25 ago. 2016

Únicamente una habitación (o una casa pequeñita)

Imágenes de Think Geek.
—Una habitación —musité frente a mi maestra y mis compañeros de clases cuando ella nos pidió que describieramos cómo imaginábamos nuestra casa ideal, ahí donde queríamos vivir cuando crecieramos—. Sólo quiero una habitación.

Bajé un poco el cuaderno donde tenía los detalles de mi habitación (esa que sería mi casa cuando creciera) y sólo me topé con la mirada homónima de treinta niños que no entendían de qué estaba hablando. Ellos nunca entendían de qué estaba hablando. La maestra Martha, por el contrario, ladeó la cabeza y parpadeó repetidas veces, tal y como hacen esas señoras de edad cuando intentan decirte sin palabras: cuéntame más porque me interesa.  

—Para mí, una habitación es suficiente —remarqué tímidamente mientras regresaba mi mirada al cuaderno e intentaba continuar con la descripción que tenía escrita—. Me gustaría que tuviera una ventana con un…

—No puedes vivir en una habitación —atajó Ana Karen, la niña que se sentaba cuatro sillas más adelante, en la fila de al lado. La misma que quería un penthouse en Acapulco y un cottage en los campos de Irlanda— ¿Dónde estará la sala? ¿Dónde te bañarás?

—¿Dónde recibirás a las visitas? ¿Qué pasará cuando tus padres te visiten? ¿Dónde guardarás tu auto? —Esas preguntas nacieron de Edgar; el que quería ser mecánico, como su padre, y comprarse un Ferrari con el dinero obtenido. Tan inocente e ingenuo como esa edad se lo permitía.

Lo del baño ya lo había pensado, obviamente mi única habitación tendría un cuarto de baño (había que ser medio bruta para no ponerlo). Y si había decidido vivir en un lugar así era porque no quería recibir visitas, ¿no era algo demasiado obvio para todo el mundo?

—Mi pequeña casa, de una habitación, sin sala y sin cochera, estará cerca de un hotel. Mis padres se podrán hospedar ahí —aclaré espontáneamente para tranquilizar a mis compañeros—. Yo pagaré el hospedaje.

No lo entendieron. Jamás lo entendieron. No sé si al final mi maestra lo entendió, no lo recuerdo. Estaba rodeada de niños cuyas aspiraciones de casa ideal no se limitaban a una vivienda del INFONAVIT sino que iban mil ilusiones más allá: un hogar con chimenea, piscina, cocina integral y pisos alfombrados. Casas grandes, toscas, de mármol. Con cercas eléctricas y cámaras de vigilancia. Familias perfectas, autos del año y perros de raza. Yo sólo quería una habitación donde pudiera sentirme en paz y descansar; donde pudiera olvidarme de todos ellos y del mundo por unas horas hasta nuevo aviso.


Muy poco ha cambiado mi visión respecto a aquellos años. Leves cambios, pero la idea siempre ha sido la misma: una habitación. Sólo una, ¿para qué quiero más? Cuando mucho una casa pequeñita, con todo lo indispensable para vivir una vida tranquila pero sin exceso de piso, habitaciones y baños en cada esquina. Sí, mejor eso: una casa diminuta donde pueda construir mi propia utopía mientras el mundo se embadurna en sus propios problemas. Tendría persianas en las tres o cuatro ventanas y la salita estaría justo al entrar a la puerta principal y sus tres sillones sencillos tendrían algunos cojines frikis y emojis varios. Los cuadros que colgarían de la pared serían de mis películas o series favoritas. No serían mucho, sólo unos cuantos, que sean muy concisos y simbólicos, incluso sencillos y minimalistas. Ahí en la sala quizá se logre ubicar un televisor frente a los sillones, y su mueble estaría repletos de todas esas figuras que siempre he soñado con coleccionar a borbotones.

Más adelante estaría el comedor, pequeño, quizá redondo, con cubiertos igual de cuquis como todo lo demás, con tapetes, platos, y vasos a juego con mi nivel de locura. Y al fondo una cocina, también algo diminuta con otra tanda de electrodomésticos absurdos acorde con todo lo demás. Al fondo un patio donde estaría la lavadora y los juegetes de mis perritos rescatados, además del arenero del gato. Pasto everywhere y un par de arbolitos donde una mesa con sus sillas y una sombrilla enorme hicieran más pasadera las tardes de verano. Alguna hamaca enorme colgaría de ahí para acostarme a leer algún libro las noches de primavera. A un costado del comedor estaría un pequeño estudio donde pondría los muebles que guardarían la inmensa cantidad de libros que he acumulado a lo largo de mi vida. Además de un escritorio con mi laptop y una pizarra de corcho para poner mi lluvia de ideas sobre los próximos post del blog y una cantidad inmensa de fotografías y recortes importantes (para mi) se apiñarían en alguna pared. Habría una o dos habitaciones, pero la mía tendría un puñado de peluches adorables y grandes, por todos los que me faltaron tener siendo niña, además de un proyector de estrellas para relajarme por las noches y un par de bocinas para poner música bonita antes de acostarme. El único baño de la casa sería tan friki como todo lo demás.

Ya saben, un diminuto reino independiente donde convivan todas mis fantasías y en el que pueda refugiarme de todo y de todos para deshacerme del estrés del día y ver cómo la vida es noble y generosa de vez en cuando. Sólo una habitación; una casita pequeñita en medio de un millar más. (Un museo al consumismo, a como puedo apreciar por las imágenes que he elegido xD).

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