11 jun. 2016

05. KDrama: It's ok, that's love (Spoiler)

Título: It’s ok, that’s love / 괜찮아, 사랑이야
Año: 2014
Género: Melodrama, romance, comedia
Episodios: 16
Cadena: SBS
País: Corea del Sur
Trailer || Episodios (Drama Fever/Netflix)

Sinopsis: Jang Jae Yeol es un exitoso escritor de novelas de misterio y además un reconocido locutor de radio. Juguetón y un poco arrogante, sufre de un trastorno obsesivo-compulsivo (TOC) que rige gran parte de su día a día. Por otro lado, Ji Hae Soo es una psiquiatra en su primer año de residencia. Impulsiva y ambiciosa con su carrera, aunque compasiva hacia sus pacientes, Hae Soo tiene una actitud negativa hacia el amor y las relaciones en su vida personal debido a que le producen ataques de ansiedad relacionado con un trauma infantil. Una vez que Jae Yeol y Hae Soo se encuentran, hay mucha incompatibilidad entre ellos causada por sus fuertes personalidades y la negativa de ambos a ceder por el otro. Pero poco a poco sus peleas se convierte en amor y comienzan a aprender cuán parecidos son. Jae Yeol y Hae Soo intentan sanar las profundas heridas de cada uno, pero su relación se lleva un duro golpe cuando se enteran de que los problemas de salud mental de él son más graves de lo que sospecharon en un principio.

Opinión personal: Fui la primera que se apuntó a ver este drama psiquiátrico apenas me enteré de su existencia gracias a un post de Tumblr. Quienes siguen este blog desde hace años, o me conocen de toda la vida, sabrán que tengo un trastorno de la personalidad que me ha acarreado muchos problemas desde que era pequeña. Es una lucha diaria, es una lucha constante, y sobre todo es algo que no se cura, sólo se trata. Si a eso le agregamos que vivimos en una sociedad renuente a hablar sobre los problemas de salud mental en todos los niveles porque los consideran falsos, exagerados o incomprensibles, ya se imaginaran en qué clase de pesadilla he vivido todos estos años. Toparse con una serie de televisión que trae el tópico hasta el frente y lo convierte en parte fundamental de su trama me ha resultado tan sorprendente como maravilloso.

Lo cierto es que viendo el teaser (plagiado bestial, btw), el título y las fotos promocionales todo apuntaba a que el show sería en realidad una comedia romántica con todas las de la ley, y asumí que el gifset que me llevó hasta ella era una excepción en la regla. Sin embargo, no pasaron muchos episodios antes de darme cuenta que no, que si bien la trama empieza bastante ligera, a la mitad del camino empieza a exponer de manera explícita el dramón que se trae a cuestas. Y el resultado es bastante bueno, de verdad: un trabajo digno que logra abarcar un amplio espectro de géneros sin caer en la ñoñería de lo absurdo y los desvíos innecesarios. De hecho, para la recta final es una sola línea argumental la que acapara con pericia todas las demás.

Pero vayamos por partes que, conociendome, esto será largo. Tomen asiento, café, mantita y a leer. (Está demás aclarar que esta es sólo una opinión personal; no tengo suficientes conocimientos psiquiátricos para asumir qué tan clínicamente fiel es la serie respecto a las enfermedades que aquí se presentan y sus tratamientos).  

El comienzo es brutal: un tipo que a todas luces no está mentalmente estable es liberado después de pasar más de una década en prisión como condena por el supuesto asesinato de su padrastro. Lo primero que hace después de conseguir su libertad es presentarse, con lo que parece ser un brote psicótico, en la fiesta de cumpleaños de un joven DJ para clavarle un tenedor en repetidas ocasiones por la espalda ante la mirada estupefactas de decenas de personas que no asimilan lo bizarro de la escena. El herido incluso le sonríe al reconocerlo mientras se lamenta por la imprudencia del criminal. El agresor se llama Jang Jae Bum y el agredido Jang Jae Yul, son hermanos y ninguno de los dos está bien. Es importante saber esto porque más adelante nos servirá para entender de una manera mucho más amplia lo que las primeras impresiones nos muestran.


En un principio podríamos creer que Jang Jae Yul es el típico escritor popular con fama de mujeriego que deja tirada a un novia en cada cama y un millón de won en cada esquina. Tampoco es que estemos muy errados: su arrogancia se le resbala de la cara y su narcisismo le rebota del espejo. Pero detrás de esta fachada (porque eso es, una fachada bastante obvia), se esconde una trágica infancia que lo define ampliamente en su adultez —aunque él intente ocultarlo— afectando su vida diaria a niveles que muy pocas personas que le rodean comprenden. De hecho, el TOC que padece resulta ser lo más normal dentro de sus peculiaridades; porque, la verdad, éste sólo se limita a tener perfectamente ordenadas las toallas del sanitario, accionar el humidificador cuando entra a la habitación o la precisión de sus libros en las estanterías, y no es algo que influya de manera negativa en su rutina. Pero luego nos damos cuenta de aquello que termina por exponer una grieta en su cordura: Jae Yul es incapaz de dormir en ningun otro lado que no sea en un baño, o más concretamente, en la tina. Esto no tiene absolutamente nada que ver con ser obsesivo compulsivo sino de un problema mucho más complejo del que él quizá apenas tiene conciencia: el trastorno de estrés post-traumático (TEPT). A pesar de que Jae Yul lleva lidiando con esto desde su niñez, no parece estar consciente de ello, por lo que lucha a su manera con los síntomas y es a través de terceros donde somos capaces de atestiguar su condición. No es extraño que durante años él se las haya ingeniado por sí sólo para vivir sin un diagnóstico; muchas personas con trastornos de ansiedad sufren en silencio durante bastante tiempo antes de buscar ayuda, o bien, aceptar que tienen un problema y asumir que este no es un comportamiento normal. A su manera, Jae Yul se convence que su condición será pasajera y evita tomar medicamentos por miedo a que su escritura se vea comprometida. Como al principio parece que es algo que no se le va de las manos, nos convence a nosotros, como espectadores, de que tiene todo bajo control. Si a eso le agregamos su soberbia y altanería, nos pinta su personalidad con una egolatría descarada y pícara pero tremendamente carismática. Es imposible no empatizar con él desde un principio; quizá nos pique un poco la espina del recelo cuando en un principio le vemos con su novia o fruncimos el ceño al verlo regodearse de su popularidad en el talk-show donde fue invitado (Ep. 01) pero una vez que le vemos convivir con el jóven Han Kang Woo (un niño víctima de violencia doméstica que aspira a convertirse en escritor) nos convencemos que no puede ser tan caradura si aun tiene un poquito de bondad ahí dentro. Además, está el hecho de haber intercedido por su hermano criminal cuando estaba por dictarse la sentencia por la agresión sufrida durante su cumpleaños, aunque en un principio no intuimos el por qué. Sin embargo, el cenit de la serie en realidad llega con el diagnóstico de su esquizofrenia y su progresivo episodio psicótico-suicida, que resulta sumamente devastador tanto para nosotros como para los personajes que atestiguan su caída, empezando por Ji Hae Soo, nuestra otra protagonista, la misma que juró odiarlo desde la primera vez que lo tuvo enfrente y lo acompañó como fiera indomable durante sus días más bajos.   

Si hay algo que Ji Hae Soo nos enseña apenas aparece en pantalla es que la ansiedad no necesariamente va de la mano de la timidez (como tampoco la asocialidad), porque, de hecho, Hae Soo es extrovertida, una mujer inteligente que tiene una personalidad testaruda y terca, pero que a pesar de eso siente una profunda comprensión hacia sus pacientes, quizá porque de manera subconsciente se reconoce como uno. Y es que la chica se siente incapaz de entablar una relación abierta con alguien. Los besos o los abrazos le incomodan hasta a un grado nauseabundo; ya ni hablar del sexo, porque para su desgracia y la del novio puede pasar 300 días con una pareja estable antes de imaginar siquiera compartir un momento íntimo en la cama —llegó incluso a catalogarse como asexual, harta de todo ese barullo que le abruma y tanta presión social. El problema de Hae Soo se remonta a una escena concreta que atestiguó en su infancia, cuando ella y su hermana mayor vieron cómo su madre se besuqueaba en el parque con el señor Kim, un hombre casado al que también le apetecía una aventura duradera cansado del agobio familiar. Es sorprendente lo mucho que un momento en concreto puede marcar tanto a un niño al grado de afectarle de manera significativa en su vida adulta: puede ser una fracción de un minuto, una mala experiencia, un golpe de la persona que jamás imaginarías o un acto de humillación aquello que te cambie para siempre. También nos sirve para mostrarnos que no todos reaccionamos igual a la misma experiencia (la hermana mayor no sufrió trauma alguno por ver la misma escena).

[Habrá quien, desde otra perspectiva, diga que no, que la protagonista del drama es una exagerada, que si bien puede ser impresionante ver a tu madre engañando a tu papá ésto no debe influir tanto en algo tan personal como una relación estable muchos años después. Sin embargo, yo sí que lo creo, y vaya que lo creo: mi ansiedad nació después una escenita ridícula frente a mis nuevos compañeros de clases cuando sólo tenía 8 años. Todo el acto no duró más de 30 segundos, pero aquí estoy dos décadas después sin poder superar el trauma.]

El defecto de Hae Soo en el ámbito profesional se materializa con la poca tolerancia que siente hacia los familiares de sus pacientes; ahí es donde se le ponen los pelos como escarpia y la bilirrubina se le sale hasta por los poros. Le vemos ponerse al tú por tú con el homófobo hermano de un transexual y casi abofetear a la condescendiente madre de una jóven suicida. Y es que, si hay algo para lo que Hae Soo no tiene tiempo, es para lidiar con la ineptitud de la otra cara de la moneda: los parientes de los afectados (especialmente la figura materna). Pero lo que también le molesta es saberse incomprendida en su propio círculo familiar; tiene una hermana que piensa que el matrimonio está en los genes y una madre adúltera que ansía el día que su hija siente cabeza y se comprometa de una vez por todas para aliviar un poco la enorme deuda económica que carga en sus espaldas desde hace varios años. También está el cuñado alcahuete y un padre con un daño cerebral que le hace tener el raciocinio de un bebé. La vida de la pobre no ha sido fácil pero tampoco baja la frente ni tira la toalla, de hecho, fue la condición de su papá la que la motivó a elegir psiquiatría (bueno, eso y la negativa a realizar una cirugía por miedo a matar a alguien en el proceso). Hae Soo entró al arco de los treinta siendo una soltera renuente a contraer matrimonio, con un trastorno de ansiedad autodiagnosticado viviendo en una sociedad que no ve con un buenos ojos —ni dos milímetros de comprensión— ninguno de los dos casos.

Los problemas mentales siguen siendo un tabú en la mitad del globo, pero en naciones orientales, como la coreana, el estigma se multiplica haciendo que quienes los padecen lo callen con pesimismo. Si a eso le agregamos la deshonra que implica para la familia tener a una oveja así de negra entre sus miembros a nadie le pinta un futuro personal demasiado prometedor. La vergüenza de los consanguíneos puede ir de un extremo a otro. Pienso en los hikkikomori de Japón y cómo estos, deliberadamente, se ocultan a las sombras de sus propios padres que, preocupados por cómo los juzguen los demás, tienden a aceptar con penosidad la condición de su hijo y rara vez piden ayuda profesional. Es verdad que Corea no es un país tan conservador en ese aspecto como Japón pero, siendo el primero invadido por el segundo, heredó esa cultura de la sociedad grupal donde un individuo se sacrifica para el bien de los demás. En naciones como ésta donde el somos se antepone al ser es donde no hay cabida para los diferentes. No por nada tienen tasas de suicidios tan altas. En occidente somos un poco más tolerante porque poseemos una pizca rancia de egoísmo que algunos catalogarían de virtud; aquí tendemos a darle más importancia al ámbito individual que a la sociedad. El “It’s just me, myself en I” que De La Soul cantaba en el ‘89).    

Irónicamente el primer encuentro de Hae Soo y Jae Yeol no se da en privado, sino frente a las cámaras de televisión en un show donde se debate el trasfondo psicológico de los criminales que el escritor presenta en sus novelas. Mientras ella aporta el aspecto profesional en el campo médico, él lo hace en el ámbito literario; pero entre frase y frase, entre cada golpeteo de palabra, cada choque argumental, cada mirada inquisitiva y cada suspiro de exasperación e ironía que se les escurría por la cara, se dejó entre ver lo disfuncionales que eran y lo incompatibles que parecían sus caracteres al ubicarlos uno al lado del otro. Hae Soo salió del set echando humo hasta por la boca, colarizada por el infantilismo irreverente de lo que parecía ser un escritor mimado que se regodeaba sin vergüenza ni espanto de su picardía, protegido por una legión de fans que le aplaudían cada sonido que le brotaba por la boca aunque éste fuera una tontería. Sin embargo, en el mismo episodio les vemos emprender una frenética persecución hasta las orillas de la ciudad y logramos percibir que no son tan incompatibles después de todo. Podría parecernos que ese caso clínico que se presenta no tienen nada extraordinario pero, aunque en un principio no le demos tanta importancia, muestra una idea de qué pasa durante un ataque esquizofrénico y cómo el paciente realmente no está demasiado consciente de su entorno, o más bien, parece tan concentrado en un sólo objetivo, real o no, que en el proceso puede llegar a poner en peligro la vida de otras personas sin siquiera medir el daño. El frenazo final que da Jae Yeol al borde del acantilado podríamos confundirlo como una arrebato de la adrenalina que le invadió en el momento. Hae Soo lo dejó pasar sin miramiento alguno (la pobre sólo pensaba en su paciente) ignorando por completo que acaba de presenciar el primer síntoma de esquizofrenia de muchos que se presentarían en los meses siguientes. Fue una especie de acto suicida, inocente y sin pretensiones, que inconscientemente puso la vida de ambos al borde de la muerte. Quizá si Hae Soo no lo detestara tanto; quizá si fueran otras las circunstancias y el momento más mundano, la chica se hubiera otorgado el beneficio de la duda y, de paso, cuestionado la cordura mental del conductor que tenía al lado. Pero no, de hecho, más adelante, la misma Hae Soo se tacha de egoísta, abrumada por el sentimiento de culpa al no haber tomado muy en serio las pequeñas —y casi imperceptibles— llamadas de auxilio que Jae Yeol disparó sin darse cuenta desde la primera vez que se conocieron.

Ignorando todo esto, el primer episodio no podía terminar mejor, con el escritor mudándose a la casa de la chica. Aquí es donde debemos parar un momento y explicar dónde vive: el hogar compartido de Hae Soo es una combinación entre un Big Brother privado y Los locos Adams pero sin parentesco alguno. Además de ella, el lugar está habitado por el psiquiatra Jo Dong Min y por Park Soo Kwnag, un chico con el síndrome de Tourette que trabaja en el café instalado en el área inferior de la vivienda. El lugar pretende ser una especie de tierra neutra donde todos pueden vivir cómo se les dé la gana. Una isla utópica donde sus habitantes logran dejar atrás de la puerta toda las exigencias de la sociedad contemporánea y relajarse al ras de su pequeño paraíso personal. Podríamos creer que Jae Yeol viene a romper este frágil equilibrio donde interactúan armoniosamente sus habitantes, pero no podríamos estar más errados: la casa en realidad es una especie de anarquía sin sentido donde a veces el menos cuerdo de sus habitantes (el psiquiatra) berrea a la primera oportunidad que se le presente, el desgraciado de Soo Kwang llora a lágrima viva cuando tiene un ataque de tics al besar a un chica y Hae Soo amenaza con mudarse un día sí y el otro también cansada del agobio de su propio infierno. Jae Yeol sólo vino a remover el polvo; a ordenar las cosas, a cambiar las veladoras, a tomar agua mineral, a dormir en su baño privado y a cuestionar la salud mental de todos y cada uno de los groseros habitantes que se le paran enfrente sin pedirle permiso. El pretexto de él para instalarse allí ni siquiera tiene importancia (le están arreglando el penthouse), porque sin saber cuándo ni en qué momento queda integrado de manera perfecta a la fotografía, convirtiéndose en uno más de la manada que —aunque tardó lo suyo en adaptarse y le aplicaron la ley del hielo en una ocasión— termina por formar parte de la disfuncional familia sin que el proceso nos parezca demasiado bizarro como para no terminar de asimilarlo.

Los roommates más normales del mundo.
A pesar de Hae Soo le declaró la guerra apenas lo vio entrar por la puerta, y los otros dos hombres no tuvieron otra opción que seguirle la corriente, es digno de reconocer la perseverancia de Jae Yeol para conseguir entrar en el círculo. Aun así, la primera metedura de pata, el primer strike, el primer error y también su mayor acierto fue mencionarle a la chica que su novio (el de los 300 días y contando) andaba liado con la mejor amiga de ella; que los vio besándose tras bastidores en el set donde días antes habían participado en el debate. Se lo dijo en privado pero con cierta malicia y sarcasmo en la voz, sólo para ver su reacción, para regocijarse un poco de su ceguera mental, de su inocencia y de paso de su inexperiencia en las relaciones personales. Y Hae Soo le creyó a la primera, no porque fuera una confiada pretenciosa sino porque el tipo que tenía enfrente bien podría ser un mujeriego de cabo a rabo pero sincero también lo era y ella no tenía tiempo para que su novio de nueve meses se siguiera burlando a sus espaldas. Hae Soo enfrentó el momento con templanza y encaró al muchacho y a la amiga con la rabia contenida y las ilusiones hechas añicos. Pero ella no lo hizo en privado, se encaminó hasta la sala y armó un pandemonium monumental que terminó por dejar la casa como una zona de guerra sin posibilidad de recuperación. Lo que Jae Yeol no sabía en aquel entonces es que la inexperiencia de ella en el amor se debía a la terrible impresión que le dejó en la mente el presenciar a su madre engañando a su padre siendo apenas una niña. Por eso mismo le costó tantísimo perdonar al exnovio que apesadumbrado se arrastró de rodillas hasta ella bajo la lluvia para pedirle disculpas. El segundo strike llegó cuando decide fumar la pipa de la paz ofreciéndole una copa de vino como signo de reconciliación (el tipo ya estaba cansado de que lo ignoraran tanto) pero Hae Soo lo interpretó de otra manera, creyendo que el escritor intentaba sacar su casta de Don Juan y hacerla ver como muchacha fácil. Gravísimo error: el vino terminó empapando la cara de él, quien le devolvió el gesto con el mismo ímpetu. El tercer error ocurre en el tercer episodio cuando en un último gesto de “rendición” decide hacer valer sus derechos como dueño reciente de la propiedad y invita a un desayuno a los tres veteranos inquilinos para darles las gracias por su estancia y pedirles que hagan sus maletas y se larguen de su casa de una vez. Porque sí, al final, el tío forrado de dinero decide comprar todo el condominio con café incluido, creo. Ésto no fue un error en sí, y de hecho creo que sirvió para bajar de la suprema nube del egoísmo a Hae Soo que ya tenía los humos muy arriba la pobre y le faltaba espabilarse un poco, pero al final ella lo termina encarando y más o menos da su brazo a torcer, no sin antes cuestinarle la personalidad y la vida.

Pero es también en este episodio donde comienza todo: la cumbre final llega en los últimos minutos, cuando se reúnen los cuatro en un sitio y dejan que el alcohol haga lo suyo mientras hablan de anécdotas y comparten opiniones respecto a ciertos casos clínicos y experiencias varias. El encontronazo tremendo que se dan con otros clientes del local desata otro infierno que deja una estela cómica y graciosa que nos da la oportunidad de ver lo bien que la pareja protagonista se la puede pasar si así se lo propusieran. De hecho, es a partir de este punto cuando vemos que su relación de hostigamiento total da un giro tremendo y deciden darse pequeñas oportunidades para conocerse mejor y no andar de dramaticos a la primera replica que reciben uno del otro. Hae Soo tiene que aprender dónde comienza la aparente promiscuidad de Jae Yeol y si esta es sólo una amarga fachada donde esconde su verdadero yo. Aunque le toma su tiempo captar esos matices reales es en el cuarto episodio cuando ella descubre que el tipo no es tan repugnante como lo pensó en un principio. De hecho, fue bastante caballeroso cuando ella quedó toda ebria y dormida en el piso del departamento y él amablemente la llevó hasta su cama sin ser mano larga ni abusivo. Y el viaje que realizan poco tiempo después para visitar a los amigos de Hae Soo también nos abre una ventana al futuro y a la mente misma del escritor. Cuando salva a la chica del lago también se salva así mismo, descubre en ese instante que su vida no sólo gira en torno a su pasado o sus libros sino también al compás de quienes le rodean. Es también la primera vez que le embarga un aura de heroísmo que apenas puede asimilar, acostumbrado a que todos hagan por él lo que él podría hacer por sí mismo se lanza al agua y olvida por completo su bienestar para anteponer el de alguien más. Quizá también llegó a sentirse en paz consigo mismo, de ahí tanta emoción después del rescate: esa sobredosis de adrenalina que sobrepasa cualquier trauma que se le meta en el recuerdo; como si su mera existencia —o lo accidentada de ésta— comenzara a dar los frutos que esperó durante tantos años. Es durante este viaje donde Hae Soo descubre la peculiaridad del cuarto de baño y las pesadillas, y comienza a atar cabos sin llevar el asunto demasiado lejos (algo de lo que se arrepiente después). Pero al poco tiempo otros comienzan a observar fallos en su conciencia, pequeños resquebrajados de cordura que uniendolos como puzzle sin sentido nos guían como un mapa al punto cumbre de su caída… Y su caída es dolorosa y terrible.

Creo que lo que más impresiona es ver cómo Jael Yeol es consumido por una enfermedad que él no puede ver pero los demás sí. Y no es de extrañar en lo absoluto que los problemas psicológicos de Hae Soo pasan a un segundo plano conforme los del reconocido escritor se resbalan por la pantalla para golpearnos la cara. Al principio son instantes aislados: corriendo por las calles de la ciudad mientras habla con alguien que no está ahí, contestando el teléfono cuando nunca suena (quizá está en vibrador ¿no?), lastimarse físicamente sin recordar el motivo, ponerse en peligro sin percibirlo, una tos recurrente, pérdida del sentido del tiempo, mostrar una emoción irracional o salir a deshoras sin explicación alguna. No es que ella pierda protagonismo al avanzar la historia sino que los síntomas de él se agravan tanto que resulta imposible que no acaparen todo. El primer testigo de esto es su manager que se traga la rabia y la impotencia al no saber qué hacer o a quién acudir para detener ese brote psicótico que amenaza con arrebatarle al terco de su amigo. Aprecia al bastardo tanto como aprecia al hermano de éste, quizá un poco más, por los años transcurrido, la familiaridad y el trabajo compartido, pero cuando por fin acude a un profesional el doctor Jo le hace entender que tienen que actuar rápido o la situación podría tornarse peligrosa. Jo Dong Min lo sabe porque para ese entonces llevaba ya un tiempo visitando en la cárcel a Jang Jae Bum, el hermano mayor del escritor cuyo resentimiento hacia las acciones de su madre y Jael Yeol le llevan a reincidir una y otra vez en intentos de homicidio. Y no es para menos, Jae Bum carga con la pena de sentirse traicionado por aquellos que debieron ponerse de su lado por mero parentesco. Irónicamente Jael Yeol se preocupa muchísimo por él; o quizá le carcomía la conciencia al acusarlo de un crimen que no cometió cuando apenas eran niños, siendo ambos —junto con su madre— víctimas de un hombre abusivo que les destrozó la infancia y la cordura. Con el paso de los días, y después de convivir aquí y allá, Hae Soo entiende el extraño vínculo que une a los hermanos, por eso eso captó al instante aquel inconsciente llamado de auxilio que le hace Jael Yeol después de discutir fuertemente con Jae Bum justo después de salir de la cárcel. Y la comprensión de ella seguiría llegando las semanas siguientes, pero incluso allí Hae Soo repara en el hecho de su actitud egoísta cuando se trata de pensar en terceros, no es algo que pueda pasar desapercibido, porque incluso su propia ansiedad le da esa sensación de sentirse insegura y con el derecho de quejarse cuanta cosa se le venga en gana sin saber exactamente que con ello se olvida de pensar en los demás.


Han Kang Woo es un fantasma del pasado. Curiosamente capté su inexistencia desde el primer episodio, cuando se topa con Jael Yeol en el sanitario y su falta de interacción con el entorno me llevó a pensar casi por instinto que éste era un reflejo de él mismo en su juventud. Esa especie de hipnosis que parecía caerle encima cuando estaba frente a la persona que más admiraba era otra prueba de ello. La mente de Jael Yeol utiliza a este niño para reflejar esos fallos del pasado que se acumulan sin piedad y le roban la cordura. Las apariciones del chico se convierten más peligrosas conforme los síntomas de él empeora y terminan por tornarse tenebrosas cuando su conciencia se difumina hasta alcanzar un grado de peligro latente (ahora es él quien toma un auto y pone entre la vida y la muerte a otras personas) y ya no puede liberarse de él; incluso le vemos en su habitación, sentado en el escritorio, mientras Hae Soo también está con él. El día de la liberación, el día que él lo deja ir y se despide dándole unos zapatos nuevos (de hecho, cuando me di cuenta del asunto de los zapatos se me partió el alma, el corazón y las ganas de vivir) es cuando por fin Jael Yeol ve la luz al final de camino, no sólo acepta su problema mental sino también sus limitación, y Hae Soo está ahí para apoyarlo, para darle una comprensión desmedida y un soporte firme al que aferrarse ante su propia debilidad. Es una escena preciosa y cargada de tantas emociones que termina por derretirse el alma.    


Las parejas secundarias tampoco se quedan atrás: Por un lado tenemos a Lee Young Jin y Jo Dong Min, que fungen como los veteranos por excelencia y, por otro lado, Park Soo Kwang y Ahn So Nyuh equilibran la balanza con su juventud e inexperiencia. Tanto Young Jin como Dong Min nos muestran con sabiduría el saberse mayores en una sociedad que les dejó atrás sin reparar en sus sentimientos. El mayor defecto de ellos fue haber callado justo cuando más tenían de qué hablar. El tiempo pasó, ambos crecieron profesionalmente, siguieron con sus vidas y después de tantos años los sentimientos del pasado se conglomeran frente a ellos como un arrebato de rebeldía ante todo eso que tanto se esforzaban por ocultar tras sus propias inseguridades. Algo que me ha gustado muchísimo es que su relación se quede ahí, en mera y franca amistad, porque mirándolo con detenimiento era algo, no sólo lógico, sino ético. Dong Min tenía una familia formada y tampoco es que le apeteciera desequilibrar la armonía de ella a base de deslices amoroso con su ex-esposa. Incluso el rechazo de darse un abrazo cobra sentido cuando analizamos ese vínculo tan peculiar que desarrollaron entre ellos, con una confianza y un respeto inigualables. Soo Kwang y So Nyuh son muy distintos, incluso podríamos asegurar que no mantienen ni siquiera una pizca de gustos en común, pero a lo largo de todo el drama les vemos luchando por vencer sus debilidades anteponiendo su relación a sus temores y defectos personales. Soo Kwang carga con la culpa de ser un hijo que no ha podido llenar las expectativas de su padre, un hombre exigente, que no duda en catalogarlo de retrasado mental cuando le ve con síntomas del síndrome de Tourette. Insensible, distante y ufano, le echa en cara cuanta cosa le pase por la cabeza y lo humilla desde la intolerancia que le propicia su propia ignorancia. El papá de Ahn So Nyuh es todo lo contrario a éste, de actitud sumisa y recolector de basura encontró la manera de sacar a su hija adelante, no sin que su pasividad le otorgara a la chica una hipocresía rancia y malagradecida. Ciega por completo al sacrificio de su progenitor y huérfana de madre, abandonó la escuela sólo para cargar con el uniforme colegial a todas horas y a todos lados, liándose primero con un chico que muy poco le importaba su bienestar mientras ésta estuviera contenta. Soo Kwang aprende a aceptar sus limitaciones y también le da una buena zarandeada mental para que aprenda que la gratitud no es una prenda de vestir o un calzado bonito. Ella, por su parte, con su actitud aniñada y la hiperactividad a toda marcha, comienza a entender sobre la paciencia y la comprensión; a saber cómo calmar los tics de él y detener una crisis poco antes de que ocurra. Tienen un crecimiento personal tan marcado desde el principio que conmigo resultó primero en una indiferencia total hasta que finalmente caí rendida a sus imperfecciones.   

Más que un drama recomendado es un drama necesario. Me gustaría toparme con éste subgénero más a menudo por lo que mencioné al principio: vivimos en un mundo donde las enfermedades mentales están repletas de mitos e ideas erróneas de parte del público en general, y quienes los viven en carne propia acarrean con el estigma de la ignorancia, lo que a la larga traer repercusiones negativas para su vida y terminan por agravar el problema. No creo que sea la manera definitiva para combatir en sí ese tabú existente (porque al final la ficción seguirá siendo ficción) pero sí para despertar la curiosidad de los televidentes, para impulsarlos de manera desinteresada a saber más sobre el tema o ha sentir un poco de empatía hacia quienes padecen estos problemas. ¡Más series como éstas, por favor!   

Notas adicionales:
  • El OST de toda la serie es buenísimo, sin embargo lo que me caló más hondo fue reencontrarme con Hero, un tema que ya había escuchado anteriormente en un promocional de la maravillosa película Boyhood (2014), pero que aquí adquiere una profundidad tan grande que terminó enamorándome por completo cuando el doctor Jo recrea el punto de quiebre de la familia al visitar la casa donde el padrastro de Jae Yeol fue asesinado. Desde entonces llevo una playlist en mi teléfono con temas de Family of the Year para cuando tengo la autoestima de vacaciones por el Líbano y los sueños revolcándose en la Luna.
  • ¡Happy ending! Cuando era más joven me gustaban los finales crueles o inesperados, esos que nos abofetean la cara para decirnos que la vida también es perra, pero ahora ya no; ahora estoy tan cansada de esa cruel realidad donde todo se aleja de lo que imaginamos y donde un problema sólo te lleva a otro problema que lo único que quiero es que toda la ficción que pase por mis ojos tenga un final feliz. ¿Qué se le va ha hacer? Me estoy haciendo mayor y los sentimientos no me dan para más. It’s ok, that’s love tiene el final ideal con esa santísima trinidad perfecta: 1) ninguna muerte 2) matrimonio concretado (en fotografías) y 3) bebé en camino. ¡¿Cómo no amar eso?!    
  • Hace ya varios meses que vi este kdrama. De hecho, creo que fue el primero que visioné completo después de Healer, pero el hecho de que me gustara tanto hizo que me llevara demasiado escribir mi opinión sobre él porque había tantas cosas que quería remarcar que al final no conseguí ni plasmar la mitad xD.  

2 comentarios:

  1. No he visto ese drama (lo tengo en la lista) así que bajo, bajo, bajo para evitar spoilers jajaja
    Te he nominado en mi blog.
    http://heymalisha.blogspot.mx/2016/06/tag-no-se-su-nombre-pero-es-interesante.html

    ¡Un saludo!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡AY MUCHAS GRACIAS! Estoy falta de ideas para el blog así que lo haré en cuanto pueda :D

      Eliminar

¡Gracias por dejar tu comentario! :)