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Beakman (Paul Zaloom) |
Si tuviera que
elegir a un solo personaje que haya influenciado mi infancia, y a su modo, haya
moldeado un poquito mi perspectiva de las cosas ese sería, sin lugar a dudas,
Beakman, el científico loco interpretado por Paul Zaloom que acompañó nuestras
tardes a mediado de los años 90’s.
El Mundo de Beakman (Beakman’s World, 1992-1997) fue un programa infantil de temática
científica cuya sátira, comedia y desenfreno lo llevó a ser visto por más de 60
países. Aquí en México nos llegó gracias a Canal Once del Instituto Politécnico Nacional, y mi hermana Carolina y yo le seguimos la pista hasta que salió de la
barra televisiva varios años después, sin embargo, el olvido nunca llegó para él.
Aun hoy, después de casi 20 años, este personaje aun se cuela como una cálida nostalgia
de nuestro pasado más temprano.
Beakman hacía la
ciencia divertida y el método científico lo convertía en entretenimiento. Nos enseñó
que jamás hay preguntas estúpidas, porque son precisamente las que aparentan
serlo, las que tienen una explicación más extraordinaria. Su laboratorio era un
almacén de cosas enmarañadas y repetidas al azar sin orden alguno. Era una
fortaleza donde convergían el raciocinio y el estereotipo más antiguo: la eterna
asistente que cambiaba entre temporada y temporada, la rata de laboratorio
antropomorfa cuya inteligencia siempre era cuestionable. El tipo tenía estilo y
carisma, que aunado a su formato televisivo, ayudó a construir un recoveco en
nuestra memoria. Sabíamos de antemano que apenas aparecieran esos dos pingüinos
quéjicos y curiosos frente a un viejo televisor en el Polo Sur la diversión
estaba a punto de comenzar. Su laboratorio era un castillo a la ciencia, una
zona de experimentación, una máquina del tiempo que veía pasar a personajes de
antaño (interpretados por el propio Zaloom, la mayoría de las veces) para
responder nuestras preguntas personalmente. Enclaustrados junto con él en aquel
lugar psicodélico de luces artificiales que probablemente jamás había visto el
sol, aprendimos a hacer ciencia. Experimentos perfectamente replicables en la
cocina de nuestra propia casa y mil veces más divertidos que aquellos que
aparecían en los libros de Ciencias Naturales.
Beakman le
hablaba a la cámara y a los camarógrafos, te hablaba a ti en primera persona,
convertía un programa televisivo en algo personal, y tú eras el protagonista. Su
gesticulación excesiva, la variabilidad de acentos y personajes, extravagantes
camisas, peinados locos, zapatos deportivos, un acido sentido del humor, más su
inesperable bata verde, lo convirtieron en alguien, no sólo inolvidable, sino
reconocido dos décadas después.
Nunca he sido
alguien de ciencia. Es decir, nunca he querido ser científica, sin embargo, siempre
me he apasionado por ese mundo, me fascina cuestionarlo todo, me encanta poder
entenderlo; la divulgación científica siempre me ha parecido extraordinaria y
los blogs científicos a los que suelo recurrir a diario son para mí una
prioridad, como quien lee un periódico todas las mañanas. Y aun así, sin que mi
profesión ni mi visión haya estado dirigida directamente a la ciencia, tengo que
reconocer que personajes ficticios como Beakman ayudaron innegablemente a
forjar mi interés por ella. No sé entonces, qué podrían decir personas reales,
niños de los años 90’s que veían maravillados la televisión y se juraban a sí
mismos que cuando crecieran serían cómo él. Me pregunto si Paul Zaloom estará consiente
de cuántas mentes despertó con su personaje, sobre todo en países como el mío,
donde nunca tuvo competencia (hasta donde sé Bill Nye, the Science Guy nunca
fue trasmitido en México), de cómo nos aferramos a él para buscar un refugio de
raciocinio en medio de un caos televisivo que se basaba más en el entretenimiento
que en la enseñanza. Dejando la nostalgia de lado, quiero creer que más de un
científico hecho y derecho, con maestrías y doctorados a cuestas, se habrá
sacudido el polvo de su impecable bata blanca y extendido su mano en agradeciendo
al entrañable Paul, por demostrar que la ciencia siempre será divertida, aun en
laboratorios pulcros, blancos y esterilizados, lejos de actores, ratas
antropomorfas y asistentes desenfrenadas.
Un saludo abierto
a Beakman, héroe de mi infancia. Espero que en estos momentos él México del
pasado sepa apreciar tu presencia. :)
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