1 oct 2013

Y así es como adaptas a un personaje clásico...


Elementary tendrá el dudoso privilegio de ser la serie de televisión de la que más he hablado en mi blog y ni siquiera me gusta. A estas alturas no sé si llamar a eso una virtud o un defecto. Para empezar sigo sin entender por qué razón continúo viéndola. Quizá porque pensé, muy en el fondo, que de una y otra manera mejoraría en su segunda temporada; pero no lo hizo. Y no estoy hablando que mejoraría como serie de TV —ya anteriormente dije que era buena—, sino como una adaptación libre de un clásico de la literatura como lo es Sherlock Holmes. Para mí, el show falla estrepitosamente en ese único aspecto (bueno, hay otros más pequeños pero este lo eclipsa todo). Lo curioso es que mi berrinche se debe al enorme cariño que le tengo al personaje de Doyle. Lo veo como algo personal y no lo es. Es sólo ficción y nada más que eso, y muy en el fondo siento como si cada capítulo se encargara de hacer pedazos los libros de mi detective favorito para aventármelos en la cara sin respeto de por medio. Así de ofendida me siento.

Ahora, trataré de especificar a lo que me refiero, porque el párrafo anterior podría resultar confuso: YA SÉ lo que es una adaptación, y sí, Elementary no hace nada malo en ese aspecto. Vayamos al diccionario de la RAE (¡mi diccionario favorito, ever! *No es cierto*) para que nos explique con punto y coma eso de adaptar.

3. tr. Modificar una obra científica, literaria, musical, etc., para que pueda difundirse entre público distinto de aquel al cual iba destinada o darle una forma diferente de la original.

¿Lo ven? Así que cuando digo que, para mí, la serie falla como adaptación no me refiero a que no haga lo que debería de hacer, sino que no hace justicia a los personajes de Conan Doyle ni a sus aventuras. Ahí es donde me enerva la sangre. Veo un episodio durante cinco minutos y me digo a mí misma que Holmes y Watson dan para más, para mucho más. Y no sólo ellos dos, sino el resto de los personajes adaptados. ¡Ese es mi problema de que sus nombres sigan siendo los mismos! Sólo veo nombres conocidos metidos en personajes irreconocibles. Me vale un comino que Watson sea mujer, ¿de qué me sirve si, aun llamándose así, no la puedo reconocer? Digo, ya sé que en gustos se rompen género; habrá gente ahí afuera que piense que la película Romeo+Juliet (1996) es una oda a William Shakespeare, pero con un poco más de modernismo (con balazos, drogas, autos y todo de por medio); estoy consciente de ello, y es ahí donde mi drama cotidiano pierde la profundidad que debería… pero aun así me apetece muchísimo hablar del tema.

Ayer vi el episodio estreno de la segunda temporada de Elementary y mis expectativas eran varias. Treinta segundos después las vi suicidándose cual Moriarty y Holmes en las cataratas de Reichenbach. No les voy a mentir, hay una adaptación inglesa de Sherlock Holmes —producida por la BBC y cuyo nombre no voy a mencionar—, que hizo que mis esperanzas con el inspector Lestrade fueran del tamaño del Empire State. Altísimas. Y sé que no es justo, porque si recurrimos a las noveles de Doyle ya sabemos que este personaje no da para más, o más bien deja todo a la imaginación; al fin y al cabo él no es el protagonista. Lo que sí sé, y lo que sí recuerdo del inspector Lestrade literario, es que no es un perdedor. Tampoco es un inútil. En este primer capítulo nos lo muestran así y se me hizo una injusticia tremenda. Una bofetada dolorosa (más para mí que para Doyle, lo sé). G. Lestrade no merece ser representado como una marioneta de Holmes. O al revés. Lo cierto es que no entendí muy bien qué jodido rollo había entre los dos porque, como siempre, en Elementary todo se ve por la superficie, sin recurrir mucho al pasado; limpiando la basurita de encima, nada más.

¿Saben qué adaptación de un personaje sí me ha resultado una delicia en esta serie? La de Tobias Gregson. Ahí sí les pongo una estrellita en la frente a cada uno de los involucrados en su creación. Principalmente a Aidan Quinn. Grande. Porque, quitando el Piloto de por medio, así es como se hacen las adaptaciones. Pero una de las cosas que sí me chocó fue saber que, en Elementary, Lestrade y Gregson no se conocen; a pesar de que éste último trabajó un tiempo en Scotland Yard. ¡Pffff, eso es lo fascinante de leer en los libros! ¡Daba hasta para un episodio entero en el futuro! MEH. >_<


Y por otro lado tenemos a Mycroft Holmes, ¡¿QUÉ DIABLOS HAN HECHO?! Contrólate, Linda, es sólo una serie de televisión. Inhala, exhala, 1, 2, 3, 1000, 9000, 1,000,000… Infinito. No, en serio, ¡¿qué hicieron?! Necesito que me devuelvan la fe que invertí en este programa, más las casi 25 horas que me llevó verlo durante seis meses y lo mucho que traté de defenderlo de la horda de sherlockians que querían matarlo antes de que naciera. Gracias. ¡Tú no puedes ir por la vida adaptando así un personaje y quedarte tan quitado de la pena, oye! Pues quién te crees, ¡eso es un crimen! Nunca he visto en mi vida a un Mycroft Holmes más desabrido que el que ha aparecido en Elementary. En la literatura, el mayor de los Holmes es un ser pasivo, así nos lo presenta Arthur Conan Doyle en El interprete Griego y esa es la imagen que se nos queda grabada de él. Es más inteligente que Sherlock, pero no tiene la curiosidad y la energía para poner esa inteligencia desbordante en práctica; o por lo menos no en el ámbito de la criminalística, así que recurre a un trabajo de escritorio. Sin embargo, no se le debe subestimar, “él es el gobierno británico” le dice Sherlock a Watson en uno de los relatos cortos. Mycroft no es de los que va por ahí abriendo restaurantes como loco por todo Londres. ¡Manda a alguien que los abra por él! Hace que otros hagan el trabajo diario, el trabajo de campo, el trabajo social ¡Ahí radica su poder! Mientras tanto, él se la pasa bomba leyendo el periódico con un silencio atronador en algún sillón del Club Diógenes sin siquiera levantar la vista por la ventana para ver si el mundo se está desmoronando frente a él. Así que él no es de los que va por la vida partiendo la verdura para hacer el desayuno o la cena. ¿Y esa rivalidad entre los hermanos? ¿Ese resentimiento? ¿Dónde lo he visto antes, pero con más sutileza y elegancia? ¡Mejor no digo nombres, porque luego se enojan! >_<

¡Pero si es que hasta el 221b Baker Street de Elementary me ha decepcionado, carajo!

Me detendré un momento para guardar la compostura porque me siento purista, ¿vale? Y eso no me gusta; pero creo que ahora entiendo a aquellos españoles que vieron cómo Japón adaptaba a versión manga un clásico de la literatura como lo es Don Quijote de la Mancha y lo pusieron todo guapetón acompañado de su amigo Sancho quinceañero, mientras Joan Manuel Serrat hacía un cameo en el primer capítulo como no queriendo la cosa. Eso tampoco es una adaptación libre, eso es un delito.

Estoy volviendo a exagerar.

Para mí, los personajes de Elementary se quedan cortos, PUNTO. Y pasan capítulos, terminan temporadas, inician otras ¡y siguen quedándose cortos! Es como si no avanzaran, como si estuvieran en un perpetuo limbo de estancamiento y no les apeteciera salir de ahí y lo único que les interesa hacer en ese periodo de tiempo indeterminado es resolver crímenes random y, hasta cierto punto, desabridos.


Para ser el primer capítulo de la segunda temporada me esperaba muchísimo más. Y mil veces más de acción viendo que esto transcurre en el extraordinario Londres, que debería de ser, casi por obligación, otro protagonista más. Obviamente mi decepción ha sido tan grande como una catedral. ¡Demonios, si vas a ir a Londres haz algo grande, por dios! ¡Una trama que dé para dos capítulos o algo así! Algo inmenso, memorable, inolvidable, no la ñoñez que me presentaron como episodio el jueves pasado. Para mostrarme planos de una ciudad que se convierte en nada durante 45 minutos mejor hubieran grabado todo el capítulo entre pantallas verdes y un estudio, sin salir de Estados Unidos y sin gastar mucha pasta en el proceso.

Lo mencioné hace cuatro meses y lo vuelvo a decir ahora: La serie podría brillar por sí sola si la sombra de los personajes de Conan Doyle no fuera tan grande y sus estándares tan altos. Y vuelvo a aclarar para que se eviten malas interpretaciones: el show funciona; sus rating son respetables y aquí está su segunda temporada para demostrarlo, pero no son los personajes de Doyle quienes lo hacen brillar sino el trabajo de actores, guionistas y productores. No la libre adaptación de Holmes (porque eso muy poco importa), sino todo lo demás, todo lo que lo hace diferente. Por eso digo que el show falla PARA MÍ, no para el resto de los televidentes. El protagonista se podría llamar X y su compañera Y e igual tendría éxito, pero no existiría la necesidad de llenar la inmensidad de Holmes y Watson, algo que en Elementary desean con todas las ansias y es ahí donde no logran dejar las cosas muy en claro.

Sherlock Holmes y John Watson están a años luz de los personajes de Elementary porque los creadores de este último así lo han deseado… y, con permiso, yo paso completamente de este juego, sobre todo porque no reconozco la adaptación que están haciendo. No es una adaptación de las historias, sino de los personajes, o por lo menos es así como yo lo entiendo. Al parecer, el homenaje está en esos guiños que se pierden entre trama y trama y que al final terminan careciendo de importancia. En esos diálogos rescatados de las novelas que resultan superfluos, y a veces hasta forzados, que no terminan de convencerme ni tantito, porque pierden el encanto que deberían albergar al ser pronunciados. Ya estas alturas poco importa que el programa haya sustituido a Londres por Nueva York, a Watson por una mujer, las cartas por email y a la señora Hudson como una transgénero, ¡da igual! No se ve el sello de Doyle ni en una sola esquina del show, ni siquiera en los guiños; aquello no trasciende al libreto, se queda estancado, seco, desabrido. Insípido. Fallido.

House M.D. es un ejemplo clarísimo de cómo puedes adaptar a un personaje clásico de la literatura y traerlo a pleno siglo XX con otra personalidad, otro nombre, otra profesión y, aun así, ser capaz de distinguirlo cuando lo ves en la pantalla. Lo intuyes entre los diálogos; lo percibes entre los episodios. Los guiños a las historias literarias se cuelan entre los guiones de una manera que en Elementary sencillamente no funcionan. Pero no hablaré de House M.D. para poner un ejemplo de un Holmes moderno porque muchos, muchísimos ahí afuera, ya lo han hecho. Mejor pondré el ejemplo de The Mentalist, que apenas ayer he visualizado el primer episodio de su sexta temporada y OH.POR.DIOS.


Es un ejemplo, ya lo dije, pero probablemente en algún punto llegaré a la comparación. No me gusta comparar cosas, ya lo mencioné en otro post de Elementary, pero qué más da, yo voy por la vida haciendo cosas que no me gustan y es lo que hay, así que…

—He estado observándoles, a usted y a su esposo, y quiero que sepa que entiendo lo que sienten en este momento. 
—No tienen ni idea. Créame.
—Le creo. Lo sé... Lo sé y quiero ayudarla. 
—No puede ayudarme. ¿Qué es lo que sabe? 
—Muchas cosas. Usted sólo aparenta que le gusta esquiar, ¿verdad? 
—Sí, pero… 
—Está contenta de saber que su mejor amiga recientemente aumentó de peso… unos cinco kilos. Hubiese deseado ser más arriesgada cuando era joven. Ama la India, pero nunca ha estado ahí. Tiene problemas para dormir. Su color favorito es… azul. 
—No… no lo entiendo. ¿Es usted… psíquico? 
—No, sólo presto atención. Le estoy diciendo esto porque quiero que entienda que no hay razón para esconderme ciertas cosas. 
—Esconder ¿qué? 
—¿Quiere saber lo que veo cuando observo a su esposo? Veo a un cálido, amoroso y generoso hombre. Un poco vanidoso, quizá. Egoísta, controlador, pero un hombre decente. 
—Sí. 
—Entonces, ¿por qué usted sospecha que él haya asesinado a su hija?

Ahí está —pensé cuando vi los primeros cinco minutos del capítulo piloto de The Mentalist— un Sherlock Holmes moderno que brilla de forma maravillosa en suelo estadounidense. Vi las cinco temporadas de este programa de televisión durante esta primavera, para ese entonces Elementary ya llevaba más de veinte episodios transmitidos. Ya conocía cuáles eran los aspectos de la serie que me decepcionaban y por esa misma razón me llevé una grata sorpresa cuando me topé con el protagonista de The Mentalist; quizá porque era el último lugar donde me atrevería a buscar a un Sherlock Holmes y, además, encontrarlo.

El primer capítulo de esta serie policíaca —también de la cadena CBS— nos introduce de lleno a la casa donde vivía la víctima, una joven desaparecida que fue encontrada muerta ahí mismo tiempo después. Los policías culpan al muchacho del vecindario que la encontró, un joven de melena larga y ropas oscuras, que tenía la rebeldía pintada en la cara. Alrededor, un grupo de personas, forenses, policías y periodistas se congregan para saber más sobre el caso. Es aquí donde vemos por primera vez a Patrick Jane, el protagonista de la serie, nuestro moderno Sherlock Holmes. Observa todo lo que lo rodea, pero no dice ni una sola palabra. Como un fantasma merodeando entre gente viva; un ente invisible para todos. A base de las observaciones que hace, saca deducciones que no son compartidas para el público, sino que continúan siendo un misterio y las guarda para él mismo. Lo vemos mirando a los periodistas que insisten con sus preguntas inoportunas. Lo vemos observando al chico sospechoso y esposado que los policías introducen en una patrulla; a los fotógrafos que lanzan flashes sobre su cara. Al tatuaje de la muerte con una guadaña que tiene uno de los forenses que carga la camilla con el cadáver de la chica. La actitud de los padres de la víctima. La dureza del hombre; su frivolidad. La repugnancia en el rostro de la mujer; la sutil mueca de asco que se produce en su rostro cuando su esposo intenta tocar su mano para reconfortarla frente a la multitud de periodistas. Mientras tanto, él camina en silencio.

Patrick Jane se introduce por su cuenta a la casa de la joven víctima. Entra a la cocina, la observa. Enciende una hornilla de la estufa, pone agua a hervir, selecciona un tipo de té de la alacena, se prepara un sándwich con bastante delicadeza y se dedica a mirar el puñado de fotografías que decoran un pequeño rincón de la pared mientras le da un mordisco a su comida. Deduce cosas. El agua hierve, se prepara el té y llega la madre de la víctima. Es aquí donde se da el diálogo que se puede leer más arriba. Para ese entonces yo ya me había enamorado del personaje. Ni siquiera sabía si el creador de la serie en verdad se había basado en Sherlock Holmes, pero para mí ese era un hecho demasiado obvio.  

«Sherlock Holmes es una idea, un cúmulo de actitudes mentales e ineptitudes sociales que caracterizan tanto su personalidad que resulta atractivo para el público. Por eso sobresale, por eso atrae tanto. Porque es diferente, y al público —ya sea el de 1887 o el del 2012— le gusta lo diferente». 

Y Patrick Jane se convierte en Holmes cuando camina por la escena del crimen con esa soltura y esa curiosidad que tanto se impregna y se respira en los libros de Doyle. Con esa elegancia al vestir, esa cadencia al hablar, esa forma de reunir y callar evidencias hasta que se decide a soltar todo de golpe con la posibilidad de que se desate un pandemónium en el lugar. Holmes está ahí cuando Jane se prepara una taza de té, cuando reúne a los sospechosos en una habitación y, por medio de simples juegos mentales, señala al asesino. ¡Así es como adaptas un personaje de la literatura en tiempos modernos! Patrick Jane no ofende al personaje de Conan Doyle porque no pretende serlo; porque no lleva su nombre, ni sus gustos, ni la suela de sus zapatos. Es un ser aparte. Un extraordinario homenaje.

El protagonista de The Mentalist no es un detective, tampoco abraza a la ciencia con la curiosidad con la que Holmes lo hace y si hablamos de tecnología Jane se queda corto: La única vez que lo vi teclear en un ordenador lo hizo con dos dedos. Tiene un teléfono celular y eso es decir mucho. El tronco común entre ambos lo encontramos en sus mentes e inteligencia; en la capacidad que tienen de observar las cosas y a las personas. Formularse una imagen mental de cada individuo arriesgándose a sustraer información valiosa con base en la lógica. Eso sí, ambos son consultores. Patrick Jane es para CBI lo que Sherlock Holmes es para Scotland Yard. Estas instituciones policiales brillan cuando cuentan entre sus filas con personajes tan peculiares y prodigiosos como estos dos maravilloso seres.

Mirando todo de una manera global, el protagonista de la serie de televisión guarda un pasado mil veces más oscuro que el que alguna vez Doyle podría haber imaginado. Es aquí donde el matiz que une a Holmes y Jane desaparece. Uno está más dañado que el otro; más obsesionado, más cegado por el deseo de venganza.

Patrick Jane fue psíquico antes de ser consultor. Su inteligencia y el entorno en el que creció le brindaron la oportunidad de aprender el ilusionismo casi de forma empírica, de tal manera que este último no se convirtió en una forma de vida, ni en una profesión, sino en una forma de ser, una parte de su personalidad; el mayor ejemplo de ello es que nunca, a lo largo de cinco temporadas, se ha referido a sí mismo como lo que es: un mentalista. Su sentido de lo moral y lo correcto le hicieron dudar de su profesión cuando aún era muy joven pero al final, la ambición al dinero quizá inculcada por su propio padre y la oportunidad de dejar la feria donde vivió la mayor parte de su vida le llevó a afinar su capacidad de manipulación en las personas y trasmutó su habilidad de entretenimiento a cambio de la estafa. Fue así como se convirtió en psíquico.  

El mentalismo es una rama del ilusionismo (popularmente conocido como magia) tanto como lo es el escapismo, la prestidigitación, la cartomagia, etc. Es un arte escénico alejado de la estafa, porque el espectador sabe de antemano que lo es está viendo y percibiendo es sólo un truco, algo que no rompe con las leyes de la física y, que además, no existe nada paranormal en la esencia de sus trucos. En el caso concreto del mentalismo se trata de la habilidad y la agilidad mental para sugestionar o manipular la mente de otros. Es una explicación bastante superficial, pero no quisiera ahondar mucho en el tema, porque es bastante extenso y complicado. Sólo quiero señalar que el mentalismo se puede utilizar para la estafa pero, sin embargo, la mayoría de los mentalistas utilizan su profesión como mero entretenimiento, tal y como lo debería ser. Existen las excepciones, por supuesto, ahí tenemos al israelí Uri Geller, que trae la palabra ESTAFA escrita en la frente y varios en el gremio lo aborrecen.

Volvamos a la ficción. El mentalismo ayudó a Patrick Jane a convertirse en un excelente psíquico y médium. Y cuando digo excelente me refiero a que tenía una habilidad extraordinaria para engañar a la gente y aprovecharse de su dolor para beneficiarse económicamente de ellos. Se convirtió en un hombre rico, engreído, reconocido y elegante. Tenía casas enormes, clientes distinguidos, una agenda llena, una hermosa esposa, una hija adorable y un exhibicionismo desbordante... Y así fue como cavó su propia tumba. Bueno, más bien la de su esposa y la de su hija. Cuando fue invitado a un programa de televisión y se le preguntó sobre un famoso asesino serial que tenía aterrorizado al estado de California, Jane se desvivió describiendo al criminal, insultándolo con elegancia, señalándolo, retándolo. Y aquel hombre desconocido se vengó, y lo hizo de la forma más dolorosa que pudo haberlo hecho. Asesinando a su familia no sólo le daba una terrible lección de ¿humildad? De humillación, sino que pretendía demostrarle al mundo lo charlatán que Patrick Jane era. ¿Un psíquico que no era capaz de ver el destino trágico de su propia familia? ¿Qué clase de ser mediocre era ese?

Después de aquel terrible episodio de su vida, Patrick Jane se alejó de sus falsas habilidades psíquicas y vagó errante durante varios meses hasta que se topó con el equipo de investigación de la agencia CBI que llevaba el caso del asesino de su familia. Accedió a trabajar para institución como consultor a cambio de tener acceso a los archivos de los crímenes cometidos por aquel misterioso hombre que desequilibró su existencia.


Y ahí tenemos a un moderno Sherlock Holmes enfrentándose a un James Moriarty que sabe perfectamente cómo estar a la altura. [Mira de reojo a Elementary]. El Moriarty de Patrick Jane no tiene rostro humano; es una cara sonriente pintada con sangre en la pared. Es la temible simetría a la que hacía referencia William Blake en aquel poema donde se cuestionaba qué deidad inmortal podría ser la responsable de un ser tan terrible y extraordinario. Es aquel némesis cuyo alcance y poder resultan inabarcables y desconocidos. Es toda esa red de criminales que parecen observar cada uno de los movimientos del mentalista. Es ese ente invisible que parece meterse en su mente y robarle información a su antojo; y que juega con sus pensamientos, y lo manipula, y lo daña, tal y como él lo hizo con toda esa gente a la que estafó. Ese es Red John. El único capaz de estremecer los cimientos a un hombre que se creía invencible, superior al resto; más astuto que ningún otro. Red John es el Moriarty perfecto. Un hombre cuya inteligencia es igual a la del Holmes de Patrick Jane; quizá superior, pero jamás inferior. ¡Esa es una adaptación magistral! ¿Qué tan difícil es hacer eso? Jugar un juego durante cinco temporadas continuas hasta llegar a una sexta que promete terminar con aquel roce mortal que comenzó tantos años atrás. Porque eso es un hecho, cada temporada se ha encargado de oscurecer no sólo la trama de los episodios sino la actitud de los personajes. El brillo del capítulo piloto contrasta bruscamente con el primer episodio de la última temporada. La evolución de los protagonistas es, no solo palpable, sino necesaria. El final está cerca y se huele entre escena y escena. Sinceramente, da miedo. Porque si acaso hay una cosa que siempre me ha intrigado es cómo nuestro moderno y estadounidense Sherlock Holmes se enfrentará a nuestro invisible y temible James Moriarty en este problema final. Hay pistas sutiles desperdigas por todas las temporadas que nos hacen darnos una idea de cómo será aquel encuentro. 

Hemos visto a Jane tan cerca de Red John…

Hay una escena en particular que nunca me ha dejado de impresionar y que en cuestión de minutos logró revelarnos toneladas de información de un personaje tan crítico y reservado como lo es Jane. Me refiero a la última escena del capítulo final de la tercera temporada. Soberbia y magnífica hasta decir basta. Esos cinco minutos finales dicen más que las tres temporadas anteriores, y todo desaparece como en un suspiro.  

No pude evitar comprar este enfrentamiento entre Jane y el hombre que presume ser Red John, con aquella vez que, en Elementary, Sherlock Holmes secuestra a Sebastian Moran creyendo que es Moriarty y decide torturarlo con toda clase de herramientas como venganza por la muerte de Irene Adler. Los protagonistas de ambas series son polos opuestos, dos caras que ni siquiera pertenecen a una misma moneda, dos seres irreconocibles cuyo único vínculo que les puede unir es el haber vivido una tragedia tan grande como para intentar tomar la justicia por sus manos (si es que a eso se le puede llamar justicia). Ambos se envenenan de dolor y se vuelven irreconocibles cuando están tan cerca del enemigo que les arrebató la vida de sus seres queridos; pero aun así su actuación es distinta. Y desde que ví aquel episodio pensé que si el Sherlock Holmes de Doyle tuviera que tomar la venganza en sus manos lo haría con la elegancia de Patrick Jane y no con la impulsividad de Sherlock Holmes versión Elementary. Sin embargo, la actuación del metalista en esta escena estremece y golpea fuerte al espectador porque resulta inesperado, cosa que en Elementary era un escenario totalmente previsible.

En ese último episodio de la tercera temporada Patrick Jane se encuentra en un centro comercial con un hombre que dice ser Red John (o más bien, le da la información necesaria para que él se crea la mentira). La vocecilla del tipo, la prepotencia, el léxico, las mañas, todo perfectamente orquestado para que Jane se convencería así mismo de que él era el asesino que tanto estuvo buscando. Y lo tenía acorralado ahí, frente a él, en el área de comedores de una plaza repleta de gente. Nuestro protagonista no necesita los disfraces de Holmes para entablar una conversación con el misterioso hombre; es un manipulador, con eso basta. El falso Red John juega con la mente de Patrick hasta que se cansa, se da la media vuelta y comienza a marcharse cuando Jane le suplica —sin perder la compostura—, con la voz quebrada por el dolor, que se espere, que no se vaya; y éste se regresa, casi congratulándose de burlarse en la cara de una persona debilitada por el recuerdo. Y entonces, cuando se ponen uno frete a otro, con la inexpresividad en ambos rostros y el frame de la cámara enmarcando sus cabezas se escuchan un puñado de disparos. El pánico se apodera de la gente congregada en el lugar. Todos corren, se esconden, buscan refugio, huyen, mientras el hombre que decía ser Red John cae agonizante en el suelo y lo tiñe de rojo mientras un despreocupado Patrick Jane se saca un arma del bolso de su chaqueta y lo pone sobre la mesa como si estuviera posando una manzana en su superficie. De una manera tan elegante como aterradora. De verdad creé que ha matado al asesino de su familia, se ve la tranquilidad en el rostro. Ha hecho justicia. Las consecuencias de su acto no le interesan; no le preocupan, ni le remuerden la conciencia. En cambio, después de dejar el arma sobre la mesa se sienta en su silla y comienza a beber el té que había pedido minutos atrás, no sin olvidarse de pedir la cuenta a una aterrorizada camarera y pagar. 




Modales ante todo. Elegancia aterradora. Temible simetría.

La mente detrás de The Mentalist es Bruno Heller, creador y guionista de la serie. Británico de nacimiento, con Sherlock Holmes en el alma y el humor inglés escondido entre sus episodios. El Holmes de Heller no es un resentido social, ni un bicho raro, ni un cero a la izquierda; es un ser bastante sociable, con carisma desbordante y auténtico que, de una u otra manera, se va oscureciendo conforme las temporadas pasan. Es inteligente, locuaz, curioso e infantil. Inapropiado y directo; elegante. Tradicionalista. Estadounidense, con alma propia y simpatía innegable. Un protagonista que lucha con sus propios demonios internos con grandes dosis de humor y alegría; el único capaz de sonreír en una escena del crimen sin que aquello signifique una ofensa contra la persona asesinada. ¡Y miren, este Sherlock Holmes también tiene a su propio John Watson! Y es mujer; se llama Teresa Lisbon. Y ella es su jefe, así tal cual. Y su dinámica funciona porque ella es su brújula moral, aquella que le dice al niño prodigio cuándo es que tiene que parar de hacer eso que tanto perturba a la gente. Es esa amiga que le señala cuando algo está haciendo mal y él no es capaz de verlo. Y su relación funciona porque evoluciona entre capítulo y capítulo. Y también está el resto del equipo: Wayne Rigsby, Kimball Cho, Grace Van Pelt, la red de ayuda que facilita las cosas dentro de CBI. Y luego está Virgil Minelli que es mil veces más Lestrade que aquel que se le ocurrió parir a Elementary. Y también apareció una moderna Irene Adler con el nombre de Erica Flynn; tan inteligente como para poner de cabeza al mismo metalista.

Ahí lo tienen, una serie de televisión que no aspirar a ser la mejor de la parrilla televisiva sino a ofrecerte una historia original sin olvidarse de lanzar pequeños guiños a un personaje que ha trascendido a los libros. Para mí, The Mentalist funciona porque no pretende llenar la grandeza de Holmes sino que busca su propio espacio y, entre ese espacio conseguido, se da tiempo para incluir esas referencias y homenajes al personaje de Doyle sin que este abarque todo el panorama. No se escuda bajo ningún nombre, ni pretende igualarse. Ahí es donde radica su grandeza.

Y ojalá los dioses de la CBS y los creadores de esta serie tengan la amabilidad de escuchar mis plegarias para que esta sexta temporada sea la última de la serie. The Mentalist se merece eso y está en su mejor momento para irse. Se me haría muy injusto que extendieran la serie un par de temporadas más de manera innecesaria; los espectadores no se merecen eso. La trama no da para más, la han alargado demasiado (admito que me pareció un poco tedioso el estira y afloja de la cuarta y la quinta temporada). He visto series de televisión que fueron exprimidas hasta decir basta. Mi serie favorita, The X-Files tuvo episodios finales que me hicieron dormir sobre el sillón del nivel de aburrimiento que me produjeron. Y, por otro lado, están esas series como Breaking Bad que hace apenas unos días fue despedida con un público cibernético que la ovacionó de pie hasta el final. Espero que The Mentalist sea de esas series que saben decir basta e irse con dignidad aun cuando están a tiempo. Sería una pena muy grande si algo como eso no pasara.
Y aquí terminan mi opinión: Algo raro pasa cuando identificas más a un personaje literario en un protagonista diferente y muy distante a aquel que lleva su nombre.

And now, let me alone! 
Go away and drink tea. :)

28 sept 2013

Yo también sufrí bullying...

Sí, he sufrido bullying en la escuela. Más concretamente en la escuela preparatoria. Más específicamente en la escuela preparatoria Rubén Jaramillo de la Universidad Autónoma de Sinaloa, ubicada en la ciudad de Mazatlán. De aquello ya han pasado casi 10 años. Creo que nunca he hablado de esto aquí ni en ningún otro lado; no me gusta montar dramas innecesarios y absurdos propios de gente débil como somos los hostigados. O por lo menos esa es la opinión de los otros, de los que están en el medio, de los que nunca fueron agredidos y cuando lo hicieron devolvieron el golpe, como no queriendo la cosa y les funcionó el chistecito. “El mundo no es para los débiles” diría Darwin si se atreviera a mirarme ahora.

De todos los años en la escuela primera, secundaria y preparatoria sólo esas tres jovencitas de la escuela preparatoria Rubén Jaramillo me hostigaron y únicamente fue por un par de meses porque, harta no sólo de las porquerías que hacían conmigo sino de la indiferencia generalizada de mis maestros decidí un día ya no ir. Utilicé el pretexto de que la escuela se ponía en huelga una semana sí y la otra también para salirme y no volver jamás (aunque cabe aclarar que aquel tema de la huelga eterna era verdad).

Aun paso por aquella preparatoria que también fue de mi hermana y me sigue produciendo un profundo asco, como esa última vez que salí de ahí con lágrimas en los ojos, aparentando ser una enferma de gripe y tos con ojos llorosos por el virus, para que la gente que fue indiferente durante todo ese tiempo no se detuviera a preguntarme qué me pasaba. Yo débil, como siempre lo he sido; y ellos hipócritas, como siempre lo habían sido.   

De lunes a viernes, de 7 a 1, la misma rutina. Los mismos jalones de cabello, los mismos golpecillos en la oreja y en la espalda, el mismo encendedor debajo de la butaca de fierro, las mismas palabras hirientes: “Pelona” por tener el cabello corto, “muda” porque rara vez hablaba, “presumida” porque levantaba la mano cuando conocía la respuesta a algo, “tartamuda” porque a veces repetía las palabras más de la cuenta, “pendeja” sólo porque sí. Palabras que a nadie le dolerían, excepto a mí, porque antes que ellas, nadie me las había dicho.

Recuerdo las mismas conversaciones con los maestros a diario, tratando de hacerles entender que dolía lo que decían y hacían, que el encendedor provocaba ampollas, quemaduras y me estropeaba la ropa, que no era sólo un juego, que me molestaban, que hicieran algo. Y recuerdo perfectamente su indiferencia como maestros, su valemadrismo ante la situación, su necesidad de reprimir con una charlita sencilla a las tres alumnas que me odiaban sólo porque sí. Me daba coraje porque sus medidas eran en vano y los hostigamiento se hacía más grande, y más fuertes y más jodidos y yo tenía ganas de lanzar una bomba de napalm sobre la escuela; algo que nos matara a todos en el proceso, a toda la escoria de la sociedad, a los hostigadores, a los hostigados y sobre todo a los indiferentes, y aquellos que pensaban que el bullying sólo se resuelve devolviendo el golpe. Vaya asco de personas. Vaya mierda de sociedad creada. Vaya México podrido que con violencia siempre resuelve todo. Vaya actitud retrógrada.

Quizá por eso siempre he sentido empatía hacia aquellos estudiantes que, después de años y años de hostigamiento, terminan por cometer una masacre en su escuela. Cansados por completo de los consejos de otros, de la indiferencia, del mirar para otro lado. No me malinterpreten, no justifico su acción y mucho menos la apruebo, pero siento empatía hacia ellos, (y si alguien llega a leer esto y no saben lo que significa empatía existen diccionarios para saberlo, gracias), porque yo también tuve ganas de sacarle las entrañas a aquellas personas, de convertirlas en nada, de quemarlas en aceite hirviendo, de verter mil balas sobre sus cuerpos. Pero nunca lo hice y JAMÁS lo haré. Aun tengo el sentido común intacto.

“Me siento demasiado superior para el odio” decía Jean-Jacques Rousseau, y a estas alturas yo también. No odio a nadie. La palabra no me gusta; me da asco, me produce nauseas. Me recordaba a aquella época en la que yo solía odiar a la gente; días oscuros y fríos que prefiero no traer de regreso. Que me nublan la vista y me provocaban vértigo.

Siempre he sido asocial, siempre he marcado un muro invisible pero enorme entre mi persona y el resto del mundo. No me apetece hacer amigos, no me interesa inmiscuirme con el resto, no me interesa en lo absoluto pasearme entre una multitud de gente. Mi forma de ser se forjó a largo de mi infancia y no tiene absolutamente nada que ver con el hostigamiento que sufrí. Cuando eso sucedió yo ya era tal y como soy ahora, con los mismos traumas y con sueños más ingenuos.

A veces pienso en aquellas jovencitas que me quemaban y me decían palabras hirientes. Aun siento lástima por ellas, sobre todo por la líder de las tres, una chica delgada, pequeña, con el cabello disparejo y morado. Rebelde. Punk región 4. Aparentando una dureza que se la caía a pedazos cuando algún maestro la sacaba de clases por hablar mucho o por molestar tanto. Por apestar a cigarro. ¿Cuántas tragedias cargaría a sus espaldas como para que al hostigarme a mi sintiera la satisfacción que en otro lado no encontraba?

También sentía empatía hacia ella. La hostigadora típica; esa que me lastimaba para aliviar un poco el dolor de su vida cotidiana. Por las otras dos chicas jamás he sentido empatía. Eran niñas bobas, zombis; de esas que se tirarían a un barranco antes de preguntarte qué sentido tiene inmolarse o con qué propósito. ¿Qué será de sus vidas? ¿Serán más felices que yo? ¿Con menos traumas? ¿Con más miedos? ¿Tendrán hijos? ¿Tendrán sueños? ¿Esposos tiernos o novios golpeadores? ¿Golpearon a sus hijos para educarlos? ¿Esos hijos golpearan a otros niños en la escuela o serán ellos las víctimas de otros niños, como si todo fuera una cadena que se conecta? Entonces recuerdo quién soy y lo poco que aquellas tres chicas me importan; lo indiferente que me resultan sus vidas y sus muertes, sus sueños, sus problemas y sus nombres, y me olvido de ellas por completo, como aquellos seres a los que olvidamos en los cementerios.

¿Se siente bien hablar sobre esto después de callarlo durante tanto tiempo? No, se siente igual. Duele lo mismo… Quizá más. Hay gente que nunca lo entenderá. 

24 sept 2013

Post random de septiembre con emoticones y todo muy loco.

Dice Maru que viene en son de paz.
No le crean.
Digamos que me apetece muchísimo escribir mil cosas y no me sale ninguna. Quizá eso, en el mundo de la escritura, tiene nombre pero me dan tanta pereza buscarlo que mejor dejémosle así. Pretendamos que mi inspiración con todas las musas que alguna vez pudieron resguardarse ahí se ha ido a buscar nuevos horizontes; más bonitos y menos cabezotas que yo.

Primero dije que no escribía porque tenía calor, y yo con calor no puedo vivir (mis neuronas montan un suicidio colectivo muy fuerte que no se lo deseo a nadie), y ahora que tengo un huracán categoría 1 sobre mi cabeza, una frazada cubriéndome el cuerpo, una quietud indescriptiblemente reinante en toda la ciudad, los abanicos apagados y Dante luciéndose de lo lindo junto a mi taza de café colombiano humeante y calientito, mi cerebro y mi inspiración deciden montar una huelga monumental que haría estremecer a los maestros del CNTE.

En estas situaciones no sé qué hacer. El hecho de no escribir nada durante tanto tiempo me desespera y me sale urticaria en el cuerpo y el alma. Tengo ideas para plasmar, muchísimas ideas, pero todas ellas están recreando un drama épico en mi cabeza y taladrando mis ganas de escribir. No es tan fácil. Es desesperante, es horroroso;  y usualmente me doy por vencida fácilmente. Escribo un par de líneas, las elimino veinte veces y cierro el procesador de textos. Por eso este post no tendrá sentido. Desde que escribí el primer párrafo hasta llegar al tercero ya han pasado dos días. El sol ya salió y mi taza de café ha sido sustituida por un vaso de agua helada. Para cuando este post esté concluido y publicado habrán pasado otro puñado de días más. Así suele suceder casi siempre.

Pero ya es suficiente ¿vale? Ha sido demasiado descanso, pereza y procrastinación repartidas en partes iguales y pienso que ya basta. Mi propósito de Año Nuevo era precioso: escribir un post cada semana. Nunca logré que fuera así, pero escribía tres post al mes y todo era perfección hasta que la primavera y el verano hicieron acto de presencia y los arcoíris surcaron el cielo mientras las mariposas brillaban por los campos y mi humor se fue por la cañería la mañana siguiente. Detesto el verano en Sinaloa; siempre lo he mencionado. No sólo no me gusta, sino que me enferma, me deprime y me mata todas las ganas de seguir escribiendo, pero ¿ven eso que se ve en el horizonte cercano? Es el otoño, con su 22 de septiembre bajo un brazo, y su secadora asesina de hojas bajo el otro. Sé que es un cliché, sé que es de catálogo, sé que es una ternura… y también sé que es mentira. Ya sé que en otoño hará tanto calor como en verano —quizá más—, que no todo será color calabaza y hojas de maple secas sobre árboles de mango (what?!) y un chocolate caliente a un lado de la chimenea (¿cuál?) mientras leo un libro cursi y romántico. Ya sé que eso sólo sucede en las películas y en Canadá, donde el otoño sí existe y se toman las fotografías preciosas que adornan los calendarios en estos meses. Aquí en Escuinapa esta estación del año sólo es una expansión de un juego mediocre llamado Verano, pero quiero pensar que no es así. Quiero creer que el calor remitirá un poco y podré dormir sin el aire acondicionado y sentir frío. Eso para mí sería fantástico. Por lo pronto quiero volver a escribir, quiero volver a la rutina. Estas son un par de cosas que me apetece retomar muy pronto.

UN POST A LA SEMANA: Sí, porque la vida era maravillosa cuando llevé esa rutina a principios de año. Actualizaré lo que sea, aunque sólo signifique poner una fotografía o algo breve sobre un tema en concreto; el objetivo será actualizar aunque sea poquito.   

MEMES: Conseguiré un par de memes (en Knowyourmeme.com hay muchísimos) y de esa manera no todos los post del blog tendrán una temática seria y, de una u otra forma, servirán para salirme de la rutina sin resquebrajarme mucho la cabeza en el proceso. En Facebook comencé un meme hace ya varios meses pero jamás lo completé, (porque así de poco persistente soy yo, y con lo poquito que me gusta Facebook, pues xD). Pienso reunir los pequeños post que escribí ahí, agruparlos en una entrada y publicar los otros poco a poco aquí en el blog; de esa manera me obligaré a terminarlo. Aquí también he dejado otro inconcluso que pienso retomar.

FANFICTION: ¡Me fascina escribir fanfictions! ¡Me encanta, me apasiona, me divierto como una enana! Pero así como soy capaz de escribir un one-shot de golpe soy capaz de votar otro con la misma rapidez. No es que la inspiración se me vaya, para nada. Lo que pasa es que al poco tiempo me resulta frustrante notar que ya no puedo continuar con la narrativa porque termina sonando redundante, cansina, lineal y plana; yo detesto con todo mi corazón que eso suceda. No les miento, ahí afuera existen personas que escriben A DIARIO fics de una forma maravillosa y creíble; a mí nunca me sucede eso. Cómo les envidio. >__<

Vale, este fic es para la víspera de Navidad pero lo empecé a escribir en junio.

Para escribir fanfictions necesitan estar dirigidos a un fandom en concreto. Mi problema principal es que yo jamás en la vida he podido permanecer con dos fandoms a la vez, es decir, no pudo amar dos series/películas/mangas y a sus seguidores al mismo tiempo; cada uno debe tener su propio espacio y su propio tiempo, que pueden ser un par de días o un puñado de meses (¡ajá!). Escribí varios fanfictions de Fullmetal Alchemist mientras estuve leyendo el manga y disfruté demasiado haciéndolo porque fueron historias espontáneas que terminaron gustándome precisamente por su sencillez. También quiero retomar eso. Porque, dicho sea de paso, escribo para mí; si en el proceso hay alguien por ahí afuera que se topa con mis relatos y le gustan ¡pues bienvenido sea! :) No pretendo escribir grandes historias con una prosa complicada, sino cosas sencillas y fácilmente digeribles. Tengo por ahí un par de borradores de fics inconclusos de FMA, Sherlock y Firefly. Esta última es una serie con la que me topé en el verano; ha sido todo un tesoro precioso y, así de golpe, he escrito seis fanfiction (de los cuales, cuatro están sin terminar; porque yo voy por la vida así, sin terminar cosas xD). También me apetece crear una rutina para continuarle dedicando tiempo a este pasatiempo tan maravilloso y volver a subir unos fics a Fanfiction.net que ya están previamente revisados, (porque las versiones definitivas que subí allí contienen algunos horrores ortográficos que harían llorar a Neruda). Y tal vez, por fin entonces, termine de una vez por todas de abrir la sección superior de Fanfiction en el blog. :P

TV: Bueeeeeno, para ser sincera no recuerdo cuándo fue la última vez que encendí la televisión. De hecho, hace más de un año mi hermano y yo les dijimos a mis papás que tenían permiso de sacar la TV de nuestra habitación porque ya no la veíamos y sólo estaba ocupando espacio. Mis padres donaron esa TV y la de la sala (que tampoco se usaba) a unos familiares y conocidos y sólo se quedaron con la que está en su recamara y que sólo ellos ven. Aún recuerdo vagamente lo mucho que detesta los comerciales y el contenido en decadencia que mostraban canales como The History Channel. Soy una exagerada y una drama queen, lo sé; ya sé que la televisión aun muestra contenido bastante respetable; es sólo que me da pereza buscarlo :P. Ahora, sí quiero ver un documental o una serie de TV o una película, la busco directamente en Internet. Más práctico y mucho más accesible.


Admito que NO soy una chica de series de televisión ¿vale? Pero últimamente he decidido seguir un pequeño número de shows, y el hecho de que sea septiembre le añade diversión al asunto: mañana se estrena la sexta temporada de Castle y estoy emocionadísima (de hecho hoy se estrenó en Canadá y ya tengo el episodio en mi Tablet listo para verlo :). Nunca pensé ni por un momento que me fuera a apasionar tanto, pero ver la evolución de los personajes durante todo el verano ha sido algo que he desfrutado a rabiar y ¡quiero más!

También me apetece ver el nuevo episodio de The Mentalist que promete muchísimo y, de todo corazón espero —por el bien de todos y para hacer justicia a la serie—, que ésta sea la última temporada y sus personajes tengan un final digno. Ya no pido un final feliz, sólo un final digno. En serio, alargarla más sería un suplicio y no estoy dispuesta a seguirlo.

Y después tenemos la segunda temporada de Elementary. Me pesa muchísimo ver esta serie, más por morbo que por ganas, sobre todo porque es buena… pero sencillamente no me gusta. No es un problema de actores ni personajes, ni siquiera de trama, como ya lo mencioné antes. Es algo más personal. Lo mismo me sucede con buenos shows como Fringe, Lost, Bones o The Walking Dead; el problema no es de ellos, el problema es mío. La razón para ver Elementary es porque al parecer el primer episodio transcurrirá en Reino Unido y veremos a Mycroft Holmes, el inspector Lestrade y el departamento 221b de Baker Street, ¿qué tan genial será eso? ¡Quiero saberlo! :)

También he estado viendo Homeland y ¡ay! He terminado la primera temporada y tuve una especie de corto circuito neuronal; pero como soy una asquerosa desesperada mejor dejaré que termine la tercera y así evito tirarme de un barranco en el proceso antes de saber cómo termina todo ¿ok? Aprovechando que la serie tiene poquitos episodios, JOJOJO. Lo mismo sucedió con Juegos de Tronos; he visto dos episodios de la segunda y dejé de verla hasta que terminará la tercera. Ya terminó y supongo que toca ponerse al corriente, aprovechando que ahora tengo una Tablet bastante respetable. Y también le tengo bastante ganas a Sleepy Hollow y Marvel's Agents of S.H.I.E.L.D, que se estrena en dos semanas, creo (no me hagan mucho caso). Lo admito, no soy muy fan de los superhéroes pero he desfrutado como escuincla The Avengers y sabiendo que esta serie también es de Joss Whedon pues adelante caminante. :) ¡Y no lo he olvidado, tengo una cita pendiente con Breaking Bad!

Punto y aparte están esas series de TV que no veo porque tengo miedo que me gusten demasiado (sí, existen): Doctor Who y Supernatural son dos de ellas. Podría jurar que el día en que me siente a verlas terminaré haciendo cuentas de Tumblr especiales para evitar llenar mi miniblog de un spam interminable (ya me ha sucedido antes, TRES VECES). Y hacer más cuentas implica procrastinar más y no tengo tiempo para eso. xD

Y si hablamos de Sherlock, pffff, sé que se estrenará en algún punto del 2014 y si eso sucede yo ya tendré telarañas en el cuerpo. Sólo de pensar en cuándo se estrenará la cuarta temporada me hace creer que habrá muchos huracanes y epidemias de por medio. Lo veo venir.

Para cuando se estrene el primer episodio iré por la vida como Rose versión anciana de Titanic:


Proyectos: ¡Necesito leer el tercer libro de Juego de Tronos! Ya lo tengo desde abril, así que sólo es cuestión de quitarle el plástico y ponerme a leer como loca empedernida, pero el hecho de leerlo e irme al trabajo y durar ocho horas sin tocarlo me aterra y me provoca insomnio, lo juro. Sólo por eso me detengo, :P. Próximamente también empezaré a releer el manga de Fullmetal Alchemist, que sinceramente ya han pasado un par de años desde que terminó y sólo lo he leído una vez completo. Deseo leerlo y escribir una opinión personal de cada tomo (¡son 27!), para posteriormente publicarlo en el blog temático que tengo en Wordpress. Y también pienso de todo corazón volver a ver Firefly ¡No saben las ganas que tengo de ver esa serie otra vez! Es entrañable y especial hasta decir basta. PFFF, juro que algún día compraré esos DVD y los veré en televisión hasta rayarlos (estoy exagerando); por lo pronto me estoy haciendo de una versión de 720p con subtítulos en inglés para reseñándolo basándome en estos archivos, pero terminará de descargarse en cuatro mil años. También las reseñas y opiniones —y sus fanfictions— irán a parar a otro blog temático. Lo cierto es que podría encasquetarlos aquí mismo, en mi blog, pero estaran desparramados por todos lados y no me apetece hacer eso. Mejor hago un rinconcito exclusivo para cada cosa, tal y como es la dinámica que seguía en Livejournal. :) Y finalmente, ahora que lo recuerdo, también tengo una cita con Shingeki No Kyojin, tanto el anime como el manga; y también con Natsume Yūjin-Chō y Fairy Tail, a los cuales les tengo muchísimas ganas. Y tampoco me olvido de The Big Bang Theory.

¿Saben qué? Creo que necesito otra vida, otro cerebro y quizá otras dos manos… y una laptop. xD I’m done. Cambio y fuera. PD: Tardé una semana con sus días y sus noches para que este post pudiera ser completado. 

20 sept 2013

Sinaloa, la pitahaya redonda en emergencia.

Entre Mazatlán-Escuinapa.
Yo crecí en aquellas calles y recorrí todos esos caminos, ¿los ves? Ahora los ríos se han desbordados y los mares se han salido. Es la Sinaloa devastada, la tierra donde se forjó mi vida y donde inventé mis sueños. Aquella que, para bien o para mal, me hizo ser lo que soy hoy. Ahí vive esa gente a la que aprecio, esas que me regalaron un sin número de experiencias y me enseñaron momentos que recordaré toda la vida. Esas personas con las que sólo me tope un instante en la fugacidad de nuestro tiempo. Desde Guasave hasta Angostura, desde Culiacán hasta Mazatlán, desde Escuinapa hasta la Isla del Bosque y después hasta Teacapán. Cada pequeño rinconcito de Sinaloa me ha visto crecer, ahí he dejado instantes preciosos y dolorosos por igual. Ahí he dejado amigos verdaderos que seguramente poco recuerdan quién fui y vecinos entrañables que no dudaban en poner un poquito de fe en mi locura. Ahora pienso en ellos y me pregunto dónde están, ¿estarán bien?



Recuerdo el abarrote de mi infancia en La Reforma, Angostura, el carro que pasaba vendiendo tortillas, el señor amable del carrito de helados, la vecina esquizofrénica que hablaba idiomas imposibles y la carnicería olvidada de al lado. Recuerdo aquella pareja ciega que tuvo más hijos ciegos y vivían en una casa pequeña, pobre y humilde a los pies de un árbol enorme que se rendía perezoso ante su ceguera. Recuerdo el árbol de tamarindos en una bodega destruida y el de naranjitas de la casa detrás de la nuestra; donde aprendimos a escalar paredes para poder alimentarnos. Recuerdo los perros dálmatas de nuestro vecino y su empeño en permitirnos jugar con ellos por unas horas. Recuerdo mi escuela Leyes de Reforma, con Benito Juárez estampado en el escudo, el amarillo intenso de la camisa de nuestro uniforme, y el enorme tanque de agua que se elevaba metros y más metros sobre nuestras cabezas. Los desfiles épicos del Día del Marino, las pirámides humanas que hacían los integrantes de las Bandas de Guerra. Recuerdo lo mucho que se inundaban sus calles los días de lluvia y el lodazal que permanecía en cada rincón del pueblo días después de la tormenta. Ahí viví mi primer huracán, aquella vez que nos quedamos sin energía eléctrica por días y tuvimos que acampar todo ese tiempo en la cochera de nuestra casa para no morir de calor ahí dentro. Recuerdo que las noches más estrellas de mi vida las vi ahí; en la frontera de toda civilización. En La Reforma de mi infancia. Recuerdo nuestros constantes viajes los fines de semana a Guamúchil, Angostura, a El Llano, a El Bonete, a todos esos poblados con hectáreas y más hectáreas de interminables sembradíos. De girasoles rindiéndole pleitesía al sol, de caminos arbolados hasta el infinito. El amarillento color de los maíces sembrados; el frijol, los tomates. Los caballos, las gallinas, las vacas, toros y ovejas. Recuerdo cómo había veranos gentiles con el campo e inviernos implacables que quemaban la siembra; y el humor de los campesinos cuando la cosecha no era demasiado buena. Sus enormes banquetas, sus calles sin grafiti, la gentileza de la gente que te saludaba por las calles sin conocerte.   

Recuerdo las calles de mi Guasave y el camino que mi hermana y yo recorríamos a diario de regreso a casa. Los helados de vainilla afuera de la escuela Carmen Serdán, la calle que vimos pavimentar y lo que nos encantaba jugar con los cerros de arena cuando pusieron los nuevos conductos de agua. El inmenso patio de la escuela donde se instalaban circos y helicópteros por igual, la frontera del Este donde vivía un señor gruñón, la frontera del Oeste por donde se colaba el aire acondicionado de Plaza Ley. La señora buena que vendía churros en la salida. El guardia desconocidos que me ayudó a encontrar a mis papás aquel día que me perdí en el centro comercial y creí que me habían abandonado. La tienda de la esquina y la familia que la atendía. Mis últimos amigos. Las mañanas de invierno de bufandas y guantes, y el calor reconfortante del carro de papá. El OVNI que pasaba siempre a las 7 de la noche. El chupacabras, los balazos, el arroyo que se veía desde el segundo piso y el pino gigante de navidad de la CFE que se veía desde el 1 de diciembre. Los hot cakes del mercado y el chocomilk de las mañanas después de ir a misa.  


Mazatlán, Sinaloa.
Recuerdo el breve periodo de mi vida en Mazatlán y lo deprimente que me resultó vivir sola ahí por primera vez. Ni la belleza del mar a mis pies todos los días, ni la bondad de la gente, hizo que me enamorara de la ciudad donde nací. Aun así, adoro el malecón y los atardeceres increíbles a la orilla del mar y la neblina que cubre la playa los fríos inviernos. Adoro el bullicio del centro y el desnivel inverosímil de sus calles. La joya de la Plaza Machado y el Teatro Ángela Peralta. Y ese señor que le canta canciones al mar para que no se salga.

Recuerdo a diario mi odio hacia Culiacán en verano. Lo insoportable que resulta para mí respirar su aire y caminar por sus calles. La pesadez de la gente y la pesadez mía cuando el clima y los periódicos nunca traían portadas optimistas. Los camioneros suicidas y la flojera de las mañanas por ir a la escuela. Las personas sentadas en las escalinatas de la catedral y la mujer anciana que pedía limosna todos los días a las afueras de un banco. El señor mayor que vendía galletas a un lado de la escuela de Veterinaria junto a su perro. Su precioso Jardín Botánico, su increíble Centro de Ciencias, su meteorito estelar desafiando al planeta Tierra. 

Recuerdo a todas esas personas con las que me he topado a diario desde entonces en todos esos lugares, todos esos poblados, todas esas ciudades. Desde mis maestros hasta los amigos de mi infancia; desde vecinos hasta gente de buen corazón. Mi familia, la del norte y la del sur. La de Sinaloa. La de los ríos desbordados y las presas llenas. Para ellos no quiero tragedias, para ellos no quiero casas inundadas, ni vidrios rotos, ni avenidas dañadas, ni arboles caídos. Para ellos ni para nadie. Esa gente hoy necesita nuestra ayuda y desearía darles hasta mi existencia. Desearía que no les roce ni una sola gota de ningún huracán enfurecido, pero no puedo (y no pude) protegerlos de todo; ni construir un muro que impida que les toque el viento.

El huracán y la geografía del terreno fue generoso con mi familia en Culiacán, pero existen muchísimas (MILES) personas que no tuvieron esa suerte, para ellos va mi solidaridad los días venideros. Para ellos va mi ayuda, y mis deseos y mis esperanzas.  

Ahora, un mensaje para el resto: Estamos en septiembre, ¿qué mejor forma de conmemorar el mes patrio que ayudando?

DIF Sinaloa dice que estas son las cosas que necesitan con mayor urgencia. En los DIF de cada ciudad están recolectando estos víveres y ellos se encargarán de saber a qué lugares enviarlos: 

  • Leche en polvo
  • Agua embotellada
  • Enlatados (como atún o maíz)
  • Sopas instantáneas 
  • Harinas de trigo y maíz
  • Alimentos no perecederos
  • Gasas
  • Vendas
  • Desinfectantes de heridas
  • Suero
  • Alcohol
  • Agua oxigenada
  • Gel antibacterial 
  • Jabones neutros 
  • Pasta de dientes 
  • Cobijas
  • Ropa
  • Artículos de limpieza para el hogar (cubetas, franelas, escobas, cepillos, jabón)
  • Artículos de higiene personal (papel sanitario, toallas femeninas, pañales)

Aquí encuentran una lista de todos los centros de acopio para víveres del estado de Sinaloa. Incluye la dirección de cada uno al igual que su número de teléfono. ¿Quieren mi consejo? Pregunten antes de donar, existen ciertos víveres que la gente lleva con mayor frecuencia que otros, si hay un exceso de esos productos es posible que tengan que deshacerse de ellos o dejarlos para darle preferencia a otros. O quizá nunca sean enviados. Ya sabemos que eso ha pasado antes y la gente se queja mucho por el desperdicio de productos. 

El periódico Noroeste, por su parte, abrió sus oficinas en Escuinapa, Mazatlán y Culiacán para recibir donativos de sus habitantes, pero no mencionan qué clase de cosas necesitan. Por aquí la información

Cáritas Culiacán pone a nuestra disposición esta información:



Y por último, la Cruz Roja Mexicana NO TIENE CENTROS DE ACOPIO EN ESTE ESTADO, así mismo lo han expresado en la página web de Sinaloa. Los únicos lugares donde están recibiendo víveres es en Tamaulipas, Guerrero y el DF; nada más. Sin embargo piden ayuda económica. El número de cuenta para donar es 0404040406 SUCURSAL 683 BANCOMER.


Teacapán, Sinaloa.


¡ÁNIMO, SINALOA! ¡SIEMPRE ADELANTE!