15 oct. 2014

"¿Un héroe del espacio? Un criminal de guerra..."

Título: El viento en la luna 
Autor: Antonio Muñoz Molina
Editorial: Seix Barral
Año: 2006
Páginas: 320
ISBN: 9788432212277

Existen libros que me gustaría que jamás terminaran. El viento de la Luna de Antonio Muñoz Molina es uno de ellos. No es que sea extraordinario, ni una obra contemporánea sin precedentes, sino precisamente todo lo contrario. Es la cotidianidad que empapan sus páginas la que me enamoró desde el principio. Y es que Muñoz Molina tiene una narrativa encantadora e hipnótica; nada fácil de conseguir si nos hacemos a la idea de que está contado desde el punto de vista de un joven y en primera persona.

La historia se sitúa en el memorable julio de 1969, mes en el que la nave Apolo XI se posó sobre el Mar de la Tranquilidad en la Luna. Pero este épico momento, que quedó grabado en la memoria de tantos millones de personas, es únicamente un referente a la novela misma, que nos adentra de lleno en la ciudad de Mágina donde vive nuestro protagonista, un niño que dejó de serlo no hace mucho tiempo y que vive entre libros, folletos, recortes, revistas y obsesiones ante ese alunizaje que parecía provenir de las mismísimas páginas de los relatos de Verne.

El libro me conmovió por su ternura, pero sobre todo por su realismo, retratando con ello una de las etapas más difíciles de la España de la dictadura, vivida a través de los ojos de una familia rural promedio; una de aquellas que aun se resistían al cambio: de lo antigüedad a la tecnología, del pozo de agua a la nevera, de la radio a la televisión. La prosa de Molina juega con el lector de una manera tan maravillosa que tardé un buen rato en darme cuenta que después de leer un tercio de la novela aun no pasaba nada que considerara un parte aguas en la trama. No sería sino hasta la mitad del libro cuando repararía en el hecho de algo que debió de ser obvio para mí desde un principio: El viento en la Luna no pretendía mostrarme una trama enmarañada sino una cotidianidad palpable y genuina que evocaba un año decisivo visto a través de los ojos de un joven. Me pregunto si será una especie de autobiografía. El remolino de emociones que experimenta el chico sobre cómo enfrentarse a la rutina de los días en el campo, o el mundo hostil con el que se topa cuando va al colegio me ha calado bastante hondo. Me identifico con él, aunque ni siquiera sabría decir por qué. Quizá por su mente brutalmente racional y tajante, por su ímpetu de poner la razón sobre la superstición. Quizá por esa obsesión desmedida de huir de ese entorno que lo abruma, o porque a lo largo de las páginas sólo piensa en perderse lejos, en la Luna, o entre párrafos de libros que le han regalado mientras su padre mira preocupado el hecho de pensar que su hijo no quiera cuidar las huertas donde crece, aquellas que le corresponden por derecho más que por amor a ellas.  

Un libro chiquito que me llevó tres meses leerlo y ha sido todo un acierto maravilloso a tal grado que pienso hacer una relectura pronto porque lo vale y sobre todo porque en ningún momento lo sentí pesado ni cansino y eso se agradece eternamente. Duró tres años empotrado en mi librero sin atreverme a tomarlo. Ahora me arrepiento que me haya tomado tanto tiempo darle una oportunidad que en verdad se merecía.

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Títulos: La noche en que Frankenstein leyó el Quijote
Autor: Santiago Posteguillo
Editorial: Planeta
Año: 2014 (México)
Paginas: 230
ISBN: 978-607-07-2056-7

Cuando me enteré que Santiago Posteguillo había publicado un ensayo sobre la vida secreta de los libros, sólo rogué que tuviera la mitad de grosor que el tocho de 1200 páginas de su autoría que pueblan las librerías de mi país desde hace un tiempo. Por suerte La noche en que Frankenstein leyó el Quijote únicamente tiene 200 páginas y se lee en no más de tres días; algo imposible de hacer si nos enfocáramos en Los asesinos del emperador. De hecho, la letra es grandísima y las historias que narra suelen ser cortas, lo cual siempre se agradece. Y es que, si hay algo que me fascina hacer después de zamparme una novela con una densidad argumental considerable, es leer un libro de transición. Algo sencillito que sólo sirva para despabilarme un poco y recordar lo divertido que es disfrutar de una lectura sin tener a mis neuronas divididas por función respecto a la trama, el ambiente, los personajes y sus giros argumentales.

Me gusta la prosa del señor Posteguillo por su sencillez; la transparencia de su narrativa es una constante a lo largo de estas anécdotas literarias que algunas pecan de conocidas y otras engullen el recelo de no formar parte de la memoria colectiva y teorías conspiranoicas pero que resultan igual de disfrutables. Guardan dentro de sí la vocación de las letras y las palabras; la anécdota irrevocable del momento que les dio vida, desde Dickens, hasta Austen, pasando por Cervantes, cruzando por Tolkien, mencionando a Rowling, evocando a Dumas, retando a Shakespeare, exhibiendo los pecados de Dostoievski y la incomodidad ridiculizada de la KGB, todo tiene cabida aquí, en doscientas páginas que saben a la nostalgia más pura.

¿Recomendado? Sí. Un libro ligero que no ofrece más de lo que nos dice, empapado con diálogos inventados y párrafos existentes, que personalizan y le añaden ese aire novelesco a historias que en un principio sólo guardan la veracidad de las fuentes que así lo afirman y la fe de creer que fue así como ocurrió para adentrarnos como intrusos pasivos a la creación de los clásicos que, aunque muchos no los hemos leídos, nos miran pacientes desde nuestras estanterías sabiendo que tarde o temprano los tomaremos y los invitaremos a habitar para siempre en nuestra mente.         

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