21 feb. 2014

¡Cuánto te debo, mi querido Beakman!

Beakman (Paul Zaloom)
Si tuviera que elegir a un solo personaje que haya influenciado mi infancia, y a su modo, haya moldeado un poquito mi perspectiva de las cosas ese sería, sin lugar a dudas, Beakman, el científico loco interpretado por Paul Zaloom que acompañó nuestras tardes a mediado de los años 90’s.

El Mundo de Beakman (Beakman’s World, 1992-1997) fue un programa infantil de temática científica cuya sátira, comedia y desenfreno lo llevó a ser visto por más de 60 países. Aquí en México nos llegó gracias a Canal Once del Instituto Politécnico Nacional, y mi hermana Carolina y yo le seguimos la pista hasta que salió de la barra televisiva varios años después, sin embargo, el olvido nunca llegó para él. Aun hoy, después de casi 20 años, este personaje aun se cuela como una cálida nostalgia de nuestro pasado más temprano.

Beakman hacía la ciencia divertida y el método científico lo convertía en entretenimiento. Nos enseñó que jamás hay preguntas estúpidas, porque son precisamente las que aparentan serlo, las que tienen una explicación más extraordinaria. Su laboratorio era un almacén de cosas enmarañadas y repetidas al azar sin orden alguno. Era una fortaleza donde convergían el raciocinio y el estereotipo más antiguo: la eterna asistente que cambiaba entre temporada y temporada, la rata de laboratorio antropomorfa cuya inteligencia siempre era cuestionable. El tipo tenía estilo y carisma, que aunado a su formato televisivo, ayudó a construir un recoveco en nuestra memoria. Sabíamos de antemano que apenas aparecieran esos dos pingüinos quéjicos y curiosos frente a un viejo televisor en el Polo Sur la diversión estaba a punto de comenzar. Su laboratorio era un castillo a la ciencia, una zona de experimentación, una máquina del tiempo que veía pasar a personajes de antaño (interpretados por el propio Zaloom, la mayoría de las veces) para responder nuestras preguntas personalmente. Enclaustrados junto con él en aquel lugar psicodélico de luces artificiales que probablemente jamás había visto el sol, aprendimos a hacer ciencia. Experimentos perfectamente replicables en la cocina de nuestra propia casa y mil veces más divertidos que aquellos que aparecían en los libros de Ciencias Naturales.

Beakman le hablaba a la cámara y a los camarógrafos, te hablaba a ti en primera persona, convertía un programa televisivo en algo personal, y tú eras el protagonista. Su gesticulación excesiva, la variabilidad de acentos y personajes, extravagantes camisas, peinados locos, zapatos deportivos, un acido sentido del humor, más su inesperable bata verde, lo convirtieron en alguien, no sólo inolvidable, sino reconocido dos décadas después.

Nunca he sido alguien de ciencia. Es decir, nunca he querido ser científica, sin embargo, siempre me he apasionado por ese mundo, me fascina cuestionarlo todo, me encanta poder entenderlo; la divulgación científica siempre me ha parecido extraordinaria y los blogs científicos a los que suelo recurrir a diario son para mí una prioridad, como quien lee un periódico todas las mañanas. Y aun así, sin que mi profesión ni  mi visión haya estado dirigida directamente a la ciencia, tengo que reconocer que personajes ficticios como Beakman ayudaron innegablemente a forjar mi interés por ella. No sé entonces, qué podrían decir personas reales, niños de los años 90’s que veían maravillados la televisión y se juraban a sí mismos que cuando crecieran serían cómo él. Me pregunto si Paul Zaloom estará consiente de cuántas mentes despertó con su personaje, sobre todo en países como el mío, donde nunca tuvo competencia (hasta donde sé Bill Nye, the Science Guy nunca fue trasmitido en México), de cómo nos aferramos a él para buscar un refugio de raciocinio en medio de un caos televisivo que se basaba más en el entretenimiento que en la enseñanza. Dejando la nostalgia de lado, quiero creer que más de un científico hecho y derecho, con maestrías y doctorados a cuestas, se habrá sacudido el polvo de su impecable bata blanca y extendido su mano en agradeciendo al entrañable Paul, por demostrar que la ciencia siempre será divertida, aun en laboratorios pulcros, blancos y esterilizados, lejos de actores, ratas antropomorfas y asistentes desenfrenadas.

Un saludo abierto a Beakman, héroe de mi infancia. Espero que en estos momentos él México del pasado sepa apreciar tu presencia. :)

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