22 oct. 2014

—¿Subimos al faro? —Sí, ¿qué tan difícil puede ser?

No, si desde aquí hasta chiquito se ve.
—¿Compramos agua antes de subir?
—No ¿para qué?, ¿tienes sed?
—Yo no.
—Yo tampoco. Subamos así.
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Esta conversación se dio entre dos personas inexpertas que un día, así de golpe, por cosas del destino que ni ellas mismas saben explicarse por qué, decidieron subir a uno de los faros naturales más grandes del mundo para intentar ver la ciudad que lo alberga desde allí, desde la cima misma; intuyendo, claro que una vista paradisíaca los esperara en los confines del mundo, en el fin de la tierra. Digamos que estas dos personas eran familiares. Digamos que eran padre e hija. Incluso cometamos la grosería de revelar sus identidades: ella se llamaba Linda Murúa y el José Ramón. Y entre los dos no se hace ni uno.

Pongámonos a pensar un momento (porque eso es precisamente lo que nosotros no hicimos aquel día): los otoños en Mazatlán son calurosos; llámalos como quiera pero eso es lo que son, pegajosos y calurosos. Ante la disyuntiva de ver cómo matar las 4 horas que faltaban para que a mi padre le entregaran los resultados de sus análisis de rutina tuvimos que elegir entre dos opciones: 1) ir a la Gran Plaza y recorrerla de palmo a palmo, perdiéndonos entre sus pasillos con el aire acondicionado a tope y tragando cuanta chuchería se nos pusiera enfrente mientras veíamos cómo la vida era demasiado generosa con nosotros o 2) subir al faro de Mazatlán sin el equipo mínimo necesario y sintiéndonos eternos sabiendo que no lo éramos. Adivinen cuál de las dos cosas fue la que escogimos. Ajá.

No habían pasado ni 30 minutos de habernos zampado un desayuno de campeones y tragarnos medio litro de jugo de naranja cuando ya estábamos al pie del cerro del Crestón orgullosos de nuestra magistral iniciativa que iba entre el carpe diem y el YOLO. La conversación que encabeza este post nació allí, a las faldas de la montaña que con sus 152 metros de altura no le envidiaba nada, pero nada, al Everest (digo, por lo menos el Everest está nevado). El puesto de comidas y bebidas estaba a menos de 10 metros de donde nosotros estábamos pero como no teníamos sed pues vale, aventémonos del avión sin paracaídas y bravo. GRAVÍSIMO ERROR. De hecho, el primer grave error fue tragarnos bien y bonito la placa que nos daba la bienvenida al lugar donde se señalaba que llegar hasta la cima te tomaba únicamente 25 escasísimos minutos. Darte una ducha te toma más tiempo, ¿verdad? Y nosotros, saltándonos todo los parámetros de lo saludablemente lógico decidimos subir esos 152 metros con zapatos de vestir, camisa negra, pantalón, una mochila que pesaba más que nuestra moralidad Y SIN UNA GOTA DE AGUA PARA TOMAR, a plena 10:30 de la mañana, con el sol a tope y sin una ráfaga de viento que nos protegiera del golpe de calor ¿A QUIÉN EN SU SANO JUICIO SE LE OCURRE HACER ESO? ¿Quién puede creer que algo así pueda salir bien? De hecho, yo me arrepentí de emprender esa misión a los 20 segundos de empezar a caminar, cuando mis muslos se tensaron y ya no respondieron. Ni siquiera sé cómo continué caminando hasta la cima entre tanta miseria. Mi padre incluso tuvo ánimos de tomarse fotos conforme iba subiendo, ¿HOLA? Yo me negué a tomarme fotos, sería como fotografiar a Jesús de Nazaret durante el Vía Crucis y me dio mucha pena propia. Si las imágenes salieron poco decentes no fue por culpa de la cámara sino por mi pulso de maraquero agonizante a punto de sufrir un infarto.

Mega zoom al caminito (fotos tomadas el día que perseguí al sol)

Nos detuvimos como 10 veces de subida mientras veíamos con impotencia cómo otros se nos adelantaban en el camino o peor aún, bajaba de allá con una sonrisa en los labios de orgullosa satisfacción. Y aquí incluyo a señoras que probablemente tenían más años que mi abuela. En un momento dado vimos pasar a una pareja de estadounidenses que amablemente nos saludarnos mientras nosotros olvidábamos todos los idiomas del mundo, incluyendo el español, y sólo nos enfocábamos en respirar al ras del camino, tirados junto a nuestra ancha dignidad. Creo que lo único que brotó de nuestras bocas fue un sonido intangible entre el respiro del que agoniza y un Good morning! que sonó más a francés que a inglés.

Llegó un punto en el que de verdad creí que me iba a morir. Conforme más subíamos veíamos con impotencia cómo el cerro no tenía fin, avanzaba más y más, crecía (¡jodido cerro grosero!), salían rocas de donde antes no las había. Lo super mega pesado del camino ocurre cuando comienzan las escaleras. Conté hasta 58 pero perdí la cuenta cuando me di cuenta que eran exageradamente demasiadas ¡Cómo carajo te aferras a eso! Por un lado hay un acantilado y por otro un ramerío del que podrían salir serpientes, drogadictos y poetas. Cuando solté la mochila que traía colgando fue cuando en verdad pensé que la palmaria allí, a cien metros encima de la ciudad donde nací. Debajo del sol implacable y ninguna sombra que nos protegiera. No podíamos caminar más porque las piernas ni siquiera nos respondían y sentíamos que el corazón se nos iba a salir ¿Cómo pides ayuda allí, en medio de la nada? ¿Hay algo más impotente que estar rodeado de un océano entero, con toneladas y toneladas de más agua y no tener al alcance aunque sea un litro para echártelo en la cara? Cuando necesitas ayuda médica qué haces ¿subes o bajas? ò____ó En ese justo trayecto incluso hay una desviación de tierra que no conduce a ninguna parte salvo a una caída libre de cientos de metros hasta llegar al mar. Ya saben, el camino más fácil siempre es el suicidio. Es como abandonarte en una isla desierta con una pistola cargada y una bala. Una generosa invitación.

Por allí cerca, ya casi en la cima, nos rebaso un pitbull y su dueño, ni siquiera se despeinaron cuando pasaron a nuestro lado. No habían pasado ni siquiera cinco minutos cuando ya venían de regreso como si fuera la cosa más absurda y fácil de mundo. No lo es, lo juro. Los últimos 20 escalones hasta los contamos y al dar la última vuelta todas las ideas de morir sin dignidad se esfumaron cuando vimos el letrero celestial que señalaba la diferencia entre la vida y la muerte: “SE VENDE AGUA, REFRESCOS Y GATORADE” ¡Dios bendito! Juro que incluso vi a San Pedro dándonos la bienvenida y los arcángeles entonando ¡Aleluya! Mientras Beethoven escuchaba y el aíre corría generoso mientras un perrito mestizo se acerca moviendo el rabo. De todo esto creo que sólo el perrito era verdad.

El agua de 500ml en el fin de la tierra cuesta $10 por si estaban con el pendiente. Le dije a mi padre que me despidiera de mi familia cuando bajara por yo me negaba a salir de allí. Me quedaría a vivir en ese lugar hasta que construyeran una tirolesa, un elevador o lo que llegara primero. Le ayudaría al velador a encender el faro y caminaría alrededor del edificio hasta la segunda venida de Jesús o cuando el foco gigante se fundiera; lo que llegara primero. Después él me recordó que allá en la cima no hay internet y fui la primera que puso un escalón en el camino de regreso. Lo cierto es que duramos unos 40 minutos allí y consumimos el 80% del agua potable que tenían de reserva en la nevera. La vista, eso sí, es PRECIOSA y ninguna fotografía logra hacerle la justicia que se merece. Frente a nosotros estaba un señor de unos 75 años que se sentó cinco minutos y pum otra vez de regreso. WHAT?!!!

El regreso fue más sencillo pero no por ello más bonito. A esas alturas las piernas nos temblaban como pototito masticado pero por lo menos el corazón ya no amenazó con detenerse. Más curioso fue ver cómo a lo largo de la tarde nos topamos con varias personas del faro en distintos puntos del centro de Mazatlán… Tal vez no eran personas, tal vez eran ángeles \(.__.)/

¡Juro solemnemente que no lo volveremos a hacer (por lo menos no así, a lo bruto)!   

¡Sobrevivimos pero estamos muertos!

1 comentario:

  1. Linda me encanta tu estilo. Esta anécdota nos hace identificarnos con ella, mas si somos personas "llenitas"comentada tan vivida con un estilo, natural, sencillo, gracioso y espontaneo. Me encanto y gracias por compartirnos esa experiencia, soy Raquel

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