el contrario tenía perfectamente distinguible cada región del bosque y todo estupendamente marcado. Ni siquiera le tomó dos minutos descubrí en qué lugar se encontraban, pues la cueva también aparecía en el nuevo mapa.

—Usted siempre tuvo la solución y yo me tuve que tragar historias fantasmales y los ataques de pánico de Fuery —deseaba sonar molesto pero el alivio que sintió de ver aquellas dos cosas se lo impidió.

—No me dirá que no se divirtió escuchando aquellos relatos.

—Fueron divertidos, sí. Aunque lo que en verdad dio miedo fue ver a Fuery a punto de ahorcar a Black Hayate con esos abrazos.

Ella sonrió ante aquel comentario mientras Black Hayate dormía plácidamente, ajeno por completo a brújulas, mapas y extravíos.

—¿Quedan aun malvaviscos?

—Creo que el sargento Breda aun tiene algunos.

—Siempre soñé con acampar en un bosque.

Riza lo miró extrañado, a decir verdad Roy Mustang era de los tipos que jamás abandonaría una ciudad ni siquiera para pasar un par de días vacacionando en el campo.

—¿Está hablando en serio, general?

—Por supuesto, pero nunca hubo nadie que me acompañara. De pequeño imaginaba quemar malvaviscos alrededor de una fogata mientras contaba historias macabras de fantasmas y apariciones.

—Hace unas horas no parecía muy divertido, señor.

—Porque en aquel entonces creía, Teniente, y cuando uno crece deja de creer en esas cosas y soñar con esas pequeñeces —él mismo odiaba aquel tono nostálgico que le invadía en ocasiones como aquella—. De todos modos gracias.

—¿Por qué?

—Por no entregarme el mapa y la brújula esta misma tarde. Creo que hemos pasado un tiempo agradable a pesar del frío.

—No es nada, general. Yo también lo pienso.

…...
El Führer Grumman nunca supo de aquel extravío. Al día siguiente lograron llegar sin dificultar al búnker que contenía los archivos secretos que tanto estuvieron buscando. No hubo necesidad de quemar nada, el tiempo ya había pasado factura a aquel rastro de humanidad que estaba en medio del bosque. Las hojas estaban hechas añicos debido a lo húmedo del ambiente y a la falta de mantenimiento del recinto. Sólo las municiones oxidadas que se apañaban olvidas en una esquina se negaban a desaparecer. No valía la pena destruir aquello, no existía evidencia alguna de lo que el ejército de Amestris hizo 80 años atrás y Roy Mustang dudaba bastante que un día alguna unidad del ejército de Aurego decidiera ingresar a tan recóndita profundidad del bosque.

Antes del anochecer ya todos se encontraban en un hotel de South City, disfrutando de la comodidad de sábanas limpias, el calor de una chimenea y agua potable.

El tratado de paz con Aurego se firmó sin contratiempo alguno y Grumman estaba tan feliz por el resultado que entre broma y broma trataba de convencer al general Mustang de tomar otra misión mucho más ambiciosa que la anterior: adentrarse a las minas olvidadas del Oeste, 500 metros por debajo de la superficie terrestre y recuperar otros archivos militares para así poder vender aquel pedazo de tierra a un prolífico empresario de la zona. Pero Roy se negó amablemente una y otra vez hasta que el anciano por fin dejó de insistir. El alquimista no quería saber más de historias de terror y bunkers subterráneos.

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