1 nov. 2014

All that was good, all that was fair, all that was me is gone...

Fanposter de la serie de Starz.
Outlander nos trae como protagonista a Claire Beauchamp (Caitriona Balfe), una enfermera inglesa de combate que, una vez concluida la Segunda Guerra Mundial, decide realizar una segunda luna de miel con su esposo Frank Randall (Tobias Menzies), miembro del servicio secreto británico, con el objetivo de recobrar el vínculo que se truncó debido al conflicto. El destino de su viaje es Escocia, guiados por la curiosidad que Frank tiene sobre un antepasado en concreto: Black Jack (Tobias Menzies), un sádico soldado que jugó un papel importante en la rebelión de los jacobitas. La noche del 31 de octubre ambos se cuelan de incognito a Craigh na Dun, un monolito situado cerca de la ciudad de Inverness, para ser testigos de un ritual que las druidas de la localidad realizan justo antes del amanecer en esa época del año. Horas después, Claire regresa a ese mismo sitio con el objetivo de reconocer una flor que en su primera visita desconoció. En un momento dado de su estancia escucha un misterioso sonido proveniente de la estructura central del conjunto de piedras y, al acercarse y tocarla, recibe un choque de energía que la deja inconsciente y aturdida por un momento. Al reaccionar se da cuenta que está exactamente en el mismo lugar pero en la época equivocada… Ha viajado 200 años en el pasado.

A veces uno tiene ganas de ceñirse sobre una serie de televisión que no pueda ser encasquetada a la fuerza en un específico género. Outlander viene para romper ese esquema en mi mente que estipula que todo puede ser englobado en una única palabra. Claire Beauchamp, en cuyo personaje recae la historia central y la existencia misma de este absurdo accidente del espacio-tiempo, se introduce con agilidad y elegancia —no más de la que le permite el momento— a una escena bizarra que incluye a escoses desaseados, un joven herido y una chimenea que consume trozos de madera ardiente que crujen tanto como la hostilidad de la mitad de los hombres que le rodean. Una mujer inglesa, pensarán; y quizás un tanto arrogante para variar. Sin embargo, no es aquí donde ella nos es introducida. Sobre Claire recae la voz en off del programa en su primera etapa; la misma que nos guía con cadencia desde el principio, evocando esa narrativa críptica que Diana Gabaldon ya se había empeñado en escribir en papel hace más de 20 años: “La gente desaparece todo el tiempo…” sentencia la frase que lo inicia todo. Sassanach (01.01) entra de lleno al enigma de lo indómito y abre un paréntesis que amenaza con no cerrarse jamás; guardando la incógnita de los viajes en el tiempo para adueñarse de toda explicación inverosímil que pueda surgir al respecto. Pero basta decir que, apenas aparecen en la pantalla las Tierras Altas de Escocia con ese insondable monólogo de la mujer desaparecida, ya empiezas a creerte cualquier idea de nigromantes, duendes y desfases que te venga a meter en la cabeza cualquier juglar tradicional. Tres estrellas en la frente se merece el bastardo de Ronald D. Moore sólo por esto.

Paisajes inhóspitos que nos recuerdan a las mejores obras de Tolkien o Stevenson, con una fotografía que acojonan un poquito el alma y otro tanto las entrañas, no sin olvidarnos de la música, protagonista misma que corre a cargo del buen Bear McCreary. Y es que McCreary reinventa la icónica Skye Boat Song para regalarnos el opening del año. Con una secuencia de imágenes que se tragan el alma apenas acaparan los pixeles de la pantalla. Que confunden, que nutren, que alientan la curiosidad del producto final, de la incógnita pesquisable de no saber qué está pasando ni dónde. El baile de las druidas mezclado con retazos del pasado tan pasado y del pasado del siglo XX hipnotiza con grosería mientras las gaitas lloran con el eco de tambores y de sangre. Sublime hasta rozar la perfección.

Estas cosas generalmente no suceden. Amar a una serie suele tomar un puñado de episodios; meterte de lleno en la trama quizá una temporada entera, pero de vez en cuando te encuentras con estas joyitas personales y agradeces en silencio por eso. Volví a rencontrarme con ese exótico amor a primera vista seriefila que sólo experimenté a los dos minutos de ver el primer episodio de Sherlock (BBC) un par de años atrás.

Black Jack
Está de más decir que Claire cumple con creces con el papel que trae a cuestas, y lo hace en gran parte porque Sassanach (01.01) embelesa con su historia una trama que no logra despejar sino hasta el arco final del episodio, donde el giro argumental la ubica en un terreno que ella cree familiar pero equívoco. Resulta por un lado especial y por otro aberrante el primer encuentro que la mujer tiene con Black Jack a las orillas del riachuelo, confundiéndolo con su entrañable Frank, antes de que todo nos provoque una catarata de emociones repulsivas al comprobar que, lejos de dureza, el viejo casaca roja destila un visceral odio. Pero la monstruosa personalidad de Jonathan Wolverton Randall no alcanza su perversión máxima sino hasta que The Garrison Commander (01.06) le da la oportunidad de confesar su apología al sadismo extremo. Mismo que lo llevó años atrás a aporrar con creciente excitación la espalda de un joven escocés una semana después de haber sido castigado de la misma forma por otro soldado inexperto que lo despellejo por su inexperiencia con la condena física. Heridas sobre heridas que Claire trata de no visualizar —a pesar de que conoce las cicatrices que pueblan ese cuerpo— para no vomitar sobre la mesa tanto como nosotros frente a la pantalla (en uno de los flashback más perturbadores que no le pide nada a La Pasión de Gibson) por la empatía establecida con el protagonista a lo largo de los seis episodios anteriores. Y es aquí donde Randall esgrime su manifiesto, y lo hace de una manera tan aterradora que resulta anormal sentir un poco de simpatía por un opresor tan veleidoso. Claire ingenuamente lo intenta, seguramente guida por la necesidad de descubrir una migaja de Frank en lo profundo del subconsciente de su antepasado sin conseguirlo; tratando de destapar capas invisibles que no cederán ni un ápice y que desembocarán en un golpe en el estómago que la sofocará casi hasta la inconsciencia. Randall entonces se cataloga por sí solo como uno de los villanos más infames con lo que me he topado alguna vez. Psicológicamente hablando volatiza la depravación a tal grado que ridiculiza todo lo bueno y minimiza la redención hasta hacerla parecer imposible, mientras deja en el aire la incógnita de su aborrecible personalidad y promete convertirse en algo más que un simple demoledor de cuerpos o conciencias. Estoy segura que Black Jack dará muchísimo de que hablar en la segunda mitad de la temporada, y terminará de estallar en los últimos episodios de la misma con una apática elegancia… Que dios nos agarre confesados.

Por muy inglesa que Claire sea está de más decir que, en el siglo XVIII, su lugar está muy en Escocia, rodeada de su gente, sus bizarras costumbres y sus exóticas tradiciones; y este contraste no se hace notorio hasta que la vemos interactuar con soldados de su patria y el representante de un clan escocés. Si bien la protagonista y el villano se retuercen en un mismo engranaje emparentado con su esposo es aquí donde ella se siente más débil, eclipsada por la amargura de Randall a pesar de que intenta no perder la compostura y mostrarse a la altura de las circunstancias. Pero moviéndola de escenario Claire brilla con luz propia, ya sin sentirse opacada por la oscuridad que destila el soldado inglés.

Sam Heughan & Caitriona Balfe.
El highlander James Fraser (Sam Heughan) aparece para contrarrestar el nepotismo de Randall y para solventar con inocencia la personalidad de un protagonista que en un principio debería no serlo. Y es que el adorable de Jamie —prototipo en peligro de extinción de lo que debería ser un ser humano— acarrea consigo un pasado un tanto oscuro que lo llevó a ser prófugo de la justicia, ya sea por intentar salvar a su hermana de una violación o por robar un pedazo de pan para poder comer. La obsesión enfermiza que Black Jack siente hacia él desemboca en otro sentimiento nauseabundo que, como espectadores, sólo consigue erizarnos la piel entre confesión y confesión. Jamie viene a romper el esquema del soldado duro y asintomático que cuela su estoicismo entre la educación marcial y la de su casa, dotándolo de un carisma abrazador sin caer en el infantilismo, que a su vez fusiona con dulzura el vínculo que crea casi al instante cuando se topa con Claire por primera vez. Es entonces aquí donde nos remontamos de nuevo a la escena de la cabaña, la chimenea, los montañeses sucios y el hombro dislocado del joven. La enfermera Claire, que debería de quedarse callada, no lo hace. Clama por congelar el tiempo antes que la imprudente inexperiencia de los hombres escoceses termine por destrozarle el brazo al muchacho que se traga el dolor a base de alcohol mezclado con su propia adrenalina. Admito que nunca había visto tanta tensión sexual en el reacomodo de un hueso dislocado.

Es quizá esta relación forjada a base de dolor, incógnita y simpatía mutua lo que se lleva gran parte del reconocimiento en Outlander, consiguiendo con ello un interés que, por experiencia sabemos, resulta ser una bomba de tiempo que al final nos puede gustar o no. Y es que la primicia de esta primera parte de la temporada recae en el matrimonio forzado que éstas dos personas deben realizar para evitar que Claire sea entregada a los ingleses y por lo tanto a la tiranía de Randall. El suceso en cuestión no es que exprima la imaginación, sino que da lugar a una situación que bien podría encasquetarse en el género del fanfiction si la tensión sexual no-resuelta se hubiera alargado temporadas enteras, tal y como suele suceder entre los protagónicos de otras series. No, Outlander nos ofrece la premisa de ver primero un matrimonio y paso a paso el enamoramiento, lo que da como resultado una cantidad de escenas que van desde la diversión más inocua hasta el más dolorosos de los castigos (espero con ansias los próximos episodios para ver cómo llevarán a la pantalla un momento que en el libro resultó polémico). Está de más estipular sobre lo desconocido, pero hasta la fecha resulta fascinante cómo han mostrado la evolución de esta pareja en particular y la de todos en general. Los primeros episodios se enfocaban tanto en Claire y su adaptación al extraño entorno que le rodea que por momentos nos olvidamos que Jamie también anda merodeando por el castillo. Sin embargo, cuando se topan por casualidad o comparten una escena juntos eclipsan todo lo demás, robando la atención de medio mundo. La particular escena de la enfermería o la de la Iglesia Negra, ambas en The Way Out (01.03), nos ayudan a entablar un vínculo hacia ellos que se crea a base de sonrisas y miradas desde el primer episodio y que continúan cayendo en los posteriores: la huida frustrada por los establos del castillo, el joven caballero durmiendo a las puertas de la dama para evitar que un malintencionado irrumpa en la habitación, o la breve conversación que mantienen al final de The Garrison Commander poco después de que se ha establecido el convenio para casarlos y que confluye con naturalidad a The Wedding (01.07) donde la intimidad sexual entre dos personas nunca se había guiado por el suspense con tanta cotidianidad, respeto y dulzura en los tres actos que componen uno de los momentos cumbres del libro, ayudando con ello a envolvernos en una agónica incertidumbre que nos acompaña en el sobrecogedor final de mitad de temporada, siendo Both Sides Now (01.08) el encargado de dejarnos un sabor amargo en la boca por los próximos seis meses (¡vaya parón, eh!).   

Imagen promocional de la serie: Jamie & Claire. 

Hablemos de los secundarios, que ignorarlos sería una grosería: Colum MacKenzie (Gary Lewis), líder de su clan y tío materno de Jamie, prodiga una presencia neutral al entorno que Claire encuentra desde que arriba al castillo de Leoch, no sin olvidarnos de su aspecto cansado por culpa de su malgastado cuerpo castigado por la picnodisostosis que le ha encorvado las piernas de manera grotesca, sumiéndolo en episodios de dolor que se traga a base de orgullo y silencios. Pero Colum no necesita de palabras cuando se trata de expresar un sentimiento; somos testigos de esto en la magnífica escena que comparte con Jamie cuando este va a presentar sus votos en nombre de su clan en The Gathering (01.04) donde su rostro fue un abanico emocional tan fuerte y contundente que la tensión se podía masticar. Está demás decir que en este programa las miradas hablan toneladas. Para cuando ese mismo episodio llega a su punto cumbre tenemos a un hombre agonizando a los pies de Claire y en los brazos de Dougal MacKenzie (Graham McTavish), hermano menor de Colum, que envuelve la escena con una atmósfera angustiante que nos acompaña hasta el último respiro del herido. Dougal es otro personaje cuya ambigüedad no me permite crearme una imagen sobre su posición o condición. Parece ser que cuando está ebrio la moralidad se le retuerce tanto que se convierte en otro. Han existido dos específicas ocasiones que me causa tanta repulsión como persona y ambas incluyen a una Claire que se queda tan anonadada como nosotros. Por otro lado, Murtagh Fraser (Duncan Lacroix), padrino de Jamie, deja al lado el aspecto andrajoso atiburrado de tierra lodosa para presentarse como un hombre de pocas palabras pero mucho sentimiento. Un tipo que se hace el duro, pero ablandado por los nobles ideales que le mueven y el cariño que le tiene a su ahijado. Rupert (Grant O'Rourke) y Anghus (Stephen Walters) forman el dúo gracioso de las tierras altas y aunque en un principio Claire los traía odiados hasta la coronilla es de admirarse lo bien que se han acoplado con el paso del tiempo. La profesión de Geillis Duncan (Lotte Verbeek), que va entre la herbolaría y la brujería, la dota de una incertidumbre que no podría definir como malicia pero consigue el efecto suficiente para entender que sabe más cosas de las que nosotros conocemos y eso incomoda un poco. Pregúntenle a Claire. Personajes como la señora Fitz,  Willie, Alec, Ned etc. también han su momento para aparecer y jugar su papel con bastante dignidad.

SEIS MESES Una eternidad es lo que nos separa del lejano 4 de abril del 2015, fecha en la que levantará de nuevo el vuelo ésta serie que viene a romper moldes e incluso trasmuta con pasión la sexualidad que otros show muestran sólo para despertar la polémica. Outlander se posiciona por derecho propio como la mejor serie de televisión que he visto a lo largo del 2014 y digo esto cuando sólo he visto la mitad de temporada y faltan tres meses para terminar el año. Como show televisivo, toma con gentil respeto una saga de libros reconocida dentro de la literatura contemporánea desde hace un par de décadas y recrea con digna justicia la Escocia del siglo XVIII sin reparos de por medio. Si Outlander nos regala con constancia episodios a la altura de The Garrison Commander (arquetipo que trasmuta con cadencia un mismo escenario con una pluralidad de sensación que recae casi en su totalidad en sólo dos actores) o The Wedding (cuya línea de tiempo es estructurada de tal manera que resulte todo lo contrario al episodio anterior, y no nos asfixie, sino que nos transporte al exterior para no sentir la opresión de la intimidad que se respira en esa habitación) entonces está de más decir que esta serie me tendrá a sus pies hasta el fin de los tiempos.  

OTROS DETALLES:
—Un trabajo impecable el que realiza Tobias Menzies con ambos papeles. Frank tiene carácter, pero Black Jack se lleva las palmas a tal grado que con sólo verlo me resulta aberrante.

—He estado leyendo el primer libro de la saga Forastera de Diana Gabaldon en PDF porque al parecer jamás han sido comercializados en México (¡vaya truño, oye!) y mira que me está gustando mucho. Es bastante curiosa la facilidad con la que te introduce a la historia con tanta naturalidad y elegancia explicándote todo conforme la trama avanza. Influye mucho el punto de vista de Claire, pero también resulta agradable ver cómo Escocia se convierte en una protagonista más sin darte cuenta de en qué momento el paisaje te llegó a importar tanto. Vale, aun no termino el libro y realmente no sé si quiero terminarlo. He visto primero los ocho episodios de la serie y después he leído hasta donde se han quedado en el episodio 8 y he disfrutado a rabiar la adaptación tan extraordinaria que han hecho al contrastarla con el mundo de Gabaldon. Por el momento he detenido la lectura porque me niego a sufrir en el mundo de las comparaciones sobre qué producto es mejor o cuál escena me hubiera gustado ver en TV. 

—El fantasma de Jamie en el primer episodio me conmovió al instante y sentí cómo se me quebraba el corazón al verlo. Yo no sabía que muchos ignoraban que el joven escocés que Frank ve en la calle mirando hacia la ventana del hotel era Jamie. Sinceramente pensé que todos lo sabían porque una de las primeras imágenes promocionales que vi fue esta y bueno, lleva exactamente la misma ropa que el fantasma así que… XD. De cualquier forma me intriga saber por qué está ahí ¿Está viendo a Claire? ¿Por qué? ¿Si no muere a los 24 años entonces por qué esa es la edad que tienen en ese momento? ¿De verdad Gabaldon no se dignará a darnos esta explicación hasta que concluya toda la saga?   
—Sí, me parece correcto lo mucho que han incluido a Frank en la serie de TV y también el punto y aparte que están poniendo sutilmente entre el punto de vista de Claire y el resto del mundo. Ya lo vimos durante el episodio de la boda, donde Jamie le relata a ella las tres condiciones que puso para que el evento se llevara a cabo. En Both Sides Now (01.08) fue justo mostrar cómo fue la vida de Frank días después de la desaparición de su esposa, porque sí, quizá el tipo pecaba un poquito de egoísta pero no es malo y tampoco se merecía tanta incertidumbre.

—Una mención especial a Hugh Munro (Simon Meacock) un personaje que con cinco minutos en pantalla y sin decir un solo dialogo logró ganarse la simpatía de todo el fandom. Posee una de las miradas más trasparentes y expresivas que he visto alguna vez. Sencillamente estremecedor. Mis respetos. Fabuloso... Podría escribir una saga sobre él.  ^_^

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