14 sept 2015

01. KDrama: Healer (Spoiler)


Título: 힐러 / Healer
Año: 2014-2015
Género: Acción, romance, suspenso
Episodios: 20
Cadena: KBS2
País: Corea del Sur

Sinopsis: ¿Cómo se relaciona un evento ocurrido décadas atrás con tres personas que aparentan no tener nada en común? Kim Moon Ho (Yoo Ji Tae) es un popular reportero para un conglomerado mediático muy importante. Chae Young Shin (Park Min Young) trabaja como reportera para un diario online de segunda categoría dedicado a publicar noticias sensacionalistas de celebridades. Seo Jung Hoo (Ji Chang Wook) es un misterioso mensajero conocido por el pseudónimo de "Healer" (Sanador). Cuando estas tres personas se encuentren, se embarcarán en una insólita travesía para descubrir qué sucedió años atrás mientras un grupo de amigos operaban una radio emisora pirata, e intentarán ayudar a la gente afectada por el evento. ¿Podrá su afán por descubrir la verdad ayudarlos a descubrir su destino?

Opinión personal: Healer tendrá el honor de ser la primera serie que despertó en mí el interés hacia la televisión coreana en general por lo que después de verla he decidido seguirla un poco más de cerca. Aunque, a decir verdad, quizá ha dejado el listón demasiado alto. Y es que, para ser una serie de acción, también logra alcanzar de manera extraordinaria un equilibro perfecto entre romance, comedia, drama y misterio.

Después del torrente emocional que dejó en mí la primera temporada de Outlander (Opinión 1 y 2), me parecía justo y necesario enfocarme en alguna otra historia de ficción que… ¿cómo explicarlo? ¡Que no jodiera tanto por dentro, oye XD! No voy a negar que la serie de Starz es una maravilla; sublime, divina y todo lo que tú quieras pero esos últimos episodios se sintieron como yunques sobre el pecho. Lo que yo quería era lo contrario, rebuscar por ahí algo que me devolviera esa fe en la humanidad que Jack Randall se encargó de sepultar sobre toneladas de lodo y sangre. Me fumé de principio a fin Cien años de soledad por cuarta vez en la vida, me embadurné de la prosa casi infantil de Benito Taibo leyendo Persona normal, sumé una novela más de Austen a mi colección, y hasta conté los espacios vacíos que me quedaban en mi librero para futuras adquisiciones. Me fui al cine de otra ciudad a ver sentimientos como protagonistas de una película y rebusqué en las secciones de Netflix la última temporada de la incomprendida serie británica Ripper Street, para terminar las noches de mis cansados días viendo de tirón Friends. Incluso abandoné Twitter, me conseguí una nueva laptop y un perrito (después de la muerte de Maru). Pero nada de eso fue suficiente para superar el golpe al hígado y esa sensación de sofoco traumático que Outlander se encargó de grabar con cincel en mi conciencia. Fueron mi hermana y @afhyer quienes me recordaron que sí, que hay vida después de Wenworth y que lo que yo necesitaba no era una sesión terapéutica con un psicólogo ni tomar media pastilla de antidepresivos al día, sino enjuagarme la cara y refrescar la mente con, yo qué sé, una nueva serie de televisión que tuviera finales felices y personajes entrañables; aunque ésta fuera en idiomas imposibles y viniera del otro lado del mundo. Y ahí fue donde llegó Healer que, como buen título, vino a sanar mi cariño por las historias breves de ficción bien contadas.    

Vientos de cambio...


Para habar de la trama de Healer desde una perspectiva cronológica primero tendríamos que remontarnos a las frías noches de otoño de 1980, cuando un grupo de cinco jóvenes, ingenuos e idealistas, se paseaban por las calles de Seúl a bordo de un camión en cuyas entrañas se albergaba el equipo necesario para sostener una emisión de radio pirata dedicada a lanzar consignas y acusaciones contra las limitadas libertades que imperaba durante aquellos primeros meses de la dictadura. No mucho tiempo antes la sangre de estudiantes, obreros y civiles tiñeron de sangre el sudoeste del país asiático cuando la masacre de Gwangju demostró de lo que era capaz el despótico gobierno que Chun Doo-hwan instauró con puño de hierro después del golpe de estado donde se autoproclamó presidente de la república. Es en este panorama desolador donde surge la idea de expresar sus opiniones por medio de trasmisiones errantes, e incluso llegaron a publicar el primer número de una revista llamada Healer 힐러 para “sanar los problemas de la sociedad” que ellos mismos se encargaban de trasmitir, argumentando que ésta era la esencia misma del periodismo.

Kim Moon Shik fue el joven que más progresó dentro de este grupo de amigos, pero también fue el que más se alejó de los ideales que enarbolaban. Siendo un chico introvertido, más que participante de la radio pirata, era sólo oyente. Sus habilidades en el volante le permitieron ser el chófer oficial del ruidoso camión que les servía como cabina mientras eran perseguidos por la policía metropolitana a lo largo de las estrechas calles de la ciudad. Huérfano en aquellos años, quedó a cargo de su hermano pequeño Kim Moon Ho y heredó de su padre un viejo negocio de autos chatarra que servía como guarida vespertina para él y sus novatos compañeros. Con el paso de los años se convirtió en un importante empresario que subió tan rápido de escaños hasta alcanzar la presidencia de la cadena de noticias Jail, convirtiéndose también el personaje más complejo de toda la serie.    

Choi Myung Hee era la única chica de los cinco. Alegre, servicial y bonita, Kim Moon Shik la llegó a amar en secreto, pero la joven ya había establecido una sólida unión con el colega de ambos Oh Gil Ahn, un muchacho jovial y cariñoso, con quien años después, ya dedicados al periodismo de manera profesional, contraerían matrimonio y se convertirían en los padres de una niña a la que llamaron Oh Ji An. Apenas un mes antes que ella había nacido Seo Jung Hoo el hijo de Seo Junk Suk, otro chico del grupo y el amigo más cercano de Oh Gil Ahn, con quien formó un dúo periodístico de renombre. El más castigado del equipo fue Ki Joong Jae, un chico rebelde, hiperactivo y bromista que retaba a confundir a los policías en aquellas memorables persecuciones en los tiempos del totalitarismo. Fue encarcelado por sus principios y condenado a 11 años de prisión bajo argumentos ridículos y refutables.

Las cosas se tornaron horribles en enero de 1992, cuando Oh Gil Ahn como reportero y Seo Jung Suk como fotógrafo, emprendieron una misión para destapar un importante caso de corrupción que involucraba a una constructora y a una misteriosa sociedad llamada Los Agricultores, conformado por hombre poderosos inmersos en los negocios y la política que se creían con el derecho de manipular su entorno a base de sobornos para el beneficio propio sin pensar en las consecuencias que tales actos podían infringir a la sociedad. El castigo por mirar donde no debían fue desastroso, pero la versión oficial de esos hechos fue más perversa todavía y perduró con el paso de los años: supuestamente Seo Junk Suk asesinó a Oh Gil Ahn durante una riña, de la cual fue testigo ocular Kim Moon Shik. Sin saber qué hacer y carcomido por la culpa Junk Suk se suicidó al poco tiempo de la muerte de su compañero. Mientras, la joven madre Choi Myung Hee y su hija sufrieron un misterioso suceso que acabó con la vida de la pequeña y dejó parapléjica a Myung Hee.

Tuvieron que pasar veinte años —y que alguien viniera a limpiar el polvo que había caído sobre el caso— para que los pedazos de aquellos extraños sucesos llegaran a las personas correctas y fueran cuestionados sin reparo.

[SPOILERS DE LOS EPISDIOS A PARTIR DE AQUÍ]

Quienes me conocen sabrán que me gustan los puzzles. Pequeños fragmentos de imágenes que con perseverancia logran formar un todo que logra darle el sentido que merecen. Si Healer me atrapó desde el principio fue porque la historia que nos narra no está contada de manera lineal, sino que cada episodio nos ofrece piezas que vistas desde una manera general consiguen alcanzar la profundidad que de otra manera hubiera sido imposible. La visión del presente sirve como base para conseguir comprender lo que sucedió dos décadas atrás y que marcó para siempre la vida de los protagonistas.


He idealizado a Kim Moon Ho desde la primera vez que apareció en pantalla por salirse del guion y mantenerse fiel a los principios de su labor. Para ser un periodista de una cadena televisiva de renombre se supone que debe de saber que hay cosas que por apego al protocolo y a la visión general que la compañía debe mantener no se permiten hacer; pero no, el niño mimado de la empresa también conoce sus privilegios y el alcance que su imagen significa para la gente. Es extraño encontrar en estos días a un personaje que ejemplifique con honor la hazaña periodística en su estado más puro; ese que no se deje influenciar fácilmente por la pantomima mediática que rige nuestros días. El amor a la verdad debería ser un estandarte y superponerse a cualquier individuo que intente obstaculizarlo, Moon Ho lo sabe y defiende la realidad social aunque ello implique amonestaciones de parte de sus superiores. Esa necesidad intrínseca que tiene de poner todo en duda es una de sus mayores virtudes, pues al final es ésta peculiaridad lo que lo llevó a investigar el paradero de la pequeña Oh Ji An y destapar esa falsa porquería en la que su hermano volcó toda su existencia. Moon Ho es también la pieza central de la historia, la piedra angular de la que todo se desprende. Su participación es tan importante para la trama que por un momento pensé que los productores se cargarían al personaje a la primera oportunidad que tuvieran (aunque por suerte se antepuso el final cursi y perfecto contra el temible cliché televisivo de asesinarlo a balazos, o envenado). Además, algo que amé de manera absurda fue la relación tan desenfadada que mantenía con Kang Min Jae, la directora de noticias. Ésta relación tan extraña como bonita habría resultado fabuloso que la hubieran explorado un poquito más para no dejarnos con el corazón en el cuello en esa última escena que no nos supo a nada, donde los dos compartían un café así muy a lo seco pero con miradas de viejos cómplices y sonrisas que les recordaron a otros tiempos. Porque Min Jae es de las pocas personas que le entiende. Quizá le exaspera un poquito su manía de pretender hacer todo a su manera y se convenza así misma de que el tipo está siendo cegado por la fama que le precede, pero muy en el fondo ella sabe que tal cosa no es verdad. Su disciplina como directora también le hace comprender que hay cosas que se escapan de sus manos, instantes en los que el periodismo sólo es una fachada en un set televisivo. Al final, los peces gordos son los que maniobran las cuerdas y hacen hablar a los títeres dictándoles tras bastidores qué cosas deben de decir y cuándo hacerlo. Moon Ho jamás pretendió caer tan bajo como su hermano, por eso resulta exquisito el gesto de repulsión que se le pintó en la mirada cuando los poderosos, escondidos en las tinieblas de sus propias ambiciones, le invitan a formar parte de la vida política de Seúl.

Kim Moon Shik tiene dos debilidades remarcadísimas desde el principio: su testarudo hermano menor y la mujer a la que más amó en la vida, Choi Myung Hee. Quizá, si el Anciano no le hubiera lavado la cabeza siendo muy jovencito, la inteligencia y la paciencia de este señorón habría conseguido mantener viva la llama de aquellos chicos de los 80’s que desde las trincheras radiofónicas le daban voz a los periodistas silenciados, esos que se revelaban de manera directa ante el agravio de la censura, a pesar de que él nunca fue una voz activa dentro de la misma. Moon Shik es un personaje por sí mismo complicadísimo, mi hermana y yo llegamos a debatir si era una víctima de las circunstancias o un ciego mental incapaz de percibir el dolor que con el paso del tiempo llegó a infligir en otros. Sin embargo, hubo ciertas ocasiones en las que su estoicismo se desmoronó a pedazos (al ver las visiones de sus antiguos camaradas, al ser abandonado por su esposa, al recordar a la niña que dejó perdida, etc), momentos como ese me llevan a pensar que muy en el fondo todo lo que hizo después de los eventos trágicos del 92 fueron guiados tanto por el miedo como por el amor que le profesaba a esas dos personas. Lo que vendría después sólo sería una plataforma para tener todo lo que soñó y todo lo que jamás podría haber imaginado: poder, renombre, reputación, dinero.

Está demás decir que Myung Hee le quería, pero de ahí a imaginar que lo amaba incondicionalmente pues probablemente no. El amor de su vida siempre fue Oh Gil Ahn, se le notaba en el recuerdo, se le veía en la mirada; y lo que sentía hacia Moon Shik era una profunda gratitud por lo mucho que hizo después del asesinato de su esposo y el evento que la postró en cama durante bastante tiempo. Resulta devastador ver cómo este sincero agradecimiento se transforma en cólera conforme la trama avanza y se revela la verdad respecto a aquel suceso que le cambió la vida, desembocando en el abandono al palacio de oro donde vivía recluida y dejando detrás a un hombre que se convirtió en tinieblas en cuanto ella salió por la puerta. También es de reconocer el temple que esta mujer tenía, ya ni hablar de la valentía que poseía en su juventud, el desbordante carisma que desprendía y esa atención tan tierna que le ofrecía a quienes la visitaban. Estuvo soberbia en aquel instante que le revela tan sutilmente a su esposo que ya sabía que su hija estaba viva, y se lo dice con un gesto tan dolido como impotente que consigue conmover hasta al más duro. Nada de gritos, nada exigir largas explicaciones, sabe que hay muy pocas cosas por decir y demasiado por perdonar como para llenarse de valor y escuchar esas excusas estúpidas por parte de Moon Shik que no se las iba a creer ni el jardinero del vecindario.

Me hubiera gustado que nos explicaran mejor qué fue de él después de esa escena donde le vemos ebrio conviviendo con los fantasmas del pasado. De hecho, si la serie tiene un fallo es precisamente ese: no haber cerrado el círculo de los involucrados. No sabemos qué pasa con el Anciano y los Agricultores, ni con la alcaldía de Seúl y la postura de Moon Ho respecto a la presidencia que su hermano le ofreció, o si se quedó en Someday News un tiempo más. Pero bueno nada que la imaginación (o una segunda temporada) no pueda arreglar xD.

"We can start at the end of time and do it all again..."


Pero los que me robaron el alma desde que aparecieron en pantalla fueron la pareja protagonista. ¡Qué química desprendían, por dios, qué grosería! Aun pienso en ellos y se me eriza la piel de lo surrealista que fue. Yo no suelo emparejar a cualquiera que se me ponga en frente, ni siquiera a aquellas personas que es demasiado obvio que terminarán liadas porque les brota purpurina del aura y tienen pétalos rosados cubriéndoles la cara. No, para que yo consiga enamorarme de un par de enamorados se deben de alinear los planetas, correr fresquito en Mercurio y de paso nevar en el Sahara. No es cuestión únicamente de los actores (que cuenta mucho, claro) sino un conjunto de factores que consigan hacerme creer que esos dos se traen algo. Una frase cliché, un dialogo dicho en mal momento, una ambientación pésima, un soundtrack mediocre o una sobreactuación en una sola escena y me habrán perdido para siempre. Por suerte, la producción de Healer consiguió mantener en equilibro varios factores y TODO lo hizo bien. ¡Aplausos! Que para ser sincera yo ya estoy un poco hartita de la chica buenorra y frágil que busca al superhéroe que la saque del lodazal en el que está metida para nada más cruzarse de pierna a la primera oportunidad y retocarse el maquillaje antes de regresar a sus brazos perfectos y torneados. También los amores a primera vista suelen repelerme bastante, me gusta esa especie de indiferencia inicial entre ambos individuos hasta que hay un detonante que despierta la curiosidad por conocerse más (soy muy de Orgullo y Prejuicio, ¿qué quieren que haga? :D).

¡Chae Young Shin es una chica estupenda! Dejemos de lado su mediocridad en el ámbito periodístico y esa devoción casi religiosa que siente hacía Oriana Fallaci mientras trabaja para la prensa del corazón de un periódico en línea de quinta. La niña la ha pasado fatal en la vida pero aun así se las arregla para sacudirse aquellos recuerdos que le empañan su infancia, salir ahí afuera para sonreír todos los días y de paso cantar como si mañana no volviera a salir el sol. Es un gustazo también conocer sus debilidades, sus temores y sus dudas sencillamente porque eso la hace más humana a los ojos de los espectadores. Es una persona que siente el deber moral de proteger al débil cuando la situación lo amerita, aunque ella misma se esté hundiendo de miedo, y hay que reconocer que eso también tiene su épica. Además, la relación que mantiene con su padre adoptivo y sus tíos-ex convictos-criminales es muy chula.

Seo Jung Hoo es todo lo contrario a Young Shin. Si ella creció con la idea de que sus padres biológicos la botaron cuando sólo tenía seis años, Jung Hoo tuvo que lidiar con la noticia de saber que su papá se había suicidado más o menos cuando tenía la misma edad. Un día fue abandonado por su dolida madre y al poco tiempo su abuela murió. La pasó fatal en la escuela y terminó encerrado en un reclusorio juvenil donde después de salir fue acogido casi por la fuerza por un antiguo camarada de su padre Ki Joong Jae (¡personaje inolvidable!), quien lo entrenó en defensa personal y en otras áreas que posiblemente rayaban la ilegalidad en el país sólo para ¿adivinen qué? Abandonarlo un día, tal y como lo hicieron los demás. A los veinte años se convirtió en Healer, el mensajero nocturno más reputado dentro del negocio.

Mientras que Young Shin brilla con la luz del día, Jung Hoo lo hace al ras de la oscuridad, y es interesante percibir cómo se complementan dependiendo de la situación que se les presente. Una escena preciosa (de hecho, todas las escenas que comparten estos desgraciados son preciosas) es la que ocurre en el cuarto episodio, cuando ella y Jung Hoo, (oculto bajo el nombre y personalidad de Park Bong Soo como seudónimo ante ella y la sociedad), se topan con Yoyo y sus secuaces. Hay algo de cobardía en la actitud de Young Shin cuando se entera que a quien buscaban los matones es a ella, sin embargo, al ver cómo agredían a su subalterno no la piensa dos veces y se entrega pacíficamente, suplicándoles que lo dejen en paz. A los pocos minutos es Healer quien llega y arrasa con todos los Double SS Guard y le salva. Pero Jung Hoo jamás le menciona a Young Shin que no recibió golpe alguno por parte de aquellos hombres. No necesitaba decírselo porque entendía el peso del acto heroico que ella acababa de hacer: un trueque de su vida por la suya, y para él con eso bastaba. Con ello también le daba una fortaleza indirecta para señalarle lo valiente que era como persona y le inyectaba dosis de heroísmo que de otra manera jamás hubiera percibido dentro del terror que la estaba ahogando. Algo muy parecido a esto sucede cuando van a casa del tipo que contrató a la mujer involucrada en el caso del candidato Kim Uhi. De manera discreta él le salva del sofocante escenario pero le pide ayuda a ella para salir del caos, cediéndole una vez más la oportunidad de quedarse con el crédito de la hazaña.

La verdadera personalidad de Jung Hoo es una combinación perfecta entre su álter ego Healer y su periodista inventado Park Bong Soo. Guarda la gallardía del primero y la inocencia del segundo y es precisamente eso lo que lo hace tan irresistible. Sin embargo, son poquísimas personas las que han tenido la oportunidad de conocerlo verdaderamente porque vive una vida solitaria, recluido en un edificio abandonado al que ha convertido su hogar hasta que pueda comprarse una isla desierta. Habita la vida de un mercenario contemporáneo nocturno que brinca por los techos de los altos edificios, juega videojuegos, ve documentales de animales salvajes, no sabe ni pelar una cebolla y tampoco tiene la menor idea de quién es Superman, pero Young Shin entra a su vida para decirle que aún hay un poco de humanidad en su interior, y también para derribar el miedo que le invade cuando piensa que todas las personas que le rodean saldrán dañadas de alguna y otra manera y que todo eso será por su culpa. Este miedo se exterioriza de manera dramática después de la muerte de su maestro, pero es ella quien se queda a su lado para levantarlo si cae y para recordarle que no todos los que lo rodean lo abandonarán cuando más lo necesite. (Estos post en Tumblr saben de qué hablo 1, 2, 3). 

La razón por la que se ha convertido en una de mis OTP’s favoritas ha sido por esa confianza mutua que se tienen. Es algo básico en una relación, es verdad, pero lo suyo sobrepasa cualquier límite de entendimiento, comprensión y apoyo, y esto es algo que se percibe desde el principio. Hay tanta historia oculta detrás de la máscara de Healer que se necesitarían una centena de preguntas para responderlas, y sin embargo, Young Shin le otorga el beneficio del silencio. Jamás le cuestiona más de la cuenta y cuando lo hace sólo espera un sí o un no como respuesta para quedarse tranquila y creerle, como aquella vez que le preguntó si alguna vez había matado a alguien. No es una interrogación directa por el crimen cometido apenas unas horas antes, sino una duda general, así como mera curiosidad (“¿Alguna vez has matado a alguien?”, cualquier persona, en cualquier momento) que evita que él se sienta intimidado por el hecho de que ella pueda verlo como un criminal sin escrúpulos. Tampoco le pregunta sobre su identidad secreta, ella misma lo intuye y lo calla con recelo.  

Quizá Jung Hoo jamás lo reconoció de manera explícita pero es obvio que se le partió el corazón cuando oyó la confesión de Young Shin sobre el abuso que sufrió por parte de uno de sus primeros padres adoptivos siendo apenas una niña, al grado de llegar a pensar en el suicidio. Fue el punto de quiebre donde él mismo se juró protegerla a toda costa, aun cuando ambos se desconocían completamente. No fue fácil, el niño apenas podía asimilar que fuera capaz de sentir algo por alguien (ese tropezón después del primer beso estuvo soberbio). La pasó tan mal en su juventud, que él mismo creó una barrera impenetrable de granito frente a todos para que nada le inmutara, y de repente llega esta chica jovial, extrovertida y entusiasta que le enseña a apreciar la rutina diaria y abandonar la idea de largarse a vivir a una isla desierta donde no le moleste ni la arena de la playa. Si al final el amor no es esto (encontrar a alguien que te complemente, que ayude a entenderte a ti mismo y aceptarte como individuo) no sé entonces qué será. Jung Hoo lo aprendió de la manera más noble posible y verle evolucionar a lo largo de los episodios resulta enternecedor.

Muchas escenas emblemáticas de la pareja suceden en las azoteas y todas tienen un toque de perfección que las hace irresistible. En la primera, un simple gesto como posar la mano en el pecho de él para sentir su presencia al tener sus ojos vendados, me ha parecido una preciosura; y otra por ahí tiene uno de los besos más hermosos que he visto últimamente en cualquier lado.



Un punto a favor es el hecho de no haber convertido la relación de Kim Moon Ho, Chae Young Shin y Seo Jung Hoo, en un paupérrimo triángulo amoroso. Eso sí me hubiera hecho rechinar los diente y patalear de rabia. Por suerte mantuvieron a la pareja muy apartada del periodista, que dicho sea de paso fungía muy bien como hermano mayor desde que eran pequeñitos, lo que le daba un gesto de simpatía cada vez que aparecía con ellos, procurando su bienestar e imponiendo un límite infranqueable al primero que intentara ponerles un dedo encima. Sobra decir la fabulosa mancuerna que formaron los tres con la misma jefa de Healer, Jo Min Ja, cuando sus verdaderas identidades ya habían sido reveladas. Min Ja se lleva el protagónico cuando aparece en pantalla. Sí, quizá iba por la vida haciendo los clichés más trillados de los hackers de la ficción, pero el hecho de que siempre tuviera un sushi en una mano y en la otra un estambre para bordar le añade los quince mil puntos de originalidad que ya quisiera gozar actualmente cualquier pirata cibernético retratado en la televisión.

Vale mencionar que la banda sonora de la serie es preciosa. Si no shippeas a la pareja por su actuación ten por seguro que lo harás por la música tan hermosa que les ponen. Todos los temas me gustan pero a mí se me rotuló en el cerebro Eternal Love de Michael Learns to Rock, mientras que When you hold me tight me pareció cuquísima. Y si nos ponemos quisquillosos You, What my eyes say o I will protect you, (ésta última cantada por Ji Chang Wook, el actor que interpreta a Healer) me hicieron perder la razón así sin más y desde entonces las escucho en un loop que se prolongará al infinito.


En definitiva un drama recomendadísimo, que consigue un equilibro perfecto entre el romance, la comedia, el suspenso, la temática política y eventos del pasado que aún están grabados en la memoria de quienes los vivieron. El ajedrez argumental que sostiene la serie recae casi en su totalidad en las movidas que los hermanos Kim lanzaban desde sus posiciones, cada movimiento más punzante que el anterior. Los actores están soberbios en sus papeles y cada uno tiene su espacio justo en la historia para convertirlos en personajes tridimensionales que en ningún momento nos resultan indiferentes. Al final, todos terminan importándote; los del pasado y los del presente. Como mencioné antes, me hubiera gustado una clausura más cerrada, donde se supiera a ciencia cierta qué pasó con el Anciano y Los Agricultores; quizá una pista de cuál es el futuro de personajes tan entrañables como la misma Min Ja o Dae Yong, la ayudante de Healer que tenía un potencial tremendo a pesar de su juventud y lo infravalorada que sentía la pobre sabiendo que era capaz de muchísimo más. Quiero creer que Myung Hee será muy feliz ahora que conoce el paradero de su hija y sus ataques epilépticos no volverán más. Le deseo un final bonito a Dong Won, el policía cibernetico que soñaba con cazar a Healer que, por muy insufrible que se tornaba a veces, merece un futuro donde se le dé reconocimiento que se merece y no cargue con culpas tan fuertes como las que aun persiguen a Min Ja. Todo el equipo de Someday News también debería de llegar lejos, quizá se convierta en una sección noticiera fresca y veraz cuya perseverancia les consiga un buen status entre los noticieros del país y sus colegas periodistas. Se merecen una reputación así después de toda la explotación laboral que vivieron por parte de Moon Ho xD.

Hace apenas unos días me topé con este post en Tumblr donde alguien aboga por una segunda temporada (rarísimo en una serie coreana) ¿y qué más les podría yo decir?: ¡ME APUNTO TOTALMENTE! 

¡ADIÓS! Una isla desierta me espera en el Caribe. 

11 sept 2015

Serie: Outlander, II Parte (Opinión Personal)

La primera parte de mi opinión está aquí.

Al final, Casandra sólo quería que le creyeran. Encontrar entre el tumulto de gente una mente abierta que se atreviera a creer en sus profecías. Pero la ira de Apolo es implacable: vio arder Troya antes que nadie, incluso vaticinó la muerte del mítico Agamenón y presenció su propia decadencia mucho tiempo antes de que ocurriera. Como un castigo similar al de la mitología griega, Claire Beauchamp se convierte en nuestra propia Casandra condenada a callar su destino mientras la madera cruje con el fuego de la hoguera que la espera a ella y a Geillis Duncan. Sin embargo, Geillis también viene a recordarnos que en medio del naufragio siempre hay un objeto que nos mantiene a flote, un trozo de cordura entre la sinrazón de los gentiles. The Devil's Mark (1.11) la hizo brillar como nunca, mostrándonos ese lado afable entre los calabozos roídos por la humedad y el moho. Las conversaciones con Claire se debaten entre la comprensión y la duda; la curiosidad y la sensación de identidad que comienza a florecer mientras las palabras fluyen y la sentencia final se acerca. El último sacrificio de Geillis fue un acto de amor para la persona que más la comprendió, aunque a Claire le cueste entender los motivos y la reverbera popular esté ansiosa por oler la carne quemada de una bruja despatriada.

Claire ya venía acarreando un infierno desde el primer arco: viajó 200 años en el pasado, se encontró con un casaca inglés que le recordada a las mejores historias de Sade, fue prisionera política, se casó por obligación con un guerrero escocés y la tomaron como rehén apenas tuvo tiempo de llegar al monolito que la metió en aquella maraña onírica absurda. Lo que vino después era suficiente como para hundirla en un abismo profundo y no permitirle salir jamás. Quizá con un poco de optimismo se habría dedicado a cavar su propia tumba. El rescate de Fort William en The Reckoning (1.09) da testimonio de lo que James Fraser es capaz de hacer por la mujer a la que juró proteger con su vida. Adentrase de esa manera al fuerte británico fue una estupidez incomparable, y sin embargo, comprensible, al recordar lo mal que la pasó él mismo en ese lugar, donde años atrás fue azotado hasta la inconciencia por el hombre que ahora amenazaba con matar a su esposa. Jamie entendía que, al rescatarla a ella, se estaba rescatando (otra vez) él mismo.

LA conversación tarde o temprano tendría que llegar. Las explicaciones nunca son suficiente cuando tienes tu pasado pisándote los talones y no puedes contárselo a nadie; no resulta creíble ni para ti. El punto de ebullición estalla entre los dos precisamente cuando tanta tensión se vuelve exasperante. Esa terrible pelea acarrea consigo el resentimiento acumulado del tiempo compartido juntos, no porque se odien ni porque estén cansados de sus respectivas presencias, sino porque comenzaron a amarse sin saber exactamente en qué momento la vida los flechó. “Eso, eso es estar enamorado” se resigna Jamie al saberse perdido entre tantos sentimientos encontrados.

El regreso al castillo también nos permite adentrarnos a la inevitable situación política que se avecina en las montañas de Escocia. El duro recordatorio de que todo lo que comienza tiene un fin se revela como una premisa que la diluimos en este accidentado encuentro entre la familia MacKenzie. Colum funge como el diplomático que se siente traicionado por las ideas irreverentes de su hermano; las mismas que ponen en jaque la estabilidad no sólo de sus propias tierras sino del panorama de las localidades vecinas. La batalla de Culloden, el escenario final de un estilo de vida milenario, se asoma con crueldad en los duelos verbales de aquellos parientes que apenas se reconocen. Hay un punto de quiebre en la relación de ambos que agoniza mucho tiempo antes de lo esperado. Y la impaciencia de Dougal termina por exponerse en The Search (1.14) que, junto con The Watch (1.13) nos sirvieron para atestiguar que la producción de Outlander también puede darse el lujo de incluir subtramas sin trascendencia (¿o la tendrá?). A Lallybroch (1.12) lo salva la soberbia aparición de Jenny y la simpatía de su esposo Ian. La presencia de la hermana de Jamie llena todo el entorno con un importante respeto y autoridad que ni siquiera él puede asimilar muy bien. Es un personaje cuya fortaleza penetra las paredes del hogar hasta convertirlas en órdenes y a cada situación que se presente le da una solución a la altura, un ajuste de tuercas que permiten otorgarle esa reconocida reputación que le precede. Claire consigue consolidar una relación con su cuñada que no nació de la noche a la mañana. Tales lazos engendran sus raíces en la mutua preocupación por el propio Jamie, quien sigue siendo un prófugo de la justicia, y que les llevará a la búsqueda épica que vemos en la primera parte de The Search (1.14). 

Laoghaire reaparece como la personificación total de la poca vergüenza; un animal rastrero que busca su propio beneficio a base de pretender provocar una lástima pobre y mediocre. La niña no sólo necesitaba la bofetada de Claire sino un despabilamiento remarcado, vorazmente certero, que le limpie de toda la putrefacción que tiene metida en el cerebro sólo porque los celos le otorgaban la oportunidad de hacerse la sufrida. Su última tontería fue llevar a juicio a las únicas dos víctimas de los viajes en el tiempo y con ello se perfiló ya como uno de los personajes más detestable de toda la saga. Qué la parta un rayo, así sin más.

Por extraordinario que haya sido el rescate de Jamie durante el juicio por brujería, su heroísmo no se aprecia sino después, en The Devil's Mark (1.11), cuando en un gesto de compasión (o culpa) guía a Claire a los pies de Craigh Na Dun para darle la oportunidad de regresarla a su hogar y evitarle la pena de presenciar el terrorífico escenario que se les venía encima. Aquí sólo hay peligro, le dice con dolor mientras nos regala la despedida más amarga que habíamos presenciado hasta la fecha. Sin embargo, es Claire quien debate en silencio durante horas frente a la mítica estructura sólo para regresar a hasta Jamie y decirle que no, que su hogar ya no está en el siglo XX sino ahí, a su lado, dispuesta a luchar contra el futuro que ya está escrito.

Pero el momento cumbre de esta temporada hace acto de presencia en los dos últimos episodios que la cierran: Wentworth Prison (1.15) y To Ransom a Man's Soul (1.16) son el testimonio aplastante del ahogo televiso entre el horror, la impotencia y el dolor. Jack Randall ya era para ese entonces todo un estudio sobre el sadismo extremo, como lo mencioné en mi primer post, pero esta vez sobrepasó el límite de la tolerancia humana. Hace ver las flagelaciones de The Garrison Commander (1.06) como sendas caricias por la espalda. No hay minutos de descanso a lo largo de esas aplastantes dos horas donde la tortura física-psicológica es el primer plato sobre la mesa (y el único que terminarás recordaron cuando los créditos finales aparezcan). Poco, muy poco importa que al final Jamie haya conseguido salir de ese pandemónium en el que terminó hundido, que en el horizonte se vislumbren nuevas posibilidades, que la pareja principal zarpe en barco rumbo a la Francia de la aristocracia europea, etc, porque todo los caminos conducen a Wenworth. Sabemos de antemano que Jamie no está curado y que lo sucedido en las celdas de la prisión le opaca cada segundo de su existencia, y lo seguirá haciendo en la próxima temporada. No es algo que él haya pretendido; si Randall es la maldad personificada Jamie es todo lo contrario. Quizá por eso el soldado inglés había decidido tragarse su alma desde hace años. En el fondo existe una especie de respeto hacia el escocés, una admiración mal disimulada y retorcida que logra erizar la piel y provocar arcadas sólo de comprobarla. 

No he vuelto a ver aquellos dos episodios desde un día después de que fueron trasmitidos. No pienso verlos próximamente, no creo que los vea antes de que el parón termine, ni en un futuro cercano. De hecho, calculándole a ojo me ha tomado casi tres meses y medio sacar fuerza de las alcantarillas de mi barrio y ponerme a teclear frente a la pantalla sin que me de asco la vida y sus tragedias desde que la season finale me hundió. Ni siquiera pensaba escribir esta reseña, pero sentí que la serie lo merecía, porque sí lo vale: cada segundo, cada episodio, cada música de fondo y esa hipnótica secuencia de apertura que jamás me cansaré de ver, merecen mucho la pena. Si el trauma final no me hubiera calado tan hondo aquí me tendrían con un análisis más extenso y detallado, quizá un poco más elaborado, con guiños a los libros, frases o anotación, sin embargo mi moral sigue exprimida, tirada a un lado del camino sin ánimos de levantarse y escribir opiniones más meditadas (Dikana lo hizo de manera maravillosa en su blog).

NOTAS APARTE:
1. Me parece fatal que la serie no haya ganado algún Emmy en cuestión actoral. La actuación de Balfe y Menzies es maravillosa pero la de Heughan se lleva todas las palmas en Wenworth con amplísima diferencia.


2. Laoghaire me la pela.

3. La polémica escena de los azotes fue adaptada maravillosamente, lo suficiente para no ofender a la mayoría de quienes la vimos. Habrá alguien que diga que no, que a una mujer no se le debe de pegar ni con el pétalo de una rosa ni aquí, ni en la ficción, ni en la China rural, pero reconozco que la secuencia está lejos de resultar placentera o abusiva para quien lo mire. Diría incluso que es bastante cómica, y tamaño detalle merece la pena mencionar. Al final uno no sabe quién de los dos recibió más golpes xD.

4. El último episodio lo sentí raro, rarísimo. De hecho, creo que es el que más dudas me genera al respecto. Asumo que la cuestión de tiempo era un factor, que en el libro esto transcurre en meses y no días, que seguían en Escocia y no en Francia, y mil motivos más que no vengo a discutir, pero la recuperación de Jamie se sintió simplona. No es queja, sobre todo porque los pedazos de actores que personifican a Claire y Jamie saben abarcan todo un rango de emociones que consiguen ganarse cualquier escena. 

Me repatea comparar libros vs. TV pero, aunque en la novela la redención de Jamie es más cruda y salvaje no deja de ser preciosa. El no haber sido adaptada a la pantalla precisamente por la línea de tiempo tan ajustada me produce un dejo, así muy chiquito, de tristeza. Supongo que muchas de estas cosas la insertarán en la segunda temporada, la explotarán a rabiar y quizá sea una constante en la subtrama pero eso me da una sensación de vacío que la primera no pudo llenar, ni siquiera con el anuncio del embarazo, que me supo tan amargo como esperanzador.

5. ¿Qué hago yo hasta que Outlander regrese? Claro, leerme todos los libros de la Gabaldon, fijo xD.

9 sept 2015

¡Adiós, pajarito azul! Siempre te recordaré.


Me ha costado lo mío decirle adiós a Twitter. Tampoco fue una decisión tomada a la ligera; lo sopesé por meses y lo medité más de una vez con la web abierta mirando mi timeline sin leerlo. Inevitablemente llega un punto en el que sabes que algo terminó, como si un ciclo hubiera acabado y tu trabajo ahí ya estuviera hecho. Recuerdo el último día que pasé en Fotolog o el día exacto que le dije adiós a Messenger, y de verdad creí que jamás llegaría el momento en el que sentiría aquel vacío al pensar en Twitter. Era mi lugar favorito justo después de este blog. Fui más sincera ahí de lo que fui jamás en ningún otro lugar (ni siquiera aquí), sobre todo porque ahí sólo me leía la gente que de verdad me quería leer, la que no lo hacía por simple compromiso o por familiaridad. Siempre seguí a quien yo quería, leí las fuentes que yo escogía, estructuré mi línea de tiempo para que ahí sólo estuvieran personas que lo valieran, a golpe de palabra y de opinión.

288 personas atestiguaron mi caminar. 288 personas a las que siempre les agradeceré el haber tenido interés en mi opinión, siempre debatible, siempre cambiante.

No me voy de Twitter porque su dinámica haya cambiado, de hecho creo que sigue siendo una red que nos permite gritar a los cuatro vientos lo que se nos venga en gana, ya sea para bien o para mal, y sigo creyendo en su pluralidad y efervescencia cuando un tema impactante lo amerita. La mal llamada web 2.0 se hace presente en sitios como Twitter, donde la opinión del pueblo llano encuentra su cabida. Nos enseña el alcance de las capacidades que posee; nos muestra el poder de uno: dame un punto de apoyo y moveré el mundo, dame 140 caracteres en Twitter y tiraré el mercado bursátil, dame una página en Facebook y desataré revoluciones en Egipto. Quizá sea una falsa realidad, pero queremos creer que tenemos más poder del que en realidad poseemos.

Supe que con Twitter todo había terminado cuando me vi pasando más tiempo en Facebook que ahí. O una de dos: o la era del pajarito azul ya había pasado para mí, o me estoy haciendo vieja xD. Bueno, en realidad son las dos cosas. Pero aquella llamita que sentía de querer teclear lo que yo opinaba, hacerlo rápido, compartir ideas, enlaces, noticias, desapareció un día y desde aquel entonces ya no ha regresado. Y ha pasado tanto tiempo que estoy segura de que ya no regresará.

Es triste, no voy a negarlo, porque amaba ese microblog como pocas cosas he amado en la vida. Compartí 7 maravillosos años ahí y atestigüé como el mundo crecía y se derrumba en vivo frente a mis ojos. Huracanes, guerras, tsunamis, golpes de estados, atentados terroristas, rescates de mineros, copas mundiales, olimpiadas, elecciones, eclipses, viajes al espacio, muertes, accidentes, celebraciones, todo estuvo ahí. Todo lo presencie, lo leí, lo reí, lo lloré. Tantas cosas, tantas historias, tantos momentos.

Mi historial ya ha sido descargado y guardado en mi laptop. Algún día, dentro de algunos años, me pasearé por sus meses y recorreré con la mirada todos esos tweets que fueron todo para mí. Quizá sienta un milímetro de nostalgia y cariño por ese sitio en particular, uno de los tesoros más grandes que jamás han existido en Internet.

¡Larga vida a Twitter y gracias por el espacio!

EDITADO (03-NOV-2015): Olvidenlo, ya regresé. 

EN OTRA VIDA:

1. ¡Ya he vuelto al blog! Este sí que está lejísimos de morir. Lo siento tan vivo como la primera vez que publiqué algo en él. Quizá no lo actualizo con la regularidad de antes (cuando era una niña que no trabajaba ni madrugaba) pero siempre lo tengo en mi corazón y mil ideas rondan por mi cabeza cuando pienso en crear un nuevo post. Sé que aquí siempre podré expresarme con la libertad de caracteres que yo quiera, escribir sobre lo que me apetezca, compartir lo que se me venga en gana. Ahora que tengo laptop, espero que la constancia sea más real.

También me pueden encontrar en Facebook, Tumblr e Instagram :)

2. Por lo pronto ya tengo dos post que se publicarán estos próximos días: mi opinión personal de Outlander del canal estadounidense STARZ y Healer, un drama coreano que finalizó a principios de este año. Joyitas maravillosas las dos.

3. Tengo muchísimas ganas de comenzar a leer algún libro pero no, no encuentro el tiempo que desearía para poder disfrutarlo.

4. SIGO ODIANDO EL VERANO. Fin del comunicado.

5. King 2 Hearts *___*.

30 mar 2015

17 de diciembre del 2014...


No sé si la vida se le escapa por el rabillo de la mirada, pero esos 12 años que se le sienten en el alma le dibujan perezosas canas en la cara y le desdibujan con suavidad aquellos ojos que antaño brillaron como perlas. Umi, la pequeña nómada perruna nacida de las entrañas de mi tierra, aun tiene fuerzas para posar como centinela en el porche de la casa envejecida para esperar el regreso de su dueña. Cuántos años de fidelidad se le escurren por el cuerpo.

Nunca encontré alma más pura dentro de una coraza caoba tan pequeña. No sé si será el tiempo o la experiencia la que la ha dotado de un aura servilismo que encuentro sumamente conmovedor. Umi no me debe nada, ni la última noche de desvelo, ni la melancólica sonrisa que se le escapa de su cansado hocico. Su nobleza va más allá del abstracto ideario del mejor amigo del hombre; la imagen grabada en nuestra memoria a base de relatos de perros cuyo heroísmo especial fue la paciencia eterna.

De vez en cuando le cuento historias tristes, réquiem para colegas de cuatro patas que de una u otra manera evocan su misma esencia. Le digo que se puede ir por la puerta grande cuando quiera, que eso de retozarse en el pasto celestial y correr con viejos conocidos no pinta ningún destino trágico, sino gozosamente esperanzador. Pero mi pequeña nómada se queda, a mi lado, entre los trapos enmarañados repletos de su pelaje canoso y el viejo plato amarillo que, al igual que ella, conoció mejores días. Nada vale para quitarle los años a mi perrita. Su sola presencia sirve para ver por la comisura del pasado que guarda la esencia de lo que ha sido y siempre será: el más gentil de todos los seres que me rodean.

¡Larga vida a mi incansable centinela! 

16 mar 2015

La mexicanidad: fiesta y rito de Leonardo Da Jandra.

¡Gracia a Red de Libros
Escuinapa por prestarme este
ejemplar! (HACE UN AÑO)
Soy malísima leyendo ensayos, y si son ensayos filosóficos mucho peor. Quizá por eso no he leído tantos a lo largo de mi vida, y probablemente la mitad han sido de mi autoría sin más pretensiones que saciar mi curiosidad e indagar con mis propios pensamientos un tema que me interesaba. Por otro lado, esos que hice en mis tiempos de estudiante, no cuentan. Fueron redactados con el cansancio reflejado en la flojera acumulada de aquellos días. Así que, cuando llegó a mis manos La mexicanidad: fiesta y rito de Leonardo Da Jandra vi una oportunidad para leer un poco de eso que se me da tan mal: los ensayos y la Filosofía.

El resultado creo que no fue muy bueno.

Para empezar, me cuesta muchísimo opinar de una manera objetiva el trabajo de un tercero. Sobre todo cuando esa obra contiene la esencia misma de su autor; sus ideologías y su postura respecto a ciertas cosas. Es difícil separar entonces mi opinión general respecto a mis propios pensamientos. El nivel personal es casi una obligación, y cuando nuestras ideas colisionan entre los párrafos deriva en lo que yo llamo una indigestión literaria. Un atiborramiento de información que generan un tsunami mental ahí donde convergen nuestras contrariedades. Y eso fue más o menos lo que sucedió en esta ocasión.

Ese no fue el único problema con el que me encontré: la Filosofía y yo nunca nos hemos llevado bien. Ni la clásica ni la contemporánea. Hay algo en ella que —junto con las matemáticas— consigue producirme un corto circuito neuronal que termina por provocar un colapso mental que fácilmente podría derivar en un aneurisma. Somos como el agua y aceite. Mi mediocridad con este conocimiento deriva en algo tan absurdo como ser incapaz de leer a mis 26 años El mundo de Sofía del noruego Jostein Gaarder, libro cuya lectura es obligatoria en la escuela secundaria y a mí lo único que se me ocurrió en aquel entonces fue regalar el ejemplar que tenía. Ya ni hablemos de Nietzsche o Jean-Paul Sartre que para mí ya son otro nivel (eso no evita que sus libros se vean muy bonitos en mi biblioteca personal xD).

Y si dejamos todo eso a un ladito, me topo con un tercer problema: no sé si la filosofía contemporánea tiene cabida en nuestro mundo; y me refiero como objeto de estudio. Entiendo perfectamente que la de hace siglos cimentó las bases de lo que tiempo después derivaría en el método científico. A su manera, provocó el nacimiento de la ciencia misma. Ya no era necesario especular sobre ciertas cosas que rayaba lo metafísico porque existía un método para descartar todo aquello que no pudiera ser corroborado por medio de análisis a prueba y error; estudios replicados en los que los resultados eran contrastados para dar con el motivo real de algo. Pero mi pregunta es ¿para qué sirve la Filosofía moderna? ¿Cuál es su función? ¿Aun se siguen preguntando cuál es el sentido de la vida? ¿No habrá acaso cinco filósofos en una misma habitación que piensen distinto? ¿Bajo qué método (si no es el suyo propio) contrastan sus propias afirmaciones?

Así que un ensayo filosófico sobre la mexicanidad, como el del señor Leonardo, sólo sirve para dar su opinión sobre el tema, y seguramente por ahí habrá otro filósofo que piense distinto a él y también dará sus motivos. Muy parecido a El laberinto de la soledad de Octavio Paz. ¿Y por qué? Porque no hay un método irrefutable para dar con la respuesta definitiva. Para ellos nunca lo ha habido. Como objeto de estudio, la mexicanidad puede cambiar de perspectiva.

Da Jandra expone en su ensayo los vértices sobre lo que se levanta nuestra esencia: la fiesta y el rito en un sentido amplio y profundo de ambas palabras. Esto implica remontarse a los orígenes mismos del ser mexicano, y no me refiero al Virreinato sino más allá; al indígena y al español como la piedra angular donde se yergue nuestra pirámide existencial. Pero Da Jandra —al igual que José Vasconcelos con su raza cósmica—, le otorga al mexicano un reconocimiento supremo sobre todo lo demás; en éste caso la Hispanidad. Explora y entreteje la esencia misma que nos define como seres peculiares, con características propias que ensalzan nuestras propias costumbres de rituales y barullos varios. Señala nuestros errores, por supuesto, pero estos quedan enterrados entre toneladas de terminología propia de filósofos y ensayistas.

Me parece justo reconocer que probablemente no lo entendí. Quizá hubo una nula comprensión entre la lectura y el autor que bloqueó cualquier línea de razonamiento. A su favor puedo decir que me enseño más de 36 nuevas palabras que me hicieron desempolvar el diccionario de la RAE sólo para corroborar que existían. Procuraré usarlas a menudo, porque la verdad impresiona y te hacen ver como intelectual (aun siendo una niña ñoña como yo xD). Y pues bueno, aquí me tienen tres días después de terminar su lectura tratando de descubrir qué diablos es eso de la religión universal del Estado Planetario, que raya más en una novela distópica que un ensayo, y por qué tiene la idea tradicional de la familia que consiste en un papá y una mamá. Hombre, mujer. Equilibro y todo eso. En fin, me declaro incompetente honorífica para opinar de este trabajo y me retiro con el fracaso enmarcado en el rostro. No soy buena para esto. 

10 mar 2015

¡Siempre serás mi héroe!

Mi papá y yo (1989)

Podría comenzar diciendo que tengo al mejor papá del mundo, pero creo que a estas alturas y a esta edad no dejaría de sonar trillado y absurdo, e incluso un poco ofensivo para aquellos que también han tenido la suerte de tener a un padre extraordinario.

No tengo al mejor papá del mundo. Mi padre es un hombre común que siempre ha cargado en sus espaldas el bienestar de los suyos. Lleno de virtudes que generalmente opacan todos sus defectos. A su manera, sobresale de su entorno, tal y como lo hacen otros millones de personas alrededor del mundo que acarrean consigo el cansancio laboral para transfórmalo en felicidad para su familia. No es fácil; es un camino lleno de sorpresas y dificultades, de preocupaciones y metas, de incertidumbre y de visiones claras. De salud y de enfermedad... Como la vida misma.

De alguna u otra manera, tanto mi mamá como mi papá, se las han ingeniado para educar a sus hijos en un hogar amoroso y cálido, donde no les lastimara el mundo. Se esforzaron por instruirnos e inculcarnos los valores más nobles de la vida, ¡les debo tanto! No ser ambiciosos, no ser egoístas, no ser indiferentes al dolor ajeno. Lo reconozco, nunca hubo viajes a Disneyland, ni vacaciones paradisíacas en las playas cristalinas de Cancún, ni un safari en África, ni un recorrido por museos europeos. De hecho, de vez en cuando trato de visualizar cuándo fue la última vez que fuimos en familia a descansar de todos. La rutina no se detiene, la vida tampoco.

Pero sabes papá, no necesito nada de eso. Me quedo con los recuerdos de nuestros mejores días: las noches más estrelladas platicando en la acera de nuestra casa en un remoto poblado pesquero de Angostura, me quedo con los viajes al Llano y al Bonete cada fin de semana (¡Cuántas aventuras vivimos en el Principito), me quedo con esa rutina vespertina de recorridos en bicicleta para perseguir al último tren que atravesaba la ciudad de Escuinapa antes de morir el día. Se me graban en la memoria las charlas familiares después del desayuno, la comida y la cena. O aquellas mañanas invernales en que tú nos llevabas a la escuela sincronizado con la luz verde de los semáforos de Guasave. El día en que nos enseñaste a patinar o aquellas madrugadas de neblina en que salías valeroso a cazar al Chupacabras. Para mí, nadie pateaba el balón de fútbol mejor que tú; Maradona y Pelé te mirarán asombrados desde la banca. ¿Cuántos recuerdos dejamos grabados en las paredes de la pequeña ciudad del Parque Villafañe y cuántos otros quedaron tecleados a golpe de maquinas de escribir para traernos una historia original de nuestra serie favorita? ¿Recuerdas cuando volamos cometas en la escuela Gutiérrez? ¿Y cuando te detuviste en mitad de la carretera para salvar a una tortuga varada en mitad del asfalto? Me quedo con el recuerdo del primer perrito que me regalaste y aquella noche que nos sorprendiste con boletos para el concierto de nuestro grupo favorito cuando apenas éramos unas niñas.

(Y más recientemente nuestra manía de ir a caminar a las seis de la mañana a unidades deportivas congeladas.)

Ya perseguimos al sol. Ya nos subimos al faro. Nos falta conquistar las tres islas y hacer una lunada familiar a la orilla de la playa.

Tú y mamá nos enseñaron a explorar el mundo. Tú me confiaste por primera vez una computadora y me mostraste la palabra escrita. Si aun continuó escribiendo es por ti. Por ti y por toda esa diversidad de libros que ustedes siempre pusieron a mi altura.

¡Gracias por estar siempre aquí (incluso estando lejos) y gracias por ser mi padre!

Siempre serás mi héroe.

¡Feliz cumpleaños!

25 feb 2015

Farewell, The Mentalist! (2008-2015)

Robin Tunney & Simon Backer
(Vía @SnappyToes)
No creo que The Mentalist, a golpe de guión y de trama, haya pretendido alguna vez ser grande. Hace más de siete años logró abrirse un rincón sólido en la franja televisiva norteamericana y ya no se movió. Sentó una base de telespectadores que se deslizaba fácilmente entre la gente joven y la adulta con un rango amplio de edades que pocos shows podrían poseer. Es precisamente ahí donde brilló, fue precisamente a ellos a quienes le rindió cuentas cuando la trama principal llegó a su punto máximo la temporada pasada y fue ahí mismo donde el 18 de febrero asentó su despidida definitiva. The Mentalist se va dando todo lo que podía ofrecer (incluso más) y deja tras de sí una estela dulzona pero sincera y repleta de honestidad.

Este show no vino a ser un parte aguas en la estructura o en la forma de las series procedimentales. Cuando mucho, tenía la peculiaridad de que sus episodios poseían como títulos palabras que evocaban un específico color. Una simple curiosidad que no iba más allá de la mitología de la propia serie. A partir de ahí se podía perder fácilmente entre tantos otros programas que ofrecían, en mayor o menor medida, lo mismo que éste nos ofrecía, salvo ciertas variaciones en la trama (Castle, CSI, Elementary, Criminal Minds, Forever, Perception).

Ahora que la serie ha concluido vale la pena hacer un ejercicio de honestidad y mirar a atrás para señalar los fallos: Bruno Heller y compañía se olvidaron totalmente de la Asociación Blake, lo cual resulta un poco imperdonable. La organización criminal de un asesino sin escrúpulos queda atascada y coronada entre la corrupción de las fuerzas del orden y el gobierno norteamericano… O eso es lo que nos dan a entender. Heller le da un carpetazo definitivo al caso donde se cimentó la caída y redención de Patrick Jane; olvidándose que como espectadores merecíamos saber más. No me resulta creíble que la muerte de Thomas McAllister haya cavado la tumba donde la sociedad impunemente se movía. No es así como se esfuman estas cosas. Si muere el líder, entonces es sustituido por otro.

Ahora, si evocamos el egocentrismo del propio protagonista podríamos asimilar la indiferencia. El mentalista no era un heroico personaje que quisiera redimir a los delincuentes más peligrosos de California y eso lo supimos desde el principio. Su inclusión como consultor para el CBI fue únicamente para tener acceso a los expedientes de los casos donde el famoso asesino plasmó sus pasos. Cuando lo tuvo —literalmente— en sus manos se deshizo de él y continuó con su vida. Ese era verdaderamente su objetivo. No desarticular la asociación creada por el multihomicida ni desentrañar los secretos de la misma y sus integrantes. Él sólo quería justicia por el crimen cometido; para honrar, hasta los límites de la venganza, a su esposa e hija. El otro desliz en la trama ocurrió con Michelle Vega. La joven agente marcial se paró con firmeza ante un elenco que ya se había solidificado desde la temporada anterior y llegó con tanto temple como educación y carisma hasta tal punto que su muerte fue considerada tan dolorosa como innecesaria. Vega no tenía que morir, no había motivo para ella. Su deceso únicamente sirvió para poner a Jane en la disyuntiva de no saber qué hacer con su vida laborar y cómo afectaba el hecho de que Lisbon tampoco quería abandonar su trabajo. Sin embargo, el destino de la chica no tenía por qué ser así. La muerte sorprende porque The Mentalist no era un show que se caracterizara por asesinar a personajes innecesariamente. El atentado contra Michelle fue una salida fácil ante el escaso tiempo de la temporada para llevar Jane hasta el límite de sus nervios (que eso de perder a su familia también tiene su duelo) y marcar un ultimátum más para sí mismo que para la propia Lisbon.     

El triduo de episodios finales que comenzó con Byzantium (07.11) y alcanzó su desarrollo total en Brown Shag Carpet (07.12) para concluir con un entrañable White Orchids (07.13) homenajeó con loable honor lo que mejor hizo la serie en sus años dorados, cuando la trama de Red John aun se evaporaba en el aire: evocar el ocaso de un asesino en serie. Lazarusel que se levantó de entre los muertos— sirve como réquiem a la memoria del despreciable antagonista, ese mismo que opacó con perversidad las últimas temporadas tiñéndolas de rojo sangre, mientras un rostro sonriente brillaba como firma con dedicatoria en cada uno de sus trabajos realizados. Una sombra en la que la poesía de William Blake se transpiraba con escalofriante ligereza y que se desbordó sin reparo en The Great Red Dragon (06.07) para dar una última despedida magistral en Red John (6.08). Los últimos dos episodios incluso se dan la oportunidad de plantar guiños fácilmente reconocibles para quienes siguieron la serie desde el principio, cerrando de esa manera un círculo  casi perfecto y saciable para la mayoría, donde las fans tenían pocos fallos por señalar.

Byzantium (7.11) se encarga de inaugurar esta triada enfocada en el caso de Joe Keller, quien retrata la personalidad de Red John sin atiborrarse de ella; simplemente como fidelidad al crimen. Al final, Keller es más la reminiscencia misma de su padre (un asesino jamás capturado) que el alter ego del sheriff McAllister; pero resulta inevitable apreciar las similitudes entre ambos. Entre ellas, la necesidad irrevocable de contactar con Patrick Jane cuando éste los expone como seres dañados frente al público y la manía de marcar a los charlatanes asesinados. A los fans más acérrimos de The Mentalist la resolución del caso final les habrá parecido sosa, por no decir ridícula y no es que estén muy equivocados, eh. Por una parte, es de admirar que se las hayan arreglado para traernos una trama cíclica, circular, con su principio tan interesante y un final cerrado, pero la captura de Lazarus no deje de ser simplona y hasta graciosa. Personalmente a mi no me extrañó. La séptima temporada se enmarcó más en el desarrollo de los personajes que en los casos en sí, pasando estos últimos a un segundo plano, para dar cabida a la vida personal de quienes nos habían resultado ajenos durante tanto tiempo (una mención especial a Abbott).

El pasado de Patrick Jane se cuela apenas comienza el episodio, cuando le muestra a Teresa Lisbon el terreno que compró para construir su nuevo hogar. ¿Vas a quitarte tu alianza de bodas? Probablemente ninguna pregunta había calado tan hondo en la mente de Jane como ésta lo hizo. Quizá nos pegó tan fuerte como espectadores porque tampoco la esperábamos (aunque teníamos meses deseándola) y la desolación que impregna la música de fondo dota de esta escena con una densidad incómoda cuando en realidad era una invitación ciega a la esperanza. Y es que a estas alturas es bastante obvio que la mente de Patrick está lejísimos de la nuestra. La barrera invisible que él mismo ha levantado sobre su pasado impide ver más allá de escasísimos flashback a lo largo de los años. Es algo tan personal que ni siquiera Lisbon se había atrevido a hacer esa pregunta. Y de hecho, no tardó en arrepentirse: Apenas hizo su segunda aparición Rick Tork (Little Red Book 04.02) —con la misma ineptitud verbal que la primera vez— cuando ya había arrastrado sus pies hasta Jane para ofrecerle disculpas.

Los dos últimos episodios transcurren con la estructura narrativa típica del show pero siempre remarcando con protagonismo la evolución de Jane y Lisbon como pareja sin olvidarse tampoco de la aportación del resto del equipo (o la aparición festiva de la familia de Lisbon, que acapara la atención apenas se muestra en escena XD). Todavía más memorable resulta la ayuda que Cho aporta en la elección del vestido de novias; o la firma de papeles para la boda y el primer vistazo que Lisbon le da a su anillo y se muere de la risa. La fortaleza de Wayle en el arco final también merece su mención o la aparición de Rigsby y Van Pelt evocando con nostalgia los tiempos en que la vida era un poco más dura y tenían que rendirle cuentas a una organización sin tanto rango como el FBI.

En fin, que The Mentalist se nos ha ido en un pestañeo y éste es sólo un pedacito de gratitud por los mejores tiempos. Hubiera deseado tener más cabeza para poder dedicarle el post que se merece pero vale la pena levantar la copa y recordar aquellos gloriosos años de asesinos sin rostro, con posdatas macabras y la eterna carita que te sonreía sangrienta desde la pared desteñida en el palacio en ruinas de un reconocido charlatán.

Eso sí, sigo manteniendo la postura de que el momento cumbre en la mitología de Red John siempre será el final de Strawberries and Cream II (03.24).

Salud. Y gracias por el té. 
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Más sobre The Mentalist en el blog.

18 feb 2015

¡Buenos días a la vidaaaaa, buenos días al amoooor! Turururú.

Umi Murúa. 
Hablé de un inminente colapso mental en mi publicación pasada. La he leído ayer por primera vez desde que la publiqué y hasta me he dado el permiso de sentir cierta ternura. El colapso mental inevitablemente llegó y vino acompañado del peor ataque de ansiedad que he sufrido alguna vez en la vida.

Ocurrió el viernes pasado y no se detuvo sino hasta el sábado a medio día. No sólo fue horrendo, sino desagradablemente humillante. Para ese entonces ya tenía dos problemas encima: vértigo y dolor en las encías por las muelas del juicio —que a su vez provocaban cierto dolor de cabeza— así que técnicamente yo era una bomba de tiempo a la que sólo le faltaba el ajuste necesario para estallar. Ya me había notado media rarona días antes: mientras veía algún video en el celular sentía un bajón tremendo, como esa especie de vacío que sientes en el estómago cuando vas en autobús y bajas de repente por un desnivel en la autopista, o al sentir cómo el elevador en el que vas se pone en marcha. Pero, a diferencia de estos dos ejemplos, después del bajón llegaba la taquicardia, las piernas flácidas, las manos heladas, la tensión en el cuello y esa sensación inminente de que pronto iba a morir… Así, de repente; de un infarto fulminante, una embolia y yo qué sé.

Ahora que lo pienso suena absurdo pero no mentiré al decir que en ese instante la pasé FATAL.

La crisis fuerte llegó después de estar un rato usando la laptop y de un apagón que hubo en el barrio de no más de dos minutos. El detonante fue probablemente el hecho de saberme sola en casa. No es que me da miedo la oscuridad —hace muchos ayeres dejé de temerle— sino el hecho de sentir el bajón ESTÁNDO sola en casa. Para los que no lo sepan, los ataques de pánico llegan de repente, sin aviso, y sus síntomas son muy parecidos a los de un infarto. Mi ritmo cardíaco cambió y yo sentí el golpe. Fue tremendo. El cuerpo entra en alerta máxima y esa sensación ya no te abandona: te sientes en peligro, pero miras alrededor buscando ese mal y no lo encuentras, entonces piensas que tu cuerpo está en alerta porque algo te va a pasar y lo único que se te viene a la cabeza es un infarto... Lógico ¿no? XD  

No sé si ya lo mencioné anteriormente por aquí pero no tengo miedo a morirme. No creo que vaya a dejar algo en este mundo que valga la pena, no más de lo que hay en este diario, por ejemplo. El miedo está en no saber cómo voy a morir y si va a doler mucho o no (de verdad espero que no). En esta crisis pasada estaba tan jodida, tan mareada, tan asqueada de todo, que me preguntaba muy en mis adentros por qué mi corazón aun seguía latiendo ¿En qué momento se tiene que detener? ¿Cómo será en el instante mismo que deje de latir? ¿Será mientras duermo? ¿Será en el consultorio? ¿Primero me desmayaré y luego moriré? Seguro sería un buen post.

Así que me dieron vacaciones en el trabajo ¡YEY! Pero no era así como me hubiera gustado pasarlas.

La verdad es que estaba llevando una vida muy bestia y sedentaria los últimos meses, que junto con el estrés y las preocupaciones pasaron factura y los resultados de los análisis sanguíneos hablaron: vértigo, triglicéridos elevados y anemia ferropenica. A la cama, dieta, ejercicio diario y vacaciones obligadas. Mis días de descanso me supieron a medicinas caras, consultorios médicos, lentejas, betabel y diarrea (porque para rematar me dio diarrea xD).

Estaba pendiente la operación de Umi. Mi perrita de 12 años cargaba un tumor de cinco centímetros en las ubres y había que operar porque ya estaba empezando a dar problemas dérmicos. El drama no fue que la operaran sino las idas a curar, tomando en cuenta que no tenemos auto y ya no podía caminar. Me las arreglé como pude. Pero un día, mi querido gatito que tanto amo, quiero y aprecio (¡bastardo malagradecido!) decidió que era muy buena idea pelearse con otro gatito del vecindario. El problema no es que se haya peleado, el problema es que el otro gato le clavó la uña en la frente y pues a los dos días tenía un absceso de pus que olía tan mal como se veía. Sí, mi gato se estaba pudriendo. EL.DRAMA. Al final conseguí llevarlo con el veterinario minutos antes de llevar a Umi, para que lo sedaran y pudieran sacarle tanta miseria acumulada.

A Umi tocará llevarla a retirar los puntos quizá este fin de semana y al parecer todo salió bien. ¿Yo me quité todo el estrés o descansé en estas vacaciones? No, ni de chiste. Lo bueno de todo esto es que me dieron un anti-depresivo por dos meses y aquí estoy repartiendo magdalenas y gardenias desde mi habitación hasta el ciberespacio.  Besitos vitaminados. :* 

2 feb 2015

¿Pero éste drama de qué va y por qué yo no sabía nada?

Ehm, creo que necesito vacaciones. Así, como con urgencia.

¿Alguna vez han sentido esa terrible sensación de ahogo que se produce cuando aguantan la respiración por mucho tiempo? De pequeña me pasaba a menudo, casi siempre antes de dormir, cuando las luces se apagaban y la casa se quedaba a oscuras. Trataba de llenar mis pulmones de aire, pero no importaba cuánto inhalara, la sensación de insuficiencia se quedaba hasta que lograba dormirme. Tiempo después descubrí que eso que experimentaba era un ataque de ansiedad y aprendí a controlarlo (nunca totalmente). En aquel entonces el ataque se producía por miedo a morir dormida, por el terror que me producía la oscuridad o por el temor que me daba tener una pesadilla y mojar la cama (me pasaba muy rara vez y era horrible). Mi manera de evitarlo era dormir cerca de alguien —casi siempre con mi madre o mi hermana— y rozar con mis dedos parte de su ropa o su piel. Sólo ligeramente. Un poquito. Sentir que estaba tocando algo vivo me daba la seguridad de pensar que la vida no se me iría mientras dormía. Sí, suena estúpido, pero a los seis años eso evitaba que me sudaran las manos, me faltara el aíre y provocara que el corazón me latiera a mil por hora cada vez que era la hora de dormir. Otra opción era irme a la cama antes que todos, cuando las luces aun estaban encendidas y mis padres despiertos, pero casi nunca tenía sueño.

Con el paso del tiempo esos ataques de ansiedad se redujeron bastante; era extraño tenerlos salvo específicas ocasiones: exponer un tema frente a mis compañeros de escuela, realizar un trabajo en equipo, la entrega de calificaciones o cualquier cosa que implicara presentarme sola frente a una persona de mayor edad y autoridad. Sin embargo, sigo teniendo muy presente ese agobio, esa figurativa falta de aire que se produce cuando la ansiedad me supera (sin necesidad de que sea un ataque en sí) y se apodera de mi rutina durante semanas o incluso meses. Como una persona con Trastorno de la Personalidad por Evitación (TPE) y además asocial, es muy fácil distinguir cuando lo primero se antepone a lo segundo. No es siempre, no es todo el tiempo, no es todo el año, pero cuando sucede lo reconozco. Trato de llevarlo lo mejor que pueda, trato de superarlo sabiendo que vendrán días más despejados e intento continuar con mi rutina. Es algo personal; siempre lo ha sido. Algo que se sufre en silencio. No es fácil; de hecho, ya se me había olvidado lo que es vivir estresada todos los días. Este blog nació una noche de asfixia y desolación; nació adolorido y dañado (lo expliqué por aquí). Nació por la necesidad de expresarme ante un medio que sentía mío, desde que lo conocí, siendo sólo una niña, cuando el Internet era un sonido imposible que nacía de las entrañas de un teléfono conectado a la computadora. Este blog vio la luz en aquellos días universitarios que hoy, al pensar en ellos, me acarrean sólo sentimientos de frustración tan profunda que no me apetece traerlos al presente.   

Está de más decir que estoy feliz en mi trabajo. Es un trabajo chiquito, de mi propia familia paterna. Un trabajo que aprecio, valoro y quiero mucho, y que me ha permitido soportar más bullicio social del que jamás me hubiera podido imaginar en las tres décadas que están a punto de caerme encima. He interactuado con gente buena, jóvenes educados y niños a los que quisiera congelar en el tiempo para que no se esfume esa ternura que se les derrocha por la cara. (También me he topado con gente grosera, prepotente y mimada, pero no me apetece recordarlos). El asunto es que, cuando te haces mayor —dejas de ser estudiante y te convierte en trabajador— los días más preciados de tu infancia se convierte en tu peor pesadilla. Sobre todo cuando trabajas en un lugar donde las vacaciones son algo así como ¡LA MEJOR ÉPOCA DEL AÑO PARA VENDER! En ese caso mi felicidad se anula donde comienza la tuya. Y el estrés se apodera de mí. En realidad, hace muchísimos inviernos que la Navidad ya no tiene para mí el significado que tenía antes. Cuando era pequeña, esos días se convertían en la época de las semanas sin escuela, primos en la casa de la abuela y pijamadas interminables. No creo que sea una queja, sino una confesión. Tampoco me provoca depresión. Sino estrés. Agobio. Ansiedad.

Éste último mes de diciembre fue el rey de todos los meses ansiosos que he tenido en mi vida. Todo comenzó una semana antes de Navidad (supongamos que aquí fue donde empecé a aguantar la respiración; eso que mencioné al principio), cuando mi mamá fue internada de urgencia por un dolor que tenía en el vientre, al lado de la vesícula. El asunto en cuestión nos abordó a las dos solas. Mi papá estaba fuera de la ciudad y mis hermanos en Culiacán. ¿Saben el peso que eso puso sobre mis espaldas? ¡Joder! ¿Yo en una situación así? Ahí estaba, la más cobarde de la familia, con TPE, el colón irritable a full y el Síndrome de la Bata Blanca que me acompaña desde niña. Ahí, en un hospital que está donde da la vuelta el aire y empieza el estado de Nayarit. A las doce de la madruga, con mi madre y su dolor a cuestas. Fui valiente. Con mi adrenalina hasta el límite y mi mamá gritando que se moría, pues bueno, ahí me tenías maldiciendo a todas las ciencias médicas y sus ilustres declamadores del juramento hipocrático. Esa específica semana fue una mierda total (perdonen la expresión): ya habían pasado otro par de cositas que pusieron en jaque mis neuronas sicóticas, incluyendo una invasión de escorpiones en la casa que habitamos y la decepción tremenda que me dejó Marco Polo. Lo de mi mamá fue sólo la cereza sobre el pastel. Bueno, más bien fue la decoración que rodea el pastel de la desgracia. La cereza la puso nuestro vecino anciano que falleció justo cuando llegamos del hospital y escuchamos a las magdalenas del barrio llorar hasta el arroyo de nuestro pueblo. El anciano me caía bien. Era esa clase de persona que inclinaba su cabeza como gesto de cortesía cuando pasabas a su lado. Ese mismo día; sí, ese maravilloso día de otoño navideño, mi gato tuvo la esplendorosa idea de poseer gingivitis por el resto del año (¡Pero hay que tener pantalones para hacer eso, Maru!). Maru es el aguafiestas más reputado de mi nación. Tiene tres años y me ha amargado precisamente TRES navidades. HIJO DE PERRA (literalmente). En la primera Navidad que pasó con nosotros le dio diarrea, en la segunda lo atropelló un auto y en la tercera se le pudrió la boca. De hecho, este 2015 he empezado ahorrar para que en diciembre no se atasque todo mi aguinaldo en medicamentos para el niño mimado de la casa, porque eso ya no lo toleraría, ¡EH! XD

El veredicto final para mi madre aquella fatídica noche en el hospital era que tenía la vesícula llena de piedras y había que operar lo más pronto posible. No en plan de Emergencia pero vale, ese dolor que sintió ella no le apetecería sentirlo de nuevo y pues bueno ¡a operar!... Mi papá pidió las vacaciones antes de tiempo y a él le tocó viajar a Mazatlán y acompañarla durante los días de la operación. Mientras tanto, en mi casa seguían apareciendo alacranes como si estuviéramos frente a alguna plaga del Viejo Testamento. De hecho, le he dicho a Jesús que le diga a su papá que hay formas más bonitas de decirme que no me quiere.
[No contaré de aquella vez que me cayó aceite hirviendo en el labio, ni aquella otra en la que un pedazo de tortilla dura se incrustó en mi ojo, porque hay un límite para la vergüenza propia y estoy a punto de superarlo.]
El asunto en cuestión es que todo ese tiempo estuve trabajando. Y en vacaciones decembrinas mucho más. El día que mi madre fue dada de alta (a las 7h de la mañana), mi hora de entrada era a las 8h lo cual me jodió mucho por dentro y por fuera porque no dormí ni un segundo en toda la madrugada que mi madre estuvo hospitalizada. Ese mismo día tenía que volver al trabajo de 20h a 22h pero me caí rendida sobre la cama y desperté hasta el año 2035 después de Cristo, llegando tarde y quedando en ridículo con medio mundo, el cual no es mi pasatiempo favorito.

Ha pasado ya un mes de aquello, y dos o tres días de descanso semanal, y sigo sosteniendo el aire. La ansiedad está a tope. Siento que no he descansado desde aquel absurdo diciembre. No me haré la sufrida pero frustra un poquito, oye. Sobre todo porque los días no me saben a nada. Ni aquellos en los que trabajo, ni aquellos en los que descanso. Y al parecer será así hasta medidas de febrero, lo cual agobia un poquito más. Estoy intentado lidiar con ello lo mejor que pueda pero ¡Pfff! Incluso eso cansa. Y es aquí donde he llegado a la conclusión de que NECESITO VACACIONES. Y como no quiero pedirlas sino hasta marzo pues me vengo a desahogar aquí porque este blog está para eso y mucho más ¿no? XD Sí.

Hace un par de años, cuando descubrí que mi drama social tenía nombre y estaba catalogado dentro de los trastornos de la personalidad que llevan inquietando a los psicólogos desde que se dedican a sus labores, intenté buscar un refugio cibernético donde pudiera encontrar a otros como yo. Por ahí alguien mencionó que conocer a gente que pasa por el mismo problema que tú te ayuda a expulsar esa sensación de desolación cuando sientes que nadie te entiende. Encontré un foro privado (en el cual nunca fui aceptada) y mandé una solicitud de amistad a un grupo de Facebook que iba directo al grano y se llamaba así, Fobia Social. Nunca he publicado nada ahí, jamás me he presentado, no doy deditos arriba, ni comentado nada porque aquí es donde mi asocialidad se asoma: estas personas no me interesan en lo absoluto. No me apetece interactuar con ellas, ni ofrecerles mi experiencia y sobre todo los post son tan erráticos y diversos que me aterran tanto como me confunden. Eso sí, gracias a ese grupo he aprendido a apreciar infinitamente a mis padres: los pilares que sostienen lo que soy; lo que siempre he sido. Es depresivo hasta límites irrisorios pasear por el Muro de este espacio para atestiguar la amargura de quienes desahogan ahí sus penas. Una válvula de escape que jode más al lector que al que publica (y quizá más a los moderadores). Chicos y chicas que tienen su autoestima embarrada en el suelo y pulida con tristeza. Entes miserables que escupen cuánto dolor traen a cuestas: desde la indiferencia de sus familias, hasta hostigamientos estudiantiles o laborales, e ideas suicidas. Entonces pienso en quienes me rodean y la vida tan maravillosa que he tenido desde pequeña. Incluso, en mis peores días en la escuela, siempre podía dar la media vuelta y regresar a casa, donde sabía que jamás me sentiría rechazada. Mis padres, esos seres maravillosos que seguramente han acumulado más decepciones conmigo que con cualquiera de sus otros dos hijos, jamás me han exigido algo que roce los límites de mis capacidades. Siempre me han dado la libertad de elegir. Además, han respetado mi personalidad como muy pocos lo harían. Jamás terminaré de agradecerles tanto.

El problema es ese, teniendo TPE no ha sido suficiente para que mi asocialidad me permita identificarme con quienes lo sufren día a día. Lo cual me provoca un poco de pena propia (poquito nada más), porque es complicado confabular dos toques tan peculiares como la fobia social y la asocialidad para desembocar en el combo break! que soy yo. Veo a estas personas en ese grupo de Facebook, ansiosos por encontrar amigos, novios o una cura para su trastorno y simplemente no puedo comprender por qué querrían hacerlo.

Vale, basta de melodramas. El asunto es que necesito vacaciones lo más pronto posible o tendré un colapso mental mega épico que para qué les cuento. Luego les hablaré de mi dolor de encías, el vértigo que traigo encima y la operación de Umi para removerle un tumor la próxima semana.