20 dic. 2014

"There is hell to be raised. I am to raise it" (¡Spoiler!)


Si las circunstancias fueran distintas, podría considerar The Beating of her Wings (3.02) uno de los más soberbios finales de una serie de televisión dramática de los últimos años (quitando el hecho de ser el segundo episodio de una temporada de ocho). Sin embargo, nuestra arraiga visión occidental de la justicia siempre nos ha inculcado la imagen del héroe caído que aspira a la redención. Es un panorama que se ha explorado hasta el cansancio y Ripper Street no fue la excepción. Si la primera temporada sirvió como mera introducción a las peripecias de la policía metropolitana en las barriadas de Whitechapel y la segunda ahondó en personajes secundarios como el sargento Drake o el capitán Jackson, la tercera viene a rematar con quien debió de haber empezado. En este episodio hay algo en la trasformación del inspector Edmund Reid que como espectadores sólo consigue erizarnos todas las capas de la piel hasta provocarnos un escalofrío que nos recorre el cuerpo. Es a su vez una consecuencia de lo que nos parece ajeno. Una errata en el guión. Mirándolo con detenimiento no debería ser difícil entenderlo; lo que pasa es que nos negamos a creerlo.

La historia de Reid nos fue mostrada a pedazos; pequeños indicios de aquí y de allá que uniéndolos todos revelaban un suceso trágico en el pasado que involucraba la desaparición de su hija pequeña y el resquebrajo total de su frágil matrimonio. In My Protaction (1.03) nos trae a un inspector afligido, exigiéndole fortaleza a su esposa moribunda a cambio de una promesa: contarle por qué motivo no puede aceptar la muerte de su hija y las circunstancias que orillaron a su desaparición. En esa época, al idealista de Edmund le pesa la ingenuidad a toneladas; era esa clase de personajes cuya actitud ante su propio trabajo no puede tacharse sino de perfeccionista, pero a su manera. Sin embargo, conforme la trama avanza esto cambia poco a poco hasta desembocar en el asesinato a sangre fría de quien le arrebató a la niña. La escena en sí es horrorosa y está tan carga de sentimiento que revierte la imagen que teníamos de él hasta transformarlo en otro ser. Algo como eso habíamos captado cuatro años antes, cuando a los pies del ring, le pide al sargento Drake matar a golpes a su íntimo enemigo. No se le puede culpar de frivolidad, sino de una excesiva ceguera vengativa que lo debilita tanto que él mismo se desconoce. Existen tales y cuales dialogo donde sus palabras nos taladran la conciencia. Generalmente es Bennet Drake quien está ahí para expiar sus pecados, para taparle los fallos, señalar sus errores y perdonarle todo al conocer sus imperfecciones. Hay una dinámica en ambos que funciona, una salvación mutua entre el veterano y el policía que siempre consigue sobreponerse a cualquier decepción. Los cinco minutos que Bennet le da para dejarle huir cuando cometió su transgresión de la justicia nos demuestra lo que uno es capaz de hacer por el otro. Favor con favor se paga.

Y es que las confesiones de Reid siempre consiguen acaparar la imagen y el sonido. Son pequeños trocitos de nada, proclamaciones mínimas a ciertas personas, gritos silenciosos ahogados en frías sepulturas que cuando brotan logran conmover. Aun así, raramente fue su esposa la oyente de tales palabras, propias de una relación donde ambas partes se asfixiaban en sus reclamos. Am I Not Monstrous? (2.02) dio indicios de que algo deplorable había pasado con el matrimonio y Emily no fue vista desde entonces (probablemente recluida en algún hospital psiquiátrico para curar la locura provocada por la actitud del propio Reid). Y es que el inspector no estaba obsesionado con la búsqueda de su hija, a pesar de la certeza de sentirla viva, sino con su trabajo. Una actitud desmedida donde imperó su descuido al hogar para equilibrar la balanza a favor de una justicia cuestionable que menguaba mucho en el Londres victoriano. El inspector Jedediah Shine se presenta como el contrincante corrupto, la fuerza de la ley debilitada por sus propias ambiciones y podredumbre. Un hombre despiadado y feroz. Un opresor orgulloso de su desobediencia autoritaria que pone la bala allá donde le plazca; que asesina a sangre fría sabiendo del amparo que le brindan los poderosos, vulnerados por los propios ases que esconde bajo la manga. Puñaladas duras que saborea con placer cuando se siente protegido por la impunidad imperante en una sociedad que se rasga las vestiduras por un gramo más de dignidad. Es entendible el desprecio que Edmund tiene hacia él, es comprensible la rabia que brotó en ese grito imperioso cuando Bennet escuchó estupefacto aquel desgarrador “¡Mátalo!” en la esquina del ring. El lamento del animal herido, el réquiem del que pensó que la rectitud de su trabajo jamás podría caer a un nivel más bajo. Pero el inspector Edmund Reid cayó y no dejó de caer hasta que esta tercera temporada le dio la oportunidad de arremeter contra quienes lo merecían. Shine queda pendiente, pero otros no corrieron con la misma suerte y será exquisito (aunque no por ello correcto) ver cómo culminaran estos dos últimos episodios. En el arco pasado no fueron los casos los que brillaron en sí sino la vida privada del sargento, el doctor y el inspector Shine, dejando de lado casi por completo a Reid. El círculo se cerraría bien con esta temporada. Y lo interesante sería ver cómo quedarán ubicados Bennet Drake y Homer Jackson, porque Rose y Susan también tienen cabida aquí.


La historia de Bennet la saboreamos como pocas, la sufrimos a rabiar y ahora nos queda ver al boxeador que se levanta con el rostro cubierto de sangre, pero vivo. Porque Bennet siempre ha sido un personaje de peso, con una actitud que sobrepasa el corte militar para subyacer en el deber que siente como custodio de la ley. Hay algo en sus ideales que esconden las viejas enseñanzas del propio Reid. Las antiguas, añejas y entrañable obras del policía exacerbado y herido. El rebelde de Bennet absorbe más de ternura en su postura que el mismo inspector (por muchas torturas que le corran por sus puños cerrados). Sus principios jamás han colapsado a pesar de lo cerca que ha estado de verse degenerado por camaradas con los que antes había compartido banderas y vinos. The Weight of One Man's Heart (1.05) expone el peso de sus glorias pasadas dándole la oportunidad de reivindicar sus principios militares, anteponiéndolos a los que imperan en las calles. Un acto que raya en lo terrorista, que lo sacude por dentro y le planta una bofetada que de otra manera jamás habría sido capaz de percibir. Madoc Faulkner sólo consiguió con su actitud echar por tierra la idea romántica del leal marino convertido en pirata que proclamaba a los cuatro vientos la ingratitud de un gobierno que olvidó a él y a los suyos apenas la guerra se dio por acabada. Esto era algo atroz que Bennet necesitaba ver con sus propios ojos, atestiguar a punta de pistola un escenario que Reid jamás podría mostrar desde las oficinas de la policía, ni tampoco arriba de un ring. Esas cosas se ven, se tienen que sentir para que se conviertan en algo; ya sea una enseñanza o una decepción a largo plazo. Porque el camino empedrado del sargento jamás terminó allí, logró extenderse hasta verle felizmente casado con una mujer que le ofrecía cinco minutos de paz en un burdel donde no conocían ese concepto. Si el hombre saboreó la fortuna en sus manos esta no se aplazaría demasiado al descubrir quién era en realidad la esposa detrás de la máscara. El culto fanático expuesto en A Stronger Loving World (2.06) logra derrocar hasta las cenizas la fortaleza de un estoico personaje, no tan estricto como su propio jefe, pero sí competente y sagaz. El declive del sargento llega aquí, cuando su entrañable Bella se auto inmola frente a sus ojos matando a parte de él en el proceso. Nunca le habíamos visto tan perdido, ennegrecido por su propia conciencia, bañado entre tanto remordimiento y espanto. Su agonía mental fue peor de lo esperado, su descenso se confundió con una derrota aplastante donde los mismos demonios que le persiguieron antes amenazaban con aprovecharse de sí sin darle tiempo a reconocer sus fallos. Si Rose Erskine regresa a su vida es sólo para convencerle de que él es más que una maraña de sentimientos contradictorios anidados en su mente. Sin embargo, no es ella a secas quien lo despabila de su agónico trance, sino el cuerpo de una persona asesinada. Algo nacido dentro de él lo devuelve a la realidad a base de dolor y misterio. Renace como un ser distinto, más realista que antes y quizá un poco más entregado a la rectitud que impera en su nuevo cargo. De más peso. De más responsabilidad. Pero sobre todo de más posibilidades para mostrar su verdadero rostro. 

      
La historia de Homer Jackson es distinta. El norteamericano cirujano cowboy perdido en las calles del Destripador trata de buscar su absolución viviendo al margen de la ley mientras colabora con ella. Es el anti héroe con bata blanca, olor a cigarrillo y vino en la mano; tronco común de lo que tiempo después sería la ciencia forense. El tipo podrá ser un alcohólico mujeriego sin vergüenza pero entre toda esa pestilencia se esconde el joven que soñó con explorar el mundo. El matrimonio que durante dos arcos vimos compartir con Long Susan se hace añicos rumbo a la tercera temporada. Pero hablar de él es hablar de ella y para comprender a uno tendríamos que vincularlo con el otro, independientemente del rumbo distinto que tomaron apenas inició esta nueva etapa. El médico de la armada estadounidense formó una extraña relación con la hija de un magnate que terminó viviendo en Inglaterra dirigiendo un burdel en el cual habitaban cada uno a su manera. El panorama ya de por sí se presta para exponerse como la cumbre de lo bizarro, pero al parecer el truco les funcionaba (y más de una vez vimos a la policía pasear entre prostitutas para arrastrar a Jackson hasta los pies de un nuevo cadáver). Tachar la relación de Jackson y Susan de disfuncional sería cortar demasiado hilo de una tela que se entreteje demasiado como para ser definida en una sola palabra. El matrimonio se mantuvo unido a pesar de que por cada ilusión que tenían les llovía una docena de desgracias. De alguna manera eso les otorgó la fortaleza que de otra manera no habrían conocido. Cuántas veces no les vimos discutiendo su idílico sueño a la luz de una chimenea. Huir muy lejos donde nadie nunca les juzgaría por sus decisiones. De hecho, las conversaciones a puerta cerrada siempre fueron las más significativas; eran aquellas charlas donde botaban todas sus máscaras, mismas que guardaban toneladas de amarga sinceridad y que generalmente terminaban en utensilios y portazos resonando hasta los cimientos del peculiar hogar. Es verdad que Jackson siempre necesito unos milímetros de vino en sus venas para sincerarse ante Susan pero no podría negarse el amor que se le derrochaba en la mirada cuando la tenía enfrente. Ella también pudo aspirar a algo mejor (basta con escucharle cinco minutos frente a su padre para entender de qué estoy hablando), su testarudez y gallardía la ubican por encima de cuanta mujer del siglo XIX se le ponga enfrente. Existe algo de cínico en su carácter que fusiona con elegancia y altanería, algo innato que atrae a quienes la tratan, y resulta bastante chocante darse cuenta que alguien pudo aprovecharse de ello para su propio beneficio. El bastardo de Silas Dugan sabía dónde encontrar la vulnerabilidad de Susan, sabía cómo escocer cada herida recibida en el pasado o de qué manera podría doblegar a una fiera innata; porque la madame siempre defendió lo suyo: el territorio arcano en los barrios bajos, la elegancia e independencia de su propio negocio, la integridad de las chicas que estaban bajo su amparo (por muy cuestionable que esto pudiera resultar). Susan hacía su trabajo y lo hacía bien; también ocultaba secretos, dolores, angustias y deudas endemoniadas, y se sentía acaparada por un feminismo que la superó en Become Man (2.03). La actitud de ella en el reciente camino me resulta ajena; la desconozco. Su poderío no sólo opacó esa destreza gentil que atravesaba la pantalla bajo la protección de su burdel, sino que terminó por aniquilar cualquier rastro de la mujer que una vez amó al capitán Jackson.
[Aun me faltan ver un par de episodios de esta última temporada y probablemente hay alguna especie de a lost in traslation que se me escapa de las manos porque no he podido encontrar subtítulos en inglés ni mucho menos en español desde que Amazon tomó el timón de la serie. Si a eso le agregamos los slang que se cuelan entre los diálogos, ufff… Vamos, que no es como para montar un dramón pero de que me pierdo un poco pues sí, lo normal.]
El futuro que le depara a la pareja será digno de ver sólo al observar lo bien que se la estaban pasando en “Your Father, My Friend” (3.04). Mismo en el que la misma Susan parece reivindicar la esencia de sus principios con ese cardiaco final que nos deja petrificados. La mujer debilitada por el poder se desvanece ante el crimen cometido. Resulta estremecedora la escena final de este específico capítulo. La rabia contenida, la culpa por las decisiones tomadas y el odio creciente frente al imbécil que le ayudó a olvidar quién era en verdad le llevó a volarle los sesos sin pensarlo demasiado, justo después de preguntarle “¿Tú sabes qué es eso? ¿Tú sabes lo que es ser un hombre bueno?”; preguntas directas que también sirven como melancólica elegía al inspector Reid, herido por ella, que agonizaba en un charco de sangre a escasos centímetros de donde taladraron las palabras.


Ripper Street acarrea con el peso de las series cortas e incomprendidas por la multitud. Un camino antes recorrido por Hannibal, The Fall o The Killing, quienes también estuvieron en el umbral de la cancelación, aunque ésta serie no posee la densidad argumental de las otras mencionadas. Hace apenas unos días escribí un poquito sobre ella. Hace apenas nada, mencioné que si la dinámica del trío protagonista seguía intacta, ahí estaría yo para verla brillar. Pero esta tercera temporada apuntó el cañón hacia la posición contraria. La dinámica se ha resquebrajado y las partes implicadas siguieron sus propios caminos en direcciones que estaban lejos de estar cercanas. Era algo que ya me esperaba; si hubo algo que brilló en Our Betrayal (2.07.08) fue precisamente esa rotura en la confianza de los tres. Dejando eso de lado, vale destacar la fortaleza con la que Ripper Street resurgió de las cenizas. Cancelada por la BBC hace unos meses fue acogida por Amazon para traernos ocho episodios que estuvieran a la altura de los que les antecedieron. Pero lo que hicieron fue más allá: revitalizaron una serie agónica, no por su trama sino por las circunstancias, y le inyectaron la fortaleza necesaria para culminar una tercera temporada que apunta a ser la más épica de todas sin olvidarse de sus principios. La esencia de los primeros casos, la base de la criminalística como ciencia forense y el nacimiento de una nueva era siguen ahí, intactos y eso es quizá lo que más atrae de ella. Esa diversidad de asesinatos y conspiraciones pequeñitas en el barrio de Whitechapel, que sin querer, remueven los altos estándares hasta llegar a los poderosos. El trío de camaradas encabezado por Reid sigue funcionando a pesar de los cambios por los que han pasado en los cuatro años que vivieron separados. También vale la pena destacar que la obsesión desmedida del inspector por el peso que recae sobre sus hombros nos llevan a atestiguar la creación de la base de datos de criminales y reincidentes a golpe de maquinas de escribir, tinta y opacas fotografías; rarísimo de ver en una serie de televisión, donde nos tienen acostumbrados a la tecnología de punta de los centros de investigación ficticios que superan con creces a la realidad. (Sobra decir que la inclusión del entrañable Joseph Merrick a la trama es tan conmovedora como trágica.)   

Ripper Street no es sólo una serie recomendada sino necesaria. Un show que apostó a lo diferente, a lo antiguo versus lo moderno. Que logró captar con exquisita maestría una etapa decisiva en el sistema policíaco contemporáneo, tiempo que fue un parte aguas en los métodos investigativos o el despertar de la energía eléctrica en la vida cotidiana, el avance de la ciencia y la medicina o la creciente popularidad de la fotografía o huellas dactilares como insuperable recabador de evidencias. Sin olvidarnos de la vida personal de los protagonistas que, conforme las temporadas avanzan, engullen con facilidad el crimen cometido para anteponer la subtrama al primer plano. Imposible ignorarla, y sobre todo imposible de olvidar. Si esta temporada es la despedida, la están haciendo a lo grande; si es un nuevo comienzo, están poniendo el listón demasiado alto.

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