29 jul. 2010

Todo se termina...

Fotografía de mis abuelos en los años 50's
"Ella ya no ama sus vicios,
 le busca en los ojos,
pasa un ángel volando 
y se encuentra con otro.
Ayer sus dos brazos eran 
fuertes ramas donde guarecerse, 
hoy son cuerdas que atan.
Qué pena me da, que pena me da... 
todo se acaba"*
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O quizá el verdadero amor no se acabó porque nunca existió y confundieron los delirios del enamoramiento juvenil con un bálsamo de amor eterno. Creyeron ser para siempre, en su inocencia, vidas compartidas hasta que la muerte se les ocurriera separarlos. Pero quizá los inviernos frívolos de los años venideros sólo sirvieron para tapar entre tumultos de problemas y la cotidianidad de los días aquel cariño mutuo que se profesaron cuando el futuro era vislumbrado con sencillos atardeceres y paseos en la plaza del pueblo. Testigo oculares de efímeros sentimientos que, en el paso del tiempo, la realidad se encargó de ocultar en rincón oscuro del corazón. Allí donde también se esconden las mentiras y los silencios jamás expresados. Sentimientos que cercenan el alma y llenan de rabia y desesperación la realidad palpable que se vive entre la rutina enfermiza de tener lo mismo siempre, todos los días.

Quizá la juventud fue su peor enemigo, la falta de experiencia en terrenos desconocidos. Exploradores de sentimientos inhóspito y jamás vistos. Jóvenes que se atrevieron a amar cuando aun creían en las hadas y los finales felices de los cuentos infantiles. Sútiles miradas que en su tiempo, quizá, lograron expresar cosas más sublimes que las palabras, porque el enamoramiento tiene esa dicha de trasformar todo en hermosos poemas y rimas perfectas. En convertir los defectos en grandes logros y la rebeldía en triunfos agradables. Quizá por eso olvidaron tomar en cuenta la enorme capacidad de la experiencia e ignoraron que aun les faltaba todo por vivir.

El camino que tomaron quizá no fue el correcto y la vida se encargó de repetirlo una y otra vez frente a sus ojos. Se tragaron sus palabras acostumbrándose a la indiferencia que se asomaba por las ventanas y las puertas. Ninguno de los dos dijo nunca nada, callaron tantos pecados como fuera posible y se acostumbraron a encontrarse con los silencios vespertinos y las cenas ligeras, con sólo cruzar un par de palabras para cumplir con lo establecido. Aprendiendo también, no a querese, sino a aceptar pretextos y mentiras, aun cuando estuvieran ante los ojos de todos.

No los culpo, en el fondo, quizá, aun siguen siendo esos dos jóvenes en aquella vieja fotografía que, sonrientes, eran capaces de inventarse huidas al mar y futuros prometedores.

Jóvenes, hermosos e ingenuos, de los que no puedo evitar pensar que, si no fuera por sus errores cometidos, yo sencillamente no existiría.

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* La estrofa que encabeza este post pertenece a la canción "Un muerto encierras" de Ismael Serrano. Para leer la letra integra del tema dar click AQUÍ. Para escuchar la canción click AQUÍ.

2 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Andrés, muchas gracias por tu comentario. No te culpo por ser un lector anónimo y silencioso, yo misma lo soy de la mayoría de los blogs que visitó. Siento que nunca me salen las palabras a la hora de dejar un comentario, así que muchas gracias por dejar tus pensamientos por aquí :)

    ¡Un saludo!

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