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24 may 2014

Un mosquetero llamado D’Artagnan...

D'Artagnan. (Diciembre 2013)
Hubo un tiempo en que un mosquetero de uniforme negro custodio sin descanso las puertas de un falso castillo de mi patria. En realidad no era un castillo, era una casa. Y no era un mosquetero, era un perro. Hembra, para ser más exacto. Pero su nombre siempre fue así, D’Artagnan, como el icónico personaje creado por Alexandre Dumas siglos atrás.

D’Artagnan llegó con la muerte pintada en su carita y la agonía ciñéndole cada centímetro de su cuerpo. Su piel desnutrida y sus llagas abiertas llenas de moscas y de pus le acompañan allá donde se movía (cuando podía moverse, claro, porque la falta de grasa le permitia caminar sólo un par de metros antes de quedar tirada en el frío asfalto decembrino). Llegó de ningún lado y se quedó allí donde la calidez se sintiera más gentil. Allí donde el frío no doliera tanto o donde las bolsas de basura estuvieran a su altura para que al romperlas no le doliera su frágil mandíbula ni sus patas delanteras. Yo la vi agonizando con una súplica en la mirada que jamás he visto en ningún otro ser vivo. La vi moviendo el rabo con alegría cuando me acerqué a acariciarle su esquelético lomo, a pesar de que su cuerpo llevaba muerto mucho tiempo. Cansado del abandono humano, colapsado sobre su propia miseria.

Le ofrecí un plato de comida y un vasito de agua, un pedazo de sombra para que pudiera caer muerta sin que el sol también ciñera sus garras sobre su cansada alma… Y luego esperé a que muriera. Fui paciente. Un día, dos días, tres semanas, cuatro meses. Un plato de comida, un vaso de agua. Dos veces al día, tres veces al día. Vitaminas. Croquetas baratas. Más agua. Pero ella no murió. Las llagas empezaron a sanar y las heridas infectadas comenzaron a remitir cuando las defensas de D’Artagnan aumentaron lo suficiente como para deshacerse de la diarrea crónica y las pululantes moscas. Ella me ofreció tres siglos de fidelidad por cada plato que puse frente a su boca, mil años de guardia por cada vaso de agua que puse a su altura, un millón de movimientos de rabo por cada palito de carnaza que le lancé por la ventana. Aquel día en que mis padres me dijeron que no podía adoptarla escribí en este blog los tres puntos suspensivos más dolorosos que he escrito en la vida, me tiré en mi cama y lloré. Lloré y lloré por todo lo que jamás podría hacer por ella, por todo lo que se le negaría ahí afuera, por todo lo que jamás podría ofrecerle en su condición de callejero. Pero jamás la abandoné. Jamás la abandonamos, ni mis padres ni yo. Durmió al ras de alacranes, en noches frías y días lluviosos, rompió tantas bolsas de basura como le fue posible y fue atropellada una vez por una unidad de una autoridad policial que ni siquiera se detuvo para ver el crimen cometido, pero ella siempre resistió, siempre de píe, con el ladrido en el hocico y la aventura en su regordete rostro de Labrador. Mansa en el dolor y fiel en madrugadas peligrosas.

Pero no tenía ningún hogar, seguía sin tener techo, ni dueños permanentes, alguien que le acariciara ahí donde se posó la muerte cuando yo no podía hacerlo. Existen ángeles que nacen con capas y capas de pelo, que caminan con cuatro patas y ladran en lugar de cantar. Uno de ellos se llamaba D’Artagnan. Y era un mosquetero. Y era hembra. Y fue callejera. Y un día, de repente, consiguió un hogar. Mi entrañable D’Artagnan, con dos meses de embarazo y seis perritos metidos en la barriga, fue adoptada por otros ángeles imperfectos, esta vez humanos, personas gentiles que merecen, sólo por ese acto, un noble lugar en el cielo de la gente buena.

Lo que hice con esta perrita es probablemente una de las mejores cosas que he hecho en la vida. Juré no escribir nada aquí sobre ella hasta que hubiera un motivo digno que me llevara a la felicidad absurda de verter en palabras toda aquella incertidumbre que tuve por cada día que vivió ahí afuera. Este pegostito de vida ha sido uno de mis mayores éxitos, y una prueba irrefutable de lo que somos capaces de hacer cuando nos ayudamos unos a otros. D’Artagnan fue querida por muchas personas en este barrio, e incluso por otros que pasaban de vez en cuando. Vecinos de buen corazón que me hacen volver a tener fe en una sociedad que muchas veces deja pasar demasiadas injusticias. La vida de D’Artagnan no fue salvada únicamente por mí ni por mi familia, sino por un puñado de extraordinarios seres humanos que pusieron su granito de arena, demostrando con ello que aun existe bondad en el mundo. No puedo nombrarlos a todos, sería imposible, pero sé que ellos mismos conocen sus nombres, sé que ellos mismos saben lo que hicieron y quiero que estén consientes de lo extraordinario que son como individuos, independientemente si sólo se pararon para regalarle una caricia o preguntarnos cómo estaba.

No hice nada extraordinario por mi mosquetero, hice lo mínimo que esperaría de cualquier persona si algún día mi propia perrita se perdiera ahí afuera. Espero que haya miles de días felices para D’Artagnan a partir de hoy. Nunca olvidaré lo que fue, ni lo que era cuando consiguió un hogar. Ni su presencia, ni sus ladridos, ni sus lengüetazos, ni sus juegos. Fueron seis extraordinarios meses a su lado y fue un honor haberme topado con ella cuando moría en una de las zonas más transitadas de mi ciudad.

Mil gracias a todos aquellos que la miraron cuando muchos ignoraron su dolor. 

D'Artagnan, (abril 2014).