28 sept. 2013

Yo también sufrí bullying...

Sí, he sufrido bullying en la escuela. Más concretamente en la escuela preparatoria. Más específicamente en la escuela preparatoria Rubén Jaramillo de la Universidad Autónoma de Sinaloa, ubicada en la ciudad de Mazatlán. De aquello ya han pasado casi 10 años. Creo que nunca he hablado de esto aquí ni en ningún otro lado; no me gusta montar dramas innecesarios y absurdos propios de gente débil como somos los hostigados. O por lo menos esa es la opinión de los otros, de los que están en el medio, de los que nunca fueron agredidos y cuando lo hicieron devolvieron el golpe, como no queriendo la cosa y les funcionó el chistecito. “El mundo no es para los débiles” diría Darwin si se atreviera a mirarme ahora.

De todos los años en la escuela primera, secundaria y preparatoria sólo esas tres jovencitas de la escuela preparatoria Rubén Jaramillo me hostigaron y únicamente fue por un par de meses porque, harta no sólo de las porquerías que hacían conmigo sino de la indiferencia generalizada de mis maestros decidí un día ya no ir. Utilicé el pretexto de que la escuela se ponía en huelga una semana sí y la otra también para salirme y no volver jamás (aunque cabe aclarar que aquel tema de la huelga eterna era verdad).

Aun paso por aquella preparatoria que también fue de mi hermana y me sigue produciendo un profundo asco, como esa última vez que salí de ahí con lágrimas en los ojos, aparentando ser una enferma de gripe y tos con ojos llorosos por el virus, para que la gente que fue indiferente durante todo ese tiempo no se detuviera a preguntarme qué me pasaba. Yo débil, como siempre lo he sido; y ellos hipócritas, como siempre lo habían sido.   

De lunes a viernes, de 7 a 1, la misma rutina. Los mismos jalones de cabello, los mismos golpecillos en la oreja y en la espalda, el mismo encendedor debajo de la butaca de fierro, las mismas palabras hirientes: “Pelona” por tener el cabello corto, “muda” porque rara vez hablaba, “presumida” porque levantaba la mano cuando conocía la respuesta a algo, “tartamuda” porque a veces repetía las palabras más de la cuenta, “pendeja” sólo porque sí. Palabras que a nadie le dolerían, excepto a mí, porque antes que ellas, nadie me las había dicho.

Recuerdo las mismas conversaciones con los maestros a diario, tratando de hacerles entender que dolía lo que decían y hacían, que el encendedor provocaba ampollas, quemaduras y me estropeaba la ropa, que no era sólo un juego, que me molestaban, que hicieran algo. Y recuerdo perfectamente su indiferencia como maestros, su valemadrismo ante la situación, su necesidad de reprimir con una charlita sencilla a las tres alumnas que me odiaban sólo porque sí. Me daba coraje porque sus medidas eran en vano y los hostigamiento se hacía más grande, y más fuertes y más jodidos y yo tenía ganas de lanzar una bomba de napalm sobre la escuela; algo que nos matara a todos en el proceso, a toda la escoria de la sociedad, a los hostigadores, a los hostigados y sobre todo a los indiferentes, y aquellos que pensaban que el bullying sólo se resuelve devolviendo el golpe. Vaya asco de personas. Vaya mierda de sociedad creada. Vaya México podrido que con violencia siempre resuelve todo. Vaya actitud retrógrada.

Quizá por eso siempre he sentido empatía hacia aquellos estudiantes que, después de años y años de hostigamiento, terminan por cometer una masacre en su escuela. Cansados por completo de los consejos de otros, de la indiferencia, del mirar para otro lado. No me malinterpreten, no justifico su acción y mucho menos la apruebo, pero siento empatía hacia ellos, (y si alguien llega a leer esto y no saben lo que significa empatía existen diccionarios para saberlo, gracias), porque yo también tuve ganas de sacarle las entrañas a aquellas personas, de convertirlas en nada, de quemarlas en aceite hirviendo, de verter mil balas sobre sus cuerpos. Pero nunca lo hice y JAMÁS lo haré. Aun tengo el sentido común intacto.

“Me siento demasiado superior para el odio” decía Jean-Jacques Rousseau, y a estas alturas yo también. No odio a nadie. La palabra no me gusta; me da asco, me produce nauseas. Me recordaba a aquella época en la que yo solía odiar a la gente; días oscuros y fríos que prefiero no traer de regreso. Que me nublan la vista y me provocaban vértigo.

Siempre he sido asocial, siempre he marcado un muro invisible pero enorme entre mi persona y el resto del mundo. No me apetece hacer amigos, no me interesa inmiscuirme con el resto, no me interesa en lo absoluto pasearme entre una multitud de gente. Mi forma de ser se forjó a largo de mi infancia y no tiene absolutamente nada que ver con el hostigamiento que sufrí. Cuando eso sucedió yo ya era tal y como soy ahora, con los mismos traumas y con sueños más ingenuos.

A veces pienso en aquellas jovencitas que me quemaban y me decían palabras hirientes. Aun siento lástima por ellas, sobre todo por la líder de las tres, una chica delgada, pequeña, con el cabello disparejo y morado. Rebelde. Punk región 4. Aparentando una dureza que se la caía a pedazos cuando algún maestro la sacaba de clases por hablar mucho o por molestar tanto. Por apestar a cigarro. ¿Cuántas tragedias cargaría a sus espaldas como para que al hostigarme a mi sintiera la satisfacción que en otro lado no encontraba?

También sentía empatía hacia ella. La hostigadora típica; esa que me lastimaba para aliviar un poco el dolor de su vida cotidiana. Por las otras dos chicas jamás he sentido empatía. Eran niñas bobas, zombis; de esas que se tirarían a un barranco antes de preguntarte qué sentido tiene inmolarse o con qué propósito. ¿Qué será de sus vidas? ¿Serán más felices que yo? ¿Con menos traumas? ¿Con más miedos? ¿Tendrán hijos? ¿Tendrán sueños? ¿Esposos tiernos o novios golpeadores? ¿Golpearon a sus hijos para educarlos? ¿Esos hijos golpearan a otros niños en la escuela o serán ellos las víctimas de otros niños, como si todo fuera una cadena que se conecta? Entonces recuerdo quién soy y lo poco que aquellas tres chicas me importan; lo indiferente que me resultan sus vidas y sus muertes, sus sueños, sus problemas y sus nombres, y me olvido de ellas por completo, como aquellos seres a los que olvidamos en los cementerios.

¿Se siente bien hablar sobre esto después de callarlo durante tanto tiempo? No, se siente igual. Duele lo mismo… Quizá más. Hay gente que nunca lo entenderá. 

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