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28 jul 2016

¡Paren el mundo que me quiero bajar! (Días de ansiedad)

[Dudé mucho si publicar este post ahora que el agobio en mi vida no es tanto, pero creo que hay personas que llegan aquí por mi artículo sobre el TPE y ellos más que nadie saben que existen días así de exasperantes y repletos de agobio, así que lo dejaré por aquí y retrocederé disimuladamente para escribir cosas más positivas]
Post escrito a principios de junio, 2016.
Hace un par de días, por mera “diversión”, realicé un test que encontré por Internet para conocer el nivel de ansiedad que padecía. Y mira que lo he puesto entre comillas porque yo no sé qué gente va por la vida contestando cuestionarios en línea nada más para matar el aburrimiento que se acumula en el cerebro, pero yo soy una de ellas. ¿Y para qué mentir? Me fue FATAL. Han sido 51 preguntas que he contestado con toda la sinceridad que he podido y 49 han dado positivas a los síntomas de Trastorno de ansiedad generalizada; (ya hasta el nombre suena fatal ¿verdad?). Las otras dos las he puntuado de manera negativa porque una era sobre la falta de apetito durante los momentos ansiosos y la otra sobre problemas con tu pareja (¿cuál pareja?). Después de ese test realice otros dos con resultados similares. No es que tales resultados me haya sorprendido de sobremanera pero sí me ha entristecido un poquitín, sobre todo porque caí en cuenta de que mi vida no es tan tranquila como imaginé. De hecho, al poco tiempo leí un post en Tumblr de una chica que también padece ansiedad crónica donde invitaba a quienes tienen este problema que hicieran una lista de aquellas cosas que les producen ese estado mental en el transcurso de un día —desde que se despiertan en las mañanas hasta que van a la cama— para intentar combatirlas una vez identificadas; y allí voy yo de valiente escribiendo mi lista, pensando que serían una decena solamente y no las cincuenta que me han saltado en la cara.

Siempre he estado así, estoy acostumbrada a vivir con ansiedad constante y a trabajar con dolor crónico porque padezco intestino irritable, reflujo, gastritis y cefalea por tensión pero también tengo que reconocer que últimamente ésto ha empeorado porque desde hace un par de meses mis responsabilidades en el trabajo aumentaron. Lo crappy de todo esto es que yo no tengo una vida difícil y repleta de dificultades; no tengo carencia de dinero, no tengo un trabajo agobiante, no tengo cosas sumamente importantes de las cual preocuparme y sin embargo, me preocupo. Viendo la lista que hice resulta asfixiante que mi mente necesite estar siempre en alerta máxima, la ansiedad se ha tornado para mi como una droga. Sin la ansiedad no soy nadie porque siempre he vivido así y siento que cuando no estoy en ese estado de alerta necesito algo que me preocupe, cualquier cosa, desde la ventana abierta detrás mío, hasta alguna llamada telefónica ¿Por qué? ¿por qué deberían importarme cosas tan pequeñas y que el resto les resultan absurdas? No lo sé, pero ahí estoy yo en un torrente de emociones que jamás se detiene y me impide llevar una vida, ya no normal, sino tranquila.

Mi grado de alerta llega a tal punto que soy capaz de percibir el cambio de voz de la gente: puede notar cuando contestan algo de mala manera, o cuando su tono es un poquito más alto para demostrar su malestar o enojo. Para alguien que trabaja delante de personas, en un servicio al cliente, aquello no es sólo el pan amargo de cada día, sino que no puedo liberarme de ellos ni siquiera cuando voy a dormir porque me acompañan hasta en mi sueños. No es que sea algo extraordinario, en realidad es algo que cualquiera puede notar, pero sin embargo son capaces de pasarlo de largo y yo no, y esa incapacidad de separar el trabajo de mis momentos en casa es lo que me termina arruinando la existencia.

Hace poco tiempo tuve una racha muy mala y dejé de actualizar el blog casi un año, fue una bestialidad. No necesité que alguien viniera a decirme que lo que tenía era depresión porque era algo que yo de sobras sabía (este blog, como lo expliqué antes, nació en un momento así). Y la depresión viene acompañada de una crisis existencial muy bestia de la que siempre me resulta muy difícil levantarme porque, seamos sinceros, es cansado ser como yo. No soy así de nerviosa, ansiosa y depresiva por elección, es estúpido pensar así, sino porque no puedo hacer que mi cerebro no exagere las cosas de la manera en que comúnmente lo hace. He buscado, he leído libros, estudios de aquí y de allá, he tratado de poner en práctica consejos, testimonios, opiniones de otros que han estado en mi lugar, lo he intentado por más de una década y sin embargo sigo estancada donde mismo. Y lo peor es que la depresión me impide que me importe. Que me importe mi salud física y mental o mi futuro a largo plazo.

Ese es otro problema: soy incapaz de imaginar dónde estaré dentro de dos o tres años. Es ilógico pensar que viviré hasta el 2018 o 2020. No es algo reciente tampoco: cuando tenía 8 pensé que moriría a los 10; cuando tenía 10 pensé que a los 12; cuando cumplí 12 no me imaginé llegar a los 15. Y así, sin darme cuenta, desperdicié un par de carreras universitarias y no sé cuántas cosas más. Así que, a unos días de haber cumplido los 28 no me imagino llegar a los 30, ni mucho menos a vieja. Qué absurdo suena. De hecho, estoy tan atontada por el mundo que había olvidado totalmente cuántos años cumplía; tuve que sacar el resultado con una calculadora xD. Para rematar: mientras unos van por al vida quitándose años yo me decepcione al saber que apenas iba a cumplir 28. Que nadie venga a preguntarme entonces que dónde me veo dentro de 20 años porque entonces me gustaría parar el planeta y bajarme en esta esquina olvida del universo. Yo no tengo cabeza para eso; si este tiempo vivido me ha parecido una tortura mental ¿cómo esperan que imagine mi futuro a dos décadas de distancia? Lo único que pienso es en cuántos días de estrés me esperan, cuantas quejas de gente insatisfecha, cuantas reuniones sociales tendré que soportar, cuántos dolores de cabeza, o malestares estomacales a diario y una lista tan larga donde lo único que me apetece es hacerme un ovillo e hibernar hasta que se derrita la Antártida. No es precisamente un futuro muy agradable ¿verdad? Me resulta muy difícil pensar que la gente me pueda entender (ni siquiera yo me entiendo), de cierta manera pienso que las personas normales han de creer que estoy exagerando y sólo espero de ellos su compasión, pero no es así, no espero que la sociedad se detenga por mi, ni siquiera que me entiendan, sólo me gustaría tener mi propio espacio y mi propio ritmo, un horario fijo en el que les pueda servir y otro horario fijo donde yo pueda descansar, ¿es mucho pedir? ¿es egoísta? Tal vez sí, vivimos en un mundo sumamente egoísta, pero traigo un barullo en la cabeza que apenas puede conmigo y siento que de alguna manera necesitaba expresarlo.

Últimamente he retomado el blog precisamente porque es de las pocas cosas que consiguen relajarse un poco. Escribir me estresa, pero es un estrés agradable; no me agobia ni me enfada, aunque de vez en cuando las palabras se me queden atoradas en la mente y un post dure en la sección de borradores durante meses, pero lo estoy intentando y está funcionando. Y en este momento con eso basta. Vivo al día, pero no sé por cuánto tiempo funcionará este plan de no mirar las cosas más allá de donde estoy en este momento. Se me cae el alma al suelo al ver que mi antidepresivo cuesta casi la mitad de mi quincena (y últimamente no funciona). O sea, estoy trabajando en un trabajo agobiante para poder mantenerme cuerda. Sin embargo, una cosa sí que quiero dejar en claro: gran parte de esto es mi culpa. Mi falta de constancia, mi pereza monumental, mi incapacidad de salir de mi zona de confort —aunque esta es en realidad una zona de guerra mental—, etc. Debería de tener un horario establecido, una agenda diseñada minuciosamente sobre qué hacer o a dónde ir para salir de mi madriguera como la buen ermitaña que soy, ¡pero qué pereza me da todo, por dios! 24 horas al día me parecen poquísimas para desperdiciar mi vida. Y jamás salgo de donde estoy: casa, trabajo, casa, trabajo; y no debería ser así. Como veterana del TPE sé que esta es la manera de más fácil de cavar mi tumba: no salir de la rutina ni para ir a la tienda. No salir de casa, no cambiar de camino, no enfrentarme al agobio de afuera porque ya tuve suficiente con las 8 horas laborales que traigo encima. Y esto tiene que cambiar ya, pero ¿cuándo? ¿cuándo tendré el valor de levantarme más temprano de lo normal, ignorar el calor y salir de la casa para caminar una hora o ir un rato a la plazuela sólo para ver pasar a la gente o qué sé yo. Me falta constancia y de paso un poco de amor a la vida también. En fin, que al final el post ha quedado más depresivo de lo que me hubiera gustado pero qué se le va a hacer, así es mi vida, así ha sido más de la mitad de mi existencia. Para mí es normal pero con el paso de los años se está volviendo muy cansado; mucho más de lo que lo fue hace una década, cuando éste blog nació.
Esta es una de las cosas más frustrantes de tener un desorden de ansiedad:
tú sabes que estás exagerando, que no hay razones para exagerar y
sin embargo no tienes la capacidad para calmar tus emociones.
 

18 feb 2015

¡Buenos días a la vidaaaaa, buenos días al amoooor! Turururú.

Umi Murúa. 
Hablé de un inminente colapso mental en mi publicación pasada. La he leído ayer por primera vez desde que la publiqué y hasta me he dado el permiso de sentir cierta ternura. El colapso mental inevitablemente llegó y vino acompañado del peor ataque de ansiedad que he sufrido alguna vez en la vida.

Ocurrió el viernes pasado y no se detuvo sino hasta el sábado a medio día. No sólo fue horrendo, sino desagradablemente humillante. Para ese entonces ya tenía dos problemas encima: vértigo y dolor en las encías por las muelas del juicio —que a su vez provocaban cierto dolor de cabeza— así que técnicamente yo era una bomba de tiempo a la que sólo le faltaba el ajuste necesario para estallar. Ya me había notado media rarona días antes: mientras veía algún video en el celular sentía un bajón tremendo, como esa especie de vacío que sientes en el estómago cuando vas en autobús y bajas de repente por un desnivel en la autopista, o al sentir cómo el elevador en el que vas se pone en marcha. Pero, a diferencia de estos dos ejemplos, después del bajón llegaba la taquicardia, las piernas flácidas, las manos heladas, la tensión en el cuello y esa sensación inminente de que pronto iba a morir… Así, de repente; de un infarto fulminante, una embolia y yo qué sé.

Ahora que lo pienso suena absurdo pero no mentiré al decir que en ese instante la pasé FATAL.

La crisis fuerte llegó después de estar un rato usando la laptop y de un apagón que hubo en el barrio de no más de dos minutos. El detonante fue probablemente el hecho de saberme sola en casa. No es que me da miedo la oscuridad —hace muchos ayeres dejé de temerle— sino el hecho de sentir el bajón ESTÁNDO sola en casa. Para los que no lo sepan, los ataques de pánico llegan de repente, sin aviso, y sus síntomas son muy parecidos a los de un infarto. Mi ritmo cardíaco cambió y yo sentí el golpe. Fue tremendo. El cuerpo entra en alerta máxima y esa sensación ya no te abandona: te sientes en peligro, pero miras alrededor buscando ese mal y no lo encuentras, entonces piensas que tu cuerpo está en alerta porque algo te va a pasar y lo único que se te viene a la cabeza es un infarto... Lógico ¿no? XD  

No sé si ya lo mencioné anteriormente por aquí pero no tengo miedo a morirme. No creo que vaya a dejar algo en este mundo que valga la pena, no más de lo que hay en este diario, por ejemplo. El miedo está en no saber cómo voy a morir y si va a doler mucho o no (de verdad espero que no). En esta crisis pasada estaba tan jodida, tan mareada, tan asqueada de todo, que me preguntaba muy en mis adentros por qué mi corazón aun seguía latiendo ¿En qué momento se tiene que detener? ¿Cómo será en el instante mismo que deje de latir? ¿Será mientras duermo? ¿Será en el consultorio? ¿Primero me desmayaré y luego moriré? Seguro sería un buen post.

Así que me dieron vacaciones en el trabajo ¡YEY! Pero no era así como me hubiera gustado pasarlas.

La verdad es que estaba llevando una vida muy bestia y sedentaria los últimos meses, que junto con el estrés y las preocupaciones pasaron factura y los resultados de los análisis sanguíneos hablaron: vértigo, triglicéridos elevados y anemia ferropenica. A la cama, dieta, ejercicio diario y vacaciones obligadas. Mis días de descanso me supieron a medicinas caras, consultorios médicos, lentejas, betabel y diarrea (porque para rematar me dio diarrea xD).

Estaba pendiente la operación de Umi. Mi perrita de 12 años cargaba un tumor de cinco centímetros en las ubres y había que operar porque ya estaba empezando a dar problemas dérmicos. El drama no fue que la operaran sino las idas a curar, tomando en cuenta que no tenemos auto y ya no podía caminar. Me las arreglé como pude. Pero un día, mi querido gatito que tanto amo, quiero y aprecio (¡bastardo malagradecido!) decidió que era muy buena idea pelearse con otro gatito del vecindario. El problema no es que se haya peleado, el problema es que el otro gato le clavó la uña en la frente y pues a los dos días tenía un absceso de pus que olía tan mal como se veía. Sí, mi gato se estaba pudriendo. EL.DRAMA. Al final conseguí llevarlo con el veterinario minutos antes de llevar a Umi, para que lo sedaran y pudieran sacarle tanta miseria acumulada.

A Umi tocará llevarla a retirar los puntos quizá este fin de semana y al parecer todo salió bien. ¿Yo me quité todo el estrés o descansé en estas vacaciones? No, ni de chiste. Lo bueno de todo esto es que me dieron un anti-depresivo por dos meses y aquí estoy repartiendo magdalenas y gardenias desde mi habitación hasta el ciberespacio.  Besitos vitaminados. :* 

2 feb 2015

¿Pero éste drama de qué va y por qué yo no sabía nada?

Ehm, creo que necesito vacaciones. Así, como con urgencia.

¿Alguna vez han sentido esa terrible sensación de ahogo que se produce cuando aguantan la respiración por mucho tiempo? De pequeña me pasaba a menudo, casi siempre antes de dormir, cuando las luces se apagaban y la casa se quedaba a oscuras. Trataba de llenar mis pulmones de aire, pero no importaba cuánto inhalara, la sensación de insuficiencia se quedaba hasta que lograba dormirme. Tiempo después descubrí que eso que experimentaba era un ataque de ansiedad y aprendí a controlarlo (nunca totalmente). En aquel entonces el ataque se producía por miedo a morir dormida, por el terror que me producía la oscuridad o por el temor que me daba tener una pesadilla y mojar la cama (me pasaba muy rara vez y era horrible). Mi manera de evitarlo era dormir cerca de alguien —casi siempre con mi madre o mi hermana— y rozar con mis dedos parte de su ropa o su piel. Sólo ligeramente. Un poquito. Sentir que estaba tocando algo vivo me daba la seguridad de pensar que la vida no se me iría mientras dormía. Sí, suena estúpido, pero a los seis años eso evitaba que me sudaran las manos, me faltara el aíre y provocara que el corazón me latiera a mil por hora cada vez que era la hora de dormir. Otra opción era irme a la cama antes que todos, cuando las luces aun estaban encendidas y mis padres despiertos, pero casi nunca tenía sueño.

Con el paso del tiempo esos ataques de ansiedad se redujeron bastante; era extraño tenerlos salvo específicas ocasiones: exponer un tema frente a mis compañeros de escuela, realizar un trabajo en equipo, la entrega de calificaciones o cualquier cosa que implicara presentarme sola frente a una persona de mayor edad y autoridad. Sin embargo, sigo teniendo muy presente ese agobio, esa figurativa falta de aire que se produce cuando la ansiedad me supera (sin necesidad de que sea un ataque en sí) y se apodera de mi rutina durante semanas o incluso meses. Como una persona con Trastorno de la Personalidad por Evitación (TPE) y además asocial, es muy fácil distinguir cuando lo primero se antepone a lo segundo. No es siempre, no es todo el tiempo, no es todo el año, pero cuando sucede lo reconozco. Trato de llevarlo lo mejor que pueda, trato de superarlo sabiendo que vendrán días más despejados e intento continuar con mi rutina. Es algo personal; siempre lo ha sido. Algo que se sufre en silencio. No es fácil; de hecho, ya se me había olvidado lo que es vivir estresada todos los días. Este blog nació una noche de asfixia y desolación; nació adolorido y dañado (lo expliqué por aquí). Nació por la necesidad de expresarme ante un medio que sentía mío, desde que lo conocí, siendo sólo una niña, cuando el Internet era un sonido imposible que nacía de las entrañas de un teléfono conectado a la computadora. Este blog vio la luz en aquellos días universitarios que hoy, al pensar en ellos, me acarrean sólo sentimientos de frustración tan profunda que no me apetece traerlos al presente.   

Está de más decir que estoy feliz en mi trabajo. Es un trabajo chiquito, de mi propia familia paterna. Un trabajo que aprecio, valoro y quiero mucho, y que me ha permitido soportar más bullicio social del que jamás me hubiera podido imaginar en las tres décadas que están a punto de caerme encima. He interactuado con gente buena, jóvenes educados y niños a los que quisiera congelar en el tiempo para que no se esfume esa ternura que se les derrocha por la cara. (También me he topado con gente grosera, prepotente y mimada, pero no me apetece recordarlos). El asunto es que, cuando te haces mayor —dejas de ser estudiante y te convierte en trabajador— los días más preciados de tu infancia se convierte en tu peor pesadilla. Sobre todo cuando trabajas en un lugar donde las vacaciones son algo así como ¡LA MEJOR ÉPOCA DEL AÑO PARA VENDER! En ese caso mi felicidad se anula donde comienza la tuya. Y el estrés se apodera de mí. En realidad, hace muchísimos inviernos que la Navidad ya no tiene para mí el significado que tenía antes. Cuando era pequeña, esos días se convertían en la época de las semanas sin escuela, primos en la casa de la abuela y pijamadas interminables. No creo que sea una queja, sino una confesión. Tampoco me provoca depresión. Sino estrés. Agobio. Ansiedad.

Éste último mes de diciembre fue el rey de todos los meses ansiosos que he tenido en mi vida. Todo comenzó una semana antes de Navidad (supongamos que aquí fue donde empecé a aguantar la respiración; eso que mencioné al principio), cuando mi mamá fue internada de urgencia por un dolor que tenía en el vientre, al lado de la vesícula. El asunto en cuestión nos abordó a las dos solas. Mi papá estaba fuera de la ciudad y mis hermanos en Culiacán. ¿Saben el peso que eso puso sobre mis espaldas? ¡Joder! ¿Yo en una situación así? Ahí estaba, la más cobarde de la familia, con TPE, el colón irritable a full y el Síndrome de la Bata Blanca que me acompaña desde niña. Ahí, en un hospital que está donde da la vuelta el aire y empieza el estado de Nayarit. A las doce de la madruga, con mi madre y su dolor a cuestas. Fui valiente. Con mi adrenalina hasta el límite y mi mamá gritando que se moría, pues bueno, ahí me tenías maldiciendo a todas las ciencias médicas y sus ilustres declamadores del juramento hipocrático. Esa específica semana fue una mierda total (perdonen la expresión): ya habían pasado otro par de cositas que pusieron en jaque mis neuronas sicóticas, incluyendo una invasión de escorpiones en la casa que habitamos y la decepción tremenda que me dejó Marco Polo. Lo de mi mamá fue sólo la cereza sobre el pastel. Bueno, más bien fue la decoración que rodea el pastel de la desgracia. La cereza la puso nuestro vecino anciano que falleció justo cuando llegamos del hospital y escuchamos a las magdalenas del barrio llorar hasta el arroyo de nuestro pueblo. El anciano me caía bien. Era esa clase de persona que inclinaba su cabeza como gesto de cortesía cuando pasabas a su lado. Ese mismo día; sí, ese maravilloso día de otoño navideño, mi gato tuvo la esplendorosa idea de poseer gingivitis por el resto del año (¡Pero hay que tener pantalones para hacer eso, Maru!). Maru es el aguafiestas más reputado de mi nación. Tiene tres años y me ha amargado precisamente TRES navidades. HIJO DE PERRA (literalmente). En la primera Navidad que pasó con nosotros le dio diarrea, en la segunda lo atropelló un auto y en la tercera se le pudrió la boca. De hecho, este 2015 he empezado ahorrar para que en diciembre no se atasque todo mi aguinaldo en medicamentos para el niño mimado de la casa, porque eso ya no lo toleraría, ¡EH! XD

El veredicto final para mi madre aquella fatídica noche en el hospital era que tenía la vesícula llena de piedras y había que operar lo más pronto posible. No en plan de Emergencia pero vale, ese dolor que sintió ella no le apetecería sentirlo de nuevo y pues bueno ¡a operar!... Mi papá pidió las vacaciones antes de tiempo y a él le tocó viajar a Mazatlán y acompañarla durante los días de la operación. Mientras tanto, en mi casa seguían apareciendo alacranes como si estuviéramos frente a alguna plaga del Viejo Testamento. De hecho, le he dicho a Jesús que le diga a su papá que hay formas más bonitas de decirme que no me quiere.
[No contaré de aquella vez que me cayó aceite hirviendo en el labio, ni aquella otra en la que un pedazo de tortilla dura se incrustó en mi ojo, porque hay un límite para la vergüenza propia y estoy a punto de superarlo.]
El asunto en cuestión es que todo ese tiempo estuve trabajando. Y en vacaciones decembrinas mucho más. El día que mi madre fue dada de alta (a las 7h de la mañana), mi hora de entrada era a las 8h lo cual me jodió mucho por dentro y por fuera porque no dormí ni un segundo en toda la madrugada que mi madre estuvo hospitalizada. Ese mismo día tenía que volver al trabajo de 20h a 22h pero me caí rendida sobre la cama y desperté hasta el año 2035 después de Cristo, llegando tarde y quedando en ridículo con medio mundo, el cual no es mi pasatiempo favorito.

Ha pasado ya un mes de aquello, y dos o tres días de descanso semanal, y sigo sosteniendo el aire. La ansiedad está a tope. Siento que no he descansado desde aquel absurdo diciembre. No me haré la sufrida pero frustra un poquito, oye. Sobre todo porque los días no me saben a nada. Ni aquellos en los que trabajo, ni aquellos en los que descanso. Y al parecer será así hasta medidas de febrero, lo cual agobia un poquito más. Estoy intentado lidiar con ello lo mejor que pueda pero ¡Pfff! Incluso eso cansa. Y es aquí donde he llegado a la conclusión de que NECESITO VACACIONES. Y como no quiero pedirlas sino hasta marzo pues me vengo a desahogar aquí porque este blog está para eso y mucho más ¿no? XD Sí.

Hace un par de años, cuando descubrí que mi drama social tenía nombre y estaba catalogado dentro de los trastornos de la personalidad que llevan inquietando a los psicólogos desde que se dedican a sus labores, intenté buscar un refugio cibernético donde pudiera encontrar a otros como yo. Por ahí alguien mencionó que conocer a gente que pasa por el mismo problema que tú te ayuda a expulsar esa sensación de desolación cuando sientes que nadie te entiende. Encontré un foro privado (en el cual nunca fui aceptada) y mandé una solicitud de amistad a un grupo de Facebook que iba directo al grano y se llamaba así, Fobia Social. Nunca he publicado nada ahí, jamás me he presentado, no doy deditos arriba, ni comentado nada porque aquí es donde mi asocialidad se asoma: estas personas no me interesan en lo absoluto. No me apetece interactuar con ellas, ni ofrecerles mi experiencia y sobre todo los post son tan erráticos y diversos que me aterran tanto como me confunden. Eso sí, gracias a ese grupo he aprendido a apreciar infinitamente a mis padres: los pilares que sostienen lo que soy; lo que siempre he sido. Es depresivo hasta límites irrisorios pasear por el Muro de este espacio para atestiguar la amargura de quienes desahogan ahí sus penas. Una válvula de escape que jode más al lector que al que publica (y quizá más a los moderadores). Chicos y chicas que tienen su autoestima embarrada en el suelo y pulida con tristeza. Entes miserables que escupen cuánto dolor traen a cuestas: desde la indiferencia de sus familias, hasta hostigamientos estudiantiles o laborales, e ideas suicidas. Entonces pienso en quienes me rodean y la vida tan maravillosa que he tenido desde pequeña. Incluso, en mis peores días en la escuela, siempre podía dar la media vuelta y regresar a casa, donde sabía que jamás me sentiría rechazada. Mis padres, esos seres maravillosos que seguramente han acumulado más decepciones conmigo que con cualquiera de sus otros dos hijos, jamás me han exigido algo que roce los límites de mis capacidades. Siempre me han dado la libertad de elegir. Además, han respetado mi personalidad como muy pocos lo harían. Jamás terminaré de agradecerles tanto.

El problema es ese, teniendo TPE no ha sido suficiente para que mi asocialidad me permita identificarme con quienes lo sufren día a día. Lo cual me provoca un poco de pena propia (poquito nada más), porque es complicado confabular dos toques tan peculiares como la fobia social y la asocialidad para desembocar en el combo break! que soy yo. Veo a estas personas en ese grupo de Facebook, ansiosos por encontrar amigos, novios o una cura para su trastorno y simplemente no puedo comprender por qué querrían hacerlo.

Vale, basta de melodramas. El asunto es que necesito vacaciones lo más pronto posible o tendré un colapso mental mega épico que para qué les cuento. Luego les hablaré de mi dolor de encías, el vértigo que traigo encima y la operación de Umi para removerle un tumor la próxima semana. 

24 nov 2014

"Incluso después de haber apagado la luz"

Post íntegro de @Inti en Esquizopedia.
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¡Ay la pereza, mi entrañable amiga! Si este blog no ha muerto es porque lo quiero muchísimo (y lo amaré por siempre, de eso pueden estar seguros), pero de eso a escribir uno o dos post a la semana ya me parece una tarea titánica. No podría. Tampoco es que quiera hacerlo, claro. Antes, cuando era estudiante y vivía en otra ciudad —más grande, más tosca, más excesivamente depresiva— escribía para no sucumbir a la tristeza de verme en un mundo que nunca me resultó familiar. Este blog nació a escondidas. Una madrugada calurosa de agosto en la que soñaba ingenuamente con congelar el tiempo y expresarme, aunque fuera torpemente, sobre aquello que me movía; lo que me inquietaba, lo que me hacía sentir viva. Han pasado más de 7 años desde aquel día, pero aun hoy ese primer post se asoma con ternura entre tanto presente distinto. Al final conseguí congelar el tiempo, plasmar con un poema que no era mío y una vieja fotografía de mis abuelos, un sentimiento que estaba ahí presente. Un cariño tierno a los ancianos de la foto; a la que se fue y al que se quedó con lo huraño de sus años.

Ahora ya no estudio; trabajo. Y las ciudades cambian y la gente también. El tiempo se hace más pequeño y es cuando comienzas a entender a las personas que sueñan con días que tengan más de 24 horas. Mi trabajo no es físicamente agotador pero mentalmente me exprime toda clase de energía después de estar ocho horas interactuando con personas. Es tan absurdo que dudo que alguien me entienda. Cuando estudiaba Medicina Veterinaria tomaba dos autobuses para llegar a mi destino; audífonos puestos, celular con mi música favorita y un asiento al lado de la ventana en un transcurso de 40 minutos de ida y otros 40 de regreso me daban el tiempo suficiente para pensar en una decena de cosas que podía escribir en mi blog. Mirándolo en retrospectiva, era hasta terapéutico. En las ocho horas que estaba ahí afuera: calle, universidad, calle, casa, interactuaba aproximadamente con cinco o seis personas (incluyendo a los choferes de los autobuses y a la señora de la cafetería). Era perfecto. No había una multi-saturación interactiva con personas. Nada de 60 clientes al día.

Abro un paréntesis: no es que me dé miedo la gente, es que si tuviera que elegir entre hablarles y no hablarles preferiría no hacerlo ¿Y por qué preferiría no hacerlo? Porque no me interesan. Llevo 26 años en este mundo y aun no sé cómo hacer para que la gente me interese. No es que me resulten indiferentes, eh. Si hay algo que no tolero en la vida es el sufrimiento humano en ninguna de sus formas y si tuviera que privarme de algo que está a mi alcance para que otra persona lo tenga, lo hago sin dudarlo. Lo he hecho varias veces. Pero de eso a “me importa muchísimo cómo te va en la vida” pues no. Quizá por eso no tengo amigos. En primera, porque no quiero tenerlos. En segunda, porque no me interesa tenerlos, ni siquiera por curiosidad. Y en tercera, porque hay un punto en la que no me interesa saber más de esa persona. Es como una barrera. Siempre he tenido la duda existencial de saber si, cuando la gente pregunta “¿Cómo estás?”, lo hace porque de verdad le importas o simplemente por mera cortesía (como yo) ¿Será eso egoísmo? Soy de las que no dudan en ceder el paso a otras personas en una fila, o levantarme para darle el asiento a una persona mayor o una mujer embarazada. Me gusta tratar a la gente como a mí me gustaría que me trataran (para mí esa es una regla de oro); sobre todo porque las personas que me rodean no tiene la culpa de mi extraña forma de ser y tampoco pretendo que se sientan mal por mi incapacidad para empatizar con ellas. Es decir, seré muy inútil para varias cosas pero con el tiempo entendí que la mentira social (mentir por educación para no ofender por sinceridad) existe por un motivo. Eso sí, mi amabilidad termina donde comienza tu insulto XD.

Anyway, me estoy desviando del tema porque así de consistente soy yo. Esto no es una queja, ni siquiera creo que sea una justificación. Sólo una aclaración. Jamás me cansaré de este blog y por muy solitario que parezca a veces regresaré mientras ambos tengamos fuerza y vida. Es mi refugio, mi isla desierta personal e imperfecta. Me fascinan sus desfases a la hora de actualizarlo y lo variado de sus post. Nunca he querido que se centre en una sola cosa sino en cosas random que me pasan, veo, leo o escucho. Una variabilidad del ciber espacio, siempre cambiante y siempre presente. Siempre despierto aunque parezca dormido. De vez en cuando se me viene a la mente aquella carta de @Inti donde sentenciaba que “Bloggear es un acto de rebeldía” y remataba con un “Así que acéptalo, eres un blogger, y seguirás siéndolo incluso después de haber apagado la luz.” Que así sea, camarada. Que así sea. :)

Otras cosas:
  • Netflix es la octava maravilla del mundo y mi teléfono celular es la novena… Ahí he estado todo este tiempo xD.
  • Comencé viendo The Following y terminé sumergida en Ripper Street. Luego les explico por qué.
  • Ya tengo mi opinión de Orgullo y Prejuicio escrita, revisada y almacenada en el blog. Se publicará en los próximos días y ehm, ADORÉ ESA NOVELA, ADIÓS.

5 ago 2014

La vida es una tómbola, tó, tó, tómbola...

¿Hola?
¡Por fin he regresado! Julio ha sido un mes olvidable. Hay mil motivos para ello pero ninguno digno de mención; pero los mencionaré igualmente xD.

A veces me convenzo a mí misma de que soy normal, ¿vale? De que no tengo ningún problema para salir ahí afuera y enfrentar al mundo. Lo cierto es que no es así y cuando todos los problemas se alinean uno a uno para darme una bofetada en la cara así tal cuál, es cuando termino con un colapso mental memorable, épico e inolvidable.

Las vacaciones del resto de los mortales no son mis vacaciones, así que es en esa época cuando más me toca trabajar. No es un trabajo extenuante; es cansado, eso sí. Agotador para mí hasta decir basta. Si a eso le añadimos mi intolerancia al calor, la ranciedad de la gente, la ausencia de la paciencia en mi querido pueblo camaronero, junto con la presión, el agobio y la jodida gripe que nunca falla pues básicamente yo era una bomba de tiempo a punto de estallar. Eso fue tooooodo julio. Un mes que me ha parecido asqueroso y pegajoso hasta decir basta y al que me apetece enterrar a diez metros bajo tierra y muy fuera de mi vista para toda la eternidad.

Aunque en Camarolandia City hace calor hasta muy entrado noviembre, agosto es el mes en el que los días más ardientes se despiden y poco a poquito el horror va menguando. Además, técnicamente es en esta época del año en la que comienzan las lluvias en este rinconcito del mundo y todo me parece maravilloso aunque sea mentira. Una ilusión. Un sueño. Pero yo vivo muy pancha creyéndolo, déjenme. :D Y de pilón, es en este mes cuando se terminan las vacaciones para muchos y… everything is awesome! Volvemos a la rutina de siempre. Las rutinas me gustan, son perfectas y seguras. Siempre lo mismo, una y otra vez.

Y lo triste de esto es que terminé exhausta de julio y mirando en retrospectiva creo que no hice nada que lo justifique, por eso comencé a tope con agosto. Una vez que las visitas se fueron y la casa quedó semi vacía, sacrifiqué estos últimos tres días para darle una limpieza memorable que no pienso volver a realizar hasta diciembre del año que viene, justo antes de poner el pino navideño. Para bautizar el momento una abeja moribunda decidió picarme la planta del pié derecho (y le pido a cualquier supersticioso que se dé la media vuelta y se vaya por donde vino porque no lo necesito). Ahora la herida en cuestión me da unos piquetes que para qué les cuento. Mejor dejémosle ahí.

Hace 30 días tenía pensado escribirle una opinión personal muy digna al libro de Markus Zusak que me compré hace dos meses pero toda la inspiración se desbordó por mi cabeza por el estrés que traía a cuestas y al final he decidido postergarlo para una segunda lectura que seguro caerá antes de que termine este año porque la historia me ha parecido preciosa. :3 El estrés de estas semanas pasadas también provocaron que se me quitaran las ganas de leer Los viajes de tuf y que votara al cajón El viento de la Luna, un libro que me estaba pareciendo una ternura en su cotidianidad. Ya lo retomaré los próximos días. Ponerme al orden que las series que he dejado relegadas hasta nuevo aviso es una de mis prioridades también, que ya se están acumulando y me parece fatal. Así que, mientras trato de acoplarme otra vez a la rutina me dedicaré a perder el tiempo las últimas horas de el día de descanso que me quedan. Adiós :D 

30 nov 2013

Aclaremos algo chiquito...

Mientras tanto, en Escuinapa.
Mi papá ha leído por error un post en borrador que tengo en mi blog desde hace poco más de siete años. Es más bien una carta de despedida y está dedicada a toda mi familia. Él la ha confundido con una carta de suicidio, y lo entiendo, ¿eh? Jojojojo. Porque si me pongo a revisarla (hace muchísimos meses que no la leo), ahora entiendo tanto dramatismo que podría montarse si alguien ajeno al trasfondo de ese escrito lo leyera.

Siempre he creído que moriría joven, es una constante que he tenido desde niña. Así que mi vida se mueve al compás de semanas o meses; por lo que no voy por la vida haciendo planes a largo plazo que impliquen años o décadas. Nunca lo he hecho, porque siempre he sentido que no estaré ahí para cumplirlos. Tampoco le tengo miedo a la muerte, aunque para el consuelo de mi padre, debo decirle que el suicidio me aterra y jamás recurriría a él como vía de escape porque soy una cobarde sinvergüenza y etcétera, así que don’t worry. xD

Cuando tenía seis o siete años de edad aprendí a leer y con ello llegaron mis primeros libros, que consistieron en dos diccionarios médicos familiares. Para aquel entonces yo era un monumento viviente a la hipocóndrica, así que leyéndolos me enteré que me estaba muriendo de dos enfermedades particulares: SIDA y cáncer. Sí, tenía las dos enfermedades, podía jurarlo por todos mis ancestros vivos y muertos, y la prueba irrefutable de ello era que se me estaba cayendo el cabello y obviamente ese era un síntoma de ambos males a juzgar por las fotografías de las personas enfermas que había ahí, así que esos tres pelos que se me caían al día no podían significar otra cosa. Me estaba muriendo. Jamás se lo dije a mis padres, y hasta me decepcioné un poco cuando pasaron los meses y no me morí. Tiempo después supe que la perdida de cabello es debido a los medicamentos, la quimioterapia y la radiación y blah, blah, blah y descubrí que existían enfermedades más horrorosas que esas y tal, sin embargo el daño ya estaba hecho y siempre me estoy muriendo de algo (mentalmente).

Con el paso del tiempo, el temor a la muerte se fue y por suerte aprendí que la vida no son nuestros planes a largo plazo sino las cosas que hacemos todos los días, la rutina diaria, el atardecer, tu mascota meneando la cola cuando llegas a casa, etcétera. Aprecio la vida rutinaria como muy pocas personas lo hacen, de verdad. Estoy muy agradecida con ella en general. Sin embargo, tantos años de temer morir inminentemente me ha dado la oportunidad de no dar nada por sentado, de saber que en el México que vivimos podemos morir ahí afuera en un fuego cruzado, o por un carro en alta velocidad que nos arrolle por la calle o por un infarto, etcétera. No necesariamente por una enfermedad, o por un suicidio.

He tenido baja autoestima toda la vida, he sufrido bullying, tengo un problema psicológico que me impide lidiar con la gente y soy asocial a niveles que muy pocos comprenden, pero eso ha estado ahí TODO EL TIEMPO, he aprendido a lidiar con ello. Hace muchísimo soles que eso dejó de deprimirme. Hace tantos atardeceres que estoy consciente que hoy estoy aquí y mañana tal vez no ¿y saben qué? No me molesta. Tarde o temprano todos moriremos. Algunos tendremos tiempo de despedirnos y otros no.

Es aquí donde quiero llegar, a este punto. Como tuve miedo a morir durante la mayor parte de mi vida (hasta hace como cinco años que dejó de importarme el tema xD), también tuve miedo de no poder hacer algo para despedirme de aquellos a los que amaba así que escribí una carta de despedida en mi diario físico —esa cosita tierna que guardaba bajo el colchón— para que mi familia lo encontrara cuando muriera y entonces pudieran saber unas últimas palabras de mi. Con el paso del tiempo, creé un blog y creí más adecuado y con más estilo traspasar aquella carta a una versión digital. Mientras yo estuviera viva ese post jamás sería publicado, pues reprogramaría su publicación para dos meses después de mi última actualización. Así ha sido desde entonces.

Desde hace ya siete años aquella carta existe, ustedes no pueden leerla porque sigo viva, pero actualmente está programada para que se publique el segundo mes del 2014. Siempre he dejado una distancia de dos meses. Si para aquel entonces sigo viva la volveré a programar para abril del mismo año y así sucesivamente hasta que un día no esté ahí para postergar su publicación y entonces sí podrán leerla. Qué dramático, ¿verdad? Sí, voy por la vida haciéndome la dramática. De eso vivo. :D

Pero lo que sí tengo que confesar es que NO ES UNA CARTA DE SUICIDIO, es una carta de despedida, que obviamente no es lo mismo. En ella me despido de todo y de todos y expreso mis miedos respecto al momento de partir y todas esas cosas que uno no puede hacer cuando se muere. Lo que sí tengo que confesar es que estoy a favor de la eutanasia en casos muy específicos de dolor crónico e insoportable por enfermedades terminales o degenerativas. Porque eso sí, el dolor no va conmigo ni encomendándoselo a Jesús de Nazareth; de verdad. Pero dudo que sea legal en México en las próximas décadas.

El tema del suicidio es un tema complicadísimo y fuerte, y jamás les provocaría a mi familia un daño tan grande como el que provoca este acto. Hemos vivido un suicidio en la familia; pienso en él todos los días, rememoro con dolor todo el proceso que implica el saberse conocedor de una noticia en la que sabes que un familiar tuyo a decidido quitarse la vida sin decirte por qué. Me tiemblan las piernas y las manos sólo de recordar el instante en el que me enteré de esa noticia y no. Jamás pensaría en eso como una válvula de escape contra la depresión o algo parecido.

Por lo pronto, la carta seguirá ahí, guardada en la sección de borradores, esperando paciente a que yo me muera para asomarse por un rincón de este paraíso desierto. Ahí se quedarán con las ganas de leerlo, o pregúntenle a mi papá de qué va todo eso para que les escupa algún spoiler. :D [Sería un fallo mega épico que Blogger dejara de existir de repente y esa carta se perdiera en el divino olvido, eh xD]. 

Por cierto, olvidé mencionarlo en esa carta, pero en mi funeral quiero que den chorizo con frijoles puercos de comida y de postre un Gansito congelado con chocolate abuelita caliente. Al que no le guste que se vaya a otro velorio. xD

28 sept 2013

Yo también sufrí bullying...

Sí, he sufrido bullying en la escuela. Más concretamente en la escuela preparatoria. Más específicamente en la escuela preparatoria Rubén Jaramillo de la Universidad Autónoma de Sinaloa, ubicada en la ciudad de Mazatlán. De aquello ya han pasado casi 10 años. Creo que nunca he hablado de esto aquí ni en ningún otro lado; no me gusta montar dramas innecesarios y absurdos propios de gente débil como somos los hostigados. O por lo menos esa es la opinión de los otros, de los que están en el medio, de los que nunca fueron agredidos y cuando lo hicieron devolvieron el golpe, como no queriendo la cosa y les funcionó el chistecito. “El mundo no es para los débiles” diría Darwin si se atreviera a mirarme ahora.

De todos los años en la escuela primera, secundaria y preparatoria sólo esas tres jovencitas de la escuela preparatoria Rubén Jaramillo me hostigaron y únicamente fue por un par de meses porque, harta no sólo de las porquerías que hacían conmigo sino de la indiferencia generalizada de mis maestros decidí un día ya no ir. Utilicé el pretexto de que la escuela se ponía en huelga una semana sí y la otra también para salirme y no volver jamás (aunque cabe aclarar que aquel tema de la huelga eterna era verdad).

Aun paso por aquella preparatoria que también fue de mi hermana y me sigue produciendo un profundo asco, como esa última vez que salí de ahí con lágrimas en los ojos, aparentando ser una enferma de gripe y tos con ojos llorosos por el virus, para que la gente que fue indiferente durante todo ese tiempo no se detuviera a preguntarme qué me pasaba. Yo débil, como siempre lo he sido; y ellos hipócritas, como siempre lo habían sido.   

De lunes a viernes, de 7 a 1, la misma rutina. Los mismos jalones de cabello, los mismos golpecillos en la oreja y en la espalda, el mismo encendedor debajo de la butaca de fierro, las mismas palabras hirientes: “Pelona” por tener el cabello corto, “muda” porque rara vez hablaba, “presumida” porque levantaba la mano cuando conocía la respuesta a algo, “tartamuda” porque a veces repetía las palabras más de la cuenta, “pendeja” sólo porque sí. Palabras que a nadie le dolerían, excepto a mí, porque antes que ellas, nadie me las había dicho.

Recuerdo las mismas conversaciones con los maestros a diario, tratando de hacerles entender que dolía lo que decían y hacían, que el encendedor provocaba ampollas, quemaduras y me estropeaba la ropa, que no era sólo un juego, que me molestaban, que hicieran algo. Y recuerdo perfectamente su indiferencia como maestros, su valemadrismo ante la situación, su necesidad de reprimir con una charlita sencilla a las tres alumnas que me odiaban sólo porque sí. Me daba coraje porque sus medidas eran en vano y los hostigamiento se hacía más grande, y más fuertes y más jodidos y yo tenía ganas de lanzar una bomba de napalm sobre la escuela; algo que nos matara a todos en el proceso, a toda la escoria de la sociedad, a los hostigadores, a los hostigados y sobre todo a los indiferentes, y aquellos que pensaban que el bullying sólo se resuelve devolviendo el golpe. Vaya asco de personas. Vaya mierda de sociedad creada. Vaya México podrido que con violencia siempre resuelve todo. Vaya actitud retrógrada.

Quizá por eso siempre he sentido empatía hacia aquellos estudiantes que, después de años y años de hostigamiento, terminan por cometer una masacre en su escuela. Cansados por completo de los consejos de otros, de la indiferencia, del mirar para otro lado. No me malinterpreten, no justifico su acción y mucho menos la apruebo, pero siento empatía hacia ellos, (y si alguien llega a leer esto y no saben lo que significa empatía existen diccionarios para saberlo, gracias), porque yo también tuve ganas de sacarle las entrañas a aquellas personas, de convertirlas en nada, de quemarlas en aceite hirviendo, de verter mil balas sobre sus cuerpos. Pero nunca lo hice y JAMÁS lo haré. Aun tengo el sentido común intacto.

“Me siento demasiado superior para el odio” decía Jean-Jacques Rousseau, y a estas alturas yo también. No odio a nadie. La palabra no me gusta; me da asco, me produce nauseas. Me recordaba a aquella época en la que yo solía odiar a la gente; días oscuros y fríos que prefiero no traer de regreso. Que me nublan la vista y me provocaban vértigo.

Siempre he sido asocial, siempre he marcado un muro invisible pero enorme entre mi persona y el resto del mundo. No me apetece hacer amigos, no me interesa inmiscuirme con el resto, no me interesa en lo absoluto pasearme entre una multitud de gente. Mi forma de ser se forjó a largo de mi infancia y no tiene absolutamente nada que ver con el hostigamiento que sufrí. Cuando eso sucedió yo ya era tal y como soy ahora, con los mismos traumas y con sueños más ingenuos.

A veces pienso en aquellas jovencitas que me quemaban y me decían palabras hirientes. Aun siento lástima por ellas, sobre todo por la líder de las tres, una chica delgada, pequeña, con el cabello disparejo y morado. Rebelde. Punk región 4. Aparentando una dureza que se la caía a pedazos cuando algún maestro la sacaba de clases por hablar mucho o por molestar tanto. Por apestar a cigarro. ¿Cuántas tragedias cargaría a sus espaldas como para que al hostigarme a mi sintiera la satisfacción que en otro lado no encontraba?

También sentía empatía hacia ella. La hostigadora típica; esa que me lastimaba para aliviar un poco el dolor de su vida cotidiana. Por las otras dos chicas jamás he sentido empatía. Eran niñas bobas, zombis; de esas que se tirarían a un barranco antes de preguntarte qué sentido tiene inmolarse o con qué propósito. ¿Qué será de sus vidas? ¿Serán más felices que yo? ¿Con menos traumas? ¿Con más miedos? ¿Tendrán hijos? ¿Tendrán sueños? ¿Esposos tiernos o novios golpeadores? ¿Golpearon a sus hijos para educarlos? ¿Esos hijos golpearan a otros niños en la escuela o serán ellos las víctimas de otros niños, como si todo fuera una cadena que se conecta? Entonces recuerdo quién soy y lo poco que aquellas tres chicas me importan; lo indiferente que me resultan sus vidas y sus muertes, sus sueños, sus problemas y sus nombres, y me olvido de ellas por completo, como aquellos seres a los que olvidamos en los cementerios.

¿Se siente bien hablar sobre esto después de callarlo durante tanto tiempo? No, se siente igual. Duele lo mismo… Quizá más. Hay gente que nunca lo entenderá. 

13 jul 2011

Trastorno de la Personalidad por Evitación (TPE)

Yo, tomando el lugar de Heraclio Bernal :D.
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¡Ya tengo el nombre oficial de mi problema psicológico! \o/

De hecho lo tuve desde hace más de un mes pero no se me daba la gana de escribirlo aquí. No me salía nada de inspiración y me quedaba en blanco a la hora de querer escribir sobre él.

Hace ya un tiempo hablé de la Fobia Social y, aunque nunca fue un diagnostico oficial, quería creer que eso era lo que yo tenía. Pues resulta que no. Una estudiante de psicología apoyándose en la ayuda de sus maestros ha dado con un diagnostico más específico: Trastorno de la personalidad por evitación.

"¿Y qué demonios es eso?" se preguntarán... ¡PUES ESO, LITERALMENTE! XD. Es uno de los tantos trastornos de la personalidad que existen y cuya característica más común es evitar a toda costa aquello que pueda desatar en la persona que lo padece un ataque de ansiedad = NO SALGO DE MI CASA PORQUE EL MUNDO Y LA SOCIEDAD ME DAN MIEDO. Los síntomas de este problema es muy parecido a la Fobia Social (algunos, incluso, dicen que es la misma cosa) y por esa razón muchas veces el diagnostico puede ser errado. Si bien, no es divertido padecer este problema si es emocionante saber que tiene nombre y, con un poco de ganas, pueda lograr superarlo.

Como ya comenté en un post anterior, mi problema empezó cuando yo tenía 8 años, el día en que me presenté frente a los niños de mi nueva escuela: estaba tan nerviosa que se me olvidó mi nombre, todos se rieron de mí y yo tenía ganas de correr e irme muy lejos. Quizá una niña normal hubiera tenido la capacidad de superar un error tan tonto como aquel, pero yo no era una niña normal. Desde aquel día y hasta la fecha mi defensa ha sido encerrarme en una burbuja casi impenetrable donde muy pocas personas logran ver mi verdadero yo. Incluso los lectores de este blog han sido mejores testigos de mi personalidad sin "burbuja" que cualquier persona que he conocido en la vida real en los últimos ¿15 años? Es difícil admitirlo, pero es verdad.

Este blog me ha permitido quitarme la máscara con la que me protejo de la sociedad desde hace bastante tiempo. Es un medio que me permite ser libre porque nunca veré la cara del que está del otro lado del ordenador, leyendo entre líneas estas palabras. Y no, el Internet no me ha hecho asocial (como muchos podrían pensar); en los años 90's jamás habría imaginado que una tecnología de este calibre existiría alguna vez. En aquel entonces me refugiaba en los libros o en la TV. Huía a una vida alternativa donde mi problema no existía, un mundo imaginario donde todos me aceptaban, donde lo que yo hacía nunca podría ser catalogado como ridículo. La imaginación fue la válvula de escape donde encontré un mundo utópico, lleno de todo aquello que la vida real no me otorgaba.

Mis maestras siempre hablaban de mi buen comportamiento: "Ella es muy seria y educada" decían de vez en cuando. Mis compañeros me preguntaban: "¿También eres así de callada en tu casa?". La psicóloga de la escuela primera me dijo en una ocasión que mi problema era "una falta de adaptación a una nueva situación". Ella nunca supo sobre aquella vez que olvidé mi nombre, tampoco es que yo creyera que era una anécdota importante. Todos, a su manera, me convencieron de que así era yo y que era una parte de mi personalidad que nunca cambiaría; en casa sería una persona y fuera de ella sería otra. Nunca pensé que eso sería un problema en la vida. Nunca, hasta que tuve que enfrentar al mundo yo sola.

El aislamiento social prolongado no es nada bueno, eso lo sabe cualquiera. Somos animales sociales, vivir aislado de todos y de todos va creando daños que, con el tiempo, resultan demasiado difíciles de superar. Es como si se fueran perdiendo ciertas habilidades que el Ser Humano ya tiene programadas hacer. He hablado aquí anteriormente de los Hikikomoris, jóvenes japoneses (en su mayoría) que al sentir la presión y las exigencias de la sociedad en la que viven toman la increíble decisión de encerrarse en un departamento o una habitación para rehuir de la enorme carga que implica vivir en aquel país, donde el trabajo en equipo es fundamental. Pueden encerrarse durante meses o años e incluso se suicidan. Los que logran salir de aquel encierro voluntario se tienen que enfrentar a un mundo que continuó su curso mientras ellos hibernaban, y entonces se dan cuenta que la falta de contacto humano creó daños que pueden resultar difícilmente reparables en algunos casos.

Mi caso, obviamente, no es tan extremo, pero cuando me di cuenta de que lo mío era un problema psicológico y no una característica de mi personalidad ya había pasado más de una década. Más de 10 años en los que poco o nada había hecho para entablar amistad con el resto de las personas que me rodeaban. Mi forma de ser frente a mi familia principal (papá-mamá-hermanos) era muy distinta a la que tenía con mis abuelos o mis tíos, y ésta, a su vez, al resto de la sociedad.

La última vez que me inicié una amistad con un grupo de niños fue cuando tenía 7 años de edad, ¿Cómo me hice amiga de ellos? ¿Qué hice? ¿Qué les pregunté para tener una conversación y que ésta, a su vez, derivara en una relación amigable? ¿A qué jugaba con ellos? ¿Qué veían en mí que fuera divertido? No recordaba nada de eso. Los vagos recuerdos que tengo de aquella edad distan mucho de darme la respuesta definitiva a mi problema. Actualmente, conseguir un amigo me resulta imposible sobre todo porque he olvidado cómo tener uno. No tengo las bases que se necesitan para fortalecer una amistad y lo más importante: el miedo a tener un amigo es más grande que las ganas de tenerlo.

Muchos no pueden comprender la razón de ese miedo. Entienden el origen, sí, pero no la razón. Es frustrante para mí y es frustrante para ellos ¿Cómo alguien puede tener miedo a tener un amigo? Y no sólo eso ¿cómo alguien puede tener miedo a buscar un empleo y conseguirlo? ¿Cómo alguien puede tener miedo a contestar el teléfono, a ir a la escuela, a enfrentar una situación nueva? Quizá la ansiedad anticipatoria tenga mucho que ver. En mi caso, antes de enfrentarme a una situación, visualizo todos los escenarios posibles y por lo regular me quedo con el peor de todos. Les pondré un ejemplo:

"La próxima semana tengo que ir al Centro Comercial a entregar una solicitud de empleo"

Posibles escenarios:

1) Me aceptan la solicitar y me dicen que en los próximos días me hablarán para ver si obtuve el trabajo o no.

2) Me dicen que no necesitan empleados nuevos por el momento.

3) Me dicen que no sirvo para el empleo, que están buscando a una persona mejor que yo, que no cumplo con los requisitos mínimo, que no les gusta cómo me visto, que no necesitan a alguien tan callada como yo para su empleo, etc.

4) Me contratan.

De esas opciones suelo quedarme con las dos últimas, las peores. Quizá para el resto de los mortales la opción 4 es la más hermosa, para mí es la más detestable ¿Por qué? Porque tendré que lidiar con gente. Una vez contratada tendré que convivir con esa sociedad a la que no he tocado en 15 años ¿Cómo puedo lidiar con eso? Y volvemos a lo mismo: el miedo a conseguir empleo es más grande que las ganas de tenerlo.
¡Ese es el Trastorno de la Personalidad Por Evitación! ¿Para qué lidiar con la sociedad si puedo evitarla?

Ahora ¿puedo vivir todo el tiempo evitando a la sociedad? No, no creo que ningún humano pueda, yo no seré la excepción.

Constantemente me preguntan ¿Eres feliz estando horas y horas frente a tu laptop? Sí, soy feliz ¿Pero es lo correcto? No, no lo es. Sí soy feliz por lo que he mencionado anteriormente: al no tener que dar la cara es lo que me ha permitido expresar todo lo que soy. Disfruto de navegar por Internet tanto como tomar un libro y leerlo, o escribir, o ver un buen programa de TV o una película. Soy feliz porque no me estoy enfrentando a aquello que me hace infeliz, aquello que me estresa o me enferma.

Si consiguiera un empleo en este preciso momento ¿sería feliz? No, porque el trastorno de la personalidad aun continúa en mí y no lo he combatido. Sucedería lo mismo que cuando trabajaba en Ley: un estado de depresión terrible, una ansiedad ridículamente anticipatoria, y colitis nerviosa por más de un mes. ¿Eso es vida? ¿Eso será lo que obtendré cuando consiga un empleo? El miedo de pertenecer a ese engranaje que mueve al mundo es lo que me da miedo. Y aunque ganara dinero sé que no sería feliz con él, puesto que no tengo las herramientas para vivir de él sin caer en el mismo circulo que me ha tenido hundida todos estos años.

No me mal interpreten, no intentando decir que trabajar es la cosa más espantosa del mundo, a lo que me refiero es que yo no conozco cómo lidiar con un trabajo y que este no me afecte anímicamente y esa es la etapa que tengo que superar. Ese es el proceso en el que estoy. Eso es lo que tengo que vencer.

Una persona como yo sólo actúa cuando el miedo a no hacerlo es más grande. Cuando trabajaba en Ley me aterraba todos los días ir a trabajar pero ¿por qué iba? porque si no lo hacía tenía miedo que me despidieran. Así de sencillo. Y no quiero que siempre sea así, porque eso es una verdadera tortura.

En fin, aquí termina mi post kilométrico, sólo quería hacer una pequeña mención sobre mi problema psicológico y terminé escribiendo tamaño artículo xD. Ahora toca ver qué puedo hacer para superar este trastorno. Esperaré a que mi psicóloga regrese se sus vacaciones :D.

6 ene 2011

Randon Post de cómo soy buena para soñar en grande y quedarme sin nada...

"Vuelvo sin excusas, sin paz ni trabajo,  
y a nuestro futuro le arrancan las horas. 
Y en casa me espera mi razón de vida, 
el calor de hogar. Llevo la vergüenza, 
las manos vacías, la precariedad".
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No sé si alguno de mis lectores ha leído el post “… no sé qué poner aquí…”, lo escribí en junio del 2008 (click en el título para leerlo y cuidado con los ojos que tiene un montón de faltas de ortografía). ¿A qué viene todo esto? Pues que hoy me siento así, como en aquella ocasión. Bueno, no tan drama queen pero sí algo deprimida. Y eso que en aquél entonces sí tenía empleo.

Verán, resulta que a mediados de diciembre del 2010 conseguí empleo en el centro comercial Ley de ésta ciudad. El día en que entregué la solicitud la encargada de Recursos Humanos dijo que el único puesto disponible que tenían por el momento era el de acomodador en el área de Frutas y Verduras; ella mencionó que era un trabajo muy sencillito pues yo me encargaría de la vitrina, donde se encuentran las ramas y alguna que otra fruta y así, sin dudarlo mucho, acepté. A mí nadie me dijo en ese momento (y yo, estúpidamente, lo desconocía) que las mentadas ramitas, frutas y verduras están almacenadas en dos cuartos fríos: uno de 10°c y el otro que está cerca de 0 ° c. Sé que es demasiado tonto pensar que tales productos perecederos los dejen en un almacén así como así a temperatura ambiente pero por lo menos hubieran tenido la decencia de informar sobre eso (los cuartos fríos no se ven desde afuera como para intuirlo), el primer día ni una sudadera traía puesta.

Ahora, no era nada más trabajar minutos enteros en temperaturas tan bajas, también tenía que cargar cosas de hasta 30 kg, quizás las palabras no logren expresar lo difícil que resulta lo que estoy diciendo pero me daban unos calambres taaaaaan horribles, que me quitaban el aliento y tardaba algunos segundos en poder levantarme de la posición en la que estaba, y por supuesto, no podía cargar el cartón/costal que debía subir al carrito transportador. Las manos no sólo dolían sino que ardían (el lavamanos estaba DENTRO del cuarto frio así que casi-casi se me congelaban las manos). Otra cosa por la que sufrí bastante era que tenía que durar 8 horas de pié. En verdad, me sorprendió enormemente la carencia de sillas en el lugar, en cualquier departamento del centro comercial. Los trabajadores NO se pueden sentar. Las últimas dos horas eran todo un suplicio para mí porque la planta de los pies me dolía tanto (¡tan exageradamente!) que llegaba a la casa me metía al baño y lloraba algunos minutos del dolor que me producían. Obviamente después salía y le mostraba a mi familia la mejor sonrisa (falsa) que podía ofrecer, aunque había ocasiones en que el dolor no se podía disimular. ¿Y saben qué otra cosa falta en el trabajo además de sillas? Un reloj. No hay ni uno solo en todo el lugar. Es tortuoso no saber qué hora es. Me sentí enferma desde el primer día de trabajo, lo admito. Intenté ser positiva, empezar bien, pero no se puede mantener una mentira durante mucho tiempo y una gripe me delató. No podía más, no me veía en Frutas y Verduras en un futuro cercano, demasiado dolor y poca la necesidad.

Pedí un cambio a otro departamento y me lo otorgaron, ahora estaría en el área de Regalos, acepté. La babosa de mí no se dio cuenta que acepto estar en donde se envuelven los regalos de Navidad, cerca de la entrada. Yo creía que la sección de Regalos era el segundo piso (también se llama así) donde están los perfumes, pulseras, relojes, DVD’s, videjuegos, etc. Pues vale, pero hubo otro problema… yo no sé envolver regalos, bieeeeen por mí. Por suerte la gente no fue tan exigente y aunque envolví los regalos con una asquerosidad magistral nadie me lo reprochó. El problema con esta área es que desaparece después del día 25 así que al pasar ese día tuve que ir de nuevo a Recursos Humanos para saber ahora dónde me pondría y ahora sí me pusieron en la sección de Regalos (segundo piso). Duré sólo un día allí, fue divertido, acomodé los libros de ese lugar como si no existiera un mañana y me quedaron muy bonitos, lo admito. Espero que por lo menos alguien haya notado aquel orden.

Como dije arribita el gusto me duró tantito pues al día siguiente el gerente (al que jamás había visto en mi vida) me llevó al área de Abarrotes pues allí estaban necesitados de personal, esto fue OTRA COSA donde duré sólo un día. Era cansado, pero por lo menos no era tan frío como Frutas y Verduras. Fue la mañana del día siguiente cuando el supervisor de Perecederos decidió que hacía más falta personal en Tortillería y allí voy yo como comodín a asistir esa área. Se acercaban días pesados y necesitaban la mayor cantidad de gente posible para sacar adelante el trabajo (hasta las de Recursos Humanos andaban por allí :D). Allí estuve una semana y fui feliz, realmente me gustó el ambiente que prevalecía, durante las mañanas había un muchacho y por las tardes sólo había mujeres, salvo Don Miguel, un tipo muy simpático encargado de supervisar ese lugar y Panadería.

Durante aquella corta semana logré acostumbrarme al trabajo, ya no me dolían tanto los pies, me estaba aliviando de la gripe, iba al trabajo porque QUERÍA ir y aprendí cómo se hacen las tortillas de harina :D , fue una experiencia muy bonita y lo mejor fue que recibí mi primer cheque. Fue ESO, lo que me dio las ganas de seguir con el empleo. Si me dejaban en tortillería sería feliz, podría quedarme allí sin ningún problema. Por desgracia, cuando llegó el 1° de Enero todo cambió, ya no me necesitaban, ni allí ni en Abarrotes. Ya había dejado de ser el comodín que podía irse a donde quisiera así que la primera semana del 2011 ya no me asignaron ningún horario ni aparecía en la lista del personal, no me lo dijeron, tuve que averiguarlo por mi cuenta porque ni eso se dignaron en hacer. Una de las encargadas de Recursos Humanos me dijo que por el momento no había un puesto para mí, que me daría de baja y que me llamaría cuando hubiera alguno disponible, y así como así me dijeron adiós.

Y ahora estoy aquí, sin trabajo, con la incertidumbre de saber si tendré suerte en mi búsqueda de un nuevo empleo. No quiero dejar pasar mucho tiempo, NO QUIERO estar esperando el llamado de Casa Ley que probablemente tardará mucho en llegar. Tengo que empezar desde cero este camino que creí que ya había avanzado. Me siento miserablemente mal, lo admito, ¿para qué negarlo? Tenía el empleo en mis manos y lo dejé ir. Ahora tengo el temor de que mis padres me lo echen en cara, de que si fracaso en mi próxima búsqueda me digan que tuve el empleo a mis pies y que lo perdí porque decidí perderlo. Sé que soy muy fatalista en ese aspecto y es duro cambiar eso.

Otra decepción terrible es el hecho de anticiparme al presente, visionar un futuro falso donde todo me sale bien. Aunque en Casa Ley te ponen 28 días de prueba, en la primera quincena, cuando recibí mi cheque, lo vi casi como un contrato hecho y firmado. “De aquí ya no me salgo”, eso fue lo que pensé y esa fue la estrelladota que me di. Quise comprar el mundo con ese primer sueldo y obviamente eso es imposible pero yo lo soñé y me vi comprando todo aquello por lo que tanto había soñado. Aunque para empezar le empecé a dar a mi mamá parte de mi sueldo puesto que no quiero estar en esta casa de forma gratuita, quiero aportar un poquito a la economía familiar, y ahora ¿qué tengo de aquello? NADA, y el primer sueldo siempre se quedará como eso, como el primero (y el único).

También soñaba con comprarme un iPod Touch (leer el post de abajo). Lo desee tanto como en su momento desee a Dante, en verdad. Me metí diario a la página web del producto, busqué los precios por Internet, me decepcioné cuando vi que se agotó en Coppel y me alegré hasta el cielo cuando lo ví de nueva cuenta en el stand esta misma mañana. Obtuve el permiso de mis papás para comprarlo y este fin de semana tenía pensado sacar mi primer crédito en Coppel porque YA TENÍA EMPLEO (y también *tengo* el primer abono para el iPod). Estaba tan feliz, tan alegre, tan optimista y yo ya había mencionado en el post de hace dos años que odio ser optimista porque la vida a veces te trata como si fueras un perro, y te tumba los sueños en un segundo y así fue como sucedió otra vez.

No tengo trabajo, ni un sueldo asegurado. No sacaré ningún crédito este fin de semana en Coppel, ni tendré el iPod con el que he estado soñando. Allí quedará el primer abono del aparato en la cartera, olvidado, mientras pueda. ¿Suena tonto estar deprimida por algo tan estúpido? Probablemente sí, sucede que yo me deprimo por cosas que a los demás les parecen cosas mínimas, pero para mí son todas las cosas que tengo, son esas cosas a las que me aferro y por las que me cuesta luchar para obtenerlas.

Mañana volveré a ser la pesimista de siempre, quizá suceda lo mismo que con Dante y aquel iPod sí llegue justo cuando lo tenía planeado, aunque lo dudo totalmente.