Se lo prometí mientras veíamos un atardecer rojizo en la azotea de la casa donde vivía con mi familia en Guasave, Sinaloa.
Se lo prometí un 28 de mayo de 1996, en mi octavo cumpleaños, en un verano caluroso y húmedo.
Ese día mis papás me habían regalado un arco de plástico con sus flechas y su carcaj de imitación cuero, y yo me pasaba las tardes allí arriba, mirando el panorama triste de una ciudad cansada que, al parecer, sólo quería que anocheciera para dormir.
Eran tiempos de incertidumbre y el mítico Chupacabras acechaba en las periferias de los pueblos como un político corrupto en tiempos de campaña. Los niños no podíamos estar afuera después del anochecer.
Podía llegar a la azotea subiendo directamente al segundo piso de la casa y abriendo la puerta trasera de la habitación de mis padres, pero prefería escalar a mano limpia las paredes y las protecciones de las ventanas. Con una toalla de Los Supersónicos como capa de caballería y una vaina larga y seca como espada, imaginaba que era un mosquetero al servicio de un rey de un país sin nombre ni bandera.
Era una niña introvertida que en la escuela primaria sólo hablaba con monosílabos y que jamás sostenía una mirada, mientras que, en la soledad de mi casa, mis amigos imaginarios poblaban con escenarios ficticios los momentos entrañables que ahora recuerdo con nostalgia. Todos eran personajes de cuentos infantiles; ninguno me los inventé yo.
Cuando regresaba a casa, después de comer, mientras mi papá estaba en el trabajo, mi hermana mayor en el turno vespertino de la secundaria y mi mamá y mi hermanito tomaban una siesta, yo y mi legión de camaradas custodiábamos sin descanso los límites del reino.
Aquella tarde de mayo convoqué a mis amigos imaginarios en nuestro punto de reunión. Estaban todos los que siempre estuvieron: desde D'Artagnan hasta Pocahontas, desde Hansel y Gretel hasta Pulgarcito, Caperucita Roja y el flautista de Hamelín, Pinocho y el Gato con Botas, Robin Hood y Merlín, el rey Arturo y los caballeros de la mesa redonda. Los Niños Perdidos de Nunca Jamás. El pretexto era compartir una rebanada de pastel con ellos y brindar por mi octavo cumpleaños.
El único que nunca llegó fue el Principito. El eterno ausente. Cuando yo estaba en el kínder, un piloto aviador francés, a través de nuestra maestra, nos contó la historia de este peculiar niño que vivía en un asteroide y se pasaba la vida cuidando sin descanso la rosa que crecía en su jardín. Por circunstancias de la vida, había terminado en nuestro planeta y creado una genuina pero breve amistad con el aviador. Se habían despedido en unas dunas del Sahara y el aviador nos suplicaba que, si le veíamos regresar, le avisáramos de inmediato para saber que el Principito había vuelto.
El niño jamás volvió, ni ese ni ningún otro día después de aquel. Al tiempo supe que el aviador murió en el mismo desierto donde lo vio por última vez.
En algún punto de nuestra reunión me ahogó la melancolía y brindamos con soda de naranja por nuestros mejores días. Les agradecí a todos y cada uno de ellos por su amistad, su fidelidad, su honestidad y su disposición infinita para hacer mis tardes menos solitarias y llenarlas de misiones legendarias y aventuras épicas alrededor del mundo sin salir de casa.
Cuando la tarde caía y casi todos mis invitados ya se habían marchado, alcé la copa y la dirigí hacia Peter Pan, que estaba sentado en unos montículos de ladrillos con Campanita descansando sobre su hombro derecho.
—Te prometo que nunca voy a dejar de ser niña —se lo dije con una tristeza mal disimulada y con los ojos ardiendo en algo que quemaba más que las lágrimas—. Te juro que nunca voy a crecer.
Pero mentía. Ambos sabíamos que mentía; Campanita también sabía que mentía. Y mis dos amigos más fieles, Mowgli y la pantera Bagheera —testigos silenciosos de ese preciso momento—, también lo sabían con certeza. Llevábamos meses sabiendo que todo era una mentira.
El último año había pasado los meses tratando de acostumbrarme a ser una persona menstruante, a lidiar con pérdidas de sangre una vez al mes, a tener cólicos dolorosos mientras intentaba aprender a restar y a sumar en la primaria; a lidiar con el pudor, con la vergüenza, con la falta de privacidad en los baños escolares, con las visitas al pediatra, con los cambios físicos que llegaban de la nada.
Pero lo peor había sido leer, en los libros de medicina familiar que descansaban en el librero de mi casa, que la menstruación marcaba «la transición de la niñez a la pubertad» en la mujer. Y ahí estaba yo, a mis siete años de edad, leyendo cosas que no tenía que leer, tratando de asimilar un torrente de palabras y términos médicos que se me acumulaban en el pecho como una avalancha y me asfixiaban; tratando de entender por qué tenía que abandonar mi infancia cuando apenas la comenzaba a disfrutar.
Tuvieron que pasar casi 30 años y seis sesiones con un psiquiatra para entender que aquel brindis con Peter Pan era sólo una manera simbólica que yo me había inventado para despedirme de mi niñez. Que no había sido una celebración de cumpleaños, sino un réquiem por lo que se me había arrebatado y que yo no podía detener.
Peter Pan se despidió de mí dándome la razón, a pesar de que sabía que mentía. Aceptó con resignación la nueva traición de Wendy —esta vez protagonizada por mí— sólo para evitar la pena de verme llorar en mi cumpleaños.
—Las puertas de Nunca Jamás siempre estarán abiertas para ti. Los Niños Perdidos y yo te esperamos ahí para cuando quieras ir —me dijo con sinceridad antes de partir—. ¿Sí recuerdas cómo llegar ahí?
—¿Girar en la segunda estrella a la derecha… y seguir volando hasta el amanecer?
Soné más triste de lo que quería. Agaché la mirada apenas lo vi asentir con su cabeza, orgulloso y altivo, como siempre había sido mi querido Peter.
No se despidió más. Alzó el vuelo junto con Campanita y se marchó, dejando una estela de brillantina a su paso y el eco de una risa que aún resuena en los pasillos de mi memoria.
El atardecer ahora tenía una tonalidad púrpura, amoratada y oscura, y mi octavo cumpleaños llegaba a su fin. Jamás volví a ver a mis amigos imaginarios después de eso. Mowgli y Bagheera me acompañaron durante un tiempo más, en silencio, ahuyentando los ataques de ansiedad y las pesadillas que me acechaban por las noches. Y un día, sin más, ellos también se fueron.
Han pasado 30 años desde aquel cumpleaños en la azotea. El último brindis con mis camaradas. La última tarde que esperamos al Principito entre los caseríos de Sinaloa, muy lejos de las dunas africanas. Los héroes de mi infancia aún siguen poblando las páginas de los cuentos infantiles y la imaginación de los niños de la Tierra, pero yo me quedo con aquella tarde de melancolía y añoranza, cuando tuve que despedirme de todos ellos y de nuestras hazañas con un brindis demasiado amargo para ser sólo una simple soda de naranja.
