15 sept. 2010

México, florido y espinudo (Pablo Neruda)

Me imagino que si los héroes de hace 200 años (me refiero a los otros heroes, no a los que aparecen en los libros de primaria, sino a los anónimos, a los que nadie recuerda y ninguna escuela, estatua, calle o avenida se levanta en su nombre) volvieran a vivir, se darían cuenta de que esto no era lo que soñaban para México. ¿Somos más libres que hace 200 años? Sí, el simple hecho de que puedas gritarle consignas al gobierno muestra tu grado de libertad. Quizá se respira mejor.

El gobierno quiere que celebremos por todo lo alto, ya volcó millones de dolares (o de pesos, como quieran) en una celebración que durará un par de horas y no le va a devolver el trabajo a nadie, nadie será menos pobre mañana. Yo propongo conmemorar, más no celebrar. No son tiempos de celebración.

No vengo aquí a quejarme de las miserias de mi país, no tengo ganas, lo hago durante 364 días del año, hoy quiero que me importen un soberano cacahuate sólo por 24 horas, para ver qué se siente ingorar en este tiempo lo que muchos ignoran todo el año.

En días como hoy (cumpleaños de Porfirio Diaz, NO de ningun grito, que eso es hasta mañana) no me salen las palabras para dedicarle a una patria que me ha dado la libertad de la que muchas otras naciones aun no pueden gozar. Tengo que recurrir a las palabras de una persona muerta para que me recuerde que aun amo a mi país, al verdadero, al bueno, al gentil. Y curiosamente esa persona, ese poeta más bien, no nació en esta patria sino en el hermano país de Chile, aquel ser humano que alguna vez escribió: "Yo no vengo a resolver nada. Yo vine aquí para cantar y para que cantes conmigo".

Les dejo a continuación un pequeño escrito dedicado a México incluido en el libro "Confieso que he vivido" del gran, grande, enorme, Pablo Neruda. Probablemente ya lo hayan leído, en mi caso lo leí en 1° de Secundaria, venía en el libro de Español y tuve la osadía de cometer el sacrilegio de romper las dos hojas que abarcaba el texto para tenerlas conmigo porque me enamoré de sus palabras.

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MÉXICO FLORIDO Y ESPINUDO

México, con su nopal y su serpiente; México florido y espinudo, seco y huracanado, violento de dibujo y de color, violento de erupción y creación, me cubrió con su sortilegio y su luz sorpresiva.

Lo recorrí por años enteros de mercado a mercado. Porque México está en los mercados. No está en las guturales canciones de las películas, ni en la falsa charrería de bigote y pistola. México es una tierra de pañolones color carmín y turquesa fosforescente. México es una tierra de vasijas y cántaros y de frutas partidas bajo un enjambre de insectos. México es un campo infinito de magueyes de tinte azul acero y corona de espinas amarillas.

Todo esto lo dan los mercados más hermosos del mundo. La fruta y la lana, el barro y los telares, muestran el poderío asombroso de los dedos mexicanos fecundos y eternos.

Vagué por México, corrí por todas sus costas, sus altas costas acantiladas, incendiadas por un perpetuo relámpago fosfórico. Desde Topolobampo en Sinaloa, bajé por esos nombres hemisféricos, ásperos nombres que los dioses dejaron de herencia a México cuando en su territorio entraron a mandar los hombres, menos crueles que los dioses. Anduve por todas esas sílabas de misterio y esplendor, por esos sonidos aurorales. Sonora y Yucatán; Anáhuac que se levanta como un brasero frío donde llegan todos los confusos aromas desde Nayarit hasta Michoacán, desde donde se percibe el humo de la pequeña isla de Janitzio, y el olor de maíz maguey que sube por Jalisco, y el azufre del nuevo volcán de Paricutín juntándose a la humedad fragante de los pescados del lago de Pátzcuaro.

México, el último de los países mágicos; mágico de antigüedad y de historia. Mágico de música y de geografía. Haciendo mi camino de vagabundo por esas piedras azotadas por la sangre perenne, entrecruzadas por un ancho hilo de sangre y de musgo, me sentí inmenso y antiguo, digno de andar entre tantas creaciones inmemoriales. Valles abruptos atajados por inmensas paredes de roca; de cuando en cuando colinas elevadas recortadas al ras como por un cuchillo; inmensas selvas tropicales, fervientes de madera y de serpientes, de pájaros y de leyendas. En aquel vasto territorio habitado hasta sus últimos confines por la lucha del hombre en el tiempo, en sus grandes espacios encontré que éramos, Chile y México, los países antípodas de América. Nunca me ha conmovido la convencional frase diplomática que hace que el embajador del Japón encuentre en los cerezos de Chile, como el inglés en nuestra niebla de la costa, como el argentino o el alemán en nuestra nieve circundante, encuentren que somos parecidos, muy parecidos a todos los países. Me complace la diversidad terrenal, la fruta terrestre diferenciada en todas las latitudes. No resto nada a México, el país amado, poniéndolo en lo más lejano a nuestro país oceánico y cereal, sino que elevo sus diferencias, para que nuestra América ostente todas sus capas, sus alturas y sus profundidades. Y no hay en América, ni tal vez en el planeta, país de mayor profundidad humana que México y sus hombres. A través de sus aciertos luminosos, como a través de sus errores gigantescos, se ve la misma cadena de grandiosa generosidad, de vitalidad profunda, de inagotable historia, de germinación inacabable.

Por los pueblos pescadores, donde la red se hace tan diáfana que parece una gran mariposa que volviera a las aguas para adquirir las escamas de plata que le faltan; por sus centros mineros en que, apenas salido, el metal se convierte de duro lingote en geometría esplendorosa; por las rutas de donde surgen los conventos católicos espesos y espinosos como cactus colosales; por los mercados donde la legumbre es presentada como una flor y donde la riqueza de colores y sabores llega al paroxismo; nos desviamos un día hasta que, atravesando México, llegamos a Yucatán, cuna sumergida de la más vieja raza del mundo, el idolátrico Mayab. Allí la tierra está sacudida por la historia y la simiente junto a la fibra del henequén crecen aún las ruinas llenas de inteligencia y de sacrificios...

2 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Este escrito de Neruda lo he leído una infinidad de veces... y cada vez que lo hago se me eriza la piel y se me nublan los ojos... se me sube hasta las nubes el orgullo de ser mexicana. Simplemente hermoso!

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