Está allí desde hace tiempo. Estaba allí antes que nosotros. Estuvo allí después del sol y aun así tuvo la osadía de ponerse en su camino y evitar, con un poco de magia y pericia, que los rayos del astro rey tocaran la tierra.
Era astuto, y gigante, y sabio. Como ese anciano que te mira sentado en silencio en la casa más antigua de tu barrio. Había poesía en sus ramas. Había sueños en sus gastados brazos. ¿Puedes ver lo que yo veo? ¿Puedes atreverte a ofenderlo? ¿Tienes el valor si quiera de pararte frente a él y ofrecerle un insulto? ¿Tu desprecio? ¿Puedes tirarlo, desaparecerlo, olvidarlo, sólo por que te molesta?
¿Y que te molestó de él? ¿su sombra? ¿su sabiduría? ¿la dulzura de su vejez?; ¿La monotonía de su existencia? ¿La aparente eternidad de su presencia? ¿O fue tu envida? por esas miradas que se fijaban en él y no en ti.
¿Ya no te gustaban las arrugas de su piel? ¿O tu vida peligraba por él?
¿Sabes tú cuantas tardes de mi infancia soñé con acostarme en sus sombras? ¿Revelarle mis secretos de primaria y pintarle mi nombre en su tronco? No tienes ideas de cuantas tardes. Nunca sabrás cuantas primaveras me cegaban sus ramas y cuantos otoños añoraba la grandeza de su follaje.
Y como los abuelos, ese gigante hasta calvo era hermoso.
Ya no podré soñar con ser mayor y comprarme esa casa para que aquella monstruosidad fuera mía. Ya no hay árbol por mirar. Ya no podré imaginarme entre sus brazos. Ya no esperaré ansiosa ninguna primavera por que ya no podré contemplarlo. Ya no podré defenderlo de tanta humanidad y temor.
Miro la única fotografía que tengo de él y me hago poco a poco a la idea de que su existencia eterna a sido reducida a unos cuantos píxeles y no puedo evitar sentir nostalgia al pasar por aquella calle y ver como los implacables rayos del sol golpean la tierra que un día fue cubierta con la sombra de un ángel.
Era astuto, y gigante, y sabio. Como ese anciano que te mira sentado en silencio en la casa más antigua de tu barrio. Había poesía en sus ramas. Había sueños en sus gastados brazos. ¿Puedes ver lo que yo veo? ¿Puedes atreverte a ofenderlo? ¿Tienes el valor si quiera de pararte frente a él y ofrecerle un insulto? ¿Tu desprecio? ¿Puedes tirarlo, desaparecerlo, olvidarlo, sólo por que te molesta?
¿Y que te molestó de él? ¿su sombra? ¿su sabiduría? ¿la dulzura de su vejez?; ¿La monotonía de su existencia? ¿La aparente eternidad de su presencia? ¿O fue tu envida? por esas miradas que se fijaban en él y no en ti.
¿Ya no te gustaban las arrugas de su piel? ¿O tu vida peligraba por él?
¿Sabes tú cuantas tardes de mi infancia soñé con acostarme en sus sombras? ¿Revelarle mis secretos de primaria y pintarle mi nombre en su tronco? No tienes ideas de cuantas tardes. Nunca sabrás cuantas primaveras me cegaban sus ramas y cuantos otoños añoraba la grandeza de su follaje.
Y como los abuelos, ese gigante hasta calvo era hermoso.
Ya no podré soñar con ser mayor y comprarme esa casa para que aquella monstruosidad fuera mía. Ya no hay árbol por mirar. Ya no podré imaginarme entre sus brazos. Ya no esperaré ansiosa ninguna primavera por que ya no podré contemplarlo. Ya no podré defenderlo de tanta humanidad y temor.
Miro la única fotografía que tengo de él y me hago poco a poco a la idea de que su existencia eterna a sido reducida a unos cuantos píxeles y no puedo evitar sentir nostalgia al pasar por aquella calle y ver como los implacables rayos del sol golpean la tierra que un día fue cubierta con la sombra de un ángel.









