6 may. 2014

Tú chocobananeas, yo chocobananeo, todos chocobaneamos

Primera hazaña chocobananera.
Hacer chocobananas no tiene mucha ciencia, de hecho es más difícil escribir su nombre. Así que cuando la semana pasada tuve antojo de comer una de estas cosas y no supe dónde se podían comprar (porque obviamente se vende por lo bajo, a escondidas, como la droga) decidí comprar todo el kit para prepararlas por mí misma y ser la envida de todo el vecindario. ¿Qué tan difícil podía ser?

Como buena ciudadana de mi patria nación de alegrías, tormentos y flojera para leer las instrucciones decidí lanzarme a la guerra sin fusil y a la tarea sin videotutorial. Casi me mato.

Compré los plátanos allá donde los venden más caros, el kit chocobananero en la dulcería más cercana (que queda a media ciudad de aquí, en camión, dos taxis y tres lustros), regresé a mi casa y continué con mi debate moral de cómo clavarle el palo al plátano para que no lo estropeara demasiado. Fue mi madre quien me aconsejó sacarle punta al plátano al palo antes de incrustarlo en la fruta, a la que decidí dejar a temperatura ambiente porque así los átomos funcionan mejor, ¿no? Pues no. El palo en cuestión rompía el plátano a la mitad y cuando intenté acomodarlo con mis manos seguramente hice un movimiento tan ninja que ni Hattori Hanzō podría haber previsto y la banana quedó en rodajitas por toda el área de trabajo. Muy raro, tan raro que estuve a nada de marcarle a Iker Jiménez hasta España para que viniera con su Nave del Misterio a Camarolandia City y viera con sus propios ojos le metódica hazaña que quedaría únicamente inmortalizada en la mirada atónica de mi padre (aunque creo que en realidad estaba jugando al Solitario Spider en su laptop y acababa de ganar).

Como éste último proceso tomaría tiempo decidí pasar al segundo paso: derretir el chocolate en el microondas y botanear con mi Frankenstein fallido mientras continuaba haciendo el resto de los chocobananas. No hubo demasiado éxito con los siguientes productos, a pesar de que le saqué más punta a los palillos y partí por la mitad el resto de la fruta que quedaba, a esta, sencillamente se le abrían grietas, y al intentar sumergirlas en el chocolate derretido se salían del palo y se quedaba vagando a la deriva en el vaso de chocolate mientras yo rogaba que no se ahogaran en un mar tan envidiable. Pero luego llegó mi madre —cuya mano es santa y tiene una legión de ángeles cuidándole su reputación en la repostería a la que no se dedica—, tomó una banana, metió el palito afilado, sumergió el coso en el chocolate, le puso chispitas de colorines Voila! como si hubiera nacido para eso, mientras yo la miraba con cara de Ehm, What?! ¿Hola? ¿Cómo? Y mi autoestima se hundía junto con el trozo bananero naufrago que desaparecía en el mar de chocolate. ¿Ven? Hay gente que no nace para ciertas cosas. Eso sí, el producto final estuvo riquísimo, incluso esos que hice yo, pero seamos sinceros: es imposible que plátano+chocolate+chispitas sepa malo, no importa cómo lo prepares.

A los días volví a hacer chocobananas, esta vez con tutorial incluido y resulta que los plátanos tienen que pelarse y congelarse por lo menos durante TRES HORAS antes de incrustarles el palito. Esta vez funcionó, no tan bien como en el video que vi porque soy la mar de desesperada y sólo dejé que se congelaran por 45 minutos (la paciencia no va conmigo) pero los hice yo solita en menos de cinco minutos, cuando la primera vez me tomó media hora. Vamos avanzando, ¿no? Por lo pronto los chocobananas ya se terminaron y no me apetece hacer más hasta dentro de tres siglos, pero mi fracaso culinario queda en evidencia una vez más después de joyas tan bonitas como esta y esta otra.

Mejor me dejo de tanto drama y me prepararé un chocomilk, coronado con chispitas de colores porque no sé qué hacer con los dos kilos que me sobraron después de mi bestial hazaña digna de quedar en todos los libros de HistoriaMe despediría con humildad, pero no me apetece. 

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