1 oct. 2013

Y así es como adaptas a un personaje clásico...


Elementary tendrá el dudoso privilegio de ser la serie de televisión de la que más he hablado en mi blog y ni siquiera me gusta. A estas alturas no sé si llamar a eso una virtud o un defecto. Para empezar sigo sin entender por qué razón continúo viéndola. Quizá porque pensé, muy en el fondo, que de una y otra manera mejoraría en su segunda temporada; pero no lo hizo. Y no estoy hablando que mejoraría como serie de TV —ya anteriormente dije que era buena—, sino como una adaptación libre de un clásico de la literatura como lo es Sherlock Holmes. Para mí, el show falla estrepitosamente en ese único aspecto (bueno, hay otros más pequeños pero este lo eclipsa todo). Lo curioso es que mi berrinche se debe al enorme cariño que le tengo al personaje de Doyle. Lo veo como algo personal y no lo es. Es sólo ficción y nada más que eso, y muy en el fondo siento como si cada capítulo se encargara de hacer pedazos los libros de mi detective favorito para aventármelos en la cara sin respeto de por medio. Así de ofendida me siento.

Ahora, trataré de especificar a lo que me refiero, porque el párrafo anterior podría resultar confuso: YA SÉ lo que es una adaptación, y sí, Elementary no hace nada malo en ese aspecto. Vayamos al diccionario de la RAE (¡mi diccionario favorito, ever! *No es cierto*) para que nos explique con punto y coma eso de adaptar.

3. tr. Modificar una obra científica, literaria, musical, etc., para que pueda difundirse entre público distinto de aquel al cual iba destinada o darle una forma diferente de la original.

¿Lo ven? Así que cuando digo que, para mí, la serie falla como adaptación no me refiero a que no haga lo que debería de hacer, sino que no hace justicia a los personajes de Conan Doyle ni a sus aventuras. Ahí es donde me enerva la sangre. Veo un episodio durante cinco minutos y me digo a mí misma que Holmes y Watson dan para más, para mucho más. Y no sólo ellos dos, sino el resto de los personajes adaptados. ¡Ese es mi problema de que sus nombres sigan siendo los mismos! Sólo veo nombres conocidos metidos en personajes irreconocibles. Me vale un comino que Watson sea mujer, ¿de qué me sirve si, aun llamándose así, no la puedo reconocer? Digo, ya sé que en gustos se rompen género; habrá gente ahí afuera que piense que la película Romeo+Juliet (1996) es una oda a William Shakespeare, pero con un poco más de modernismo (con balazos, drogas, autos y todo de por medio); estoy consciente de ello, y es ahí donde mi drama cotidiano pierde la profundidad que debería… pero aun así me apetece muchísimo hablar del tema.

Ayer vi el episodio estreno de la segunda temporada de Elementary y mis expectativas eran varias. Treinta segundos después las vi suicidándose cual Moriarty y Holmes en las cataratas de Reichenbach. No les voy a mentir, hay una adaptación inglesa de Sherlock Holmes —producida por la BBC y cuyo nombre no voy a mencionar—, que hizo que mis esperanzas con el inspector Lestrade fueran del tamaño del Empire State. Altísimas. Y sé que no es justo, porque si recurrimos a las noveles de Doyle ya sabemos que este personaje no da para más, o más bien deja todo a la imaginación; al fin y al cabo él no es el protagonista. Lo que sí sé, y lo que sí recuerdo del inspector Lestrade literario, es que no es un perdedor. Tampoco es un inútil. En este primer capítulo nos lo muestran así y se me hizo una injusticia tremenda. Una bofetada dolorosa (más para mí que para Doyle, lo sé). G. Lestrade no merece ser representado como una marioneta de Holmes. O al revés. Lo cierto es que no entendí muy bien qué jodido rollo había entre los dos porque, como siempre, en Elementary todo se ve por la superficie, sin recurrir mucho al pasado; limpiando la basurita de encima, nada más.

¿Saben qué adaptación de un personaje sí me ha resultado una delicia en esta serie? La de Tobias Gregson. Ahí sí les pongo una estrellita en la frente a cada uno de los involucrados en su creación. Principalmente a Aidan Quinn. Grande. Porque, quitando el Piloto de por medio, así es como se hacen las adaptaciones. Pero una de las cosas que sí me chocó fue saber que, en Elementary, Lestrade y Gregson no se conocen; a pesar de que éste último trabajó un tiempo en Scotland Yard. ¡Pffff, eso es lo fascinante de leer en los libros! ¡Daba hasta para un episodio entero en el futuro! MEH. >_<


Y por otro lado tenemos a Mycroft Holmes, ¡¿QUÉ DIABLOS HAN HECHO?! Contrólate, Linda, es sólo una serie de televisión. Inhala, exhala, 1, 2, 3, 1000, 9000, 1,000,000… Infinito. No, en serio, ¡¿qué hicieron?! Necesito que me devuelvan la fe que invertí en este programa, más las casi 25 horas que me llevó verlo durante seis meses y lo mucho que traté de defenderlo de la horda de sherlockians que querían matarlo antes de que naciera. Gracias. ¡Tú no puedes ir por la vida adaptando así un personaje y quedarte tan quitado de la pena, oye! Pues quién te crees, ¡eso es un crimen! Nunca he visto en mi vida a un Mycroft Holmes más desabrido que el que ha aparecido en Elementary. En la literatura, el mayor de los Holmes es un ser pasivo, así nos lo presenta Arthur Conan Doyle en El interprete Griego y esa es la imagen que se nos queda grabada de él. Es más inteligente que Sherlock, pero no tiene la curiosidad y la energía para poner esa inteligencia desbordante en práctica; o por lo menos no en el ámbito de la criminalística, así que recurre a un trabajo de escritorio. Sin embargo, no se le debe subestimar, “él es el gobierno británico” le dice Sherlock a Watson en uno de los relatos cortos. Mycroft no es de los que va por ahí abriendo restaurantes como loco por todo Londres. ¡Manda a alguien que los abra por él! Hace que otros hagan el trabajo diario, el trabajo de campo, el trabajo social ¡Ahí radica su poder! Mientras tanto, él se la pasa bomba leyendo el periódico con un silencio atronador en algún sillón del Club Diógenes sin siquiera levantar la vista por la ventana para ver si el mundo se está desmoronando frente a él. Así que él no es de los que va por la vida partiendo la verdura para hacer el desayuno o la cena. ¿Y esa rivalidad entre los hermanos? ¿Ese resentimiento? ¿Dónde lo he visto antes, pero con más sutileza y elegancia? ¡Mejor no digo nombres, porque luego se enojan! >_<

¡Pero si es que hasta el 221b Baker Street de Elementary me ha decepcionado, carajo!

Me detendré un momento para guardar la compostura porque me siento purista, ¿vale? Y eso no me gusta; pero creo que ahora entiendo a aquellos españoles que vieron cómo Japón adaptaba a versión manga un clásico de la literatura como lo es Don Quijote de la Mancha y lo pusieron todo guapetón acompañado de su amigo Sancho quinceañero, mientras Joan Manuel Serrat hacía un cameo en el primer capítulo como no queriendo la cosa. Eso tampoco es una adaptación libre, eso es un delito.

Estoy volviendo a exagerar.

Para mí, los personajes de Elementary se quedan cortos, PUNTO. Y pasan capítulos, terminan temporadas, inician otras ¡y siguen quedándose cortos! Es como si no avanzaran, como si estuvieran en un perpetuo limbo de estancamiento y no les apeteciera salir de ahí y lo único que les interesa hacer en ese periodo de tiempo indeterminado es resolver crímenes random y, hasta cierto punto, desabridos.


Para ser el primer capítulo de la segunda temporada me esperaba muchísimo más. Y mil veces más de acción viendo que esto transcurre en el extraordinario Londres, que debería de ser, casi por obligación, otro protagonista más. Obviamente mi decepción ha sido tan grande como una catedral. ¡Demonios, si vas a ir a Londres haz algo grande, por dios! ¡Una trama que dé para dos capítulos o algo así! Algo inmenso, memorable, inolvidable, no la ñoñez que me presentaron como episodio el jueves pasado. Para mostrarme planos de una ciudad que se convierte en nada durante 45 minutos mejor hubieran grabado todo el capítulo entre pantallas verdes y un estudio, sin salir de Estados Unidos y sin gastar mucha pasta en el proceso.

Lo mencioné hace cuatro meses y lo vuelvo a decir ahora: La serie podría brillar por sí sola si la sombra de los personajes de Conan Doyle no fuera tan grande y sus estándares tan altos. Y vuelvo a aclarar para que se eviten malas interpretaciones: el show funciona; sus rating son respetables y aquí está su segunda temporada para demostrarlo, pero no son los personajes de Doyle quienes lo hacen brillar sino el trabajo de actores, guionistas y productores. No la libre adaptación de Holmes (porque eso muy poco importa), sino todo lo demás, todo lo que lo hace diferente. Por eso digo que el show falla PARA MÍ, no para el resto de los televidentes. El protagonista se podría llamar X y su compañera Y e igual tendría éxito, pero no existiría la necesidad de llenar la inmensidad de Holmes y Watson, algo que en Elementary desean con todas las ansias y es ahí donde no logran dejar las cosas muy en claro.

Sherlock Holmes y John Watson están a años luz de los personajes de Elementary porque los creadores de este último así lo han deseado… y, con permiso, yo paso completamente de este juego, sobre todo porque no reconozco la adaptación que están haciendo. No es una adaptación de las historias, sino de los personajes, o por lo menos es así como yo lo entiendo. Al parecer, el homenaje está en esos guiños que se pierden entre trama y trama y que al final terminan careciendo de importancia. En esos diálogos rescatados de las novelas que resultan superfluos, y a veces hasta forzados, que no terminan de convencerme ni tantito, porque pierden el encanto que deberían albergar al ser pronunciados. Ya estas alturas poco importa que el programa haya sustituido a Londres por Nueva York, a Watson por una mujer, las cartas por email y a la señora Hudson como una transgénero, ¡da igual! No se ve el sello de Doyle ni en una sola esquina del show, ni siquiera en los guiños; aquello no trasciende al libreto, se queda estancado, seco, desabrido. Insípido. Fallido.

House M.D. es un ejemplo clarísimo de cómo puedes adaptar a un personaje clásico de la literatura y traerlo a pleno siglo XX con otra personalidad, otro nombre, otra profesión y, aun así, ser capaz de distinguirlo cuando lo ves en la pantalla. Lo intuyes entre los diálogos; lo percibes entre los episodios. Los guiños a las historias literarias se cuelan entre los guiones de una manera que en Elementary sencillamente no funcionan. Pero no hablaré de House M.D. para poner un ejemplo de un Holmes moderno porque muchos, muchísimos ahí afuera, ya lo han hecho. Mejor pondré el ejemplo de The Mentalist, que apenas ayer he visualizado el primer episodio de su sexta temporada y OH.POR.DIOS.


Es un ejemplo, ya lo dije, pero probablemente en algún punto llegaré a la comparación. No me gusta comparar cosas, ya lo mencioné en otro post de Elementary, pero qué más da, yo voy por la vida haciendo cosas que no me gustan y es lo que hay, así que…

—He estado observándoles, a usted y a su esposo, y quiero que sepa que entiendo lo que sienten en este momento. 
—No tienen ni idea. Créame.
—Le creo. Lo sé... Lo sé y quiero ayudarla. 
—No puede ayudarme. ¿Qué es lo que sabe? 
—Muchas cosas. Usted sólo aparenta que le gusta esquiar, ¿verdad? 
—Sí, pero… 
—Está contenta de saber que su mejor amiga recientemente aumentó de peso… unos cinco kilos. Hubiese deseado ser más arriesgada cuando era joven. Ama la India, pero nunca ha estado ahí. Tiene problemas para dormir. Su color favorito es… azul. 
—No… no lo entiendo. ¿Es usted… psíquico? 
—No, sólo presto atención. Le estoy diciendo esto porque quiero que entienda que no hay razón para esconderme ciertas cosas. 
—Esconder ¿qué? 
—¿Quiere saber lo que veo cuando observo a su esposo? Veo a un cálido, amoroso y generoso hombre. Un poco vanidoso, quizá. Egoísta, controlador, pero un hombre decente. 
—Sí. 
—Entonces, ¿por qué usted sospecha que él haya asesinado a su hija?

Ahí está —pensé cuando vi los primeros cinco minutos del capítulo piloto de The Mentalist— un Sherlock Holmes moderno que brilla de forma maravillosa en suelo estadounidense. Vi las cinco temporadas de este programa de televisión durante esta primavera, para ese entonces Elementary ya llevaba más de veinte episodios transmitidos. Ya conocía cuáles eran los aspectos de la serie que me decepcionaban y por esa misma razón me llevé una grata sorpresa cuando me topé con el protagonista de The Mentalist; quizá porque era el último lugar donde me atrevería a buscar a un Sherlock Holmes y, además, encontrarlo.

El primer capítulo de esta serie policíaca —también de la cadena CBS— nos introduce de lleno a la casa donde vivía la víctima, una joven desaparecida que fue encontrada muerta ahí mismo tiempo después. Los policías culpan al muchacho del vecindario que la encontró, un joven de melena larga y ropas oscuras, que tenía la rebeldía pintada en la cara. Alrededor, un grupo de personas, forenses, policías y periodistas se congregan para saber más sobre el caso. Es aquí donde vemos por primera vez a Patrick Jane, el protagonista de la serie, nuestro moderno Sherlock Holmes. Observa todo lo que lo rodea, pero no dice ni una sola palabra. Como un fantasma merodeando entre gente viva; un ente invisible para todos. A base de las observaciones que hace, saca deducciones que no son compartidas para el público, sino que continúan siendo un misterio y las guarda para él mismo. Lo vemos mirando a los periodistas que insisten con sus preguntas inoportunas. Lo vemos observando al chico sospechoso y esposado que los policías introducen en una patrulla; a los fotógrafos que lanzan flashes sobre su cara. Al tatuaje de la muerte con una guadaña que tiene uno de los forenses que carga la camilla con el cadáver de la chica. La actitud de los padres de la víctima. La dureza del hombre; su frivolidad. La repugnancia en el rostro de la mujer; la sutil mueca de asco que se produce en su rostro cuando su esposo intenta tocar su mano para reconfortarla frente a la multitud de periodistas. Mientras tanto, él camina en silencio.

Patrick Jane se introduce por su cuenta a la casa de la joven víctima. Entra a la cocina, la observa. Enciende una hornilla de la estufa, pone agua a hervir, selecciona un tipo de té de la alacena, se prepara un sándwich con bastante delicadeza y se dedica a mirar el puñado de fotografías que decoran un pequeño rincón de la pared mientras le da un mordisco a su comida. Deduce cosas. El agua hierve, se prepara el té y llega la madre de la víctima. Es aquí donde se da el diálogo que se puede leer más arriba. Para ese entonces yo ya me había enamorado del personaje. Ni siquiera sabía si el creador de la serie en verdad se había basado en Sherlock Holmes, pero para mí ese era un hecho demasiado obvio.  

«Sherlock Holmes es una idea, un cúmulo de actitudes mentales e ineptitudes sociales que caracterizan tanto su personalidad que resulta atractivo para el público. Por eso sobresale, por eso atrae tanto. Porque es diferente, y al público —ya sea el de 1887 o el del 2012— le gusta lo diferente». 

Y Patrick Jane se convierte en Holmes cuando camina por la escena del crimen con esa soltura y esa curiosidad que tanto se impregna y se respira en los libros de Doyle. Con esa elegancia al vestir, esa cadencia al hablar, esa forma de reunir y callar evidencias hasta que se decide a soltar todo de golpe con la posibilidad de que se desate un pandemónium en el lugar. Holmes está ahí cuando Jane se prepara una taza de té, cuando reúne a los sospechosos en una habitación y, por medio de simples juegos mentales, señala al asesino. ¡Así es como adaptas un personaje de la literatura en tiempos modernos! Patrick Jane no ofende al personaje de Conan Doyle porque no pretende serlo; porque no lleva su nombre, ni sus gustos, ni la suela de sus zapatos. Es un ser aparte. Un extraordinario homenaje.

El protagonista de The Mentalist no es un detective, tampoco abraza a la ciencia con la curiosidad con la que Holmes lo hace y si hablamos de tecnología Jane se queda corto: La única vez que lo vi teclear en un ordenador lo hizo con dos dedos. Tiene un teléfono celular y eso es decir mucho. El tronco común entre ambos lo encontramos en sus mentes e inteligencia; en la capacidad que tienen de observar las cosas y a las personas. Formularse una imagen mental de cada individuo arriesgándose a sustraer información valiosa con base en la lógica. Eso sí, ambos son consultores. Patrick Jane es para CBI lo que Sherlock Holmes es para Scotland Yard. Estas instituciones policiales brillan cuando cuentan entre sus filas con personajes tan peculiares y prodigiosos como estos dos maravilloso seres.

Mirando todo de una manera global, el protagonista de la serie de televisión guarda un pasado mil veces más oscuro que el que alguna vez Doyle podría haber imaginado. Es aquí donde el matiz que une a Holmes y Jane desaparece. Uno está más dañado que el otro; más obsesionado, más cegado por el deseo de venganza.

Patrick Jane fue psíquico antes de ser consultor. Su inteligencia y el entorno en el que creció le brindaron la oportunidad de aprender el ilusionismo casi de forma empírica, de tal manera que este último no se convirtió en una forma de vida, ni en una profesión, sino en una forma de ser, una parte de su personalidad; el mayor ejemplo de ello es que nunca, a lo largo de cinco temporadas, se ha referido a sí mismo como lo que es: un mentalista. Su sentido de lo moral y lo correcto le hicieron dudar de su profesión cuando aún era muy joven pero al final, la ambición al dinero quizá inculcada por su propio padre y la oportunidad de dejar la feria donde vivió la mayor parte de su vida le llevó a afinar su capacidad de manipulación en las personas y trasmutó su habilidad de entretenimiento a cambio de la estafa. Fue así como se convirtió en psíquico.  

El mentalismo es una rama del ilusionismo (popularmente conocido como magia) tanto como lo es el escapismo, la prestidigitación, la cartomagia, etc. Es un arte escénico alejado de la estafa, porque el espectador sabe de antemano que lo es está viendo y percibiendo es sólo un truco, algo que no rompe con las leyes de la física y, que además, no existe nada paranormal en la esencia de sus trucos. En el caso concreto del mentalismo se trata de la habilidad y la agilidad mental para sugestionar o manipular la mente de otros. Es una explicación bastante superficial, pero no quisiera ahondar mucho en el tema, porque es bastante extenso y complicado. Sólo quiero señalar que el mentalismo se puede utilizar para la estafa pero, sin embargo, la mayoría de los mentalistas utilizan su profesión como mero entretenimiento, tal y como lo debería ser. Existen las excepciones, por supuesto, ahí tenemos al israelí Uri Geller, que trae la palabra ESTAFA escrita en la frente y varios en el gremio lo aborrecen.

Volvamos a la ficción. El mentalismo ayudó a Patrick Jane a convertirse en un excelente psíquico y médium. Y cuando digo excelente me refiero a que tenía una habilidad extraordinaria para engañar a la gente y aprovecharse de su dolor para beneficiarse económicamente de ellos. Se convirtió en un hombre rico, engreído, reconocido y elegante. Tenía casas enormes, clientes distinguidos, una agenda llena, una hermosa esposa, una hija adorable y un exhibicionismo desbordante... Y así fue como cavó su propia tumba. Bueno, más bien la de su esposa y la de su hija. Cuando fue invitado a un programa de televisión y se le preguntó sobre un famoso asesino serial que tenía aterrorizado al estado de California, Jane se desvivió describiendo al criminal, insultándolo con elegancia, señalándolo, retándolo. Y aquel hombre desconocido se vengó, y lo hizo de la forma más dolorosa que pudo haberlo hecho. Asesinando a su familia no sólo le daba una terrible lección de ¿humildad? De humillación, sino que pretendía demostrarle al mundo lo charlatán que Patrick Jane era. ¿Un psíquico que no era capaz de ver el destino trágico de su propia familia? ¿Qué clase de ser mediocre era ese?

Después de aquel terrible episodio de su vida, Patrick Jane se alejó de sus falsas habilidades psíquicas y vagó errante durante varios meses hasta que se topó con el equipo de investigación de la agencia CBI que llevaba el caso del asesino de su familia. Accedió a trabajar para institución como consultor a cambio de tener acceso a los archivos de los crímenes cometidos por aquel misterioso hombre que desequilibró su existencia.


Y ahí tenemos a un moderno Sherlock Holmes enfrentándose a un James Moriarty que sabe perfectamente cómo estar a la altura. [Mira de reojo a Elementary]. El Moriarty de Patrick Jane no tiene rostro humano; es una cara sonriente pintada con sangre en la pared. Es la temible simetría a la que hacía referencia William Blake en aquel poema donde se cuestionaba qué deidad inmortal podría ser la responsable de un ser tan terrible y extraordinario. Es aquel némesis cuyo alcance y poder resultan inabarcables y desconocidos. Es toda esa red de criminales que parecen observar cada uno de los movimientos del mentalista. Es ese ente invisible que parece meterse en su mente y robarle información a su antojo; y que juega con sus pensamientos, y lo manipula, y lo daña, tal y como él lo hizo con toda esa gente a la que estafó. Ese es Red John. El único capaz de estremecer los cimientos a un hombre que se creía invencible, superior al resto; más astuto que ningún otro. Red John es el Moriarty perfecto. Un hombre cuya inteligencia es igual a la del Holmes de Patrick Jane; quizá superior, pero jamás inferior. ¡Esa es una adaptación magistral! ¿Qué tan difícil es hacer eso? Jugar un juego durante cinco temporadas continuas hasta llegar a una sexta que promete terminar con aquel roce mortal que comenzó tantos años atrás. Porque eso es un hecho, cada temporada se ha encargado de oscurecer no sólo la trama de los episodios sino la actitud de los personajes. El brillo del capítulo piloto contrasta bruscamente con el primer episodio de la última temporada. La evolución de los protagonistas es, no solo palpable, sino necesaria. El final está cerca y se huele entre escena y escena. Sinceramente, da miedo. Porque si acaso hay una cosa que siempre me ha intrigado es cómo nuestro moderno y estadounidense Sherlock Holmes se enfrentará a nuestro invisible y temible James Moriarty en este problema final. Hay pistas sutiles desperdigas por todas las temporadas que nos hacen darnos una idea de cómo será aquel encuentro. 

Hemos visto a Jane tan cerca de Red John…

Hay una escena en particular que nunca me ha dejado de impresionar y que en cuestión de minutos logró revelarnos toneladas de información de un personaje tan crítico y reservado como lo es Jane. Me refiero a la última escena del capítulo final de la tercera temporada. Soberbia y magnífica hasta decir basta. Esos cinco minutos finales dicen más que las tres temporadas anteriores, y todo desaparece como en un suspiro.  

No pude evitar comprar este enfrentamiento entre Jane y el hombre que presume ser Red John, con aquella vez que, en Elementary, Sherlock Holmes secuestra a Sebastian Moran creyendo que es Moriarty y decide torturarlo con toda clase de herramientas como venganza por la muerte de Irene Adler. Los protagonistas de ambas series son polos opuestos, dos caras que ni siquiera pertenecen a una misma moneda, dos seres irreconocibles cuyo único vínculo que les puede unir es el haber vivido una tragedia tan grande como para intentar tomar la justicia por sus manos (si es que a eso se le puede llamar justicia). Ambos se envenenan de dolor y se vuelven irreconocibles cuando están tan cerca del enemigo que les arrebató la vida de sus seres queridos; pero aun así su actuación es distinta. Y desde que ví aquel episodio pensé que si el Sherlock Holmes de Doyle tuviera que tomar la venganza en sus manos lo haría con la elegancia de Patrick Jane y no con la impulsividad de Sherlock Holmes versión Elementary. Sin embargo, la actuación del metalista en esta escena estremece y golpea fuerte al espectador porque resulta inesperado, cosa que en Elementary era un escenario totalmente previsible.

En ese último episodio de la tercera temporada Patrick Jane se encuentra en un centro comercial con un hombre que dice ser Red John (o más bien, le da la información necesaria para que él se crea la mentira). La vocecilla del tipo, la prepotencia, el léxico, las mañas, todo perfectamente orquestado para que Jane se convencería así mismo de que él era el asesino que tanto estuvo buscando. Y lo tenía acorralado ahí, frente a él, en el área de comedores de una plaza repleta de gente. Nuestro protagonista no necesita los disfraces de Holmes para entablar una conversación con el misterioso hombre; es un manipulador, con eso basta. El falso Red John juega con la mente de Patrick hasta que se cansa, se da la media vuelta y comienza a marcharse cuando Jane le suplica —sin perder la compostura—, con la voz quebrada por el dolor, que se espere, que no se vaya; y éste se regresa, casi congratulándose de burlarse en la cara de una persona debilitada por el recuerdo. Y entonces, cuando se ponen uno frete a otro, con la inexpresividad en ambos rostros y el frame de la cámara enmarcando sus cabezas se escuchan un puñado de disparos. El pánico se apodera de la gente congregada en el lugar. Todos corren, se esconden, buscan refugio, huyen, mientras el hombre que decía ser Red John cae agonizante en el suelo y lo tiñe de rojo mientras un despreocupado Patrick Jane se saca un arma del bolso de su chaqueta y lo pone sobre la mesa como si estuviera posando una manzana en su superficie. De una manera tan elegante como aterradora. De verdad creé que ha matado al asesino de su familia, se ve la tranquilidad en el rostro. Ha hecho justicia. Las consecuencias de su acto no le interesan; no le preocupan, ni le remuerden la conciencia. En cambio, después de dejar el arma sobre la mesa se sienta en su silla y comienza a beber el té que había pedido minutos atrás, no sin olvidarse de pedir la cuenta a una aterrorizada camarera y pagar. 




Modales ante todo. Elegancia aterradora. Temible simetría.

La mente detrás de The Mentalist es Bruno Heller, creador y guionista de la serie. Británico de nacimiento, con Sherlock Holmes en el alma y el humor inglés escondido entre sus episodios. El Holmes de Heller no es un resentido social, ni un bicho raro, ni un cero a la izquierda; es un ser bastante sociable, con carisma desbordante y auténtico que, de una u otra manera, se va oscureciendo conforme las temporadas pasan. Es inteligente, locuaz, curioso e infantil. Inapropiado y directo; elegante. Tradicionalista. Estadounidense, con alma propia y simpatía innegable. Un protagonista que lucha con sus propios demonios internos con grandes dosis de humor y alegría; el único capaz de sonreír en una escena del crimen sin que aquello signifique una ofensa contra la persona asesinada. ¡Y miren, este Sherlock Holmes también tiene a su propio John Watson! Y es mujer; se llama Teresa Lisbon. Y ella es su jefe, así tal cual. Y su dinámica funciona porque ella es su brújula moral, aquella que le dice al niño prodigio cuándo es que tiene que parar de hacer eso que tanto perturba a la gente. Es esa amiga que le señala cuando algo está haciendo mal y él no es capaz de verlo. Y su relación funciona porque evoluciona entre capítulo y capítulo. Y también está el resto del equipo: Wayne Rigsby, Kimball Cho, Grace Van Pelt, la red de ayuda que facilita las cosas dentro de CBI. Y luego está Virgil Minelli que es mil veces más Lestrade que aquel que se le ocurrió parir a Elementary. Y también apareció una moderna Irene Adler con el nombre de Erica Flynn; tan inteligente como para poner de cabeza al mismo metalista.

Ahí lo tienen, una serie de televisión que no aspirar a ser la mejor de la parrilla televisiva sino a ofrecerte una historia original sin olvidarse de lanzar pequeños guiños a un personaje que ha trascendido a los libros. Para mí, The Mentalist funciona porque no pretende llenar la grandeza de Holmes sino que busca su propio espacio y, entre ese espacio conseguido, se da tiempo para incluir esas referencias y homenajes al personaje de Doyle sin que este abarque todo el panorama. No se escuda bajo ningún nombre, ni pretende igualarse. Ahí es donde radica su grandeza.

Y ojalá los dioses de la CBS y los creadores de esta serie tengan la amabilidad de escuchar mis plegarias para que esta sexta temporada sea la última de la serie. The Mentalist se merece eso y está en su mejor momento para irse. Se me haría muy injusto que extendieran la serie un par de temporadas más de manera innecesaria; los espectadores no se merecen eso. La trama no da para más, la han alargado demasiado (admito que me pareció un poco tedioso el estira y afloja de la cuarta y la quinta temporada). He visto series de televisión que fueron exprimidas hasta decir basta. Mi serie favorita, The X-Files tuvo episodios finales que me hicieron dormir sobre el sillón del nivel de aburrimiento que me produjeron. Y, por otro lado, están esas series como Breaking Bad que hace apenas unos días fue despedida con un público cibernético que la ovacionó de pie hasta el final. Espero que The Mentalist sea de esas series que saben decir basta e irse con dignidad aun cuando están a tiempo. Sería una pena muy grande si algo como eso no pasara.
Y aquí terminan mi opinión: Algo raro pasa cuando identificas más a un personaje literario en un protagonista diferente y muy distante a aquel que lleva su nombre.

And now, let me alone! 
Go away and drink tea. :)

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