26 may. 2012

Tradiciones eclipsando primaveras...

¿Ven el eclipse? ¿lo ven? Yo tampoco.

La primera vez que fui testigo de un eclipse solar fue el 11 de julio del 1991, cuando tenía 3 años y mi familia estaba vacacionando en Guadalajara. De aquel entonces sólo mantengo vagos —muy vagos— recuerdos. En aquella ocasión fue un eclipse total de sol; el más hermoso que existe según dicen (todos deberían tener la oportunidad de ver uno en la vida, en serio). Muchos años después vi un eclipse parcial, esta vez estaba en Escuinapa. Fue un momento inesperado y el cual logramos observar gracias a que mi tío nos habló por teléfono para pedirnos que saliéramos a la calle y tratáramos de mirar al sol con unos negativos de fotografías. Fue un fenómeno maravilloso pero brevísimo y eclipsado —irónicamente— por las nubes que había ese día. Eran épocas en que el Internet era sólo un sueño lejano para nosotros así que no había oportunidad de anticipar el evento; al menos, claro, que leyéramos periódicos, viéramos los noticieros de la TV o escucháramos la radio, cosas que por supuesto no hacíamos. xDDD 

Así que cuando supe con cierta antelación que el 20 de mayo habría un eclipse anular me convencí que lo vería así tuviera que recorrer toda la República Mexicana meterme a una playa donde habría más de 40,000 personas. Esa acción la podrá realizar una persona convencional —de hecho, parece que les gusta— pero ¡Hola! Aquí está la niña cuya peculiaridad es la de tener un distanciamiento de un metro a la redonda con cualquier otro ser humano, y una distancia menor significa una violación al sagrado espacio personal y se paga con un cutterazo de mi parte (Mami, ¿ya entendiste por qué razón llevaba el cutter (navaja pequeña)? Es un arma de defensa personal, obviamente ¬‿¬). 

Vivo en el último municipio al sur de Sinaloa, casi colindando con el estado de Nayarit; así que sólo nos tocaría ver poquito del eclipse (casi el 40%) porque éste coincidiría con el ocultamiento del sol. El primer problema con el que me enfrenté era ese; buscar un lugar para verlo sin que ninguna edificación me tapara la vista. Vivo en una ciudad pequeña, así que el edificio más alto sigue siendo la Iglesia xD. Fue entonces cuando mi hermano se unió a la misión de encontrar otro lugar. Pensamos en subir una pequeña loma que empieza justo al cruzar el arroyo que atraviesa la ciudad pero mi papá insistió que nuestra subida sería en vano. Todo aquello está habitado y el horizonte es invisible porque las casas que hay tapan la vista. Pensamos en ir a otra loma cercana a La Capilla del Gallo, pero a esas horas sería muy peligro porque aquella zona está prácticamente deshabitada. Nuestra tercera y última opción era ir a la playa y presenciar el atardecer y el eclipse desde allí. Las playas de Escuinapa quedan a varios kilómetros alejadas de la cabecera municipal y no hay trasportes urbanos que lleguen hasta allí. Algunos te dejan afuera de ella y se tiene qué caminar muchísimos metros para encontrarte con el mar. También existe la opción de llamar a un taxi pero sale tan caro que para pagar tendrías que vender el riñón izquierdo y parte tu pulmón. 

Por cosas de la vida a las que Paulo Coelho llamaría ‘conspiraciones del universo’ —y a las que yo llamaría simples coincidencias calendáricas gregorianas— este eclipse anular de sol coincidiría con La Tradicional Fiesta del Mar de Las Cabras. [Para leer la visión perfecta, idealista, familiar y romántica de esta festividad centenaria celebrada en las playas de mi ciudad pueden ir aquí y leerlo por ustedes mismos; dudo que con lo vivido aquel día yo tenga las ganas y la dedicación para hablar tan bonito de semejante evento así que sobre aviso no hay engaño y todo lo demás que diría mi abuelita, eh xDDD]. Básicamente, y para resumir, la Fiesta de las Playas es un evento en el cual muchas familias compran enramadas (pequeños cuartos hechos con rama de palmera) y acampan a la orilla del mar durante cinco días. En ese lapso de tiempo hay eventos deportivos, conciertos, concursos, juegos mecánicos y shows de diversos tipos. 

Hay un evento parecido a este en la playa de El Médano Blanco en Angostura, Sinaloa, sólo que se da en Semana Santa y solo he tenido la oportunidad de ir una vez. Aunque allí es como hacer una peregrinación a La Meca: cruzas medio desierto y llegas a un mar pero sin olas, bien raro. (Estoy exagerando, obviamente).

Volviendo a Escuinapa; como mucha gente no tiene autos y los que sí tienen hacen lo imposible para no perder el lugar donde están estacionados, suele haber autobuses que van de la playa a la ciudad llevando y trayendo gente las 24 horas del día. Si queríamos ver el eclipse teníamos que aprovechar esa opción o arrepentirnos el resto de nuestra vida ¡y eso fue exactamente lo que hicimos! (lo primero, no lo segundo). 

El 20 de mayo mi papá nos dijo que él se ofrecía a llevarnos hasta la playa pero que nosotros nos regresáramos por nuestra cuenta, razón por la cual invitamos a mi mamá a nuestra inusual misión porque si no la llevábamos juro que nos hubiéramos venido caminando por tal de no subirnos al autobús democrático. xDDD El camino de ida fue casi maravilloso exceptuando por el hecho de que justo enfrente de nosotros iba un auto con la cara de Enrique Peña Nieto estampada cuando ancho era en el vidrio trasero y, por otro lado, teníamos que ir esquivando los autobuses que llevaban gente a la playa. No sé si estos mismos transportes eran los que en el pasado llamaban ‘Los rápidos del sur’ pero si en verdad lo eran déjenme decirles que hoy han caído en la desgracia y en el olvido porque de ‘rápido’ sólo les queda el nombre... Por lo menos tienen la virtud de poder rebasar a otro de los suyos. :D 

Una vez que llegamos a Las Cabras había una inmensidad de autos por todos lados. Muchísimos. Mi papá dijo: ustedes aquí se bajan, yo ya me voy. Y se fue, así campechanamente como llegó. Mi papá es de los que vería Pequeños Gigantes antes de ver el debate de los presidenciables. (Es broma, señor papá xD). 

Y allí nos quedamos nosotros… en un mar lleno de gente y de autos. Más de 40,000 personas a lo largo de ¿un kilómetro?, con un calor sofocante y una arena que cansaba caminarla y que, además, se pegaba a la piel. Precious Jones sufre como yo; con eso les digo todo. 

Teníamos dos opciones —muy horrible las dos—, una de ellas era caminar entre las calles de enramadas con la alta posibilidad de ver algún conocido y que nos interrumpiera nuestro objetivo de llegar al mar para ver el eclipse, y la otra era caminar por atrás de ellas, por el área del estacionamientos con la probabilidad de que no supiéramos hasta dónde podríamos adentrarnos a la playa. Nos decidimos por la segunda opción y allí vamos mi mamá, mi hermano y yo emprendiendo nuestra misión. 

Lo primero que vimos cuando llegamos fueron autos, y autos y más autos; una hilera bastante modesta de comercios; una carpa de la policía municipal; algunas ambulancias y un pequeño templete del PAN y justo enfrente otro del PRI y una camioneta chiquita del PRD. Muy vacías las tres cosas. El único partido que no hizo acto de presencia fue Nueva Alianza; la gente de Quadri es demasiado hipster para tales eventos. 

Caminando un poquito logramos divisar unos juegos mecánicos y una carpa cercana que en un principio pensé que era un circo, pero acercándonos más noté que era esto: 

No gente, no puedo ni quiero defender lo indefendible.

A ver estimada humanidad, si lleva a su niño pequeño a ver un show familiar como este, ya de una vez permítale ver las películas de Golden a las 12 de la noche, matar a policías y civiles en Grand Theft Auto San Andrea o navegar por los embravecidos mares del ciber espacio sin control parental. Es más, déjele bañarse en la playa solito. 

Después de tomar la fotografía de rigor y notar que efectivamente no era una alucinación, continuamos nuestro camino rumbo al mar. En el trayecto vimos piscinas región 4 y trineos jalados por una moto (el trineo era una java), además de antenas para televisión hechas con la parte frontal de la protección que tienen los abanicos de pedestal y señoras cuarentonas que se quejaban del calor que había en la playa. 

Esa agua está limpia, eh. Aunque no parezca.

Cuando por fin pudimos divisar el mar nos dimos cuenta que el señor de los raspados de hielo quedaba más cerca y corrimos a comprarle. Estaban tan dulces como para matar a un diabético pero la sed era bestial así que no le dimos demasiada importancia. Después de nuestra compra decidimos buscar un lugar para presenciar el evento en primera fila, frente al mar. Vimos un andamio y justo abajo un trozo de madera; más o menos del mismo tamaño con el que Rose salvó su vida en la película Titanic. (¡En ese pedazo de tabla cupimos 3 personas, JACK, TRES!). 

Fue muy chulo estar allí, las olas reventaban a nuestros pies, sin exagerar. Vimos un delfín, y pescaditos que saltaban de vez en cuando. Como llegamos allí a las cinco y media y el eclipse comenzaba hasta las siete saqué el kit de supervivencia digno de cualquier excursionista playero novato y que sería la gran envida del mismísimo Bear Grylls, el cual consistía en: cuatro libros chiquitos de los Récords Mundiales Guinness (Bizarros, Deportes Insólitos, Asquerosos y Criminales), dos paquetes de M&M, Sabritas, Cacahuates, jugos, cutter, tijeras, cámara digital, teléfono celular con linterna incluida (por si acaso nos agarraba la noche), unos binoculares hecho por niños explotados en China y las radiografías de mi difunta abuela trasmutadas en anteojos que nos protegerían de los rayos del sol. 

Aquí también hay un eclipse, pero ustedes tampoco lo ven.

OK, voy a hacer un paréntesis ENORME aquí. Buscando por mil quinientos sitios de Internet y después de encontrarme con comentarios supersticiosos de embarazos y eclipses encontré una serie de recomendaciones donde decía que el mentado fenómeno tenía que verse con un casco de soldador que tuviera un cristal de 14 sombras porque el de 12 no servía para protegerse. A mí esa indicación me sonó en arameo mezclado con latín y le dio un Home run a mi corazoncito pobretón. ¡Si no tengo dinero para comprar unos lentes de sol mucho menos tengo para conseguir un casco de soldador! ¡Nunca pedí algo como eso para navidad! ¡Uno piensa que nunca lo va a ocupar! ¡No es lo primero que pides cuando apagas las velitas del pastel o cuando ves pasar una estrella fugaz! ¡¡¡JOER!!!

Eclipse visto a través de las radiografías
de mi difunta abuela.
Después de mi berrinche monumental recordé a mi difunta abuela materna y lo liberal que era a la hora de deshacerse de todo aquello que no ocupaba. ¿Qué podía hacer con las cazuelas a las que se les caía el mango? Se convertían en el plato de Watusi, el perro de la familia. ¿Los frascos de vidrio de la mayonesa? Los guardaba en una repisa para cuando le ordenaran análisis. ¿Las ollas oxidadas de los frijoles? Un macetero para plantar hierba buena. ¿Los envases rayados de Coca-Cola? Floreros económicos. ¿Los vasos de las veladoras? Los lavaba con agua hirviendo y los utilizábamos para servirnos agua o refresco. ¿Los envases grandes de yogurt? Recipientes para guardar agua helada en el congelador que a la larga se convertían en una pieza enorme de hielo. ¿Los viejos discos de vinilo de mi abuelo? ¡Platillos voladores para sus nietos! Ya saben, lo típico. :) Entonces pensé… ¿qué haría mi abuela si tuviera la oportunidad de ver un eclipse de sol? ¡Usaría sus radiografías viejas! Obvio ¿no? Así que eso hice. Aprovechando los episodios enteros de Art Attack que mi hermano me obligó a ver cuando era pequeño junto con las manualidades que me enseñó Cositas armé los lentes solares más económicos del mundo. Tenían tres capas/placas de protección (que dudo, en verdad, que protegieran algo) y estaban pegadas con cinta adhesiva unas con otras. La parte negra de la placa no me servía porque entonces el sol no se veía así que sólo utilicé la zona donde se veía el tórax. 

Si cualquier persona utiliza el mismo método que yo NO ME HAGO RESPONSABLE DEL DAÑO QUE SUS OJOS PUEDAN TENER, eh. Cualquier persona sabe que ver el sol al atardecer no lastima tanto la vista como cuando está arriba, donde su brillo se ve más intenso. NO MIREN JAMÁS un eclipse solar con binoculares de largo alcance o telescopios sin la protección adecuada porque el aumento que estos tienen junto con la luz del sol podrían dejarles ciegos o con graves daños en los ojos de manera parcial o permanente. El sentido de la vista es una de las cosas más preciosas que tenemos, no vale la pena perderlo por una imprudencia. :) 


El eclipse comenzó allá por las siete de la tarde y fue precioso y perfecto. Tres olas amenazaron con revolcarnos pero no lo consiguieron y mis manos se dividían entre la cámara fotográfica, mis super-mega-lentes de protección y los binoculares, cosas que provocaron que la gente me mirara más raro de lo que ya me ve, pero me importo tres pepinos y un tomate; yo seguí mirando el sol. Lo vimos hasta que el sol se ocultó en el mar y los pies se nos entumieron de estar tanto tiempo sentados. 

Las fotografías que ven en este post son las mejores que pudo tomar mi cámara digital compacta y, como pueden ver, no hace milagros. Pero pueden visitar esta galería de theatlantic.comesta otra de boston.com para que vean qué chulada de eclipse pudieron observar personas de varios países del mundo. :) 

El regreso fue desastroso, no les voy a mentir. Será que no estoy acostumbrada a esos escenarios y por tal razón no sé lidiar con ellos pero a mí cosas como estas me quitan las ganas de ir a eventos multitudinarios. 

Recorrimos el mismo camino que utilizamos para llegar al mar para tomar el autobús que nos llevaría de regreso a Escuinapa; y es aquí donde México, la capital mundial del surrealismo se hace presente. Los autobuses iban saliendo por turno para que la gente pudiera subirse a ellos, uno por uno. Mientras no se llenara uno no se podían abrir las puertas del otro para que la gente se subiera. La razón de por qué se hacía eso —según dijo uno de los chóferes; y le cito textualmente — era para que ‘nadie le robe pasajeros a nadie’. A ver criatura mía del amor hermoso; si hay 200 personas esperando subirse a un autobús que tiene una capacidad de asientos para ¿45? en qué jodido país significa eso un robo de pasajeros. ¿Dónde vas a meter a tantos? ¿En las cajuelas? ¿Por qué en lugar de tener a la gente acaparando el único paso por donde podían salir los autos mejor no les dejaban subirse de una vez a los autobuses para que escogieran sus asientos y así no hubiera tanta humanidad jalándose las greñas? 


Y miles de años de evolución humana para ser testigos de un tipo borracho gritándole en medio de un mar de gente a otra mujer igualmente borracha que le devolviera la bicicleta que le había robado mientras la otra se desvivía por inventarse palabras altisonante que harían estremecer a todos los representantes de las letras de La Real Academia Española de la Lengua y provocando que Hernán Cortés reviviera y se volviera a morir del puro susto. 

Un hombre —al parecer un cobrador— gritó detrás de mí a todas las personas: “¡POR FAVOR, FORMEN UNA FILA PARA PODER SUBIR AL CAMIÓÓÓÓN!”. La orden era clarísima: UNA fila. Una, no unas. Singular, no plural. UNA SOLA

En México, el concepto de una fila es relativo. Tan relativo es que Albert Einstein hubiera perdido su rebelde cabellera intentando descifrar el concepto. Una fila mexicana se extiende hacia todas direcciones. No tiene cabeza, no tiene un líder que la guíe; llega hasta donde se tope con un objeto físico que le impida seguir creciendo. La fila mexicana está entre una fila india y una fila militar. Es algo que nadie sabe lo que es pero todos piensas que pueden hacerla. Es algo que quedó enterrado en el consiente colectivo de mi patria y que nunca lo hemos puesto en práctica. Si el cobrador hubiera gritado: “FORMEN UNA COLA TORTILLERA” entonces sí hubiéramos entendido. Una cola es algo que entiende cualquiera. Formas una cola cuando vas a comprar tortillas; un acto tan aburrido y rutinario que nadie lucha por ser el primero. Pero allí estaban cien escuinapenses intentando crear una fila. Cada quien hacía la suya y todos encabezaban la propia. 

El verdadero problema llegó cuando las puertas del autobús en turno se abrieron y se comprobó una vez más que no somos capaces de hacer dos cosas tan complicadas a la vez. No podemos mantener una fila mexicana mientras subimos a un transporte. Al parecer eso nos suena muy incompatible. Es algo que he comprobando en Culiacán, Mazatlán y Escuinapa. ¿Han visto cómo se empuja la gente para entrar a los vagones llenísimos en Japón? Pues así sucedió aquí, pero sin respeto. ¿Respeto? No conocemos ese Pokemon. Poco importó los niños que también intentaban subir y las señoras ancianas; mientras nadie gritara “Me estoy muriendo y no puedo respirar” todo parecía estar en perfecta armonía, incluyendo los pisotones, los empujones, las palabras altisonantes y el Récord Mundial Guinness jamás reconocido por el mayor número de personas metidas en un solo metro cuadrado. Agreguen a eso la piel quemada por el sol, el sudor y el olor a cerveza y cigarro y agradezcan a todos los dioses griegos que nadie haya vomitado allí mismo. Yo veía aquella escena y me parecía algo grotesco. Llegó un punto en que me hubiera gustado decirles: “Se pasan plebes, por su culpa Salvador Dalí ya no quiso regresar a México”; para ese entonces mi mamá ya estaba arriba (¡fue la primera que se subió!) y mi hermano también. Yo aun me debatía entre la calidad moral de repetir en mi cabeza “El respeto al derecho ajeno es la paz. El respeto al derecho ajeno es la paz. El respeto al derecho ajeno es la paz.” o sacar mi cutter mientras gritaba —cuál protagonista de la película 300“THIS IS SSSSCUINAPA!” y después amenazar a todos los que me rodeaban como lo hizo el guardaespaldas de Lucero hace años con un grupo de periodistas. Pero cerré los ojos, conté hasta 10 y después me dije a mi misma ¿Qué haría MacGyver en mi lugar? ¿Qué haría Chuck Norris en mi lugar? Abrí los ojos y me abalancé sobre aquella humanidad: le tiré un pequeño garrafón a un señor, el costal de latas de refresco a otro, hice a un lado a una doñita, le salvé la vida a un pequeño que amenazaba con morir aplastado, aventé a la borracha fuera del camino e hice que el respeto al derecho ajeno brillara por su ausencia. Sin darme cuenta ya estaba arriba y sentada en la segunda fila. 

El autobús tardó otros horrorosos e infernales 30 minutos en poder salir de la calle principal porque un desesperado invadió el carril del sentido contrario para llegar primero, pero obviamente se topó con el autotransporte y su existencia se jodió porque tuvo que dar reversa por medio kilómetro para poder entrar al carril correspondiente. JAJAJAJA. Allí es donde otro nombre dado a México cobra sentido: el país de la paciencia eterna. Nadie se quejó. 

Cansados, agotados, despeinados y con menos fe en la humanidad de la que en realidad quisiera, llegamos a Escuinapa noventa minutos después de haber subido al camión. La experiencia del eclipse fue hermosa. Todo lo demás no. Si la última vez que fui a esta fiesta fue hace 10 años y tardé todo este tiempo en volver, puedo tardar otra década en que ésta experiencia se me olvide y me apetezca ir de nueva cuenta, aunque sinceramente lo dudo. Y mucho. Y es que el calor, la arena, la música, el sol y gran cantidad de gente es una combinación que sencillamente no me gusta... pero sólo por el eclipse valió la pena. :)



4 comentarios:

  1. Anónimo26/5/12 1:27

    Buena cronica de tu odisea para ver el eclipse, Saludos

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  2. Realmente me encantan tus relatos, pero tus fotografías son simplemente fantasticas ^^ un abrazo

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    1. Iskra, muchísimas gracias por tus comentarios y por tus halagos. ^___^ ¡Un abrazote de regreso!

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