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2 feb 2015

¿Pero éste drama de qué va y por qué yo no sabía nada?

Ehm, creo que necesito vacaciones. Así, como con urgencia.

¿Alguna vez han sentido esa terrible sensación de ahogo que se produce cuando aguantan la respiración por mucho tiempo? De pequeña me pasaba a menudo, casi siempre antes de dormir, cuando las luces se apagaban y la casa se quedaba a oscuras. Trataba de llenar mis pulmones de aire, pero no importaba cuánto inhalara, la sensación de insuficiencia se quedaba hasta que lograba dormirme. Tiempo después descubrí que eso que experimentaba era un ataque de ansiedad y aprendí a controlarlo (nunca totalmente). En aquel entonces el ataque se producía por miedo a morir dormida, por el terror que me producía la oscuridad o por el temor que me daba tener una pesadilla y mojar la cama (me pasaba muy rara vez y era horrible). Mi manera de evitarlo era dormir cerca de alguien —casi siempre con mi madre o mi hermana— y rozar con mis dedos parte de su ropa o su piel. Sólo ligeramente. Un poquito. Sentir que estaba tocando algo vivo me daba la seguridad de pensar que la vida no se me iría mientras dormía. Sí, suena estúpido, pero a los seis años eso evitaba que me sudaran las manos, me faltara el aíre y provocara que el corazón me latiera a mil por hora cada vez que era la hora de dormir. Otra opción era irme a la cama antes que todos, cuando las luces aun estaban encendidas y mis padres despiertos, pero casi nunca tenía sueño.

Con el paso del tiempo esos ataques de ansiedad se redujeron bastante; era extraño tenerlos salvo específicas ocasiones: exponer un tema frente a mis compañeros de escuela, realizar un trabajo en equipo, la entrega de calificaciones o cualquier cosa que implicara presentarme sola frente a una persona de mayor edad y autoridad. Sin embargo, sigo teniendo muy presente ese agobio, esa figurativa falta de aire que se produce cuando la ansiedad me supera (sin necesidad de que sea un ataque en sí) y se apodera de mi rutina durante semanas o incluso meses. Como una persona con Trastorno de la Personalidad por Evitación (TPE) y además asocial, es muy fácil distinguir cuando lo primero se antepone a lo segundo. No es siempre, no es todo el tiempo, no es todo el año, pero cuando sucede lo reconozco. Trato de llevarlo lo mejor que pueda, trato de superarlo sabiendo que vendrán días más despejados e intento continuar con mi rutina. Es algo personal; siempre lo ha sido. Algo que se sufre en silencio. No es fácil; de hecho, ya se me había olvidado lo que es vivir estresada todos los días. Este blog nació una noche de asfixia y desolación; nació adolorido y dañado (lo expliqué por aquí). Nació por la necesidad de expresarme ante un medio que sentía mío, desde que lo conocí, siendo sólo una niña, cuando el Internet era un sonido imposible que nacía de las entrañas de un teléfono conectado a la computadora. Este blog vio la luz en aquellos días universitarios que hoy, al pensar en ellos, me acarrean sólo sentimientos de frustración tan profunda que no me apetece traerlos al presente.   

Está de más decir que estoy feliz en mi trabajo. Es un trabajo chiquito, de mi propia familia paterna. Un trabajo que aprecio, valoro y quiero mucho, y que me ha permitido soportar más bullicio social del que jamás me hubiera podido imaginar en las tres décadas que están a punto de caerme encima. He interactuado con gente buena, jóvenes educados y niños a los que quisiera congelar en el tiempo para que no se esfume esa ternura que se les derrocha por la cara. (También me he topado con gente grosera, prepotente y mimada, pero no me apetece recordarlos). El asunto es que, cuando te haces mayor —dejas de ser estudiante y te convierte en trabajador— los días más preciados de tu infancia se convierte en tu peor pesadilla. Sobre todo cuando trabajas en un lugar donde las vacaciones son algo así como ¡LA MEJOR ÉPOCA DEL AÑO PARA VENDER! En ese caso mi felicidad se anula donde comienza la tuya. Y el estrés se apodera de mí. En realidad, hace muchísimos inviernos que la Navidad ya no tiene para mí el significado que tenía antes. Cuando era pequeña, esos días se convertían en la época de las semanas sin escuela, primos en la casa de la abuela y pijamadas interminables. No creo que sea una queja, sino una confesión. Tampoco me provoca depresión. Sino estrés. Agobio. Ansiedad.

Éste último mes de diciembre fue el rey de todos los meses ansiosos que he tenido en mi vida. Todo comenzó una semana antes de Navidad (supongamos que aquí fue donde empecé a aguantar la respiración; eso que mencioné al principio), cuando mi mamá fue internada de urgencia por un dolor que tenía en el vientre, al lado de la vesícula. El asunto en cuestión nos abordó a las dos solas. Mi papá estaba fuera de la ciudad y mis hermanos en Culiacán. ¿Saben el peso que eso puso sobre mis espaldas? ¡Joder! ¿Yo en una situación así? Ahí estaba, la más cobarde de la familia, con TPE, el colón irritable a full y el Síndrome de la Bata Blanca que me acompaña desde niña. Ahí, en un hospital que está donde da la vuelta el aire y empieza el estado de Nayarit. A las doce de la madruga, con mi madre y su dolor a cuestas. Fui valiente. Con mi adrenalina hasta el límite y mi mamá gritando que se moría, pues bueno, ahí me tenías maldiciendo a todas las ciencias médicas y sus ilustres declamadores del juramento hipocrático. Esa específica semana fue una mierda total (perdonen la expresión): ya habían pasado otro par de cositas que pusieron en jaque mis neuronas sicóticas, incluyendo una invasión de escorpiones en la casa que habitamos y la decepción tremenda que me dejó Marco Polo. Lo de mi mamá fue sólo la cereza sobre el pastel. Bueno, más bien fue la decoración que rodea el pastel de la desgracia. La cereza la puso nuestro vecino anciano que falleció justo cuando llegamos del hospital y escuchamos a las magdalenas del barrio llorar hasta el arroyo de nuestro pueblo. El anciano me caía bien. Era esa clase de persona que inclinaba su cabeza como gesto de cortesía cuando pasabas a su lado. Ese mismo día; sí, ese maravilloso día de otoño navideño, mi gato tuvo la esplendorosa idea de poseer gingivitis por el resto del año (¡Pero hay que tener pantalones para hacer eso, Maru!). Maru es el aguafiestas más reputado de mi nación. Tiene tres años y me ha amargado precisamente TRES navidades. HIJO DE PERRA (literalmente). En la primera Navidad que pasó con nosotros le dio diarrea, en la segunda lo atropelló un auto y en la tercera se le pudrió la boca. De hecho, este 2015 he empezado ahorrar para que en diciembre no se atasque todo mi aguinaldo en medicamentos para el niño mimado de la casa, porque eso ya no lo toleraría, ¡EH! XD

El veredicto final para mi madre aquella fatídica noche en el hospital era que tenía la vesícula llena de piedras y había que operar lo más pronto posible. No en plan de Emergencia pero vale, ese dolor que sintió ella no le apetecería sentirlo de nuevo y pues bueno ¡a operar!... Mi papá pidió las vacaciones antes de tiempo y a él le tocó viajar a Mazatlán y acompañarla durante los días de la operación. Mientras tanto, en mi casa seguían apareciendo alacranes como si estuviéramos frente a alguna plaga del Viejo Testamento. De hecho, le he dicho a Jesús que le diga a su papá que hay formas más bonitas de decirme que no me quiere.
[No contaré de aquella vez que me cayó aceite hirviendo en el labio, ni aquella otra en la que un pedazo de tortilla dura se incrustó en mi ojo, porque hay un límite para la vergüenza propia y estoy a punto de superarlo.]
El asunto en cuestión es que todo ese tiempo estuve trabajando. Y en vacaciones decembrinas mucho más. El día que mi madre fue dada de alta (a las 7h de la mañana), mi hora de entrada era a las 8h lo cual me jodió mucho por dentro y por fuera porque no dormí ni un segundo en toda la madrugada que mi madre estuvo hospitalizada. Ese mismo día tenía que volver al trabajo de 20h a 22h pero me caí rendida sobre la cama y desperté hasta el año 2035 después de Cristo, llegando tarde y quedando en ridículo con medio mundo, el cual no es mi pasatiempo favorito.

Ha pasado ya un mes de aquello, y dos o tres días de descanso semanal, y sigo sosteniendo el aire. La ansiedad está a tope. Siento que no he descansado desde aquel absurdo diciembre. No me haré la sufrida pero frustra un poquito, oye. Sobre todo porque los días no me saben a nada. Ni aquellos en los que trabajo, ni aquellos en los que descanso. Y al parecer será así hasta medidas de febrero, lo cual agobia un poquito más. Estoy intentado lidiar con ello lo mejor que pueda pero ¡Pfff! Incluso eso cansa. Y es aquí donde he llegado a la conclusión de que NECESITO VACACIONES. Y como no quiero pedirlas sino hasta marzo pues me vengo a desahogar aquí porque este blog está para eso y mucho más ¿no? XD Sí.

Hace un par de años, cuando descubrí que mi drama social tenía nombre y estaba catalogado dentro de los trastornos de la personalidad que llevan inquietando a los psicólogos desde que se dedican a sus labores, intenté buscar un refugio cibernético donde pudiera encontrar a otros como yo. Por ahí alguien mencionó que conocer a gente que pasa por el mismo problema que tú te ayuda a expulsar esa sensación de desolación cuando sientes que nadie te entiende. Encontré un foro privado (en el cual nunca fui aceptada) y mandé una solicitud de amistad a un grupo de Facebook que iba directo al grano y se llamaba así, Fobia Social. Nunca he publicado nada ahí, jamás me he presentado, no doy deditos arriba, ni comentado nada porque aquí es donde mi asocialidad se asoma: estas personas no me interesan en lo absoluto. No me apetece interactuar con ellas, ni ofrecerles mi experiencia y sobre todo los post son tan erráticos y diversos que me aterran tanto como me confunden. Eso sí, gracias a ese grupo he aprendido a apreciar infinitamente a mis padres: los pilares que sostienen lo que soy; lo que siempre he sido. Es depresivo hasta límites irrisorios pasear por el Muro de este espacio para atestiguar la amargura de quienes desahogan ahí sus penas. Una válvula de escape que jode más al lector que al que publica (y quizá más a los moderadores). Chicos y chicas que tienen su autoestima embarrada en el suelo y pulida con tristeza. Entes miserables que escupen cuánto dolor traen a cuestas: desde la indiferencia de sus familias, hasta hostigamientos estudiantiles o laborales, e ideas suicidas. Entonces pienso en quienes me rodean y la vida tan maravillosa que he tenido desde pequeña. Incluso, en mis peores días en la escuela, siempre podía dar la media vuelta y regresar a casa, donde sabía que jamás me sentiría rechazada. Mis padres, esos seres maravillosos que seguramente han acumulado más decepciones conmigo que con cualquiera de sus otros dos hijos, jamás me han exigido algo que roce los límites de mis capacidades. Siempre me han dado la libertad de elegir. Además, han respetado mi personalidad como muy pocos lo harían. Jamás terminaré de agradecerles tanto.

El problema es ese, teniendo TPE no ha sido suficiente para que mi asocialidad me permita identificarme con quienes lo sufren día a día. Lo cual me provoca un poco de pena propia (poquito nada más), porque es complicado confabular dos toques tan peculiares como la fobia social y la asocialidad para desembocar en el combo break! que soy yo. Veo a estas personas en ese grupo de Facebook, ansiosos por encontrar amigos, novios o una cura para su trastorno y simplemente no puedo comprender por qué querrían hacerlo.

Vale, basta de melodramas. El asunto es que necesito vacaciones lo más pronto posible o tendré un colapso mental mega épico que para qué les cuento. Luego les hablaré de mi dolor de encías, el vértigo que traigo encima y la operación de Umi para removerle un tumor la próxima semana. 

13 ago 2013

Umi y Maru: entre nómadas y egipcios.

Umi y Maru (enero del 2012).
Esta mañana Maru me dio tres golpes en la cabeza con su pata. TRES. Tenía las patas traseras apoyadas en mi cama y las delanteras se dividían entre el pasamano de mi silla y la difícil tarea de golpearme la cabeza. Yo intentaba concentrarme en la pantalla de la laptop; revisando el correo electrónico, las páginas de los periódicos locales, las noticias internacionales. Facebook en una pestaña, Twitter en otra. Miré de reojo a Maru pero pretendí ignorarlo; mi gato, por su parte, estiraba su cuello exageradamente, como si pretendiera ver la octava maravilla del mundo o Godzilla emergiendo de mi cráneo.

Me golpeó por cuarta vez. Fue un movimiento ninja, a la velocidad de la luz; duro y certero. De esos que no ves venir ni en los cálculos matemáticos más optimistas. Le dirigí una mirada asesina, una de esas que vierten toneladas de decepción y finísimo dolor en lo más profundo del subconsciente humano.  

—¡¿QUÉ.DEMONIOS.PASA.CONTIGO?! —le gruñí entre dientes.

Se lo dije así, con todos los signos de exclamación, interrogación y puntos intermedios permitidos en el mundo de la gramática; con todas las pausas debidas y el silencio de suspenso entre cada palabra. Ésta vez sí lo encaré, le miré de frente y le repetí la pregunta (¿de verdad creemos que las mascotas algún día nos responderán en el mismo idioma?), pero Maru no me veía. Tenía la mirada perdida en algún punto muerto entre mi frente y mi cabeza. Cuando me giré para interrogarlo su carita se llenó de un inmenso asombro; sus pupilas se dilataron a un más y su boquita se abrió como expresando un ¡Oh! silencioso.

—¿Qué? —le pregunté con sequedad tocándome la frente con la mano, un poco preocupada por su actitud—. ¿Tengo el número del anticristo tatuado en la frente o qué rollo?

Maru sólo movió su carita de espanto de un lado a otro, tratando de mirar aquello que ahora estaba tapado por la palma de mi mano. Lo cierto era que yo no sentía nada en la frente. Todo liso, nada extraño. Aun así no me quedé con la duda, fui al cuarto de baño y me miré en el espejo. Además de las marcas rojizas en la piel, producto de la agresión de mi gato, no había nada más.

—Estás loco —sentencié cuando regresé a mi habitación.

Continué con mi vida, él continuó con la suya y cuando menos lo pensé ¡UN QUINTO GOLPE! Apenas me giré y lo tenía a mi lado, con la misma expresión de antes y una de las patitas delanteras suspendida en el aíre, preparada para lanzar un sexto ataque ninja.

—¡Deja de hacerme bullying! ¡No tengo nada en la cabeza, mira! —agité todo mi cabello y le ofrecí mi cabeza para que se percatara de que nada raro había en ella, con la vana esperanza de que no me golpeara otra vez. Pero ya no lo hizo. En lugar de eso su mirada parecía danzar siguiendo una misma línea alrededor de la habitación y finalmente se ubicó en Umi, mi perrita. Maru brincó de la cama y rápidamente se dirigió a ella... Y la golpeó. Tal y como lo había hecho conmigo.

Tardé otros 35 minutos en percatarme de que, aquello que lo entretenía, era un simple bobo, uno de esos insectos diminutos que se la pasan volando en círculos alrededor de focos, lámparas, personas o animales; como lunas errantes de planetas distantes. Al final no supe cuántos golpes recibió Umi pero cuando Maru se aburrió le dio media vuelta al mundo, se subió a mi cama y se durmió.
.....................
A veces me pregunto si mi gato sabrá que soy persona; que tengo sentimientos y que voy por la vida pensando en el bienestar de la gente, dándole de comer a animales que no son míos y construyendo mundos imaginarios en mi mente. Pero de verdad dudo que lo entienda, y si lo entiende, aquello le resulta totalmente indiferente. Incluso cursi y absurdo.

Miro a Umi, lo miro a él y a veces los comparo (¡craso error!), sólo para descubrir que son diferentes hasta en la sombra. La ternura de Umi, la soberbia de Maru. Los ladridos de ella, los maullidos de él. Umi no ataca a los gatos y Maru quiere jugar con todos los perros del vecindario. Tienen complejos de animales que no son y no sé cómo decirle a ellos que las circunstancias los hizo distintos al restoUn día lo intenté, pero creo que fracasé. Más bien una noche. (Una madrugada, de hecho). Aun no lo tengo muy claro.

—Resulta que a tus ancestros los domesticaron para que cazaran roedores —le dije con sabiduría a Maru. —Y a tus ancestros para que ayudaran a los primeros hombres a cazar en manadas a animales pesados y peligrosos —le mencioné a Umi.

Maru dio un bostezo grande y aburrido. Se durmió. Umi me pidió un palito de carnaza. Mientras abría el bote de los palitos, y teniendo toda la atención de mi perrita, seguí contando la conclusión final mi cuento. O fábula. O lo que sea que aquello haya sido.

—El premio que los gatos recibían era el animal mismo que cazaban, Umi. No había necesidad de compartirlo. ¿Cazabas un ratón? Comías un ratón, ¿cazabas dos? Comías dos, y así. Pero la cosa no acababa ahí, creo que los egipcios hasta les daban leche. Y palacios. Y grandes edificaciones con estatuas de oro. Y salmón. Y cosas bonitas como esas. Eran mejor que emperadores. Eran como dioses en forma de felinos. Finos y suaves. Elegantes incluso para matar y para exterminar plagas.

Le di a elegir a Umi entre un palito de pollo o uno de res. Escogió el de res y comenzó a masticarlo moviendo el rabo con alegría.

—Ustedes no —continué mientras cerraba el bote y me sentaba en un costado de mi cama—. El lobo domesticado sólo recibía las sobras. Las entrañas de los animales muertos que los hombres no querían, la carne podrida o dañada, los huesos.

Umi levantó la cabeza cuando pronuncié la palabra huesos y movió sus orejas dándome a entender que reconocía aquel sonido.

—Huesos de carnaza no. Huesos grandes y duros; feos. Llenos de sangre y grasa —le especifiqué—.  Y aun así, ustedes se quedaron con nosotros. Ahí, en la intemperie, afuera de las cuevas; soportando gélidos vientos de invierno y calurosas oleadas de verano —Umi me miró intrigada, como si entendiera mis palabras—. No hubo palacios para ustedes, ni esfinges, ni un cuenco de leche tibia esperando entre las esquinas y los pilares de piedra y mármol. No hubo figuras de oro moldeadas con sus perfiles. Ni salmón, ni nada —la mirada de Umi se oscureció un poco; la mía también—. Quizá una caricia de vez en cuando de la mano encallada de algún nómada, o un pedacito más de carne y grasa del último animal cazado. Tal vez un trozo de trapo delgado para protegerse de alguna tormenta de nieve, o un recipiente con agua sucia del río pasado. Quizá un rinconcito chiquito al lado de la fogata recién nacida. O una palmadita en el lomo y el susurro de un buen trabajo pronunciado en lenguas muertas hace siglos. Sólo eso.

Umi fue y se echó a un metro de mi cama, aun con las orejillas alertas escuchando mis palabras. Maru dormía plácidamente en el colchón, a un lado mío.

—¿Qué nos dieron ustedes a cambio? —pregunté—. Nos dieron todo. El gato no, Umi. El gato dio sólo lo que quiso. Jamás cedió su dignidad ni un ápice de más de lo que quería. Los perros se adaptaron a nosotros y nosotros nos adaptamos a los gatos. Ustedes y nosotros en manadas, ellos de forma independiente. ¿Cómo vas a explorar el mundo, Umi? ¿Acaso no giras tu mirada hacia mí más de una vez cuando sales a la calle y me pides en silencio que te acompañe? ¿Alguna vez has visto a Maru hacer eso? ¿Girarse para pedirme permiso, para acompañarle a su misión, para cazar en manadas? Jamás. Ellos no piden permiso. No cazan en manadas. No nos necesitan para eso. Nos necesitan para otras cosas. Para darles un techo cuando tengan frío. Para abrirles las ventanas cuando se quieran salir. Para avisarles que hay un ratón merodeando en la cocina. Para ayudarles a escalar árboles peligrosos y llamar a los bomberos cuando no puedan bajar de ahí. Para cambiarles el arenero y escucharlos ronronear cuando se sientan felices, cosas como esas... Así que, Boboma, piensa en eso antes de dormir. Ustedes dos son muy diferentes, ¿lo ves? Aunque él haya crecido contigo sigue siendo 100% gato, en actitud y todo.

Yo me callo. Umi se duerme.

¡Tan diferentes! Y aun así, tan extraordinarios. De vez en cuando regreso al pasado y miro las primeras fotografías de Umi y Maru juntos. Lo que significó para ambos haberlos reunido en momentos tan difíciles como los que estaban viviendo. Umi necesitaba compañía después de la traumática muerte de su hermano. Maru necesitaba una mamá. Ella de 9 años. Él de 4 semanas. Cuánto ha pasado desde entonces. Cuántos ladridos y cuántos maullidos. Arañazos y lengüetazos por igual.

—Como dijo alguien por ahí, Umi —añadí a pesar de que mi perrita tenía el cansancio dibujado en el rostro—: con ustedes hicimos el mejor trato jamás logrado por el hombre.

—Y en cambio ustedes los gatos… —me tumbé sobre la cama y me volteé para mirar a Maru— podrían ser el mejor amigo del hombre, pero nunca se dignarían en reconocerlo.

Maru ni se inmutó. Su perfil felino se dibujaba tranquilo en la sombra que golpeaba la pared de mi habitación. Como una pantera en reposo. Como un bebé león. Como el imponente tigre de William Blake, pensé. Comencé a acariciarle el contorno de su carita y recité la primera estrofa de aquel viejo poema del intelectual inglés.

Tigre, tigre que destellas, en los bosques de la noche, ¿qué mano u ojo inmortal podría reproducir tu temible simetría?

Esta vez Maru si reaccionó, con su excelentísimo porte (es sarcasmo) se estiró todo lo que pudo, bostezó con pereza, utilizó sus dos patitas delanteras para tallarse la carita con una flojera digna de cualquier postal, mientras se hacía bolita sobre sí mismo sólo para esconder su cabeza entre su pecho y sus patas. 

Finísimo, pensé. Y continuó durmiendo. Umi se a acostar su camita y la madrugada se convertía en absoluto silencio.


Umi y Maru, verano del 2012.

17 ene 2013

Pedro, el gallo.

Hay un gallo viviendo en la casa deshabitada que tenemos en seguida desde hace varios días. De dónde llegó y por qué está ahí, no lo sabemos; un día apareció él y una gallina. Eran la pareja más perfecta del mundo y no lo sabían. A la gallina la atraparon hace tres días y la metieron a un comercio de chicharrones que está en la esquina y jamás volvimos a saber de ella... Qué en paz descanse la novia de Pedro.

Pedro le canta todo el tiempo a su gallina desaparecida; es la nueva versión del gato viudo. El gato viudo remasterizado y emplumado. Canta a las doce del día y a las tres de la madrugada, de noche y de día, por su Julieta desaparecida. Se le escucha el dolor en el canto, quizá sólo sea el frío, pero me gusta pensar que es dolor; congoja por su compañera muerta. A veces me levanto en la madrugada y escucho en su canto todos los lamentos del mundo. Ni las trompetas del Juicio Final erizarán tanto la piel.    

A Maru no le agrada todo esto, no lo dice pero su mirada lo delata. La primera vez que lo escuchó agrandó sus ojitos con temor. Para mi gato, Pedro es un animal mitológico perdido en el olimpo de los dioses griegos que un día decidió descender al planeta Tierra y quedarse a vivir un tiempo en la casa deshabitada de enseguida. El canto de Pedro es una declaración de guerra para Maru; mueve sus orejitas cuando lo escucha y muy en el fondo reniega porque es incapaz de verlo y mucho menos de atacarlo. Es como un dragón o un unicornio, no se deja ver, por eso no hay fotografías de él. Es un fantasma. Pero existe y Maru lo sabe y sueña con cazarlo pero le teme, su canto lo asusta y se despierta también en la madrugada, como yo, aunque ya nos estamos acostumbrando a su presencia, quizá pronto nos hagamos a la idea de que Pedro vivirá hasta el fin de los tiempos ahí, en la Narnia de Maru, en su tierra prometida, en el lugar donde las plantas crecen.

El nombre de Pedro se lo he puesto yo, así sin más, fue lo primero que se me ocurrió cuando lo vi en lo más alto de aquel árbol. "Tiene cara de Pedro" pensé. Sobre él, se edificaron todos los templos y se levantaron los escombros. Es un gallo sobreviviente de holocaustos imaginarios. Es un Adán cuya Eva desapareció lejos del Jardín del Edén, en el puesto de chicharrones de la esquina (el lugar menos glamoroso para desaparecer a una gallina) y sobrevive como puede en medio de una tierra encantada, un jardín inhóspito y cruel donde se reúnen gatos mafiosos por las noches para planear su última travesura felina. Es mi nueva mascota y ya le agarré cariño, cuando consigan llevárselo lloraré y lo extrañaré por las madrugadas y contaré sus hazañas a los niños no nacidos. Es mi mascota, aunque Umi pase de todo esto y Maru me mire feo.

Pedro existe, en serio. Un día le tomaré una foto y se las mostraré. No faltará quien piense que es Photoshop.

28 dic 2012

¿Por qué Maru cruzó la carretera?

Podría dar una cátedra sobre por qué Maru decidió un día cruzar la carretera, dejarme con el santoral en la boca, caminar como si el mundo no le importara, tomar posición suicida y divertirse en el proceso. Podría hacerlo, pero es un gato y probablemente cualquier cosa que diga estará equivocada, porque si hay dos seres que jamás en la vida se entenderán serán el hombre y el gato. Linda y Maru

Mi gato no sabe cruzar carreteras, ni calles ni nada. Y si lo sabe poco le importa llevarlo a la práctica. Como todo buen felino domesticado, soberbio y con aires de divo cuya arrogancia se le resbala por la mirada, Maru creé que el mundo gira a su alrededor. No puede ser de otra manera, ¿cómo podría ser de otra manera? El mundo con sus autos, el mundo con sus motos, el mundo con sus humanos, con sus perros y sus otros gatos deben rendir alabanzas hacia él. No aceptan que el chiste sea contado de otra manera, ¿de qué serviría eso? 

La última vez que Maru decidió cruzar la calle fue el pasado 25 de diciembre en la mañana. No hay mejor momento para hacerlo que un día inhábil, festivo, con más gente con resaca y comercios cerrados por kilometro cuadrado que cualquier otra festividad del año. Y claro, en la mañanita para hacerla de emoción. Mi gato viviendo al límite, como siempre. 

A Maru lo atropellaron. No sólo le atropellaron el cuerpo, también la dignidad y el orgullo… y la patitas de atrás. Aun así llegó caminando a casa. La adrenalina del revolcón y lo altanero de su especie le dieron fuerzas para entrar y mirarnos con unos ojitos que expresaban con temor el haber visto la muerte muy de cerquitas. Tan cerquita que llegó ausente, sin llorar; como la mirada de un niño cuando ha sido testigo de algo grotesco por primera vez. No hay nada peor que vivir una mala experiencia por primera vez en la vida. Es algo que se te queda en el subconsciente y que regresa de vez en cuando para atormentarte las noches más tristes sólo para joderte los sueños. Presiento que yo también tuve aquella misma mirada cuando a los 8 años vi cómo mataban un cerdito a machetazos en el patio de mi abuela mientras éste lloraba de dolor. Un destello de terror e incomprensión. 

Ésta Navidad del 2012 eso fue lo que me amaneció, mi gato atropellado y todas las veterinarias cerradas, empezando por el veterinario de Maru, quien no se encontraba. Si hay una cosa que no soporto es ver a un animalito sufriendo y sabía que a mi gatito le dolía todo su magullado cuerpecito. Mi hermano y yo recorrimos las veterinarias que conocíamos y finalmente decidimos ir a una que muchos conocidos de buena fe nos recomendaron una y otra vez meses atrás porque “cobran barato y atienden bien”, y además de eso tenían un número de emergencia que, me imagino ¡es para emergencias! ¿no? “Queda por la calle Occidental”, nos decían. 

Emergencia. (Del lat. emergens, -entis, emergente). 3. f. Situación de peligro o desastre que requiere una acción inmediata. 

La susodicha veterinaria estaba cerrada pero su número de emergencia estaba escrito inmensamente en la parte superior de la casa/consultorio. Regresamos a casa, marcamos y nada. Volvimos a marcar y nada. Lo intentamos de nuevo y nada. Porque claro, no existen las emergencias el 25 de diciembre. Moléstame cualquier día del año menos este, pensarán. Tampoco el 1° de enero, porque es sagrado, dirán también. Todo eso es perdonable, lo sé. ¿Quién no podría estar ocupado ese mismo día haciendo otra cosa además de ejercer su profesión? Al fin y al cabo somos humanos y deseamos salir de la rutina. 

Recorrimos las veterinarias por la tarde y la cosa no cambió mucho, pero esa que estaba por la Occidental tenía la ventana abierta y un tipo que estaba afuera nos dijo muy quitado de la pena “Pasen, está abierto y hay gente adentro” y eso hicimos. Bien pudimos saquear toda la mercancía para mascotas y los dueños jamás se hubieran dado cuenta porque abrimos la puerta, entramos y nadie salió a recibirnos. A lo lejos se escuchaban niños, un perro y varios adultos platicar. Allá a la larga salió un joven pregúntanos qué se nos ofrecía. Le preguntamos que si estaban consultando y nos dijo que no. Le dijimos que teníamos un gatito atropellado y que tenía mucho dolor y no sabíamos qué darle para que no le doliera tanto. Y ya. No nos preguntó cómo estaba, qué tan grave era la herida, dónde lo había golpeado el auto, qué parte le dolía. NADA. Sólo nos preguntó cuánto pesaba. Le dijimos que probablemente más de cinco kilos. Se fue a un lugar oculto del consultorio para darle “algo para el dolor” y diez minutos después llegó con la posición mágica cual curandero de pueblo… dos jeringas con desparasitante. ¡DOS JERGINAS CON DESPARASITANTE! ¡LE PEDÍ ALGO PARA EL DOLOR DE MI GATITO ATROPELLADO Y ME DIO DOS JERGINAS CON DESPARASITANTE! Y TODAVÍA TUVO EL DESCARO DE DECIRME “Me lo traen mañana, a partir de las ocho de la mañana ya está abierto” ¿EN SERIO TU VIDA, HIJO? Uno como quiera pero ¿y el gato? Pudo decírmelo de otra manera ¿saben? De una forma más directa y más burda “No me apetece atenderlo, es mi día de descanso. Hasta apagué el celular porque hoy no quiero atender emergencias. Probablemente va a morir, así que para que dejen de enfadar les voy a dar esta madre que no sirve para calmar el dolor pero me vale porque ustedes nunca se van a enterar; por lo menos morirá desparasitado. Si el animal sobrevive me lo traen mañana tempranito porque ocupo el dinero, obviamente. Ahí que el gato se aguante el dolor por quince horas más. Qué más da, yo no soy el que lo verá sufrir todo ese tiempo”. ALKSJSKLADJKLSAJK. Miren que un veterinario que le da a un gato desparasitante para “calmarle el dolor” nada más para que los dueños dejen de molestar, no merece ser llamado veterinario ni merece ser llamado nada. Y sólo por eso no puedo recomendárselo a nadie, jamás. Ni a mi peor enemigo, ¿vale? Perdón por tanto drama pero es que cosas así me enervan la sangre. >___<

Obviamente al día siguiente llevamos a Maru con su veterinario, el de toda la vida. Al que hemos consultado los últimos 12 años con todas nuestras mascotas. El que ha contestado cinco llamadas de emergencia; tres de ellas en la madrugada; una de ellas un día inhábil. Que ha venido hasta nuestra casa para consultar a Umi y que siempre nos ha hablado con la verdad por muy dura que esta sea “Tyke se envenenó, no se podría haber hecho nada más para salvarlo”, “Misty está muy grave pero se pondrá bien. Tardará un par de semana pero por supuesto que se recuperará”. “Kenny va a morir, quince minutos cuando mucho. El líquido que ingirió es mortal” “Umi tiene una intoxicación leve pero con esto será suficiente”, “No hay medicina para Misty pero la mandaremos traer de otra ciudad” “Maru se lastimó los deditos (hace meses), aquí hay dos inyecciones para el dolor porque le duele mucho, y aquí hay pastillas para los siguientes cinco días. Con eso bastará”. Por ese servicio, esa hospitalidad (¡y esa higiene!) pagaría gustosa hasta el triple de lo que pago en otro lugar por el simple hecho de saber que lo que me ofrecen es bueno Y ES VERDAD y no me daran desparasitante para calmarle el dolor a mi gatito porque sé que no va a tratarme como un estorbo sólo para dejar al animal en un segundo plano aunque este último esté sufriendo, eh. ¡SÍ, ESTOY ENCHILADA! >__< 

Ya, mejor me calmo. Maru se está recuperando bien. Muy bien. Su veterinario le aplicó dos inyecciones para el dolor y para desinflamar, además de pastillas para los próximos días. Por suerte no tiene fractura y apenas ayer ha empezado a caminar. Está algo deshidratado pero le estamos dando suero (único consejo respetable que nos dio el otro tipo) y su humor ha mejorado bastante. Ya puede usar su cajita de arena aunque aun necesita ayuda para entrar en ella porque amabas patitas traseras están lastimadas. Come bien aunque no le apetece tomar agua todavía así que le damos suero cada hora. Esperemos que vaya mejorando día a día pero el condenado ya sueña con brincar bardas, cazar animales, visitar a sus amigos y cruzar carreteras peligrosas otra vez. 

Los gatos siempre serán gatos ¿verdad?. :)

3 dic 2012

Este desvarío es por culpa de la Navidad...

En los jardines del seminario de Mazatlán. (Diciembre 2011).
Minimizar ventana. Inicio. Todos los Programas. Microsoft Office 2010. Microsoft Word. Acomodar los márgenes. Fuente Verdana #10. Y a escribir. 

He decidido hacer un paréntesis a mi trabajo vespertino de escritora empedernida de fanfiction para actualizar mi blog; y como justificación he puesto el árbol de navidad. 

Le he prometido a mi papá que éste fin de semana, cuando regrese a casa, ya habrá un pinito luminoso para recibirlo. No quiero mentirle; es mi padre y se merece un pinito. Eso sí, me da una pereza titánica ponerlo. Quizá con 24 años ya me estoy haciendo vieja o quizá sea al hecho de que ahora mi día comienza a las 4 ó 5 de la tarde porque antes de eso duermo y trabajo, y el tiempo se va aun suspiro muy tonto y monótono. Qué se yo. Lo que sí sé es que ya es 3 de diciembre y en esta casa no hay ni un leve rastro de la navidad y eso, hasta cierto punto, me deprime. Eso y el clima. (A quién le gusten los otoños de 35°c puede ir a pararse al paredón y esperar su inminente fusilamiento. Prometo que la agonía no será muy larga; no hay fila).

Durante muchos años el pino artificial de nuestra casa se erguía mientras el zócalo de la Ciudad de México se inundaba de soldados que desfilaban al compás de himnos bélicos y los habitantes de mi Escuinapa se arremolinaban en las calles principales para ver desfilar a niños de caras largas que apenas entendían lo que era el patriotismo. Era mi particular forma de ir contra corriente. Un 20 de Noviembre navideño. Entre Villa, Zapata, Díaz, Madero, Santa Claus y Rodolfo el reno. Entre Diana Antigua y Adeste Fideles. 

Algo ha cambiado desde aquellos tiempos. Dejé de poner decoraciones en las mañanas y pasé a hacerlo en la tarde/noche. Cuando la casa estuviera más sola. 

Desde hace tres años aquello cambió otra vez. La decoración del árbol giraba en torno a la fecha de lanzamiento de la canción navideña que The Killers sacaba cada año (y lo sigue haciendo). Fue una tradición particular nacida de la más absoluta espontaneidad. Así, en diciembre del 2009 decoré el altar que mi mamá le tenía a la virgencita en la entrada de nuestra antigua casa con los acordes de “Happy Birthday Guadalupe” y fue divertido. 

Aquello se convirtió en una rutina encantadora. También coincidía que mi mamá estaba fuera de la ciudad en esas fechas y aprovechaba para poner todos los adornos desde las 10 de la noche a las 5 de la mañana. Era un horario absurdo y amanecía en un estado tan soporífero que en una ocasión mi hermano tuvo la obscenidad y el atrevimiento de decirme que era lo más cercano a un zombi que había visto jamás. Un zombi navideño y feliz. 

Para sobrevivir a aquel ridículo reto solía drogarme con dulces y café hasta que amanecía y creaba tres listas musicales en mi teléfono celular para que sonaran de manera aleatoria. Todos eran temas navideños y de diversos artistas e idiomas. Así pasaba de The Killers a Mijares y de Daniela Romo a Andrea Bocelli. Y créanme que funcionaba. Eso que cuando el sol amenazaba con salir yo ya estaba más dormida que despierta y me imaginaba a todos esos artistas subidos en un escenario cantando “Susanita tiene un ratón”

Lo cierto era que tenía una canción para cada acción que realizaba y al final terminaba por dejar fija la lista de canciones navideñas de The Killers y rayarlas hasta que la batería del celular agonizaba. A la hora de poner el Nacimiento siempre recurría a “Joseph, better you than me” (José, mejor tú que yo) para amenizar el momento. La figura de José, el padre del hijo de Dios, siendo reivindicada en una canción (“tú eres un hacedor, un creador; no sólo el padre de alguien”). Es la nostalgia más pura hecha canción y admito que cuando brota aquello de “Y el desierto es un infierno para hallar el paraíso. Cuarenta años perdidos en la jungla buscando a Dios. Y tú escalas hasta la cima de la montaña mirando hacia la ciudad donde naciste. En los años que te fuiste te di tiempo de sentarte y reflexionar…” aun se me eriza la piel. 

Aun recuerdo a mi hermano asomándose de la habitación mientras yo limpiaba las esferas y los adornos, y de las bocinas brotaba la voz del vocalista suplicándole a Santa Claus que no le disparara. Porque entre “Joseph, better you than me” y “Don’t shoot me, Santa” hay un universo entero de distancia y uno pensaría que los dos temas no podrían ser de la misma banda. 

Aun tengo ese disco de The Killers con todos sus temas navideños. Cada año lo renuevo con el nuevo tema en cuestión. En el 2011 incluí "The Cowboy's Christmas Ball" y de pilón agregué la canción “Magdalena” de Brandon Flowers, el vocalista de la banda. “Magdalena” no es un tema navideño, pero le tengo un cariño especial y por una extraña razón a mi me huele a navidad. La canción en realidad habla de la peregrinación religiosa que realizan los habitantes de Nogales hasta Magdalena de Kino en el estado de Sonora para venerar a San Francisco Javier. Su festividad es hoy, precisamente, el 3 de diciembre. “De Nogales a Magdalena hay 60 millas de camino sagrado y una promesa hecha a los que se aventuran, San Francisco levantará tu carga” dice la canción. Lo hermoso de este tema es el hecho de que sea un mormón practicante quien lo cante. Un mormón que varias veces ha expresado su admiración por México y su genuina devoción por los santos a los que venera con tanto fervor. “En la tierra del viejo Sonora, hay un río poco profundo que llora. El verano la dejó sin su perdón y se refleja en los ojos de sus hijos. Hijos pródigos e hijas rebeldes llevan mandas que podrían liberarlos de las profundidades de las tinieblas y renacer de nuevo a la luz de las velas…” y para rematar añade “Y si caigo en la tentación cuando regrese por aquellos caminos malditos, de Nogales a Magdalena, como un doble mendigo, iré a dónde sé que puedo ser perdonando: al corazón roto de México… al corazón roto de México”

Dejemos a The Killers a un lado (tengo una cita con ellos el próximo abril así que hay una obsesión en mi que no puedo evitar, lo siento). Éste año ya han estrenado su tema navideño y yo sigo aquí, tecleando, rompiendo tradiciones de tres años mientras trato de pensar dónde dejé el pino artificial cuando nos mudamos. Creo que está debajo de la cama. Creo, aquí, es la palabra clave. Buscar debajo de la cama podría ser peligroso. ¿Para qué quieres un ático o un sótano cuando tienes un ‘debajo de la cama’? Su capacidad de almacenamiento es infinita. Todo cabe ahí. Es como un agujero negro o el bolso de una mujer. Y las tres cosas tienen también el mismo problema. Una vez que algo entra es muy difícil descubrir cómo lograr traerlo a nuestro mundo. 

Mi tarea de esta semana será precisamente esa: rescatar el arbolito del ‘debajo de la cama’. Lo demás será sencillo. Sé dónde están las esferas, los foquitos y los adornos navideños. Sé que lloraré como quinceañera con desequilibro hormonal cuando pruebe las lucecitas que compré el año pasado y funcionen sólo 150 de las 300 que son, después de haber pasado 15 horas tratando de desheredarlas. Maldeciré por lo bajo el tener que ir hasta el centro para comprar otra extensión de luces que dejará de funcionar doce meses después. Pero eso es lo que hace la navidad ¿no? El consumismo llega desde la hora de poner el pino. 

Diciembre es el mes de Jesús de Nazaret, de Umi y de Maru; estos dos últimos de Escuinapa. Es cumpleaños tras cumpleaños. Mi santísima trinidad de diciembre. Umi quiere huesos de carnaza, me lo ha dicho esta mañana. Maru quiere jamón de pavo. Jesús quiere oro, incienso y mirra. A los dos primeros les dije que les compraría lo que pudiera, al tercero le dije que se esperara a la cuesta de enero. Un trío de reyes vendría de Oriente a traerle esas cosas tan específicas. 

Umi nació un 17 de diciembre del 2002. Era una bolita negra que se confundía entre tanto cartón café. Junto a ella nació Kenny, su hermanito. Umi tiene ya nueve navidades a sus espaldas. Ésta será la décima. Ella es la que me anima en la titánica tarea de armar el árbol. Le fascina observar. Kenny era diferente. Él se acercaba al pino y empezaba a comer sus ramas artificiales. Según él se estaba purgando. Y funcionaba, eh. Al día siguiente tenía una diarrea monumental donde abundaban las tiras verdes del pino. 

Maru nació el 23 de diciembre del 2011 en medio de los preparativos para la cena de Noche Buena en la casa de una familia que se toma muy en serio todas las fiestas del año. Festejan el puente Guadalupe-Reyes por todo lo alto, con todo y sus posadas. Maru y sus hermanitos nacieron ahí, en un pesebre de cartón, custodiado por otros gatos y un par de chihuahuas que miraban la escena desde su casita de madera. Entre villancicos y música de banda. Entre globos que reventaban y serpentinas de colores. Entre cartones de cerveza y Coca-Cola. Le guardo mucho cariño a esa casa. De pequeña me perdía por aquel inmenso patio que jamás logré explorarlo todo porque siempre tuve miedo que sus fauces me comieran. Aunque Maru nació en víspera de Navidad jamás en su vida ha visto un arbolito. Cuando llegó a nuestra casa éste ya había sido guardado y de él no quedó ni la sombra. Tengo bastante curiosidad por ver su reacción cuando le enseñe las esferas, cuando vea el pino por primera vez y encienda las lucecitas frente a sus ojos. Sé que le gustará. Mi gato ama las luces que van y vienen. De hecho tiene la fortuna de que la casa de enfrente la asalten cada tres días porque cuando llegan los policías con sus torretas prendidas corre emocionado a su encuentro. Y cuando Maru se emociona corre de lado. Resulta bastante gracioso de ver pero también bastante bizarro. Me gustaría ver su expresión una vez que el pino esté montado y encendido. Ya me vi intentando ponerle restricciones a sus acciones: “Mira enano, éste es un pino de Navidad. No es el árbol de enseguida. No es un árbol de mango y sus ramas no se comen. No intentes escalarlo porque se te caerá encima, quedarás empalado, provocarás un corto circuito y la casa arderá en llamas junto con Troya, Pompeya, Narnia y Mordor, ¿vale? Tampoco es una Torre de Babel como para que intentes llegar a la cima. No necesito otro idioma para no entenderte, con tu lenguaje gatuno es suficiente” y sé que él me mirará con sus ojos dorados, quizá bostezará, observará el pinito un momento y después le pegará una patada a la primera esfera roja que tenga cerca. Así son todos los gatos del mundo mundial ¿no? 

Otro problema (y quizá el más grave): ésta casa parece una oda al polvo. Todo se ensucia. Todos los días. Pondré el árbol y sé que a los dos días estará tan sucio como para echarse a llorar. ¿Cómo limpias un pino una vez que ya tiene todos los adornos? ¿Lo dejo así? ¿Sucio? Pablo Neruda se preguntaba “¿Hay algo más triste en el mundo que un tren inmóvil bajo la lluvia?” y yo le respondería ¿Acaso hay algo más triste en el mundo que un sucio árbol de navidad en Noche Buena? Algo de la Navidad muere cuando un árbol se ensucia. La esperanza también se mengua por culpa del polvo asesino. Ya veré yo qué me invento para evitar la tierra. 

Difícil será también poner el Nacimiento. ¿Cómo le digo yo al asno y al buey que el Sumo Pontífice de la Iglesia Católica ha dicho que ellos no estuvieron en el nacimiento de Jesús? ¿Cómo se los digo sin que se me caiga la cara de la vergüenza? Igual, yo los pondré. Pero eso no impedirá que queden anulados la mitad de todos los villancicos. Qué vergüenza. Aunque ya todos sabemos que los villancicos no son cantos de los ángeles, y algunos, inclusos, suenan bizarros y hasta fomentan algún vicio: “Dame la bota, María, que me voy a emborrachar” se escucha en La Marimorena. “Si quieres también te paso los cigarros, eh” le diría María con gesto indignado. 

En fin, que estos son mis dilemas. Esta semana me haré a la tarea de poner el arbolito mientras tomo un café o un chocolate abuelita, como galletas Maravillas y pongo mis discos de villancicos junto a Umi observando todo y Maru tirando las esferas que voy colocando. Mientras tanto continuaré con mi fanfiction que habla de detectives consultores y niños decapitados vestidos de ángeles. (WTF).

18 oct 2012

¿Cuánto matan los gatos realmente?

Él es Maru y aunque parezca inocente NO lo es. 
A Maru últimamente le ha dado por matar. Sí, así tan bonito como suena. Es un gato, lo sé. Los gatos son diferentes a los perros. Eso también lo sé. ¡PERO NO ME ACOSTUMBRO A QUE LO HAGA! xD

Yo cada vez que lo veo con un animalito medio vivo medio muerto entre el hocico le mando mil maldiciones a la madre que lo parió y de paso a la que lo adoptó (yo) y no estoy exagerando. Y es que les juro que me salí de la escuela de Veterinaria y Zootecnia precisamente por la Zootecnia. Tarde o temprano tendría que matar y ver morir animales y cuando supe eso se me hizo el corazón chiquito y tuve un colapso mental que me duró tres días; por eso tuve que preparar mi mochila, tomar dos autobuses y jamás regresar aquel recóndito lugar de Culiacán. Atrás quedaron —pensé— las cabezas de cerdo, sus cerebros, las ratas desmembradas y las ovejas sacrificadas pero ¡oh, sorpresa! Aun no conocía a Marurín y sus ansias de sangre. 

Ese amor al asesinato lo ha tenido siempre. Desde bebé se divertía fusilando palomillas y se aburría viendo agonizar a cucarachas. Después siguió con los ratoncitos. De ese momento tan emotivo hasta tenemos un video por ahí guardado. Era una ternura ver cómo le daba un cuadrangular de proporciones épicas al pobre animal y sólo con su pata delantera. En aquella ocasión dejó al animalito intacto en cuanto se aburrió de jugar con él. 

El tiempo pasó, Maru creció, nos cambiamos de casa, Maru descubrió Narnia en el terreno de al lado y desde entonces no ha parado. Saca ratones y no sé de dónde demonios lo hace. Llega con iguanas bebés vivas y yo temo que la madre venga detrás de Maru para darle una mordida que recuerde toda la vida. Se come a su presa, la mastica, la vomita, se la vuelve a comer. 

Yo no sé cómo puede dejar un cuerpo tan machacado y tan irreconocible, pero él es experto en hacer eso y a mi me dan ganas de vomitar sobre su cara, porque al final la que recoge las trasmutaciones fallidas de ratoncitos soy yo y me cruje el estómago cada vez que lo hago. 

Apenas el viernes pasado mi hermana me pasó el enlace de un graphic comic que apareció en la estupenda web http://theoatmeal.com/ (recomendadísima si entienden algo de inglés) y el tema que trataba era precisamente sobre el tema de Marurin y su amor a la sangre. 

Me he dado la libertad de traducir el texto del gráfico para las personas que no entiendan inglés y se los dejo a continuación. Por una parte es bonito saber que Maru no es el único gato del mundo que tiene esa manía y por otro... todo me parece muy grotesco. xDDD

Todo el crédito del gráfico y el texto pertenece a su creador (Matthew Inman) y aquí está el enlace del cómic original para quien quiera verlo. :)


Me gustaría decir que la próximas vez que me Maru llegue con un lagartón más grande que él en el hocico le diré que se vaya por donde vino pero a quién engaño. Tengo a Umi, mi mejor amiga y lo tengo a él, mi tierno asesino serial favorito. :D
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Nota chiquita: Sí, sí, la palabra 'Calendario' está escrita mal pero me da pereza editar la imagen otra vez así que :D

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7 may 2012

¡Maru vs el malvado alacrán gigante!

Maru —el gatito que adoptamos poco después de la muerte de Kenny— ya tiene casi cuatro meses y cumple muy bien la función de divertir a Umi y mantenerla ocupada. Bastante ocupada. MUY OCUPADA. Nuestra perrita es paciente, maternal y amorosa así que aguanta todas las travesuras y disparates que se le pueden ocurrir a un cachorro tan pequeño como Maru ♥. Eso sí, hace unos días el bodoque nos dio el susto de nuestras vidas cuando tuvo la osadía de enfrentarse con un alacrán. 

El ego de Maru es tan grande como una catedral, sólo equiparable al ego de Chuck Norris y el dios Eolo, y pensó que el universo mismo conspiraría para darle la victoria definitiva sobre el alacrán... cosa que por supuesto no ocurrió... porque yo lo impedí, ¡MUAHAHAHAHA!. 

Les contaré cómo estuvo el asunto: Umi y Maru duermen en la sala y para evitar que entren a las habitaciones les cerramos las puertas; nunca nos han dado problema con eso porque ambos se hacen compañía y no se sienten solitos. Por otra parte, la humanidad que vive en esta casa se va a la cama mucho más temprano que la extraterrestre que les está narrando esta historia (yo pego el ojo a las 2 ó 3 de la mañana). Así que la madrugada del fatídico encuentro yo era la única despierta un kilómetro a la redonda (porque obviamente vivo en un desierto). 

Mientras navegaba por los mares embravecidos del ciberespacio escuché a Umi ladrar y arañar la puerta, cosa que usualmente nunca hace, así que después de pedirle que se callara y escuchar que seguía insistiendo decidí salir, pensando ingenuamente que tal vez deseaba ir al baño. Me resultó extraño encontrarla inquieta, porque déjenme decirles que Umi mantiene su porte de perra tranquila aunque su vejiga esté a punto de reventar; aun así yo le veía pintado un letrero sobre su cabecita que decía "NECESITO IR AL BAÑO AHORA MISMO". Tomé las llaves y mientras abría la puerta busqué a Maru con la mirada para sostenerlo antes de que Umi saliera (porque tiene la costumbre de correr fuera de la casa), pero mi sorpresa fue ver que ni Umi ni Maru estaban en el pasillo esperando a que les abriera. Les llamé, pero ninguno contestó; imaginé que probablemente estarían en la cocina intentando cazar algún ratón así que estuve a punto de dirigirme hacia allá cuando me tope con Umi al salir del pasillo, cerca del baño; fue entonces cuando me di cuenta que la puerta del baño estaba abierta cuando usualmente la manejamos emparejada. Umi insistía en entrar al lugar así que decidí seguirla.

Cuando entré vi a Maru en la mitad del baño, en posición de ataque... quería saltar, pero no veía muy bien qué era lo que llamaba su atención. Me acerqué más y entonces tuve más clara la imagen: una cosita peluda a un puñado de centímetros de él. Al principio creí que se trataba de una tarántula (¡tenía muchos pelos!) pero despues ví cómo la cosita peluda levantaba la cola y apuntaba a Maru, ¡ERA UN JODIDO ALACRÁN DEL TAMAÑO DE MI LIBERTAD! Y a mi se me subió el azúcar, la presión, la bilis y todo lo que puede subirse en un ser humano y orillarlo a un colapso físico y mental.

Al principio no supe qué hacer: si intentar matar al alacrán o tratar de evitar que Maru saltara encima de él pero aproveché un descuido de Maru en el que me volteó hacía mi para cargarlo mientras con una mano ponía una cubeta vacía encima del alacrán. Obviamente poner una cubeta vacía encima de tamaño animalón no sirvió de mucho y me las tuve que ingeniar para sacar a Maru y Umi del baño y regresar pronto para darle matarile al alacrán (si supiera cómo dejarlo vivo sin que sea peligroso lo hubiera hecho, lo juro v___v).

Como no pude matarlo con la cubeta tuve que tomar un martillo y zaz, una y otra vez hasta que murió. Pobrecillo. :(

Ésta ha sido la primera experiencia dramática con Maru pero lo curioso es que mientras escribía esta entrada (¡TARDÉ DOS SEMANAS EN ESCRIBIRLA, JAJAJA!) el bodoque se resbaló mientras jugaba y cayó sobre una de sus patitas traseras y se lastimó muy feo. Toco llevarlo a su primera visita con el veterinario para comprobar si se había fracturado algún dedito o sólo era el terrible dolor provocado por algún nervio. Por fortuna sólo fue el susto y el dolorcillo. Le pusieron inyección para desinflamar y pastillas para el dolor y de pilón le pusieron la vacuna para la Leucemia Felina. El 25 tocará ponerle la vacuna polivalente, después la de la rabia y finalmente a los seis meses tocará esterilizarlo.

Qué divertido es tener un gatito, ¿verdad, Umi? :)

Notita chiquita: Dentro de unas horas (8 de mayo) Misty cumple un año y Kenny 4 meses de haber fallecido. Nunca olvidaré a esos angelitos que me alegraron la vida durante tanto tiempo. 

24 ene 2012

¡Bienvenido a casa, Maru!

Maru en su primer día con nosotros. :) El domingo cumplió un mes de vida.
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Se me derrite el corazón como nieve en verano mientras escribo este post ♥♥♥. Así que disculpen ustedes el derramamiento de ternura, cursilería y nostalgia que derrocharé en los próximos párrafos. 

Kenny cumplió ayer dos semanas de haber fallecido. El dolor que nos ha dejado su partida no tiene nombre ni comparación.  Ha sido muy duro para todos pero sobre todo para Umi, hermana de Kenny y su compañera incondicional durante 9 largos años. La muerte de Misty (ocho meses atrás) no la resintió tanto: no sólo porque tuviera a su hermano como apoyo sino porque Misty siempre guardó muchos celos a Umi y ésta se sentía amenazada por ella. 

Una vez que Kenny murió ella se quedó sin nadie. Los primeros días fueron desastrosos y deprimentes. Como yo no quería que ella extrañara a su hermano lo mejor que pude hacer fue cambiarle totalmente la rutina que tenía con él. Todo lo que era normal antes quería que ella lo olvidara. No sé si hice lo correcto. En Internet existen extensos artículos sobre el duelo del humano después de la muerte de un animal pero no el duelo que pasa un animal cuando ve partir a otro de los suyos. Umi dejó de dormir en la casita de madera que tenían en el patio trasero; de hecho ni siquiera salía al patio. Tiré todos los trapos que pudieran retener el olor de Kenny, retiré su plato, lavé su chalequito y a Umi le compre una cama para perros y por primera vez en su vida tuvo que aprender a dormir adentro. No le fue difícil acostumbrarse sobre todo porque los primeros días la pobre sólo se la llevaba durmiendo y pasó hasta 48 horas sin probar alimento. :'( 

Su ánimo mejoró muchísimo la semana pasada, cuando nos dimos una escapadíta a la playa para que ella pudiera correr y olvidarse tantito de esa tristeza. Afortunadamente dio resultado y se la pasó muy campechanamente como pueden ver en la foto. :)

A que se ve preciosa. :)
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La idea de tener un gatito surgió un par de horas después de que muriera Kenny, mientras desayunábamos. Para muchos probablemente sonará ridículo pensar en algo como eso tan rápido. Como si nuestro perrito fuera un objeto de usar y tirar, o algo totalmente reemplazable. Yo jamás lo vería de esa manera. Kenny será insustituible y jamás, ningún perro, ningún gato, ningún animal doméstico logrará suplantarlo o tomar su lugar. Él fue único a su manera y ocupará siempre un lugar muy especial en nuestro corazón. Vivió casi una década con nosotros y nadie nos podrá quitar todos esos recuerdos. Ese cariño precioso que nos brindó él y tres perros antes que él es algo que nunca podremos olvidar. Sin contar a Umi, a quien espero le queden muchísimos años por delante. 

Maru bebé. n___n
Hoy, finalmente, llegó Maru, ese baloncito de peluche blanco de manchas naranjas y ojos claros. Es un churrete de vida, inquieto y juguetón al que Umi primero miró con desconfianza y ahora, mientras escribo estas líneas, acurruca en su barriga con amor maternal infinito ♥. Es increíble como ese bodoquito atigrado de mirada vivaz y maullido frágil pueda ser capaz de ponerme una sonrisa idiota todo el día. La muerte de mi Kenny (el haberla presenciado) sigue siendo sumamente doloroso para mí, pero ese pegostito de vida que se pierde entre tanta cama verde hacen que ese dolor se transforme en esperanza. 

Cuando Maru llora, el mundo y sus problemas se detienen para escuchar su llanto. Por lo menos para mí. Y de repente el Internet no importa, ni el libro a medio leer que espera sobre la mesa, ni la televisión apagada, ni el rugir del camión de la basura; tampoco la algarabía de los niños de los vecinos. Todo se detiene para encontrar el milagro o la fórmula mágica que tranquilice a Maru. 

Y le entibio la leche, y Umi lo limpia, y yo lo cubro con una mantita, para que no le dé frío, para que no se sienta desprotegido, para que no le asuste nada de este loco mundo; y tomo la jeringa, y cierra sus ojitos, y luego eructa y Umi me ayuda otra vez con la limpieza, y la historia se repite y se repetirá las próximas semanas en una rutina extenuante de despertarse incluso en la noche cada 3 horas; pero no importa, porque mientras afuera el mundo sigue dando vueltas; mientras allá, otros hacen que el engranaje que mueve todo siga funcionando; y otros más ponen los pelos de punta con sus infinitas ansias de guerra yo acudo al llanto frágil de ese huerfanito tan lleno de vida, para que nada le duela, para que nada le moleste, para que la vida le sepa al sueño más perfecto con la familia más imperfecta. :)