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22 oct 2012

Arcoíris reflejados en el cielo y tesoros invisibles esperandonos en la tierra

Los protagonistas de esta historia. Sólo faltó la abuela y Rodrigo. 
Relato dedicado con cariño a mis pequeños sobrinos Dilan Andree, Danna Valeria y Melany (más los que lleguen después), para perpetua memoria. 

ARCOÍRIS REFLEJADOS EN EL CIELO... 

—¡Dios guarde una neumonía! —gritó la anciana desde la cocina. Su voz tronó en las tejas del techo y atravesó el área del comedor hasta llegar a la salita donde todos sus nietos nos arremolinábamos indignados y vencidos en los sillones de madera que rechinaban con cada leve movimiento que hacíamos con desgana.

Mi abuela Librada ya rozaba los setenta años cuando la tarde más calurosa de 1995 nos negó a mis primos y a mí el sagrado derecho de bañarnos bajo la lluvia. Todos los niños del mundo saben que es una obligación de toda abuela permitir a sus nietos bañarse en los chorros de agua que brotan de los techos, pero aquella tarde la nuestra se negó rotundamente. Una orden que esperábamos de nuestros padres pero jamás de ella; cómplice de nuestras travesuras y nuestros juegos. 

—¡Abue, otras veces sí nos ha dejado bañarnos! —El grito de Tito, mi primo de 10 años, retumbó tanto como el de ella justo en el momento en que el sonido de un trueno irrumpía estrepitosamente por toda la casa. 

—¡¿Y si los parte un rayo, Juanito?! ¡Dios nos libre! 

Desde la sala yo no podía ver la cara de mi abuela, pero me la imaginaba con ese gesto de preocupación que ya viene por defecto en la cara de todas las ancianas; persignándose infinidad de veces con una mano mientras con la otra removía energéticamente la cazuela donde se estaba calentando la comida de mi abuelo Nicolás, quien no tardaría en volver del trabajo exhausto, hambriento y probablemente mojado. 

La abuela Librada y yo en casa de mi abuela paterna.
A los siete años de edad, cuando yo escuchaba la frase “Que te parta un rayo” o cualquiera de sus variantes me imaginaba, literalmente, un rayo partiendo en dos a un ser humano desde la cabeza hasta los pies. Un pedazo de él caía hacía la derecha y el otro hacia la izquierda. El humano en cuestión debía de estar arriba de una montaña, porque obviamente los rayos sólo caen en los lugares altos… y en los árboles, claro. Entre más alto fueras más probabilidades había de morir cortado por la mitad. Así que si no eras alto, ni estabas arriba de una montaña ni tampoco debajo de un árbol era casi imposible que un rayo acabara con tu vida. En pocas palabras: el argumento de mi abuela era refutable porque nosotros sólo éramos un puñado de niños que soñaban con bañarse bajo la lluvia, no bajo un árbol. Lo cierto era qué mucha gente alrededor del mundo moría partida por rayos, y además —decían— el mismo rayo las quemaba por dentro. A mi aquel escenario me parecía dantesco sobre todo porque los rayos venían del cielo y en el cielo vivía Dios. ¿Cómo era posible, entonces, que aquel anciano de barbas largas, túnica blanca como la seda y con un aro dorado en la cabeza fuera capaz de crear algo tan monstruoso que, no solo partía a la gente en dos, sino que la quemaba por dentro? Mientras mis primos berreaban sobre la firme decisión de mi abuela yo me cuestionaba la autoridad divina y sus incongruencias. Después pensé que, si era verdad aquello de que Dios había creado al ser humano a su imagen y semejanza entonces, también, había incluido sus defectos. Para empezar Dios no tenía mamá. Jesús, su único hijo tenía una mamá, María; e incluso tenía otro papá además de Dios, José. Es decir que no sólo tenía a un papá creador del universo sino que tenía un papá que era carpintero, ¡¿qué tan genial es eso?! El asunto de la Santísima Trinidad no lo entendí hasta que me mandaron a Catecismo, un año después. Pero el asunto era ese, que Dios no tenía mamá ni papá. Ese pequeño dato que al aparecer omitían en la Biblia (y del que nadie hablaba) explicaba ahora el motivo de los rayos, de la gente partida en dos y la humareda que había una vez que el rayo los partía. ¿Qué tal si a Dios se le caían los rayos de las manos mientras corría por el Paraíso? ¿Qué tal si los rayos eran los cuchillos de Dios? Era omnipotente, sí, pero si a los humanos se les caen las cosas de las manos por qué a Dios no se le caerían también, al fin y al cabo nunca tuvo una mamá que le dijera que jamás debía de correr con cuchillos, tijeras o alfileres en las manos. Era verdad que entonces serían muchos cuchillos caídos en tierra pero habría que recordar que Dios es gigante y su tamaño justificaría todo. A los siete años y muy católica, apostólica y romana creía en la reencarnación. Sobre todo en casos como ese en el que el culpable de la gente partida en dos era Dios y no el hombre. Me imaginaba que él, arrepentido por su descuido, tomaba a la persona quemada y la regresaba a la vida, pero ya no en esa ciudad y con esa familia sino con otra, en otro país, con otro nombre, y con un poco de suerte en un desierto perdido de África o Asia, haya donde jamás llovía y no había cuchillos divinos cayendo del cielo. 

Francamente ahora todo tenía sentido. 

—¿Sabes? Creo que los rayos que parten en dos a las personas y las queman por dentro son cuchillos filosos que a Dios se le caen desde el Cielo. 

La expresión de mi primo Carlos Alberto, hermano de Tito y a quien de cariño (o quién sabe por qué) decíamos Chingily, iba entre la incomprensión y el aburrimiento pero no me dijo nada. Después de dedicarme ese gesto durante unos segundos volvió su rostro hacía el televisor que emitía alguna caricatura irreconocible en el Canal 5 de Televisa. Ambos compartíamos un sillón individual en aquella salita. Teníamos la costumbre de tomar el cojín del respaldo y ponerlo en un pasamanos mientras que en el otro poníamos nuestros pies que quedaban colgando en el aire y que al levantarnos provocaban un ardor tremendo pero del que rara vez nos quejábamos. 

Miré a mí alrededor sólo para ver a mi pandilla de primos derrotados. Soldados vestidos de civiles que no habían obtenido permiso de la Adelita anciana que preparaba la comida al viejo Pancho Villa para ir al campo de batalla a enfrentar al dios del trueno. Una vez escuché en la televisión que Estados Unidos, nuestro país vecino, sólo perdió una guerra en su vida y fue la Guerra de Vietnam. Sus soldados se pusieron tan tristes pero tan tristes que algunos perdieron las ganas de vivir. Temía que mis camaradas de juegos; mis primos, mis amigos, mis héroes de carne y hueso y estatura pequeña, corrieran con la misma suerte. No se merecían eso. Cualquiera de ellos estaría dispuesto a morir de pulmonía o partido por un rayo antes de perderse un sólo baño bajo la lluvia. Todos excepto, quizá, mi hermana Carolina

Mi hermana de 10 años, Carolina, estaba sentada en el sillón grande junto a Hilse y Honofre de 8 años, Juan Manuel (Juanito o Tito) y Rodrigo Simental quien no era nuestro primo pero siempre lo consideramos como uno de los nuestros. En el otro sillón individual estaba Hiriam y a su lado el pequeño Aarón, hermano de Honofre y Roberto (hermano de Rodrigo).

Durante muchos años mi hermana Carolina le tuvo bastante miedo a los rayos. Supongo que temía que la partieran en dos y la quemaran por dentro; un temor, que supongo, todos teníamos en mayor o menor medida. Pero en su caso era un miedo bastante inmenso, difícil de describir. Ahora sé que aquel miedo era una fobia y que inclusive tiene un nombre: Astrapofobia. Aquel terror lo había superado recientemente gracias a la ciencia. Sí, a la ciencia. Y a una calculadora. Pero sobre todo a la ciencia. Ella siempre soñó con ser científica ¿saben? Ella también es la prueba de que los sueños se hacen realidad porque actualmente ella es eso, una científica. Y bastante buena, sinceramente. Pero volvamos a su fobia: un par de meses antes ambas habíamos empezado a ver un programa infantil de temática científica llamado El Mundo de Beakman. Beakman era un científico loco de bata verde chillante y cabellos parados; tenía a una joven y a una rata de gran tamaño (que además de ese pequeño detalle también hablaba); ambos ayudaban a Beakman con sus experimentos. Beakman recibía correspondencia de diversas ciudades de Estados Unidos. Niños que, como Carolina y como yo nos preguntábamos cómo funcionaba el mundo. Uno de aquellos niños aventó la pregunta del millón: Beakman, ¿cómo puedo saber a qué distancia cae un rayo?” Su respuesta fue bastante sencilla: Mira al cielo y cuando veas el relámpago (la luz que emite el rayo) empieza a contar los segundos que transcurren hasta que se escucha el trueno (el sonido que emite); una vez que tengas los segundos transcurridos toma una calculadora (o hazlo mentalmente si eres bueno con las matemáticas) y divídelo entre 3. El resultado que obtengas indicará la distancia a la que el rayo cayó en kilómetros. No recuerdo si fue en ese episodio o en otro cuando invitó al difunto Benjamin Franklin y éste explicó cómo funcionaban el pararrayos, su gran invento, y para qué servía. Con aquellas explicaciones Carolina superó poco a poco su terrible fobia y ya no tenía temor alguno de bañarse bajo la lluvia de vez en cuando, sobre todo los días calurosos como aquel. 

En aquel momento vimos un relámpago seguido rápidamente de un trueno. Al parecer la tormenta estaba sobre nuestras cabezas. La corriente eléctrica bajó, pero la luz no se fue y el viejo televisor sólo emitió un sonido seco proveniente probablemente del bulbo añejo que con cada tormenta amenaza con fundirse o explotar. 

—¡Apaguen la tele! ¡Se nos va a descomponer! —gritó la abuela desde la cocina. 

Hiriam y Tito estuvieron a punto de reclamar pero no había motivo, el bajón de energía había hecho que la frágil señal de la antena se perdiera en una lluvia grisácea que inundaba la pantalla y en un chillido estático que resonaba en la sala más que la lluvia. Probablemente ustedes no lo sepan pero en aquel entonces sólo había 3 ó 4 canales de televisión y no había nada remotamente parecido a Internet o teléfonos celulares. Así que lo único que brotó en el momento de apagar la TV era el agua golpeando el techo, los rayos que provenían de todas partes, el sartén de la cocina, el crujir de los sillones, la cancioncilla que la abuela tarareaba con entusiasmo y las risitas de los niños que tenían abuelas que sí les permitía jugar en la lluvia. ¡Vaya suerte la de ellos! 

La razón por la que mi abuela nos negaba bañarnos en la lluvia nos intrigaba, sobre todo a mí. Ahora, francamente, no recuerdo dónde estaban nuestras madres y por qué mi abuela se encontraba sola con nosotros, pero aquel motivo no creo que justificara su negación a permitirnos bañar afuera. 

—A lo mejor su hijo chiquito se murió de eso; de pulmonía y por eso no nos quiere dejar a nosotros mojarnos —mi primo Carlos Alberto habló bajito, para que su voz no llegara hasta la cocina y mi abuela lo escuchara. 

—Eso. O tal vez lo partió un rayo— señalé. 

Para nosotros Alejandro, el hijo mayor de mi abuela y de su primer esposo, era un niño de piel morena y cabello lacio cuya altura le hacía sobresalir de todos los demás niños en una vieja fotografía de una fiesta infantil. Venía acompañado de Ramona y Rosa, sus hermanas y una veintena de pequeños más. Alejandro estaba en la última fila de aquella formación y estiraba su cabeza para ver con curiosidad al fotógrafo o a la cámara. Era una fotografía triste, no sólo por el eterno niño muerto que nos miraba desde el pasado, sino porque nadie —excepto la piñata en forma de payaso que estaba a punto de ser vapuleada hasta quedar destrozada—, sonreía. Como ya lo dije, era una fotografía bastante antigua, tomada en una época en la que los niños no entendían por qué tenían que sonreír a una misteriosa caja que inmortalizaba instantes para siempre. Sus gestos evocaban curiosidad, asombro, desconcierto, indiferencia y hasta temor; excepto el rostro de Alejandro sumido en un gesto de desafío y eterna curiosidad. Para mi abuela Alejandro era ‘Jandito’, un niño frágil y enfermizo, como todos los niños pobres de antaño. Era de carácter fuerte y antes de morir, a los 8 años, ya había amenazado de muerte a su propio padrastro. Mi abuela nunca nos dijo de qué murió, sólo sabíamos que ella solía encenderle una veladora cada 1° de noviembre, Día de los Angelitos, y de vez en cuando acariciaba con ternura aquella fotografía en blanco y negro, vieja y manchada donde los niños aun no sabían cómo sonreír a la cámara mientras Alejandro, su ‘Jandito’, le dedicaba una eterna cara infantil con esos ojos vivaces de infinita curiosidad. 

No supimos en qué momento exacto mi abuela apareció en el umbral de la puerta de la sala, pero allí estaba ella con su rostro contemplativo, atraída tal vez por nuestra leve mención de su angelito… aunque en verdad dudo que haya escuchado algo de nuestros susurros. Miró brevemente la puerta principal donde se veía la calle empapada con la fuerte lluvia que azotaba la ciudad. Era un espectáculo precioso pero, según ella, peligroso. Miró brevemente a sus nietos, agazapados todavía en los sillones con nuestras cabezas agachadas y una mueca franca de terrible derrota. 

—Les voy a preparar una limonada —espetó la anciana con suavidad—, ahí tengo un montón de limones que corté el otro día y hay agua helada en el congelador. 

A esas alturas ya no había señal de enojo en la voz de mi abuela. Así era ella. Así son todas las abuelas del mundo; capaces de trasmutar dos minutos de enojo por tres de ternura y curar una decepción con un vaso de limonada recién hecha. La abuela Librada era de estatura pequeña y cuerpo robusto. Su piel morena curtida por el sol contrastaba con su canosa cabellera que siempre peinada cuidadosamente antes de hacerse una cola pequeña. Su cara era redonda y tenía unos ojos cafés que eran capaces de expresar infinidad de emociones a la vez. Su cuerpo estaba lleno de arrugas y, quizá, bajo esas arrugas había cicatrices. Heridas ya sanadas de tiempos pasados más difíciles. Se preocupaba por todo y por todos, y cuando lloraba, lo hacía en silencio; nosotros no sabíamos si lo hacía de felicidad o de tristeza. Sufría con el noticiero del mediodía y también con la novela de las 8, y con la novela de las 9… y con el noticiero de la noche. A mis siete años jamás pensé que un puñado de años después la vería a ella, en aquella misma sala frente a aquella misma televisión, mirando con desaliento e impotencia la caída de las Torres Gemelas en Nueva York y dos años más tarde llorando una noche triste por la invasión de Estados Unidos a Irak. Así era la abuela. Siempre lo fue. Nunca entendí por qué lloraba por casos lejanos, ajenos por completo a su realidad, pero su compasión era infinita y jamás pondría en duda la calidad moral de sus acciones. Después de rebuscar un par de cosas en el viejo refrigerador café que se ubicaba entre la sala y el comedor (muy lejos de la cocina) se dio la vuelta y se dispuso a partir limones y exprimirlos. Al cabo de varios minutos la vimos metiendo una garra al congelador, diciendo que esperáramos un tiempecito a que el agua absorbiera bien el limón y el azúcar. Algo que, al parecer, tomaba entre 15 minutos y media hora. Para ese entonces la lluvia había menguado bastante y nuestra decepción también. Aun se escuchan niños chapoteando en los charcos cercanos pero de nuestra parte ya no había envida. Al menos nosotros tendríamos limonada helada y ellos no. 

Cuando los rayos del sol empezaron a golpear las calles ya eran las cinco de la tarde. De la tormenta sólo quedó el recuerdo y las lagunas de agua que típicamente se formaban en aquellas calles donde el alcantarillado raramente servía. La abuela tomó una vieja silla negra de mimbre y una revista repleta de Sopas de Letras que mi abuelo compraba semanalmente junto con su revista Crucigramas y se dispuso a salir a la calle. Salir a la calle era terapéutico para ella; el agobio de los quehaceres del hogar quedaba relegado y guardado hasta el día siguiente y se entretenía viendo pasar a conocidos y desconocidos por la banqueta. De vez en cuando alargaba una conversación hasta que anochecía. O usualmente algunas vecinas, ancianas como ella, le regalaban pláticas de achaques de la edad y otras cosas. Pláticas triviales y un tanto incongruentes para nosotros, siendo tan pequeños. Mi mamá o mis tíos también se paseaban por ahí una tarde sí y la otra también. De todos los recuerdos que mantengo de aquella vieja casa esas tardes de sillas y convivio aun me llenan de rebosante nostalgia. Sólo había dos motivos que obligaban a la abuela a meter su silla de mimbre e incluso a cerrar la puerta. Uno de esos motivos era la lluvia y el otro motivo era algún difunto. 

La casa de mi abuela estaba ubicada en la calle Gabriel Leyva #41; “rumbo al panteón” decía ella orgullosa cuando alguien le preguntaba su domicilio. Era (y sigue siendo) la ruta que las carrosas fúnebres suelen tomar cuando llevan a sepultar a alguien; rara vez usan caminos alternos. Aquellos días de duelo y dolor para otras familias también lo eran para la abuela. Apenas divisaba el auto de la funeraria a lo lejos y rápidamente metía su silla, apagaba la televisión y secaba su rosario mientras veía pasar el cortejo fúnebre. A nosotros nos mandaba callar o a ponernos seriecitos. Algunas veces entendíamos aquello; otras veces no, sobre todo cuando el muertito iba con música de banda y todo el alboroto. “La música es sinónimo de fiesta, no de duelo”, pensábamos.


No pasó mucho tiempo desde que mi abuela decidió salir a la calle cuando rápidamente nos mandó llamar. 

—¡Chiquillos! —gritó con entusiasmo— ¡CHIQUILLOS, VENGAN! 

Todos corrimos hasta la entrada principal sólo para darnos cuenta de que la mirada de mi abuela se perdía en el cielo, al lado izquierdo… rumbo al panteón. Al principio no atinábamos a ver qué era lo que ella veía hasta que nos detuvimos un momento a contemplar muy bien el cielo… ¡Y ALLÍ ESTABA! Un inmenso y brillante arcoíris que cruzaba casi toda la calle a lo ancho. Era precioso. 

La abuela acomodó su silla cerca de la pared de la casa pero jamás dejó de mirar aquella hermosura; le brillaban los ojos de alegría. Se sentó en la silla y abrió el crucigrama. 

—¿Ustedes saben qué es lo que hay justo en el lugar donde termina el arcoíris? 

Todos volteamos a ver a la abuela quien pasaba su mirada entre el cielo y su Sopa de Letras

—¿Tierra? —contestó mi primo Tito mientras se acercaba al lado de ella. 

—Estás tonto —sentenció mi abuela con dulzura—. ¡Hay oro, vasijas y más vasijas llenas de oro! Monedas, lingotes, lámparas mágicas… 

—¿Con genios adentro que cumplen deseos? —preguntó Hilse con un destello en los ojos. 

—Sí, sí. Con genios que cumplen tres deseos. Y duendes que custodian ese oro. 

—¿También hay monedas de chocolate con envolturas de oro? —cuestionó Chingily

—¡También! —añadió mi abuela. 

La voz de la anciana se notaba tan sincera que cada palabra que salía de su boca era, sin lugar a dudas, una verdad tras otra. 

—¿Pero ese oro es de los duendes o de quién? —preguntó Carolina

—Miren, acérquense —nos indicó la anciana. Todos nos arremolinamos alrededor de su silla y prestamos atención a lo que nos quería decir—. Cuenta la leyenda que aquellos valientes que consigan llegar hasta el final del arcoíris podrán encontrar a sus pies oro y más oro en hoyas negras custodiada por duendes con vestimenta verde y sombrero gracioso. Ellos serán los encargados de ofrecerles ese oro y conducirlos de camino a casa a cambio de un poco de comida pero… tienen que llegar hasta el final del arcoíris antes de que desaparezca porque si no lo hacen el oro y los duendes desaparecerán. 

La abuela había narrado aquello en un murmullo y nosotros habíamos captado cada uno de sus gestos y palabras. Había, más allá de esas casas, de esos techos y de ese cementerio, el final de un arcoíris que esperaba por nosotros. ¿Cómo creen que íbamos a dejar pasar una oportunidad como aquella? 

—¡¿Podemos ir abuela?! ¡¿Podemos?! ¡¿PODEMOS?! —rogó Hiriam

Era nuestra ilusión contra su autoridad pero la sonrisa que se dibujó en aquella anciana era sin duda un gesto inconfundible de complicidad y un permiso expreso para ir rumbo a nuestra aventura. 

—¡Rápido, plebes! —gritó Tito mientras se metía corriendo a la casa para ir hasta el patio y nosotros íbamos entusiasmados detrás de él—. ¡Hiriam, Caro, ustedes tomen las palas de mi abuelo! ¡Hilse y Linda las cubetas! ¡Honofre y Aarón ayúdenme a quitar esto de aquí! ¡Chingily y Roberto agarren nanchis y mangos para los duendes… y abran el zaguán también! ¡Yo voy por la carreta, Rodrigo ayúdame! 

Para cuando Tito logró acomodar la pequeña carreta del abuelo y limpiarla un poco nosotros ya traíamos en nuestras manos todo lo que nos pidió. Chingily y Roberto abrieron el viejo zaguán azul e incluso Wuatusi —el perro mestizo que mi abuela siempre vio como un Pastor Alemán de raza pura— se unió a nuestra carrera contra el tiempo. 

Apenas mi abuela nos vio salir por el zaguán nos gritó una última advertencia. 

—¡EN CUANTO EMPIECE A OSCURECER SE REGRESAN, ¿EH?! 

Escuchamos su orden pero estábamos tan sumidos en nuestros pensamientos que creo que ninguno de nosotros contestamos. 

Y corrimos. Corrimos como jamás en la vida habíamos corrido. 

¡Ojalá ustedes hubieran visto aquella escena! Ojalá ustedes hubieran sido testigos fieles de aquella tierna inocencia. No éramos un puñado de niños corriendo por oro. Éramos más que eso. Éramos la infancia misma persiguiendo sus sueños más ingenuos. Éramos la ternura personificada en una mentira dulce de una anciana que quizá, muchos años atrás, también soñó con perseguir arcoíris, aviones y cometas. 

Y allí íbamos; nosotros contra el mundo. Nosotros contra la lógica. Nosotros contra la razón. Hiriam, Carolina, Rodrigo, Tito, Chingily, Hilse, Roberto, Honofre, Aarón, yo y Watusi. Todos contra el viento. Siempre contracorriente. Esquivando banquetas, carros, bicicletas perros del barrio, señoras sentadas en las aceras, chismes baratos, sillas, árboles y niños mojados de la lluvia pasada. Ignorándolos a todos; ignorando sus gestos confundidos al ver pasar a los nietos de doña Librada corriendo como gacelas por la calle Gabriel Leyva; persiguiendo arcoíris más allá de un cementerio que cada vez se divisaba más cercano; llevando en las manos carretas de albañilería, palas, cubetas, nanchis y mangos. Recipientes vacíos para el oro que rebosaría en ellos en un par de minutos; comidas para los duendes irlandeses que aparecerían a nuestros pies mientras nos entregarían nuestra lotería perfecta y que, seguramente, nos pondrían una corona de tréboles de cuatro hojas en la cabeza. 

—¡Con lo que junte… —gritó Chingily asoleado— me voy a comprar la tienda de Don Daniel! ¡TODA! 

—¡Y yo la de La Pachita! —le respondió Roberto

—¡Yo la guardaré para comprarme un perrito en navidad! 

—¡Y yo ropa! 

—¡Y yo un robot! 

—¡Me voy a comprar todos los tazos del mundo! 

—¡Y libros! ¡Y casetes! 

—¡ME VOY A COMPRAR TODO EL VIDEOFOX! ¡ASÍ TENDRÉ PELÍCULAS PARA TODA LA VIDA! 

—¡YO CREO QUE ME VOY A COMPRAR EL BANCO! ¡MI PAPÁ VA A SER MI EMPLEADO  Eso es raro ¿verdad? 

Para cuando expresamos todo lo que pudimos expresar ya habíamos llegado a una de las calles laterales que rodeaban el panteón y nos topamos de golpe con una realidad más dolorosa que cualquiera de nuestras peores pesadillas: el arcoíris estaba desapareciendo y junto con él se esfumaban todos nuestros sueños.

¿Qué tanto se puede decepcionar un niño de la vida? ¿En qué momento captas que todo el esfuerzo del camino recorrido ha sido en vano? ¿Dónde puedes meter tú tanta vergüenza y tanta derrota? 

Nos detuvimos de golpe al ver cómo aquel arcoíris pasaba ha ser el más descolorido de todos los arcoíris del mundo y se nos fue la voz cuando ya no fuimos capaces de distinguir sus siete colores. El oro se había ido… y seguramente los duendes también. 

—Se fue, —señaló Tito con tristeza— ya ni se ve que toque la tierra. Vamos. 

Regresamos a casa con las cabezas gachas, tristes, llenas de desaliento, aunque al poco tiempo el abuelo nos quitó la congoja con una moneda de cinco pesos para cada uno. Al final, Chingily no pudo comprar la tienda de Don Daniel pero se conformó con unas frituras y una tarde viendo caricaturas en la televisión. 
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Aquella, queridos familiares y amigos, fue la peor guerra que habíamos perdido. Mentiría si dijera que allí murió nuestra infancia porque hubo momentos tan mágicos después de aquel fracaso que jamás pasaría por mi cabeza decir que desde aquel entonces aprendimos sobre las mentiras de los mayores. Nos tragamos esa y muchas otras mentiras más después de aquel momento. Éramos tan niños que aun queríamos creer que existían los ratoncitos de los dientes y reyes de oriente que dejaban regalos a los pies del árbol de Navidad cada enero. Muchas Noches Buenas miramos al cielo jurando por todos los santos que veíamos pasar un trineo de renos surcando los cielos de Escuinapa y jamás nos arrepentimos de aquello. 

Éramos tan niños como lo son o lo fueron ustedes. Niños que creían en los cuentos de hadas y en los viejos fantasmas que merodeaban por aquella casa vieja donde la abuela hacía sus quehaceres y escondía sus tristezas. 

Me gustaría ser egoístas ¿saben? Tan egoístas como los que me han antecedido. Como aquellos que insisten en que su infancia fue mil veces mejor que la infancia de los niños de ahora. Hay quienes piensan que los niños de hoy tienen la mente podrida por culpa de la televisión, los videojuegos y el Internet. A estas alturas aquello me resulta un anacronismo de proporciones épicas. Los niños son niños y no importa cuánta tecnología exista a su alrededor aun tendrán tiempo y ganas de formarse sus paraísos imaginaros y sus aventuras en un mundo real que evoluciona a pasos agigantados. 

Aun recuerdo a la abuela Librada viéndonos jugar con el Super Nintendo en la habitación del abuelo; con las luces apagadas y las ventanas cerradas. Amábamos ese lugar. Ella llegaba, nos encendía la luz de golpe nos obligaba ha abrir las ventanas y terminaba su acto con un discurso de cómo nuestra infancia estaba arruinada por culpa de ese aparato; y nos contaba su niñez y sus juegos y la bondad de aquellos años difíciles que procedieron después de la terrible Guerra Cristera; presumiendo, además, de haber tenido una infancia verdadera. Y ahora, mirando en retrospectiva, me atrevo a admitir que por nada del mundo cambiaría a la generación que me tocó por suerte, ni las condiciones económicas en las que crecí. Fue mi infancia, fue especial, fue única e irrepetible y jamás dejaría que otro la viviera por mí. 

Todos deberían tener un pensamiento así. Todos deberían dejar que cada niño forje su universo infantil a su manera, que cree sus propios recuerdos con otros niños para que en las próximas décadas sean capaces de mirar atrás y ver con cariño el tiempo pasado; perfecto e inocente que se asomará desde el más recóndito recuerdo. 

Así que aquí lo tienen, pequeños. Dilan, Danna y Melany; sólo quería enseñarles esta anécdota del pasado. Sólo quería mostrarles un poco de aquellos días borrosos de lluvias, truenos, abuelas con mentiras bondadosas y arcoíris que desaparecían ante nuestros ojos. Vivan su infancia, vívanla como quieran vivírla, pero nunca pierdan la inocencia detrás de cada aventura. 

Sean niños antes de pretender ser adultos. Cuestionen todo, resuelven cada duda que tengan. Si ustedes creen que hay oro al final del arcoíris ¡vayan hasta el final y descúbranlo! Si creen que a Dios se le caen los cuchillos de las manos ¡trepen hasta el cielo para averiguarlo! ¿Les gustaría llegar a China escavando en la tierra? ¡Inténtenlo! ¿Quieren saber a qué distancia cae un rayo? ¡Cuenten los segundos entre relámpago y trueno y divídanlo entre 3! ¿No saben qué significa una palabra? ¡Abran un diccionario y búsquenla! Nunca dejen de aprender, nunca dejen de soñar y nunca pierdan su curiosidad. Pueden llegar muy lejos. :)

22 may 2011

De regreso al patio de la abuela...

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Misty falleció una calurosa mañana de primavera, hace ya dos semanas. Aun su ausencia nos parece increíble y de vez en cuando la nombramos por equivocación y olvido. Su último legado fue darme la oportunidad de visitar ese patio donde viví mi infancia, aquel lugar del que ya he hablado aquí con anterioridad. Misty fue enterrada a un costado de donde hace ya más de 12 años sepultamos a nuestro primer perrito y enfrente de, donde hace más de 10, dejamos el cuerpo de nuestro segundo cachorro. Olvidé mencionar que el patio de la abuela era también un cementerio clandestino de animales, una última morada para aquellos que nos acompañaron fielmente en un momento determinado de nuestra vida.

Misty amaba ese patio, ¿quién no podría amarlo? Inmenso en sus limitaciones y mágico en su vejez. Aun así ambas teníamos casi 9 años sin entrar en él. Nunca pensé que mi regreso sería cargando el cuerpo inerte de mi perrita en un cartón. Resulta que desde hace muchos soles el patio de la abuela había pasado a ser el patio del abuelo y nunca supimos si él nos daría permiso para enterrar a una mascota que seguramente ya no recordaba. Por suerte aun existe algo de amor dentro de ese anciano huraño y altanero; dijo que sí sin rechistar y hasta nos prestó las herramientas para cavar la tierra donde Misty descansaría. Pensé entonces que, dentro de esa coraza de hombre orgulloso y mal humorado, aun se encontraba un ser humano que ya había experimentado la perdida de un fiel animal, de esos que se mueren así, sin avisar, mientras amanece.

Entre cada removimiento del suelo seco, entre cada escarbada y cada palazo a la tierra, se me venían a la mente todo aquello que vivimos en aquel viejo patio. Fue allí, cerca de donde ahora duerme Misty, donde mi primo y yo soñamos con ir a China y en el proceso encontramos a un aborigen. Fue en ese mismo lugar donde imaginamos encontrar lingotes de oro y planeamos lo que haríamos con ellos. Fue allí mismo donde levantamos fronteras imaginarias para que el mundo y sus problemas no nos molestaran. Donde nos convertimos en pequeños empresarios (literalmente hablando) y convertíamos el lodo en hermosos pasteles. Y nuestra imaginación nos llevó a grabar con carbón en los ladrillos de la casa todo aquello que hubiéramos querido enseñarle a los niños si algún día hubiéramos tenido la grandiosa idea de ser maestros.

Han quedado muy atrás aquello sueños, pero se asoman, inocentes, por las paredes mohosas de aquel silencioso patio, entre los matorrales crecidos y los árboles que dejamos de ver hace casi una década. El viejo árbol de mango aun se niega a morir, esperanzado de que quizá, en un futuro, otros niños tengan la osadía de inventarse columpios para viajar en el tiempo o sentir alguna soga entre sus troncos cansandos para colgar una piñata y sentirse vivo.

Me fue inevitable no pensar en mis sobrinitos. Imaginar que ellos crecerán sin conocer una casa como esa, tan especial y con tantos recuerdos dentro de ella. Pensar que no harán sus guerras de agua dentro de aquella fortaleza. Que no patearán un balón para anotar un gol en el oxidado zaguán azul donde tantos Mundiales ganamos. Pero después pensé que no valía la pena tener la visión del derrotado y pesimista. Dilan, Danna y Melany está creciendo en un entrono distinto al mío, con otros paisajes y otros sueños. Su patio de juego seguramente será una parcela tan grande que su pequeña mirada apenas logrará ver el horizonte. A la misma edad en la que mi primo y yo intentamos llegar a China ellos ya habrán conocido más animales de los que nosotros jamás habrían visto en la ciudad. Será en en otra tierra donde formaran los inocentes recuerdos que en un futuro recordarán con cariño.

Sólo me queda dejarle a ellos el regalo que aquel patio nos dio, su felicidad y la belleza de su soledad. Este es un pequeño video que hice estando en aquel lugar tratando de inmortalizarlo en píxeles y frágiles capturas en movimiento. Y acompañado, al final con unas palabras de Mario Vargas Llosa.










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8 nov 2010

La abuela sigue aquí... (3 años después).

La abuela no se ha ido, sigue aquí, si pones atención en los detalles te darás cuenta que aquí está. Aunque los años pasen y traten de engañarnos seremos nosotros más astutos y podremos ver a aquella anciana que un día camino por esta tierra.

La abuela está en el café matutino que humea en la mesa. En las galletas Marías que aguardan pacientes su destino en un cesto. En los tamales colorados que pasan vendiendo todas las mañanas por la banqueta de esta casa. Está en lo sonrisa de los niños que corren para llegar temprano a la escuela y en la voz de algún conocido que deja un saludo de cortesía.

La abuela está en aquella vieja silla roja de plástico barato y en las revistas que de vez en cuando le traía alguno de sus antiguos vecinos. Ella está presente en el té caliente y las galletas de animalitos. En su libro favorito que reposa, polvoriento, en nuestro librero. Y en aquellos dulces medicinales que le hacían sentir un poquito bien.

Yo aun la veo recorriendo la calle de enfrente, recibiendo los rayos del sol sobre su oscura piel. La veo yendo y viniendo de una esquina a otra, contemplando la mañana, esquivando niños, saludando viejas amistades, derramando lágrimas sin querer.

La abuela dejó un pedazo de ella en cada rincón que visitó. En la cama y en la sala; en el porche y la cocina. Hay algo de ella en cada crucigrama sin contestar y en cada pluma perdida en este lugar.

La abuela está en la mirada vivaz de sus bisnietos y en la sonrisa inocente que emana de ellos. Está presente en sus sueños y custodia atenta sus pasos.

Hace tres años que la abuela murió, hace tres años que se convirtió en mil vientos. Cuesta creerlo, parece que fue ayer cuando su voz cantaba canciones por lo bajo. Cuando daba bendiciones y se persignaba al vernos partir. Cuando mantenía un Rosario en su mano y nos encomendaba a uno y mil santos.

Yo aun la veo en las novelas del horario nocturno y en el último noticiero de la noche. En su bastón y sus anteojos; en su andadera y sus sandalias.

Aunque ya no exista un cuerpo con arrugas que camine por los pasillos, ni cabellos blancos en mi almohada favorita, ni pies encallecidos por poner en aquellos viejos zapatos negros la abuela aun vive, esta todas parte y en todos lados. Está custodiando el caminar de nuestra vida. En las huellas que dejan nuestros pasos. En la canción religiosa que cantaba todos los domingos. En su desgracias y sus fracasos. En su risa y en su voz. En la fotografía desconocida que de vez en cuando nos encontramos.

Nunca lo dudes, la abuela sigue aquí, ella nunca nos ha abandonado.

7 sept 2010

La casa de mi abuela...

Casa de la abuela. Diciembre de 1993.
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Antes de que mi abuela falleciera pidió que, cuando la carroza fúnebre pasara por la casa donde vivió junto con mi abuelo, esta no se detuviera allí, pues en esa casa ella había vivido un infierno. Aquello me resultó curioso y sobre todo doloroso. No por lo que ella pidió sino por el hecho de que los mayores recuerdos de mi vida los viví allí... y fui bastante feliz.

La casa de mi abuela fue la patria donde icé la bandera de mi infancia, donde guardé el baúl que contienen los recuerdos que algunos días añoro. Es el lugar donde descubrí la magia que albergan los sueños infantiles y que custodiaba atentamente aquella anciana. Aquella casa era especial: fría y cálida a la vez. Enorme en su pequeñez y perfecta ante mis ojos. Era tierra neutral donde podía pedir asilo cuando así lo deseaba.

La casa de mi abuela olía a memorias, a ladrillos mojados en los días de lluvia, a mangos, nanchis y guayaba. En ella hicimos de las vacaciones aventuras inolvidables. Era el hotel gratuito de dos habitaciones donde cabían hasta 20 personas.

Guardo en mi memoria sus paredes y sus techos de ladrillo, sus muebles de madera, aquella televisión que nunca sintonizaba bien, el estéreo y sus discos de vinilo. Las viejas sillas negras que siempre estaban a un lado de la puerta principal, que silenciosas y enlutadas te pedían en secreto que las tomaras para salir a charlar a la calle todas las tardes del año. Recuerdo los crucigramas y la misión imposible de encontrar un lápiz o una pluma. Recuerdo la vieja máquina de coser en una esquina de la casa. El "corredor" y la "biblioteca" que mi abuela presumía con orgullo, o aquella mecedora del viejo Nicolás. La nevera viejísima que, para darle un nuevo aire de vez en cuando, la pintaban de colores variados. Recuerdo el chirrido del teléfono viejo y el susto que nos daba cuando sonaba. Tengo en mi memoria aquella mesita de madera en el centro de la sala, donde mi primo y yo nos sentábamos de vez en cuando para que la abuela nos ayudara a hacer la tarea mientras ella veía atenta algún capítulo de "Mujer, Casos de la Vida Real" y maldecía por lo bajo al hombre que le hacía la vida imposible a la protagonista en turno.

La habitación del abuelo era nuestra sala de juegos, podíamos estar allí desde la mañana hasta el atardecer. Hacíamos "casas de campaña" con las sabanas y su cama de 3 colchones. La convertíamos en cine los fines de semana y jugábamos a Mario Bros con algún Súper Nintendo prestado. Recuerdo a la abuela entrando a la habitación y pidiéndonos que abriéramos aquella pequeña ventana azul que tanto nos empeñábamos en cerrar.

A mi memoria también se vienen sus casetes de Paquita La del Barrio y cómo mi abuela decía por todo lo alto aquello de "¿Me estás oyendo inútil?" como queriendo que el abuelo escuchara sus palabras desde su lugar de trabajo, a varios kilómetros de allí. También recuerdo a Wuatusi, el perro de la familia, un Pastor Alemán que, según ella, era pedigree, "nada más que el pelo nunca le creció y se le quedó cortito-cortito". Lo cierto es que Wuatusi no era ni Pastor Alemán, ni pedigree, pero era todo un luchador, un perro que sobrevivió al moquillo canino y vivió casi una década. De él no tengo ni una sola foto, todas se quedaron en la casa de la abuela (la casa que siempre a sido de ella, aunque el abuelo se empeñe en cambiar escrituras y otras cosa), era fotogénico y siempre salía de colado.

En Navidad la casa olía a nostalgia y la familia se reunía para celebrar la vida y otras cosas. Había villancicos navideños y un pinito que brillaba en una esquina de la sala mientras en el patio los nietos corríamos y encendíamos luces de bengala mientras la abuela lloraba de felicidad. Eran los días de piñatas, fiestas, dulces y regalos. De anécdotas, planes y sonrisas. De viajes nunca realizados.

Han quedado muy lejos aquellos días. A mí me cuesta recordarlos a veces, en otras ocasiones pienso que no existieron, que sólo fueron un espejismo que mi mente a construido con los años, pero repaso las fotos de aquellos tiempos y me veo reflejada en ellas. Desearía que mis sobrinitos gozaran de todo lo que mis primos y yo disfrutamos durante aquellos días de la infancia. Que se pudieran divertir juntos tanto como nosotros lo hicimos, reventar globos en Año Nuevo, golpear la piñata el día de reyes, bañarse bajo la lluvia las tardes de verano y escalar arboles en el patio donde nosotros crecimos. Descubrir tesoros en lugares olvidados o comprar frituras en la tienda de Don Daniel, y uno que otro día sentarse a comer en aquella vieja mesita verde debajo del árbol de mango.

El siguiente video está dedicado a la memoria de la abuela y también a sus bisnietos, Dylan Andree, Danna Valeria, Melany (a quiénes no tuvo la oportunidad de conocer) y los que vengan en un futuro, para que conserven un poquito de lo que aquella casa fue y lo que significó para nosotros. El humilde video (realizado apenas en 30 minutos) está hecho con las únicas imágenes que yo tengo de aquella vieja casa, con las pocas fotos que guardo de mi abuela y con todo el cariño del mundo. El poema que recito es del cantautor mexicano Fernando Delgadillo, con unas pequeñas variaciones para adaptarlo a mi historia.

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(Fernando Delgadillo)

Las visitas a mi abuela
Me gustaban de mañana
Con ese modesto encanto
De un almuerzo familiar
Con un sol siempre asomado
En la boca de las ventanas
Despintando año con año
Las paredes del solar.

Y en un rincón del jardín
Donde crecen las gladiolas
Se maduran lentamente
Los botones y las horas.
Los muros y sus rincones
Visten musgo y otras cosas
Cosas para las que el tiempo
Pasa, pero se demora.

En la casa de mi abuela
Los muebles huelen a antaño
Porque desde que recuerdo
se han sentado ahí los años
y mi abuela los ha visto
como nunca los vi yo
ocupando unos lugares
que la familia dejó.

En la casa de mi abuela
Los retratos se codean
Se hacen de los recovecos
Y en los muros, cuchichean.
Siempre encuentro conocido
El cuadro de algún familiar
Rostros jóvenes de viejos
Que fueron quedando atrás.
Cuando acaba la mañana
Y en la casa de mi abuela
Todo el aire vespertino
Trae al patio por la puerta
Y en un rincón del jardín
Donde crecen las gladiolas
Se maduran suavemente
Los botones y las horas.

Me hallé en casa de mi abuela
Desde niña la manía
De admirar las pertenencias
Que fueron de la familia.
Sombreros, muñecas, ropa
Cartas, cajones cerrados
Cada objeto es un tesoro
De secretos olvidados.

De preguntas sin respuestas
Está lleno su ropero
De ropa limpia y doblada
Fotos, llaves y recuerdos
De respuestas sin preguntas
Se ha llenado el tocador
Y un espejo que le enseña
Lo que el tiempo le aguardó.

La tarde sabe a nostalgia
En la casa de mi abuela
Cuando plancha y yo pregunto
Cuando llora y se recuerda
Y en un rincón crecen las gladiolas
Se maduran dulcemente
Los botones y las horas.

Cuando el sol se está ocultando
La luz tardía se recuesta
Las sombras se alargan tanto
Que trepan por la pared
Cada objeto crea una mancha
Que cruza la casa vieja
Concediendo a lo que toca
La ansiedad que da la sed.

En la casa de mi abuela
Existe un cuarto de visitas
Para darle al que ha llegado
Un sitio donde pueda estar
Donde acude a cada noche
Ese silencio que lo habita
Porque hace mucho que nadie
Se ha quedado a descansar.

Cuando la noche se asoma
Y en la casa de mi abuela
Se entrecierran las ventanas
Y los ruidos se develan
Todo en sombras murmurantes
Y crujidos de madera
Que nunca se acomodaron
Y nunca han estado quietas.

Conforme pasas las horas
Hasta el viento tiene pena
De aplacarse en esta noche
De extraña movilidad
Sin sentir la expectativa
Fue en la casa de mi abuela
Donde se mueve el encanto
Que nos trae oscuridad.

Desde el jardín de la casa
veo su mole silenciosa
escondido en sus pasillos
sombras que vienen y van
veo a gente que la habitaba
me veo yo, cuando era niña
todo se marchó dejando
a mi abuela y los que no están.

Veo de niña su ternura
Todo ese amor que regó
Con la paciencia y dulzura
Que cultiva el sembrador
Y en su rincón del jardín
Donde crecen las gladiolas
Se maduran tardíamente
Los botones y las horas.

Hoy la casa tiene un cuento
Que recorre los pasillos
Que habla lo que va pensando
Y que olvidó que tiene edad
Y al pensarlo me pregunto
Me pregunto y me repito
¿Cómo entrar en esta casa
si mi abuela ya no está?

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POST RELACIONADOS:
- 80 AÑOS
- Vamos a jugar en el patio de la abuela.
Para leer la letra original del poema click AQUÍ. 
Para escuchar el poema en la voz de Fernando Delgadillo click AQUÍ.
La música que suena de fondo en el video es de el niño coreano Sungha Jung (Página Oficial)
Para ver el video de “The West Wind” click AQUÍ. Para ir a su canal de YouTube AQUÍ.

23 nov 2009

Vamos a jugar en el patio de la abuela

Imagen de la mitad última del patio de la abuela.
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—Es un nativo —me dijo mi primo Carlos Alberto con la sabiduría de un niño de 7 años—. De esos que vivieron aquí antes de que llegaran los españoles. Un indio, pues.

—Parece un hueso de pollo —le respondí.

—Es un nativo.

Yo era un año mayor que él pero su voz sonó más convencida que la mía así que le creí. Guardamos unos minutos de silencio en honor al misterioso hombre que murió en aquel pedazo de tierra.

No supimos que decir, era asombroso, quizá el descubrimiento del siglo.

Un aborigen en el patio de la abuela. Justo allí donde se encontraba un palo de madera clavado. Donde tantas otras veces mi abuelo nos había dicho "no me escarben allí que es donde está enterrado el Tiburón" (un perro pastor alemán). Pero no importaba eso ahora, allí estaba el cuerpo de un indígena que tenía huesos de pollo o algo así. No sabíamos si sentirnos felices por el hallazgo o tristes por lo frustrado de nuestra misión principal la cual era escarbar hasta llegar a China. Ya saben, como en las caricaturas.

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En el patio de mi abuela existía la magia. Poderes sobrenaturales que se escondían casi instantáneamente cuando intentabas buscarlos. Fantasmas juguetones que movían lamparas en la noche. Gallinas trapecistas que dormían cerca del cielo. Una lancha verde y mohosa que nos llevó a recorrer el mundo y jamás tocó el mar. No lo necesitaba: la imaginación de un puñado de niños era más grande que el mismísimo océano pacifico.

Allí existieron maestros de edades menores que sus alumnos y los pizarrones era de ladrillo y cemento. El conocimiento tomaba forma por medio de gises negros que los adultos llaman 'carbón'. Había clubs creados por nosotros mismos que abrían de 9 a.m a 5 p.m y sólo en vacaciones. Fogatas que se extinguieron antes de existir. Historias de terror que nunca fueron contadas de principio a fin por que el miedo siempre llegaba antes.

Allí, en ese lugar, México ganó el Mundial en seis ocasiones y sólo teníamos una portería de fierro ruidosa y de color azul que mi abuela insitía que se llamaba "zaguán", nosotros no entendíamos como podían ponerle un nombre tan raro a una portería. El fútbol era mixto y había igualdad entre hombres y mujeres. ¿Nuestro arbitro? Un señor grande y gruñón de 70 años al que llamábamos “abuelo” y que tuvo la mala idea de construir su habitación justo enseguida de 'nuestro estadio'. Nos daba dinero por tal de que nos calláramos.

Ahora que lo pienso... ¿eso no era un soborno?.

El árbol de mango, el más grande de aquel patio, guarda los cimientos de una civilización que soñó con llegar a las estrellas. Nuestra Torre de Babel. Cinco escalones de color café pegadas a su tronco son testigos en silencio de una casa de madera que nunca fue. Desde que aquel proyecto se destruyó jamás nos volvimos a entender, comprendimos que ya habíamos crecido demasiado. De sus brazos colgaron gruesas cuerdas que sostenían llantas convertidas en columpios improvisados hechos con mano barata infantil y herramientas robadas del cuarto del abuelo. Un secreto: al girar el columpio sobre su propio eje, podías viajar en el tiempo.

Fue el mejor salón de fiestas que un niño pudo tener. Navidad era mejor allí que en cualquier otro lugar del mundo. Se hacían explotar lo mismo globos que fuegos artificiales. Allí tuvimos las mejores piscinadas en una casa sin piscina. Existía un pozo de agua que nunca tuvo agua y que siempre estaba tapado. Inspiró tantas leyendas urbanas entre las mentes infantiles que es imposible describirlas todas, pero con un poco de suerte quizá podías encontrar lingotes de oro que eran añorados por muchos y maldecidos por otros.

Allí mismo declaramos la guerra en contra de los peores enemigos que alguien podía imaginarse, los mismo con los que horas más tardes compartíamos el mismo sillón y la misma mesa. Guerras mundiales que dejaban de serlo cuando alguien gritaba "¡Ya van ha empezar los Power Ranger!". Las bajas eran mínimas, o más bien, no existían. No había ningún conflicto armado que no pudiera resolverse con unas frituras compradas en la tienda de don Daniel. La batalla más épica que tuvimos fue aquella donde dos valientes bandos lucharon a todo o nada en una guerra sin cuartel cuyas únicas municiones eran globos de agua. Allí descubrimos que las jabas de colores que se usaban para poner la basura eran mejores que cualquier bloque de Legos ya que creaban fortalezas indestructibles.

Era el lugar perfecto para huir del aburrido y complicado mundo de los mayores.

Tengo años que no pongo un pie en ese patio. Paso por allí, lo veo, tan solo, tan falto de vida, tan silencioso y frío. Sin imaginación, sin risitas de complicidad, sin columpios en los árboles, sin balones de fútbol y sin estadios. Ya no hay magia allí, ni fantasmas, ni gallinas voladoras. Quedan los árboles con sus raíces y el cementerio con sus huesos, pero es como si la vida ya no estuviera allí. Le falta el calor de las voces infantiles, las guerras y las fiestas.

Quizá algún día vuelva a pararme por allí, contemplar todo lo bueno que se vivió, soñar con que otros gozarán de lo que yo viví. Con suerte, quizá, puedan sentir un poco del pedacito de humanidad que hace muchos años un puñado de niños le dibujaron en el espacio y en el tiempo para que se quedara de recuerdo en la eternidad.

1 nov 2009

¡Bienvenidos a la tierra de los vivos!

Imagen tomada el 2 de Noviembre del 2008 en el cementerio Benito Juarez.
Escuinapa de Hidalgo, Sinaloa.

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Hace varios años el día 1 de Noviembre mi abuela solía decorar un hermoso altar del día de muertos, se lo dedicaba a todos sus familiares fallecidos. Se veía hermoso. Después de eso se dedicaba a rezar un rosario en su honor. Era así todos los años, ese mismo día y al día siguiente. El tiempo pasó, ella murió y ya nadie más lo volvió ha hacer. Este día siempre la recuerdo a ella y a su altar y a aquellos que decidieron partir antes que nosotros. Dejándonos así, tan solos en este mundo caótico.

La abuela también tenía otra tradición que recuerdo con más cariño aun, ya que en una ocasión tuve la osadía de imitarla, y consistía en ir al patio de la casa (en la noche) y encender una veladora por cada alma que es recordada y otra más por aquella que es olvidada, formando al final una cruz que iluminaba a la distancia un jardín oscuro y frío. Todo eso lo encabezaba una veladora que venía en un vaso de vidrio, era la más grande y gruesa de todas, y su razón era la de ser encendida en honor al alma más vieja del pueblo.

Otra pequeñez que la abuela hacía muy en la madrugada, antes de ir a dormir, era dejar encendido un foco de la terraza de atrás, un foco que sólo se prendía en fiestas o cumpleaños que se prolongaban después de que el sol se ocultaba. En una ocasión le pregunté para que lo hacía y ella me dijo: "Para que las almas que vengan a visitar esta casa sepan que alguien las está esperando. Que entiendan que su peregrinaje desde el más allá, no ha sido en vano".

Pura sabiduría y verdad había en aquella anciana.

Hace un par de años que ella nos dejó, se supone que ahora es su oportunidad de visitar este mundo, lo triste de esto es que no hay nadie aquí que se invente un altar para recibirla esté día, ni un ser humano que encienda la luz trasera de aquel vacio patio para que sepa que alguien la está esperando, ni nadíe que coloque una cruz mientras recite nombres de muertos vivos en un noviembre que escupe aire frio. Ni calaberitas de azucar, ni pan de muerto al anochecer, ni platillos favoritos, sólo visitas efimeras al cementerio una mañana cualquiera.

Algun día, si la muerte no viene por mi antes de tiempo, pienso hacerle el altar que se merece, a ella y a todos sus muertos, será hermoso y eterno, como aquel pinito de Navidad que tanto soñamos con decorar juntas un día.

¡Te lo mereces abuela! ¡Que tengas un buen viaje de ida y de vuela!

21 jul 2008

80 años...

Ella era la abuela. La de los 79 años. La de los cabellos blancos como la nieve. La de la sonrisa fácil y de lento caminar. Ella era la reina humilde de la casa llena, la "sin trono y corona". La abuela noble. La de la palabra dulce. La de la mirada eterna. La amante de las sopas de letras y los tejidos. La que cantaba canciones de cunas. La que se dormía a las nueve y media después de terminar de ver "su" novela. La que despertaba a las seis de la mañana. La de "los dulces" con sabor a medicina. La de la taquicardia y los intestinos delicados. La que decía las oraciones en voz baja. La que derramaba lagrimas cada vez que veía llegar o marchar a sus hijos y sus nietos. La que amaba las navidades y a los animales.

La abuela buena de los ojos cansados. La de la canción alegre. La de los regaños sabios. La del gesto sencillo. La del rebozo gastado. La del beso mas puro. La que mis perros amaban. La consentida de los nietos. La que lloro cuando cayeron las torres y cuando estallo la guerra. La de los sueños raros. La enferma con la dignidad en alto. La que cenaba solo un té y pedazo de pan. La de los tamales colorados.

La que soñaba con volver a casa... La que hoy cumpliría ochenta años.

Esa era la abuela.
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Nota 1:Este texto fue escrito ayer en la noche pero hasta ahora tuve la oportunidad de publicarlo.
Nota 2:La imagen que aquí se ve fue tomada por mi hermana hace año y medio. Yo solo la modifique.

12 nov 2007

Un ultimo Adios para la Abuela...desde la distancia...

"Ha varios Kilómetros de aquí, en una pequeña ciudad, en el ultimo municipio al sur de Sinaloa la Abuela agoniza. Sus manos encallecidas, las arrugas en su piel y todo su cabello de algodón son testigos silenciosos y elocuentes de un camino duro y difícil pero hasta el último momento bien vivido. El ángel de la muerte lleva meses merodeando el hogar, pero por miedo a errar no se atreve a entrar.



En el transcurso de la historia de los años, entre el nacimiento de un nuevo siglo, descubrimientos científicos revolucionarios y un par de lustros después de la Revolución Mexicana la abuela nació en el año 1928 con los grandes de la historia como Gabriel García Márquez, Ernesto Guevara, Andy Warhol, Carlos Fuentes y el carismático Mickey Mouse en un mundo que era de todo, menos de fantasía. Un siglo XX tan sangriento como maravilloso, con 2 guerras mundiales, Holocaustos, Bombas atómicas, epidemias, televisión, luz y teléfonos... ahí fue donde creció y vivo la abuela, en un poblado con terraceria, casitas de ladrillo o de cartón con tortillas hechas a mano y en casa. Ajena por completo a las turbulencias del planeta.



79 años lleva en sus espaldas, todos los que la vieron crecer se han ido antes que ella, pero se queda, se queda por que duele irse, se resiste a dejar este mundo sucio y corrompido, por que aunque uno no quiera se encariña con el.



La agonía llega lenta y dolorosa, como queriendo que recuerde todo el dolor sufrido en el pasado, enviando un suspiro de muerte en cada respiro de vida, entre sueños y pesadillas, la abuela recordara su infancia, años de inocencia, de belleza, de juegos en el campo ajena por completo al llanto de un mundo materializado. En la cama de la pobreza, en la casa de la miseria la abuela morirá, con alientos de despedida cerrara los ojos, quizás ya no los abrirá... la vida se escapa o se esconde en cada delirio lleno de incoherencia y desvarió en cada abrir de ojos donde la muerte espera entrar....



Una vida que siempre le aviso que no seria fácil, una vida que la golpeaba en el alma cada vez que podía. sufrió y lo hizo en grande, con mil enfermedades, con cientos de problemas...pero la abuela ya no quiere seguir, desea cerrar los ojos y por solo una vez...soñar en PAZ, soñar con todo aquello que pudo ser y nunca fue, con otra esperanza quizás lleno de flores y campos, de ilusión y armonía, soñar con un lugar donde la vida no duela, donde el Parkinson no se vea, y la osteoporosis no se sienta... soñar quizás con un paraíso en la tierra, con la familia reunida, con una navidad eterna, un sueño donde el tiempo no pase, donde solo existan buenos momentos....quizás esta noche sueñe con un abuelo que no moleste, con no levante la voz, ni tenga olor a cerveza, ni se queje por pequeñeces, ni se sienta superior a ella.
Hoy seguro que la abuela soñara con todos aquellos lugares que visito y que ya no vera más, espero que se pase por esta casa para despedirse, espero q deje una leve señal para no desaparecer sin decir ADIOS. Lanzar una leve brisa de viento, que entre por la ventana y golpee mi cuerpo...así sabré que ella estuvo aquí...al lado de mi cama, velando mi sueño.



Yo, por mi parte, una de sus nietas, no puedo quejarme, gano batallas, muchos se han ido antes que ella. Para mi fue un honor haber sido su nieta, por ella aprendí a amar a los animales, esa fue su mejor herencia, eso es lo que aprendí de ella...y eso nunca lo olvidare....tal vez suene tonto pero si un día le jure a mi perrito que seria veterinaria para ayudar a los animales... a mi abuela le prometo lo mismo, por que ella me enseño que hay cosas en el mundo por las que vale la pena luchar.

Los milagros existen... yo vi millones de milagros en los ojos de mi abuela... "

Abuela...
Ya no sufras más,
Haz un pacto con el cielo y hecha tu alma a volar.
El sol saldrá mañana, no muy distinto a como salio hoy
Tu semblante, en cambio, tendrá el dolor de la agonía en la cara
Con tus cabellos blancos y tus manos encalladas
Tu rostro silencioso le gritara al mundo
La voz de tus lamentos, para que este pueblo no te ignore...
Para que la gente no te olvide.

Ya no sufras más...
Que hoy te vas tú, Gran Ángel Guardián...
Pero no te preocupes, mañana otro angelito vendrá
E iluminara nuestra vida, como lo hiciste tú
En su sonrisa se vera la tuya
Y en su mirada, inocente y tierna
Reflejara todos tus sueños y anhelos...

Ya no sufras más
Que al ratito vendrá San Pedro
A tomarte de las manos
Y llevarte directito al cielo.
Tú no necesitas permiso
Tú no necesitas ningún don,
Ni haber curado enfermos,
Para entrar al tan ansiado paraíso
Esa gran utopía de ensueño
Ese pase te lo ganaste
Cuando diste de comer a tus hijos,
Cuando arrullaste a tus nietos.

Te ganaste el Reino de los Cielos
Cuando cantaste una canción de cuna
Cuando viviste en tu hogar un infierno
Cuando lloraste lagrimas de paz
En un entorno de sufrimiento.

Cuando viste a tus hijos partir
De tu casa o de tu vida
Y te resignaste a su ida
Y seguiste por el sendero de
Esta turbulenta vereda.

Ya no sufras más, querida abuela
Que la brisa que entra esta noche por tu ventana
Se lleve tu vida
Antes que la muerte se la robe otro día
No muy lejano que seguro llega.

Ya no sufras más
Que yo nunca te olvidare
Te recordare todo el día
A todas horas y en todas partes,
Por que te veré en el parque
En la flor del cerezo
En los sueños que me e inventado.
Estarás en las brisas de veranos e inviernos
En las hojas de otoño
Y en las flores de las primaveras venidera.

Ya no sufras más
Por que ya no hará falta
Ningún medicamento que tomar
Ni "humitos" para aspirar
Ni pañales que cambiar
Allá donde iras, todo es perfecto...
Volverás a ser joven,
Y vestirás la ropa que tú quieras,
Podrás caminar por los jardines del paraíso
Platicar con los que se han ido
Y contarles tus grandes anécdotas.

Podrás conocer al Padre,
Sentarte al lado del Hijo
Y conversar con el Espíritu Santo
Sin restricción, ni escepticismo
Por que allá solo existe la fe
Allá solo existe el amor.
El dolor esta prohibido en el paraíso,
Las enfermedades no tienen lugar...
No hay demonios, ni fantasmas,
Ni sombras en la oscuridad...
Allá solo están los grandes:
Gandhi, "el Papa Bueno", la Madre Teresa,
San Juan, san Lucas, Santiago o Mateo...

Ya no sufras más...
Que allá en el cielo,
También están tus niños:
La bebita, Alejandro y Carlos Enrique
¿Acaso creías que se había ido para no volver a verte?
Claro que no, unos hijos se quedaron aquí para acompañarte en tu agonía
Y otros más se fueron arriba, para recibirte con tu alegría
Y darte una gran Bienvenida.

Ya no sufras más...
Que cada vez que miremos al cielo
Te veremos a ti...
En cada estrella que veamos en el firmamento,
En cada cometa que surque nuestro inmenso universo.

Ya no sufras más abuela,
Es tu turno de bajar de este loco tren
En el que te subiste hace tiempo,
Pero no te preocupes
Habrá algún mañana
Donde yo también tendré que bajar
Y deseo con ansias
Que estés tú, ahí... ¡esperándome al final!



.... pero al fin, yo se que la abuela no morirá, solo se convertirá en mil vientos...Escrito el:
MIERCOLES, 19 DE SEPTIEMBRE DEL 2007

Entrada Editada:

Librada Inda Hernandez "La Abuelita"

21 de Julio de 1928-12 de Noviembre del 2007

Q.E.P.D