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6 may 2014

Tú chocobananeas, yo chocobananeo, todos chocobaneamos

Primera hazaña chocobananera.
Hacer chocobananas no tiene mucha ciencia, de hecho es más difícil escribir su nombre. Así que cuando la semana pasada tuve antojo de comer una de estas cosas y no supe dónde se podían comprar (porque obviamente se vende por lo bajo, a escondidas, como la droga) decidí comprar todo el kit para prepararlas por mí misma y ser la envida de todo el vecindario. ¿Qué tan difícil podía ser?

Como buena ciudadana de mi patria nación de alegrías, tormentos y flojera para leer las instrucciones decidí lanzarme a la guerra sin fusil y a la tarea sin videotutorial. Casi me mato.

Compré los plátanos allá donde los venden más caros, el kit chocobananero en la dulcería más cercana (que queda a media ciudad de aquí, en camión, dos taxis y tres lustros), regresé a mi casa y continué con mi debate moral de cómo clavarle el palo al plátano para que no lo estropeara demasiado. Fue mi madre quien me aconsejó sacarle punta al plátano al palo antes de incrustarlo en la fruta, a la que decidí dejar a temperatura ambiente porque así los átomos funcionan mejor, ¿no? Pues no. El palo en cuestión rompía el plátano a la mitad y cuando intenté acomodarlo con mis manos seguramente hice un movimiento tan ninja que ni Hattori Hanzō podría haber previsto y la banana quedó en rodajitas por toda el área de trabajo. Muy raro, tan raro que estuve a nada de marcarle a Iker Jiménez hasta España para que viniera con su Nave del Misterio a Camarolandia City y viera con sus propios ojos le metódica hazaña que quedaría únicamente inmortalizada en la mirada atónica de mi padre (aunque creo que en realidad estaba jugando al Solitario Spider en su laptop y acababa de ganar).

Como éste último proceso tomaría tiempo decidí pasar al segundo paso: derretir el chocolate en el microondas y botanear con mi Frankenstein fallido mientras continuaba haciendo el resto de los chocobananas. No hubo demasiado éxito con los siguientes productos, a pesar de que le saqué más punta a los palillos y partí por la mitad el resto de la fruta que quedaba, a esta, sencillamente se le abrían grietas, y al intentar sumergirlas en el chocolate derretido se salían del palo y se quedaba vagando a la deriva en el vaso de chocolate mientras yo rogaba que no se ahogaran en un mar tan envidiable. Pero luego llegó mi madre —cuya mano es santa y tiene una legión de ángeles cuidándole su reputación en la repostería a la que no se dedica—, tomó una banana, metió el palito afilado, sumergió el coso en el chocolate, le puso chispitas de colorines Voila! como si hubiera nacido para eso, mientras yo la miraba con cara de Ehm, What?! ¿Hola? ¿Cómo? Y mi autoestima se hundía junto con el trozo bananero naufrago que desaparecía en el mar de chocolate. ¿Ven? Hay gente que no nace para ciertas cosas. Eso sí, el producto final estuvo riquísimo, incluso esos que hice yo, pero seamos sinceros: es imposible que plátano+chocolate+chispitas sepa malo, no importa cómo lo prepares.

A los días volví a hacer chocobananas, esta vez con tutorial incluido y resulta que los plátanos tienen que pelarse y congelarse por lo menos durante TRES HORAS antes de incrustarles el palito. Esta vez funcionó, no tan bien como en el video que vi porque soy la mar de desesperada y sólo dejé que se congelaran por 45 minutos (la paciencia no va conmigo) pero los hice yo solita en menos de cinco minutos, cuando la primera vez me tomó media hora. Vamos avanzando, ¿no? Por lo pronto los chocobananas ya se terminaron y no me apetece hacer más hasta dentro de tres siglos, pero mi fracaso culinario queda en evidencia una vez más después de joyas tan bonitas como esta y esta otra.

Mejor me dejo de tanto drama y me prepararé un chocomilk, coronado con chispitas de colores porque no sé qué hacer con los dos kilos que me sobraron después de mi bestial hazaña digna de quedar en todos los libros de HistoriaMe despediría con humildad, pero no me apetece. 

22 oct 2012

Arcoíris reflejados en el cielo y tesoros invisibles esperandonos en la tierra

Los protagonistas de esta historia. Sólo faltó la abuela y Rodrigo. 
Relato dedicado con cariño a mis pequeños sobrinos Dilan Andree, Danna Valeria y Melany (más los que lleguen después), para perpetua memoria. 

ARCOÍRIS REFLEJADOS EN EL CIELO... 

—¡Dios guarde una neumonía! —gritó la anciana desde la cocina. Su voz tronó en las tejas del techo y atravesó el área del comedor hasta llegar a la salita donde todos sus nietos nos arremolinábamos indignados y vencidos en los sillones de madera que rechinaban con cada leve movimiento que hacíamos con desgana.

Mi abuela Librada ya rozaba los setenta años cuando la tarde más calurosa de 1995 nos negó a mis primos y a mí el sagrado derecho de bañarnos bajo la lluvia. Todos los niños del mundo saben que es una obligación de toda abuela permitir a sus nietos bañarse en los chorros de agua que brotan de los techos, pero aquella tarde la nuestra se negó rotundamente. Una orden que esperábamos de nuestros padres pero jamás de ella; cómplice de nuestras travesuras y nuestros juegos. 

—¡Abue, otras veces sí nos ha dejado bañarnos! —El grito de Tito, mi primo de 10 años, retumbó tanto como el de ella justo en el momento en que el sonido de un trueno irrumpía estrepitosamente por toda la casa. 

—¡¿Y si los parte un rayo, Juanito?! ¡Dios nos libre! 

Desde la sala yo no podía ver la cara de mi abuela, pero me la imaginaba con ese gesto de preocupación que ya viene por defecto en la cara de todas las ancianas; persignándose infinidad de veces con una mano mientras con la otra removía energéticamente la cazuela donde se estaba calentando la comida de mi abuelo Nicolás, quien no tardaría en volver del trabajo exhausto, hambriento y probablemente mojado. 

La abuela Librada y yo en casa de mi abuela paterna.
A los siete años de edad, cuando yo escuchaba la frase “Que te parta un rayo” o cualquiera de sus variantes me imaginaba, literalmente, un rayo partiendo en dos a un ser humano desde la cabeza hasta los pies. Un pedazo de él caía hacía la derecha y el otro hacia la izquierda. El humano en cuestión debía de estar arriba de una montaña, porque obviamente los rayos sólo caen en los lugares altos… y en los árboles, claro. Entre más alto fueras más probabilidades había de morir cortado por la mitad. Así que si no eras alto, ni estabas arriba de una montaña ni tampoco debajo de un árbol era casi imposible que un rayo acabara con tu vida. En pocas palabras: el argumento de mi abuela era refutable porque nosotros sólo éramos un puñado de niños que soñaban con bañarse bajo la lluvia, no bajo un árbol. Lo cierto era qué mucha gente alrededor del mundo moría partida por rayos, y además —decían— el mismo rayo las quemaba por dentro. A mi aquel escenario me parecía dantesco sobre todo porque los rayos venían del cielo y en el cielo vivía Dios. ¿Cómo era posible, entonces, que aquel anciano de barbas largas, túnica blanca como la seda y con un aro dorado en la cabeza fuera capaz de crear algo tan monstruoso que, no solo partía a la gente en dos, sino que la quemaba por dentro? Mientras mis primos berreaban sobre la firme decisión de mi abuela yo me cuestionaba la autoridad divina y sus incongruencias. Después pensé que, si era verdad aquello de que Dios había creado al ser humano a su imagen y semejanza entonces, también, había incluido sus defectos. Para empezar Dios no tenía mamá. Jesús, su único hijo tenía una mamá, María; e incluso tenía otro papá además de Dios, José. Es decir que no sólo tenía a un papá creador del universo sino que tenía un papá que era carpintero, ¡¿qué tan genial es eso?! El asunto de la Santísima Trinidad no lo entendí hasta que me mandaron a Catecismo, un año después. Pero el asunto era ese, que Dios no tenía mamá ni papá. Ese pequeño dato que al aparecer omitían en la Biblia (y del que nadie hablaba) explicaba ahora el motivo de los rayos, de la gente partida en dos y la humareda que había una vez que el rayo los partía. ¿Qué tal si a Dios se le caían los rayos de las manos mientras corría por el Paraíso? ¿Qué tal si los rayos eran los cuchillos de Dios? Era omnipotente, sí, pero si a los humanos se les caen las cosas de las manos por qué a Dios no se le caerían también, al fin y al cabo nunca tuvo una mamá que le dijera que jamás debía de correr con cuchillos, tijeras o alfileres en las manos. Era verdad que entonces serían muchos cuchillos caídos en tierra pero habría que recordar que Dios es gigante y su tamaño justificaría todo. A los siete años y muy católica, apostólica y romana creía en la reencarnación. Sobre todo en casos como ese en el que el culpable de la gente partida en dos era Dios y no el hombre. Me imaginaba que él, arrepentido por su descuido, tomaba a la persona quemada y la regresaba a la vida, pero ya no en esa ciudad y con esa familia sino con otra, en otro país, con otro nombre, y con un poco de suerte en un desierto perdido de África o Asia, haya donde jamás llovía y no había cuchillos divinos cayendo del cielo. 

Francamente ahora todo tenía sentido. 

—¿Sabes? Creo que los rayos que parten en dos a las personas y las queman por dentro son cuchillos filosos que a Dios se le caen desde el Cielo. 

La expresión de mi primo Carlos Alberto, hermano de Tito y a quien de cariño (o quién sabe por qué) decíamos Chingily, iba entre la incomprensión y el aburrimiento pero no me dijo nada. Después de dedicarme ese gesto durante unos segundos volvió su rostro hacía el televisor que emitía alguna caricatura irreconocible en el Canal 5 de Televisa. Ambos compartíamos un sillón individual en aquella salita. Teníamos la costumbre de tomar el cojín del respaldo y ponerlo en un pasamanos mientras que en el otro poníamos nuestros pies que quedaban colgando en el aire y que al levantarnos provocaban un ardor tremendo pero del que rara vez nos quejábamos. 

Miré a mí alrededor sólo para ver a mi pandilla de primos derrotados. Soldados vestidos de civiles que no habían obtenido permiso de la Adelita anciana que preparaba la comida al viejo Pancho Villa para ir al campo de batalla a enfrentar al dios del trueno. Una vez escuché en la televisión que Estados Unidos, nuestro país vecino, sólo perdió una guerra en su vida y fue la Guerra de Vietnam. Sus soldados se pusieron tan tristes pero tan tristes que algunos perdieron las ganas de vivir. Temía que mis camaradas de juegos; mis primos, mis amigos, mis héroes de carne y hueso y estatura pequeña, corrieran con la misma suerte. No se merecían eso. Cualquiera de ellos estaría dispuesto a morir de pulmonía o partido por un rayo antes de perderse un sólo baño bajo la lluvia. Todos excepto, quizá, mi hermana Carolina

Mi hermana de 10 años, Carolina, estaba sentada en el sillón grande junto a Hilse y Honofre de 8 años, Juan Manuel (Juanito o Tito) y Rodrigo Simental quien no era nuestro primo pero siempre lo consideramos como uno de los nuestros. En el otro sillón individual estaba Hiriam y a su lado el pequeño Aarón, hermano de Honofre y Roberto (hermano de Rodrigo).

Durante muchos años mi hermana Carolina le tuvo bastante miedo a los rayos. Supongo que temía que la partieran en dos y la quemaran por dentro; un temor, que supongo, todos teníamos en mayor o menor medida. Pero en su caso era un miedo bastante inmenso, difícil de describir. Ahora sé que aquel miedo era una fobia y que inclusive tiene un nombre: Astrapofobia. Aquel terror lo había superado recientemente gracias a la ciencia. Sí, a la ciencia. Y a una calculadora. Pero sobre todo a la ciencia. Ella siempre soñó con ser científica ¿saben? Ella también es la prueba de que los sueños se hacen realidad porque actualmente ella es eso, una científica. Y bastante buena, sinceramente. Pero volvamos a su fobia: un par de meses antes ambas habíamos empezado a ver un programa infantil de temática científica llamado El Mundo de Beakman. Beakman era un científico loco de bata verde chillante y cabellos parados; tenía a una joven y a una rata de gran tamaño (que además de ese pequeño detalle también hablaba); ambos ayudaban a Beakman con sus experimentos. Beakman recibía correspondencia de diversas ciudades de Estados Unidos. Niños que, como Carolina y como yo nos preguntábamos cómo funcionaba el mundo. Uno de aquellos niños aventó la pregunta del millón: Beakman, ¿cómo puedo saber a qué distancia cae un rayo?” Su respuesta fue bastante sencilla: Mira al cielo y cuando veas el relámpago (la luz que emite el rayo) empieza a contar los segundos que transcurren hasta que se escucha el trueno (el sonido que emite); una vez que tengas los segundos transcurridos toma una calculadora (o hazlo mentalmente si eres bueno con las matemáticas) y divídelo entre 3. El resultado que obtengas indicará la distancia a la que el rayo cayó en kilómetros. No recuerdo si fue en ese episodio o en otro cuando invitó al difunto Benjamin Franklin y éste explicó cómo funcionaban el pararrayos, su gran invento, y para qué servía. Con aquellas explicaciones Carolina superó poco a poco su terrible fobia y ya no tenía temor alguno de bañarse bajo la lluvia de vez en cuando, sobre todo los días calurosos como aquel. 

En aquel momento vimos un relámpago seguido rápidamente de un trueno. Al parecer la tormenta estaba sobre nuestras cabezas. La corriente eléctrica bajó, pero la luz no se fue y el viejo televisor sólo emitió un sonido seco proveniente probablemente del bulbo añejo que con cada tormenta amenaza con fundirse o explotar. 

—¡Apaguen la tele! ¡Se nos va a descomponer! —gritó la abuela desde la cocina. 

Hiriam y Tito estuvieron a punto de reclamar pero no había motivo, el bajón de energía había hecho que la frágil señal de la antena se perdiera en una lluvia grisácea que inundaba la pantalla y en un chillido estático que resonaba en la sala más que la lluvia. Probablemente ustedes no lo sepan pero en aquel entonces sólo había 3 ó 4 canales de televisión y no había nada remotamente parecido a Internet o teléfonos celulares. Así que lo único que brotó en el momento de apagar la TV era el agua golpeando el techo, los rayos que provenían de todas partes, el sartén de la cocina, el crujir de los sillones, la cancioncilla que la abuela tarareaba con entusiasmo y las risitas de los niños que tenían abuelas que sí les permitía jugar en la lluvia. ¡Vaya suerte la de ellos! 

La razón por la que mi abuela nos negaba bañarnos en la lluvia nos intrigaba, sobre todo a mí. Ahora, francamente, no recuerdo dónde estaban nuestras madres y por qué mi abuela se encontraba sola con nosotros, pero aquel motivo no creo que justificara su negación a permitirnos bañar afuera. 

—A lo mejor su hijo chiquito se murió de eso; de pulmonía y por eso no nos quiere dejar a nosotros mojarnos —mi primo Carlos Alberto habló bajito, para que su voz no llegara hasta la cocina y mi abuela lo escuchara. 

—Eso. O tal vez lo partió un rayo— señalé. 

Para nosotros Alejandro, el hijo mayor de mi abuela y de su primer esposo, era un niño de piel morena y cabello lacio cuya altura le hacía sobresalir de todos los demás niños en una vieja fotografía de una fiesta infantil. Venía acompañado de Ramona y Rosa, sus hermanas y una veintena de pequeños más. Alejandro estaba en la última fila de aquella formación y estiraba su cabeza para ver con curiosidad al fotógrafo o a la cámara. Era una fotografía triste, no sólo por el eterno niño muerto que nos miraba desde el pasado, sino porque nadie —excepto la piñata en forma de payaso que estaba a punto de ser vapuleada hasta quedar destrozada—, sonreía. Como ya lo dije, era una fotografía bastante antigua, tomada en una época en la que los niños no entendían por qué tenían que sonreír a una misteriosa caja que inmortalizaba instantes para siempre. Sus gestos evocaban curiosidad, asombro, desconcierto, indiferencia y hasta temor; excepto el rostro de Alejandro sumido en un gesto de desafío y eterna curiosidad. Para mi abuela Alejandro era ‘Jandito’, un niño frágil y enfermizo, como todos los niños pobres de antaño. Era de carácter fuerte y antes de morir, a los 8 años, ya había amenazado de muerte a su propio padrastro. Mi abuela nunca nos dijo de qué murió, sólo sabíamos que ella solía encenderle una veladora cada 1° de noviembre, Día de los Angelitos, y de vez en cuando acariciaba con ternura aquella fotografía en blanco y negro, vieja y manchada donde los niños aun no sabían cómo sonreír a la cámara mientras Alejandro, su ‘Jandito’, le dedicaba una eterna cara infantil con esos ojos vivaces de infinita curiosidad. 

No supimos en qué momento exacto mi abuela apareció en el umbral de la puerta de la sala, pero allí estaba ella con su rostro contemplativo, atraída tal vez por nuestra leve mención de su angelito… aunque en verdad dudo que haya escuchado algo de nuestros susurros. Miró brevemente la puerta principal donde se veía la calle empapada con la fuerte lluvia que azotaba la ciudad. Era un espectáculo precioso pero, según ella, peligroso. Miró brevemente a sus nietos, agazapados todavía en los sillones con nuestras cabezas agachadas y una mueca franca de terrible derrota. 

—Les voy a preparar una limonada —espetó la anciana con suavidad—, ahí tengo un montón de limones que corté el otro día y hay agua helada en el congelador. 

A esas alturas ya no había señal de enojo en la voz de mi abuela. Así era ella. Así son todas las abuelas del mundo; capaces de trasmutar dos minutos de enojo por tres de ternura y curar una decepción con un vaso de limonada recién hecha. La abuela Librada era de estatura pequeña y cuerpo robusto. Su piel morena curtida por el sol contrastaba con su canosa cabellera que siempre peinada cuidadosamente antes de hacerse una cola pequeña. Su cara era redonda y tenía unos ojos cafés que eran capaces de expresar infinidad de emociones a la vez. Su cuerpo estaba lleno de arrugas y, quizá, bajo esas arrugas había cicatrices. Heridas ya sanadas de tiempos pasados más difíciles. Se preocupaba por todo y por todos, y cuando lloraba, lo hacía en silencio; nosotros no sabíamos si lo hacía de felicidad o de tristeza. Sufría con el noticiero del mediodía y también con la novela de las 8, y con la novela de las 9… y con el noticiero de la noche. A mis siete años jamás pensé que un puñado de años después la vería a ella, en aquella misma sala frente a aquella misma televisión, mirando con desaliento e impotencia la caída de las Torres Gemelas en Nueva York y dos años más tarde llorando una noche triste por la invasión de Estados Unidos a Irak. Así era la abuela. Siempre lo fue. Nunca entendí por qué lloraba por casos lejanos, ajenos por completo a su realidad, pero su compasión era infinita y jamás pondría en duda la calidad moral de sus acciones. Después de rebuscar un par de cosas en el viejo refrigerador café que se ubicaba entre la sala y el comedor (muy lejos de la cocina) se dio la vuelta y se dispuso a partir limones y exprimirlos. Al cabo de varios minutos la vimos metiendo una garra al congelador, diciendo que esperáramos un tiempecito a que el agua absorbiera bien el limón y el azúcar. Algo que, al parecer, tomaba entre 15 minutos y media hora. Para ese entonces la lluvia había menguado bastante y nuestra decepción también. Aun se escuchan niños chapoteando en los charcos cercanos pero de nuestra parte ya no había envida. Al menos nosotros tendríamos limonada helada y ellos no. 

Cuando los rayos del sol empezaron a golpear las calles ya eran las cinco de la tarde. De la tormenta sólo quedó el recuerdo y las lagunas de agua que típicamente se formaban en aquellas calles donde el alcantarillado raramente servía. La abuela tomó una vieja silla negra de mimbre y una revista repleta de Sopas de Letras que mi abuelo compraba semanalmente junto con su revista Crucigramas y se dispuso a salir a la calle. Salir a la calle era terapéutico para ella; el agobio de los quehaceres del hogar quedaba relegado y guardado hasta el día siguiente y se entretenía viendo pasar a conocidos y desconocidos por la banqueta. De vez en cuando alargaba una conversación hasta que anochecía. O usualmente algunas vecinas, ancianas como ella, le regalaban pláticas de achaques de la edad y otras cosas. Pláticas triviales y un tanto incongruentes para nosotros, siendo tan pequeños. Mi mamá o mis tíos también se paseaban por ahí una tarde sí y la otra también. De todos los recuerdos que mantengo de aquella vieja casa esas tardes de sillas y convivio aun me llenan de rebosante nostalgia. Sólo había dos motivos que obligaban a la abuela a meter su silla de mimbre e incluso a cerrar la puerta. Uno de esos motivos era la lluvia y el otro motivo era algún difunto. 

La casa de mi abuela estaba ubicada en la calle Gabriel Leyva #41; “rumbo al panteón” decía ella orgullosa cuando alguien le preguntaba su domicilio. Era (y sigue siendo) la ruta que las carrosas fúnebres suelen tomar cuando llevan a sepultar a alguien; rara vez usan caminos alternos. Aquellos días de duelo y dolor para otras familias también lo eran para la abuela. Apenas divisaba el auto de la funeraria a lo lejos y rápidamente metía su silla, apagaba la televisión y secaba su rosario mientras veía pasar el cortejo fúnebre. A nosotros nos mandaba callar o a ponernos seriecitos. Algunas veces entendíamos aquello; otras veces no, sobre todo cuando el muertito iba con música de banda y todo el alboroto. “La música es sinónimo de fiesta, no de duelo”, pensábamos.


No pasó mucho tiempo desde que mi abuela decidió salir a la calle cuando rápidamente nos mandó llamar. 

—¡Chiquillos! —gritó con entusiasmo— ¡CHIQUILLOS, VENGAN! 

Todos corrimos hasta la entrada principal sólo para darnos cuenta de que la mirada de mi abuela se perdía en el cielo, al lado izquierdo… rumbo al panteón. Al principio no atinábamos a ver qué era lo que ella veía hasta que nos detuvimos un momento a contemplar muy bien el cielo… ¡Y ALLÍ ESTABA! Un inmenso y brillante arcoíris que cruzaba casi toda la calle a lo ancho. Era precioso. 

La abuela acomodó su silla cerca de la pared de la casa pero jamás dejó de mirar aquella hermosura; le brillaban los ojos de alegría. Se sentó en la silla y abrió el crucigrama. 

—¿Ustedes saben qué es lo que hay justo en el lugar donde termina el arcoíris? 

Todos volteamos a ver a la abuela quien pasaba su mirada entre el cielo y su Sopa de Letras

—¿Tierra? —contestó mi primo Tito mientras se acercaba al lado de ella. 

—Estás tonto —sentenció mi abuela con dulzura—. ¡Hay oro, vasijas y más vasijas llenas de oro! Monedas, lingotes, lámparas mágicas… 

—¿Con genios adentro que cumplen deseos? —preguntó Hilse con un destello en los ojos. 

—Sí, sí. Con genios que cumplen tres deseos. Y duendes que custodian ese oro. 

—¿También hay monedas de chocolate con envolturas de oro? —cuestionó Chingily

—¡También! —añadió mi abuela. 

La voz de la anciana se notaba tan sincera que cada palabra que salía de su boca era, sin lugar a dudas, una verdad tras otra. 

—¿Pero ese oro es de los duendes o de quién? —preguntó Carolina

—Miren, acérquense —nos indicó la anciana. Todos nos arremolinamos alrededor de su silla y prestamos atención a lo que nos quería decir—. Cuenta la leyenda que aquellos valientes que consigan llegar hasta el final del arcoíris podrán encontrar a sus pies oro y más oro en hoyas negras custodiada por duendes con vestimenta verde y sombrero gracioso. Ellos serán los encargados de ofrecerles ese oro y conducirlos de camino a casa a cambio de un poco de comida pero… tienen que llegar hasta el final del arcoíris antes de que desaparezca porque si no lo hacen el oro y los duendes desaparecerán. 

La abuela había narrado aquello en un murmullo y nosotros habíamos captado cada uno de sus gestos y palabras. Había, más allá de esas casas, de esos techos y de ese cementerio, el final de un arcoíris que esperaba por nosotros. ¿Cómo creen que íbamos a dejar pasar una oportunidad como aquella? 

—¡¿Podemos ir abuela?! ¡¿Podemos?! ¡¿PODEMOS?! —rogó Hiriam

Era nuestra ilusión contra su autoridad pero la sonrisa que se dibujó en aquella anciana era sin duda un gesto inconfundible de complicidad y un permiso expreso para ir rumbo a nuestra aventura. 

—¡Rápido, plebes! —gritó Tito mientras se metía corriendo a la casa para ir hasta el patio y nosotros íbamos entusiasmados detrás de él—. ¡Hiriam, Caro, ustedes tomen las palas de mi abuelo! ¡Hilse y Linda las cubetas! ¡Honofre y Aarón ayúdenme a quitar esto de aquí! ¡Chingily y Roberto agarren nanchis y mangos para los duendes… y abran el zaguán también! ¡Yo voy por la carreta, Rodrigo ayúdame! 

Para cuando Tito logró acomodar la pequeña carreta del abuelo y limpiarla un poco nosotros ya traíamos en nuestras manos todo lo que nos pidió. Chingily y Roberto abrieron el viejo zaguán azul e incluso Wuatusi —el perro mestizo que mi abuela siempre vio como un Pastor Alemán de raza pura— se unió a nuestra carrera contra el tiempo. 

Apenas mi abuela nos vio salir por el zaguán nos gritó una última advertencia. 

—¡EN CUANTO EMPIECE A OSCURECER SE REGRESAN, ¿EH?! 

Escuchamos su orden pero estábamos tan sumidos en nuestros pensamientos que creo que ninguno de nosotros contestamos. 

Y corrimos. Corrimos como jamás en la vida habíamos corrido. 

¡Ojalá ustedes hubieran visto aquella escena! Ojalá ustedes hubieran sido testigos fieles de aquella tierna inocencia. No éramos un puñado de niños corriendo por oro. Éramos más que eso. Éramos la infancia misma persiguiendo sus sueños más ingenuos. Éramos la ternura personificada en una mentira dulce de una anciana que quizá, muchos años atrás, también soñó con perseguir arcoíris, aviones y cometas. 

Y allí íbamos; nosotros contra el mundo. Nosotros contra la lógica. Nosotros contra la razón. Hiriam, Carolina, Rodrigo, Tito, Chingily, Hilse, Roberto, Honofre, Aarón, yo y Watusi. Todos contra el viento. Siempre contracorriente. Esquivando banquetas, carros, bicicletas perros del barrio, señoras sentadas en las aceras, chismes baratos, sillas, árboles y niños mojados de la lluvia pasada. Ignorándolos a todos; ignorando sus gestos confundidos al ver pasar a los nietos de doña Librada corriendo como gacelas por la calle Gabriel Leyva; persiguiendo arcoíris más allá de un cementerio que cada vez se divisaba más cercano; llevando en las manos carretas de albañilería, palas, cubetas, nanchis y mangos. Recipientes vacíos para el oro que rebosaría en ellos en un par de minutos; comidas para los duendes irlandeses que aparecerían a nuestros pies mientras nos entregarían nuestra lotería perfecta y que, seguramente, nos pondrían una corona de tréboles de cuatro hojas en la cabeza. 

—¡Con lo que junte… —gritó Chingily asoleado— me voy a comprar la tienda de Don Daniel! ¡TODA! 

—¡Y yo la de La Pachita! —le respondió Roberto

—¡Yo la guardaré para comprarme un perrito en navidad! 

—¡Y yo ropa! 

—¡Y yo un robot! 

—¡Me voy a comprar todos los tazos del mundo! 

—¡Y libros! ¡Y casetes! 

—¡ME VOY A COMPRAR TODO EL VIDEOFOX! ¡ASÍ TENDRÉ PELÍCULAS PARA TODA LA VIDA! 

—¡YO CREO QUE ME VOY A COMPRAR EL BANCO! ¡MI PAPÁ VA A SER MI EMPLEADO  Eso es raro ¿verdad? 

Para cuando expresamos todo lo que pudimos expresar ya habíamos llegado a una de las calles laterales que rodeaban el panteón y nos topamos de golpe con una realidad más dolorosa que cualquiera de nuestras peores pesadillas: el arcoíris estaba desapareciendo y junto con él se esfumaban todos nuestros sueños.

¿Qué tanto se puede decepcionar un niño de la vida? ¿En qué momento captas que todo el esfuerzo del camino recorrido ha sido en vano? ¿Dónde puedes meter tú tanta vergüenza y tanta derrota? 

Nos detuvimos de golpe al ver cómo aquel arcoíris pasaba ha ser el más descolorido de todos los arcoíris del mundo y se nos fue la voz cuando ya no fuimos capaces de distinguir sus siete colores. El oro se había ido… y seguramente los duendes también. 

—Se fue, —señaló Tito con tristeza— ya ni se ve que toque la tierra. Vamos. 

Regresamos a casa con las cabezas gachas, tristes, llenas de desaliento, aunque al poco tiempo el abuelo nos quitó la congoja con una moneda de cinco pesos para cada uno. Al final, Chingily no pudo comprar la tienda de Don Daniel pero se conformó con unas frituras y una tarde viendo caricaturas en la televisión. 
............................................

Aquella, queridos familiares y amigos, fue la peor guerra que habíamos perdido. Mentiría si dijera que allí murió nuestra infancia porque hubo momentos tan mágicos después de aquel fracaso que jamás pasaría por mi cabeza decir que desde aquel entonces aprendimos sobre las mentiras de los mayores. Nos tragamos esa y muchas otras mentiras más después de aquel momento. Éramos tan niños que aun queríamos creer que existían los ratoncitos de los dientes y reyes de oriente que dejaban regalos a los pies del árbol de Navidad cada enero. Muchas Noches Buenas miramos al cielo jurando por todos los santos que veíamos pasar un trineo de renos surcando los cielos de Escuinapa y jamás nos arrepentimos de aquello. 

Éramos tan niños como lo son o lo fueron ustedes. Niños que creían en los cuentos de hadas y en los viejos fantasmas que merodeaban por aquella casa vieja donde la abuela hacía sus quehaceres y escondía sus tristezas. 

Me gustaría ser egoístas ¿saben? Tan egoístas como los que me han antecedido. Como aquellos que insisten en que su infancia fue mil veces mejor que la infancia de los niños de ahora. Hay quienes piensan que los niños de hoy tienen la mente podrida por culpa de la televisión, los videojuegos y el Internet. A estas alturas aquello me resulta un anacronismo de proporciones épicas. Los niños son niños y no importa cuánta tecnología exista a su alrededor aun tendrán tiempo y ganas de formarse sus paraísos imaginaros y sus aventuras en un mundo real que evoluciona a pasos agigantados. 

Aun recuerdo a la abuela Librada viéndonos jugar con el Super Nintendo en la habitación del abuelo; con las luces apagadas y las ventanas cerradas. Amábamos ese lugar. Ella llegaba, nos encendía la luz de golpe nos obligaba ha abrir las ventanas y terminaba su acto con un discurso de cómo nuestra infancia estaba arruinada por culpa de ese aparato; y nos contaba su niñez y sus juegos y la bondad de aquellos años difíciles que procedieron después de la terrible Guerra Cristera; presumiendo, además, de haber tenido una infancia verdadera. Y ahora, mirando en retrospectiva, me atrevo a admitir que por nada del mundo cambiaría a la generación que me tocó por suerte, ni las condiciones económicas en las que crecí. Fue mi infancia, fue especial, fue única e irrepetible y jamás dejaría que otro la viviera por mí. 

Todos deberían tener un pensamiento así. Todos deberían dejar que cada niño forje su universo infantil a su manera, que cree sus propios recuerdos con otros niños para que en las próximas décadas sean capaces de mirar atrás y ver con cariño el tiempo pasado; perfecto e inocente que se asomará desde el más recóndito recuerdo. 

Así que aquí lo tienen, pequeños. Dilan, Danna y Melany; sólo quería enseñarles esta anécdota del pasado. Sólo quería mostrarles un poco de aquellos días borrosos de lluvias, truenos, abuelas con mentiras bondadosas y arcoíris que desaparecían ante nuestros ojos. Vivan su infancia, vívanla como quieran vivírla, pero nunca pierdan la inocencia detrás de cada aventura. 

Sean niños antes de pretender ser adultos. Cuestionen todo, resuelven cada duda que tengan. Si ustedes creen que hay oro al final del arcoíris ¡vayan hasta el final y descúbranlo! Si creen que a Dios se le caen los cuchillos de las manos ¡trepen hasta el cielo para averiguarlo! ¿Les gustaría llegar a China escavando en la tierra? ¡Inténtenlo! ¿Quieren saber a qué distancia cae un rayo? ¡Cuenten los segundos entre relámpago y trueno y divídanlo entre 3! ¿No saben qué significa una palabra? ¡Abran un diccionario y búsquenla! Nunca dejen de aprender, nunca dejen de soñar y nunca pierdan su curiosidad. Pueden llegar muy lejos. :)

26 may 2012

Tradiciones eclipsando primaveras...

¿Ven el eclipse? ¿lo ven? Yo tampoco.

La primera vez que fui testigo de un eclipse solar fue el 11 de julio del 1991, cuando tenía 3 años y mi familia estaba vacacionando en Guadalajara. De aquel entonces sólo mantengo vagos —muy vagos— recuerdos. En aquella ocasión fue un eclipse total de sol; el más hermoso que existe según dicen (todos deberían tener la oportunidad de ver uno en la vida, en serio). Muchos años después vi un eclipse parcial, esta vez estaba en Escuinapa. Fue un momento inesperado y el cual logramos observar gracias a que mi tío nos habló por teléfono para pedirnos que saliéramos a la calle y tratáramos de mirar al sol con unos negativos de fotografías. Fue un fenómeno maravilloso pero brevísimo y eclipsado —irónicamente— por las nubes que había ese día. Eran épocas en que el Internet era sólo un sueño lejano para nosotros así que no había oportunidad de anticipar el evento; al menos, claro, que leyéramos periódicos, viéramos los noticieros de la TV o escucháramos la radio, cosas que por supuesto no hacíamos. xDDD 

Así que cuando supe con cierta antelación que el 20 de mayo habría un eclipse anular me convencí que lo vería así tuviera que recorrer toda la República Mexicana meterme a una playa donde habría más de 40,000 personas. Esa acción la podrá realizar una persona convencional —de hecho, parece que les gusta— pero ¡Hola! Aquí está la niña cuya peculiaridad es la de tener un distanciamiento de un metro a la redonda con cualquier otro ser humano, y una distancia menor significa una violación al sagrado espacio personal y se paga con un cutterazo de mi parte (Mami, ¿ya entendiste por qué razón llevaba el cutter (navaja pequeña)? Es un arma de defensa personal, obviamente ¬‿¬). 

Vivo en el último municipio al sur de Sinaloa, casi colindando con el estado de Nayarit; así que sólo nos tocaría ver poquito del eclipse (casi el 40%) porque éste coincidiría con el ocultamiento del sol. El primer problema con el que me enfrenté era ese; buscar un lugar para verlo sin que ninguna edificación me tapara la vista. Vivo en una ciudad pequeña, así que el edificio más alto sigue siendo la Iglesia xD. Fue entonces cuando mi hermano se unió a la misión de encontrar otro lugar. Pensamos en subir una pequeña loma que empieza justo al cruzar el arroyo que atraviesa la ciudad pero mi papá insistió que nuestra subida sería en vano. Todo aquello está habitado y el horizonte es invisible porque las casas que hay tapan la vista. Pensamos en ir a otra loma cercana a La Capilla del Gallo, pero a esas horas sería muy peligro porque aquella zona está prácticamente deshabitada. Nuestra tercera y última opción era ir a la playa y presenciar el atardecer y el eclipse desde allí. Las playas de Escuinapa quedan a varios kilómetros alejadas de la cabecera municipal y no hay trasportes urbanos que lleguen hasta allí. Algunos te dejan afuera de ella y se tiene qué caminar muchísimos metros para encontrarte con el mar. También existe la opción de llamar a un taxi pero sale tan caro que para pagar tendrías que vender el riñón izquierdo y parte tu pulmón. 

Por cosas de la vida a las que Paulo Coelho llamaría ‘conspiraciones del universo’ —y a las que yo llamaría simples coincidencias calendáricas gregorianas— este eclipse anular de sol coincidiría con La Tradicional Fiesta del Mar de Las Cabras. [Para leer la visión perfecta, idealista, familiar y romántica de esta festividad centenaria celebrada en las playas de mi ciudad pueden ir aquí y leerlo por ustedes mismos; dudo que con lo vivido aquel día yo tenga las ganas y la dedicación para hablar tan bonito de semejante evento así que sobre aviso no hay engaño y todo lo demás que diría mi abuelita, eh xDDD]. Básicamente, y para resumir, la Fiesta de las Playas es un evento en el cual muchas familias compran enramadas (pequeños cuartos hechos con rama de palmera) y acampan a la orilla del mar durante cinco días. En ese lapso de tiempo hay eventos deportivos, conciertos, concursos, juegos mecánicos y shows de diversos tipos. 

Hay un evento parecido a este en la playa de El Médano Blanco en Angostura, Sinaloa, sólo que se da en Semana Santa y solo he tenido la oportunidad de ir una vez. Aunque allí es como hacer una peregrinación a La Meca: cruzas medio desierto y llegas a un mar pero sin olas, bien raro. (Estoy exagerando, obviamente).

Volviendo a Escuinapa; como mucha gente no tiene autos y los que sí tienen hacen lo imposible para no perder el lugar donde están estacionados, suele haber autobuses que van de la playa a la ciudad llevando y trayendo gente las 24 horas del día. Si queríamos ver el eclipse teníamos que aprovechar esa opción o arrepentirnos el resto de nuestra vida ¡y eso fue exactamente lo que hicimos! (lo primero, no lo segundo). 

El 20 de mayo mi papá nos dijo que él se ofrecía a llevarnos hasta la playa pero que nosotros nos regresáramos por nuestra cuenta, razón por la cual invitamos a mi mamá a nuestra inusual misión porque si no la llevábamos juro que nos hubiéramos venido caminando por tal de no subirnos al autobús democrático. xDDD El camino de ida fue casi maravilloso exceptuando por el hecho de que justo enfrente de nosotros iba un auto con la cara de Enrique Peña Nieto estampada cuando ancho era en el vidrio trasero y, por otro lado, teníamos que ir esquivando los autobuses que llevaban gente a la playa. No sé si estos mismos transportes eran los que en el pasado llamaban ‘Los rápidos del sur’ pero si en verdad lo eran déjenme decirles que hoy han caído en la desgracia y en el olvido porque de ‘rápido’ sólo les queda el nombre... Por lo menos tienen la virtud de poder rebasar a otro de los suyos. :D 

Una vez que llegamos a Las Cabras había una inmensidad de autos por todos lados. Muchísimos. Mi papá dijo: ustedes aquí se bajan, yo ya me voy. Y se fue, así campechanamente como llegó. Mi papá es de los que vería Pequeños Gigantes antes de ver el debate de los presidenciables. (Es broma, señor papá xD). 

Y allí nos quedamos nosotros… en un mar lleno de gente y de autos. Más de 40,000 personas a lo largo de ¿un kilómetro?, con un calor sofocante y una arena que cansaba caminarla y que, además, se pegaba a la piel. Precious Jones sufre como yo; con eso les digo todo. 

Teníamos dos opciones —muy horrible las dos—, una de ellas era caminar entre las calles de enramadas con la alta posibilidad de ver algún conocido y que nos interrumpiera nuestro objetivo de llegar al mar para ver el eclipse, y la otra era caminar por atrás de ellas, por el área del estacionamientos con la probabilidad de que no supiéramos hasta dónde podríamos adentrarnos a la playa. Nos decidimos por la segunda opción y allí vamos mi mamá, mi hermano y yo emprendiendo nuestra misión. 

Lo primero que vimos cuando llegamos fueron autos, y autos y más autos; una hilera bastante modesta de comercios; una carpa de la policía municipal; algunas ambulancias y un pequeño templete del PAN y justo enfrente otro del PRI y una camioneta chiquita del PRD. Muy vacías las tres cosas. El único partido que no hizo acto de presencia fue Nueva Alianza; la gente de Quadri es demasiado hipster para tales eventos. 

Caminando un poquito logramos divisar unos juegos mecánicos y una carpa cercana que en un principio pensé que era un circo, pero acercándonos más noté que era esto: 

No gente, no puedo ni quiero defender lo indefendible.

A ver estimada humanidad, si lleva a su niño pequeño a ver un show familiar como este, ya de una vez permítale ver las películas de Golden a las 12 de la noche, matar a policías y civiles en Grand Theft Auto San Andrea o navegar por los embravecidos mares del ciber espacio sin control parental. Es más, déjele bañarse en la playa solito. 

Después de tomar la fotografía de rigor y notar que efectivamente no era una alucinación, continuamos nuestro camino rumbo al mar. En el trayecto vimos piscinas región 4 y trineos jalados por una moto (el trineo era una java), además de antenas para televisión hechas con la parte frontal de la protección que tienen los abanicos de pedestal y señoras cuarentonas que se quejaban del calor que había en la playa. 

Esa agua está limpia, eh. Aunque no parezca.

Cuando por fin pudimos divisar el mar nos dimos cuenta que el señor de los raspados de hielo quedaba más cerca y corrimos a comprarle. Estaban tan dulces como para matar a un diabético pero la sed era bestial así que no le dimos demasiada importancia. Después de nuestra compra decidimos buscar un lugar para presenciar el evento en primera fila, frente al mar. Vimos un andamio y justo abajo un trozo de madera; más o menos del mismo tamaño con el que Rose salvó su vida en la película Titanic. (¡En ese pedazo de tabla cupimos 3 personas, JACK, TRES!). 

Fue muy chulo estar allí, las olas reventaban a nuestros pies, sin exagerar. Vimos un delfín, y pescaditos que saltaban de vez en cuando. Como llegamos allí a las cinco y media y el eclipse comenzaba hasta las siete saqué el kit de supervivencia digno de cualquier excursionista playero novato y que sería la gran envida del mismísimo Bear Grylls, el cual consistía en: cuatro libros chiquitos de los Récords Mundiales Guinness (Bizarros, Deportes Insólitos, Asquerosos y Criminales), dos paquetes de M&M, Sabritas, Cacahuates, jugos, cutter, tijeras, cámara digital, teléfono celular con linterna incluida (por si acaso nos agarraba la noche), unos binoculares hecho por niños explotados en China y las radiografías de mi difunta abuela trasmutadas en anteojos que nos protegerían de los rayos del sol. 

Aquí también hay un eclipse, pero ustedes tampoco lo ven.

OK, voy a hacer un paréntesis ENORME aquí. Buscando por mil quinientos sitios de Internet y después de encontrarme con comentarios supersticiosos de embarazos y eclipses encontré una serie de recomendaciones donde decía que el mentado fenómeno tenía que verse con un casco de soldador que tuviera un cristal de 14 sombras porque el de 12 no servía para protegerse. A mí esa indicación me sonó en arameo mezclado con latín y le dio un Home run a mi corazoncito pobretón. ¡Si no tengo dinero para comprar unos lentes de sol mucho menos tengo para conseguir un casco de soldador! ¡Nunca pedí algo como eso para navidad! ¡Uno piensa que nunca lo va a ocupar! ¡No es lo primero que pides cuando apagas las velitas del pastel o cuando ves pasar una estrella fugaz! ¡¡¡JOER!!!

Eclipse visto a través de las radiografías
de mi difunta abuela.
Después de mi berrinche monumental recordé a mi difunta abuela materna y lo liberal que era a la hora de deshacerse de todo aquello que no ocupaba. ¿Qué podía hacer con las cazuelas a las que se les caía el mango? Se convertían en el plato de Watusi, el perro de la familia. ¿Los frascos de vidrio de la mayonesa? Los guardaba en una repisa para cuando le ordenaran análisis. ¿Las ollas oxidadas de los frijoles? Un macetero para plantar hierba buena. ¿Los envases rayados de Coca-Cola? Floreros económicos. ¿Los vasos de las veladoras? Los lavaba con agua hirviendo y los utilizábamos para servirnos agua o refresco. ¿Los envases grandes de yogurt? Recipientes para guardar agua helada en el congelador que a la larga se convertían en una pieza enorme de hielo. ¿Los viejos discos de vinilo de mi abuelo? ¡Platillos voladores para sus nietos! Ya saben, lo típico. :) Entonces pensé… ¿qué haría mi abuela si tuviera la oportunidad de ver un eclipse de sol? ¡Usaría sus radiografías viejas! Obvio ¿no? Así que eso hice. Aprovechando los episodios enteros de Art Attack que mi hermano me obligó a ver cuando era pequeño junto con las manualidades que me enseñó Cositas armé los lentes solares más económicos del mundo. Tenían tres capas/placas de protección (que dudo, en verdad, que protegieran algo) y estaban pegadas con cinta adhesiva unas con otras. La parte negra de la placa no me servía porque entonces el sol no se veía así que sólo utilicé la zona donde se veía el tórax. 

Si cualquier persona utiliza el mismo método que yo NO ME HAGO RESPONSABLE DEL DAÑO QUE SUS OJOS PUEDAN TENER, eh. Cualquier persona sabe que ver el sol al atardecer no lastima tanto la vista como cuando está arriba, donde su brillo se ve más intenso. NO MIREN JAMÁS un eclipse solar con binoculares de largo alcance o telescopios sin la protección adecuada porque el aumento que estos tienen junto con la luz del sol podrían dejarles ciegos o con graves daños en los ojos de manera parcial o permanente. El sentido de la vista es una de las cosas más preciosas que tenemos, no vale la pena perderlo por una imprudencia. :) 


El eclipse comenzó allá por las siete de la tarde y fue precioso y perfecto. Tres olas amenazaron con revolcarnos pero no lo consiguieron y mis manos se dividían entre la cámara fotográfica, mis super-mega-lentes de protección y los binoculares, cosas que provocaron que la gente me mirara más raro de lo que ya me ve, pero me importo tres pepinos y un tomate; yo seguí mirando el sol. Lo vimos hasta que el sol se ocultó en el mar y los pies se nos entumieron de estar tanto tiempo sentados. 

Las fotografías que ven en este post son las mejores que pudo tomar mi cámara digital compacta y, como pueden ver, no hace milagros. Pero pueden visitar esta galería de theatlantic.comesta otra de boston.com para que vean qué chulada de eclipse pudieron observar personas de varios países del mundo. :) 

El regreso fue desastroso, no les voy a mentir. Será que no estoy acostumbrada a esos escenarios y por tal razón no sé lidiar con ellos pero a mí cosas como estas me quitan las ganas de ir a eventos multitudinarios. 

Recorrimos el mismo camino que utilizamos para llegar al mar para tomar el autobús que nos llevaría de regreso a Escuinapa; y es aquí donde México, la capital mundial del surrealismo se hace presente. Los autobuses iban saliendo por turno para que la gente pudiera subirse a ellos, uno por uno. Mientras no se llenara uno no se podían abrir las puertas del otro para que la gente se subiera. La razón de por qué se hacía eso —según dijo uno de los chóferes; y le cito textualmente — era para que ‘nadie le robe pasajeros a nadie’. A ver criatura mía del amor hermoso; si hay 200 personas esperando subirse a un autobús que tiene una capacidad de asientos para ¿45? en qué jodido país significa eso un robo de pasajeros. ¿Dónde vas a meter a tantos? ¿En las cajuelas? ¿Por qué en lugar de tener a la gente acaparando el único paso por donde podían salir los autos mejor no les dejaban subirse de una vez a los autobuses para que escogieran sus asientos y así no hubiera tanta humanidad jalándose las greñas? 


Y miles de años de evolución humana para ser testigos de un tipo borracho gritándole en medio de un mar de gente a otra mujer igualmente borracha que le devolviera la bicicleta que le había robado mientras la otra se desvivía por inventarse palabras altisonante que harían estremecer a todos los representantes de las letras de La Real Academia Española de la Lengua y provocando que Hernán Cortés reviviera y se volviera a morir del puro susto. 

Un hombre —al parecer un cobrador— gritó detrás de mí a todas las personas: “¡POR FAVOR, FORMEN UNA FILA PARA PODER SUBIR AL CAMIÓÓÓÓN!”. La orden era clarísima: UNA fila. Una, no unas. Singular, no plural. UNA SOLA

En México, el concepto de una fila es relativo. Tan relativo es que Albert Einstein hubiera perdido su rebelde cabellera intentando descifrar el concepto. Una fila mexicana se extiende hacia todas direcciones. No tiene cabeza, no tiene un líder que la guíe; llega hasta donde se tope con un objeto físico que le impida seguir creciendo. La fila mexicana está entre una fila india y una fila militar. Es algo que nadie sabe lo que es pero todos piensas que pueden hacerla. Es algo que quedó enterrado en el consiente colectivo de mi patria y que nunca lo hemos puesto en práctica. Si el cobrador hubiera gritado: “FORMEN UNA COLA TORTILLERA” entonces sí hubiéramos entendido. Una cola es algo que entiende cualquiera. Formas una cola cuando vas a comprar tortillas; un acto tan aburrido y rutinario que nadie lucha por ser el primero. Pero allí estaban cien escuinapenses intentando crear una fila. Cada quien hacía la suya y todos encabezaban la propia. 

El verdadero problema llegó cuando las puertas del autobús en turno se abrieron y se comprobó una vez más que no somos capaces de hacer dos cosas tan complicadas a la vez. No podemos mantener una fila mexicana mientras subimos a un transporte. Al parecer eso nos suena muy incompatible. Es algo que he comprobando en Culiacán, Mazatlán y Escuinapa. ¿Han visto cómo se empuja la gente para entrar a los vagones llenísimos en Japón? Pues así sucedió aquí, pero sin respeto. ¿Respeto? No conocemos ese Pokemon. Poco importó los niños que también intentaban subir y las señoras ancianas; mientras nadie gritara “Me estoy muriendo y no puedo respirar” todo parecía estar en perfecta armonía, incluyendo los pisotones, los empujones, las palabras altisonantes y el Récord Mundial Guinness jamás reconocido por el mayor número de personas metidas en un solo metro cuadrado. Agreguen a eso la piel quemada por el sol, el sudor y el olor a cerveza y cigarro y agradezcan a todos los dioses griegos que nadie haya vomitado allí mismo. Yo veía aquella escena y me parecía algo grotesco. Llegó un punto en que me hubiera gustado decirles: “Se pasan plebes, por su culpa Salvador Dalí ya no quiso regresar a México”; para ese entonces mi mamá ya estaba arriba (¡fue la primera que se subió!) y mi hermano también. Yo aun me debatía entre la calidad moral de repetir en mi cabeza “El respeto al derecho ajeno es la paz. El respeto al derecho ajeno es la paz. El respeto al derecho ajeno es la paz.” o sacar mi cutter mientras gritaba —cuál protagonista de la película 300“THIS IS SSSSCUINAPA!” y después amenazar a todos los que me rodeaban como lo hizo el guardaespaldas de Lucero hace años con un grupo de periodistas. Pero cerré los ojos, conté hasta 10 y después me dije a mi misma ¿Qué haría MacGyver en mi lugar? ¿Qué haría Chuck Norris en mi lugar? Abrí los ojos y me abalancé sobre aquella humanidad: le tiré un pequeño garrafón a un señor, el costal de latas de refresco a otro, hice a un lado a una doñita, le salvé la vida a un pequeño que amenazaba con morir aplastado, aventé a la borracha fuera del camino e hice que el respeto al derecho ajeno brillara por su ausencia. Sin darme cuenta ya estaba arriba y sentada en la segunda fila. 

El autobús tardó otros horrorosos e infernales 30 minutos en poder salir de la calle principal porque un desesperado invadió el carril del sentido contrario para llegar primero, pero obviamente se topó con el autotransporte y su existencia se jodió porque tuvo que dar reversa por medio kilómetro para poder entrar al carril correspondiente. JAJAJAJA. Allí es donde otro nombre dado a México cobra sentido: el país de la paciencia eterna. Nadie se quejó. 

Cansados, agotados, despeinados y con menos fe en la humanidad de la que en realidad quisiera, llegamos a Escuinapa noventa minutos después de haber subido al camión. La experiencia del eclipse fue hermosa. Todo lo demás no. Si la última vez que fui a esta fiesta fue hace 10 años y tardé todo este tiempo en volver, puedo tardar otra década en que ésta experiencia se me olvide y me apetezca ir de nueva cuenta, aunque sinceramente lo dudo. Y mucho. Y es que el calor, la arena, la música, el sol y gran cantidad de gente es una combinación que sencillamente no me gusta... pero sólo por el eclipse valió la pena. :)



7 may 2012

¡Maru vs el malvado alacrán gigante!

Maru —el gatito que adoptamos poco después de la muerte de Kenny— ya tiene casi cuatro meses y cumple muy bien la función de divertir a Umi y mantenerla ocupada. Bastante ocupada. MUY OCUPADA. Nuestra perrita es paciente, maternal y amorosa así que aguanta todas las travesuras y disparates que se le pueden ocurrir a un cachorro tan pequeño como Maru ♥. Eso sí, hace unos días el bodoque nos dio el susto de nuestras vidas cuando tuvo la osadía de enfrentarse con un alacrán. 

El ego de Maru es tan grande como una catedral, sólo equiparable al ego de Chuck Norris y el dios Eolo, y pensó que el universo mismo conspiraría para darle la victoria definitiva sobre el alacrán... cosa que por supuesto no ocurrió... porque yo lo impedí, ¡MUAHAHAHAHA!. 

Les contaré cómo estuvo el asunto: Umi y Maru duermen en la sala y para evitar que entren a las habitaciones les cerramos las puertas; nunca nos han dado problema con eso porque ambos se hacen compañía y no se sienten solitos. Por otra parte, la humanidad que vive en esta casa se va a la cama mucho más temprano que la extraterrestre que les está narrando esta historia (yo pego el ojo a las 2 ó 3 de la mañana). Así que la madrugada del fatídico encuentro yo era la única despierta un kilómetro a la redonda (porque obviamente vivo en un desierto). 

Mientras navegaba por los mares embravecidos del ciberespacio escuché a Umi ladrar y arañar la puerta, cosa que usualmente nunca hace, así que después de pedirle que se callara y escuchar que seguía insistiendo decidí salir, pensando ingenuamente que tal vez deseaba ir al baño. Me resultó extraño encontrarla inquieta, porque déjenme decirles que Umi mantiene su porte de perra tranquila aunque su vejiga esté a punto de reventar; aun así yo le veía pintado un letrero sobre su cabecita que decía "NECESITO IR AL BAÑO AHORA MISMO". Tomé las llaves y mientras abría la puerta busqué a Maru con la mirada para sostenerlo antes de que Umi saliera (porque tiene la costumbre de correr fuera de la casa), pero mi sorpresa fue ver que ni Umi ni Maru estaban en el pasillo esperando a que les abriera. Les llamé, pero ninguno contestó; imaginé que probablemente estarían en la cocina intentando cazar algún ratón así que estuve a punto de dirigirme hacia allá cuando me tope con Umi al salir del pasillo, cerca del baño; fue entonces cuando me di cuenta que la puerta del baño estaba abierta cuando usualmente la manejamos emparejada. Umi insistía en entrar al lugar así que decidí seguirla.

Cuando entré vi a Maru en la mitad del baño, en posición de ataque... quería saltar, pero no veía muy bien qué era lo que llamaba su atención. Me acerqué más y entonces tuve más clara la imagen: una cosita peluda a un puñado de centímetros de él. Al principio creí que se trataba de una tarántula (¡tenía muchos pelos!) pero despues ví cómo la cosita peluda levantaba la cola y apuntaba a Maru, ¡ERA UN JODIDO ALACRÁN DEL TAMAÑO DE MI LIBERTAD! Y a mi se me subió el azúcar, la presión, la bilis y todo lo que puede subirse en un ser humano y orillarlo a un colapso físico y mental.

Al principio no supe qué hacer: si intentar matar al alacrán o tratar de evitar que Maru saltara encima de él pero aproveché un descuido de Maru en el que me volteó hacía mi para cargarlo mientras con una mano ponía una cubeta vacía encima del alacrán. Obviamente poner una cubeta vacía encima de tamaño animalón no sirvió de mucho y me las tuve que ingeniar para sacar a Maru y Umi del baño y regresar pronto para darle matarile al alacrán (si supiera cómo dejarlo vivo sin que sea peligroso lo hubiera hecho, lo juro v___v).

Como no pude matarlo con la cubeta tuve que tomar un martillo y zaz, una y otra vez hasta que murió. Pobrecillo. :(

Ésta ha sido la primera experiencia dramática con Maru pero lo curioso es que mientras escribía esta entrada (¡TARDÉ DOS SEMANAS EN ESCRIBIRLA, JAJAJA!) el bodoque se resbaló mientras jugaba y cayó sobre una de sus patitas traseras y se lastimó muy feo. Toco llevarlo a su primera visita con el veterinario para comprobar si se había fracturado algún dedito o sólo era el terrible dolor provocado por algún nervio. Por fortuna sólo fue el susto y el dolorcillo. Le pusieron inyección para desinflamar y pastillas para el dolor y de pilón le pusieron la vacuna para la Leucemia Felina. El 25 tocará ponerle la vacuna polivalente, después la de la rabia y finalmente a los seis meses tocará esterilizarlo.

Qué divertido es tener un gatito, ¿verdad, Umi? :)

Notita chiquita: Dentro de unas horas (8 de mayo) Misty cumple un año y Kenny 4 meses de haber fallecido. Nunca olvidaré a esos angelitos que me alegraron la vida durante tanto tiempo. 

25 mar 2012

Si te digo que son diez limones, SON DIEZ LIMONES.

Mi mediocridad se esparce por varias áreas y por los recovecos más insospechados. De esa manera me aseguro de fallar, no sólo en las matemáticas o las ciencias naturales, por poner unos ejemplos, sino también en algo tan mágico-científico-y-variado como es la cocina. Y es que tengo el sagrado arte de hacer que el chorizo se queme en tres minutos a fuego bajo o conseguir que el huevo adquiera un sabor insípido (y salado, en caso que la persona que lo pidió no lo quiera así); o en otras tantas ocasiones, y rayando en toda suposición lógica, me salía más dulce que una paleta. 

Ya ni hablemos del café, que nunca me queda igual dos veces, ni del Choco-Milk que pierde toda espuma visible en cuanto toca el vaso. Mi abuela, cuando vivía y veía mi fracaso chocomilesko, solía decirme que la espuma se iba porque le hice ojo. Una expresión que jamás entendí pero que nunca me atreví a preguntar su origen porque aquella ancianita de cabellos blancos y paso renqueante también había insistido en que yo había nacido con ojo seco (y por eso no lloraba en funerales) o juraba por la Virgen de la Basurita que su perro ‘Pastor Alemán’, Wüatusi, regresaría un día por el mismo camino que tomó cuando salió por última vez de casa. 

Hace ya un par de meses (antes de Navidad) mi hermano y yo decidimos hacer un postre que nos gusta mucho: Pastel de galleta y limón. Eso de ‘mi hermano y yo’ es sólo para llenar el renglón porque en realidad la que terminó haciendo todo fui yo. 

Los ingredientes eran estos:

  • 1 lata de leche evaporada
  • 1 lata de leche condensada
  • De 7 a 10 limones
  • 3 tubos de galletas Marías.
Y las instrucciones para su preparación eran estas:

Verter en la licuadora la leche evaporada y la leche condensada junto con el jugo de los 10 limones. El resultado será algo como esto: 


En un refractario ponemos una capa de galletas Marías que abarquen la mayor parte de la superficie. Si quedan huecos en el fondo quebrar algunas galletas para que puedan cubrir esa área. Encima ponemos una capa del menjurje que hemos echo.


Continuaremos llenando por capas hasta que: 1) Se nos acabe el merengue 2) El refractario se llene 3) Las galletas Marías se terminen. En cualquier caso, el resultado final será algo remotamente parecido a esto:


Sencillo ¿verdad? Pues aquí es donde entro yo y mi mediocridad. Debo de reconocer que mi inseguridad es la que me hace cometer tonterías como estas. La lista de ingredientes decía CLARAMENTE utilizar entre 7 y 10 limones. ENTRE SIETE Y DIEZ LIMONES. No más. No menos.

Pueden ir a la fotografía de los ingredientes y contar los limones ¿por favor? No es que no sepa sumar —que por lo menos eso sí aprendí— sino que pensé: ¿no serán poquitos limones? ¿y si están muy dulces? ¿y si le agrego uno o dos más?

Pues eso hice.

Dos horas después de estar refrigerando el pastel y servirlo muy campechanamente ésta soy yo probando el engendro que hice:


Ácido no, lo que sigue. Aquello estaba tan poco apetecible al grado que tuvimos que comprar crema chantillí para contrarrestar el sabor. x____x

Por lo menos aprendí algo: si las instrucción señalan un punto límite de cierto ingrediente, TIENES que respetar lo que te dice. Lo cierto es que soy demasiado asquerosa siguiendo instrucciones y suelo pasarme todos los pasos por el arco del triunfo pero bueeeeeeeeeno. Veremos qué tal me resulta el susodicho pastel la próxima vez que tenga las ganas de hacerlo. 

5 ago 2011

Hay gente que tiene sentido común... y yo.

Llaveros y caracolito, el protagonista de mi drama.
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"Ustedes no saben lo que es la vida hasta que no han olido el olor a la muerte. Por lo tanto si no han olido un organismo putrefacto no han vivido (o por lo menos no saben apreciar el olor el valor de la vida en todo su esplendor)".
Evangelio según Linda.
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Cuando mi mamá regresó de sus vacaciones en Los Mochis me trajo de regalo un pequeño caracol (el de la fotografía de arriba) a sabiendas que yo ya colecciono un sin números de conchas, galletas de mar y caracolitos, pero estos últimos casi no aparecen en las playas de Escuinapa. Y yo, como peco de inteligente y tengo un coeficiente intelectual de 140 (es broma) decidí ponerlo en un recipiente que en otros tiempos había sido la pecerita de Dori, una pez beta azul que tuve hace ya varios años. En esa pequeña pecera metí un montón de cosas: monedas, memorias USB, piedras raras, grapas, cinta adhesiva, pilas, pegamento, etc. En serio, sólo faltaba meter mi alma para que todo estuviera dentro. Lo hice con el objetivo de que nada estuviera desordenado, acababa de limpiar mi habitación y deseaba que el escritorio no tuviera tanta cosa perdida por allí, por eso las agrupé en un solo lugar. Y para rematar la última cosa que puse fue el caracolito zombie que mi mamá me acababa de regalar, y encima le puse una mini-capana de DVD's para que no se metiera el polvo, porque por una extraña razón en esta casa entra polvo hasta por las paredes.

Ustedes ya saben a dónde va esto ¿verdad? ¬‿¬

Eso fue el viernes 22 de julio. El sábado y domingo mi hermano y yo nos fuimos a Culiacán con mi hermana mayor para ver la última película de Harry Potter y el lunes que volvimos a la rutina hacía un calor terrible. No sé si en este blog he mencionado que Dante, mi laptop, tiene problemas con su ventilador, así que cuando hace calor y utiliza mucha memoria RAM pues se calienta y se apaga para evitar que el hardware sufra algún tipo de daño. Total, me puse a descargar un par de cosas en la PC de la casa para después pasarlas por USB a mi laptop (alguien que me de un premio por mi sublime ingenio).

Cuando terminé de descargar todo lo que tenía decidí ir por la memoria USB, la cual estaba en la pecerita de Dori. Cuando le quité la campana de DVD's que tenía como protección contra el polvo me llegó un tufo a muerto que rápidamente se esparció a toda la habitación, les juro que no me vomité porque allí cerquita estaban mis libros y no me apetece vomitar algo que a mí me costó comprar.

Por un momento olvidé que allí tenía el caracol y pensé que algún ratoncito había muerto cerca de mi escritorio pero cuando levanté la pecera en la parte inferior podía verse una linea café oscura que llegaba hasta la base y se esparcía cuan ancha era. No era algo animal, no, era algo líquido y pegajoso >__<. Eso era lo que olía a muerto. Sinceramente no creo que el caracol (el animal) haya estado metido allí dentro pero quizá dejó una sustancia que, con el clima, el recipiente, y el tiempo hizo que apestara HORRIBLE.

Y aun estoy aquí, dos semanas después, tratando de quitarle el olor a muerto a las cosas, ya probé con Suavitel, cloro, jabón de baño, jabón de hotel, crema, sol (mucho sol), loción-humectante-con-olor-a-primavera-y-fresas-de-niña-quinceañera y tampoco funciona :(. Mis cosas aun huelen putrefactas, la pecerita por suerte ya no, pero mis cosas sí. Incluida la memoria USB que ni de chiste la acerco a Dante xD.

Sí, esta es una historia random y ridícula que quizá jamás debí haber escrito pero me apetece compartirlas con todo ustedes para que les revuelva el estomago, les quite el apetito o se rían de mí :D.