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20 abr 2014

COSMOS: A Spacetime Odysse (primeras impresiones)


Éste domingo se estrenó el séptimo episodio del rameke de Cosmos, aquella serie documental que hace más de tres décadas el astrofísico Carl Sagan se encargó de grabar en la retina de los ojos y la memoria a toda una generación. Lejos de la comparación entre ambos trabajos y anfitriones, lejos de la absurda idea de saber que existe un abismo de treinta años entre una y otra, y de los avances tecnológicos en cuanto a efectos especiales se refiere, personalmente creo que la nueva versión cumple su cometido e incluso supera mis expectativas. Con esto último no quiero decir que supera a su original, ni siquiera me he molestado en compararlas a pesar de que suelo ver el episodio en turno de Sagan antes de Neil DeGrasse Tyson, sin embargo suelo enfocarme en los avances que ha habido en cuento a investigación científica desde entonces (nuevos descubrimientos, hipótesis, etc) que en el hecho de ver cuál supera a cuál.

Salvando las distancias, encuentro Cosmos demasiado atractiva y vivaz, ahogada en color y sumida en un universo entero de nuevos descubrimientos. Con una banda sonora que aviva cada momento y cada imagen y la convierte en protagonista, pero lejísimo también de la nostalgia que brotaba del tema principal de la otra serie, donde Vangelis aportaba esa melodía que calaba tanto en la mente y de paso se quedaba grabada en piedra en el corazón (y luego pones ese tema junto a Un Punto Azul Pálido con la voz del fallecido científico y sufres una bofetada de realidad difícil de digerir y de olvidar. ÉPICO hasta decir basta). Hablando de manera general COSMOS: A Spacetime Odyssey cumple su propósito con creces: sirve para avivar en el espectador las ansias de saber, la curiosidad para entender lo que nos rodea; todo lo que fue, todo lo que es y todo lo que será, como postulaba Sagan para definir la palabra que le daba título a su obra. Pobre de aquel que piense que esto es la ciencia hecha documental; no lo es, y está a eones de serlo. Jamás ha sido ese su objetivo, que para eso existen otros medios y otras formas. El punto del show es ser un enganche que despierta en ti la necesidad de preguntarte cómo funciona el mundo y utilizarlo como trampolín para conocer un campo mucho más amplio. No está ahí para resolver todas tus dudas, ni mucho menos para resumir a la ciencia misma (demasiado amplia, demasiado complicada; escases de tiempo). Pero si acaso sirve para avivar un poco la llama del saber COSMOS se justifica por sí sola, no más de lo que se justificaría cualquier otro programa documental con bases sólidas y un equipo dedicado y entregado a la tarea de la divulgación científica como estandarte del conocimiento humano, pero el hecho de que sea un remake, aporta sobre sus hombros un peso difícil de llevar.


Ese otro factor es decisivo a la hora de formarse una idea general del programa, y también depende muchísimo de qué sector de la población vea el show, que bien podríamos cometer la grosería de dividirlos en sólo tres grupos: científicos, público en general y personas religiosas. Me incluyo en lo segundo, la fracción más amplia de televidentes que generalmente han tenido una opinión positiva y un tanto lineal del documental: lo entendemos, nos parece atractivo, nos hemos maravillado y empequeñecido al compas de nuestra propia fragilidad (que levante la mano quien no haya sentido las entrañas contraídas ante la pequeñez de nuestro mundo y el lugar que ocupamos en una galaxia, imposible de ubicar en el mar infinito que compone el universo). Sólo llevamos seis episodios a nuestras espaldas y la ronda de aplausos ya es demasiado fuerte, demasiado alta. Al público en general le ha gustado. Pero no podemos ignorar a los otros dos sectores, igual de importantes cuya opinión vale su peso en oro.

Aquí es donde vale la pena volver a recordar que COSMOS: A Spacetime Odyssey es la versión actualizada y renovada de la serie de 1980 llamada Cosmos: A Personal Voyage, creada por el propio Sagan, su esposa Ann Druyan y el astrofísico Steven Soter. El show fue trasmitido por la cadena PBS y consistió en 13 episodios de 60 minutos de duración. El remake regresa con dos de sus tres creadores originales (Sagan falleció en 1996) y como presentador Neil deGrasse Tyson erguido sobre los cimientos de un divulgador difícil de superar. Sin embargo, deGrasse no busca llenar el vacío de Sagan, ni eclipsarlo —y ya ni mencionar superarlo—, sino que se posicione a su lado, en un recoveco donde ambos logran brillar con luz propia. Los guiños al científico fallecido están ahí y son evidentes, desde el diente de león que da comienzo a la serie hasta la experiencia tiernamente personal que deGrasse Tyson comparte durante el cierre del primer episodio y continua con el siguiente, donde se condensa la evolución humana a lo largo de milenios en sólo 40 ínfimos segundos.


La mayoría de los espectadores no somos científicos, independientemente si somos atraídos por la ciencia de forma voluntaria y curiosa, estamos lejos de los estándares y conocimientos específicos que cada profesional conoce sobre su campo, es quizás aquí donde Cosmos da su primer tropezón, sin necesidad alguna de caer o trastabillar más de lo necesario: muchos niños y jóvenes se enamoraron de la ciencia en la lejana década de los 80’s con la voz cadente de Sagan como música de fondo. Vivieron y sintieron la serie original de tal forma que decidieron superarse para dedicar su vida a este mundo de divulgación y descubrimientos; algunos de ellos ahora se preguntas si Neil deGrasse Tyson será capaz de enamorar a toda una generación en un mundo tecnológicamente globalizado donde la parilla televisiva no suele dedicar demasiado espacio e importancia a documentales como este. Sin embargo, la esperanza se sostiene: la nueva versión de Cosmos fue estrenada simultáneamente en diversos canales de televisión y en más de 100 países distintos; y los rating de audiencia han sido más que aceptables. ¿Pero qué pasa? La ciencia se defiende por sí sola y también los científicos se critican entre ellos, si cometes un error son ellos los primeros en señalártelo y no se quedarán callado precisamente porque, a estas alturas, la ciencia no sólo es vapuleada por prejuicios, ignorancias y malos entendidos sino por personas que no desean jamás comprenderla. De esta manera, las mejores críticas que yo le puedo encontrar a esta serie son aquellas que provienen de científicos y divulgadores. Si a uno, como espectador promedio, le gusta lo que ve en pantalla y se alimenta totalmente de toda esa información que brota de cada episodio, es de agradecer que venga alguien y te diga sin pena de por medio “esto está bien, pero esto no tanto” “Esto es exagerado y esto es innecesario”, ¡eso es lo maravilloso de la ciencia!

Dos de las primeras opiniones con las que me topé fueron la de Francisco R. Villatoro y la de Daniel Marín, ambos colaboradores de la web de divulgación Naukas (antes Amazing.es), publicadas el mismo día pero cuya opinión difiere. Mientras que a Francisco le decepcionó el primer capítulo, a Daniel le gustó. Quizá vale la pena leer los artículos para conocer los motivos específicos de cada uno y de paso darse el tiempo de llegar hasta los comentarios, que resultan por demás interesantes y sirven para tener una idea más general de la opinión de los espectadores. Al día siguiente, el blog Scientia de Jose Manuel López Nicolás nos regalaba, no su opinión personal, sino la de una blogger que cumplía tres condiciones específicas para que diera su punto de vista desde la perspectiva de alguien alejada del mundo de la ciencia y la divulgación, el artículo vale cada renglón con todo y sus 27 comentarios. Mientras que Villatoro se preguntaba lo mismo que muchos otros sobre la decisión de elegir a Giordano Bruno como una especie de mártir de la ciencia, Mauricio-José Schwarz explicaba en Facebook al pueblo llano el motivo sobre el mismo tema. Y aunque no he visto el tercer episodio del nuevo Cosmos (¡pena ajena, lo sé!), César Tomé habla de la injusticia que el programa comete con otro personaje, Robert Hook.

Me gusta eso, me gusta que exista esa efervescencia y esa necesidad de señalar aquello que no nos parece correcto. Son esta clase de cosas las que yo no hubiera sido capaz de reparar y probablemente las habría pasado de largo. Si hacemos una pequeña búsqueda en Google encontraremos también una lluvia de review de los más diversos y enriquecedores. También he leído por ahí una constante: el programa de Sagan era más íntimo, y deGrasse Tyson se queda corto a la hora de interpretar un guión. Personalmente concuerdo con ambos detalles. La intimidad que se respira en los episodios de hace treinta años es innegables, se cuela entre escena y escena con más nostalgia que inquietud, pero el título también lo expresa de esa manera (un viaje personal) y siempre he sentido que la figura de aquel Cosmos es acaparada en su totalidad por el propio Sagan. Él es el programa; ese es su legado. El nuevo Cosmos tiene como presentador a deGrasse Tyson pero sólo como eso, como presentador, como el guía turístico de nuestra odisea en el espacio-tiempo, cuya travesía fue trazada por los dos colegas de Sagan; pero hasta ahí.


En la serie de hace tres décadas el viaje no es sólo personal sino privado, ¿o sólo soy yo quien ha sentido eso? Hay una sensación extraña de sentir que en la Nave de la Imaginación sólo va Sagan y voy yo. Y en la nueva versión la experiencia adquiere matices multitudinarios, va Tyson, voy yo, vas tú, y la humanidad entera subida en aquel vehículo espacial. Respecto al guión sucede lo mismo, el estilo narrativo de Sagan, su cadencia al hablar, su color de voz y sobre todo, el hecho de formar parte activa de la producción del show le da esa seguridad y esa valía a la hora de pararse frente a la cámara y hablar; es normal entonces percatarnos de ese extraño estilo que notamos en deGrasse Tyson cuando le conocemos fuera de cámara y de guión. El Neil que no reparaba en señalar los fallos de Gravity, o decirle a James Cameron que el cielo de la película Titanic (1997) era erróneo, no es el mismo que vemos en el programa. Su tono al hablar, sus gesticulaciones, su sentido del humor, me atrevería incluso a mencionar su rebeldía, no están presentes porque hay un reglamento y formato a seguir muy distinto al de una charla, un foro o una conferencia; no existe la misma libertad en televisión que en una plática y los estándares de una y otra cosa varían. La personalidad jovial e inquieta de Neil hace más evidente esto que lo que lo haría la del propio Carl.  

La opinión religiosa es punto y aparte; se mueve por terrenos más delicados que la ciencia, e incluso me atrevería a decir que más susceptibles. El primer episodio levantó dos polémicas generales 1) la omisión total de Dios en la creación del Universo y 2) la peculiar forma de mostrar a la Iglesia Católica durante el juicio de Giordano Bruno. El segundo episodio se centró en la evolución de las especies (y por lo tanto en la evolución humana), teoría que a estas alturas ya es un hecho y cuyas evidencias están a la vista de todos, pero que sin embargo, muchos se niegan a creerla; algunos por considerarla aberrante.

Twitter, como plataforma de comunicación instantánea, nos sirvió para conocer de manera inmediata la opinión que muchos estaban teniendo con el primer episodio de la serie, Standing Up in the Milky Way. La ausencia del nombre de Dios se coló con indignación entre aquellos televidentes que vieron el episodio como una grosería a sus creencias al omitir algo tan importante para ellos. Sin embargo, ni la teoría del Big Bang ni mucho menos la teoría de los multiversos postulan la existencia y acción de un ser superior como creación del cosmos, principalmente porque ese no es el objetivo de ninguna de ellas, entonces ¿para qué mencionar algo que no sirve para explicar cómo se originó este universo y otros (si es que existen)?

El caso de Giordano Bruno es tan delicado como interesante: el (mal llamado) mártir de las ideas heliocéntricas, o más bien de la libertad religiosa, fue quemado por órdenes del Santo Oficio en un auto de fe llevado a cabo en el Campo de las Flores en Roma, Italia después de pasar ocho años en prisión. Fue acusado de diversos cargos, entre ellos tener opiniones en contra de la fe católica, la Trinidad, Cristo y la virgen María; de decir que existen múltiples mundos y también por brujería. Cuando le ofrecieron besar un crucifijo, minutos antes de ser quemado en la hoguera vivo (generalmente primero los mataban y luego quemaban el cuerpo), éste lo rechazó y señaló que moriría como un mártir y su alma subiría con el fuego al Paraíso. Sin embargo, para entender la condena de Bruno habría que conocer su historia y ahondar en los tiempos en los que fue juzgado. Actualmente se yergue una estatua de él en el mismo lugar donde fue quemado, y la Iglesia Católica rara vez le menciona. Pero al igual que sucedió con la condena de Galileo Galilei, la disculpa general (nunca especificada, ni personal) la hizo Juan Pablo II en el año 2000, por la muerte de prominentes científicos y filósofos muertos por causa de la Inquisición, 400 años después de la muerte de Bruno.

En la serie, este segmento del teólogo italiano se nos presenta como una animación que personalmente me ha parecido maravillosa, pero no me impide pensar que la forma en la que ha sido presentado su caso adquiere matices que incitan no sólo a la polémica sino a la dualidad extrema del malísimo y el bondadoso. La palabra mártir es estirada hasta límites inimaginables y Bruno es el bueno de la película, mientras que la Iglesia Católica es el villano (sólo hay que ver qué cara le han puesto a la autoridad religiosa a la hora de entrar a la celda). En este aspecto concuerdo totalmente con Francisco R. Villatoro: “La divulgación científica, en mi opinión, debe anteponer la verdad a la estética… La divulgación científica no debe mentir”. Probablemente este ha sido el aspecto menos favorecedor del programa, y me atrevería a decir que sería terrible no escudriñar más en la biografía de Bruno e ir por la vida tomando este segmento como la verdad absoluta, porque fácilmente no lo es.


Si Giordano Bruno sirvió la polémica sobre la mesa, el siguiente episodio Some of the Things That Molecules Do pone la cereza sobre el pastel, al hablar de la evolución de las especies. Sin embargo, a diferencia del caso del poeta italiano, aquí no hay nada que justifique la queja de los creacionistas. La evolución humana ya ha sido aceptada por varias religiones, entre ellas la Católica; pero aun existen millones de personas en el mundo a los que le parece grotesca la simple idea de descender de monos. En Estados Unidos sucede algo curioso que ni siquiera se da en México. EUA se autodenomina el país de la libertad, y restriega las sagradas enmiendas de su nación a cuanta persona se les ponga enfrente. Ahí la Evolución no es una opción en la educación pública, es una monstruosidad, y los creacionistas de cajón defienden con uñas y dientes el derecho a que a sus hijos no se les enseñe tamaña bazofia dentro de las aulas, ni siquiera como opción. No les dan la opción de elegir. Es un país bastante curioso y contradictorio; aceptan la libertad religiosa, sí, pero unas religiones y creencias son más aceptadas que otras. Su fe en Dios se cuela entre Star-Spangled Banner y continúa en el In God We Trust que se imprime en sus billetes, para después presentarse en la Biblia sobre la que jura cada presidente en turno, y en la mano derecha que pone la persona que se sube al estrado durante un juicio donde jura decir la verdad y nada más que la verdad (como si eso fuera posible). Pero que nadie hable de Alá porque no es tan bienvenido como otros dioses. En esta tierra, cuna de la maravillosa música góspel y bodrios criminalísticos como los que vemos en Jesus Camp, convergen ramas del cristianismos tan diversas que resulta imposible señalarlas todas. Algunas de ellas van por la vida quemando ejemplares del Corán y negando el Holocausto, mientras muchas otras practican la caridad y la bondad del mil formas diversas.

Estados Unidos de América, no te entiendo.


Pasando de eso —y aunque suene bastante raro— aun hay gente que piensa que la Tierra es plana, Adán y Eva literalmente existieron o que nuestro planeta sólo tiene seis mil años (JAJAJA). Basan tales creencias, ya no en la fe ciega, sino en la ignorancia compartida, al margen de toda evidencia que les demuestre lo contrario. Su rabia airada ante la Teoría de la Evolución está presente en esas protestas que se llevan a cabo por aquellos que desean impedir que a niños estadounidenses se les mencione siquiera la posibilidad de que Adán no nació del barro y Eva de su costilla.

Recuerdo que hace muchos años, cuando YouTube andaba aun en pañales apareció un polémico video de un niño predicador. Mitad cuerdo mitad poseído, el pequeño Nazareth Castillo —todo un manojo de gesticulación, coreografías y gritos dignos de admirar— hablaba indignado ante una congregación religiosa sobre esos mentirosos/sabelotodos/inventores de falacias (conocidos en el bajo mundo como científicos) que habían ideado la terrible abominación de decir que somos parientes del mono, ¡pero qué tragedia! El niño también llevaba consigo la respuesta definitiva para negar la Evolución y a la madre que parió a Darwin: el mono y la mona producen monitos hasta hoy, la gallina y el gallo producen pollitos y los peces pececitos. Nazareth no entendía la evolución ni quería hacerlo, no necesitaba saber de ella; el simple hecho de imaginar de qué iba le parecía monstruosos, horrendo, repugnante. Al parecer, para él era más majestuosos nacer de la tierra, que ser polvo de estrellas. Por lo menos el bodoque habló sobre un parentesco con el mono, porque hay otros que de plano se saltan todos los parámetros de la lógica y el razonamiento para cometer la grosería de decir que la Teoría de la Evolución postula que descendemos directamente del mono cosa que, por supuesto, no es cierto. Las mutaciones en el campo de la biología y la genética son cosas demasiado complicadas para la cabecita de Nazareth y para todas aquellas personas que se pararon y aplaudieron como resortes apenas el niño mencionó lo del mono y la mona. Sin ir más lejos, hace apenas un par de meses se dio un debate entre el educador científico Bill Nye y el creacionista Ken Ham cuyo video pueden ver aquí, sin embargo me gustaría remarcar específicamente la respuesta de cada uno de ellos ante la pregunta “¿Qué le haría cambiar de opinión?” Las palabras de cada uno fueron extensas pero podrían ser resumidas en sólo una, Ham remató con una “Nada” y Nye con un contundente “Evidencia”.

No se puede debatir con quien no quiere razonar.


En resumen, Cosmos no tiene las respuestas de todas las cosas y tampoco es ese su objetivo, sin embargo, vale la pena darle una oportunidad para verla y mirarla con ojo crítico sin dar todo por sentado. Dudar, incluso aquello que nació de la mente inquieta del entrañable Carl Sagan, debería ser siempre una prioridad, un motor, un estilo de vida, no sólo algo pasajero. La duda no debe de nacer sólo por un momento y ser transitoria, sino permanente. Aun así, y a pesar de todo COSMOS: A Spacetime Odyssey, vale cada uno de sus minutos invertidos. Maravillosamente dirigido, musicalizado, expuesto, montado y presentado. Más de una vez me ha erizado la piel y vertido mil sensaciones en mí difícil de describir. Mis más sinceros respetos para esta serie y para los encargados de guiarnos por esta odisea del espacio-tiempo. Y una reverencia a Sagan por mirar más allá del horizonte.

22 jul 2013

COSMOS, más que un simple viaje personal en el siglo XXI.

Cosmos 2014.
No hay ni una sola frase en los tres minutos y medio que dura el video. Ni un solo dialogo, ni un solo intercambio de ideas, sino únicamente una palabra: COSMOS, y un título: A Space-Time Odyssey. Si nos vamos a la fría y metódica definición de un diccionario nos encontraremos con respuestas escuetas e incluso aburridas.

cosmos.
(Del lat. cosmos, y este del gr. κόσμος).
1. m. mundo (‖ conjunto de todas las cosas creadas).
2. m. Espacio exterior a la Tierra.

Existe otra forma más poética de definirlo: “El cosmos es todo lo que es, lo que fue o lo que será alguna vez. Nuestras más ligeras contemplaciones del cosmos nos hacen estremecer”. Pero para mí es algo más íntimo. Para mí, Cosmos es esa serie documental con la que me topé más de una vez en la televisión cuando era apenas una niña, y que redescubrí una década después gracias a Internet. Cosmos son esas imágenes producidas por rayos catódicos que mi hermana y yo veíamos en aquel entonces con una hipnosis sin igual.

Cosmos es la voz suave de Carl Sagan contando la historia de nuestras vidas. Cosmos son los pasillos de la Biblioteca de Alejandría destruidos por el fuego. Son los libros y papiros que alguna vez albergaron sus estanterías. El conocimiento humano trasmutado en nada. Es la icónica Ecuación de Drake que nos encoje las entrañas al acércanos al vacío de nuestra propia existencia. Cosmos es el grito silencioso que resuena en el espacio. Es la eterna pregunta de si estamos solos en el universo. Es Galileo Galilei mirando al infinito e Isaac Newton viendo caer una manzana. Es la Torre Inclinada de Pisa y la Muralla China. Es el cinturón de asteroides y los confines del sistema solar. Es Alfa Centauri y la constelación de Orión. Es Giordano Bruno ardiendo en una hoguera italiana en el campo de las flores. Es la ciencia y son todas las religiones. Es el descubrimiento del fuego y las pinturas rupestre de los primeros hombres. Son los arrecifes de coral y los cangrejos samuráis. Las ideas de Kepler y la visión de Hubble.


Cosmos son los cielos rojos de Tunguska y sus árboles reducidos a cenizas, la energía nuclear y los errores de Chernóbil. El Vesubio y el Krakatoa en erupción. Cosmos es Ptolomeo y su teoría geocéntrica. Es la Teoría de la Relatividad de Einstein y el Principio de Incertidumbre de Heisenberg. Es la prodigiosa mente de Da Vinci y su capacidad de imaginar lo imposible, es la narración radiofónica de La Guerra de los Mundos. Es la Teoría del Big Bang y el Efecto Doppler. El calendario cósmico. Es la siempre extraña hipótesis de que existen multiversos.

Cosmos son los agujeros negros y los agujeros de gusanos. Son las supernovas y los púlsares. Cosmos son los discos de oro del Voyager 1 y 2; esos mensajes lanzados a los límites del espacio que llevan consigo la esperanza más pura del ser humano. Es un ejemplo de humildad, un reconocimiento a nuestra pequeñez y a la inmensidad a la que pertenecemos. ¿Hay alguien ahí? Cosmos es el silencio que recibimos como respuesta. Ese ese punto azul pálido que llamamos Tierra.

Para mí, Cosmos es eso y mucho más; por esa razón me resultó indescriptiblemente emocionante ver los avances del remake que se estrenará a mediados del próximo año. Quiero volver a vivir la serie, quiero volver a emocionarme con las imágenes y ser la invitada de honor en la nave de la imaginación. Quiero convertirlo en un viaje personal hasta los confines del universo. Quiero sumergirme en la emoción de otras realidades y otros descubrimientos. Quiero que Cosmos sea también el bosón de Higgs y el gran colisionador de hadrones. El Spirit y el Opportunity. El Phenix y el astromóvil Curiosity vagando por los suelos de Marte. Quiero que Cosmos sea la sonda espacial Deep Impact posada en el interior de un cometa y las tormentas solares de las últimas décadas. La ingeniería genética, los avances en el área de clonación y la nanotecnología. Las epidemias y Fukoshima. Cosmos es la nueva biblioteca de Alejandría, resurgida de las cenizas hace un par de años. ¡Hay tanto por contar!

Carl Sagan logró lo que ningún otro divulgador había conseguido. Consiguió que las masas se enamoraran de la ciencia. Jóvenes de aquel entonces (e incluso niños) miraron Cosmos y encontraron suficiente interés para poder detenerse un momento, observar detenidamente a su alrededor, cuestionarlo todo y tratar de dar una respuesta a sus preguntas. Ellos son los científicos de hoy, esos que miran a través de un potente telescopio o de un diminuto microscopio y se preguntan a diario cómo funciona el mundo. Vivimos tiempos difíciles, tiempos en los que se cuestiona todo, incluso la ética de la ciencia y, una vez más, la falta de empatía hacia ella; me gustaría que Neil deGreasse Tyson lograra con su carisma lo que Carls Sagan consiguió tres décadas atrás con su convicción: ver en nuestra pequeñez la responsabilidad de hacer algo mejor por nosotros mismos y por los que nos rodean.

Cosmos es ese diente de león que se escapa de las manos de Carl Sagan, 30 años atrás, y viaja por el tiempo y el espacio hasta el siglo XXI, mientras sobrevuela por el cielo que Neil deGrasse Tyson observa con emoción. 

Cosmos es todo lo que falta por contar y todo lo que esperamos descubrir.