Mostrando entradas con la etiqueta Familia: Tíos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Familia: Tíos. Mostrar todas las entradas

17 feb 2014

Día 08 — Una foto que te haga sentir triste

No existe, y me gustaría que existiera porque entonces podría dejar a un lado la tristeza que me produce el hecho de saber que no existe. Entre todas las fotografías que se esconden en cajas de cartones y albúmenes apilados en la esquina de mi habitación no hay ninguna de mi tío Carlos Enrique “Kiki” y yo; y cuando me detengo a pensar en ello se da uno de eso extraños momentos en los que desearía regresar el tiempo y suplicarle a alguien con una cámara en mano una foto con él. Entonces, ahí sí, ya tendría una imagen que no sólo me hiciera sentir tristeza sino que también vertería en mí un abanico de emociones variables y acarrearía con un torrente de recuerdos que, por el momento, se encuentran escondidos en el limbo de mi memoria. 

No me gusta idealizar a las personas muertas. Una de las cosas que más detesto de la gente es esa necesidad casi intrínseca de santificar al que se fue, poniéndolo en un altar de purismo y perfección que resulta a todas luces enfermizo e hipócrita. Es esa misma necesidad que reprimimos porque muy en el fondo nos da vergüenza el no haberle apreciado mientras vivía, o peor aún, haberle tratado mal. Recuerdo a una señora en particular sentada en las primeras bancas durante el funeral de mi tío —Ay, era un ángel —decía mientras se lamentaba con falso dolor—. Siempre tan bueno, tan servicial y atento. Tan educado—. ¡PFFFF! No, mi tío Kiki no era bueno, ni servicial ni nada de lo que decía ella. Él sencillamente no era así; no más de lo que era estrictamente necesario.

Mi tío era probablemente una de las personas más malhumoradas que he conocido en la vida. No era bromista, era burlesco. Fumaba hasta el copete, salía todas las tardes a sentarse en la banqueta de la casa de mis abuelos sólo para criticar a la mitad de la gente que pasaba y al 90% de los vecinos que nos rodeaban, incluso a aquellos que vivían dos cuadras más adelante. Maldecía hasta el trapeador con el que aseaba el suelo y era capaz de derrumbarte con una sola frase que brotara de su boca. Así era él… Y, aunque era así, con todos esos defectos que opacaban la mayoría de sus virtudes, fue también una de las personas más extraordinarias con las que me he topado jamás, a tal grado que me pregunto qué hubiera sido de mi vida (y de la de mi hermana) si él no hubiera estado ahí siempre, al pie del cañón, en sus últimos años de vida, como un amigo y un consejero más que como un simple tío.

Al recordar sus defectos pretendo no idealizarlo, quiero que todo el mundo sepa que las personas más imperfectas pueden convertirse en pilares que sostengan nuestra más visible fragilidad ante la vida, y darnos, con su imperfección, la fortaleza necesaria para seguir adelante aun cuando todo a nuestro alrededor se derrumba en incomprensiones.

A veces cierro los ojos y recuerdo a mi tío (todos los días) y trato de rescatar su voz y sus tics y su perfume, un pedacito de la esencia de lo que fue. Muchas cosas murieron cuando él murió y mi vida en diversos aspectos jamás volvió a ser la misma. Sobre todo porque en sus últimos años nos acostumbró a mi hermana y a mí a una misma rutina de cenas los viernes en la casa de la abuela, improvisando mil pociones mágicas en la cocina mientras mi abuelo contestaba un crucigrama y la abuela sintonizaba la novela de las nueve. Cuántos recuerdos, memorias y anécdotas se quedaron impregnadas ahí, entre el comedor de madera y aquel reloj haciendo tic tac a nuestras espaldas; entre refrescos y cafés, y palabras y tertulias enmarcadas de falsa bohemia mientras la noche caía ahí afuera y el mundo se derrumbaba.

Aquella fotografía que no existe me provoca tristeza sólo de evocarla, tanto por su ausencia como por todo lo que conlleva; por imaginar cómo sería la vida si él no hubiera muerto. Qué tan distintos seríamos tú y yo si él aun caminara por aquí. Probablemente este blog ni siquiera existiría, porque no tendría razón de ser. 

Por mi tío y por su imperfección, la última persona a la que le lloré su muerte. 

13 nov 2011

Un guerrero que luchó contra la muerte

"Después de todo, la muerte es sólo un síntoma de que hubo vida"
(Mario Benedetti)
-----------------------------------------------------------------------------------
¿Cuántas tristes tardes antes que ésta soñamos con detener el tiempo? Pedirle una frágil tregua a la fugacidad de la vida, al instante supremo que determina el inicio de un cambio drástico. ¿Cuántas noches soñamos con inmortalizar un destello? Eternizarlo en la retina de esos ojos dolientes; en la mirada pérdida de la madre huérfana de hijo; en la tímida sonrisa detrás de esa fotografía donde aun se veía un atisbo de vida.

¿Cuántas veces hemos soñado con revivir a los muertos? Me gustaría que todo sucediera como no debería. Inventarme un mundo donde las cenizas se trasformen en vida; que devuelvan todo aquello que eran antes de ser polvo; antes de ser nada. 

El mundo no cambiará mañana. La fotografía tampoco. Un instante eterno, una imagen perfecta, un instante supremo. 

El tiempo se detuvo, allí está el ejemplo: en el hijo vivo antes de estar muerto, en la mirada de su madre llena esperanza, en la tibia sonrisa de ambos, en la cálida pintura de un hospital cansado. En ese brazo fuerte, capaz de sostener una frágil mano.

Queda el resplandor de una vida agotada, en esos pasajes de una historia que dio sus frutos, en la voz detrás de la llamada. Una vida imperfecta que sólo anhelaba más vida. Un fulgor repentino que soñaba con otras tardes —imposibles ahora— de reuniones familiares. Queda esa fotografía como testimonio del gladiador antes de su última pelea; de esa despedida momentánea antes de subir al escenario donde todas las miradas se posarían ante él. Un día antes de que todo cambiara. De que el mundo se rindiera a sus pies.

El luchador eterno. El combatiente valiente mira de frente al enemigo en la última batalla de esta guerra. Ese hombre era, es y seguirá siendo mi tío, un contendiente digno que se atrevió a luchar contra la muerte.

10 sept 2011

"Ella se marchó y dejó olvidado un cuerpo dormido..."

Brandon y tía "Queta" (1995).
"Cuando todo oscurezca (...) —habla ella—, 
cuando la tarde naranja desenrede la madeja, 
cuando mi cuerpo tirite y tenga lista la maleta 
has de disponer que abran las ventanas 
y me dejen marchar, que la noche no duela. 
 Me despedirás y arderé en una estrella. 
 Y celebrarás este pequeño milagro."  
----------------------------------

Me gustaría creer que mi tía no sabía que hoy, cuando nos entregaron sus cenizas, era también el Día Internacional para la Prevención del Suicidio. Quiero pensar que no fue tan metódica en ese aspecto. 

Mi tía abuela siempre fue una mujer de carácter fuerte y quizá demasiado estricta. Nosotros (mis primos, hermanos y yo) la respetábamos, incluso me atrevería a decir que le temíamos. No podíamos justificar ese miedo bajo ningún argumento o experiencia más allá del que provenía de nuestros padres o tíos, pues en el fondo fueron ellos los que convivieron más con ella. Nosotros sólo la veíamos en ocasiones especiales como fiestas, navidades o funerales. 

Eso sí, hubo un antes y un después de aquella Navidad que llegó con bolsas de dulces y chocolates y los repartió entre todos sus sobrinos-nietos. Ese día nos compró el amor y más; supimos que si era capaz de regalarnos tantas golosinas no podía ser tan mala como nosotros la habíamos imaginado cuando éramos más pequeños. Y efectivamente no lo era. Siempre platicó con nosotros de una manera amable y alegre, siempre afectiva y bromista. Las poquísimas veces que la vimos siempre fue servicial y atenta. 

Por otro lado, existen cosas que se escapan a nuestra imaginación, que nos resultan difícil de aceptar que puedan ocurrir en la familia. Sabemos que son, hasta cierto punto, comunes a una escala global, pero ingenuamente pensamos que nunca nos tocará vivirlas. Cuando supimos que mi tío tenía SIDA fue un golpe demasiado duro como para saber qué nos dolió más: el diagnostico, su muerte o su silencio. Mirando en retrospectiva, a casi una década de aquella tragedia, como miembro de la misma familia, uno jamás dejará de preguntarse ¿pudimos hacer algo más y no lo hicimos? ¿Acaso no vimos cómo su personalidad cambió radicalmente meses antes de morir; cómo su salud se deterioró tanto? Ahora todo resulta demasiado claro, pero en aquel entonces los síntomas físicos y mentales (como la pérdida de peso o la depresión) no los notamos, o no los quisimos notar. Una semana después de su diagnostico mi tío murió, no hubo demasiado tiempo para asimilar su muerte, sobre todo cuando los médicos insistían en que mejoraría, y nosotros les queríamos creer. 

Quizá la única similitud entre mi tía abuela y mi tío era —además del carácter— una férrea necesidad de distanciamiento entre quienes les rodeaban. Crearon una barrera entre ellos y su familia y amigos que raramente era penetrada, ambos murieron siendo solteros, sin hijos, pero no fue la soledad lo que los llevó a la tumba. No hubo alguien lo suficientemente cercano que fuera capaz de ganarse la confianza como para que ellos confesaran aquello que les perturbaba. Ninguno de los dos vivía solo y aun así, esos indicios clásicos de depresión pocos fueron capaces de notarlos. El resultado en ambos casos, aunque por situaciones diferentes, fue el mismo: la muerte. La gran diferencia radica en que él murió muy joven a consecuencia de las complicaciones que trae consigo el SIDA y ella por voluntad propia. 

Mi tía abuela fue una de las mujeres más fuertes que he conocido en mi vida, esa fue la imagen que siempre reflejó hacía mí. Me atrevería a decir que no le temía a la muerte. Era una de las pocas personas que siempre estuvo de pie frente a la cama del moribundo —estuvo allí cuando mi tío murió—. Apuesto a que hubiera sido capaz de mirar a la muerte a la cara y ponerse al tú por tú con ella sin inmutarse ni un momento. De todas las personas que conozco, familiares o amigos, para mí ella era la última persona que podría recurrir al suicido como una válvula de escape a una vida que la estaba ahogando, o bien, aburriendo. Me resulta difícil de asimilarlo, no porque la hubiera conocido a profundidad, sino precisamente porque no lo hice, por que jamás creí saber demasiado de ella; y porque la fachada que proyecto hacía mí distaba mucho de la de una persona posiblemente suicida. 

La pregunta más recurrente en estos casos siempre es la misma ¿Por qué se suicido? Uno suele pensar que fue porque tenía un problema de salud o problemas financieros, sobre todo porque al tener ella 70 años de vida resulta difícil pensar en otra cosa. Pero los estudios médicos reflejaban una realidad más dura: no había una enfermedad mortal en su organismo, nada que no pudiera ser tratado con medicamentos. No tenía problemas financieros. ¿Mentales? Tal vez, es bastante posible que sí, pero quienes convivieron con ella por más de 30 años siempre creyeron que eran parte de esa personalidad que siempre tuvo. Si hubo síntomas básicos de una enfermad mental ellos, en su momento, no lo notaron. Pero, al igual que sucedió con mi tío, mirando con detenimiento ahora que ya no está, es más fácil sacar conclusiones, y hasta cierto punto, entender el motivo de su decisión. Síntomas típicos de una enfermedad mental pueden ser perfectamente confundidos con las características del suicida cuando éste tiene una fuerte personalidad. Ese quizá fue el caso de mi tía. 

Kleo y Mickey.
Aun así nos resulta extraño comprender desde nuestra normalidad cómo ella tuvo tanta sangre fría para planear con tiempo su muerte, escribir cartas, dejar notas, tapar ventanas. Y además, quizá lo más doloroso de asimilar, cómo tuvo el valor para llevarse consigo a los niños (los perritos). En ese momento mil preguntas pasan por la mente de uno. No solamente el hecho de que ella se diera muerte de una manera tan fuerte, sino que antes de ese acto tan atroz fuera capaz de quitarles la vida a otros dos seres vivos a los que —al parecer— quería demasiado. Es inevitable pensar en otro panorama, ¿lo habría hecho igual si esos perritos hubieran sido humanos? 

Desde aquí no queda más que resignarnos al panorama, pensando las razones que la orillaron a actuar como lo hizo. La certeza final nunca la sabremos, los motivos tampoco. Todo queda en meras especulaciones que quizá sirvan a la larga a curar las heridas que aun no sanan. Mientras esa resignación se hace permanente nos queda el recuerdo de lo que ella fue. Vale la pena recordarla pues a lo largo de su vida nos dejó grandes enseñanzas. Vale la pena saber cómo fue en vida, con sus defectos y virtudes, porque de esa manera seremos capaces de comprenderla. 

Mientras tanto, esperemos que la muerte le haya dado la paz que la vida no le dio. 

Que en paz descansen Tía “Queta”, Mickey y Kleo.

1 dic 2008

El SIDA tiene rostro y nombre...

La persona de la fotografía se llamaba Carlos Enrique López Inda, vivía en Escuinapa de Hidalgo, Sinaloa, México, tenia 36 años y murió de SIDA. Él era mi tío.

Hoy se celebra el Día Mundial de Virus de Inmunodeficiencia Humana VIH-Sida entre platicas a los estudiantes en la escuelas y universidades, reportajes en revistas, televisión y periódicos.

La agonía que vivimos junto con mi tío hace ya 6 años no duro mucho, solo 8 días. Ocho días eternos. Días que aun recuerdo como si hubieran sido ayer.

Recuerdo las lagrimas de mi abuela, sus rezos silencios pidiendo milagros a un dios y a cientos de santos y vírgenes que no sirvieron de mucho. Ella nunca supo que su hijo murió a causa del Sida. Recuerdo ese olor de hospital a desinfectante y la mirada honesta de aquel medico de bata blanca que con una sonrisa en los labios le decía a mi abuela: "No se preocupe señora, ya vera que su hijo se va recuperar... se lo prometo". Recuerdo esa mentira como si la hubiera escuchado ayer y recuerdo el momento de alivio que sentí al escucharla y ver a mi abuela llenándose de esperanza.

Aun puedo recrear aquel instante en que, camino a casa, mi mamá nos decía sobre la enfermedad de mi tío, recuerdo que me pensé que no era el fin, que si él podía superar la crisis por la que estaba pasando podría recibir algún tipo de tratamiento y seguir adelante con su vida. Los médicos decían que había mucha esperanza. Ellos nunca dejaron de mencionar la esperanza.

Mi tío jamas nos menciono sobre su enfermedad. Tenia miedo a que se le rechazara en un pueblo donde se le miraría con asco y seguro se le discriminara, había casos anteriores donde se confirmaba esa falta de conocimiento de la población. Tenia miedo de que, siendo soltero y viviendo aun en casa de sus padres, mi abuelo lo mandara a la calle al saber de su enfermedad. De carácter fuerte, machista y orgulloso quizá mi abuelo jamas hubiera aceptado a mi tío.

Hasta ese entonces, la enfermedad me había sido indiferente, algo tan distante que solo le pasaba al forastero, al extranjero, al que no vivía en nuestra pequeña ciudad. Y aunque no conozco un mundo sin el VIH y sin el Sida nunca me había tocado vivir de cerca lo que implicaba este mal y sus consecuencias.

Tenemos mucho que aprender y ya son demasiadas las vidas que se han ido. Millones.

Hoy día se me vienen a la memoria miles de recuerdos. No se vale olvidar, ni ignorar, no voltear a otra parte o taparnos los oídos para no escuchar.

Hoy recordé aquellos días negros de hace seis años, cuando toda la familia se unió para hacer mas leve el dolor de la agonía. Los días para turnarse al cuidar a mi tío, los gastos médicos, las noches en velas, la falta de hambre, las lagrimas de la abuela, las ganas de llorar, los repentinos cambios de humor, la unión familiar, los absurdos consejos que algún doctor daba como "quemen toda su ropa".
También recuerdo la orden de incinerar a mi tío y no velar su cuerpo entero para que el virus no hiciera de la suyas.

Recuerdo todo su funeral, el discurso del sacerdote, el llanto de mi mamá, y su cuerpo aferrado a mi. Recuerdo ese largo camino de la iglesia al cementerio. Recuerdo que deseaba no estar ahí, quería escapar a otro lugar, lejos, muy lejos de ahí. Dejar de escuchar el susurro de los que veían pasar la carroza fúnebre con su imagen y decían "que joven era" "¿de que habrá muerto" "unos dicen que de cáncer... otros que de Sida"... también recuerdo las miradas de lastima y asco que nos dirigían unos cuentos días después de su funeral.
Aunque no viví su agonía tan cerca como lo hizo mi mamá puedo recordarla toda. Ella nos la contó. Aun podría escuchar en mi cabeza aquellos últimos gritos de mi tío de "No me quiero morir, no me quiero morir."

El Sida es cruel y puede destrozar muchas familia como la nuestra. Mi abuela y mi abuelo no pudieron superar la muerte de su hijo. Mi abuela paso meses enteros postrada en cama, deseando morir y mi abuelo ya no la comprendía, ni si quiera la quería dentro de la casa. Opto por correrla. Casi 50 años juntos que se destrozaron debido a no haber podido superar la muerte de un hijo.

Las navidades en la casa de los abuelos, las reuniones familiares, las fiestas diciembre, las calles del barrio llenas de niños, las noches de arboles navideños, comida y fuegos artificiales, todo se esfumo. TODO. Solo quedan cenizas y fotografías que añoran momentos que se pierden en el tiempo. Todo por que alguien murió. Que lejos han quedado esos días.

Aun así, prefiero que el resto del año se quede en mi memoria los días felices que vivimos con mi tío. La imagen graciosa de él, su motivación para hacer reír a todos sus sobrinos, todos los viernes por la noche cuando nos invitaba a cenar, aquellas eternas tarde cuando nos sentábamos en la banqueta de la casa de los abuelos a ver a la gente pasar mientras hablábamos de cosas importancias y tomábamos algún refresco y comíamos frituras. Hay veces que deseo regresar aquellos efímeros días. Volverlos a vivir aunque sea solo una vez. Volver a escuchar la voz de mi tío y sus locas historia. Desearía volver a verlo aunque sea solo una vez. Pero se que eso nunca sucederá.

Aprendes la lección y sigues adelante.

Siempre me he preguntado si mi tío murió de Sida o murió de miedo al rechazo de la sociedad. ...nunca lo sabre.