13 feb. 2014

Gravity de Alfonso Cuarón.


Existen poquísimas películas que me pegan fuerte. Me refiero a esas que hacen ponerte de pie y aplaudir frente a la pantalla por 20 minutos como si los encargados de su existencia estuvieran a tres metros de donde tú estás y pudieran oír tu histeria absurda. Con Gravity me ha pasado eso. Y resulta curioso porque no me lo esperaba para nada. Lo cierto es que, lo único que quería ese día, era sentarme frente a la laptop y olvidarme un poquito de la gente en general. Ya sabía de antemano que en esta película la ausencia de seres humanos era una constante… Y resultó ser verdad, más allá de las voces y los cuerpos flotando existen sólo dos personas que acaparan los 90 minutos del film: Sandra Bullock y George Clooney.

No habrá spoilers, ¿para qué? No los necesito. (Y tampoco quiero extenderme demasiado). 

Yo sé de cinematografía lo que mi abuela sabía de física cuántica: nada, así que un film me gusta o no me gusta y hasta ahí. Meterme en la trayectoria de cada actor, director y guionista jamás se me ha dado bien, ya ni hablar de tecnicismos, y cosas por el estilo. Sin embargo, Gravity me gustó, y muchísimo. Quizá fue la simpleza del guion, la ausencia casi total del trasfondo de los personajes, la nula argumentación, o el hecho de que la vi justo después de interactuar con más de una centena de seres humanos hambrientos y ruidosos siendo yo la persona más asocial del mundo, lo que me llevó, no sólo a disfrutarla y sufrirla, sino también a gozarla. Pasé los primeros 10 minutos del film con una tranquilidad acogedora, y después fui arrastrada por 80 minutos más por un océano de incertidumbre y vértigo que se apoderó de mí hasta el final y me acompañó en mi primer sueño después del visionado.

Para mí, la trama de Gravity brilla por su simpleza: la necesidad del ser humano de sobrevivir ante la adversidad, de seguir adelante, de no darse por vencido aun cuando nadamos contra la corriente. Juega con el instinto primigenio de luchar, caer y renacer. La película se convierte en un sencillo e imponente homenaje a la vida y su fragilidad, a la perseverancia de la raza humana, a la necesidad de ir allá donde nadie ha explorado. Somos espectadores silenciosos de la flaqueza y la fortaleza que invaden a la protagonista; primero de su cansancio y luego de sus deseos más honestos de vivir, y nos identificamos con ella porque, muy en el fondo, estamos familiarizados con ese torrente de emociones que la atacan durante todo el trayecto… Porque no necesitamos estar en la Tierra para recordar que somos humanos. Que siempre lo hemos sido y que siempre lo seremos. 

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