1 dic. 2008

El SIDA tiene rostro y nombre...

La persona de la fotografía se llamaba Carlos Enrique López Inda, vivía en Escuinapa de Hidalgo, Sinaloa, México, tenia 36 años y murió de SIDA. Él era mi tío.

Hoy se celebra el Día Mundial de Virus de Inmunodeficiencia Humana VIH-Sida entre platicas a los estudiantes en la escuelas y universidades, reportajes en revistas, televisión y periódicos.

La agonía que vivimos junto con mi tío hace ya 6 años no duro mucho, solo 8 días. Ocho días eternos. Días que aun recuerdo como si hubieran sido ayer.

Recuerdo las lagrimas de mi abuela, sus rezos silencios pidiendo milagros a un dios y a cientos de santos y vírgenes que no sirvieron de mucho. Ella nunca supo que su hijo murió a causa del Sida. Recuerdo ese olor de hospital a desinfectante y la mirada honesta de aquel medico de bata blanca que con una sonrisa en los labios le decía a mi abuela: "No se preocupe señora, ya vera que su hijo se va recuperar... se lo prometo". Recuerdo esa mentira como si la hubiera escuchado ayer y recuerdo el momento de alivio que sentí al escucharla y ver a mi abuela llenándose de esperanza.

Aun puedo recrear aquel instante en que, camino a casa, mi mamá nos decía sobre la enfermedad de mi tío, recuerdo que me pensé que no era el fin, que si él podía superar la crisis por la que estaba pasando podría recibir algún tipo de tratamiento y seguir adelante con su vida. Los médicos decían que había mucha esperanza. Ellos nunca dejaron de mencionar la esperanza.

Mi tío jamas nos menciono sobre su enfermedad. Tenia miedo a que se le rechazara en un pueblo donde se le miraría con asco y seguro se le discriminara, había casos anteriores donde se confirmaba esa falta de conocimiento de la población. Tenia miedo de que, siendo soltero y viviendo aun en casa de sus padres, mi abuelo lo mandara a la calle al saber de su enfermedad. De carácter fuerte, machista y orgulloso quizá mi abuelo jamas hubiera aceptado a mi tío.

Hasta ese entonces, la enfermedad me había sido indiferente, algo tan distante que solo le pasaba al forastero, al extranjero, al que no vivía en nuestra pequeña ciudad. Y aunque no conozco un mundo sin el VIH y sin el Sida nunca me había tocado vivir de cerca lo que implicaba este mal y sus consecuencias.

Tenemos mucho que aprender y ya son demasiadas las vidas que se han ido. Millones.

Hoy día se me vienen a la memoria miles de recuerdos. No se vale olvidar, ni ignorar, no voltear a otra parte o taparnos los oídos para no escuchar.

Hoy recordé aquellos días negros de hace seis años, cuando toda la familia se unió para hacer mas leve el dolor de la agonía. Los días para turnarse al cuidar a mi tío, los gastos médicos, las noches en velas, la falta de hambre, las lagrimas de la abuela, las ganas de llorar, los repentinos cambios de humor, la unión familiar, los absurdos consejos que algún doctor daba como "quemen toda su ropa".
También recuerdo la orden de incinerar a mi tío y no velar su cuerpo entero para que el virus no hiciera de la suyas.

Recuerdo todo su funeral, el discurso del sacerdote, el llanto de mi mamá, y su cuerpo aferrado a mi. Recuerdo ese largo camino de la iglesia al cementerio. Recuerdo que deseaba no estar ahí, quería escapar a otro lugar, lejos, muy lejos de ahí. Dejar de escuchar el susurro de los que veían pasar la carroza fúnebre con su imagen y decían "que joven era" "¿de que habrá muerto" "unos dicen que de cáncer... otros que de Sida"... también recuerdo las miradas de lastima y asco que nos dirigían unos cuentos días después de su funeral.
Aunque no viví su agonía tan cerca como lo hizo mi mamá puedo recordarla toda. Ella nos la contó. Aun podría escuchar en mi cabeza aquellos últimos gritos de mi tío de "No me quiero morir, no me quiero morir."

El Sida es cruel y puede destrozar muchas familia como la nuestra. Mi abuela y mi abuelo no pudieron superar la muerte de su hijo. Mi abuela paso meses enteros postrada en cama, deseando morir y mi abuelo ya no la comprendía, ni si quiera la quería dentro de la casa. Opto por correrla. Casi 50 años juntos que se destrozaron debido a no haber podido superar la muerte de un hijo.

Las navidades en la casa de los abuelos, las reuniones familiares, las fiestas diciembre, las calles del barrio llenas de niños, las noches de arboles navideños, comida y fuegos artificiales, todo se esfumo. TODO. Solo quedan cenizas y fotografías que añoran momentos que se pierden en el tiempo. Todo por que alguien murió. Que lejos han quedado esos días.

Aun así, prefiero que el resto del año se quede en mi memoria los días felices que vivimos con mi tío. La imagen graciosa de él, su motivación para hacer reír a todos sus sobrinos, todos los viernes por la noche cuando nos invitaba a cenar, aquellas eternas tarde cuando nos sentábamos en la banqueta de la casa de los abuelos a ver a la gente pasar mientras hablábamos de cosas importancias y tomábamos algún refresco y comíamos frituras. Hay veces que deseo regresar aquellos efímeros días. Volverlos a vivir aunque sea solo una vez. Volver a escuchar la voz de mi tío y sus locas historia. Desearía volver a verlo aunque sea solo una vez. Pero se que eso nunca sucederá.

Aprendes la lección y sigues adelante.

Siempre me he preguntado si mi tío murió de Sida o murió de miedo al rechazo de la sociedad. ...nunca lo sabre.

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